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“Custodia compartida”

El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

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En la primera secuencia la juez escucha los motivos que Miriam y Antoine exponen para pedir la custodia exclusiva y compartida, respectivamente, de sus hijos. La precisión del guión deja claro que él es alguien violento, se puede intuir que maltratador. De ella no queda claro si ha tomado medidas tajantes para sobrevivir o si se está aprovechando de la situación y utilizando a sus vástagos en beneficio propio.

Una vez expuesto el punto de partida, Custodia compartida profundiza en la situación presentando a Julien y Joséphine, los dos menores implicados y destinados a ser intermediarios, no solo entre sus padres, sino entre los espectadores y los acontecimientos que se desarrollen en la pantalla. Él tiene once años y ella está a punto de ser mayor de edad, con lo que queda fuera de la ecuación judicial, haciendo que el mapa familiar resulte más complejo y nuestra atención deba atender a distintos focos, haciendo así que la incertidumbre inicial derive en una sensación de intranquilidad.

El niño se materializa entonces como la persona protegida por la madre y demandado por el padre cuando comienza el régimen de visitas. Momento a partir del cual Xavier Legrand deja de tratar esta situación como si fuera alguien externo y se introduce en ella, desvelando con sumo detalle la psicología de sus personajes y sirviéndose del dictado de sus emociones, requerimientos y respuestas para construir un tiempo narrativo absolutamente veraz que eleva la atmósfera de la proyección a la categoría de desasosiego.

Lo que nos cuenta esta película podría ser una de esas realidades ante las que la decisión de retirar la mirada inicia una elipsis temporal que acaba en un titular en las páginas de sucesos. Pero su guionista y director no se conforma con apelar a lo que es justo e injusto, no dramatiza innecesariamente los acontecimientos ni hace de ellos un espectáculo cinematográfico, sino que nos hace entender la complejidad de estos escenarios, qué elementos forman parte de ellos –he ahí la inclusión de los padres de ambos divorciados-, qué tipo de situaciones provocan y a qué pueden dar lugar.

Sus secuencias no nos trasladan episodios aislados de una historia que se podría estructurar por capítulos, sino que muy eficazmente hace evolucionar estas construcciones narrativas hasta convertirlas en una nebulosa de ansiedad y gran potencial destructivo, cada vez más cargada, en la que quedamos atrapados. Llegados a este punto la dirección de Legrand adquiere cotas sobresalientes con escenas como la de la fiesta en que apenas escuchamos los diálogos entre los asistentes, o el posterior y largo plano secuencia de dos de sus personajes inmersos en la quietud del silencio nocturno.

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“El tratamiento”

Cada día de función es un día de estreno en el que convergen 40 años de biografía y la ilusión de dedicarse al cine. Un arte que para Martín constituye el lenguaje a través del cual expresa sus obsesiones y emociones y se relaciona con el mundo acelerado, salvaje y neurótico en que vivimos. Hora y media de humor y comedia, de drama e intimidad, de fluidez y ritmo, de diálogos ágiles y actores excelentes.

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Con la representación ya avanzada Martín coincide en una boda con una mujer que le dice que su vida da para un guión. La loca verborrea con que Ana Alonso adjetiva, narra y secuencia las mil y una etapas por las que ha pasado y que según ella son material de primera para filmar una gran película, resumen una parte de lo que es El tratamiento. Un punto medio entre la sátira y el chiste inteligente sobre cómo viven los guionistas su profesión dentro del amplio mundo del cine. Menospreciados por la ignorancia del público, instrumentalizados por los intereses de los productores y manipulados por los directores y actores que necesitan de sus historias y palabras.

Otro de esos momentos mágicos de este montaje es el que origina una fantástica Bárbara Lennie encarnando a Cloe, una presencia femenina constante en la vida de Martín. Unas veces en persona, otras en espíritu. En ocasiones, incluso, de ambas maneras, como cuando se encuentran después de mucho tiempo en un balneario y el silencio que les rodea y en el que se comunican es tan brillante y mullido como los albornoces con que se cubren. Una escena en la que la atmósfera se llena con la fascinante inmovilidad de ambos, las medias sonrisas y las breves miradas que se lanzan cuando dejan de observar la nada y se dedican frases cortas pero llenas de significado sobre lo que les unió y lo que aún sigue habiendo entre ellos a pesar de que ya nada sea igual.

Dos capítulos de los muchos de la biografía de su protagonista, encarnado por un excelente Francesco Carril, en los que se introduce Pablo Remón (soberbio guionista de No sé decir adiós) para hacernos ver que o nos adaptamos a la realidad o esta nos expulsa. En lo personal nos hace transitar con una sonrisa fresca por la infancia y la madurez, el amor y el abandono, la pérdida y la ilusión, el presente y los recuerdos. Cuando se adentra en lo laboral surgen las carcajadas al mostrarnos los múltiples escollos con que se encuentran la creatividad y la expresividad a la hora de intentar encontrar su sitio en el complejo mundo de la producción cinematográfica.

La academia de escritura de guión en la que estudia un versátil Emilio Tomé es un vendaval de sorna y parodia, las oficinas de la productora resultan ácidas y sarcásticas y el director que encarna Francisco Reyes -junto a otros personajes, al igual que el resto del elenco- no puede ser más desternillante. Las menciones a la Guerra Civil y al género de la ciencia ficción son un auténtico delirio, un soplo de aire fresco en los tiempos de corrección y papanatería política que vivimos. Viva El tratamiento, viva el teatro –como lenguaje, como arte, como espectáculo, como entretenimiento- y viva el humor.

El tratamiento, en El Pavón. Teatro Kamikaze (Madrid).

“Tres anuncios en las afueras”

Tras media hora de proyección parece que vamos camino de una gran obra del séptimo arte, pero en uno de sus giros la cinta de Martin McDonagh deja de arriesgar en su propuesta narrativa y adopta una serie de comodidades argumentales que la llevan al terreno de las convenciones. Pero tanto en una parte como en otra Frances McDormand brilla con su protagonismo y su magistral interpretación, construyendo un personaje lleno de matices en su aparente hieratismo.  

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A tu hija la asesinan y a ti se te paraliza la vida, hasta el gesto. Eso es lo que le sucede a Mildred, que pasados unos meses de esperar a que la policía de con el asesino, decide ponerse manos a la acción presionando para que el caso no se olvide. En el mundo de la imagen y la reputación pública en el que vivimos, nada mejor que servirse de la publicidad para ello, y en el entorno local de Ebbing, estado de Missouri, pedir respuestas y justicia desde tres vallas situadas a sus afueras son el mejor proyectil con el que poner patas arriba a su pequeña comunidad.

Así comienzan estos Tres anuncios, con un triángulo argumental en el que se nos presenta a los peculiares agentes sociales del pueblo, el horrible asesinato sucedido meses atrás y la hipnótica personalidad encarnada por Frances McDormand. Un entorno en el que los anodinos acontecimientos de su alterado día a día se suceden a golpe de comedia negra y un ácido y corrosivo humor que constituye todo un acierto con su costumbrista mar de fondo, reflejando tanto su aburrida cotidianidad de valores trasnochados (racismo, machismo y homofobia) como su lado más caricaturesco.

En la primera parte estos excesos provocan la risa y la carcajada, pero sin afectar a su argumento, es más, profundizan en su carga dramática. Un lugar en mitad de la nada en el que la vida está para vivirla y hacer poco más con ella. En el que la policía acepta la imposibilidad por falta de pruebas de no poder resolver la intriga, la incertidumbre y la angustia de no saber quién fue el asesino de una joven que también fue violada. Y está bien que el pasado no sea la trama argumental principal, pero tras un muy conseguido tour de force,  la unión entre aquel y el presente queda desdibujada, haciendo que este avance de manera casi automática, sin una motivación clara, más por inercia que un objetivo claro.

A partir de ese momento los excesos y los paroxismos en la historia de esta mujer que encarna que el fin justifica los medios, con los que pone a prueba algunos de nuestros prejuicios (la apariencia física), se convierten en una excusa –algunas maquilladas como catarsis personales- para hacer que la película avance, en lugar de ser sátiras que le den amplitud como había sucedido previamente. Todo lo que antes había resultado creíble, ahora es ya solo ficción, lo que nos había tenido en tensión ahora es únicamente entretenido. Eso sí, muy bien construido cinematográficamente, con una excelente factura técnica y unos soberbios trabajos interpretativos de Sam Rockwell y de quien ya ganara el Oscar a la mejor interpretación femenina por Fargo en 1997 y que quizás vuelva a hacerlo por ser, sin duda alguna, lo mejor de estos Tres anuncios en las afueras.

10 películas de 2017

Cintas españolas y estadounidenses, pero también de Reino Unido, Canadá, Irán y Suecia. Drama, terror y comedia. Aventuras originales y relatos que nacieron como novelas u obras de teatro. Ficciones o adaptaciones de realidades, unas grabadas en el corazón unas, otras recogidas por los libros de Historia. Ganadoras de Oscars, Césars o BAFTAs o nominadas a los próximos Premios Goya. Esta es mi selección de lo visto en la gran pantalla este año.

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Solo el fin del mundo“. Sin rodeos, sin adornos, sin piedad, sin límites, una experiencia brutal. Dolan va más allá del texto teatral del que parte para ahondar en la (in)consciencia de las emociones que tejen y entretejen las relaciones familiares. Las palabras cumplen su papel con eficacia, pero lo que realmente transmiten son los rostros, los cuerpos y las miradas de un reparto que se deja la piel y de una manera de narrar tan arriesgada y valiente como visualmente eficaz e impactante.

La ciudad de las estrellas (La La Land)“. El arranque es espectacular. Cinco minutos que dejan claro que lo que se va a proyectar está hecho con el corazón y que nos hará levitar sin límite alguno. La la land está lleno de música con la que vibrar, la magia de las coreografías y la frescura de las canciones consiguen que todo sea completo y felizmente intenso y la belleza, la fantástica presencia y la seducción que transmiten Ryan Gosling y Emma Stone que fluyamos, bailemos, soñemos y nos enamoremos de ellos ya para siempre.

Moonlight“. Un guión muy bien elaborado que se introduce en las emociones que nos construyen como personas, señalando el conflicto entre la vivencia interior y la recepción del entorno familiar y social en el que vivimos. Un acierto de casting, con tres actores –un niño, un adolescente y un adulto- que comparten una profunda mirada y una expresiva quietud con su lenguaje corporal. Una dirección que se acerca con respeto y sensibilidad, manteniendo realismo, credibilidad y veracidad al tiempo que construye un relato lleno de belleza y lirismo.

El viajante“. Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio entre el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Verano 1993“. El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

Dunkerque“. No es una película bélica al uso, no es una representación más de un episodio de la II Guerra Mundial. Christopher Nolan deja completamente de lado la Historia y se sumerge de lleno en el frente de batalla para trasladar fielmente al otro lado de la pantalla el pánico por la invisibilidad de la amenaza, la ansiedad por la incapacidad de poder salir de allí y la angustia de cada hombre por la incertidumbre de su destino. Un meticuloso y logrado ejercicio narrativo que sorprende por su arriesgada propuesta, abduce por su tensión sin descanso y arrastra al espectador en su lucha por el honor y la supervivencia.

Verónica“. Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

Detroit“. Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

The square“. Esta película no retrata el mundo del arte, sino el de aquel que nos dice y cuenta qué es el arte. Dos horas y media de ironía, sarcasmo y humor grotesco en las que se expone la falsedad de esas personas que se suponen sensibles y resultan ególatras narcisistas.  Una historia que muestra entre situaciones paradójicas y secuencias esperpénticas el lado más ruin de nuestro avanzado modelo de sociedad.

Tierra de Dios“. Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

“Los universos paralelos”

La muerte es una gran paradoja, puede hacer que los fallecidos estén más presentes que cuando estaban vivos. El dolor que surgió inesperadamente supera con creces a la alegría que imperaba en ese lugar que ahora es un páramo inerte. Un texto muy potente que pone a prueba el equilibrio de un matrimonio y una familia con una puesta en escena que, aunque no materialice todo su potencial, cuenta con una Malena Alterio capaz de todo.

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Una sonrisa, incluso una carcajada, ayudan a entrar en la realidad que hay tras una cara seria, una faz aparentemente inexpresiva, sus gestos adustos y su vestimenta de color gris y marrón. Los universos paralelos se inicia con una aparente ligereza, exponiendo la verborrea de una hermana cómica y el lenguaje corporal de una madre que recoge la ropa de un niño que ya no está. Una escena que termina con la primera embarazada y enlaza con la segunda conversando distantemente con un marido sentado a apenas unos centímetros. Para entonces ya ha quedado claro que en esta función hay, aunque convivan, más sombra que luz, más drama que comedia.

El fallecido está en todo lo que se dice y hace, se interpone entre los que fueron sus padres a la par que los sigue uniendo, lastra sus actitudes individuales al tiempo que es el condicionante que intentan sortear en todo momento. Tan solo su abuela parece capaz de convivir con él como muerto igual que debemos suponer lo hacía cuando estaba vivo. Este es el complejo y delicado entramado emocional que va desplegando con mucho cuidado y acierto el texto de David Lindsay-Abaire, hasta hacerse invisiblemente con todo el oxígeno del escenario del Teatro Español.

Una vez llegada a ese punto, esta particular constelación familiar sigue evolucionando, dándonos a conocer más sobre el pasado, la actitud presente y los propósitos futuros de estas personas unidas y separadas tanto por el dolor como por el afecto. Un discurrir del tiempo que gira en torno a esa madre incapaz de superar la tragedia, herida por la pérdida interior sufrida y afligida porque su alrededor sea capaz de sobreponerse.

Un agotador ejercicio de levantamiento de muros, y búsqueda de fisuras a través de las cuales sonreír y respirar, ante todas las formas de afecto con las que convive -marital, fraternal, filial, amistoso-, llevado a cabo con eficaz sobriedad por Malena Alterio. Un viaje interior que también realizan a su manera su marido, su madre y su hermana, pero en su caso ellos son únicamente piezas necesarias para el desarrollo de esta historia, no llegan a convertirse en motor de acción.

En parte porque los actores que los encarnan despliegan registros más limitados, no vemos en ellos nada diferente a lo que puedan habernos ofrecidos en trabajos anteriores (ya sea en teatro, televisión o cine). Pero también porque este montaje parece haber apostado más por ellos que por la creación de una atmósfera que ya existiera antes de subirse el telón, que imprimiera sus caracteres y determinara su devenir. Quizás así los que ocupan el patio de butacas no se sentirían solo espectadores, sino que se verían dentro del hogar de esta familia que se esfuerza por recomponerse.

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Los universos paralelos, en el Teatro Español (Madrid).

Atrapado por “La seducción” de Coppola

Un relato ambientado en 1864 que adopta formas decimonónicas en su desarrollo. Todo lo visible se muestra y comporta con una gran formalidad, pero tras ello hay un sutil y sordo caudal de impulsos y pasiones que abarcan un amplio registro de comportamientos y emociones del ser humano. Un fino y delicado trabajo de Sofia Coppola con un exquisito despliegue interpretativo de todo su reparto.

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El frondoso entorno natural del estado de Virginia, la arquitectura neoclásica de aire francés de la residencia en la que tiene lugar toda la acción, la vibrante luz de las distintas horas del día y la de las velas cuando cae la noche, la precisión con que está siempre colocado el servicio en la mesa, las lecciones de francés, los ampulosos vestidos perfectamente almidonados de todas las mujeres y la corrección con que se comportan en todo momento. La puesta en escena concebida por Coppola hace que su propuesta parezca la plasmación visual de una novela escrita en la segunda mitad del siglo XIX.

Motivo este por el que La seducción no es solo lo que se ve, sino también lo que hay tras ello, lo que tampoco se dice, que tan solo se sugiere o se deja intuir para que la imaginación lo amplifique. Se percibe tras ello una extraordinaria sensibilidad femenina a la hora de construir los personajes y elaborar y desplegar la trama argumental en la que conviven. En ningún momento la dirección de Sofía Coppola está enfocada para dirigir nuestro pensamiento y establecer qué tenemos que sentir. Su trabajo es más de fondo, es como un director de orquesta que conduce todos los elementos  –escenografía, fotografía, banda sonora,…- dejando que estos fluyan libremente, haciendo que en su encuentro con ellos el espectador se sienta fuertemente atraído por la atmósfera ambiental y sensorial creada.

Una nebulosa en la que el relato de La seducción va acumulando capas que se funden entre sí dándole profundidad y complejidad a los distintos comportamientos humanos que evolucionan a partir de una situación tan límite como la de un grupo de mujeres -solidarias pero también competitivas entre sí- en un mundo masculino, que están cerca del frente de batalla de la Guerra de Secesión y se ven en la obligación cristiana de acoger a un soldado enemigo que parece al borde de la muerte. Hora y media de proyección que dan para pasar de la intriga al drama con puntos de comedia y notas de sensualidad y erotismo, y de ahí al suspense y el thriller, demostrando que lo que comenzaba como un aparente relato clásico tiene también una concepción y una factura muy moderna.

Registros varios en los que Colin Farrell demuestra que cuando está bien dirigido es capaz de dar lo mejor de sí mismo y la joven Ellen Fanning deja claro que tiene un gran potencial por delante.  Kirsten Dunst va camino de ser la eterna pero perfecta secundaria, conquistando al espectador cada vez que aparece y aportando a la historia elementos de peso que la mantienen en tensión y la impulsan cuando es necesario. Y Nicole Kidman resulta siempre perfecta, desenvolviéndose como pez en el agua tanto a la hora de interpretar como a la de derrochar fotogenia, no hay quiebro, matiz o dificultad de las muchas que presenta La seducción que ella no sea capaz de resolver con elevada solvencia.

“El viajante” que llegó desde Irán

Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio entre el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

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La primera secuencia te sacude en la butaca, antes de saber dónde estás y qué está ocurriendo, alguien a quien no ves te dice que hay que salir corriendo, que no hay tiempo, que el edificio en el que se sitúa la acción está en riesgo inmediato de derrumbe. Apenas unos minutos de un montaje soberbio que anticipan un desasosiego que cuando vuelva a aparecer lo hará para quedarse durante toda la proyección. Una eficaz apertura que sirve también para introducirnos en una sociedad donde tanto entre padres e hijos como entre cónyuges, los lazos que les vinculan son ad eternum.

Estamos en Irán, un país donde los profesores tienen autoridad en las aulas, son considerados referentes inspiradores por sus alumnos. Son focos que iluminan con su visión y cultura a aquellos que les escuchan, como Emad, que además es actor amateur en un montaje de Muerte de un viajante, el clásico de Arthur Miller en el que interpreta al triste y sin futuro padre de familia, Willy Loman. Un personaje a través del cual muestra una expresividad sobre las tablas que, probablemente por su condición de hombre, no tiene fuera de ellas.

El buen teatro no entiende de fronteras y por eso este texto escrito en EE.UU. dice tanto en un país tan aparentemente opuesto como es el sucesor de la antigua Persia. Un elemento que Asghar Fahardi –director y guionista- integra con gran finura para hacernos ver no solo que lo extranjero es susceptible de ser censurado por instancias oficiales, sino que hay necesidades y búsquedas que son inherentes al género humano, al margen de nacionalidades,  culturas o sistemas políticos y sociales.

Conflictos como descubrir que la anterior inquilina del piso en el que se comienza a vivir tenía una pésima reputación por sus continuas visitas masculinas. Residencia en la que ahora Rana es atacada por un desconocido y ella no quiere denunciarlo a la policía para no sentirse nuevamente humillada y violentada. Una agresión que hiere en su honor a su marido, quien está desde entonces alerta para dar con quien ha roto la paz y el bienestar de su hogar. Nada es ya lo mismo, no se duerme por la noche y durante el día han desaparecido la paciencia personal y la empatía conyugal. Cuesta mantener el equilibrio. Más cuando no se confía en la justicia oficial, todo es susceptible de ser puesto en duda y el insatisfecho deseo de reparación se torna en anhelo de venganza.

Una deriva que se siente inevitable y en la que El viajante va progresando –intrigando y tensando-  gracias al certero trabajo de su pareja protagonista. Desde lo social y lo exterior –las convenciones comunitarias- a lo más íntimo y personal –el orgullo-, desde lo más visible y evidente a lo más incierto y sensorial. Así hasta llegar al bloque final, a un impactante y sobrecogedor desenlace que no solo es un perfecto culmen desde el punto de vista de guión, sino que es también muestra de una sólida y excelente dirección.