“La boda de Rosa”, sí, quiero

Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

En un episodio de Sexo en Nueva York Carrie Bradshaw anunciaba que se casaba consigo misma. ¿El motivo? Hacerse respetar ante una antigua amiga, hoy convertida en madre y esposa, que la consideraba frívola, simple y materialista por seguir soltera. Candela Peña tiene tanto o más glamour que Sarah Jessica Parker, pero los pies más pegados a la tierra, y por eso le viene como anillo al dedo este personaje de una mujer todoterreno, de energía sin fin, que lo mismo vale para un roto que un descosido -tal cual, su profesión es costurera-. Pero Rosa tiene un defecto, no sabe decir que no. Hasta que un día le planta un no al no y como toda doble negación, eso se convierte en un sí que decide simbolizar contrayendo matrimonio consigo misma.

Una boda que tiene sentido y que cinematográficamente funciona porque no surge sin más, porque tras la versión final del guión de Alicia Luna e Icíar Bollaín que vemos proyectado hay muchas capas que parecen haber sido trabajadas minuciosamente hasta dar como resultado la convocatoria a la que somos invitados. A priori un absurdo, un capricho, una ocurrencia, pero a medida que escuchas y conoces, no solo le ves la lógica a lo que se plantea (abajo los prejuicios morales y las exigencias productivas con las que nos regimos en el día a día), sino su sentido, valor y propósito (arriba la empatía, el escucharnos a nosotros mismos y el poner nuestra dignidad personal por encima de todo).

Una visión que la también directora de Hola, ¿estás sola?, Te doy mis ojos o El olivo traslada convincentemente a la pantalla. Su dirección no elude los aspectos duros de la vida de una mujer soltera con multitud de obligaciones, con muchos deberes y, aparentemente, ningún derecho. Sabe cuando tiene que bajar el registro entre costumbrista, caricaturesco e irónico de su comedia para mostrar el drama al que se enfrenta Rosa. Intentar cambiar su manera de ser y estar pero sin romper con el mundo del que forma parte, con la incertidumbre de no saber si cuantos la rodean -su padre, sus hermanos, su hija, sus amigas, su novio- la comprenderán y le permitirán materializar sus intenciones.  

Pero todos esos personajes no son un contrapunto a Rosa, entes necesarios para el despliegue interpretativo con aroma a Goya de Candela Peña, sino que tienen entidad propia. Las personalidades, hábitos y maneras de actuar de todos ellos acaban conformando un fresco sobre la condición humana de nuestros tiempos con el que es difícil no verse reflejado de alguna manera. El mérito, sin duda alguna, es de un fantástico plantel de secundarios (Nathalie Poza, Sergi López, Paula Usero, Ramón Barea) que nos representan en esta boda a la que nos gustaría estar invitados para, ya de paso, tomar ideas para la nuestra.

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