“Solo nos queda bailar”, el precio de ser libres

Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Por un euro, cosas a las que un joven puede dedicar su tiempo en Georgia. Trabajar, beber, fumar, dormir… ¿Algo más? Sí, si tiene algún tipo de inspiración artística, como es la danza, practicar hasta hartarse. Haciendo de ello una manera de pasar el día, de socializar con los compañeros, de optar, si hay suerte, a convertirse en un profesional y entonces sentir que se dedica a algo más que llegar a final de mes y tener una familia como manera de escribir en tercera persona su biografía.

Ese es el día a día del joven Merab, con la paradoja de que el lugar donde más feliz es, la sala de ensayos, es también donde el sistema alienante de la cultura, la ciudad y el país en el que se ha criado se hace más férreo, duro e intransigente. Exigiéndole no solo que sea un bailarín excepcional, con una técnica perfecta y una expresividad elegante, sino que personifique constantemente la hombría, masculinidad y poderío que se le presupone a los georgianos del género masculino. Un retrato social que Levan Arkin expone con alma de fotorreportero. Como si fuera un Doisneau o un Cartier Bresson, con encuadres aparentemente cotidianos, pero en los que su mirada fija en la pantalla lo que hay de extraordinario, diferente y único en las personas a las que sigue, la luz y el deseo que albergan dentro de sí.

Unas ganas de libertad, de vivir y de ser que se da de bruces con una sociedad en la que está marcado con quién y cuándo estar, qué y cómo hacer. Lo interesante y lo apreciable de Solo nos queda bailar es que su drama no está en el hecho de ser homosexual, sino en el de no ser un hombre heterosexual que busca tener un trabajo estable, una mujer con la que dormir cada noche y unos hijos que reconfirmen su papel como el eslabón de una dinastía familiar. Pero aún así, los impulsos y los deseos encuentran donde fijarse y materializarse, y ahí es donde surge el personaje de Irakli y la química, la comunicación y el diálogo corporal, verbal y visual entre Levan Gelbakhiani y Bachi Valishvili resulta tan intensos y desconcertantes como el amor, unas veces magia, otras dolor.

A partir de ese momento la película gana en intensidad y en registros. A su capacidad narrativa suma un potencial de poesía que llena su relato de emociones y sensaciones en un a flor de piel de los personajes a los espectadores de ida y vuelta. Nos funde a todos en ese maremágnum entre el vértigo y la incertidumbre que está experimentando Merab, en su proceso de aceptación y entrega a lo que le está pasando, en resoluciones visuales tan efectivas como el baile al ritmo de Robyn o maestras como el plano secuencia de la boda. Pero más allá de este saber hacer y de la eficacia con que su director y guionista maneja los recursos técnicos y expresivos con que cuenta, está el resultado tan honesto, íntegro, humano e inspirador que consigue.

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