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«Obra maestra» de Juan Tallón

Narración caleidoscópica en la que, a partir de lo inconcebible, su autor conforma un fresco sobre la génesis y el sentido del arte, la formación y evolución de los artistas y el propósito y la burocracia de las instituciones que les rodean. Múltiples registros y un ingente trabajo de documentación, combinando ficción y realidad, con los que crea una atmósfera absorbente primero, fascinante después.

El 18 de enero de 2006 el diario ABC revelaba que la dirección del Museo Reina Sofía desconocía dónde se encontraba una de las dos obras de Richard Serra con que contaba en su colección. Lo sorprendente es que se trataba de cuatro volúmenes que sumaban 38 toneladas de acero. Tres años después integraba en su exposición permanente, con el beneplácito de su autor, una copia de aquella bajo la premisa de que lo original era la idea. Estamos a 2022 y la primera aún no ha aparecido. Años en los que esta extraña historia ha obsesionado a Juan Tallón y a la que dio una y mil vueltas sobre cómo narrarla hasta dar con el planteamiento con que finalmente la leemos. Algo que explica en sus páginas, a modo de metaliteratura, incluyéndose a sí mismo como uno de sus personajes.

Testimonio en primera persona que acompaña a los de varias decenas más -cada uno con un tono diferente y el estilo particular de su enunciador- en torno a tres ejes: lo que se sabe y lo que no sobre la desaparición; la trayectoria, figura y proceso creativo de Richard Serra; y los inicios y evolución de la oficialidad del arte contemporáneo en nuestro país. Base sobre la que, a su vez, construye un completo diagrama de las dimensiones en las que se puede articular el mundo del arte: la imaginativa y la experiencial, la social y la comunicativa, y la institucional y la política.

Sin desvelar qué voces son reales, cuáles adaptadas a sus intereses y qué otras completamente ficción, nos lleva desde el silencio admirativo e interrogador con que se observan las piezas en los museos hasta la atención (des)interesada y utilitarista que se les presta desde las instancias oficiales. Y cuando se introduce en el pensamiento de Serra, en el material de sus obras y en el espacio que ocupan allí donde son expuestas, es cuando revela lo airoso que ha salido del principal riesgo de Obra maestra.

Juan se imbuye del lenguaje ecléctico, abstracto y sinuoso del mundo del arte, de las perífrasis y explicaciones no siempre comprensibles de artistas, críticos, comisarios y galeristas y las convierte en material argumental con múltiples funciones. Con él narra, pero también revela cómo se formula la imagen académica, la reputación social y el valor económico de los artistas, y el modo en que se transmite la subjetividad de esa información, dentro y fuera de esas coordenadas, generando fronteras, distancias y exclusiones entre los que están a uno y otro lado.

A su vez, consigue algo aún más brillante. Fusionar con la materialidad de Equal-Parallel: Guernica-Bengasi cuanto ha tenido que ver con ella a lo largo de estas décadas, ya sea administrativo, judicial o periodístico. Una completa mímesis con lo que Richard Serra dice pretender, que la creación no sea la pieza en sí sino los sentimientos y sensaciones que surgen interactuando física y emocionalmente con ella. Una visión que hace que lo que hoy podemos ver en la sala 102 del Museo Reina Sofía se enriquezca con esta Obra maestra y que sirve también para considerar a su escultura como una digna amplificación de la lectura de esta excelente novela.

Obra maestra, Juan Tallón, 2022, Editorial Anagrama.

10 películas de 2021

Cintas vistas a través de plataformas en streaming y otras en salas. Españolas, europeas y norteamericanas. Documentales y ficción al uso. Superhéroes que cierran etapa, mirada directa al fenómeno del terrorismo y personajes únicos en su fragilidad. Y un musical fantástico.

«Fragmentos de una mujer». El memorable trabajo de Vanessa Kirby hace que estemos ante una película que engancha sin saber muy bien qué está ocurriendo. Aunque visualmente peque de simbolismos y silencios demasiado estéticos, la dirección de Kornél Mundruczó resuelve con rigor un asunto tan delicado, íntimo y sensible como debe ser el tránsito de la ilusión de la maternidad al infinito dolor por lo que se truncó apenas se materializó.

«Collective». Doble candidata a los Oscar en las categorías de documental y mejor película en habla no inglesa, esta cinta rumana expone cómo los tentáculos de la podredumbre política inactivan los resortes y anulan los propósitos de un Estado de derecho. Una investigación periodística muy bien hilada y narrada que nos muestra el necesario papel del cuarto poder.

«Maixabel». Silencio absoluto en la sala al final de la película. Todo el público sobrecogido por la verdad, respeto e intimidad de lo que se les ha contado. Por la naturalidad con que su relato se construye desde lo más hondo de sus protagonistas y la delicadeza con que se mantiene en lo humano, sin caer en juicios ni dogmatismos. Un guión excelente, unas interpretaciones sublimes y una dirección inteligente y sobria.

«Sin tiempo para morir». La nueva entrega del agente 007 no defrauda. No ofrece nada nuevo, pero imprime aún más velocidad y ritmo a su nueva misión para mantenernos pegados a la pantalla. Guiños a antiguas aventuras y a la geopolítica actual en un guión que va de giro en giro hasta una recta final en que se relaja y llegan las sorpresas con las que se cierra la etapa del magnético Daniel Craig al frente de la saga.

«Quién lo impide». Documental riguroso en el que sus protagonistas marcan con sus intereses, forma de ser y preguntas los argumentos, ritmos y tonos del muy particular retrato adolescente que conforman. Jóvenes que no solo se exponen ante la cámara, sino que juegan también a ser ellos mismos ante ella haciendo que su relato sea tan auténtico y real, sencillo y complejo, como sus propias vidas.

«Traidores». Un documental que se retrotrae en el tiempo de la mano de sus protagonistas para transmitirnos no solo el recuerdo de su vivencia, sino también el análisis de lo transcurrido desde entonces, así como la explicación de su propia evolución. Reflexiones a cámara salpicadas por la experiencia de su realizador en un ejercicio con el que cerrar su propio círculo biográfico.

«tick, tick… Boom!» Nunca dejes de luchar por tu sueño. Sentencia que el creador de Rent debió escuchar una y mil veces a lo largo de su vida. Pero esta fue cruel con él. Le mató cuando tenía 35 años, el día antes del estreno de la producción que hizo que el mundo se fijara en él. Lin-Manuel Miranda le rinde tributo contándonos quién y cómo era a la par que expone cómo fraguó su anterior musical, obra hasta ahora desconocida para casi todos nosotros.

«La hija». Manuel Martín Cuenca demuestra una vez más que lo suyo es el manejo del tiempo. Recurso que con su sola presencia y extensión moldea atmósferas, personajes y acontecimientos. Elemento rotundo que con acierto y disciplina marca el ritmo del montaje, la progresión del guión y el tono de las interpretaciones. El resultado somos los espectadores pegados a la butaca intrigados, sorprendidos y angustiados por el buen hacer cinematográfico al que asistimos.

«El poder del perro». Jane Campion vuelve a demostrar que lo suyo es la interacción entre personajes de expresión agreste e interior hermético con paisajes que marcan su forma de ser a la par que les reflejan. Una cinta técnicamente perfecta y de una sobriedad narrativa tan árida que su enigma está en encontrar qué hay de invisible en su transparencia. Como centro y colofón de todo ello, las extraordinarias interpretaciones de todos sus actores.

«Fue la mano de Dios». Sorrentino se auto traslada al Nápoles de los años 80 para construir primero una égloga de la familia y una disección de la soledad después. Con un tono prudente, yendo de las atmósferas a los personajes, primando lo sensorial y emocional sobre lo narrativo. Lo cotidiano combinado con lo nuclear, lo que damos por sentado derrumbado por lo inesperado en una película alegre y derrochona, pero también tierna y dramática.

«Quién lo impide», adolescencia en vivo

Documental riguroso en el que sus protagonistas marcan con sus intereses, forma de ser y preguntas los argumentos, ritmos y tonos del muy particular retrato adolescente que conforman. Jóvenes que no solo se exponen ante la cámara, sino que juegan también a ser ellos mismos ante ella haciendo que su relato sea tan auténtico y real, sencillo y complejo, como sus propias vidas.

Cuatro años de grabaciones con un mismo grupo de intérpretes suena a Boyhood (Richard Linklater, 2014) pero lo que Jonás Trueba concibió hace más de un lustro, rodó entre 2016 y 2020 y ha montado en los últimos meses no es solo una historia con la premisa de evidenciar el paso del tiempo en los cuerpos y los rostros de sus protagonistas menores de edad. Su intención es mostrar la manera continuada con que estos se relacionan entre sí y con el mundo en el que viven. Sus físicos son secundarios frente a la riqueza, el potencial y el incansable despliegue de sus pensamientos y sus intenciones, sus razones y sus motivaciones.

Lo que les conmueve, lo que rechazan y lo que quieren probar. Unas veces con motivaciones concretas y otras porque es lo que sienten que han de hacer, sin más, sin tener por qué. No será Trueba quien les diga el camino que han de recorrer y la realidad que han de fingir porque así lo dictamine el ego de su creatividad, lo demande el olfato comercial de un productor, la búsqueda de reputación de un festival o el interés caprichoso de un espectador.

El desarrollo argumental de Quién lo impide está enmarcado por una lógica cronológica, pero lo que verdaderamente la hace evolucionar y crecer es lo espiritual y lo emocional. Las vivencias, preguntas y respuestas que van surgiendo a lo largo del camino. Un recorrido en el que aparecen el amor, el sexo, la familia, la amistad, la creatividad, la política, las expectativas laborales o la abstracción del futuro. No con un fin necesariamente lógico, de encontrar causas y prever consecuencias, sino para reflejar lo que es la experiencia, crecer y convertirse en un individuo plenamente autónomo. El hecho de vivir en sí.

No intenta sintetizar una etapa vital, exponer un supuesto conflicto generacional o crear un fresco que sirva para definir la generalidad del colectivo entre los catorce y los dieciocho años. Se deja llevar por la fluidez de lo que expone, por el pensamiento, las ganas y el ímpetu de un grupo de jóvenes a los que no considera seres en transición, sino individuos con un aquí y ahora que escuchar sin prejuicios, entender sin afán etiquetador y con los que dialogar de igual a igual.

La frescura de su factura técnica, especialmente de su fotografía, resulta perfecta para sus intenciones. Transmite espontaneidad y sencillez, la verdad del presente que marca cada escena, secuencia y episodio de los varios en que se estructuran las tres horas y media de proyección. La sensación es que no hay un guión cerrado, sino unas coordenadas en las que su reparto es libre para hacer evolucionar la acción de la manera en que considere. Esto los lleva a mostrarse tal cual son, sin reglas predefinidas ni códigos establecidos. Una simbiosis perfecta entre personas y personajes que, a su vez, les convierte en cocreadores de esta película. Una experiencia en la que integran a sus espectadores, convirtiéndoles en testigos excepcionales de la esencia y la expresión de su intimidad y su identidad.

“La mujer singular y la ciudad”, Vivian Gornick frente a sí misma

El ritmo, los sonidos y las luces de Nueva York como escenario de fondo. Las personas que van y vienen, las que nos abandonan y a las que dejamos a un lado a lo largo de nuestra biografía. Una prosa tranquila que refleja el balance, la toma de conciencia y la aceptación de lo vivido a través de una completa síntesis de anécdotas, experiencias y aprendizajes.

Tras repasar en Apegos feroces (1987 en EE.UU., 2017 en España) su historia personal tomando como hilo conductor la relación con su madre, Vivian Gornick se situó más de dos décadas después frente al espejo de la conciencia y la escritura para valorar en quién se había convertido tras casi 80 años de vida. Las etapas por las que había pasado, en qué había cambiado y en qué seguía siendo igual. También en qué medida eso había afectado al concepto que tenía de sí misma, a su manera de relacionarse y a lo que pretendía de los demás, tanto de los que formaban parte de su círculo más personal, como de esa abstracción que es la sociedad a la que estamos adscritos por coyunturas culturales, económicas, políticas…

Un ejercicio de sinceridad y de auto conocimiento a partir de la imagen que le devuelven de sí misma los más cercanos (especialmente su amigo Leonard), del ejercicio de verse en tercera persona actuando socialmente y observando a los demás cuando es invitada a encuentros formales de distinta clase y condición. Pero, sobre todo, dándose cuenta de cómo ha cambiado su postura y su punto de vista ante cuestiones que antes sentía e interpretaba de manera muy diferente.

Indagando en qué se sustentaba su búsqueda en la sombra, y qué pretendía con su argumentación en público, sobre el amor romántico, y los objetivos más allá de lo político que pretendió alcanzar con su militancia feminista. Pero, sobre todo, su difícil relación primero, apática después y satisfactoria finalmente, con la soledad. Asuntos de gran calado existencial que, sin embargo, no constituyen un hilo narrativo convencional, sino que están transversal y continuamente presentes en los diálogos y atmósferas de los episodios biográficos recordados, así como en el contenido de las reseñas que realiza de distintos escritores (Edith Wharton, Henry James, Edmund Gosse, Mary B. Miller…).   

Gornick maneja el lenguaje con gran eficacia, no dejando duda alguna ni sobre lo que muestra ni sobre lo que pretende. No se esconde tras un uso estético de las palabras o una retórica elaborada, se sirve de ellas como herramientas que la sitúen donde quiere estar, en un punto de comunicación fluida entre su transparencia interior y su contacto sin barreras ni prejuicios con el exterior.

Lo erudito en ella es su capacidad para dar respuesta a quiénes y cómo somos encontrando las conexiones entre los momentos aparentemente intrascendentes y las situaciones que quedan grabadas a fuego. La lucidez con que acepta que lo pasado respondía a unos criterios que ya no siente como propios o practica de la misma manera, así como la asunción de que la versatilidad y flexibilidad alcanzada con la madurez no es un privilegio, sino algo conseguido a base de esfuerzo y lucha en demasiadas ocasiones contra la propia incomprensión.

La mujer singular y la ciudad, Vivian Gornick, 2015 (2018 en España), Sexto Piso Editorial.

“Un hijo” y “Un secreto”, el universo infantil de Alejandro Palomas

Dos novelas que se presentan bajo la categoría de juveniles pero que merecen ser leídas también por el público adulto por la mirada sincera, abierta y respetuosa con que su autor se acerca a la personalidad, las vicisitudes y la relaciones que establecen sus protagonistas. Dos historias que combinan el drama, la comedia, la intriga y la tensión atrapando a su lector y dejándole con ganas de que Guille se convierta en un personaje con una larga vida literaria.

Hace años me quedó grabado lo que comentaba la terapeuta Virginia Satir en En contacto íntimo sobre cómo crear las mejores condiciones para favorecer el entendimiento entre padres e hijos en las primeras etapas del crecimiento. La pauta era bien sencilla, los mayores lo somos no solo en edad, sino también físicamente y eso influye tanto sobre el punto de vista desde el que observamos la realidad como sobre la comunicación que establecemos con los más pequeños. Para conseguir una relación entre iguales que favorezca la comprensión y la empatía, Satir aconseja que los adultos no solo modulemos el lenguaje (hacerlo sencillo, que no simple) sino que dialoguemos haciendo que nuestros ojos estén a la misma altura de los suyos, sentándonos o agachándonos para conseguirlo.

Eso es lo que Alejandro Palomas parece haber hecho en estas dos obras para crear el universo de Guille (un niño de nueve años que vive solo con su padre y sueña con ser Mary Poppins) en Un hijo y de él y Nazia (una compañera de clase de origen pakistaní separada temporalmente de su familia biológica por las autoridades) en Un secreto. Alejandro no observa a sus protagonistas desde una posición superior (como autor o como adulto), sino que se coloca a su altura y -lo que es aún más importante- contempla el mundo que les rodea con el doble filtro de su mirada. Un enfoque que combina su corta experiencia de la vida -sin referentes que les permitan relativizar o codificar- y una imaginación que siempre encuentra argumentos para dar respuesta a lo desconocido. Una visión que se plasma en una retórica con un vocabulario reducido, pero suficientemente locuaz, y una sintaxis con modismos sin intención estética alguna, pero eficazmente expresivos.

Y ya está, que diría Guille. Así de fácil es quedar atrapado por la lectura de cuanto sucede en torno a él y así de lograda es la excelente labor literaria del autor de Un perro o El tiempo que nos une. Además de lo ya señalado, hay que destacar igualmente la manera en que se sirve de sus protagonistas principales como narradores para estructurar estas dos novelas. Esto no convierte a Un hijo y a Un secreto en historias corales al uso, sino en recorridos narrativos que se van trazando con la aportación de aquellos (el padre, la profesora y la orientadora escolar) que tienen una influencia directa sobre la vida de Guille (quien también ejerce como escritor) y Nazia.

Dos niños iceberg (que tras su apariencia esconden una realidad nada fácil de gestionar) a través de los cuales Palomas manifiesta una sensibilidad total con ese período de todos nosotros que es la infancia, y con ese colectivo, los niños, a los que nuestra sociedad no considera o integra con la dignidad, el respecto y la consideración que merecen en las dinámicas (más productivas que humanistas, quizás por ello) de su funcionamiento.

Por último, señalar que aunque se pueden leer de manera independiente, es cierto que Un secreto resulta más rico si previamente se ha disfrutado de Un hijo. Ahora solo queda esperar que llegue el día -si no lo ha hecho ya- en que Alejandro Palomas dé con las claves para escribir una nueva entrega con la que conocer cómo progresan la vida y el fascinante mundo interior de Guille, su familia y sus amigos.

Un hijo y Un secreto, Alejandro Palomas, 2015 y 2019, La Galera Ediciones y Editorial Destino.

“Algún día este dolor te será útil” de Peter Cameron

Tener 18 años no ha sido fácil para casi nadie. Y escribir sobre ello con honestidad menos aún. Con Peter Cameron lo primero queda bien claro. De su mano, lo segundo se convierte en una historia llena de respeto y cercanía, sin condescendencia ni juicio alguno. «Algún día…” resulta una lectura apasionante por su estilo directo y sin adornos y unos diálogos ágiles, frescos y prolíficos con los que nos hace llegar el conflicto que es la vida cuando no se dispone de experiencia ni de conocimientos contrastados para hacer frente ni a las interrogantes ni a las expectativas de los demás.

AlgunDiaEsteDolorTeSeraUtil

Normalmente, la adolescencia suele ser reflejada en el cine, en la literatura o en la prensa como años de confusión en los que el niño se niega a aceptar los principios de corrección y utilidad bajo los que ha de tomar las decisiones con las que labrarse un proyecto de vida adulta. De ahí que los relatos que nos podemos encontrar con protagonistas en estas edades sean en muchas ocasiones de rebeldes sin causa (condenados a claudicar ante lo que es inevitable) que luchan contra sus progenitores, o de simpáticos y excesivamente edulcorados jóvenes naif, para deleite y beneplácito de sus mayores.

Ese es el mundo al que se enfrenta cada día James Sveck, un chaval inteligente y perspicaz, agudo y despierto, con pocos prejuicios y demasiada valentía. Por todo esto choca con el mundo de los adultos, el de las respuestas sin preguntas, el de las decisiones tomadas sin tener definidos los objetivos, el de recorrer caminos sin saber a dónde llevan,… En su relato en primera persona demuestra una visión sagaz que convierte las incongruencias y las paradojas de las que es testigo en una historia que va más allá de su aparente acidez e ironía. La realidad y la fuerza de su narración están en el verismo y la transparencia con la que refleja ese mundo del que no se siente parte y que le exige integrarse en él acatando unos valores y asumiendo unos comportamientos concretos sin explicarle sus porqués ni los para qués.

La familia y los modelos de relaciones afectivas, la incomunicación en persona y la exhibición de la desnudez interior a través de la pantalla de un ordenador, el postureo de los mundos del arte y de las finanzas, los estudios universitarios como un fin en sí mismo en lugar de como un medio hacia la formación personal y profesional, los convencionalismos en torno a la orientación sexual,… No hay escenario de la vida de James, de la vida real de alguien con 18 años que no sea tratado en la profundidad, relatividad y peso que le corresponda en las páginas de esta novela.

El responsable de este tratamiento tan completo es Peter Cameron, un escritor que respeta la autonomía de su protagonista, no haciendo de él ni un adolescente inadaptado ni un medio para ofrecer una visión sarcástica de la sociedad neoyorquina y americana. Cameron se pone en los pies de su personaje y deja a un lado su visión personal para poner su capacidad como escritor al servicio del alguien que por su edad, algo quizás también por genética y puede que otro tanto por lo ya vivido, tiene las habilidades de un adulto, pero al que le falta la experiencia y la capacidad para, en determinados momentos, resolver las situaciones que su entorno le plantea.

El otro recurso de Cameron y en el que revela una gran valía es en los diálogos que hace establecer a James con las personas con que comparte este lánguido verano (padres, hermana, jefe en la galería de arte, abuela, psicóloga,…) y que fluyen con una viveza y riqueza expresiva que ya quisiéramos ver en muchas de las situaciones de las que somos testigos o protagonistas en nuestra vida cotidiana.

Brillantes “Nocturnos” de Kazuo Ishiguro

Con la música como fondo, marcando ritmo y subrayando cuanto ocurre; las narraciones, descripciones y diálogos de estos cinco relatos fluyen con una asombrosa naturalidad, una autenticidad con la que se disfruta como si la vida fuera algo tan etéreo y espiritual como mágico.

nocturnos

Los segundos de silencio previos al inicio de cualquier canción o partitura musical son de una gran expectación, tanto física como emocional. Interna y externamente estamos dispuestos a dejarnos entregar, a llevarnos a donde quiera que nos transporten las sensaciones que suscite lo que está a punto de comenzar. Eso mismo es lo que sucede en los momentos anteriores a iniciar cada uno de estos “Nocturnos”, cinco historias de música y noche como dice en su portada.

Da igual cuál se elija el primero, pueden leerse en el orden que dicte el capricho. Pero hay algo en lo que coinciden todos ellos. Apenas iniciados se genera una unión entre lector y ficción en la que las expectativas quedan sobradamente colmadas. Tras esta conexión puede presuponerse una combinación de las dobles raíces de Ishiguro, la delicadeza y la formalidad japonesa junto a la fluidez y precisión del inglés británico en el que se crió desde los seis años. Surge así una melodía que te envuelve y abstrae del lugar físico en que le estés leyendo para trasladarte a lugares como Venecia, Los Ángeles o las colinas del suroeste británico. Una vez allí, todo es sentir cómo cada nota, cada frase, te toca en lo más hondo. Una caricia sutil que hace que lo aparentemente simple resulte plenitud.

Kazuo sabe jugar con las atmósferas que la música puede crear. Cuando es interpretada en directo hace de ella una experiencia total, y en un alarde de su capacidad como narrador nos la presenta de doble manera, por un lado desde el punto de vista de los músicos de una orquesta que actúa en la Plaza San Marcos, y por el otro, desde la perspectiva de varios de sus espectadores. En el caso de cuando es reproducida, leída o simplemente evocada, saca a relucir las huellas que en la memoria emocional deja cuando queda asociada a las compañías, el lugar o el momento de la biografía personal en que se escuchó. Un retrato de cómo surgen, se crean y se recuerdan las emociones sin necesidad de estructuras narrativas complejas ni de un lenguaje elaborado. Menos es más y por eso en estos cinco relatos nos encontramos únicamente con las palabras estrictamente necesarias para construir un entramado de personajes y vivencias transparente, diáfano, donde todo es tal y como se nos cuenta, sin dobleces, ni lugares ocultos ni planos paralelos.

De esta manera sus personajes brillan de manera auténtica –siempre protagonistas, los escasos secundarios apenas tienen presencia-, libres de adornos retóricos ni adjetivos calificativos. No hay nada oculto en ellos, son lo que muestran, dicen lo que piensan, expresan lo que sienten, con palabras o con gestos ya que –autor mediante ejerciendo de intermediario con sus descripciones- su piel, sus movimientos y miradas transmiten tanto como lo que dialogan. Motivos todos ellos que hacen de “Nocturnos” un ejemplar del que cuesta separarse mientras se está inmerso en él, que se cierra con la sensación de una tranquila satisfacción y con ganas de leer más títulos de Kazuo Ishiguro como “Nunca me abandones”, “Cuando fuimos huérfanos” o “Lo que queda del día”.