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“De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami

“Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

Comencé a leer este libro por el buen sabor de boca que me han dejado la mayor parte de los Murakami (Kioto, 1949) que he leído hasta la fecha (1Q84, Kafka en la orilla, Tokyo blues…) y también porque soy corredor habitual desde hace más de veinte años y de vez en cuando me pregunto por qué y para qué me calzo las deportivas nada más despertar. Una lucha entre la pereza inicial y la satisfacción posterior que por el momento -y tres veces a la semana durante una hora y doce kilómetros- sigue ganando la segunda de esas dos fuerzas que habitan en algún hondo lugar de mi persona.

Pero lo de Haruki es mucho más, como novelista es un superventas y su nombre suena una y otra vez como candidato al Premio Nobel de Literatura, y como corredor acumula ya muchos maratones y triatlones a sus espaldas (a su lado yo no soy nadie, tan solo dos medias maratones). Para él correr no es solo una muestra de un estilo de vida saludable, es también parte de una filosofía existencial con la que le da equilibrio a su día a día. Como si el estar con los pies en la tierra que conlleva el correr compensara el vuelo de su imaginación en su faceta laboral, en su tarea como escritor. Tal y como relata, su manera de ser y estar en el mundo desde principios de los 80 está basada en la unión y comunicación entre ambas prácticas, habiendo entre ellas una relación de espejo, refuerzo y alivio al basarse en pilares comunes como la técnica, la constancia y la consciencia.

Así es como lo expone volviendo a su juventud y a las insanas costumbres -fumar, trasnochar, alimentación desequilibrada- que practicó mientras fue empresario y barman hasta que la escritura se fue haciendo presente en su vida y llegado el momento, decidió junto con su mujer, dejarlo todo para intentar una actividad en la que ha conseguido unos logros por los que hoy es sobradamente conocido. A partir de ahí, y aunque se centra más en cómo piensa y actúa cuando se anuda las zapatillas que cuando se pone manos a la obra frente al folio en blanco, deja ver con claridad cómo se percibe, analiza e interroga a sí mismo, observándose desde fuera, pero también sintiéndose resonar desde dentro.

Puntos de vista que en las páginas de este volumen -recordando entrenamientos, preparaciones y carreras, éxitos y fracasos, en Grecia, Japón y EE.UU.- no resultan opuestos, tampoco complementarios, sino más que eso. Están compaginados e intrincados, pero también separados y diferenciados. Con esa habilidad tan exquisita y delicada, pero a la par sencilla, honesta y fácilmente comprensible con que Murakami es capaz de exponer y sintetizar -tanto por separado, como conjuntamente- hechos, pensamientos, sensaciones y emociones.

De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami, 2007, Tusquets Editores.

¿Quién es “Manning”?

Una década después de que este apellido comenzara a sonar en los medios de comunicación por filtrar documentos que revelaban la cara oculta de la actuación militar de EE.UU. en Irak y Afganistán, podemos conocer su vida a través de este monólogo. Un texto que sintetiza acertadamente los diferentes planos de su biografía, una interpretación que exterioriza cada uno de los matices de su sentir y una dirección que acierta en el ritmo que le da a su relato.

La historia de Estados Unidos no es la nuestra, aunque a veces lo parezca por su capacidad para marcar la agenda política global y los titulares mediáticos que seguimos cada día. Pero como con tantas otras cosas, no profundizamos en lo que vemos y escuchamos, no indagamos en qué hay tras ello. Manning es un ejemplo de todo lo contrario por sus varios niveles. El primero, los hechos tal cuales, el qué, el cómo, el cuándo y el dónde. El segundo, el porqué de su protagonista, su motivación. El tercero, la génesis, las decisiones y acciones que le han llevado hasta ahí.

Lo que ocurre sobre el escenario parece haberse construido de igual manera. La base está en una escritura que suena sencilla, pero que por eso mismo denota estar muy bien trabajada. Deduzco una labor de documentación más o menos ardua hasta sentir que se tenía la información necesaria y suficientemente pulida para trazar la línea de vida de Bradley Manning que se inicia con su nacimiento en 1987 en Oklahoma. Sobre esta confluyen otras muchas influenciándola, afectándola y alterándola. La violencia de sus padres y el refugio de su hermana, el acoso en el entorno escolar, la obligación de ser autosuficiente, la necesidad nunca satisfecha de sentirse querido, lo militar como opción laboral, lo que allí conoció y experimentó, lo que vino después…

Episodios que se suceden, sumándose y entrelazándose, haciendo que la trama biográfica y la construcción psicológica del personaje vayan ganando hondura y complejidad. Pedro Ayose hace que su encarnación de las palabras que él mismo ha escrito suenen como un río que gana caudal y bravura con cada cambio de ritmo. A medida que se suceden los episodios, lo que comparte con su ágil disposición corporal, la versatilidad de su gesto y las variaciones del timbre de su enunciación se va convirtiendo en una difícil pero muy conseguida dualidad. El desesperado esfuerzo por tener una identidad y un propósito combinado con una convulsa manera de relacionarse, pensarse y verse. Existir para sobrevivir como manera de ser y estar en el mundo.

Elementos con los que -junto con una sencilla escenografía, un muy preciso uso de la iluminación, el sonido y las proyecciones, e integrando en la acción los cambios de vestuario- José Martret ensambla una narración visualmente austera, pero con un discurso con múltiples dimensiones perfectamente imbricadas. Lo político y lo individual, lo castrense y lo afectivo, lo bélico y lo identitario, coordenadas unas veces obvias, otras soterradas, de lo que supone el gran logro de este montaje, implicarnos con una sola, frágil y desnuda voz en una historia de múltiples, oscuras y difusas capas.

Manning, en El Umbral de Primavera (Madrid).

10 ensayos de 2020

La autobiografía de una gran pintora y de un cineasta, un repaso a las maneras de relacionarse cuando la sociedad te impide ser libre, análisis de un tiempo histórico de lo más convulso, discursos de un Premio Nobel, reflexiones sobre la autenticidad, la dualidad urbanidad/ruralidad de nuestro país y la masculinidad…

“De puertas adentro” de Amalia Avia. La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza. Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt. Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk. El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf. Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor.

“A propósito de nada” de Woody Allen. Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado que repasa hilvanándolo con su propia versión de determinados episodios personales.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset. ¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos?

“La España vacía” de Sergio del Molino. No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee. Reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman. Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización.

10 novelas de 2020

Publicadas este año y en décadas anteriores, ganadoras de premios y seguro que candidatas a próximos galardones. Historias de búsquedas y sobre la memoria histórica. Diálogos familiares y continuaciones de sagas. Intimidades epistolares y miradas amables sobre la cotidianidad y el anonimato…

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón. Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith. Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

“Mis padres” de Hervé Guibert. Hay escritores a los imaginamos frente a la página en blanco como si estuvieran en el diván de un psicólogo. Algo así es lo que provoca esta sucesión de momentos de la vida de su autor, como si se tratara de una serie fotográfica que recoge acontecimientos, pensamientos y sensaciones teniendo a sus progenitores como hilo conductor, pero también como excusa y medio para mostrarse, interrogarse y dejarse llevar sin convenciones ni límites literarios ni sociales.

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina. Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta. Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria. Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

“La madre de Frankenstein” de Almudena Grandes. El quinto de los “Episodios de una guerra interminable” quizás sea el menos histórico de todos los publicados hasta ahora, pero no por eso es menos retrato de la España dibujada en sus páginas. Personajes sólidos y muy bien construidos en una narrativa profunda en su recorrido y rica en detalles y matices, en la que todo cuanto incluye y expone su autora constituye pieza fundamental de un universo literario tan excitante como estimulante.

“El otro barrio” de Elvira Lindo. Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

“pequeñas mujeres rojas” de Marta Sanz. Muchas voces y manos hablando y escribiendo a la par, concatenándose y superponiéndose en una historia que viene y va desde nuestro presente hasta 1936 deconstruyendo la realidad, desvelando la cara oculta de sus personajes y mostrando la corrupción que les une. Una redacción con un estilo único que amalgama referencias y guiños literarios y cinematográficos a través de menciones, paráfrasis y juegos tan inteligentes y ácidos como desconcertantes y manipuladores.

“Un amor” de Sara Mesa. Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff. Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead. El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica como medio para ser una sociedad verdaderamente democrática.

10 películas de 2020

El año comenzó con experiencias inmersivas y cintas que cuidaban al máximo todo detalle. De repente las salas se vieron obligadas a cerrar y a la vuelta la cartelera no ha contado con tantos estrenos como esperábamos. Aún así, ha habido muy buenos motivos para ir al cine.  

El oficial y el espía. Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

1917. Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Solo nos queda bailar. Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Little Joe. Con un extremado cuidado estético de cada uno de sus planos, esta película juega a acercarse a muchos géneros, pero a no ser ninguno de ellos. Su propósito es generar y mantener una tensión de la que hace asunto principal y leit motiv de su guión, más que el resultado de lo avatares de sus protagonistas y las historias que viven. Transmite cierta sensación de virtuosismo y artificiosidad, pero su contante serenidad y la contención de su pulso hacen que funcione.

Los lobos. Ser inmigrante ilegal en EE.UU. debe ser muy difícil, siendo niño más aún. Esta cinta se pone con rigor en el papel de dos hermanos de 8 y 5 años mostrando cómo perciben lo que sucede a su alrededor, como sienten el encierro al que se ven obligados por las jornadas laborales de su madre y cómo viven el tener que cuidar de sí mismos al no tener a nadie más.

La boda de Rosa. Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

Tenet. Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

Las niñas. Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

El juicio de los 7 de Chicago. El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Mank. David Fincher da una vuelta de tuerca a su carrera y nos ofrece la cinta que quizás soñaba dirigir en sus inicios. Homenaje al cine clásico. Tempo pausado y dirección artística medida al milímetro. Guión en el que cada secuencia es un acto teatral. Y un actor excelente, Gary Oldman, rodeado por un perfecto plantel de secundarios.  

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead

El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica para ser una sociedad verdaderamente democrática.

EE.UU., primera potencia mundial, el país en cuyo espejo muchos se miran o han mirado. Admirando, envidiando o aspirando a cuanto vemos en sus películas, series o videoclips con el marchamo made in USA. Pero tras esa vibrante, colorida y sonriente marca de país, hay una nación que tiene mucho de clasista, xenófoba y elitista. Y no son comportamientos aislados o episodios concretos. Basta recordar el reciente Black Lives Matter, una prorrogación más en el tiempo del movimiento liderado a principios de los 60 por Martin Luther King en pro de los derechos civiles. Voces que no piden privilegios ni libertad, sino igualdad. Sin esta, aquella es imposible.

Whitehead no se queda en la superficie de la reivindicación, sino que profundiza en lo que ya conocemos y constata cómo esa incongruencia de la humanidad que es el desprecio por el prójimo, se concreta en la vida de cualquier ciudadano anónimo. De alguien que, si esta forma de crueldad no hubiera aparecido en su camino, hubiera sido un niño, un adulto y una persona mayor que creció, vivió y llegó a su final sin más. Elwood Curtis es el joven al que sigue, contándonos a través de sus experiencias y reflexiones las limitaciones, negaciones y humillaciones que suponía ser negro en el sur de su país a principios de los 60. Cómo su búsqueda de referentes y su ánimo por comprender hace que repare en la figura y las palabras de Luther King. Y el giro que da su vida cuando una sentencia judicial le interna en la Academia Nickel.

Partiendo de hechos reales adaptados convenientemente, Colson nos lleva desde el esfuerzo de su protagonista por entender sus circunstancias en Tallahassee y la dificultad para progresar en ellas, al infierno en el que se vio sumido en aquel lugar supuestamente destinado a la educación y la formación práctica de sus internos. Sin caer en la pornografía ni en el sensacionalismo, pero tampoco escatimando la realidad de los abusos y las torturas que décadas después llegaron a la prensa y a los tribunales. Da la información justa para entender cómo lo que allí ocurría era alentado e ignorado por su exterior, la impunidad con que se organizaba y realizaba, así como la vivencia -tanto en carne propia como testifical- de aquellos chavales sin un segundo de descanso psicológico.

Los saltos en el tiempo que nos llevan desde Florida a Nueva York nos permiten reposar la angustia, el temor y la incertidumbre que también se siente a este lado de las páginas. Aunque hagan evidente el pragmatismo de su estructura y la intencionalidad de su escritura, introducen la interrogante del misterio y el deseo de conocer qué ha hecho posible pasar de unas coordenadas temporales y geográficas a otras, y qué las mantiene unidas. Una capa más de tensión, de la suspensión de la realidad y la verosimilitud que crea, y en que se mantiene, Los chicos de la Nickel durante todo su relato.

Los chicos de la Nickel, Colson Whitehead, 2020, Literatura Random House.

“El juicio de los 7 de Chicago”

El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Presentación de personajes y motivaciones. Momento y lugar de confluencia. Elipsis temporal e inicio del pleito del título. En apenas unos minutos estamos de lleno en 1968, imbuidos en la trama principal, y casi única, del último estreno de Netflix. Uno que sí merece la pena, no como el bluff de la nueva versión de Los chicos de la banda. Es más probable conseguir un buen resultado cuando se pone el foco en contar una historia y no en crear un producto comercial. Sorkin ha pulido el estilo narrativo que mostró en Molly’s game y llega más lejos, tanto a la hora de profundizar como de desplegar un amplio abanico de voces y argumentos. Unos aportados desde su papel como guionista y otros construidos con su labor como director.

Más de ciento ochenta días de vistas editadas en apenas dos horas, incluyendo flashbacks. Cada uno de los momentos elegidos con una finalidad muy concreta: las irregularidades procesales, la prevaricación del sistema, la tergiversación de las pruebas aportadas, los prejuicios sobre los procesados, la informalidad del comportamiento de estos… Pero el enfoque con que son mostrados y concatenados hace que no los percibamos como píldoras que interpretar como metáforas de la injusticia, el abuso o la indefensión. Forman un conjunto multi prisma de una misma realidad. Más que a la exposición de un relato, asistimos a un proceso de investigación en el que cada detalle, gesto e intervención complementa al anterior y hace crecer el conjunto.

Así entendemos, además de las concreciones que se exponen en los testimonios, los asuntos y estrategias políticas que estaban en juego, pero sin necesidad de explicitarlos ante el jurado con retóricas épicas sustentadas en la emotividad de los valores y los símbolos de la nación y la identidad norteamericana. Una representación siempre precisa, clara y concisa de los hechos que habla por sí misma, combinada con unas correctas dosis de material documental para dar fe de la autenticidad de la recreación que se nos muestra.

Un logro sustentado en un reparto que forma un conjunto coral, con presencias individuales, pero sin estrellatos de los intérpretes que las encarnan. A la manera del cine clásico, su trabajo está por encima de cualquier otro objetivo y así es como la sencillez de Eddie Redmayne, la versatilidad de Sacha Baron Cohen, la fuerza de Yahya Abdul-Mateen II o la capacidad de Michael Keaton imantan a la cámara consiguiendo que esta sea una película de miradas. Pero también de diálogos, con interrogantes no explicitados como el de cuán ética e independiente es la justicia en el sistema de las democracias liberales, si sería posible que en el actual Estados Unidos pudiera darse un caso semejante a este o si se está gestando ya.

Recordando a David Wojnarowicz

Hace un año el Museo Reina Sofía me permitió conocer más de cerca la fascinante obra de este hombre que ejemplifica perfectamente una de las caras de lo que fueron los años 80 en el mundo occidental: enfermedad y muerte (VIH y SIDA), eclosión salvaje del liberalismo y lucha por la igualdad y la libertad de expresión.

One day this kid…, 1990.

Los años 70 fueron los de la decepción americana. La Guerra de Vietnam demostró que su imperialismo tenía límites y su cuenta corriente números rojos. La alegría de las imágenes costumbristas a lo Norman Rockwell eran algo lejano, el pop había estallado y la fuente de Duchamp ya no escandalizaba ni promovía la subversión, sino que incitaba a convertir cuanto fuera comercializable en objeto aparentemente artístico. El arte, por su parte, había dejado el altar de las jerarquías sociales para pasar al del dinero, descendiendo en forma piramidal según los niveles adquisitivos del público comprador y admirador, creando así una nueva manera de clasismo.

Los 80 fueron la década en la que los más valientes dieron rienda suelta a la libertad individual, reivindicando su derecho a existir y a mostrarse -fuera mujer, negro u homosexual- en igualdad de condiciones que el hombre blanco heterosexual que todo lo regía desde tiempos inmemoriales. Uno de esos fue David Wojnarowicz (1957-1992), abiertamente gay, consumidor sin pudor de sustancias prohibidas, quien experimentó con el fotomontaje, la fotografía, el audiovisual, la creación sonora y la plástica sobre diferentes superficies para manifestar tanto su manera de ser y sentir, como el desacuerdo con el modelo de gobierno y convivencia de su nación.

Autorretrato , 1983–84.

Siempre tuvo claro que no encajaba, pero no por ello se subyugó al sistema para hacerse un sitio que le permitiera sobrevivir sumiso y en silencio. Vivió en la calle en Nueva York, llegó a San Francisco haciendo autostop y volvió para realizar grafitis y sorprender con su obsesión por Rimbaud. Intuyó el peligro y no lo rehuyó, la heroína, la cocaína y el virus que navegaba en el amor machacaron su cuerpo, pero le hicieron consciente de la condena a la que la sociedad le había avocado desde niño. Por ser diferente, por no acatar las normas, por no comportarse como se esperaba de él, por no ofrecer la imagen que la moral religiosa y la presión social exigían.

Arthur Rimbaud en New York, 1979

Por eso es que su activismo, practicado con descaro y con rabia, con descaro, eludiendo cualquier imagen edulcorada, no se limitaba tan solo a su condición sexual. Era la punta de un iceberg de expresividad que no reclamaba, sino que exigía, respeto, compromiso de igualdad, diálogo empático y consideración a la multietnicidad del pueblo americano, así como a la vida privada y a la intimidad emocional y espiritual de toda persona. Terrenos privados y reservados que la administración Reagan había convertido en el campo de batalla sobre el que sustentar su intención de jerarquizar a la población estadounidense -y por extensión, a la mundial- por nivel de ingresos, origen y estilo de vida.

“Sin título (cabeza verde)”, 1982

Han pasado los años y sus obras siguen transmitiendo la inteligencia con la que fueron concebidas, la fuerza con que fueron realizadas y el compromiso del mensaje y la intención con que Wojnarowicz trabajó en ellas. Dando voz e informando, criticando y defendiendo, haciendo del arte un medio no solo estético, sino también subversivo, revolucionario, espejo y reflejo de las desvergüenzas de una democracia y un supuesto régimen de derechos humanos con muchas lagunas, más nebulosas y demasiados cadáveres bajo su alfombra.

Sin título (Rostro en la tierra)’, de 1991.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf

Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor. Un texto que destaca todo lo bueno que hemos conseguido a nivel global, pero advierte de las tendencias nacionalistas y totalitarias que nos lastran desde finales del pasado siglo.

El naufragio de las civilizaciones es un relato cronológico en el que Amin Maalouf relaciona fechas, lugares y personajes públicos, expone cómo sus intuiciones se transforman en hipótesis y estas en ideas que contrasta, confronta y complementa. Sin establecer causas fijas ni sentenciar consecuencias, pero dando forma a un argumentario sólido con el que explica cómo hemos pasado de un panorama geopolítico a principios de los 50 en el que parecíamos ir, sino hacia la cohesión colectiva, sí al menos hacia la convivencia tras la II Guerra Mundial, a un cúmulo de naciones y colectivos de toda índole -religiosa, social, política- enfrentados en una feroz y salvaje carrera por el control individual, el dominio ideológico y el poder económico.  

Su punto de partida es el origen egipcio de su familia materna y cómo lo perdieron todo con el cambio de monarquía a república en Egipto, como sistema de gobierno, en 1952. Un acontecimiento al que se sumaron las tensiones, luchas y presiones internas entre unos grupos y otros, tanto en cada uno de los nuevos estados árabes -antiguas colonias inglesas y francesas, hasta con un pasado otomano previo- como entre sí, y entre ellos con Israel (especialmente tras la Guerra de los Seis Días en 1967) que derivó en una exaltación identitaria ligada a la religión. Lo que habían sido territorios de creatividad, diálogo y convivencia entre distintas creencias y orígenes étnicos, mutaron en casos como su Líbano natal, en escenarios de combate que acabaron con toda posibilidad de desarrollar una vida plena.  

Un proceso al que se sumaron otros como la guerra fría entre EE.UU. y la URSS por la hegemonía mundial, ejecutado por ambos más a golpe de intervencionismo que de alianzas, pero en el caso de los soviéticos transformando los ideales del comunismo en una senda de decadencia moral, económica y social para los países en que ejercían su influencia. Pero si hay un año que Maalouf destaca especialmente en su análisis es el de 1979, denominándolo el de las revoluciones conservadoras, en el que las casualidades y las causalidades convergieron para hacer llegar al poder al Ayatolá Jomeini en Irán y a Margaret Thatcher en el Reino Unido, a quien seguiría meses después Ronald Reagan en EE.UU. La confrontación total con el mundo occidental y la exaltación radical del primero, y el desprestigio que hicieron los segundos del papel del Estado como garante de la igualdad de todos los ciudadanos en pro del individualismo y la competitividad económica, supuso el definitivo punto de inflexión que nos ha llevado hasta donde estamos hoy.

A partir de ahí, la historia de nuestras últimas décadas no va pasando de un capítulo a otro, sino que parece ir cuesta abajo, cogiendo velocidad y sin pulsar el pedal del freno, sirviéndose incluso de los espectaculares desarrollos tecnológicos, científicos y técnicos que hemos alcanzado. La caída del muro de Berlín, la desintegración de la URSS, el surgimiento del terrorismo islamista, los movimientos independentistas y populistas, el Brexit, el control de las redes de telecomunicaciones, el cambio climático, las aspiraciones de las nuevas grandes potencias (Rusia, China)… Amin no es pesimista, pero ve riesgos y advierte de que debemos hacer algo si no queremos que, aunque nuestro estilo de vida siga bajo coordenadas de modernidad y tecnificación, esté más ligado a sistemas en los que tengamos que protegernos de la represión institucional que en los que poder desarrollarnos libre y plenamente.

Amin Maalouf, El naufragio de las civilizaciones, 2019, Alianza Editorial.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith

Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

Patricia Highsmith es sinónimo de suspense y aunque pudiera parecer que esta es una novela costumbrista, que lo es, también responde a lo que se espera de ella. Desde el principio hay algo difícil de definir que hace desconfiar de la corrección con que se muestran los estadounidenses que se hicieron adultos entre el fin de la II Guerra Mundial y la dimisión de Richard Nixon. Ese es el objetivo de la también autora de El talento de Mr. Ripley, detectar y mostrar por dónde hace aguas una satisfacción que no es tal y sobre todo, qué efectos tiene en esa oscuridad, su ocultación y la imposición de un ejercicio continuado de sobreactuación para mantener el status quo del sueño y la supuesta identidad norteamericana.

El diario de Edith comienza con la mudanza de una joven pareja y su joven hijo desde su piso en Nueva York a una casa individual con parcela y camino de entrada en una pequeña población del estado de Pennsylvania. Lo que se presupone un hito en el progreso como clase media acomodada se convierte, poco a poco, en unas coordenadas de lo más opresivas a medida que dejan de verse materializadas unas expectativas que son, tal y como muestra Highsmith muy sutilmente, exigencias sistémicas.  

En el terreno profesional, Edith aspira a ser una periodista de opinión, pero su alto sentido crítico sobre las políticas liberales -a nivel nacional- e intervencionistas -en el plano internacional- de su gobierno no parece tener buena acogida ni entre los medios a los que ofrece sus artículos ni entre los lectores del diario local que pone en marcha. Con el tiempo, incluso, ni siquiera entre sus vecinos y los que ella consideraba sus amigos.

En lo familiar, su vástago poco a poco se revela como un joven sin intenciones ni motivaciones, convirtiéndose en algo así como la versión realista del esperpéntico Ignatius Reilly (el protagonista de La conjura de los necios), con quien Cliffie coincide en el tiempo (aquel fue escrito en 1962), pero que Highsmith no conocía porque la novela de John Kennedy Toole no sería publicada hasta 1980, tres años después que la suya. Súmese a ello un marido precoz en el cliché de hombre maduro que se fija en mujer joven y que huye haciendo un sangrante punto y aparte en su vida, dejándole a ella, incluso, con las cargas -en forma de tío mayor en cama- que le corresponden.

Una realidad de decepción frente a la que Edith intenta mantenerse firme, corrección que le provoca una doble reacción que Highsmith presenta con la asertividad propia del género de misterio sin llegar a desvelarnos la motivación que hay tras ella. Si el diario que escribe es producto de una mente bipolar o de una imaginación escapista. O si la de su distanciamiento con los que la rodean es la propia de alguien que se va haciendo asocial o la de una mujer valiente y una feminista pionera con opiniones avanzadas a su tiempo -y por ello incomprendida, contrariada y hasta perseguida- sobre asuntos como el aborto, la eutanasia, el adulterio, el divorcio, la homosexualidad, las drogas o el alcoholismo.

El diario de Edith, Patricia Highsmith, 1977, Editorial Anagrama.