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“Un enemigo del pueblo (Ágora)” nos plantea qué es la democracia

Alex Rigola sitúa en nuestro presente la propuesta de Henrik Ibsen y convierte el teatro en un espacio único, sin separación entre escenario y patio de butacas, en el que se debate sobre qué es y qué supone la democracia y los límites de la libertad de expresión. Algo aparentemente sencillo, pero que se hace complejo a medida que el ambiente se llena de matices sobre la diferencia entre la teoría y la práctica y los deberes individuales que debiera suponer el ejercicio de los derechos civiles.

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Antes de entrar en este texto representado por primera vez en 1883, Nao, Israel, Irene, Oscar y Francisco plantean a los espectadores dos sencillas preguntas. La primera es si creen en la democracia como forma de gobierno donde la mayoría cuantitativa es la que decide. La segunda si la libertad de expresión debe ser reprimida ante situaciones como la de una institución cultural que no recibe apoyo de las administraciones públicas que presumen de soportarla. Interrogantes expuestos con ese punto en el que confluyen el humor, la ironía y la reflexión (referencias políticas actuales incluidas) y a los que responder únicamente con un sí o un no, sin matices ni enmiendas, a mano alzada con las tarjetas de color que te dan con el programa de mano al entrar en la sala.

La tenue tensión generada se hace más intensa cuando llega la última interrogante, dada la situación expuesta, ¿estaríamos dispuestos a dar por finalizada la función en ese momento como forma de apoyar la libertad de expresión? ¿Renunciaríamos a nuestro dinero –el pagado por la entrada- como manera de defender un derecho fundamental?

En el caso de que la función continúe, Rigola sintetiza las primeras escenas de la obra original y de manera rápida y eficaz nos lleva directamente a la asamblea en la que el noruego Henrik Ibsen situó el momento más álgido y conflictivo de su creación. Aquel en el que se niega la verdad que expone el personaje de Israel (las aguas del balneario en que se basa la economía local están contaminadas) por los efectos contraproducentes que esta afirmación tendría en el bolsillo de todos (sería necesaria una gran inversión para arreglar el problema, además de la fuerte pérdida de ingresos que conllevaría el cierre de las instalaciones mientras duren las obras).

Un conflicto en el que Israel se ve a sí mismo como alguien que defiende el bien y la justicia y los demás le acusan de ser un mala persona, alguien que se siente superior a aquellos con los que convive. Los allí reunidos –políticos, empresarios, periodistas,…- concluyen que la disputa ha de cerrarse mediante una votación y no en base a lo que revelan los datos.

La que hasta entonces había sido una representación ágil, basada únicamente en eso tan fantástico como es la presencia y la voz de los actores en un escenario prácticamente desnudo, se convierte en algo mágico al hacer de los espectadores asistentes a una asamblea que se abre a su participación. Un golpe de efecto que nos enlaza con los primeros minutos de la función, cuando parecía que lo que nos estaban proponiendo era un juego que generaba un divertido barullo, pero que ahora torna en un silencio sepulcral. Únicamente se escuchan a aquellos que alzan la mano y piden el micrófono para exponer su punto de vista sobre las virtudes y límites del sufragio como instrumento de participación en una democracia o el derecho a cómo y cuándo ejercer el voto.

Está claro que el debate que proponía Ibsen sigue aún vigente y que el teatro tal y como lo propone Alex Rigola lo expone y nos implica en ello de manera sobresaliente.

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Un enemigo del pueblo (Ágora) en el Teatro Pavón Kamikaze (Madrid).

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Intenso drama el de “Los hermanos Karamazov”

Cada familia es un universo en sí misma, un mundo sometido a múltiples corrientes que cuando no fluyen de manera ordenada en una misma dirección desencadenan un escenario de luchas, de fuerzas y poderes, de un todos contra todos que no tiene como fin la victoria, sino la derrota. Tolstoi lo reflejó de manera maestra en sus novelas, Gerardo Vera lo ha llevado a escena en una gran adaptación teatral y Juan Echanove lo conduce sobre el escenario de manera brillante.

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Condensar las más de mil cien páginas de esta novela de Tolstoi no debe haber sido tarea fácil ni rápida para José Luis Collado. Sin embargo, tras ver su representación, solo queda decir que su labor de síntesis para recoger las tramas fundamentales de la trama concebida por el creador de Anna Karenina es un gran trabajo. No solo por haber sintetizado con efectividad narrativa sus líneas argumentales, sino más aún, por la rica personalidad con que ha dotado a cada uno de sus personajes. Un material a partir del cual Gerardo Vera ha creado una endiablada atmósfera que con el paso de los minutos se hace más hipnótica y envolvente en su discurrir de tres horas llenas de emociones y pasiones, una montaña rusa de visceralidad y bajas pasiones que sin el contrapeso de la razón, aboca a la familia Karamazov a un desenfreno de odios, envidias, humillaciones y venganzas sin posibilidad ni esperanza alguna de buen final.

Texto y dirección son, a su vez, los medios que han permitido a los actores dar vida a unos seres que rezuman autenticidad, llenos de contradicciones, sumidos en un cruce de direcciones encontradas, entre lo que les dicta su sentir y lo que ejecuta su hacer en un repertorio de motivaciones emocionales que va desde el amor y el deseo de poder a la venganza y el miedo a la soledad. En sus gestos, en sus movimientos y en sus cambios de registro quedan recogidos todos esos pequeños matices en los que está la intensidad de los grandes momentos, esos  detalles aparentemente nimios que se convierten en puntos de inflexión para esas vidas que duran más que el tiempo de la función a través del recuerdo que generan en los que hemos ido a verles representados.

Juan Echanove despliega como patriarca de los Karamazov un derroche interpretativo que hace de él no solo el señor de un clan, sino también un humillante padre, un amante que no ama, un despiadado ser humano, un tirano cruel y despiadado. Una brutalidad psicológica con la que gobierna a su familia y una riqueza actoral con la que hace suyo el patio de butacas. Fernando Gil demuestra que lo suyo es más que presencia física y capacidades atléticas, su cuerpo es el vehículo a través del cual el hijo Dimitri rezuma el hartazgo, la rabia y el deseo que desencadenan los acontecimientos de los que hemos de ser testigos. Oscar de la Fuente es muy sutil, y desde su secundario Smerdiakov, ese hijo bastardo despreciado por su limitada inteligencia, construye una presencia llena de destellos que le hacen coprotagonista, tanto del devenir de la familia retratada, como de su escenificación. Sin olvidar a Marta Poveda, la mujer que desata las pasiones incompatibles de un padre y su hijo, y Lucía Quintana, esa a la que se las niegan. Ellas son, cada vez que aparecen en escena, ese punto que acumula las energías que flotan en el ambiente para dirigirlas en una u otra dirección.

Hay algún aspecto menor que podría haberse evitado como el recurrir a músicas reconocidas (la banda sonora del Drácula de Coppola compuesto por Wojciech Kilar en la primera entrada de Juan Echanove), algunos momentos físicos de Fernando Gil que parecen más concebidos con un enfoque de encuadre cinematográfico que de movimiento escénico, o las proyecciones que resultan más rellenos estéticos que elementos narrativos. Apenas unos apuntes frente a los que hay que destacar una efectiva escenografía y una expresiva iluminación, medios con los que acentuar el brillo y excelencia del trabajo integral de texto, dirección e interpretación que se aúnan en esta adaptación teatral y puesta en escena de la que fuera la última novela de León Tolstoi.

“Los hermanos Karamazov” en el Centro Dramático Nacional (Madrid).