Archivo de la etiqueta: Israel Elejalde

“Tebas Land”, matar al padre

De la realidad de un asesinato a su interpretación literaria y posterior representación teatral. De lo que sucedió entre un padre y un hijo a su génesis familiar y sus consecuencias individuales. El texto de Sergio Blanco presenta una inteligente complejidad de planos temporales y conceptuales eficazmente expuesta por Natalia Menéndez en un viaje emocional en el que Israel Elejalde y Pablo Espinosa se desplazan con suma eficacia.

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El término parricidio lleva en sí mismo los procesos de acusación, juicio y sentencia. Implica un imputado al que presuponemos injusto con su progenitor y al que deseamos ver por siempre encerrado, alejado de nuestra sociedad, que no vuelva a tener posibilidad alguna de interactuar con nosotros. Un tema atemporal, como bien plantea Sergio Blanco con sus explícitas menciones a la tragedia de Edipo Rey, a la saga literaria de Los hermanos Karamazov y a la figura de Freud. De la misma manera que nos asusta y nos aterra, hay algo en la brutalidad del asesinato de un padre por su hijo que nos induce a asomarnos a sus coordenadas para intentar entenderlo y sentirnos libres de creer que podemos llegar a comportarnos de manera semejante.

Ese es el proceso que se vive en múltiples dimensiones en Tebas Land. Una muy obvia, la de los espectadores en el patio de butacas, aunque salpicada de instantes en que se nos hace saber que la acción puede saltar a nuestro espacio. Y otra totalmente poliédrica, la interpretada por Israel Elejalde y Pablo Espinosa, siendo en ocasiones el autor teatral que visita en la prisión a Martín, el joven que asesinó a su progenitor, y en otras el dramaturgo que junto a Federico pone en escena esta impactante, mediática y morbosa tragedia de nuestros días. Un cubismo dramático que hace del escenario un lugar en el que vemos simultáneamente cómo se gesta el teatro, los hechos que le inspiran, la intervención intelectual que le da forma textual y la puesta en juego de los recursos que hacen que tome dimensión artística.

Esos son los dos apasionantes viajes que se realizan de manera entrecruzada en este texto y función a medida que discurren las líneas del primero y los minutos de la segunda. Un recorrido de espejos, paralelismos y conexiones entre los progresivos niveles de conocimiento –de hechos y circunstancias- que vamos ganando y las cada vez más profundas dimensiones de la conciencia humana en las que somos inmersos. Haciéndolo no solo en el momento presente, sino tomando como referencias las bases del mito que sentó en su día Sofocles, la actualización que hizo siglo y medio atrás Dostoievsky demostrando su vigencia y el campo de batalla en que lo convirtió el psicoanálisis en su intento por explicar el funcionamiento de la mente humana.

Lo primero nos permite ver cómo la realidad es sintetizada, conceptualizada, modificada y transformada en el intento humano de comprenderla, comunicarla, representarla y retransmitirla, audiovisualmente incluso. Lo segundo nos demuestra que no debemos opinar sin saber, que antes de juzgar hemos de entender y que para llegar a comprender tenemos que conocer las claves que expliquen cómo se llegó al momento en que el ya adulto dio muerte a quien le engendró. Una catarsis que tiene también algo de místico y espiritual, de un gran movimiento energético, como es la experiencia teatral de asistir a la representación de este montaje de Tebas Land.

Tebas Land, en El Pavón-Teatro Kamikaze (Madrid).

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“La clausura del amor” lo rompe todo

Asumir el final supone volver al principio y repasar el trayecto recorrido, dándole los términos correctos a todo lo vivido. Un ejercicio de complicado equilibrio, hay que ponerle razón a lo que no lo tuvo y emoción allí donde faltó. Un momento único en la vida para el que no estamos preparados y en el que nos sorprende tanto lo que decimos como lo que respondemos. Bárbara Lennie e Israel Elejalde se entregan completamente en este proceso, se dejan la voz, la piel y el cuerpo llevando el texto de Pascal Rambert a una dimensión superior que hace que nada vuelva a ser como antes.

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Sin pelos en la lengua. Él no se calla nada y ella lo dice todo. Él da rienda suelta a su locuacidad y ella a su estómago. Uno habla y el otro replica, uno enuncia y el otro reelabora. No hay límites, no hay reglas, no hay impedimentos, no hay filtros. Todo vale. Como si fuera ahora o nunca. No habrá más oportunidades. Después de este encuentro no habrá nada más, es el fin, todo será pasado. La verdad surge de lo más hondo y profundo y se articula en dos discursos que son más que un ejercicio de expresión, son dos testamentos, dos sentencias de punto y final, de muerte. Aún hay algo vivo, sí, pero no queda oxígeno ni medios ni ganas ni intención de dárselo,  solo la imperiosa necesidad de ejecutarlo, de aplicarle una dolorosa y destructiva, pero también necesitada y deseada, eutanasia.

La clausura del amor es un fenómeno que lo puede y lo contiene todo, es tan arrasador como energizante. A Bárbara y a Israel les insufla de vida y, al tiempo, es un huracán que se encarna en cada uno de ellos para destrozar al otro en mil fragmentos que a continuación unen para dejar en él, en ella, en uno y en otro, las cicatrices, las huellas, las marcas de su paso, de su convivencia, del tiempo en que fueron una simbiosis, una unión, una pareja que, además, tendrá ya por siempre algo ajeno a ellos que les recuerde lo que fueron y dejaron de ser, los hijos habidos en común.

Bárbara e Israel no son actores sobre el escenario, lo suyo no es técnica ni experiencia sino un paso más allá de la entrega total y absoluta, es la puesta a disposición de su director para convertirse exitosamente en lo que su cabeza tramó desde que comenzó a concebir esta obra, en algo más que palabras y movimiento sobre el escenario, en una atmósfera, en un ambiente, en un aire en el que el tiempo se congela y el espacio se volatiliza.

Lennie y Elejalde, cada uno a su manera, separados, pero también juntos –porque su soledad no es tal, es la falta, la lejanía, la pérdida del otro-, son el corazón, la mente y el sexo subidos en una montaña rusa que les hace convertirse en suicidas kamikazes y en tiranos caníbales, estar heridos de muerte o resurgir de las cenizas como el ave fénix. Él eficaz y solvente, rotundo, tangible, material, presente. Ella airosa, resuelta, elevada, fluida, lumínica y fugaz.

La clausura del amor, en Teatro Kamikaze (Madrid).

 

10 funciones teatrales de 2016

Obras representadas por primera vez y otras que ya han tenido varias temporadas a sus espaldas; textos actuales y clásicos; montajes convencionales e innovadores; autores españoles, ingleses, canadienses, italianos, argentinos,…

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Hamlet. Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Home. Parecen inalcanzables cuando están sobre el escenario de un gran teatro, sin embargo, los bailarines de la Compañía Nacional de Danza resultan tan o más grandes, y su trabajo aún más bello, hipnótico y seductor cuando puede ser disfrutado en un reducido espacio como es el de La Pensión de las Pulgas. En su interior no existen distancias ni jerarquías entre intérpretes y espectadores y todos juntos se integran en este hermoso espectáculo.

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Tierra del fuego. Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Cinco horas con Mario. Miguel Delibes fue un genial escritor, plasmaba la realidad y sus personajes en sus páginas con una naturalidad asombrosa, quedándose él en un segundo y discreto plano como narrador. Lola Herrera es inconmensurable, no hay papel que interprete que no haga que el público se ponga en pie para aplaudirla. La unión de ambos, hace ya 37 años, hizo que una de las mejores novelas de la literatura española se convirtiera en un montaje teatral en el que texto y actriz se entrelazan en una simbiosis que solo se puede definir como perfecta.

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El laberinto mágico. Impactante de principio a fin. Un texto que repasa perfectamente las mil caras que tuvo nuestra guerra civil desde el lado de los violentados y finalmente perdedores. Un compenetrado elenco actoral que da vida a esos compatriotas que se sentían nación y acabaron siendo miles de víctimas anónimas enterradas nadie sabe dónde. Un soberbio uso de un casi vacío espacio escénico que se convierte en todos los lugares en los que desarrolló la contienda, desde el frente y los despachos policiales a los dormitorios, los museos y los teatros.

Páncreas

Los desvaríos del veraneo. Un texto clásico hecho actual con elementos que le aportan ritmo, gracia y frescura. Una compenetración entre sus nueve intérpretes que consigue que todo cuanto sucede sobre el escenario esté lleno de vida, que sea fluido y espontáneo, como si no tuviera otra manera de ser. ¿Resultado? Un público entregado y dos horas de sonrisas, risas y carcajadas sin parar.

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Incendios. El pasado está ahí, pidiendo ser conocido y clamando convivir con nuestro presente. Mientras no le demos el tiempo y espacio que reclama, el futuro será imposible, no tendrá raíces ni base sobre la que crecer. Enfrentarse a él y bucear en sus entrañas puede llegar a ser un proceso difícil y complicado, lleno de momentos no solo amenazantes, sino de realidades desconocidas de gran crueldad. Un texto brutal y una eficaz puesta en escena con un reparto que se deja la piel sobre el escenario y en el que destaca por su maestría Nuria Espert.

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Reikiavik. Lo que sucedió, lo que vimos y lo que la leyenda posterior ha decidido que quede, auténtico o no, de todo aquello. Con la misma precisión del ajedrez, con la combinación de estrategia, dinamismo y paciencia que exige su juego, como con la pasión con que lo viven sus jugadores y aficionados, así fluye esta obra. Una ficción que condensa de manera ágil y precisa las múltiples facetas de aquella mítica partida, así como de su antes y después, entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa en 1972. Así son este texto y su puesta en escena de Juan Mayorga.

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La función por hacer. El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Todo el tiempo del mundo. Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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¿El “Idiota” nace o se hace?

Comienza jugando con el uso del lenguaje, sus significados y sentidos, para posteriormente situarnos frente a lo que decimos, cuánto de verdad hay en lo que expresamos y cuánto de inconsciencia y sinrazón. Dos actores que de las sonrisas iniciales nos van trasladando hacia una oscura y desesperante claustrofobia interior en la misma medida en que lo hacía Buero Vallejo en La Fundación.

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Ganar dinero de manera fácil es algo que nos atrae a todos. Si es conversando un rato sin más, más aún. Llamas al teléfono de contacto, vas al punto de encuentro, firmas y comienzas la sesión de la que esperas salir bien recompensando. Tan poco acostumbrados estamos a esta situación, como a cualquier otra que no forme parte de ese guión repetido hasta la saciedad que es cada día de nuestra vida, que se nos sube a la cabeza y nos desata una locuacidad facilona, con un punto casi patético –pero muy reveladora de nuestro nivel de civismo- que hace que nos tengan que llamar al orden. Eso nos desarma, nos descoloca, nos desnuda. Miramos a nuestro alrededor y este lugar de paredes entre minimalistas y asépticas y luces fluorescentes en el que estamos sentimos que no pintamos nada, que no somos más que un sujeto de estudio sobre el que se va a comprobar un algo que no sabemos qué es, del que no nos hemos informado. Lo cierto es que tampoco hemos demostrado interés alguno. Hemos acudido como hacemos con todo, como vivimos todo, en modo autómata, sin mirar, sin escuchar, con un pensamiento único en nuestra mente, sin equilibrio alguno entre deseos, realidad, necesidades y medios con que contamos.

¿Cómo responderemos cuando comiencen las pruebas? ¿Cuando nos pongan frente a situaciones que no imaginamos nunca? ¿Y si nos descubren que sí que las enunciamos, que las verbalizamos, que las invocamos no hace mucho tiempo? Entonces, ¿qué diremos? ¿Qué cara se nos quedará? ¿Qué pensaremos sobre nosotros mismos? ¿Seremos capaces de superar el reto? Y si no, ¿asumiremos sus consecuencias?

Preguntas que se plantean y viven sobre el escenario, pero que también llegan al patio de butacas. No solo para que empaticemos con ese anodino ciudadano que es un eficaz Gonzalo de Rojas sino para que nos pongamos en su lugar y reflexionemos sobre cómo vivimos nuestras vidas. Si nos relacionamos con las personas que deseamos hacerlo, si construimos el presente que realmente queremos, si aportamos lo mejor de nosotros mismos a aquellos que forman parte de nuestro círculo,…

Reflexiones a las que hay que dar respuesta clara, rápida y directa, sin ambigüedades ni peros. Un situación puntual que sirve como alegoría de qué queremos hacer con la vida. Pero no en genérico, sino en posesivo, que cada uno, cada espectador se plantee si quiere vivir su propia biografía con valentía y plenitud o vagar por ella con el miedo y la cobardía bajo los que nos refugiamos para no hacer frente a los errores y las decisiones que implican decir que no, marcar límites o comunicar finales de etapa.

Teatro que motiva, que estimula, que pincha, que incomoda, que sacude, esa clase de teatro es este Idiota, tanto el del adjetivo como el del acrónimo, I.D.I.O.T.A., que está tras él.

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Idiota en Teatro Pavón (Madrid).

Un “Hamlet” de muy alto nivel

Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Ser o no ser es una sentencia que, a pesar de ser tan recurrente y tan recurrida, no ha sido capaz de trascender al hombre que la pronunció por primera vez, Hamlet, el príncipe de Dinamarca. Tan intensos, personales y llenos de emoción resultan los textos que el británico fallecido hace cuatrocientos años escribía para sus personajes, que parece que lo suyo fue más ejercer de intermediario de estas personas de tinta sobre papel que ser el creador de las mismas. Un material tan vivo y lleno de fuerza que cuando cae en las manos adecuadas, pasa del terreno de la imaginación al de la más absoluta realidad, tal y como sucede en esta puesta en escena a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Kamikaze Producciones.

El Hamlet que encarna Israel Elejalde es el verbo hecho carne, la orfandad convertida en presencia, el deseo de justicia que ocupa invisiblemente todo el espacio alimentado por la doble traición sufrida, tanto la de su tío al matar a su padre, como la de su madre al casarse con semejante asesino. Su cuerpo y su voz son el vehículo a través del cual se manifiesta la montaña rusa interior por la que discurre su vida: la devoción al progenitor ausente, la rabia que lleva al deseo ciego de venganza, el odio, la confusión por la intensidad de lo que le está ocurriendo, la incapacidad para gestionar ninguna otra relación, la renuncia al amor, la sospecha, la desconfianza,… Una suma y un discurrir tan veloz e interrelacionado que hace que el resto de los personajes que comparten tiempo, lugar y función con él, la tomen por locura. En su error, el proceso digestivo emocional del heredero al trono les arrastra en un huracán de acción y sensaciones múltiples en el que quedan también envueltos e involucrados sus espectadores.

Un torrente narrativo en el que no hay un segundo de tregua, en el que las escenas están entrelazadas siendo todo final también un principio. Las palabras marcan el ritmo con el que se mueven los intereses cruzados en las sombras de la corte danesa y su fluir da la pauta de las entradas y salidas de sus habitantes y de los cambios de escenografía sobre el escenario. Un flujo que demuestra la imposibilidad de establecer la fórmula de estímulo-causa, castillos de naipes e ilógica sinrazón que construyen y deconstruyen las relaciones humanas y que están también tras la difícil sencillez del deseo y el ejercicio del poder.

Una esencia tan bien conseguida en la que es posible introducir recursos del siglo XXI –una canción, un chiste, un quiebro lingüístico- en el siglo XIII que Shakespeare imaginó a principios del XVI. Una representación que es como la locura de Hamlet, aparentemente ilógica en su formalidad, pero llena de sensatez, deseosa de romper moldes y de recoger un legado sobre el que seguir edificando un reino y un teatro que honre a su pasado y lo proyecte hacia el futuro. Dos horas y cuarenta y cinco minutos de función que tienen tanto de catarsis como de maestría.

“Hamlet”, en el Teatro de la Comedia (Madrid).