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“Lady Macbeth” no tiene límites

La satisfacción personal por encima de todo. Conlleve lo que conlleve el deseo de amar y el impulso de poseer. Ya sea el goce de la manipulación, la hiel de la venganza, la interpretación de la mentira o la invisibilidad de la transformación. No hay registro que no domine a la perfección esta mujer empeñada en salirse siempre con la suya. Un contenido drama costumbrista que combinado con momentos más propios del thriller, se introduce hasta sus últimas consecuencias en las tinieblas y la oscuridad de la erótica del poder.

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Lo que comienza pareciendo una historia en la que se reivindica el derecho a la libertad individual acaba siendo una enrevesada niebla tras la que no hay más que la voluntad de tener lo que se quiere, consiguiéndolo cueste lo que cueste. En el inicio Lady Macbeth parece ser una fémina débil y atrapada, condenada por su condición de mujer a un matrimonio carcelario. Las cuatro paredes de su hogar la recluyen junto a sus espectadores, que la acompañan en su anhelo de libertad y la justifican y apoyan en los métodos que utiliza para hacerse respetar y ganarse su sitio. La llegada de ese instante no supone la consecución de una meta, sino haber alcanzado un punto de inflexión a partir del cual descubrimos que los modos y maneras que hasta entonces hemos justificado nos han convertido en cómplices de una trayectoria que seguirá en esa senda ante los nuevos obstáculos que surgirán en su camino.

Los tonos mate y los cielos nublados de la campiña inglesa del siglo XIX y la formalidad de sus costumbres sociales hacen recordar inicialmente las novelas de Jane Austen o las Cumbres borrascosas de Emily Bronte. Sin embargo, no son más que una correcta imagen de líneas sobrias y colores apagados muy bien equilibrados tras los que se esconden pulsiones como las del cine de Michael Haneke o Paul Verhoeven, sobrecogedoras sorpresas y giros argumentales como los de los relatos de Henry James y una atracción hipnótica por el deseo de ir más allá como la que sentían las protagonistas de los primeros títulos de Alfred Hitchcok en Hollywood (Rebeca o Recuerda).

Todo ello condensado en una mujer, Katherine, que tras la rectitud de su gesto esconde un volcán que entra en erupción cada vez que se despierta en ella la pasión por el hombre al que desea. Una medida y parca escenografía en la que este astuto camaleón sabe camuflarse y mover cuantas piezas haga falta para lograr que el resultado final sea el codiciado sin dejar huella de su intervención. Una progresión en la que parece que no hay manera de que se sienta saciada y cada hito conseguido no es más que el paso previo para la puesta en marcha de una mente maquiavélica que entra en acción cada vez que la insatisfecha fogosidad de su corazón así se lo requiere.

Su fría y displicente mirada, sus duros silencios, su cuerpo, sigiloso unas veces, ardoroso y demandante otras, hacen de Lady Macbeth un personaje de lo más inquietante y desconcertante (como un Jekyll & Hyde formado por Isabelle Huppert e Isabelle Adjani), a la par que atractivo y seductor. Es inevitable no dejarse atrapar y caer fascinado tanto por ella como por Florence Pugh.

“El ciclo del amor marica” de Gabriel J. Martín

Entender cómo funciona el sentimiento del amor es fundamental no solo si se quiere vivir una relación a largo plazo, sino si también se desea vivir plenamente, pero de manera individual, aquellas facetas personales que se comparten en una pareja.  De manera clara y didáctica, a la par que amena y hasta divertida, este título realiza un somero repaso de todos esos factores que hay que tener en cuenta para enunciar esa ecuación cuya verdadera fórmula y resultado, única en cada caso, solo conocerán de verdad los encargados de ponerla en marcha y reelaborarla continuamente a lo largo del tiempo.

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A priori el amor no debiera entender de género, identidad u orientación sexual, hombres y mujeres, cis y transexuales, homosexuales, bisexuales y heterosexuales somos susceptibles de enamorarnos, de ser correspondidos y de querer vivir ese afecto a través de un proyecto de vida a cuya construcción ambas partes nos comprometamos. Sin embargo, basta mirar el recorrido histórico que llevamos desde hace siglos hasta hoy mismo para saber que en la sociedad en la que vivimos se denigra a muchas personas por múltiples motivos. He ahí las obvias diferencias entre hombres y mujeres, pero igual de claras y evidentes, aunque mucho más silentes, son las también sufridas desde tiempos inmemoriales por –entre otros muchos colectivos- los hombres homosexuales.

Un legado que sigue vigente y contra el que, como Gabriel bien indica, se ha de luchar utilizando herramientas como la del lenguaje normalizador, entendido este no como una tabula rasa que elimina diferencias y homogeneiza características, sino como el que da los términos exactos a las realidades en las que vivimos. Un novio es un novio, y no un “amigo”, y a un marido no se le presenta como “mi pareja”.  El segundo pilar es hablar de cómo pueden ser las etapas de una relación afectiva entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres, desde un punto de vista realista, dejando a un lado todos los mitos, fantasías y leyendas que han empañado la educación que hemos tenido -si es que alguien nos la ha proporcionado- sobre el amor.

Así que si el amor no es a primera vista ni para siempre, no lo redime todo ni mueve montañas, ¿en qué consiste exactamente?

En primer lugar, para que el amor llegue a formularse y construirse necesita que las dos personas que intentan formar una pareja sean equilibradas, que se hayan aceptado a sí mismas y que vivan su orientación sexual de manera natural e integrada en todas las áreas de su vida, sin traza alguna –o estar en proceso de resolverla- de homofobia interiorizada. Un tema que ya trató Gabriel J. Martín en su también muy bien planteado y desarrollado Quiérete mucho maricón. Factor importante es, también, no tener pendientes de resolución otras cuestiones psicológicas que no solo impiden a esos hombres tener relaciones fructíferas, sino que les convierte en personas tóxicas con capacidad de herir a aquellos con quienes, aparentemente, lo intentan.

Dejando atrás las rémoras, para aquellos que lo desean y les surge la oportunidad de llevarlo a la práctica, el amor sigue una serie de fases que tienen un discurrir más o menos lineal y que cada persona -y por tanto, cada pareja- vive de una manera diferente en base a su personalidad, experiencia e, incluso, estructura neuronal.  Desde la pasión inicial en la que cada cuerpo es un torrente hormonal y el deseo físico es lo más protagonista, pasando por la etapa de la intimidad, de exponer y conocer las motivaciones y planteamientos personales del otro ante la vida para llegar a la posibilidad de plantearse un proyecto conjunto. Un compromiso que posteriormente hay que mantener y adaptar a las circunstancias cambiantes que vayan surgiendo. Y si llega el día en que este se acaba, hay que saber ver y aceptar las señales que lo indican y ponerle fin a la relación de la manera más adecuada para que no solo no deje mal recuerdo, sino para que no se convierta en un lastre que impida disfrutar del futuro.

Este es el eje más habitual del amor, entre dos personas, aunque Gabriel J. Martín también considera otras casuísticas existentes como la del poliamor, o las de relaciones con características propias como son las intergeneracionales o las de entre personas que viven distanciadas por muchos kilómetros.

Como bien dice su autor, El ciclo del amor marica no ofrece una receta mágica, pero sí una completo y claro mapa a partir del cual un hombre homosexual –aunque también a otros públicos con capacidad de empatía ante los ejemplos y supuestos prácticos expuestos,que se decidan a leer este libro- pueda plantearse y reflexionar cómo quiere vivir el amor de pareja y todos aquellos ingredientes que lo conforman, pero que también se pueden disfrutar fuera de ella.

“Abandonada” de Fernando Sáez

La última conversación entre Pablo Neruda y Delia Del Carril tras dos décadas de relación, la esencia de lo que queda tras veinte años juntos recogida en un único acto teatral. Los motivos del fin, los diferentes puntos de vista sobre lo vivido y la manera de afrontar el presente de una manera verdaderamente desnuda, haciendo de la intimidad un campo abierto en el que se exponen con toda su verdad el dolor femenino y la libertad masculina.

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Delia conoció a Pablo en Madrid en 1934, en los convulsos años de la II República española antes de nuestra Guerra Civil. Él aún casado y esperando una hija, tras cuyo fallecimiento al poco tiempo de nacer comienza una relación de pareja con ella, veinte años mayor. Quién le diría a Del Carril que transcurrido ese tiempo el ciclo llegaría a su fin y Neruda le expondría que igual que comenzó a estar con ella a espaldas de su matrimonio, ahora otra ocupa su lugar. Todo estalla cuando el poeta, ya un referente internacional, le propone una entente cordial en la que le adjudica el papel de esposa relaciones públicas y a su nueva acompañante el de amante carnal y habitante de su intimidad. Se abre entonces la caja de los truenos en la que todo lo vivido, compartido, sufrido y disfrutado juntos se convierte en madera de una hoguera cuyo fuego ella azuza con ansia mientras él intenta que las llamas solo acaben con lo estrictamente necesario.

Aquí nadie se guarda nada, ni ella sus sentimientos, ni él sus intenciones ni el autor las palabras. Cada uno expone sus cartas a un todo o nada. Ella quiere cerrar acabando hasta con el último de sus recuerdos, él hacer un punto de inflexión en que el pasado dé pie al futuro. Y Fernando Sáez media entre ellos dándoles la expresividad que necesitan, haciendo que nuestra piel sienta el latido del corazón, la mirada fría y la respiración contenida de ella, así como la mano tendida, la intención amable y la disposición a la concordia de él. Salen a la luz esos episodios, instantes concretos, en que se inició su separación y que hasta entonces no habían querido ver, que después no hablaron y que ahora ya es demasiado tarde para afrontarlos.

Cuando la herida ya se ha cerrado por sí misma, es difícil curarla y no hay posibilidad de establecer puentes entre las diferentes concepciones sobre los pilares en que se ha de sostener una relación. Delia entiende la fidelidad como lealtad mientras que Pablo como algo que se mantiene alimentado de humor y de deseo. Para esta mujer que se dispone a irse de la casa conjunta, el presente es también campo de construcción de lo que está por venir; para el hombre que se pasea por lo que fue su hogar con su perro, el aquí y ahora es terreno de improvisación y de espontaneidad, de dejarse llevar. Lo que se dicen, expresan, exponen y confrontan está tan lleno de sensaciones, de emoción y convencimiento que ambos resultan no solo creíbles, sino también –a pesar de las diferencias y distancia entre ellos- seres con los que es inevitable empatizar.

Abandonada quizás sea la transcripción de aquella conversación, una versión o una pura ficción, pero tiene la garra, la fuerza y la intensidad de la pasión de ese momento cumbre, solemne y único –tan inevitable como muy a su pesar- en el que se materializa, sella y rubrica el fin del amor.

¡Qué puta vieja es “La Celestina”!

Un texto y un ambiente de hace quinientos años sobre el amor, el poder, el deseo y la ambición hecho cotidiano y cercano. Grandes caracterizaciones y mejores interpretaciones en una puesta en escena con una atmósfera envolvente que hace del escenario y el patio de butacas un espacio único.

Cartel 2 adaptado para Entradasinaem

La Celestina es más que una obra literaria, es uno de los conceptos clave de la cultura española, entendido como esa persona que de manera oscura mueve los hilos para unir a aquellos que de otro modo no conseguirían llegar a juntarse. Un significado que ha dejado por el camino que quien hace de mediador es alguien interesado y manipulador, una vieja zafia y mentirosa que no busca más que el beneficio propio basándose en la superchería, el miedo y la ignorancia de sus víctimas. Hasta ahí es donde nos lleva el montaje de José Luis Gómez, haciéndonos ver cuáles son los ingredientes que permiten que la superstición se convierta en una historia tan salvaje, dura y descarnada como esta.

En el origen de todo, la trampa que supone el desconocimiento de las emociones. Así, cuando llegan y las sentimos de repente, sin previo aviso, el desconcierto se apodera de nosotros, de Calisto –un potente Raúl Prieto- hace un torrente que lo entrega todo a su paso, mientras que en Melibea –una delicada Marta Belmonte- se convierte en un miedo atroz que la bloquea y la pone a la defensiva. Dos caras de una misma debilidad, un terreno fértil para la rapiña egoísta y animal de los opuestos a ellos, aquellos que no tienen sentimientos, pero que tampoco disponen de condiciones de vida que les permitan hacer de sus corazones el leit motiv de sus días y sus noches. La supervivencia manda y el maniqueísmo combinado con la diferencia de clases, la exigida formalidad y el qué dirán son los que establecen las reglas del juego. Un terreno en el que la puta vieja que encarna Gómez se mueve con una agilidad mental y un verbo fino y agudo que resulta anacrónico con lo hondo de sus arrugas, lo ajado de sus cabellos y el deterioro de sus ropas.

Las palabras de Fernando de Rojas transmiten desde el escenario del Teatro de la Comedia tanta fuerza como debieron tener sobre las páginas en las que se imprimieron por vez primera en 1499.  Nos sobrecogen en los pasajes de afecto como de igual manera nos hacen gozar en los momentos carnales, así como provocar la risa y la carcajada en los cuadros de burla primaria y comedia pagana. Una multitud de focos argumentales con una creativa escenografía que genera múltiples ambientes con sus juegos de escaleras y pasarelas, así como con los submundos que surgen bajo sus tablas. Desde ahí abajo llegan aquellos que representan el pecado y el vicio en todas sus versiones capitales –la gula, la lujuria, la soberbia, la ira,…-. Un magma del que emerge una Celestina auténtica, dueña y señora de las luces y las sombras por las que transita y a la que José Luis Gómez encarna con una maestría que está por encima del debate hombre o mujer. Junto a él, y además de la pareja protagonista, un plantel de secundarios que aportan tanto albor al conjunto, como toman de este en sus momentos individuales.

La Celestina, en el Teatro de la Comedia (Madrid).

“Salomé” de Oscar Wilde: deseo, belleza y desenfreno sin límites

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Con las palabras justas, la cadencia necesaria y la intervención de cada personaje en el momento exacto, “Salomé” es una brillante ficción de intriga, misterio, sensualidad y sexualidad. Un conjunto que se lee y se ve representado con el estómago y el corazón, por momentos casi con la pelvis. Aquí no hay nada que pensar, cuanto sucede en las páginas o sobre el escenario apela directamente a los instintos, a las pulsiones, a los anhelos,…

No es de extrañar que en el momento de su estreno el texto fuera denostado por críticos y espectadores atados a los formalismos y a la negación de la existencia de todo aquello que no cumpliera los convencionalismos académicos. Oscar Wilde va más allá de las provocaciones que habían supuesto los descaros y juegos de palabras de sus personajes en “El abanico de Lady Windermere” o los que más tarde le harían celebre por “La importancia de llamarse Ernesto”. Los diálogos de “Salomé” introducen con sinuosidad el lenguaje corporal, están llenos de evocaciones sensoriales (tacto, vista, gusto, olor, sabor) con un ritmo que avanza plagado de erotismo y emociones en estado puro como el miedo y la ira. Y sin dejar de lado la precisa recreación de la corte del rey Herodes -los inicios del Cristianismo y sus distintas ramas, su relación con el Imperio Romano- con detalles realistas como los vinos que tomaban (de Samos, Chipre y Sicilia) y las joyas y materiales preciosos que atesoraban.

La estructura formal con que Wilde crea “Salomé” es brillante, convierte la pausa en frenetismo y el deseo en barbarie, un torrente que arrastra tanto a sus personajes como a sus espectadores, testigos de ese convite en el que la hija de Herodes pidió la cabeza de San Juan Bautista en una bandeja de plata. Todo ello con la atmósfera de la amenaza de un posible castigo divino y un juicio final sine die, y contado en un solo acto, sin descansos, hace que su lectura/representación se convierte en un desenfreno in crescendo hacia el éxtasis final.

La belleza por la belleza, el placer de sentir, el gozo de la vanidad, el hedonismo, eso es “Salomé”, como también lo era Oscar Wilde y por eso nos gusta tanto.

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