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“Verano 1993”

El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

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Ver la ciudad de Barcelona difuminarse desde el asiento trasero de un coche, al médico recetar anhistamínicos desde la camilla de exploración, a una madre llevarse abruptamente a tu compañera de juegos,…, momentos en la vida de Frida que no entiende muy bien porqué ocurren, pero que algún día comprenderá, cuando tenga la información necesaria para ello.

Nosotros no tenemos seis años como esta niña que se ha ido a vivir con sus tíos, pero compartimos con ella que nadie nos hace explícito qué está ocurriendo. Lo tendremos que ir descubriendo a través de pequeños gestos y retazos de conversaciones, instantes sin importancia para los adultos pero que se convierten en imperceptibles puntos de inflexión para aquellos que no les llegan ni a la cintura. Momentos en los que ambas generaciones conectan sin proponérselo, los primeros se dejan abierta la puerta de su adultez y supuesta madurez y los segundos entran en esa dimensión buscando respuestas a preguntas e inquietudes sobre el futuro, así como sobre las ausencias y la muerte, que nadie les responde.

Verano 1993 muestra con absoluta naturalidad la ingenuidad, sencillez y limpieza espiritual tanto de ese tiempo compartido como de aquel en el que los menores exploran, descubren y se dejan llevar por los estímulos del alrededor.  Ese en el que no existe contaminación acústica ni visual, el camino está por trazar y la guía es la del impulso interior. Un presente en el que se quiere conocer cuáles pueden ser las consecuencias de actos que aún no se saben medir, en el que no se le pone la etiqueta de imposible a nada y se puede vivir combinando perfectamente la fantasía y la realidad.

El trabajo de dirección de Carla Simón es formidable a la hora de retratar las tres realidades que conviven en esta masía en la Girona rural, el de las niñas, el de estas cuando se relacionan con sus mayores y el lejano aunque protector, pero también normativo, de estos. Su punto de vista varía muy sutilmente, lo justo para hacernos notar las diferencias, pero sin posicionarse ni alterar la unión y la distancia que hay entre ellas.

A su vez, el servirse de Frida como guía e hilo conductor entre todos ellos, nos permite entrar en otra dimensión y constatar cómo desde tan pronta edad –además de tener otro tempo a la hora de observar y asimilar- se perciben las diferencias, los prejuicios y los valores y cómo brotan, se alimentan y conducen los afectos. Un reto en el que juegan un papel fundamental Bruna Cusi y David Verdaguer, los tíos convertidos también en padres y dos actores tan resueltos como eficaces, discretos en sus papeles como secundarios pero sabiendo ser el referente fundamental de aquellos que viven bajo su protección.

“No sé decir adiós”

Un triángulo familiar auténtico, creíble de principio a fin, gracias a un guión muy bien trazado y una dirección eficaz que podrían haber sido conseguido una historia aún más profunda si hubieran afinado matices e indagado en detalles en los que no entran. Por el lado positivo tres personajes, dos hermanas y un padre, muy planteados, tanto individual como relacionalmente, como brillantemente interpretados por Nathalie Poza, Lola Dueñas y Juan Diego.

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La cara es el espejo del alma y eso es lo que tiene esta cinta de Lino Escalera. Los rostros de Poza, Dueñas y Diego son el verdadero elemento conductor, más allá de lo que se esté narrando, son sus miradas las que nos transmiten qué está ocurriendo en el mar de fondo del interior de cada uno de ellos. En el momento en que se vislumbra el fin de la vida del padre queda patente que ese terreno no es tan individual como ellas se creen, los lazos biológicos, los paterno-filiales y los fraternales están ahí, haciendo que se tengan en cuenta mucho más de lo que se creen.

Nathalie y Lola son diferentes, pero no tan opuestas como podría parecer. La primera marchó a Barcelona y se convirtió en una ejecutiva agresiva e independiente, la segunda se quedó en el pueblo almeriense natal formando una familia que convive y comparte negocio con su padre. El aviso de la muerte lo trastoca todo y lo que hasta un segundo antes parecía que había sido construirse su propio camino ahora se asemeja más una huida en falso; de igual manera que haber permanecido en el hogar familiar quizás no fue la opción cobarde y conservadora que cabría interpretar después de tantos años. Y entre ellas, junto a ellas y por encima de ellas un padre a la antigua usanza, árido y agrio, pero inexpresivamente aferrado y silenciosamente comprometido con aquello con lo que se siente unido.

Esta es la sólida base sobre la que se construye No sé decir adiós. De mar de fondo la cuestión existencial de cómo afrontar la muerte, unida a otra más cercana y con la posibilidad de planteárnosla cada día, la de qué estoy haciendo con mi vida, qué sentido le estoy dando y, sobre todo, ¿me hace feliz? Preguntas que en ningún momento se verbalizan, pero que es patente que están ahí, encerradas, ebullendo en el pecho de estas dos mujeres y este hombre incapaces de verbalizar y compartir los sentimientos que se provocan.

En la traducción de ese universo interior es donde se echa en falta que el guión y la dirección hubieran afinado un poco más. Lo convierten en momentos de silencio formal de gran potencia, dando como resultado unos austeros y magnéticos primeros y medios planos de los tres intérpretes, pero que en ocasiones resultan más estéticos –los encuadres de cámara son siempre de lo más certero- que expresivos. Sin embargo, no se perciben como vacíos, gracias al soberbio trabajo protagonista de Nathalie Poza, extensible a la labor como secundarios de Lola Dueñas y Juan Diego, y a la total y absoluta química entre ellos cuando comparten plano.

La doble faz de “Refugio”

Queremos más de lo que tenemos y lo buscamos. Nos dejamos la piel en ello, saltándonos incluso lo que marca la ley, arrastrando en ello a nuestra familia y a los que nos rodean. Pero no son los mismos motivos los del político corrupto que ansía dinero y poder que el refugiado que se sube a una patera huyendo de los conflictos que le niegan su condición de ser humano. Dos de las cruces de nuestro mundo, los que abusan de él y las víctimas de su degenerada ambición sin límites. Un texto ambicioso y de amplio registro, con un arranque fantástico y un desarrollo posterior con algún momento desigual, pero también con grandes y sublimes pasajes.

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En los tiempos en que vivimos la carrera del servidor público parece exigir más tiempo y habilidades como orador que como gestor, les valoramos por los titulares de sus declaraciones y no por lo acertado de sus decisiones, nos fijamos más en su sonrisa y su manera de vestir que en la corrección de sus métodos de gobierno. Una fingida espontaneidad tras la que se esconden toda clase de trucos y métodos propios de la práctica profesional de la comunicación, la publicidad y el marketing con el fin de hacernos sentir una empatía, una cercanía y una afinidad que tiene poco de natural y mucho de impostado. Una enorme fachada tras la que los políticos viven su otra cara, la personal, la supuestamente verdadera y que no sabemos si convive con aquella de manera natural o con luchas esquizofrénicas, bipolares o paranoicas entre ellas.

Registros dispares que se dan no solo en la biografía del protagonista de Refugio, sino también en un texto que nos muestra cómo tras la objetividad periodística está el intento de manipulación, tras la imagen de felicidad conyugal la insatisfacción personal y tras la corrección política el cinismo elevado a la máxima potencia.

Un potente inicio desde el que Miguel del Arco nos traslada de manera poética a ese otro mundo que está ahí pero que desconocemos porque no se le dedica ni espacio ni tiempo político ni mediático y que socialmente es visto como una amenaza. Es el terreno de aquel para el que el término refugio no es un coto desde el que mirar hacia abajo a los demás, sino que es el asilo, el exilio, el destino del camino que se inicia allí donde reina la muerte, la pobreza y la violencia. Males que no se quedan en el punto de partida, sino que toman otras formas a lo largo de ese difícil y duro recorrido, con múltiples etapas y peajes y del que se llega a dudar que conduzca a un buen final, que ha de hacer el refugiado para conseguir sobrevivir.

Refugio es ambiciosa, no pretende únicamente mostrar una situación o contar una historia, sino que expone cómo se articula lo oculto y lo visible, lo conocido y lo íntimo, lo público y lo secreto en el triángulo de lo político, lo mediático y lo social en el que viven, desenvueltos unos, atrapados otros, la mayor parte de sus personajes. Y lo logra, articulando y mostrando de manera fluida cómo lo bueno y lo positivo se ensucia y se corrompe, convirtiendo el compromiso en extorsión, la generosidad en violencia y la simpatía en arrogancia. Proceso de metamorfosis en el que de manera puntual Refugio también se enreda en sí mismo al hacer que sus diálogos insistan en lo ya expuesto, sobreargumentando lo ya dicho.

Pero también hay un Refugio lleno de lirismo y poesía escenográfica, gestual y corporal que relata la necesidad de huir, de aventurarse y de lanzarse al mar Mediterráneo, de la condena a la renuncia que impone la muerte, de mostrarse y hacerse respetar en el nuevo mundo, y sobre todo, y en todo momento, la de no perder la cordura, la conexión con uno mismo, con su identidad y cultura. Es entonces, con palabras moldeadas como si de barro se tratara, que se da forma a algo tremendamente frágil, pero también muy emocionante por la sensibilidad y belleza con que toma forma sobre el escenario y se transforma en una sobrecogedora atmósfera que lo inunda todo.

Refugio, en el Teatro María Guerrero (Centro Dramático Nacional, Madrid).

“El ciclo del amor marica” de Gabriel J. Martín

Entender cómo funciona el sentimiento del amor es fundamental no solo si se quiere vivir una relación a largo plazo, sino si también se desea vivir plenamente, pero de manera individual, aquellas facetas personales que se comparten en una pareja.  De manera clara y didáctica, a la par que amena y hasta divertida, este título realiza un somero repaso de todos esos factores que hay que tener en cuenta para enunciar esa ecuación cuya verdadera fórmula y resultado, única en cada caso, solo conocerán de verdad los encargados de ponerla en marcha y reelaborarla continuamente a lo largo del tiempo.

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A priori el amor no debiera entender de género, identidad u orientación sexual, hombres y mujeres, cis y transexuales, homosexuales, bisexuales y heterosexuales somos susceptibles de enamorarnos, de ser correspondidos y de querer vivir ese afecto a través de un proyecto de vida a cuya construcción ambas partes nos comprometamos. Sin embargo, basta mirar el recorrido histórico que llevamos desde hace siglos hasta hoy mismo para saber que en la sociedad en la que vivimos se denigra a muchas personas por múltiples motivos. He ahí las obvias diferencias entre hombres y mujeres, pero igual de claras y evidentes, aunque mucho más silentes, son las también sufridas desde tiempos inmemoriales por –entre otros muchos colectivos- los hombres homosexuales.

Un legado que sigue vigente y contra el que, como Gabriel bien indica, se ha de luchar utilizando herramientas como la del lenguaje normalizador, entendido este no como una tabula rasa que elimina diferencias y homogeneiza características, sino como el que da los términos exactos a las realidades en las que vivimos. Un novio es un novio, y no un “amigo”, y a un marido no se le presenta como “mi pareja”.  El segundo pilar es hablar de cómo pueden ser las etapas de una relación afectiva entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres, desde un punto de vista realista, dejando a un lado todos los mitos, fantasías y leyendas que han empañado la educación que hemos tenido -si es que alguien nos la ha proporcionado- sobre el amor.

Así que si el amor no es a primera vista ni para siempre, no lo redime todo ni mueve montañas, ¿en qué consiste exactamente?

En primer lugar, para que el amor llegue a formularse y construirse necesita que las dos personas que intentan formar una pareja sean equilibradas, que se hayan aceptado a sí mismas y que vivan su orientación sexual de manera natural e integrada en todas las áreas de su vida, sin traza alguna –o estar en proceso de resolverla- de homofobia interiorizada. Un tema que ya trató Gabriel J. Martín en su también muy bien planteado y desarrollado Quiérete mucho maricón. Factor importante es, también, no tener pendientes de resolución otras cuestiones psicológicas que no solo impiden a esos hombres tener relaciones fructíferas, sino que les convierte en personas tóxicas con capacidad de herir a aquellos con quienes, aparentemente, lo intentan.

Dejando atrás las rémoras, para aquellos que lo desean y les surge la oportunidad de llevarlo a la práctica, el amor sigue una serie de fases que tienen un discurrir más o menos lineal y que cada persona -y por tanto, cada pareja- vive de una manera diferente en base a su personalidad, experiencia e, incluso, estructura neuronal.  Desde la pasión inicial en la que cada cuerpo es un torrente hormonal y el deseo físico es lo más protagonista, pasando por la etapa de la intimidad, de exponer y conocer las motivaciones y planteamientos personales del otro ante la vida para llegar a la posibilidad de plantearse un proyecto conjunto. Un compromiso que posteriormente hay que mantener y adaptar a las circunstancias cambiantes que vayan surgiendo. Y si llega el día en que este se acaba, hay que saber ver y aceptar las señales que lo indican y ponerle fin a la relación de la manera más adecuada para que no solo no deje mal recuerdo, sino para que no se convierta en un lastre que impida disfrutar del futuro.

Este es el eje más habitual del amor, entre dos personas, aunque Gabriel J. Martín también considera otras casuísticas existentes como la del poliamor, o las de relaciones con características propias como son las intergeneracionales o las de entre personas que viven distanciadas por muchos kilómetros.

Como bien dice su autor, El ciclo del amor marica no ofrece una receta mágica, pero sí una completo y claro mapa a partir del cual un hombre homosexual –aunque también a otros públicos con capacidad de empatía ante los ejemplos y supuestos prácticos expuestos,que se decidan a leer este libro- pueda plantearse y reflexionar cómo quiere vivir el amor de pareja y todos aquellos ingredientes que lo conforman, pero que también se pueden disfrutar fuera de ella.

“Festen”, una celebración familiar

Una fachada en la que todo brilla con pulcritud. Una jerarquía donde el situado más arriba manda e impone. Una fiesta en la que todo es exultante alegría. Sin embargo, la verdad de esta familia es otra. Lo real son unos abusos que ya se han llevado por delante a una hija. Magüi Mira es la valiente directora que abre esa herida y la hace sangrar ante la vista de todos para comenzar a recuperar tanto la salud física como el equilibrio mental.

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Pasan las horas y Festen sigue presente, aspectos a los que ayer no se les terminaba de ver el sentido tras salir del Teatro Valle-Inclán, hoy tienen un significado que va más allá de las palabras. Esta función no se basa tan solo en sus diálogos. Tan importantes como ellos son las presencias, entendidas no solo como el lenguaje corporal de cada uno de sus actores sino, también, como su movimiento escénico. Cómo se colocan los unos respecto a los otros, de quién más cerca y más lejos, detrás o delante, a la derecha o a la izquierda, así como con quién se forma grupo y a quién no se le da nunca la mano o la espalda.

En el inicio todo es excesivo, el que es atento roza lo protocolario, el informal resulta grotesco y quien pretende ser amistoso se convierte en esperpéntico en cuanto abre la boca. Así son los hijos de un matrimonio que cuando hacen acto de presencia, pretenden parecer más monarcas absolutistas que padres cercanos, más señores poderosos que creadores de un vínculo y una historia familiar. Todo es profundamente discordante, nadie parece escuchar a nadie, y la hermandad y la unión paterno-filial no es más que una excusa para el enfado y el desprecio.  Una amalgama de sentimientos y emociones desordenadas, en constante ebullición, lanzada sobre el escenario a discreción, como si este fuera un campo de batalla. Hasta que llega el momento de disparar a matar con la munición más eficaz para lograr este objetivo, la verdad que nadie quiere escuchar y que uno de los hijos va a revelar, la de los abusos sexuales de su padre tanto a él como a su melliza.

Esta celebración del sesenta cumpleaños del cabeza de familia tiene tanto de texto como de cuerpo y energía, de presencia y atmósfera. El guión dogma del Festen cinematográfico se ha convertido en la puerta de entrada teatral al epicentro de una tormenta que, tras la electricidad acumulada esperándola, finalmente irrumpe de manera seca, con truenos y viento, pero sin agua, no limpia, no arrastra la suciedad, lo que la hace aún más desconcertante. Un punto de inflexión tras el que ya no es posible dar marcha atrás, tras el que no hay otra opción que hacer frente al monstruo de la violencia del pasado y al horror del silencio del presente.

A partir de este momento se pide a los actores que conviertan sus cuerpos en un instrumento expresivo, no solo de sí mismos, sino también de la tensión creada. Como si fuera un ser vivo que, alimentándose de los miedos de unos y la ira de otros, se comunica a través de ellos. Sin embargo, al trasladar la acción de lo verbal a lo gestual se echa en falta que los movimientos de algunos miembros del elenco no sean más fluidos y orgánicos, aportándoles la plasticidad que demandan para materializar el potente e inteligente recurso estético que podrían ser.

Motivo este por el que en algunos pasajes este montaje resulta desigual, aunque a posteriori –y con la distancia del reposo- este desajuste se desvanece ante la hondura y lograda crudeza de lo expuesto. Cuán brutal es el poder que niega la violencia sufrida y cuán asesino el silencio que condena al que ha sido abusado una y otra vez por atreverse a ponerle fin al status quo asumido por todos.

Festen, en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).

“El viajante” que llegó desde Irán

Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

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La primera secuencia te sacude en la butaca, antes de saber dónde estás y qué está ocurriendo, alguien a quien no ves te dice que hay que salir corriendo, que no hay tiempo, que el edificio en el que se sitúa la acción está en riesgo inmediato de derrumbe. Apenas unos minutos de un montaje soberbio que anticipan un desasosiego que cuando vuelva a aparecer lo hará para quedarse durante toda la proyección. Una eficaz apertura que sirve también para introducirnos en una sociedad donde tanto entre padres e hijos como entre cónyuges, los lazos que les vinculan son ad eternum.

Estamos en Irán, un país donde los profesores tienen autoridad en las aulas, son considerados referentes inspiradores por sus alumnos. Son focos que iluminan con su visión y cultura a aquellos que les escuchan, como Emad, que además es actor amateur en un montaje de Muerte de un viajante, el clásico de Arthur Miller en el que interpreta al triste y sin futuro padre de familia, Willy Loman. Un personaje a través del cual muestra una expresividad sobre las tablas que, probablemente por su condición de hombre, no tiene fuera de ellas.

El buen teatro no entiende de fronteras y por eso este texto escrito en EE.UU. dice tanto en un país tan aparentemente opuesto como es el sucesor de la antigua Persia. Un elemento que Asghar Fahardi –director y guionista- integra con gran finura para hacernos ver no solo que lo extranjero es susceptible de ser censurado por instancias oficiales, sino que hay necesidades y búsquedas que son inherentes al género humano, al margen de nacionalidades,  culturas o sistemas políticos y sociales.

Conflictos como descubrir que la anterior inquilina del piso en el que se comienza a vivir tenía una pésima reputación por sus continuas visitas masculinas. Residencia en la que ahora Rana es atacada por un desconocido y ella no quiere denunciarlo a la policía para no sentirse nuevamente humillada y violentada. Una agresión que hiere en su honor a su marido, quien está desde entonces alerta para dar con quien ha roto la paz y el bienestar de su hogar. Nada es ya lo mismo, no se duerme por la noche y durante el día han desaparecido la paciencia personal y la empatía conyugal. Cuesta mantener el equilibrio. Más cuando no se confía en la justicia oficial, todo es susceptible de ser puesto en duda y el insatisfecho deseo de reparación se torna en anhelo de venganza.

Una deriva que se siente inevitable y en la que El viajante va progresando –intrigando y tensando-  gracias al certero trabajo de su pareja protagonista. Desde lo social y lo exterior –las convenciones comunitarias- a lo más íntimo y personal –el orgullo-, desde lo más visible y evidente a lo más incierto y sensorial. Así hasta llegar al bloque final, a un impactante y sobrecogedor desenlace que no solo es un perfecto culmen desde el punto de vista de guión, sino que es también muestra de una sólida y excelente dirección.

“He nacido para verte sonreír”

El vínculo entre una madre y un hijo es eterno, constante, profundo, íntimo. No hay silencios, impedimentos o retos que puedan con él. Siempre estará ahí, tal y como lo expresa Isabel Ordaz, eterno, vigente e incorruptible, y como se lo devuelve Nacho Sánchez, etéreo e invisible, pero haciendo que con su sola presencia, con su cuerpo, lo llene todo. Pablo Messiez resulta una vez más, gracias a su delicadeza y empatía, un maestro creando y transmitiendo emociones.

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Santiago Loza disecciona con gran pulcritud y sencillez el sentido, el espíritu y la vivencia de la maternidad imaginando el último día juntos de una madre y un hijo. Después de los nueve meses en que él se estuvo formando dentro de ella, de los muchos años en que han compartido tiempo y techo, ahora ha llegado el momento de poner distancia. Normalmente los descendientes se marchan porque se independizan, pero en el escenario de la Abadía no es eso lo que va a ocurrir. Aquí, y en cuanto el padre llegue a casa, el hijo será trasladado a un centro médico en el que quedará ingresado para ser cuidado y atendido conforme a lo que demanda su estado mental.

Esperando a que llegue la hora de partir, ella es la que, tal y como ha sido siempre, habla, piensa y decide por los dos. La que nos cuenta cómo es el día a día de esta familia, causando sonrisas con las anécdotas del personal de servicio que les atiende, dándonos a conocer los valores por los que se rige su hogar y la prolongada historia que hay tras esta jornada, toda una vida en común que se inició el día en que se casó décadas atrás. Él no tiene discurso porque no le surge, porque no sabe elaborarlo, pero lo que sí sabe hacer es estar. Su cuerpo es el medio a través del cual se comunica, unas veces con su mera presencia, otras con su movimiento, las miradas de sus ojos y los sonidos de su garganta.

Isabel Ordaz construye una mujer que es también madre y esposa, un ser comprometido con lo que le ha dado la vida, con ironía y aparente buen humor, pero en cuyo cuerpo se dejan ver ya las señales del cansancio y el sacrificio que conlleva un hijo que nunca llegó a convertirse en un adulto, que nunca ha dejado de ser un niño de corta edad. Al comenzar la función parece que Nacho Sánchez va a ser el elemento necesario para el trabajo de Isabel. Sin embargo, su mudez no le convierte en parte de la escenografía ni le resta protagonismo, no es más que un hándicap que el que fuera una de las revelaciones de La piedra oscura convierte en una de las fortalezas de su interpretación. El trabajo corporal que Sánchez realiza es algo mágico, pura virtuosidad, cómo sin articular palabras se puede decir tanto.

Detrás de todo ello una atmósfera que se va formando poco a poco, sin premuras ni prisas, pero también sin pausa. Al mismo ritmo con que el texto profundiza en el presente y el pasado, la individualidad de cada personaje, la dualidad que conforman y la familia de la que son parte, la dirección de Messiez hace que se cree una comunión que va más allá de la de los actores con sus papeles para pasar a ser la de lo que sucede en escena –mostrándose, ofreciéndose y entregándose- con un público que sale de la sala afectado y conmovido no por lo que ha visto, sino por lo que ha sentido.

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He nacido para verte sonreír, en el Teatro de la Abadía (Madrid).