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La doble faz de “Refugio”

Queremos más de lo que tenemos y lo buscamos. Nos dejamos la piel en ello, saltándonos incluso lo que marca la ley, arrastrando en ello a nuestra familia y a los que nos rodean. Pero no son los mismos motivos los del político corrupto que ansía dinero y poder que el refugiado que se sube a una patera huyendo de los conflictos que le niegan su condición de ser humano. Dos de las cruces de nuestro mundo, los que abusan de él y las víctimas de su degenerada ambición sin límites. Un texto ambicioso y de amplio registro, con un arranque fantástico y un desarrollo posterior con algún momento desigual, pero también con grandes y sublimes pasajes.

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En los tiempos en que vivimos la carrera del servidor público parece exigir más tiempo y habilidades como orador que como gestor, les valoramos por los titulares de sus declaraciones y no por lo acertado de sus decisiones, nos fijamos más en su sonrisa y su manera de vestir que en la corrección de sus métodos de gobierno. Una fingida espontaneidad tras la que se esconden toda clase de trucos y métodos propios de la práctica profesional de la comunicación, la publicidad y el marketing con el fin de hacernos sentir una empatía, una cercanía y una afinidad que tiene poco de natural y mucho de impostado. Una enorme fachada tras la que los políticos viven su otra cara, la personal, la supuestamente verdadera y que no sabemos si convive con aquella de manera natural o con luchas esquizofrénicas, bipolares o paranoicas entre ellas.

Registros dispares que se dan no solo en la biografía del protagonista de Refugio, sino también en un texto que nos muestra cómo tras la objetividad periodística está el intento de manipulación, tras la imagen de felicidad conyugal la insatisfacción personal y tras la corrección política el cinismo elevado a la máxima potencia.

Un potente inicio desde el que Miguel del Arco nos traslada de manera poética a ese otro mundo que está ahí pero que desconocemos porque no se le dedica ni espacio ni tiempo político ni mediático y que socialmente es visto como una amenaza. Es el terreno de aquel para el que el término refugio no es un coto desde el que mirar hacia abajo a los demás, sino que es el asilo, el exilio, el destino del camino que se inicia allí donde reina la muerte, la pobreza y la violencia. Males que no se quedan en el punto de partida, sino que toman otras formas a lo largo de ese difícil y duro recorrido, con múltiples etapas y peajes y del que se llega a dudar que conduzca a un buen final, que ha de hacer el refugiado para conseguir sobrevivir.

Refugio es ambiciosa, no pretende únicamente mostrar una situación o contar una historia, sino que expone cómo se articula lo oculto y lo visible, lo conocido y lo íntimo, lo público y lo secreto en el triángulo de lo político, lo mediático y lo social en el que viven, desenvueltos unos, atrapados otros, la mayor parte de sus personajes. Y lo logra, articulando y mostrando de manera fluida cómo lo bueno y lo positivo se ensucia y se corrompe, convirtiendo el compromiso en extorsión, la generosidad en violencia y la simpatía en arrogancia. Proceso de metamorfosis en el que de manera puntual Refugio también se enreda en sí mismo al hacer que sus diálogos insistan en lo ya expuesto, sobreargumentando lo ya dicho.

Pero también hay un Refugio lleno de lirismo y poesía escenográfica, gestual y corporal que relata la necesidad de huir, de aventurarse y de lanzarse al mar Mediterráneo, de la condena a la renuncia que impone la muerte, de mostrarse y hacerse respetar en el nuevo mundo, y sobre todo, y en todo momento, la de no perder la cordura, la conexión con uno mismo, con su identidad y cultura. Es entonces, con palabras moldeadas como si de barro se tratara, que se da forma a algo tremendamente frágil, pero también muy emocionante por la sensibilidad y belleza con que toma forma sobre el escenario y se transforma en una sobrecogedora atmósfera que lo inunda todo.

Refugio, en el Teatro María Guerrero (Centro Dramático Nacional, Madrid).

“El ciclo del amor marica” de Gabriel J. Martín

Entender cómo funciona el sentimiento del amor es fundamental no solo si se quiere vivir una relación a largo plazo, sino si también se desea vivir plenamente, pero de manera individual, aquellas facetas personales que se comparten en una pareja.  De manera clara y didáctica, a la par que amena y hasta divertida, este título realiza un somero repaso de todos esos factores que hay que tener en cuenta para enunciar esa ecuación cuya verdadera fórmula y resultado, única en cada caso, solo conocerán de verdad los encargados de ponerla en marcha y reelaborarla continuamente a lo largo del tiempo.

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A priori el amor no debiera entender de género, identidad u orientación sexual, hombres y mujeres, cis y transexuales, homosexuales, bisexuales y heterosexuales somos susceptibles de enamorarnos, de ser correspondidos y de querer vivir ese afecto a través de un proyecto de vida a cuya construcción ambas partes nos comprometamos. Sin embargo, basta mirar el recorrido histórico que llevamos desde hace siglos hasta hoy mismo para saber que en la sociedad en la que vivimos se denigra a muchas personas por múltiples motivos. He ahí las obvias diferencias entre hombres y mujeres, pero igual de claras y evidentes, aunque mucho más silentes, son las también sufridas desde tiempos inmemoriales por –entre otros muchos colectivos- los hombres homosexuales.

Un legado que sigue vigente y contra el que, como Gabriel bien indica, se ha de luchar utilizando herramientas como la del lenguaje normalizador, entendido este no como una tabula rasa que elimina diferencias y homogeneiza características, sino como el que da los términos exactos a las realidades en las que vivimos. Un novio es un novio, y no un “amigo”, y a un marido no se le presenta como “mi pareja”.  El segundo pilar es hablar de cómo pueden ser las etapas de una relación afectiva entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres, desde un punto de vista realista, dejando a un lado todos los mitos, fantasías y leyendas que han empañado la educación que hemos tenido -si es que alguien nos la ha proporcionado- sobre el amor.

Así que si el amor no es a primera vista ni para siempre, no lo redime todo ni mueve montañas, ¿en qué consiste exactamente?

En primer lugar, para que el amor llegue a formularse y construirse necesita que las dos personas que intentan formar una pareja sean equilibradas, que se hayan aceptado a sí mismas y que vivan su orientación sexual de manera natural e integrada en todas las áreas de su vida, sin traza alguna –o estar en proceso de resolverla- de homofobia interiorizada. Un tema que ya trató Gabriel J. Martín en su también muy bien planteado y desarrollado Quiérete mucho maricón. Factor importante es, también, no tener pendientes de resolución otras cuestiones psicológicas que no solo impiden a esos hombres tener relaciones fructíferas, sino que les convierte en personas tóxicas con capacidad de herir a aquellos con quienes, aparentemente, lo intentan.

Dejando atrás las rémoras, para aquellos que lo desean y les surge la oportunidad de llevarlo a la práctica, el amor sigue una serie de fases que tienen un discurrir más o menos lineal y que cada persona -y por tanto, cada pareja- vive de una manera diferente en base a su personalidad, experiencia e, incluso, estructura neuronal.  Desde la pasión inicial en la que cada cuerpo es un torrente hormonal y el deseo físico es lo más protagonista, pasando por la etapa de la intimidad, de exponer y conocer las motivaciones y planteamientos personales del otro ante la vida para llegar a la posibilidad de plantearse un proyecto conjunto. Un compromiso que posteriormente hay que mantener y adaptar a las circunstancias cambiantes que vayan surgiendo. Y si llega el día en que este se acaba, hay que saber ver y aceptar las señales que lo indican y ponerle fin a la relación de la manera más adecuada para que no solo no deje mal recuerdo, sino para que no se convierta en un lastre que impida disfrutar del futuro.

Este es el eje más habitual del amor, entre dos personas, aunque Gabriel J. Martín también considera otras casuísticas existentes como la del poliamor, o las de relaciones con características propias como son las intergeneracionales o las de entre personas que viven distanciadas por muchos kilómetros.

Como bien dice su autor, El ciclo del amor marica no ofrece una receta mágica, pero sí una completo y claro mapa a partir del cual un hombre homosexual –aunque también a otros públicos con capacidad de empatía ante los ejemplos y supuestos prácticos expuestos,que se decidan a leer este libro- pueda plantearse y reflexionar cómo quiere vivir el amor de pareja y todos aquellos ingredientes que lo conforman, pero que también se pueden disfrutar fuera de ella.

“Festen”, una celebración familiar

Una fachada en la que todo brilla con pulcritud. Una jerarquía donde el situado más arriba manda e impone. Una fiesta en la que todo es exultante alegría. Sin embargo, la verdad de esta familia es otra. Lo real son unos abusos que ya se han llevado por delante a una hija. Magüi Mira es la valiente directora que abre esa herida y la hace sangrar ante la vista de todos para comenzar a recuperar tanto la salud física como el equilibrio mental.

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Pasan las horas y Festen sigue presente, aspectos a los que ayer no se les terminaba de ver el sentido tras salir del Teatro Valle-Inclán, hoy tienen un significado que va más allá de las palabras. Esta función no se basa tan solo en sus diálogos. Tan importantes como ellos son las presencias, entendidas no solo como el lenguaje corporal de cada uno de sus actores sino, también, como su movimiento escénico. Cómo se colocan los unos respecto a los otros, de quién más cerca y más lejos, detrás o delante, a la derecha o a la izquierda, así como con quién se forma grupo y a quién no se le da nunca la mano o la espalda.

En el inicio todo es excesivo, el que es atento roza lo protocolario, el informal resulta grotesco y quien pretende ser amistoso se convierte en esperpéntico en cuanto abre la boca. Así son los hijos de un matrimonio que cuando hacen acto de presencia, pretenden parecer más monarcas absolutistas que padres cercanos, más señores poderosos que creadores de un vínculo y una historia familiar. Todo es profundamente discordante, nadie parece escuchar a nadie, y la hermandad y la unión paterno-filial no es más que una excusa para el enfado y el desprecio.  Una amalgama de sentimientos y emociones desordenadas, en constante ebullición, lanzada sobre el escenario a discreción, como si este fuera un campo de batalla. Hasta que llega el momento de disparar a matar con la munición más eficaz para lograr este objetivo, la verdad que nadie quiere escuchar y que uno de los hijos va a revelar, la de los abusos sexuales de su padre tanto a él como a su melliza.

Esta celebración del sesenta cumpleaños del cabeza de familia tiene tanto de texto como de cuerpo y energía, de presencia y atmósfera. El guión dogma del Festen cinematográfico se ha convertido en la puerta de entrada teatral al epicentro de una tormenta que, tras la electricidad acumulada esperándola, finalmente irrumpe de manera seca, con truenos y viento, pero sin agua, no limpia, no arrastra la suciedad, lo que la hace aún más desconcertante. Un punto de inflexión tras el que ya no es posible dar marcha atrás, tras el que no hay otra opción que hacer frente al monstruo de la violencia del pasado y al horror del silencio del presente.

A partir de este momento se pide a los actores que conviertan sus cuerpos en un instrumento expresivo, no solo de sí mismos, sino también de la tensión creada. Como si fuera un ser vivo que, alimentándose de los miedos de unos y la ira de otros, se comunica a través de ellos. Sin embargo, al trasladar la acción de lo verbal a lo gestual se echa en falta que los movimientos de algunos miembros del elenco no sean más fluidos y orgánicos, aportándoles la plasticidad que demandan para materializar el potente e inteligente recurso estético que podrían ser.

Motivo este por el que en algunos pasajes este montaje resulta desigual, aunque a posteriori –y con la distancia del reposo- este desajuste se desvanece ante la hondura y lograda crudeza de lo expuesto. Cuán brutal es el poder que niega la violencia sufrida y cuán asesino el silencio que condena al que ha sido abusado una y otra vez por atreverse a ponerle fin al status quo asumido por todos.

Festen, en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).

“El viajante” que llegó desde Irán

Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

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La primera secuencia te sacude en la butaca, antes de saber dónde estás y qué está ocurriendo, alguien a quien no ves te dice que hay que salir corriendo, que no hay tiempo, que el edificio en el que se sitúa la acción está en riesgo inmediato de derrumbe. Apenas unos minutos de un montaje soberbio que anticipan un desasosiego que cuando vuelva a aparecer lo hará para quedarse durante toda la proyección. Una eficaz apertura que sirve también para introducirnos en una sociedad donde tanto entre padres e hijos como entre cónyuges, los lazos que les vinculan son ad eternum.

Estamos en Irán, un país donde los profesores tienen autoridad en las aulas, son considerados referentes inspiradores por sus alumnos. Son focos que iluminan con su visión y cultura a aquellos que les escuchan, como Emad, que además es actor amateur en un montaje de Muerte de un viajante, el clásico de Arthur Miller en el que interpreta al triste y sin futuro padre de familia, Willy Loman. Un personaje a través del cual muestra una expresividad sobre las tablas que, probablemente por su condición de hombre, no tiene fuera de ellas.

El buen teatro no entiende de fronteras y por eso este texto escrito en EE.UU. dice tanto en un país tan aparentemente opuesto como es el sucesor de la antigua Persia. Un elemento que Asghar Fahardi –director y guionista- integra con gran finura para hacernos ver no solo que lo extranjero es susceptible de ser censurado por instancias oficiales, sino que hay necesidades y búsquedas que son inherentes al género humano, al margen de nacionalidades,  culturas o sistemas políticos y sociales.

Conflictos como descubrir que la anterior inquilina del piso en el que se comienza a vivir tenía una pésima reputación por sus continuas visitas masculinas. Residencia en la que ahora Rana es atacada por un desconocido y ella no quiere denunciarlo a la policía para no sentirse nuevamente humillada y violentada. Una agresión que hiere en su honor a su marido, quien está desde entonces alerta para dar con quien ha roto la paz y el bienestar de su hogar. Nada es ya lo mismo, no se duerme por la noche y durante el día han desaparecido la paciencia personal y la empatía conyugal. Cuesta mantener el equilibrio. Más cuando no se confía en la justicia oficial, todo es susceptible de ser puesto en duda y el insatisfecho deseo de reparación se torna en anhelo de venganza.

Una deriva que se siente inevitable y en la que El viajante va progresando –intrigando y tensando-  gracias al certero trabajo de su pareja protagonista. Desde lo social y lo exterior –las convenciones comunitarias- a lo más íntimo y personal –el orgullo-, desde lo más visible y evidente a lo más incierto y sensorial. Así hasta llegar al bloque final, a un impactante y sobrecogedor desenlace que no solo es un perfecto culmen desde el punto de vista de guión, sino que es también muestra de una sólida y excelente dirección.

“He nacido para verte sonreír”

El vínculo entre una madre y un hijo es eterno, constante, profundo, íntimo. No hay silencios, impedimentos o retos que puedan con él. Siempre estará ahí, tal y como lo expresa Isabel Ordaz, eterno, vigente e incorruptible, y como se lo devuelve Nacho Sánchez, etéreo e invisible, pero haciendo que con su sola presencia, con su cuerpo, lo llene todo. Pablo Messiez resulta una vez más, gracias a su delicadeza y empatía, un maestro creando y transmitiendo emociones.

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Santiago Loza disecciona con gran pulcritud y sencillez el sentido, el espíritu y la vivencia de la maternidad imaginando el último día juntos de una madre y un hijo. Después de los nueve meses en que él se estuvo formando dentro de ella, de los muchos años en que han compartido tiempo y techo, ahora ha llegado el momento de poner distancia. Normalmente los descendientes se marchan porque se independizan, pero en el escenario de la Abadía no es eso lo que va a ocurrir. Aquí, y en cuanto el padre llegue a casa, el hijo será trasladado a un centro médico en el que quedará ingresado para ser cuidado y atendido conforme a lo que demanda su estado mental.

Esperando a que llegue la hora de partir, ella es la que, tal y como ha sido siempre, habla, piensa y decide por los dos. La que nos cuenta cómo es el día a día de esta familia, causando sonrisas con las anécdotas del personal de servicio que les atiende, dándonos a conocer los valores por los que se rige su hogar y la prolongada historia que hay tras esta jornada, toda una vida en común que se inició el día en que se casó décadas atrás. Él no tiene discurso porque no le surge, porque no sabe elaborarlo, pero lo que sí sabe hacer es estar. Su cuerpo es el medio a través del cual se comunica, unas veces con su mera presencia, otras con su movimiento, las miradas de sus ojos y los sonidos de su garganta.

Isabel Ordaz construye una mujer que es también madre y esposa, un ser comprometido con lo que le ha dado la vida, con ironía y aparente buen humor, pero en cuyo cuerpo se dejan ver ya las señales del cansancio y el sacrificio que conlleva un hijo que nunca llegó a convertirse en un adulto, que nunca ha dejado de ser un niño de corta edad. Al comenzar la función parece que Nacho Sánchez va a ser el elemento necesario para el trabajo de Isabel. Sin embargo, su mudez no le convierte en parte de la escenografía ni le resta protagonismo, no es más que un hándicap que el que fuera una de las revelaciones de La piedra oscura convierte en una de las fortalezas de su interpretación. El trabajo corporal que Sánchez realiza es algo mágico, pura virtuosidad, cómo sin articular palabras se puede decir tanto.

Detrás de todo ello una atmósfera que se va formando poco a poco, sin premuras ni prisas, pero también sin pausa. Al mismo ritmo con que el texto profundiza en el presente y el pasado, la individualidad de cada personaje, la dualidad que conforman y la familia de la que son parte, la dirección de Messiez hace que se cree una comunión que va más allá de la de los actores con sus papeles para pasar a ser la de lo que sucede en escena –mostrándose, ofreciéndose y entregándose- con un público que sale de la sala afectado y conmovido no por lo que ha visto, sino por lo que ha sentido.

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He nacido para verte sonreír, en el Teatro de la Abadía (Madrid).

 

“Fences”, la fuerza de las palabras

Una película solo es buena si antes lo es su guión, y este es extraordinario. Sus palabras toman cuerpo con dos fantásticos actores y se convierten en imagen gracias una cámara que está siempre enfocando desde el sitio que corresponde. Una historia común, pero profunda; una relación convencional, pero diferente a cualquier otra; unos personajes anónimos, pero con una luz y un brillo únicos. Los responsables, el texto teatral de August Wilson, una potente Viola Davis y un gran Denzel Washington tanto delante como detrás del objetivo.

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Nueva York, 1957. Dos hombres comienzan su descanso tras el fin de su jornada laboral como basureros. Van a la casa del segundo y allí, en el reducido espacio de su jardín trasero, beben mientras charlan sobre lo que ha dado de sí el día, sobre el pasado o sobre cualquier asunto que se les pase por la cabeza. Conversación a la que se une su esposa, una mujer que aporta una sonrisa agridulce y un punto de vista realista a la hipérbole verbal de su marido. Así es como discurre Fences, con diálogos que tienen tras de sí muchos más significados que los de las palabras que los conforman. No solo exponen hechos, acciones o pensamientos, sino que son también pinceladas a través de las cuáles ir más allá de la faz exterior de sus personajes y acceder a unas personalidades que conforman una familia unida no solo por el afecto presente y la alegría del amor pasado, sino también por lazos de costumbre, represión y aceptación silente.

Cada una de las secuencias es un acto teatral en sí mismo –así fue como lo concibió August Wilson en un texto posteriormente adaptado para el cine, constituyendo uno de sus últimos trabajos antes de su muerte en 2005-, en el que se diseccionan no solo el presente, sino también el pasado individual y la evolución conjunta, familiar y como pareja, de los Maxson. Troy, un hombre que huyó de su padre con catorce años, ex-convicto y con un hijo que un día se encontró con Rose, una mujer deseosa de ser madre y esposa fiel. Dos décadas después, y con un hijo en común, forman un matrimonio aparentemente consolidado, pero con actitudes y visiones muy diferentes sobre el sentido de su relación, la educación de sus vástagos o la relación con estos cuando ya son adultos independientes.

El guión de Wilson va profundizando poco a poco en todos estos aspectos, en lo personal, lo conjunto y lo relacional de una manera sutil, pero muy efectiva. Sin concesiones efectistas al drama ni giros sorpresivos, cuanto sucede es el resultado acumulativo de todo lo visto y escuchado hasta entonces, construyendo una historia verosímil, sin aristas ni fisuras, que convence. A medida que pasan los minutos, Fences crea una sólida atmósfera en la que se palpa la opresión que causan las frustraciones e impotencias que en ella se viven, pero en la que también se puede respirar, paradójicamente, gracias al sentido del deber que tan fervientemente practican, aunque de maneras diferentes, los Maxson.

Un compromiso que es también el dolor generado por un hogar en el que el heteropatriarcado hace difícil lo fácil, responde con noes a los síes esperados y niega cualquier posibilidad de desarrollo personal a los suyos que no sea prorrogar su modelo. Un conflicto continuo que constituye también una manera de vivir, la de continuamente agredir (y agredirse) y defenderse de mil y una formas casi imperceptibles que los rostros y los cuerpos de Viola Davis y Denzel Washington interpretan con una sobresaliente y expresiva minuciosidad. Un trabajo conjunto que en los momento álgidos de esta película da como resultado algunas de las escenas más sobrecogedoras del cine actual. Una cinta que constituye también un gran debut como director de Denzel Washington, haciendo que todo cuanto está tras la cámara se conciba, articule y coordine para mostrar de manera limpia y transparente lo que se vive, siente y construye frente a ella.

“La conjura de los necios” de John Kennedy Toole

Una lectura tan divertida como estimulante. Una ácida y corrosiva narrativa que no deja títere con cabeza en su disección de cada personaje y situación en mil piezas. Una abrumadora construcción de una serie de situaciones y entornos en los que se pone patas arribas múltiples aspectos de la sociedad actual (la familia, el trabajo, la educación,…). Una ironía y una sátira brutales con las que quedan al descubierto todas nuestras imperfecciones, contradicciones y paradojas.

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La conjura de los necios comienza aparentando ser un disparate, un chiste que no solo no se apaga, sino que se acrecienta envolviendo y dando seña de identidad a todo cuando sucede en sus páginas. La gracia no está solo en la situaciones que viven en Nueva Orleans este grupo de hombres y mujeres de los que somos testigos, sino en sus actitudes, pensamientos y expresiones verbales que hacen de lo que podría ser algo cotidiano, acontecimientos plagados de excentricidades casi imposibles de imaginar. Sin embargo, lo que el autor nos propone no es tan solo un ejercicio de humor rompiendo los moldes de la corrección política, lo políticamente formal y la educación convencional. Cada descripción y diálogo son una crítica certera y sin paliativos de algunos de los males de los que adolece nuestra sociedad: el racismo, la homofobia, el machismo, la explotación laboral,…

Ignatius, el protagonista, es un hombre sin orden ni concierto que vive al margen del mundo en el que habita. Despreciable, anacrónico, anárquico, irrespetuoso, desvergonzado, sucio, un dechado de virtudes y gracias que se podrían resumir en un único término, ego, y derivados como egoísta y egocéntrico.  Un ser nada atractivo, pero que nos causa una paradójica repulsión. A pesar del teórico desagrado que no suscita, nos puede el morbo de sus vivencias, de la simpleza de los argumentos bajo los que sostiene sus injustificables puntos de vista, así como sus disparatados objetivos, a cada cual más estúpido. Una complejidad que no se limita solo a este ser, sino que llega a todos y cada uno de los que le acompañan en el amplio elenco de esta novela.

Un astuto doble juego de John Kennedy Toole. En primer lugar nos pone frente a una serie de despropósitos para que nos planteemos cómo y en qué medida nuestro mundo, e incluso cada uno de nosotros, está servido de ellos. La otra clave es, sin duda alguna, la brillantez en el ritmo y estructura que de principio a fin tiene esta obra. La riqueza imaginativa de su autor resulta inagotable, cada capítulo está lleno de acontecimientos que se suceden de manera continua, sin descanso alguno, cuando no con una múltiple simultaneidad perfectamente plasmada sobre el papel. A su vez, cada una de sus secuencias está llena de instantes, aparentemente irrelevantes, pero que utiliza con gran habilidad para hacer referencias de lo más variopinto, tanto a lo que puede formar parte de la acción (personajes, lugar, historia previa) como a su contexto (social, económico, político,…).

Por todos estos motivos, La conjura de los necios resulta fresca y actual a pesar de llevar publicada más de 35 años y escrita más de 50. Se mire por donde se mire, la única obra que dejó escrita John Kennedy Toole, y cuya no publicación en vida le llevó al suicidio con tan solo 31 años, es magistral. Una alucinante experiencia que ningún amante de la buena lectura y de experimentar la ficción debiera dejar de probar.