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Así es la vida en «Alcarrás»

Carla Simón profundiza en el estilo que ya mostró en “Verano 1993” convirtiendo lo cotidiano, el mimbre de lo que nos une, en lo que marca de principio a fin el contenido, el tono y la evolución de su película. Tras ello, una mirada tranquila y empática guiada por el punto en el que se encuentra lo anodino con lo íntimo y lo invisible con lo obvio, y un trabajo interpretativo en el que brillan todos y cada uno de sus intérpretes.

Hace cinco años Carla Simón deslumbró con una cinta en la que partía de sí misma, lo que siempre puede dar pie a pensar que el buen resultado fue debido a lo muy trabajado que tenía en su mente lo que quería contar. Ahora demuestra que aquello no fue una casualidad, y lo hace enfrentándose a un reto superior, tomando el paso del tiempo como hilo conductor y una familia de más de una decena de miembros y tres generaciones como encarnación del mismo. El transcurso, el lugar y las personas como elementos que priman sobre el cine, y no el séptimo arte como medio que los define, sintetiza y edita en función de sus necesidades.

Alcarràs está articulada por la idea de legado en sus múltiples manifestaciones. Por la tierra que pasa de padres a hijos y con la que los protagonistas se ganan la vida como agricultores. Por las expectativas de querer que los más jóvenes aprovechen las oportunidades que no tuvieron sus mayores. Por el arraigo al lugar en el que se vive, a su orografía y a su clima, a su gente y a sus costumbre y tradiciones, a aquello que te hace sentir quién eres y dónde está tu lugar en el mundo. Un todo que se siente en duda por la llegada de una carta que avisa del fin de la propiedad de las fincas sobre las que se sustenta todo lo anterior.

El guión no se organiza en base a puntos de inflexión, escenas cargadas de intensidad dramática o giros tras los que detona cuanto antes se hubiera cocido a fuego lento previamente. Lo que plasma sobre la pantalla es el costumbrismo que surge de las coordenadas entre la edad, la experiencia y las expectativas con lo que ofrecen y exigen la familia, el trabajo y la sociedad. Por eso hay en Alcarràs comedia y drama en todas sus variantes. En el ámbito formal, la composición de cada plano está determinada por la manera en que la cámara en movimiento recoge las emociones de sus personajes, ya sea por las relaciones directas e indirectas que tienen entre sí como con cuanto les estructura. Los árboles que cuidan, las máquinas que les ayudan o los alimentos que cultivan.

El resultado es una expresividad continua, creíble y verosímil, con la que se conecta y empatiza como si no hubiera nadie mediando entre ellos y nosotros. La sensación que se tiene en todo momento en la butaca es estar asistiendo a una ficción que tiene mucho de ensayo antropológico, etnográfico y periodístico. La humildad de su argumento y sus diferentes tramas hace que se sienta como una invitación a una realidad auténtica y a la más absoluta privacidad de quienes la habitan. Una sencillez que está tanto en su propia génesis como en la delicada manera con que Carla Simón nos la narra cinematográficamente.  

“Casa de muñecas” de Henrik Ibsen

Disección de los artificios, convenciones, exigencias y formalidades sobre las que se construye el modelo de pareja patriarcal, amparado en las presiones sociales y religiosas, y el papel instrumental e inferior en el que coloca a la mujer. Biografías, tramas y comportamientos estructurados en círculos, vasos comunicantes y espejos con los que su autor confronta a la sociedad de su tiempo -y a la de hoy- con sus hipocresías y contradicciones.  

No hay mayor riesgo de que las cosas se tuerzan que en el momento previo a que comiencen a ir bien. Después de tanto tiempo esperando, anhelando y deseando que los astros, los esfuerzos y las ilusiones se alineen para que, entonces, la realidad se muestre cruda, sincera y honesta y no te quede otra que reconocer la mentira de ayer y hoy para entregarte a la verdad de siempre. Eso es lo que le sucede a Nora. Tras perder hace años a su padre, y casi a su esposo por una terrible enfermedad, y no haber disfrutado la vida como le hubiera gustado, se prepara para llegar a final de mes sin problemas una vez que su marido asuma en breve la dirección del banco en el que ya trabaja como abogado.

Para mayor simbolismo, el cielo diáfano y despejado de sus coordenadas se nubla en una fecha tan señalada como es la de Nochebuena. Jornada cargada de simbolismo familiar, de amor puro y honesto, de humanidad empática, respetuosa y dadivosa. Algo que, a pesar de las sonrisas, las formas y la buena disposición, queda patente que es más artificio y fachada que la experiencia del día a día. Del pasado surgen una amiga a la que no ayudó como se merecía y un hombre del que se fio sin pensar los riesgos que para su matrimonio y su familia suponía comprometerse contractualmente con él. Los límites de lo moral y lo legal, con lo afectivo de por medio, quedan así expuestos y siendo cruzados a su vez, con la honra y los supuestos jerárquicos e intelectuales por los que un hombre es más que una mujer.

Al igual que había hecho en su obra anterior, Los pilares de la sociedad (1877), Ibsen realiza nuevamente un retrato objetivo de la sociedad de su tiempo. Inicia Casa de muñecas mostrando los roles masculinos y femeninos que se presuponen en el tiempo de su escritura, de manera que sus lectores/espectadores se sientan cómodos con su propuesta. La sacudida llega después cuando expone con total asertividad las fisuras de una construcción que a ellas las coarta, infantiliza y anula y a ellos les ensalza y obliga. Si hasta entonces sus diálogos, situaciones e interacciones habían sido certeros para mostrar lo que pretendía, en el tercer acto su validez y solidez resultan ser maestros por su atemporalidad y las múltiples lecturas que permiten, no solo dramatúrgica, sino también política y filosófica.

Se puede ver en ello una intención humanista, en contra de la cosificación de la mujer, que entroncaría con un enfoque feminista adelantado a su época. Aunque en este sentido hay que destacar que, más que igualdad, lo que Ibsen reclama es el derecho a ser uno mismo, a no ser manipulado, para de esa manera ser más auténtico y tener una vida mucho más serena y profunda en lo individual, y comprensiva e íntima en lo relacional. En cualquier caso, una visión en la que entran en juego valores como la honestidad, la lealtad y la fidelidad en los que seguiría ahondando en textos posteriores como Un enemigo del pueblo (1882).

Casa de muñecas, Henrik Ibsen, 1879, Editorial Losada.

“Camaleón blanco”, la etapa egipcia de Christopher Hampton

Auto ficción de un hijo de padres británicos residentes en Alejandría en el período que va desde la revolución egipcia de 1952 hasta la crisis del Canal de Suez en 1956. Memorias en las que lo personal y lo familiar están intrínsicamente unidos con lo social y lo geopolítico. Texto que desarrolla la manera en que un niño comienza a entender cómo funciona su mundo más cercano, así como los elementos externos que lo influyen y condicionan.

Además de ser su autor, Christopher Hampton tiene una presencia doble en Camaleón blanco. Como narrador que nos cuenta su historia desde el presente de sus treinta y tantos y como el niño al que seguimos por Egipto e Inglaterra desde los seis hasta los diez años. Una simultaneidad que traslada también a la propuesta de representación, planteando que el mismo actor que le interpreta en los monólogos, ejerza como su progenitor simplemente con retirarse las gafas. Ilusión con la que une y separa las dimensiones temporales de la ficción y la realidad de esta dramaturgia en la que recrea cómo era su vida en Alejandría, ciudad en la que su padre trabajaba como ingeniero en la multinacional Cable & Wireless.

Tiempos convulsos en los que el nacionalismo egipcio demandaba liberarse de las injerencias del colonialismo británico para decidir por sí mismo sobre su territorio, recursos e infraestructuras, mientras que la potencia imperialista se valía de su fuerza para mantener el control sobre uno de los principales activos del país, el Canal de Suez. Contexto que enmarcó la burbuja en la que vivió el joven Christopher como hijo de expatriados de alto nivel adquisitivo -de los que realiza un cariñoso retrato-, coordenadas perfectamente explicadas a lo largo de todo el texto, de un tablero de juego económico y político que derivó en un enfrentamiento bélico con las importantes consecuencias que han explicado ya muchos historiadores.  

Un mundo conectado con el local a través de Ibrahim, el sirviente que atiende a la familia Hampton y que se erige como su amigo, confidente y maestro en la sombra. Un personaje muy bien dialogado y mantenido en segundo plano como le corresponde a su posición social, pero aún así muy protagonista. Con él conocemos el contraste de valores, costumbres y exigencias sociales entre la idiosincrasia local del islamismo árabe y la realidad paralela del occidentalismo cristiano.  

Catorce escenas en las que Hampton sintetiza con claridad este período de su biografía -tomándose algunas licencias, tal y como explica en el epílogo- y las contradicciones entre los escenarios en que vivió, pegado en el colegio egipcio por ser inglés, y castigado en el internado del Reino Unido por no comportarse según las maneras locales. También los referentes culturales -cine clásico de Hollywood y autores literarios como E.M. Forster, Lawrence Durrell y Cavafy- y el modo en que se inició su vocación escritora, chispa que surgió realizando un trabajo escolar consistente en plantear una obra de cinco minutos sin diálogos. Senda que décadas después le llevaría a grandes resultados como el de Tales from Hollywood (1984), la adaptación teatral de la novela Las amistades peligrosas (1985) o este Camaleón blanco cuya primera representación tuvo lugar en Londres el 14 de febrero de 1991.

Camaleón blanco, Christopher Hampton, 1991, Faber & Faber.

«Léxico familiar» de Natalia Ginzburg

Echar la mirada atrás y comprobar a través de los recuerdos quién hemos sido, qué sucedió y cómo lo vivimos, así como quiénes nos acompañaron en cada momento. Un relato que abarca varias décadas en las que la protagonista pasa de ser una niña a una mujer madura y de una Italia entre guerras que cae en el foso del fascismo para levantarse tras la II Guerra Mundial. Un punto de vista dotado de un auténtico –pero también monótono- aquí y ahora, sin la edición de quien pretende recrear o reconstruir lo vivido.

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En muchas ocasiones el género literario de las memorias es solo interesante para aquellos que las escriben. Solo ellos sabes lo que realmente pretenden evocar sus palabras. Los buenos escritores, en cambio, consiguen que su redacción nos traslade hasta ese pasado que quieren acercarnos para que veamos, comprendamos y sintamos cuanto les ocurrió, vieron o escucharon. Con Natalia Ginzburg me he sentido a medio camino de ese proceso.

Sí que me ha hecho viajar hasta la Italia posterior a la I Guerra Mundial, pero no he llegado a verme como parte de su familia o de su entorno social más inmediato. Personajes como su padre me han resultado exasperantes y la linealidad narrativa, que no la cronológica, ha hecho que su lectura me despertara el símil de una persona que habla siempre con el mismo tono, sin pausas cuando pasa de un tema a otro, o dando a todos los asuntos la misma importancia.

Cierto es que esa es una manera natural de hacer memoria, que va en contra de como solemos afrontarla. Editar, priorizar, esconder bajo la forma de olvido y cubrir huecos a modo de inventar recuerdos que ofrezcan una mejor y más amable imagen de nosotros mismos. En este sentido, es encomiable el propósito de Natalia de no caer en ello, de acercarse lo más posible a la verdad, a la realidad de lo que fue y hacernos llegar lo que le marcó, da igual el motivo, y la impresión que esa huella le ha dejado.

Comienza siendo una niña –aunque nacida en Palermo, criada en Turín- que ve con ojos grandes la dinámica familiar en la que vive –sus padres, hermanos, el servicio, las costumbres, la convivencia-, lo que hace que su tono resulte casi naif. A partir de ahí entran y salen personajes y otros evolucionan o perviven tal cual, lo que hace de ellos algo similar a caricaturas, como la figura paterna a la que ya me he referido, y que provocan que Léxico familiar parezca una casa interesante, pero no lo suficiente como para desear volver a ella.

El aire político se cuela en la atmósfera a medida que pasan los años y la realidad social y política se hace patente. Primero como pequeños comentarios que se escuchan a los más mayores –el fascismo como algo incipiente-, después como situaciones que se presencian o son relatadas con total crudeza –los conflictos con la policía política de algunos de sus hermanos, o la cantidad de nombres mencionados que se explican en las notas a pie de página-, para llegar a los episodios que toca protagonizar –esconder su circunstancia judía durante la II Guerra Mundial-.

Y aunque a medida que pasa el tiempo la presencia de Natalia gana protagonismo (su primer matrimonio, sus hijos, su viudedad, su traslado a Roma), su familia y su círculo más íntimo sigue marcando las coordenadas de su relato, lo que hace que para este lector su propuesta resulte un tanto ardua.

Léxico familiar, Natalia Ginzburg, 1963, Lumen.

«El club del café sueco» de Nuria Calle

Auto ficción en la que su autora combina su experiencia como expatriada que llega a una cultura diferente y la imaginación para darle a sus vivencias una trama paralela propia de novela negra. Novela trazada con un ojo periodístico certero en su mirada y expresión, y bien estructurada en su propuesta de intriga y misterio.

Conocí a Nuria Calle muchos años atrás y aunque hace tiempo que no nos vemos, la magia de las redes sociales hace que, a pesar de no tener contacto directo, no nos perdamos la pista. Expongo esto porque la primera sensación que me ha dejado la lectura de El club del café sueco, su primera novela, es que Nuria sigue siendo Nuria. Su vida ha cambiado, se ha casado, tiene dos niñas y vive ahora a muchos kilómetros del Madrid en el que nos hicimos compañeros de clase primero, amigos después. Sin embargo, y por lo que leo, su manera de relacionarse, de observar y de interpretar lo que ocurre a su alrededor sigue siendo honesta, prudente e inteligente. Una aproximación a lo que le rodea que plasma sobre el papel con la misma coherencia, lo que hace que su lectura sea no solo amena y entretenida, sino también enriquecedora y hasta formativa.

Es evidente el filtro periodista con el que capta, ordena y transmite, lo que resulta determinante para que su escritura sea fluida. Un caudal continuo de información en el que se entrelazan las vivencias más personales, en las que es fundamental el registro emocional, con su mirada como expatriada sobre Gotemburgo -ciudad en la que tiene lugar la acción de esta novela-, y la experiencia de descubrimientos, contrastes y análisis a que esto le da pie.

La parte familiar, en la que los suyos se verán más o menos reflejados, está bien planteada y desarrollada, tanto en sus partes descriptivas como dialogadas, lo que demuestra que Nuria puede lanzarse a otros formatos de escritura que vayan más allá de la noticia, el reportaje o la entrevista. Pero, sin duda alguna, su valor está cuando sale de sí misma y trabaja a partir de la experiencia, las impresiones y las sensaciones que vive, como si se tratara de una página en blanco, en primera persona. Base sobre la que acopla con total naturalidad su propuesta detectivesca de averiguar qué sucedió con una antigua residente de su calle, desaparecida en extrañas circunstancias siete años antes de su llegada a esa ciudad de veranos frescos e inviernos bajo cero.

En esta suerte de tres pilares narrativos, la historia hogareña se percibe como el perímetro de seguridad desde el que se propone como escritora de ficción y en el que ancla los otros dos. De un lado la curiosidad, el deseo de conocer y entender los estándares, valores y razones por los que funciona como lo hace la comunidad y la ciudad en la que ahora reside. Mas sin negar que lo hace desde su condición de española y de adulta que busca, sobre todo, comprender para convivir, dejarse impregnar e influir, pero sin abjurar ni caer en la exaltación de lo propio. Por último, y no menos importante, la capacidad para elaborar una historia propia de una novela negra totalmente convincente, llena de matices y zonas umbrías, así como giros sorprendentes, que enganchan y provocan la necesidad de seguir leyendo para saber qué sucedió y qué ocurrirá.  

El club del café sueco, Nuria Calle, 2021, Autopublicado.

“Agua a cucharadas” de Quiara Alegría Hudes

El sueño americano es mentira, para algunos incluso torna en pesadilla. La individualidad de la sociedad norteamericana encarcela a muchas personas dentro de sí mismas y su materialismo condena a aquellos que nacen en entornos de pobreza a una falta perpetua de posibilidades. Una realidad que nos resistimos a reconocer y que la buena estructura de este texto y sus claros diálogos demuestran cómo afecta a colectivos como los de los jóvenes veteranos de guerra, los inmigrantes y los drogodependientes.

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Tiempo atrás leí que en Nueva York, la ciudad que nunca duerme, la del lujo y los rascacielos, la mitad de su población vive bajo el umbral de la pobreza. Una imagen que no vemos porque no es emitida por los medios de comunicación y porque si nos la ponen delante nos negamos a creer que sea verdad. Una situación que imagino similar a la de Filadelfia, la urbe en la que se ambienta esta obra estrenada en 2011 y ganadora del Premio Pulitzer de teatro un año después. En ella, un descendiente de puertorriqueños, Elliot, se gana la vida como dependiente de un establecimiento de comida rápida tras el fin de su aventura como soldado en Irak por una herida en una pierna.

Su deseo de ayudar a que EE.UU. se convirtiera en un país más seguro le ha valido una minusvalía física que trajo consigo una adicción a los barbitúricos y la aparición constante en sus sueños de un hombre árabe que le reclama insistentemente. El día que le conocemos junto a su prima Yaz, su madre acaba de fallecer, pero en el proceso de preparación del funeral descubrimos que aunque fue quien le crio, esa mujer realmente era una tía de ambos. En paralelo Alegría Hudes plantea sobre el escenario la visualización de un chat, un lugar de encuentro virtual donde tras su nicks, personas en distintos lugares del mundo comparten la normalidad de cómo ha sido su día, el desasosiego de lo que les inquieta o el triunfo y la incertidumbre de las jornadas que llevan sin pincharse o sin esnifar.

Así es como Agua a cucharadas va de lo cercano –el amor materno-filial, la casa como lugar de encuentro y convivencia, la familia como red afectiva de ayuda y apoyo- a lo etéreo –avatares de individuos aislados, en lugar de personas que no comparten sus coordenadas reales-, ligando ambas coordenadas y componiendo un retrato alienante de la sociedad norteamericana. Un país donde deja claro que todo lo que no luzca y aquel que no sonría en la constante foto oficial es escondido, culpabilizado de su falta de fotogenia e imposibilitado a volver a aparecer en ella.

Aunque también hay espacio para la esperanza y el positivismo, el drama de lo que ocurre en esta historia no está en la tragedia de lo que sucede durante la representación o en la biografía previa de sus protagonistas. Lo impactante es la naturalidad con que muestran cuanto han vivido anteriormente y en la aceptación –que no resignación- con que relatan cómo ha sido crecer en un día a día en el que la escasez material conllevó también para algunos pobreza espiritual. Una derivada generadora de violencia, adicciones y cuestiones mayores como, incluso, la muerte.

Water by the spoonful, Quiara Alegría-Hudes, 2011, Theatre Communications Group.

10 textos teatrales de 2021

Obras que ojalá vea representadas algún día. Otras que en el escenario me resultaron tan fuertes y sólidas como el papel. Títulos que saltaron al cine y adaptaciones de novelas. Personajes apasionantes y seductores, también tiernos en su pobreza y miseria. Fábulas sobre el poder político e imágenes del momento sociológico en que fueron escritas.

«The inheritance» de Matthew Lopez. Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

«Angels in America» de Tony Kushner. Los 80 fueron años de una tormenta perfecta en lo social con el surgimiento y expansión del virus del VIH y la pandemia del SIDA, la acentuación de las desigualdades del estilo de vida americano impulsadas por el liberalismo de Ronald Reagan y las fisuras de un mundo comunista que se venía abajo. Marco que presiona, oprime y dificulta –a través de la homofobia, la religión y la corrupción política- las vidas y las relaciones entre los personajes neoyorquinos de esta obra maestra.

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre. Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

«La estanquera de Vallecas» de José Luis Alonso de Santos. Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

«Juicio a una zorra» de Miguel del Arco. Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

«Un hombre con suerte» de Arthur Miller. Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton. Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

“El Rey Lear” de William Shakespeare. Tragedia intensa en la que la vida y la muerte, la lealtad y la traición, el rencor y el perdón van de la mano. Con un ritmo frenético y sin clemencia con sus personajes ni sus lectores, en la que nadie está seguro a pesar de sus poderes, honores o virtudes. No hay recoveco del alma humana en que su autor no entre para mostrar cuán contradictorias y complementarias son a la par la razón y la emoción, los deberes y los derechos naturales y adquiridos.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet. El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

«La señorita Julia» de August Strindberg. Sin filtros ni pudor, sin eufemismos ni decoro alguno. Así es como se exponen a lo largo de una noche las diferencias entre clases, así como entre hombres y mujeres, en esta conversación entre la hija de un conde y uno de los criados que trabajan en su casa. Diálogos directos, en los que se exponen los argumentos con un absoluto realismo, se da cabida al determinismo y su autor deja claro que el pietismo religioso no va con él.

10 novelas de 2021

Dos títulos a los que volví más de veinte años después de haberlos leído por primera vez. Otro más al que recurrí para conocer uno de los referentes del imaginario de un pintor. Cuatro lecturas compartidas con amigos y sobre las que compartimos impresiones de lo más dispar. Uno del que había oído mucho y bueno. Y dos más que leí recomendados por quienes me los prestaron y acertaron de pleno.

«Venus Bonaparte» de Terenci Moix. Una biografía que combina la magnanimidad de las múltiples facetas de la historia (política, arte, religión…) con lo más mundano (el poder, el amor, el sexo…) de los seres humanos. Un trabajo equilibrado entre los datos reales, basados en la documentación, y la libertad creativa de un escritor dotado de una extraordinaria capacidad expresiva. Una narrativa fluida que ahonda, analiza, describe y explica y unos diálogos ingeniosos y procaces, llenos de respuestas y sentencias brillantes.

«A sangre y fuego» de Manuel Chaves Nogales. Once episodios basados en otras tantas situaciones reales que demuestran que la violencia engendra violencia y que la Guerra Civil fue más que un conflicto bélico entre nacionales y republicanos. Los relatos escritos por este periodista en los primeros meses de 1937 son una joya narrativa que dejan claro que esta fue una guerra total en la que en muchas ocasiones los posicionamientos ideológicos fueron una disculpa para arrasar con todo aquel que no pensara igual.

«El lápiz del carpintero» de Manuel Rivas. Una narración que, además de los hechos, abarca las emociones de sus protagonistas y sus preguntas y respuestas planteándose el por qué y el para qué de lo que está ocurriendo. Un viaje hasta la Galicia violentada en el verano de 1936 por el alzamiento nacional y embrutecida por lo que derivó en una salvaje Guerra Civil y una despiadada dictadura.

«Drácula» de Bram Stoker. Novela de terror, romántica, de aventuras, acción e intriga sin descanso. Perfectamente estructurada a partir de entradas de diarios y cartas, redactadas por varios de sus personajes, con los que ofrece un relato de lo más imaginativo sobre la lucha del bien contra el mal. El inicio de un mito que sigue funcionando y a cuya novela creadora la pátina del tiempo la hace aún más extraordinaria.

“Alicia en el país de las maravillas” y «Alicia a través del espejo», de Lewis Carroll. No es la obra infantil que la leyenda dice que es. Todo lo contrario. Su protagonista de siete años nos introduce en un mundo en el que no sirven las convenciones retóricas y conceptuales con que los adultos pensamos y nos expresamos. Una primera parte más lúdica y narrativa y una segunda más intelectual que pone a prueba nuestras habilidades para comprender las situaciones en las que la lógica hace de las suyas.  

«Feria» de Ana Iris Simón. Narración entre la autobiografía, el fresco costumbrista y la mirada crítica sobre las coordenadas de nuestro tiempo desde la visión de una joven de treinta años educada para creer que cuando llegara a los treinta tendría el mundo a sus pies. Un texto que, jugando a la autenticidad de lo espontáneo, bordea el artificio de lo naif, pero que plasma muy bien la inmaterialidad que conforma nuestra identidad social, familiar y personal.

“A su imagen” de Jérôme Ferrari. La historia, el sentido, el poder y la función social del fotoperiodismo como hilo conductor de una vida y como medio con el que sintetizar la historia de una comunidad. Una escritura honda que combina equilibradamente puntos de vista y planos temporales, que descifra con precisión lo silente y revela la realidad de los vínculos entre la visceralidad y la racionalidad de la naturaleza humana.

«La ridícula idea de no volver a verte» de Rosa Montero. Lo que se inicia como una edición comentada de los diarios personales de Marie Curie se convierte en un relato en el que, a partir de sus claves más íntimas, su autora reflexiona sobre las emociones, las relaciones y los vínculos que le dan sentido a nuestra vida. Una prosa tranquila, precisa en su forma y sensible en su fondo que llega hondo, instalándose en nuestro interior y dando pie a un proceso transformador tras el que no volveremos a ser los mismos.

“Lo prohibido” de Benito Pérez Galdós. Las memorias de José María Bueno de Guzmán van de 1880 a 1884. Cuatro años de un fresco de la alta sociedad madrileña, de apariencias y despropósitos, dimes y diretes y tejemanejes sociales, políticos y económicos de los supuestamente adinerados y poderosos. Una superficie de lujo, buen gusto y saber estar que oculta una buena dosis de soberbia, corrupción, injusticia y perversión.

“Segunda casa” de Rachel Cusk. Una novela introvertida más que íntima, en la que lo desconocido tiene mayor peso que lo explícito. Ambientada en un lugar hipnótico en el que la incomunicación resulta ser la atmósfera en la que tiene lugar su contrario. Una prosa intensa con la que su protagonista se abre, expone y descompone en su intento por explicarse, entenderse y vincularse.

«Retorno al hogar» de Harold Pinter

Nada como una reunión familiar para generar una tensión en la que la literalidad de lo que se expresa y muestra dice tanto como aquello que se intuye tras las veladuras de sus evocaciones e insinuaciones. Un hipnótico y seductor juego de realidad, neurosis y simbolismo en el que se enfrentan, combinan y disuelven el afecto y la violencia física y psicológica en los reencuentros, puestas al día y constatación de diferencias que tienen lugar en esta residencia londinense en 1964.

En las obras de Harold Pinter (Premio Nobel de Literatura 2005) sus personajes tienen una apostura provocadora, tanto hacia el resto de caracteres con los que comparten trama, como con los lectores/espectadores que les observan desde fuera de las páginas o el escenario en el que toman cuerpo. Nunca está claro cuán real es lo que dejan ver de sí mismos, cuánto hay en ello de espontaneidad y naturalidad y cuánto de llamada de atención para iniciar situaciones en las que proponer aquello que no serían capaces de plantear bajo el prisma inmovilista de las convenciones y la lógica de la formalidad. Eso mismo es lo que hace su creador con nosotros, sumiéndonos en atmósferas sin señales de salida ni posibilidad de marcha atrás, en las que lo inquietante y aparentemente incomprensible se hace norma y cotidianidad.

La convivencia entre Max, carnicero jubilado, y su hermano Sam, con los dos hijos del primero, Lenny y Joey, se ve alterada por la visita tras seis años de ausencia del primogénito, sobrino y hermano de todos ellos, Teddy, quien hace acto de presencia con alguien a quien no conocían, Ruth, su mujer. Una red de consanguinidad en la que, paradójicamente, están también unidos por una distancia emocional cercana al enfrentamiento, casi maltrato, sin descanso y en la que no parece posible la tregua. En la que si la debilidad o la tentación te hacen mella y bajas la guardia, sales malparado, pero si actúas con frialdad e indolencia, quizás seas quien controles y manejes la situación.  

Presencias que guardan paralelismos con las ausencias referenciadas, Jessie, esposa, cuñada y madre a la que parece evocar la también triple maternidad de Ruth, aunque a ella y a su marido sus hijos están esperándolos en su residencia en EE.UU. Pero en este enjambre familiar también hay contraposiciones, frente al trabajo intelectual de Teddy, Doctor en Filosofía, las dedicaciones manuales o fabriles que intuimos de los suyos.

Pinter (La fiesta de cumpleaños, Viejos tiempos) nos facilita muy poca información, con apenas unos apuntes dibuja con claridad unas coordenadas en las que la incomodidad deriva en desasosiego y este en una ansiedad con tintes bizarros por su barniz de asuntos como la infidelidad, el abuso y el proxenetismo. Y precisamente eso, que lo haga con tan solo unas notas en unos diálogos que parecen más disparos que manos tendidas, y monólogos de carácter más introspectivo, casi existencialista, genera una desconcertante sensación de irrealidad.

Una incomodidad con la que no sabemos si está vaciando de humanidad su propuesta o, al revés, llevándola hasta zonas oscuras e inhóspitas en las que la fantasía y la imaginación se entremezclan con la perversión y la depravación. Una manera inteligente y retorcida de dejar de nuestro lado la cuestión de su posible, o no, inmoralidad.

Harold Pinter, Retorno al hogar, 1964, Grove Atlantic.

Propósitos del nuevo curso

Septiembre es como enero. Entonces comienza el año y ahora volvemos al colegio. El parón estival del mes de agosto y los días de Navidad previos nos obligan a reflexionar, a tomar nota de lo que nos falta y nos sobra, de lo que echamos de menos y de lo que nos gustaría y no tenemos o somos. Y sea por él ánimo de ser mejores que ayer, sea por la presión de un entorno que se repite y excusa sus miserias iluminando las de los demás, la cuestión es que estos días soñamos con un futuro diferente de nuestro presente.

Buscamos o nos tropezamos con nuestro cuerpo en el espejo y automáticamente aplicamos un par de filtros. O el de la conformidad seguida de insatisfacción, me veo bien, pero no suficiente. O el de la tragedia continuada del de la culpabilidad, estoy fatal y voy camino de calificarme como horrendo. El hay que mejorar y el ponerle fin a esto convergen en el doble propósito de comer mejor y hacer más ejercicio. Nos proponemos ser más fieles a la dieta por la que optemos, o nos prescriban, que a cualquier fe religiosa que hayamos practicado, así como ir al gimnasio y no dejar de hacer ni una de las tablas, series y repeticiones que el monitor nos sugerirá tras haber pagado una cuota anual o retomado aquella que aparcamos apenas suscrita por culpa de Filomena.  

Los políticos dicen que vuelven con los ánimos renovados, llenos de propuestas con las que resolver todos y cada uno de los males que nos asolan. Lo más probable es que lo que hayan trabajado sean sus estrategias de marketing y comunicación, planificando actos aquí y declaraciones allá, argumentarios de una manera y de otra, con uno y otro sentido para seguir en el candelero sea como sea. Estando al tanto de lo que dice el contrario para darle el zasca oportuno y recurrente en las redes sociales. Esa banalidad con la que sacian al que ya les vota y encrespan al que no coincide con sus propuestas. Yo soy vuestro salvador y estoy aquí para iluminaros. Ruido. Quítate tú que ya me pongo yo. Más ruido. Yo sé y tú no sabes. Aún más ruido. A ver cómo prendo fuego a esto para ser el único que sobreviva al incendio. Cuanto peor, mejor.

El retorno a la jornada laboral acentúa nuestra neurosis. Decimos querer conciliar, tener tiempo para lo personal, para dejarnos fluir y ser y practicar aquella faceta aún ocultar en la que reside la esencia de nuestro ser, pero a lo que no sabemos cómo darle salida. Al tiempo, secretamente damos rienda suelta a nuestra ambición y nos proyectamos en un futuro en el que se nos valora, reconoce y da la oportunidad de demostrar lo que somos capaces de hacer y de lograr. Puede que en unos días hayamos dejado atrás tanto una opción como otra y nos volvamos a asentar en la rutina, la monotonía y la zona de confort. Quizás no y entraremos en coordenadas de enfado y frustración por las negativas recibidas, o de orgullo y satisfacción por los resultados conseguidos. A ver con qué gesto volvemos a casa al final del día.

Las librerías se llenan de novedades. Y los lectores nos volvemos locos. Queremos leer todos los títulos, tanto los de los autores a los que somos fieles como a esos otros por los que sentimos una extraña atracción desde fechas difíciles de precisar, pero recordamos lo que nos esperan en casa. Esos montones, más o menos agrupados y ordenados, que se han convertido en paisaje. Esa columna de pendientes a la que progresivamente hemos dado forma sobre el suelo, agrupados como isletas sobre una mesa o aprovechando huecos en una estantería. Sea como sea, nos haremos con alguno y compartiremos otros para embaucarnos en sus propuestas de sumergirnos en mundos diferentes al nuestro y en visiones necesarias para nuestra imaginación.

El noveno mes del año suelen ser en el que más rupturas matrimoniales se formalizan en los juzgados. Sumémosles a estas las de todos esos que no habían firmado un papel oficial para sellar, confirmar o dar carta de entidad a su relación. Aunque también están esos que han vuelto de la playa, la casa rural o la ruta de una semana a una, dos o varias horas de avión encantados, ilusionados y emocionados con ese o esa con el que han compartido la experiencia gran hermano. No solo sin tirarse los trastos, sino sintiendo ese extraño revoloteo de mariposas en el estómago y han decidido dar el paso de domiciliarse en la misma dirección. Entre unos y otros, los que seguirán tan acompañados o en soledad -ya sea con alguien al lado, ya sea consigo mismos- como antes.

Los medios de comunicación se lanzan a la carrera promocional. Nos cuentan que van a estar más cerca de nosotros, de los personajes y de los hechos, de la verdad que estamos deseosos de conocer. Suenan repetidos, como si pretendieran cambiar el envoltorio, pero no la esencia de aquello a lo que se dedican. A ver cómo conjugan los objetivos y métodos del periodismo en el tratamiento de los protagonistas de la noticia, los datos que reflejan la realidad de los hechos que marcan la actualidad y los referentes con que darán contexto a unos y otros para que los que estamos de este lado nos hagamos una imagen lo más objetiva y contrastada posible de la realidad. Al tiempo, estemos alertas para no dejarnos embaucar por los posibles artificios a lo que puedan recurrir en su lucha por las cifras de audiencia y el consiguiente reparto de la tarta publicitaria.

Retomar el inglés u olvidarse definitivamente de él. Irse a la cama ocho horas antes de que suene el despertador para no lucir ojeras y bostezar cual mapache a la mañana siguiente. No volver a calentarse con lo visto o leído aquí y allá. Llamar más frecuentemente a la familia y a los amigos, o borrar el número de algunos de ellos de la agenda de contactos. Hacer planes con los niños, aunque eso implique lumbago, comer hamburguesas y ver películas infumables. Y seguir así hasta el infinito, actualizando la lista de propósitos escrita en papel, tecleada o redactada con humo mental el pasado enero, o adelantando el borrador de la que probablemente intentaremos concretar en unas semanas entre cenas, uvas y champán.