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Disección de una “Traición”

Harold Pinter se mueve con extraordinaria sutileza entre el silencio, los monosílabos, las interjecciones y las frases hechas que ocultan las complejidades, intimidades y dependencias establecidas entre quienes nunca pensaron llegar a conformar un triángulo tan complicado como verosímil. Una construcción literaria y psicológica que Israel Elejalde convierte en un sólido montaje con buenas dosis de amor y humor, pero también de corrosión y dolor.

De 1978 a 1967 y no al revés, del final al principio, dándole la vuelta a la cronología para descubrir la hondura y el porqué de la tensión que se respira entre Emma y Jerry. Dos conocidos que, aparentemente, se han encontrado después de mucho tiempo sin verse, pero de los que rápidamente sabemos que no solo compartieron una historia de amor en un apartamento alquilado, sino también una amistad familiar en la que estaban involucrados los cónyuges e hijos de ambos. Lazos con aristas profesionales incluso, al dedicarse Roger, el marido de Emma y mejor amigo de Jerry, y al igual que él, al negocio editorial.

Como si se tratara de una cata arqueológica o una investigación histórica, Elejalde sigue los pasos de Pinter despejando la superficie y levantando las capas de un presente resultado de las distintas fases por las que esa geometría relacional ha pasado en la última década hasta adoptar la forma con que se nos presenta hoy. Cambios de vestuario y de luces, una escenografía a la que su sencillez la hace versátil, anuncios de situación temporal por parte de los actores y una pianista sobre las tablas que ejerce de nexo emocional entre la acción y los espectadores.

Una dirección que muestra los recovecos, las curvas, las dobleces y los fingimientos de unas coordenadas, comportamientos, propuestas y respuestas que van más allá de lo que sus personajes verbalizan o expresan y no sabemos si esconden deliberadamente, no son capaces de ver o de afrontar. O todo a la vez. La trastienda de una atracción, un dejarse llevar o un querer y elegir hacerlo que se inicia, crece y evoluciona entre el no preguntarse lo que es y el acuerdo tácito de no alterar las coordenadas en las que se mantiene (¿y que lo sostiene?). Lo interesante de la propuesta de Pinter, y que Elejalde convierte en el motor de su trabajo, es que al ir de adelante hacia atrás conocemos antes los hechos que las motivaciones, las respuestas que las preguntas, las consecuencias que las causas.

Una tensión e intriga que funcionan tanto en el texto como sobre el escenario gracias a la corporeidad, expresividad y capacidad del triángulo Miki Esparbé, Irene Arcos y Raúl Arévalo. Un trío compatible con las dos parejas y las tres individualidades que alberga. Una confluencia de planos, sentires, personalidades, intenciones, poses, roles y deseos a los que asistimos como si se tratara de una deconstrucción con el fin de entender y comprender, y no de examinar o fiscalizar. Con el barniz de la corrección británica, y sintiendo el suelo enmoquetado y la nebulosa atmósfera londinense exterior, Esparbé despliega una expresiva contención, Arcos una más que creíble sensibilidad y Arévalo una ironía y acidez que despiertan sonrisas sin alterar ni devaluar el drama humano al que asistimos.

Traición, en el Teatro Kamikaze (Madrid).

“Las tres hermanas” de Antón Chéjov

Un retrato claro y crítico de la burguesía rusa de principios del siglo XX a través de un reducido círculo de personajes en una localización incierta. Un costumbrismo que alberga el drama de la insatisfacción y la incapacidad de disfrutar de los que tienen oportunidades y medios para llevarlas a cabo. Coordenadas en las que la falta de voluntad para encontrarle sentido al momento presente se esconde en la utopía de la felicidad futura.

Cuatro hermanos ya sin padres. La novia del chico, el marido de una de las tres del título, una de las personas de servicio de la residencia familiar, un médico y una serie de militares de distinto rango de la brigada establecida en la ciudad sin nombre en la que residen. Personas con una vida social y dedicaciones laborales sujetas a rutinas que conducen a la monotonía y de ahí al aburrimiento y al hartazgo en un lugar sin mayor aliciente que el entorno natural que les rodea.

La motivación a la que se agarran las protagonistas de esta obra estrenada en 1901 es volver a Moscú, la urbe en la que nacieron y se criaron hasta que, hace ya once años y por exigencias del ascenso a brigada de su progenitor, llegaron a este emplazamiento del que solo piensan en marchar. Mientras esperan a que se den las circunstancias que lo permitan -a priori, el trabajo de su hermano-, viven su día a día relacionándose con lo más granado de la escasa sociedad local, en su mayor parte hombres que exhiben galones, ejercen profesiones como la medicina y ostentan títulos nobiliarios.

Supuestos caballeros que se relacionan con ellas a través del halago, el cortejo y la propuesta de promesas que, en ocasiones, conducen al compromiso. Y que entre ellos debaten y filosofan sobre lo etéreo y lo mundano, el sentido del trabajo, el encuentro de la felicidad y la plenipotencia del amor, pero sin llegar a ninguna parte, más por placer retórico que por buscar un punto de encuentro. Entre medias, el paso del tiempo -jugando entre acto y acto con el efecto simbólico de las estaciones – y su efecto desmoralizante sobre Olga, Masha e Irina. Moscú sigue a una distancia insalvable. La primera trabaja hasta la extenuación en la escuela local, primero como maestra y después como directora. La segunda, infelizmente casada con un colega de su hermana, pero dejándose querer por quien ahora tiene la máxima responsabilidad militar. Y la última, la más joven, la más ilusa y soñadora, que ni busca ni sabe ni siente lo que es el amor.

La capacidad como retratista y analista de Chéjov logra que, a pesar de la aparente simpleza de todos estos dramas individuales, queden entrelazados y supeditados a las exigencias de costumbrismo, cotidianidad y formalidad. En una sociedad que critica por su conformismo e inmovilismo (si el Imperio no está luchando no sabe hacia dónde orientar sus esfuerzos y voluntades) y su clasismo (el materialismo como lacra para la empatía y la convivencia), así como por sus vicios (la corrupción política, el alcohol, el juego) y no saber adaptar sus anhelos vitales a la realidad (noviazgos que se derrumban cuando se convierten en marido y mujer y se convierten en parejas que funcionan por separado).

Las tres hermanas, Anton Chéjov, 1901, Alianza Editorial.

“La boda de Rosa”, sí, quiero

Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

En un episodio de Sexo en Nueva York Carrie Bradshaw anunciaba que se casaba consigo misma. ¿El motivo? Hacerse respetar ante una antigua amiga, hoy convertida en madre y esposa, que la consideraba frívola, simple y materialista por seguir soltera. Candela Peña tiene tanto o más glamour que Sarah Jessica Parker, pero los pies más pegados a la tierra, y por eso le viene como anillo al dedo este personaje de una mujer todoterreno, de energía sin fin, que lo mismo vale para un roto que un descosido -tal cual, su profesión es costurera-. Pero Rosa tiene un defecto, no sabe decir que no. Hasta que un día le planta un no al no y como toda doble negación, eso se convierte en un sí que decide simbolizar contrayendo matrimonio consigo misma.

Una boda que tiene sentido y que cinematográficamente funciona porque no surge sin más, porque tras la versión final del guión de Alicia Luna e Icíar Bollaín que vemos proyectado hay muchas capas que parecen haber sido trabajadas minuciosamente hasta dar como resultado la convocatoria a la que somos invitados. A priori un absurdo, un capricho, una ocurrencia, pero a medida que escuchas y conoces, no solo le ves la lógica a lo que se plantea (abajo los prejuicios morales y las exigencias productivas con las que nos regimos en el día a día), sino su sentido, valor y propósito (arriba la empatía, el escucharnos a nosotros mismos y el poner nuestra dignidad personal por encima de todo).

Una visión que la también directora de Hola, ¿estás sola?, Te doy mis ojos o El olivo traslada convincentemente a la pantalla. Su dirección no elude los aspectos duros de la vida de una mujer soltera con multitud de obligaciones, con muchos deberes y, aparentemente, ningún derecho. Sabe cuando tiene que bajar el registro entre costumbrista, caricaturesco e irónico de su comedia para mostrar el drama al que se enfrenta Rosa. Intentar cambiar su manera de ser y estar pero sin romper con el mundo del que forma parte, con la incertidumbre de no saber si cuantos la rodean -su padre, sus hermanos, su hija, sus amigas, su novio- la comprenderán y le permitirán materializar sus intenciones.  

Pero todos esos personajes no son un contrapunto a Rosa, entes necesarios para el despliegue interpretativo con aroma a Goya de Candela Peña, sino que tienen entidad propia. Las personalidades, hábitos y maneras de actuar de todos ellos acaban conformando un fresco sobre la condición humana de nuestros tiempos con el que es difícil no verse reflejado de alguna manera. El mérito, sin duda alguna, es de un fantástico plantel de secundarios (Nathalie Poza, Sergi López, Paula Usero, Ramón Barea) que nos representan en esta boda a la que nos gustaría estar invitados para, ya de paso, tomar ideas para la nuestra.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams

No solo una de las grandes obras del teatro americano y del siglo XX, sino de la literatura universal de todos los tiempos. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

Este texto es el sumun de la escritura dramática. Está tan bien construido que hace del espectador alguien similar a Alicia a través del espejo, deja de ser testigo de la vida de otros para verse inmerso en el ojo del huracán que surge en la convergencia de todos ellos. ¿Cómo respondería si estuviera escuchando en su propia casa lo que acontece esa noche estival en la de los Pollitt? ¿Cómo se sentiría si su pareja, hermano, cuñada, padre o suegra le dijera las mismas cosas que se escuchan en esta celebración de cumpleaños? Lo que Tennesse Williams consigue va más allá de los mecanismos de identificación y proyección psicológica en que se basa la ficción. Su habilidad es tan fina, sutil y certera que es imposible no colocarse en el lugar de cada uno de los personajes y sentir cómo se enfrentan en su interior a la verdad de sus emociones, las pulsiones de sus anhelos y las exigencias de sus coordenadas y aspiraciones sociales.  

El autor de El zoo de cristal (1944) y La rosa tatuada (1951) entra a toda velocidad con una exposición de conflicto y diferencias, un torrente de queja y actitud de enfrentamiento, una manifestación de diferencias y una inequívoca intención de distorsión, a la par que de absoluta verdad, cueste lo que cueste, desde la primera línea. Pero lo envuelve en sensualidad y sinuosidad, en tranquilidad y sosiego. Dejando el margen suficiente para que la tormenta meteorológica que acabará formándose, sea simultánea a la individual que vivirá cada personaje, a la reservada de cada pareja y a la grupal de todos los miembros de esta familia. Lo íntimo se hará privado para pasar después a conocido, pero esquivado para, finalmente, más que público, ser manoseado con desdén hasta vulgarizarlo y vilipendiarlo con mala fe y peores intenciones.

El choque de trenes es provocado cuando confluyen la insatisfacción sexual de los jóvenes y apuestos Maggie y Brick, con la sombra del alcoholismo y la supuesta homosexualidad de él, y el nerviosismo hereditario generada por la situación médica del patriarca de la familia, con la sentencia nunca pronunciada de que no considera a sus dos hijos como sucesores. La vivencia de cada situación y el diferente conocimiento de unos y otros al respecto disparan sus suposiciones, teorías e imaginación dando pie a una tensión brutal. Un desasosiego que se convierte en un aire cada vez más denso y opresor que pone a prueba la fuerza, la inteligencia, la astucia y la moral de todos los presentes.

La inteligencia de Williams es tal que consigue desplegar con total libertad temas prohibidos en la ultra conservadora América de los 50 como la infidelidad, el deseo sexual femenino y la mencionada homosexualidad. Y lo hace enmarcándolos con absoluta naturalidad entre asuntos sí aceptados a ser expuestos y comentados, como la heroicidad de aquel que se hacía profesional y materialmente a sí mismo (la épica de la conquista del sueño americano), las luchas dinásticas, las envidias y los desprecios según los parámetros de clase social a los que se pertenece o aspira, o la exigencia de la maternidad como vía de realización de toda mujer casada.

Como extra, señalar que la edición que he leído (Penguin Classics, 2001) del ganador del Premio Pulitzer de Teatro de 1955, cuenta con dos versiones del tercer acto. La que escribió inicialmente Tennessee y la que reelaboró siguiendo los consejos de Elia Kazan, quien se encargaría de dirigir su puesta en escena en su estreno en Broadway. La primera es como un disparo a sangre fría, un pura sangre que lleva hasta sus últimas consecuencias las actitudes mostradas y los enfrentamientos expuestos anteriormente. La segunda no cambia el derrotero de los acontecimientos, pero tiene en cuenta al espectador que estará en el patio de butacas y propone una mayor entrada y salida de personajes del escenario para, de esta manera, acrecentar la sensación de zozobra que genera esta inolvidable experiencia.

La gata sobre el tejado de zinc caliente, Tennessee Williams, 1955, Penguin Classics.

“Los lobos”, sobrevivir al otro lado de la frontera

Ser inmigrante ilegal en EE.UU. debe ser muy difícil, siendo niño más aún. Esta cinta se pone con rigor en el papel de dos hermanos de 8 y 5 años mostrando cómo perciben lo que sucede a su alrededor, como sienten el encierro al que se ven obligados por las jornadas laborales de su madre y cómo viven el tener que cuidar de sí mismos al no tener a nadie más.

Un día después de que la Corte Suprema de los EE.UU. determinara que los jóvenes hijos de inmigrantes no pueden ser deportados, llega este estreno mexicano a nuestras salas de cine. Muchos dirán que Donald Trump y todos los que piensan como él tendrían que verla. Pero da igual, no la entenderían. Habla de emociones, de empatía y compasión, de que cuando eres niño tu única patria es la casa en la que vives y tu idioma es aquel en el que te comunicas con tus padres. De lo duro que es no tener poco más que lo puesto y ser recibido al llegar al país de las oportunidades sin la mayor pizca de humanidad por los del Make America Great Again. Qué curioso que estén contra los que carecen de papeles y después los empleen por sueldos que apenas dan para comer y dormir bajo techo.

Pero Los lobos no es una cinta política. Antes que discurso o reivindicación, rebosa humanidad y sensibilidad. Sabe lo que tiene entre manos y lo expone con naturalidad. Sin eludir lo duro que hay en ello, pero respetando la dignidad de sus personajes. Samuel Kishi opta por un relato sereno, tranquilo y apaciguado, cimentado en su buena mano con los actores. Observa, pero no interviene. Registra cuanto conforma la densa atmósfera del lugar en el que está -tanto el domicilio familiar como la idiosincrasia del lugar en el que se instalan, Alburquerque, Nuevo México-, pero sin hacer trampas en su enfoque para cargar el ambiente con la fotogenia de la emotividad. Y eso, a la hora de tratar el mundo infantil en contextos difíciles, es fundamental para que lo que estamos viendo funcione, tal y como sucedía con Cafarnaum (Nadine Labaki, 2018) y no con The Florida Project (Sean Baker, 2017), por señalar dos títulos recientes.

Antes que irregulares, sus protagonistas son niños, y eso es lo que vemos en la pantalla. Cómo se comportan y actúan cuando están solos, en un lugar en el que el exterior les está prohibido, aunque no por ello deja de existir e interferir, y en cuyo interior no se tienen más que el uno al otro. El adulto, su madre, está como referente, es quien marca las normas y determina las circunstancias en las que se vive. Pero es secundario al pasarse fuera todo el día trabajando y por cuando está presente, estarlo primero para encargarse de resolver las cuestiones logísticas, recuperarse después para, todos juntos de esta extraña manera, seguir sobreviviendo y, finalmente, si le queda algo de energía, convertirla en afecto y cariño.

Una necesidad que se palpa en todo instante, que tensa la vivencia dentro de la pantalla y la interactuación con ella desde el patio de butacas, y que cuando se materializa, alivia y alegra tanto en un lado como en otro de la proyección. Eso es lo que hace que Los lobos esté más cerca de la emoción artística que del relato documental -aunque visualmente adopte muy eficazmente registros esporádicos de este estilo- y resulte una película muy recomendable.

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón

Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

El 12 de junio de 2015 fallecía en Gijón el padre de Rodrigo Menéndez Salmón. Después de 33 años de enfermedad, por fin descansaba. Él y los suyos, diríamos. Pero no su único descendiente, o no de la manera que podríamos suponer. Su hijo comenzó entonces un proceso de búsqueda, análisis, repaso y soliloquio mental que casi un lustro después ha dado como resultado este volumen con presunción de honestidad y sinceridad en el que lo biográfico toma forma literaria y la creación literaria se funde con las memorias personales y familiares.

No entres dócilmente en esa noche quieta no es un ajuste de cuentas ni una elegía. Tiene algo de ambas, pero sería demasiado superficial definirlo como tal. El padre es el inicio, la excusa, el motivo y el hilo conductor para que Rodrigo indague en sí mismo y descubra quién y cómo es, sus lagunas, sus faltas, sus imperfecciones y, sobre todo, sus miedos. Pero no solo los de ahora, los del hombre adulto, maduro y capaz de autogestionarse, sino también los de aquel chaval de diez años que sin tener a donde agarrarse o proyectarse, vio como su vida cambiaba bruscamente tras el infarto de su progenitor. Comenzaba entonces para él una prolongada convivencia con la muerte, presencia que se instaló en su casa de manera permanente amenazando con ejecutar su sentencia en cualquier momento.

Ese es el punto de inflexión que tal y como describe, transmite y ejemplifica con multitud de situaciones, comportamientos, reflejos y respuestas, anuló su niñez, oscureció su adolescencia y tiñó de gris y de neurosis tanto su trayectoria personal y profesional, como su manera de contemplar el mundo y de relacionarse con él.

Su hondo relato, su precisa narración y su claridad argumental traen a la luz al muchacho que creció en aquella atmósfera sin oxígeno y con aquel padre anclado por su diagnóstico médico. Al joven que después huyó de aquella figura que no respondía a lo que esperaba de ella. Al adulto que, sin acercarse en exceso, volvería sin terminar de reconocerla. Y al hombre maduro que con el tiempo, quizás tarde, quizás cuando tocaba, fue capaz de captar, entender e interiorizar las lecciones de vida que tanto la eternidad de esa situación como las luces y las sombras de su padre le habían mostrado y ofrecido.

Anclándose a símbolos y símiles literarios (como el verso de Dylan Thomas del que toma el título, Kafka o Philip Roth), cinematográficos (Interstellar, John Gielgud o Louis Malle), filosóficos (Sócrates, Spinoza, Jean Améry), musicales (Erik Satie, Nirvana, Pearl Jam) y mitológicos (Jano, la isla de Atlántida), Menéndez Salmón bucea entre sus recuerdos y vivencias. Una inmersión en la que establece conexiones nunca antes percibidas y toma conciencia de lo hasta ahora negado, obviado o evitado -y por ello confundido o malinterpretado- para, gracias al poder sanador de la escritura, darle un orden y un sentido en este valiente, desnudo y profundo ejercicio de auto descubrimiento.  

No entres dócilmente en esa noche quieta, Rodrigo Menéndez Salmón, 2020, Seix Barral.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.