Archivo de la etiqueta: Familia

Las miradas de “La revolución silenciosa”

Ese pasado doloroso al que algunos no solo no quieren mirar, sino que incluso valoran positivamente, tiene mucho que enseñarnos si queremos evitar volver a él. La libertad de expresión y de conciencia que durante un minuto ejercieron 16 estudiantes de la extinta RDA en 1956 inspira esta película precisa en su narración y directa en su intención de mostrarnos que no debemos renunciar a unos derechos humanos que nunca están suficientemente consolidados.

LaRevolucionSilenciosa.jpg

El levantamiento de los húngaros frente a las tropas de ocupación rusas en 1956 puso en jaque al sistema comunista que se instauró en la Europa del Este tras el final de la II Guerra Mundial. Los ciudadanos de Budapest reclamaban una libertad que habían perdido con la invasión nazi y que la supuesta paz posterior solo había transformado en una brutal dominación a todos los niveles (económica, ideológica, social,…). Su salida a las calles y sus muchas jornadas de lucha ocasionaron tal ruido que obligó a que la maquinaria de propaganda pro-soviética de sus países vecinos se pusiera en marcha para ocultar la realidad de lo que allí estaba ocurriendo y que desde Berlín Occidental se retransmitía con intención tanto informativa como propagandística contra el Pacto de Varsovia.

En esa frontera entre la libertad y la opresión, la verdad y la ocultación, la elección y la imposición se desarrolla la vida de 16 jóvenes y prometedores estudiantes que impulsados por la rebeldía de su edad, pero también por un innato sentido político, deciden guardar un minuto de silencio como demostración de su solidaridad y empatía con los que se han levantado en defensa de sus derechos. Un acto tan simple como ese desata la maquinaria opresiva de un régimen político que actuaba tal y como narra La revolución silenciosa, con asertiva sencillez y con paso decidido a la hora de tomar medidas sin ética alguna –chantaje, manipulación y mentira- para mantener el status quo dictado desde Moscú.

Tan implacable como aquel régimen dictatorial es la dirección de Lars Kaume, exponiendo sin exaltaciones la injusticia de sus motivaciones, dejando claras sus intenciones y mostrando la determinación de sus métodos para conseguirlo. El retrato individual y familiar que realiza de sus principales protagonistas, así como su relación y enfrentamiento con la maquinaria represora, expone sobre la pantalla un campo de batalla en el que los deseos y las expectativas personales han de hacer frente a la intimidación de las órdenes no escritas y las reglas de un sistema supuestamente legal.

Un enfoque que se ve reforzado por las muy correctas interpretaciones de todos sus actores, maestros en hacer de la contención de sus rostros y la expresividad de sus pupilas el medio a través del cual conocer la doble respuesta, la obligada y la verdadera, que en todo momento exigía y generaba la amenaza comunista. Esa decisión de centrarse en transmitir eficazmente su mensaje, más que en crear una película al uso –de hecho, la única licencia en este sentido, la relación entre el amor y la amistad entre algunos de sus personajes, es su único punto débil- es lo que hace de La revolución silenciosa un auténtico acierto cinematográfico y un título más que recomendable.

Anuncios

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta

A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia.jpg

Toda debilidad es una oportunidad si le dedicas tiempo y esfuerzo de manera adecuada. Pero también puede convertirse en el medio del que se sirvan quienes hoy te son ajenos para que se hagan dueños y señores de tu persona. Esa es una de las conclusiones a las que se llega tras llegar al final de este título en el que se nos presenta una sociedad pacata y fácilmente escandalizable, que promulga con frases grandilocuentes y escenografías de espectáculo su amor por Jesucristo. Gestos tras los que intentar ocultar pasados de exceso y anestesiar presentes de impulsos primarios.

Basta con abrir las páginas de cualquier periódico o hacer zapping entre informativos televisivos para comprobar que lo que Perrotta narra no es exclusivo de un barrio de clase media de una ciudad de EE.UU. Ocurre incluso en nuestras coordenadas patrias. Promulgar una vida sexual basada en decisiones libres, seguras y consensuadas o considerar la religión única y exclusivamente como un ámbito privado y no como un sistema de organización colectiva, sigue levantando ampollas en buena parte de nuestros conciudadanos, además de actuaciones fiscalizadores de algunas de nuestras instituciones y representantes públicos.

Lecciones de abstinencia resulta creíble por tomar como puntos de cruce de su relato la educación y la familia. La primera como el ámbito desde el que se transmiten valores y principios de actuación, promoviendo y dictando unos comportamientos y hábitos muy determinados, casi autómatas. A priori algo positivo, pero que resulta profundamente negativo cuando se convierte en manipulación negando realidades –incluso evidencias científicas como la evolución de las especies- y expulsando del mapa social a todos aquellos que no se atienen a sus mandamientos (rezar en público, prohibición de beber alcohol,…).

El segundo campo es aún más delicado. A lo largo de sus páginas se muestra una diversidad de modelos de familia que resulta de lo más cotidiano. Primeras nupcias, divorciados, vueltos a casar, parejas gays, hijos en custodia exclusiva o compartida, regímenes de visitas, hermanos y hermanastros,… Una natural heterogeneidad que se da de bruces contra el altavoz predicador de determinadas comunidades y corrientes eclesiásticas del modelo de marido y padre líder, mujer y esposa sumisa, e hijos de sonrisa perfecta y gran fotogenia.

Una imagen que resulta más la rígida encarnación de un dogma que la manifestación real de unas creencias y unas personalidades. Tal y como Perrotta expone a través de las situaciones que describe y de los finos diálogos que hilvana con profusión, una foto impostada resultado de la falta de valores y de autocrítica de la sociedad norteamericana, bandera por excelencia del neoliberalismo capitalista. El resultado, un amplio sector de la población del país más poderoso del planeta que no sabe posicionarse ante la vida ni tener un proyecto propio ni en el plano personal ni en el social, ni en el individual ni en el familiar, y al que la ignorancia y la incultura le llevan a esta despiadada forma de incivismo.

“La ternura”, comedia y amor

¡Bravo! Todo el público en pie al acabar la función, aplaudiendo a rabiar y sonriendo llenos de felicidad, con la sensación de haber visto teatro clásico, pero con la frescura y el dinamismo de los autores más actuales. Una historia cómica que juega con los roles de género y parte de la eterna dicotomía entre hombres y mujeres para exponer con sumo acierto lo que supone el amor, lo que nos entrega y nos exige.

LaTernura.jpg

Los hombres vienen de Martes y las mujeres de Venus reza un dicho que se ha convertido en el título de un libro que seguro lleva ya muchas tiradas. El tema da supuestamente para mucho, aunque suele hacerse mediante topicos y clichés que cansan y agotan por su simpleza y banalidad. Algo que está a miles de kilómetros de la propuesta de Alfredo Sanzol. Él no convierte estas cuestiones en un enfrentamiento entre opuestos sino que los utiliza como recursos creativos para construir un discurso que tiene tanto de prosa recurrente como de lirismo en la expresión que adopta para ambientarlo en 1588.

La ternura es una carcajada sin fin. Su objetivo es que sus espectadores se rían con ella de la misma manera que su texto se ríe de sí mismo. Lo hace con tal claridad que no necesita recurrir a una elaboración argumental que conlleve la ironía o la sátira, su logro está en conseguirlo manejando única y exclusivamente con suma belleza las muchas variantes del lenguaje (vocabulario profuso, sintaxis de modos clásicos) y de la expresión oral (ritmo, entonación).

La sencillez de su planteamiento argumental –el encuentro en una isla desierta entre el hombre y sus dos hijos que la habitan con tres náufragos, una mujer y sus dos hijas vestidas como soldados para evitar mostrar su femineidad- podría ser un vacío minimalista en manos de otro elenco. Pero la extraordinaria elocuencia verbal, riqueza gestual y sobresaliente expresividad corporal de los seis intérpretes de este montaje lo convierten en un espacio mágico en el que no paran de suceder acontecimientos en toda clase de rincones (playas, cuevas, montañas, ¡hasta un volcán!).  Un lugar en el que las dos familias que inicialmente se excluyen por sus prevenciones ante lo desconocido comenzarán a comunicarse racionalmente, dando paso a medida que surjan la sensaciones personales, a relacionarse emocionalmente.

Una huida hacia adelante y un viaje sin posibilidad de marcha atrás en el que vemos cómo los prejuicios son disfraces de la inexperiencia y corazas defensivas de la inseguridad. Enredos de vodevil en los que se juega con la identidad sexual, confrontando los impulsos con la educación aprendida, planteándole al espectador actual el debate de si la orientación es algo genético o ambiental.  Pero de lo que se trata en todo momento es de lo que nos une. Por un lado, la lealtad a la familia, que nos dio la vida, nos protege y nos respalda. Por otro, el impulso, la atracción y el deseo de compromiso que puede nacer en cada uno de nosotros por alguien que aparezca de repente en nuestro presente. Y también, cómo no, como ambas dimensiones son capaces de convivir.

La ternura es una oda al amor y al teatro universal, a Shakespeare, a ese que siempre apela a nuestra identidad. Un texto fantástico de Alfredo Sanzol que dirigido por él resulta redondo. Ojalá haya más oportunidades de seguir viéndolo representado.

La ternura, en el Teatro de la Abadía (Madrid).

“Lorca, el poeta y su pueblo” de Arturo Barea

El autor de “La forja de un rebelde” acercaba en 1944 la figura de Lorca a sus lectores ingleses a través de este conjunto de conferencias que hasta ahora nunca antes se había editado en España. Un ensayo que disecciona las claves que hacen del granadino una figura única de la literatura española y que supone también una muestra del buen saber hacer narrativo y de la capacidad de análisis y síntesis de su autor.

Lorca_ArturoBarea.jpg

La Guerra Civil mató a Federico y empujó a Arturo al exilio. Ambos se vieron en el punto de mira de los nacionales por su dominio de la palabra y su defensa de la libertad de expresión. Aunque no se llegaron a encontrar nunca en persona, Barea fue un profundo conocedor y admirador de García Lorca, tal y como demuestra este volumen en el que disecciona con suma precisión –a través de una muy cuidadosa selección de versos, diálogos y parlamentos – su obra, estilo e impronta universal –sin dejar de ser profundamente español- en base a cuatro pilares (pueblo, sexo, muerte y arte).

Al contrario de lo que pudiera parecer, el escritor del Romancero gitano o del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías fue profundamente intelectual, un innovador constructor de versos a la manera de su admirado Góngora, pero fue más allá de esa habilidad para centrarse en lo que para él era importante, en reflejar los sentimientos y las emociones. Esa autoridad y capacidad para llegar, agitar y conmover a todos los públicos, tanto a los formados como a los que no sabían siquiera leer, fue lo que le hizo tan reconocido. Su empatía a la hora de ejercer de altavoz del sentir popular, de ensalzar poéticamente los valores, conceptos y expresiones del común de sus conciudadanos –de su identidad, en definitiva- hizo que los incultos y los iletrados se sintieran valorados y reivindicados. Un logro que consiguió también con su exitosa dirección de La Barraca, trasladando ante este tipo de espectadores el mensaje de autores clásicos como Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina.

El nacido en Fuentevaqueros describió y dio voz, tanto en su poesía como en su teatro, a un  profundo universo etnográfico, social y cultural como nadie había hecho hasta entonces y como ninguno de sus compañeros de la generación del 27 supo hacer. He ahí dramaturgias como Mariana Pineda, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba o Yerma en las que sus espectadores y lectores podían ver cómo sus personajes pensaban y actuaban igual que ellos en temas como el honor, la maternidad, el amor o la familia. En sus tramas no se exagera ni se banaliza, no se altera ni se vacía de su esencia el papel y los significados que para la sociedad de su tiempo tenían cuestiones como la muerte o el sexo, así como las jerarquías que había tanto entre hombres y mujeres como entre padres e hijos.

Esta es la clave que según Barea hizo que Lorca fuera considerado revolucionario y peligroso por los que se negaban al cambio y a la evolución. Por su genio para hacer que los hasta entonces no considerados se empoderaran, sintiéndose orgullosos de quiénes eran.

“La geometría del trigo” de Alberto Conejero

Un viaje a los orígenes, a la búsqueda del encuentro, a la necesidad de comprender, a la imposibilidad de ir en contra de las leyes de la vida. Un texto que aúna toma de conciencia, necesidad de desnudarse, anhelo de intimidad, luz y desconcierto en el diálogo y confrontación entre sus personajes a lo largo del tiempo. Una propuesta teatral en la que sus anotaciones escenográficas amplifican la intensidad de sus parlamentos, creando y transmitiendo una atmósfera tan sugerente como cautivadora.  

LaGeometriaDelTrigo.JPG

En su nueva dramaturgia Conejero plantea de manera precisa varias dimensiones que se simultanean, el ahora y el hace tres décadas, el Jaén rural y la cosmopolita Barcelona, la comunicación en castellano con acento andaluz y francés o en catalán. Entre todas ellas, una coordenadas que queda claro que no son solo geográficas, sino también identitarias, hasta las que algunos se trasladan al sentirse o verse demandados por ellas, o de las que desean huir por no ser capaces de soportar la verdad que alberga sobre ellos.

La geometría del trigo expone con gran claridad la complejidad de una realidad solo apta para los valientes dispuestos a asumir que hay algo más grande que uno mismo, que la vida y el amor no son algo sobre lo que decidimos libremente desde nuestra absolutista individualidad, sino que son también corrientes que ejercen su fuerza sobre nosotros. Una influencia a la que nos podemos negar, pero esa huida generará unos efectos secundarios que sufriremos nosotros y los que vengan detrás de nosotros. Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos hasta que no se recomponga ese equilibrio que no quisimos o no supimos asumir y que pasa por romper la dictadura del silencio y acabar con el inmovilismo de las costumbres.

A pesar del dramatismo que se esconde siempre tras el dolor, el que habita cada una de las escenas de esta geometría no tiene nada de sórdido en su origen ni de narcisista en su prórroga. Es un pesar que las estructura de manera muy solvente, llevándonos desde sus consecuencias más actuales hasta su nacimiento para descubrir que alberga el deseo de su fin. Un punto de inflexión cuya consecución implicaría dejar paso a una satisfacción –tanto personal como compartida- que acabe con su invisible sombra y la liberación de esa fuerza ahora atada con la que afrontar la vida con ilusión renovada.

En el apartado formal, destacar que la profundidad humana de esta constelación familiar se ve fielmente reflejada en las anotaciones con las que Alberto propone una escenografía que amplifique la narración y el lirismo de su historia. He ahí la imagen de Joan y de su madre haciendo la maleta con los mismos movimientos físicos y bajo un similar estado de ánimo. El escenario que encadena tiempos y localizaciones diferentes, o su ocupación por bandadas de pájaros o tormentas de hojas y polvo de arcilla alegorizan y esencian la herida abierta de esa intimidad de la que nos hace ser testigos. Anotaciones que tienen tanto de descripción argumental como de guía para la puesta en escena de este texto.

Ahora solo queda esperar que ese momento llegue y ver si la adaptación tiene la misma calidad que montajes de obras de su autor como la reciente Los días de la nieve o anteriores como La piedra oscura o Cliff.

“Hermana mía, mi amor” de Joyce Carol Oates

La aparición del cuerpo de una niña de seis años, brutalmente asesinada, en la casa en la que reside es el punto de inflexión en torno al cual se desarrolla la desestructurada vida de los Rampike. Un antes y un después de esquizofrenia, bipolaridad, paranoias y demás desórdenes psicológicos de una familia a través de una prosa que, además de narrarnos su historia, contagia su asfixiante y desquiciante neurosis.

HermanaMiaMiAmor.jpg

EE.UU., la nación más poderosa del planeta, es también el país en el que lo peor y lo mejor pueden ir de la mano de la manera más cotidiana. Biss Rampike es un claro ejemplo de ello, admirado directivo de una multinacional de la ingeniería genética, es también el padre de una pequeña que aparece amordazada y golpeada hasta morir en el cuarto de calderas de su propio hogar. Una niña entrenada –que no educada- desde los cuatro años para triunfar como patinadora por una madre y esposa obsesionada hasta el extremo por ser aceptada socialmente y casada con un hombre que no solo la ignora, sino que también le es infiel. Un matrimonio que solo es tal de cara a la galería, en el que no hay afecto, respeto ni comunicación y cuya principal víctima son unos hijos, Skyler y Bliss, concebidos únicamente por sus progenitores para proyectar sobre ellos sus frustraciones.

Así, y valiéndose del disfraz del amor, padre y madre abusan de ambos de todas las maneras posibles, tanto psicológicamente (imposición, manipulación, desprecio, silencio) como físicamente (regímenes alimenticios, médicos y estéticos). Un programa educativo que a sus seis años había convertido a su primogénito en un niño no solo profundamente retraído, sino también minusválido físico; misma edad a la que, tres años después, Bliss fue asesinada en su residencia tras dos años ocupando numerosas páginas y minutos de medios de comunicación como reina del patinaje infantil.

Una ficción basada en hechos reales ocurridos en 1996 en el estado de New Jersey que Joyce Carol Oates relata con una distancia temporal de una década para contarnos no solo cómo se vivió el horror de aquel infanticidio, sino también el iceberg familiar que se encontraba bajo él, así como la posterior adolescencia de desconcierto y debacle psiquiátrica de Skyler.  Un entorno que sirve también para mostrar una completa y bien detallada versión de parte de la sociedad norteamericana, esa que vota republicano y acude hipócritamente a la Iglesia, que es clasista, moralista, individualista y practica un capitalismo caníbal y alienante.

El punto de vista del que Carol Oates se sirve es el de ese niño de ojos grandes, gesto agrio y nada fotogénico que intenta comprender, sin disponer para ello de la guía de sus mayores, qué sucede a su alrededor. A través de él nos integramos en una realidad donde todo parece perturbado, sucio y enfermo, tanto que da la impresión de contagiar la redacción de su creadora. Su estilo resulta obsesivo, por momentos desquiciante, haciendo que su lector se sienta confundido, casi asfixiado, más que conducido en una dirección concreta. Al final todo tiene un sentido que lo engrandece cuando se descubre, pero hasta llegar a ese punto, el camino literario se hace en ocasiones arduo y costoso.

“Custodia compartida”

El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

CustodiaCompartida.jpg

En la primera secuencia la juez escucha los motivos que Miriam y Antoine exponen para pedir la custodia exclusiva y compartida, respectivamente, de sus hijos. La precisión del guión deja claro que él es alguien violento, se puede intuir que maltratador. De ella no queda claro si ha tomado medidas tajantes para sobrevivir o si se está aprovechando de la situación y utilizando a sus vástagos en beneficio propio.

Una vez expuesto el punto de partida, Custodia compartida profundiza en la situación presentando a Julien y Joséphine, los dos menores implicados y destinados a ser intermediarios, no solo entre sus padres, sino entre los espectadores y los acontecimientos que se desarrollen en la pantalla. Él tiene once años y ella está a punto de ser mayor de edad, con lo que queda fuera de la ecuación judicial, haciendo que el mapa familiar resulte más complejo y nuestra atención deba atender a distintos focos, haciendo así que la incertidumbre inicial derive en una sensación de intranquilidad.

El niño se materializa entonces como la persona protegida por la madre y demandado por el padre cuando comienza el régimen de visitas. Momento a partir del cual Xavier Legrand deja de tratar esta situación como si fuera alguien externo y se introduce en ella, desvelando con sumo detalle la psicología de sus personajes y sirviéndose del dictado de sus emociones, requerimientos y respuestas para construir un tiempo narrativo absolutamente veraz que eleva la atmósfera de la proyección a la categoría de desasosiego.

Lo que nos cuenta esta película podría ser una de esas realidades ante las que la decisión de retirar la mirada inicia una elipsis temporal que acaba en un titular en las páginas de sucesos. Pero su guionista y director no se conforma con apelar a lo que es justo e injusto, no dramatiza innecesariamente los acontecimientos ni hace de ellos un espectáculo cinematográfico, sino que nos hace entender la complejidad de estos escenarios, qué elementos forman parte de ellos –he ahí la inclusión de los padres de ambos divorciados-, qué tipo de situaciones provocan y a qué pueden dar lugar.

Sus secuencias no nos trasladan episodios aislados de una historia que se podría estructurar por capítulos, sino que muy eficazmente hace evolucionar estas construcciones narrativas hasta convertirlas en una nebulosa de ansiedad y gran potencial destructivo, cada vez más cargada, en la que quedamos atrapados. Llegados a este punto la dirección de Legrand adquiere cotas sobresalientes con escenas como la de la fiesta en que apenas escuchamos los diálogos entre los asistentes, o el posterior y largo plano secuencia de dos de sus personajes inmersos en la quietud del silencio nocturno.