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“Ilusiones” etéreas

La historia de dos parejas contada por cuatro actores que ejercen tan bien de intérpretes como de narradores. Más de medio siglo de matrimonio y amistad, de evolución del amor en todas sus formas y variantes, de la diferencia entre lo que sucedió y lo que pudo haber ocurrido. Una rica puesta en escena de aires cabareteros de un texto que engancha en el arranque de cada una de sus escenas, pero cuyo espíritu naif se apaga antes de que concluyan.

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El hecho de que Dani, Sandra, Margarita y Alberto sean interpretados por todos los actores, al tiempo que ellos mismos se alternan para complementarlos en tercera persona como narradores, le da a la representación de sus 50 años de amistad y matrimonios un gran dinamismo. Es innegable la fuerza que tienen los puntos de chanza, los insertos musicales y los instantes coreografiados, gags en los que estas Ilusiones se contagian de la vitalidad y plenitud que nos cuenta su argumento principal, cómo sentimos, percibimos y vivimos el amor –tanto en el plano de la realidad como en el de la imaginación y los castillos de naipes- según el momento de nuestra biografía en el que nos encontremos.

Muy buenas intenciones que este modesto espectador vivió como un continuo arrancar el coche y sentir que su motor se calaba antes de que consolide su velocidad. La sencillez de su mensaje y la transparencia con que es expuesto acaba convertida en cada escena en una propuesta minimalista, en algo etéreo que se disuelve, que no permanece y que, aunque no se esfume completamente, no se concreta en nada que nos permita saber qué se nos quiere contar exactamente o hacia dónde se nos lleva y para qué.

Quizás sea porque el papel da a las palabras una solidez que puede no verse materializada después cuando son verbalizadas. En el medio impreso no hay más elementos que la tinta y el lector, mientras que en el segundo están la voz del intérprete, la entonación que le ha dictado su director, la atmósfera recreada en que se proyectan,… En este sentido, es probable que mientras la pieza de Ivan Viripaev funciona per se por la intimidad que destila y sus buenas dosis de comedia y sus apuntes dramáticos, en el escenario, sobre las tablas del Pavón, la historia por él escrita se dispersa y no llega a calar en todas las butacas.

Por otro lado, en una obra coral como esta, lo que esperamos de los miembros de su elenco puede verse afectado por el conocimiento previo que tenemos de ellos. Así, y frente al mediatismo cinematográfico que evocan Marta Etura y Daniel Grao –a pesar de que este sea tan o más asiduo de la cartelera teatral, he ahí La piedra oscura con la que giró hasta hace algo más de un año y la reciente Los universos paralelos– y su correcto trabajo, Alejandro Jato y Verónica Ronda despliegan una excepcional versatilidad. Un alarde de minuciosidad con el que dejan claro que su capacidad interpretativa –tanto técnica como innata- va más allá de las posibilidades que les ofrecen este texto teatral y la propuesta que Miguel del Arco ha elaborado a partir de él.

Ilusiones, en El Pavón-Teatro Kamikaze (Madrid).

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“El tratamiento”

Cada día de función es un día de estreno en el que convergen 40 años de biografía y la ilusión de dedicarse al cine. Un arte que para Martín constituye el lenguaje a través del cual expresa sus obsesiones y emociones y se relaciona con el mundo acelerado, salvaje y neurótico en que vivimos. Hora y media de humor y comedia, de drama e intimidad, de fluidez y ritmo, de diálogos ágiles y actores excelentes.

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Con la representación ya avanzada Martín coincide en una boda con una mujer que le dice que su vida da para un guión. La loca verborrea con que Ana Alonso adjetiva, narra y secuencia las mil y una etapas por las que ha pasado y que según ella son material de primera para filmar una gran película, resumen una parte de lo que es El tratamiento. Un punto medio entre la sátira y el chiste inteligente sobre cómo viven los guionistas su profesión dentro del amplio mundo del cine. Menospreciados por la ignorancia del público, instrumentalizados por los intereses de los productores y manipulados por los directores y actores que necesitan de sus historias y palabras.

Otro de esos momentos mágicos de este montaje es el que origina una fantástica Bárbara Lennie encarnando a Cloe, una presencia femenina constante en la vida de Martín. Unas veces en persona, otras en espíritu. En ocasiones, incluso, de ambas maneras, como cuando se encuentran después de mucho tiempo en un balneario y el silencio que les rodea y en el que se comunican es tan brillante y mullido como los albornoces con que se cubren. Una escena en la que la atmósfera se llena con la fascinante inmovilidad de ambos, las medias sonrisas y las breves miradas que se lanzan cuando dejan de observar la nada y se dedican frases cortas pero llenas de significado sobre lo que les unió y lo que aún sigue habiendo entre ellos a pesar de que ya nada sea igual.

Dos capítulos de los muchos de la biografía de su protagonista, encarnado por un excelente Francesco Carril, en los que se introduce Pablo Remón (soberbio guionista de No sé decir adiós) para hacernos ver que o nos adaptamos a la realidad o esta nos expulsa. En lo personal nos hace transitar con una sonrisa fresca por la infancia y la madurez, el amor y el abandono, la pérdida y la ilusión, el presente y los recuerdos. Cuando se adentra en lo laboral surgen las carcajadas al mostrarnos los múltiples escollos con que se encuentran la creatividad y la expresividad a la hora de intentar encontrar su sitio en el complejo mundo de la producción cinematográfica.

La academia de escritura de guión en la que estudia un versátil Emilio Tomé es un vendaval de sorna y parodia, las oficinas de la productora resultan ácidas y sarcásticas y el director que encarna Francisco Reyes -junto a otros personajes, al igual que el resto del elenco- no puede ser más desternillante. Las menciones a la Guerra Civil y al género de la ciencia ficción son un auténtico delirio, un soplo de aire fresco en los tiempos de corrección y papanatería política que vivimos. Viva El tratamiento, viva el teatro –como lenguaje, como arte, como espectáculo, como entretenimiento- y viva el humor.

El tratamiento, en El Pavón. Teatro Kamikaze (Madrid).

“Iphigenia en Vallecas”

María Hervás se hace dueña y señora del escenario a lo largo de la hora y media de representación de este descarnado monólogo. Un texto que comienza haciéndonos reír de su personaje para tras dejar atrás su fachada de chonismo e incultura, lograr que comprendamos sus intenciones, empaticemos con sus emociones y finalmente hacer que nos cueste mantenerle la mirada ante la dura realidad que nos muestra.  

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Iphigenia es un personaje clásico que Gary Owen hizo actual hace apenas unos años. Esta mujer cuenta con un alter ego vallecano que se deja ver en el ambigú del Teatro Pavón. En sus primeros minutos no queda claro si es un personaje teatral o alguien que podría haber participado en Hermano mayor, el programa televisivo dedicado a jóvenes conflictivos enfadados con el mundo, o luciendo leggings, ombligo y top en el también catódico Mujeres, hombres y viceversa. Ese es el anzuelo con el que desde la comodidad de la butaca contemplamos lo que se nos narra desde el escenario y nos reímos desde la lejanía que imponen los prejuicios de esta muchacha maleducada, grosera e impertinente.

No trabaja, no estudia y sus relaciones afectivas y sexuales tienen mucho impulso y poca cabeza. Así le va, podríamos decir. El histrionismo, la jocosidad y la verborrea procaz de Iphigenia junto a la expresiva voz de María Hervás y su flexible lenguaje corporal se combinan para mostrar con absoluta desnudez lo que es esta joven. Una persona sin más visión que el corto plazo, buscando siempre evadirse del presente y cuyo anhelo es, aparentemente, satisfacer sus necesidades materiales –techo y comida- y sociales –compañía- básicas.

Ahí es donde se produce el punto de inflexión en el que Iphigenia en Vallecas se afianza como un texto inteligente a partir del cual María pasa de hacer una muy buena interpretación a un trabajo soberbio (como ya lo hiciera en su día en Confesiones a Alá). Sin olvidar de dónde vienen, libreto y actriz convierten al que hasta entonces era un público condescendiente, en una comunidad que es testigo en primer plano de las tristezas y miserias de un ser humano que tiene los mismos conflictos, sufrimientos y sueños que cualquier otro.

La diferencia está en que en sus coordenadas de barrio pobre las esperanzas y las ilusiones rara vez se han materializado y cuando lo han hecho, ha sido con la fragilidad que dejan ver su profunda, directa y penetrante mirada. Es entonces cuando los espectadores traspasan el filtro del alcohol, los chicles, los tacos y el desorden y acceden al amplio terreno de las sensaciones, las emociones y los afectos. Un territorio frágil, de cristal, quebradizo, pero al tiempo profundamente delicado, deseoso de ser habitado, de dar acogida.

Una dimensión que las instituciones de nuestra sociedad ignoran a aquellos sin recursos materiales o que no practican unas determinadas formas de protocolo social, a esos a los que se deja en los márgenes del estado del bienestar y a los que no les queda otra que replegarse y endurecerse para sobrevivir. La representación de Iphigenia no deja en ningún momento de ser un retrato personal, pero llegado este momento es también una propuesta política que no indica valores o principios, sino que muestra hechos objetivos y consecuencias perdurables, heridas y cicatrices que demuestran que la realidad es mucho más de lo que vemos.

Es imposible no salir de la representación sin pensar, meditar o debatir sobre la interrogante que lanza al aire una María de ojos vidriosos, nariz moqueante y cuerpo encogido, que sigue resonando tras apagarse los focos, ¿qué va a pasar cuando ya no podamos soportar más?

Iphigenia en Vallecas, en El Pavón-Teatro Kamikaze (Madrid).

“El amante”

Diez años de matrimonio son algo digno de celebración y si es con aficionados al teatro como acompañantes, ganas de fiestas no van a faltar. El otro lado de la sonrisa vendrá después, cuando tras las cervezas y los canapés se deje el ambigú del Teatro Pavón y se baje al patio de butacas para permitir que los espectadores asistan a la desconocida y privada intimidad de la pareja homenajeada. Una propuesta diferente, un montaje y dirección que van más allá de las palabras de Harold Pinter para mostrar exitosamente las oscuridades y los desequilibrios sobre los que se sustenta la experiencia del amor.

ElAmante

La pregunta no es si teniendo pareja has fantaseado con tener un amante o lo has tenido. La verdadera interrogante es si lo has integrado en tu vida junto con el resto de tus relaciones. Esto incluye, por supuesto, a ese o esa con el que duermes cada noche, con el que pagas a medias una una hipoteca y con el que has asumido el compromiso de quereros y cuidaros en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Por supuesto que es solo sexo, pero también es tiempo, energía e imaginación que, no es únicamente que te lo dediques a ti, sino que también es espacio que le niegas a él o a ella.

Y si tú lo haces y él o ella también, ¿perfecto porque así entonces queda todo equilibrado? ¿Os justificáis y excusáis el uno al otro? Y si, ya trasladados a un escenario teatral y puestos a representar juegos y entelequias, el papel del amante lo encarna también el actor encargado de ser el cuerpo, la cara y la voz del marido, ¿estamos viendo a un intérprete en un doble papel o a un hombre encarnando una ficción? Este es el inteligente y simultáneo juego sórdido que propone el texto de Harold Pinter. Uno que te induce a reflexionar a golpe de mecanismo de identificación y proyección, y otro que te condena a formar parte de algo que no sabes si es la realidad que quizás te gustaría vivir, pero en la que tampoco tienes claro quién eres.

Diálogos que se hacen aún más potentes con la atmósfera creada por Nacho Aldeguer en su adaptación y que va más allá de la escenografía e iluminación con que se recrea el hogar del matrimonio formado por Verónica Echegui y Daniel Pérez Prada. Previamente Alex González nos ha integrado como divertido maestro de ceremonias, vía cocktail festivo –cerveza fresca, sabrosos canapés y rico cocktail de ron-, en su círculo de amigos y familia, haciéndonos partícipes de la consolidación de su historia tras toda una década juntos. Pero cuando el ejercicio social se acaba, las sonrisas se relajan y los personajes que somos ante los demás se retiran a descansar, comienza esa otra cara de la que solo podemos ser testigos gracias al teatro.

Tras ese logrado arranque, personajes y espectadores descendemos al territorio y al espectáculo de lo nunca compartido, a lo solo mostrado a aquel junto al que dormimos y a lo que él o ella ve de nosotros sin que seamos siquiera conscientes de nuestras peculiaridades. Una total y brutal inmersión en ese espacio en el que el amor se debate entre los convencionalismos y la innovación, lo visceral y los impulsos primarios se combinan con la inteligencia y lo racional. Unas veces para equivocadamente intentar complementarse y aportarse mutuamente, pero otras para herirse y castigar al otro como manera de evitarse, provocando con ello la destrucción conjunta.

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El amante, en el Teatro Pavón-Kamikaze (Madrid).

“Antígona” es brutal

Un texto clásico, una iluminación barroca y un mensaje actual, universal, eterno, siempre presente. Un bucle sin fin que comienza con la resaca del conflicto, sigue con la tensión de la defensa de la ley y concluye con la paradoja del ejercicio del poder. Un elenco en el que todos los actores brillan con su quietud cada vez que intervienen y cuando coordinan sus movimientos hacen casi estallar el escenario.

Antigona

El claroscuro recuerda siempre a Caravaggio, es inevitable pensar que se masca una tragedia, que algo tremendo está a punto de ocurrir o ser anunciado, algo sin marcha atrás o sin posibilidad de enmienda. Lo que se van a presentar son hechos consumados, no hay fuerza que pueda cambiar el destino, sea este un camino ya pasado que pesa como una losa o uno por trazar que angustia casi hasta la asfixia. Con esta iluminación y este inquietante presentimiento es como se inicia la Antígona de Sófocles adaptada por Miguel del Arco que acoge el Teatro Pavón.

Creonte, todo fuerza y mando, se niega a enterrar al hombre que dirigió una rebelión para retirarle del poder. Quiere que su cadáver esté presente, intocable y a la vista de todos como muestra de que nada ni nadie debe poner en duda su autoridad. Una rectitud y frialdad que resulta más propia de alguien despótico que de un gobernante, de quien busca perpetuarse y distanciarse de sus súbditos en lugar de mediar equilibradamente entre ellos. Semejante liderazgo -que no deja espacio para la empatía, no entiende de emociones y no permite los afectos- es encarnado por una Carmen Machi brutal, dueña y señora del escenario, con una mirada de acero y una presencia pétrea que se hace aún más rígida cuando se enfrenta a Antígona.

Ella es Manuela Paso, herida, pero dura y resiliente, la hermana del muerto, la cara de la derrota, la humanidad de los vencidos que pide también ser considerada, escuchada y entendida. Sin embargo, es tomada como oportunidad de ejercer una justicia que tiene más de revancha que de ley equitativa. El destino hará que ella sea la punta de lanza por la que Creonte se vea obligado a enfrentarse a su corazón, encarnado en el amor que profesa por su hijo, convirtiéndose en víctima de su absolutismo.

Utilizados por el primero y acosando a la segunda se encuentran un grupo de ciudadanos que son una masa perfectamente coordinada, una explosión de ritmo a base de palabras y movimiento que dejan ver sobre el escenario, de manera tan anárquica y visceral como lógica y coreografiada, mil matices diferentes. Desde la incertidumbre y el miedo a la obediencia y el acatamiento, desde el recelo y la desconfianza a la lucha y la desesperanza. Pinceladas que se perciben como una sucesión de fogonazos que llenan la escena de la complejidad que tienen la convivencia y la difícil consecución del equilibrio entre el grupo y el individuo, entre la razón y el corazón, entre el gobernante y sus gobernados.

Antígona, en el Teatro Pavón (Madrid).