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10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns

El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

Susana Sánchez es profesora de secundaria. Un día llegó a la conclusión de que quizás un tío abuelo suyo fue una de las personas que acabó con la vida de un antecesor de uno de sus alumnos. Y lo explicitó en el aula. La clase rugió cual jauría. El chaval respondió con sensatez, dejando la pérdida en el pasado y honrando desde el presente a quien allí se quedó. Ahí Susana vio confirmado lo que ya sentía hilvanando los relatos, las anécdotas y los silencios que había escuchado y sentido en su familia desde siempre. Inició entonces una investigación por archivos y bibliotecas con escaso éxito documental y una recogida de testimonios orales por pueblos vecinos en la que se percató de quiebros verbales tan elocuentes como significativos.

Dicen es una novela, un poemario, un ensayo práctico sobre lo que es la memoria historia e, incluso, una sucesión de parlamentos teatrales, resultado de esa búsqueda y todas las vivencias asociadas a la misma. Entregas breves, episodios cortos, capítulos de apenas unas líneas que más allá de la narración que los articula, conforman un fresco -localizado en la provincia de Pontevedra- sobre lo que supuso la Guerra Civil. Los conflictos ocultos que sacó a la luz, el uso de la fuerza bruta para imponerse sobre familiares, amigos o vecinos, los asesinatos, robos y humillaciones sin pudor ni piedad, el régimen de terror que se impuso durante la dictadura posterior y que no solo tiñó de sangre y miedo el presente, sino que moldeó un futuro de pánico, sospecha y parálisis.

La claridad de su expresión y la sencillez y oralidad de su retórica, hacen que la escritura de Susana resulte tan rotunda como absoluta en su objetivo emocional. Están los hechos, sí, y los datos, también, todos esos que ella encontró en forma de vacíos, huecos y ausencias, y que cuando sí aparecen pueden haber sido modificados, falseados o hasta cambiados totalmente. Pero lo que perdura es lo que se respira entre sus líneas y busca salir por el resquicio que queda entre letra y letra impresa, lo que provocó que, aún décadas después, muchos de los que el destino colocó en el lado de los vencidos siguieran callando y evitando.

Lo que Dicen hace es recoger con humildad esa necesidad de expresar lo que pasó. Lo articula literariamente con sumo cuidado, situándose lo más cerca posible de las heridas y las cicatrices de sus protagonistas. Y lo transmite con sumo respeto, dejando claro que ayer no es hoy, pero que cómo somos y nos relacionamos hoy es resultado del ayer. Una manera diferente a la que han aplicado otras autoras (como Gema Nieto en Haz memoria o Almudena Grandes en sus Episodios de una guerra interminable), pero al igual que ellas, haciendo que su sensibilidad y humanismo sea aún más grande que su investigación histórica y su excelencia literaria.

Dicen, Susana Sánchez Aríns, 2015, Editorial De conatus.

“La trinchera infinita”

Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía.  Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

Desde 1936 hasta 1969, desde la barbarie de un alzamiento que arrasó con todo el que no acatara ni encarnara lo nuevos principios hasta la consolidación de un régimen que se erigió -gracias a su rodillo fascista y nacionalcatólico- en adalid de la justicia y la moral. Más de tres décadas de evolución de España, de la asfixia a la que se vieron sometidos los perdedores que no consiguieron huir, sintetizadas con sumo acierto en una película que hace de cada espectador un testigo tan privilegiado de la especial relación e historia de supervivencia de Higinio y Rosa como, al igual que ellos, un condenado al silencio y el ostracismo.

La trinchera infinita nos lleva desde el desconcierto, la ansiedad y el pánico inicial, al miedo, la angustia y la desesperación posterior para tras la apatía, la pasividad y el desasosiego siguiente desembocar en una interrogante, una incertidumbre y un anhelo que no son solo propios de ese momento, sino también acumulativos de lo visto, escuchado y sentido con anterioridad. Así pasan los años en la pantalla y en las vidas de un concejal republicano declarado prófugo y escondido en su propia casa, y de su mujer, una joven mancillada, vigilada y siempre coaccionada por el caciquismo de una dictadura que primero se valió de la fuerza bruta, después de las ilusiones del materialismo y posteriormente de las posibilidades del capitalismo para asegurarse el control y la servidumbre de sus ciudadanos.

Todo ello materializado en imágenes, sonidos y emociones que los también directores de Loreak y Handia construyen de manera casi artesanal, haciendo que cada elemento sea el preciso, que queden perfectamente combinados y secuenciados provocando un resultado sublime, excelso. Ese que deja huella simultánea tanto en la mente (la narración de la sinrazón) y el corazón (la exposición del sufrimiento), como en el estómago (el relato de la injusticia).

Como soporte un guión que en ningún momento elude sus estrecheces -la cámara y la casa en la que permaneció Higinio encerrado- pero que convierte su dificultad en virtud, manejando con sobriedad los límites físicos de su reducido y subjetivo punto de vista y alternándolo equilibradamente con la vivencia de su psique. Una escritura que integra la evolución conjunta e individual, unas veces complementaria otras distanciada, de la pareja protagonista, y las vías de comunicación, relación e influencia entre la seguridad del lugar de auto encarcelamiento, la protección de la casa-prisión y la potencial amenaza, siempre presente, del exterior.

Una alerta que dentro y fuera de la pantalla se vive con los mil ojos, sensores cutáneos y perceptores mentales con que Antonio de la Torre y Belen Cuesta les encarnan. Dos interpretaciones entregadas, redondas, perfectas en su misión y objetivo, llenar la pantalla de lo que les ocurre y de la naturalidad y la esquizofrenia, a partes iguales, con que lo viven. Pero al tiempo, por su propio saber hacer y por el de sus directores, no abarcan el total de la proyección, sino que dejan espacio para la invisibilidad del horror cotidiano en el que se vieron sumidos todos los arrasados por la máquina de guerra del franquismo entre 1936 y 1975.  

“Mientras dure la guerra”, ejercicio de memoria histórica

Amenábar construye un relato sobrio y muy planteado sobre la peculiar manera de ser y las múltiples aristas del pensamiento de Miguel de Unamuno. A la par muestra los primeros efectos del alzamiento nacional y relata los movimientos dados por Francisco Franco en el verano de 1936 para erigirse como Caudillo de España por la Gracia de Dios. Un guión excelente, una dirección acorde y unos actores espléndidos en una película que no se casa con nadie.

Probablemente el rostro, los ademanes y la manera de expresarse de Miguel de Unamuno serán para muchos, a partir de ahora, los de Karra Elejalde en esta cinta. Su trabajo es excelente, y no solo por la caracterización y verbalización de lo que el guión le marca, sino por el tono que le da a cuanto vemos de él. Cada una de sus miradas, gestos y movimientos transmite convincentemente la manera de ser, pensar y actuar de un intelectual cuyo afán fue siempre dar con las claves para que todo individuo consiguiera una plenitud libre de ataduras sobrenaturales y lograra convivir, crecer y desarrollarse en una sociedad justa y equitativa.

Ese es el primer logro de Amenábar en Mientras dure la guerra. El segundo es adentrarse en una historia y unos personajes que siempre levantan ampollas para contarnos cómo -en manos de los historiadores queda el saber cuánto tiene de verdad, de síntesis y de ficción lo que vemos en la pantalla- lo que se inició como un levantamiento militar en contra de la II República aquel verano de 1936 acabó derivando en una contienda fratricida que duraría casi tres años.

Y como es habitual en su filmografía, lo hace recurriendo a los modos narrativos del cine clásico. Una presentación en la que expone cómo es la vida de Don Miguel en Salamanca -centrado en lo académico y alejado, por decepción, de los presupuestos republicanos- mientras los nacionales se hacen con el gobierno de su ciudad. Un nudo en el que muestra lo que pretenden el fascismo como régimen -sometimiento absoluto de la población al dictado militar y ultracatólico- y el general Franco como cabecilla de los sublevados -ser el único líder y a perpetuidad del nuevo régimen-, a la par que el conflicto filosófico, ideológico y humano que vive en su fuero interno el Rector al constatar la barbarie que está ocurriendo.

Y un desenlace que nos lleva a aquel 12 de octubre cuando en el paraninfo de la Universidad, y durante la celebración de la recién instaurada Fiesta de la Raza, Unamuno dijo ante todos los presentes -entre ellos el general Millán Astray y la esposa del generalísimo, doña Carmen Polo- aquello de Venceréis, pero no convenceréis.

Cada secuencia tiene un claro objetivo, transmitir el mensaje, los acontecimientos y los datos que le corresponden, prorrogando lo expuesto anteriormente y sentando las bases para lo que ha de venir a continuación. Sin caricaturas ni exacerbaciones, sin recurrir a alardes creativos, giros ingeniosos o trucos técnicos -más allá de una lograda ambientación en términos de fotografía, dirección artística, vestuario…-, cuanto vemos está supeditado a la historia, al guión. Amenábar no busca imprimir ningún tipo de sello personal ni hacer juicio moral alguno (su punto de vista recuerda al del periodista de la época, Manuel Chaves Nogales y su A sangre y fuego). Su posicionamiento y logro es dejar que los hechos hablen por sí mismos.

“Los pacientes del doctor García” de Almudena Grandes

La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Almudena Grandes le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

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El bando nacional contó con la participación activa de las potencias del Eje para ganar la Guerra Civil. Y aunque nunca se reconoció oficialmente, la Alemania nazi y la Italia fascista se vieron apoyadas por Franco tanto durante la II Guerra Mundial como tras su derrota. Una afirmación que se sostiene en episodios conocidos -la División Azul- y otros muchos aún por divulgarse para que tengamos una imagen más real de aquel tiempo en que España convirtió su territorio, sin necesidad de levantar muros, en una gran cárcel para sus muchos millones de habitantes. Una oscuridad a la que le pone luz Los pacientes del Doctor García y su exposición de cómo Madrid se convirtió en destino y/o ciudad de paso para algunos de los exaltados de la raza aria que huyeron de su país natal tras la victoria de los aliados.

Grandes lo hace combinando la autenticidad de la Historia -los hechos reales sustentados en fechas, lugares y nombres propios- con la de las personas -los objetivos, las emociones y las relaciones-. Ambas dimensiones se funden en el extraordinario caudal de su narración, un fluir en el que su prosa se adentra por cuantos lugares geográficos y temporales sea necesario para integrar de manera plena los contextos que van más allá de los personajes y las vivencias que conforman sus personalidades. De esta manera consigue que su historia no sea algo pasado, sino un hecho presente y profundamente vivencial que va tomando forma a medida que se desarrollan las aventuras y desventuras de los muchos hombres y mujeres que la habitan, llevándola por un camino incierto que se siente aún por escribir y que no saben si es en la dirección correcta.

Sin ocultar lo que es imaginación ni adjetivar calificativamente lo real, Almudena vehicula con su excelente prosa lo que no sabemos cómo sucedió exactamente en unos protagonistas totalmente verosímiles. Y lo son por la riqueza con que son presentados y contextualizados, por la precisión con que se describen sus pensamientos y acciones, y por la coherencia con que se les sigue (en España, Alemania, Rusia, Suiza o Argentina), retrata y explica tanto su rol como su aportación a lo largo de las varias décadas que transcurren en Los pacientes del Doctor García.

Un título que no solo prorroga el relato de los anteriores episodios (Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita), sino que enriquece la labor divulgativa que se realiza a través de todos ellos. Un ejercicio de memoria histórica honroso con los que vivieron aquellos tiempos tan difíciles, y una propuesta literaria muy instructiva para los que nacimos en años posteriores y a los que se nos ha contado bien poco de aquellos entonces.

Los pacientes del Doctor García, Almudena Grandes, 2017, Tusquets Editores.