"El oficial y el espía", la verdad y la injusticia

Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

Mientras los americanos convierten las adaptaciones cinematográficas de sus luchas contra el sistema en relatos llenos de épica, el cine europeo suele poner el foco en la dureza y desgaste que estas situaciones tienen para quienes las viven (valgan como ejemplo títulos recientes, también de producción francesa, como Los miserables o Gracias a Dios). Así, para el director de Chinatown (1974) o El pianista (2002) lo importante no son las actuaciones y las emociones de los que situamos en el banquillo de los buenos, sino la injusticia a la que tuvieron que enfrentarse. No son héroes, sino personas a las que no les queda otra que la resiliencia para no dejarse eliminar por la tortura física y psíquica (en el caso de Dreyfus) y la corrupción de la administración (en el del coronel Picquart). No hacen de la moral y el sentido de la justicia una cuestión elevada, sino un sentir humilde e irrenunciable en el que reside la esencia del civismo individual y la convivencia colectiva.

Esto hace que el ritmo de El oficial y el espía sea sosegado. Su narración se inicia con lentitud, haciéndonos conscientes de las eventualidades que permitieron descubrir tanto el atropello sufrido por un inocente por el mero hecho de ser judío, como las personas que lo provocaron y pretendieron silenciarlo. Una vez expuestas dichas casualidades y causalidades, la rueda comienza a girar y tras lo puntual y anecdótico, comienza a tomar forma el corazón del guión de Robert Harris y la dirección de Roman Polanski, un panorama de ocultación, manipulación y falsificación combinado con actitudes de soberbia, arbitrariedad y amenaza que desemboca en una tensión judicial y humana tan bien conseguida como mantenida a lo largo del resto de la proyección.  

De fondo, y generando un sordo eco que llega hasta nuestro hoy, cuestiones como la idoneidad de las personas que están al frente de las altas instancias del estado y las motivaciones de sus mentiras, el poder de influencia y el deber informativo de los medios de comunicación, los límites del derecho a la libertad de expresión o la actuación como una jauría de la ciudadanía cuando esta es manipulada.

Y aunque esto hace abrirse el abanico de situaciones, argumentarios y cruces y encuentros de personajes, la película mantiene su tempo contenido. Un tono que le debe mucho a la excelente interpretación protagonista de Jean Dujardin (expresiva contención la suya) y la complementaria de un transformado Louis Garrel, por obra y gracia del maquillaje y la peluquería, en el malogrado Dreyfus. Acompañados ambos por un excelente reparto y sustentados por un notable diseño de producción que entre lo digital y la recreación nos traslada fielmente a los interiores y exteriores del París y el Rennes de finales del s. XIX y principios del XX.  

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