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10 montajes teatrales de 2022

Estrenos con la mirada puesta en el barroco de Lope de Vega. Pícaras del siglo de oro encarnadas por dos de nuestras mejores actrices. Reivindicaciones políticas, reflexiones filosóficas y un monólogo tan autobiográfico como terapéutico. Coralidades divertidas, sugerentes y sugestivas, y miradas a la adolescencia y a la ligereza de la primera juventud.

Restos del fulgor nocturno (Teatro Clásico). Josep María Miró se deconstruye y se reconstruye sobre el escenario en una suerte de morbo, desnudez y confesión en que revela intimidades, pudores y secretos personales y familiares, conformando una pirámide que crece conceptual y narrativamente formando un corpus cada vez más sólido.

Las que limpian (Centro Dramático Nacional). A Panadaría combina orgullo identitario, capacidad de análisis y finura para transmitir su visión sobre el atropello laboral que sufren tantas mujeres encargadas de limpiar las habitaciones de hotel, condenadas a trabajar en condiciones indignas y por un sueldo aún más miserable que la ética de los empresarios que las contratan.

Los farsantes (Centro Dramático Nacional). Pablo Remón volvió a la actualidad dramática por la puerta grande con dos horas y medias inteligentes y complejas en las que desnudaba la cara oculta del teatro y el cine con unos excelentes Javier Cámara, Bárbara Lennie, Francesco Carril y Nuria Mencía.

Malvivir (Teatro Español). Marta Poveda y Aitana Sánchez-Gijón se trasladan bajo la dirección de Yayo Cáceres y la dramaturgia de Álvaro Tato al Siglo de Oro para ofrecernos un recital de gracia, verbo y presencia en el que se reparten y alternan los personajes para hacernos disfrutar con sus andanzas, descaros e impudicias

Los que hablan (Teatro del barrio). Sencillos y espontáneos que dicen lo que piensan, mas nunca piensan lo que dicen. Un cuadro, un fresco, un collage de humanidad en la combinación, la interacción y la unión de las voces, la presencia y la gestualidad de Malena Alterio y Luis Bermejo.

La voluntad de creer (Teatro Español). En el principio estuvo el verbo y la presencia, después la palabra y el cuerpo y finalmente el significado y la experiencia. Ese es el viaje escrito, dirigido y compartido por Pablo Messiez en un argumento que nos sitúa en una reunión familiar en el País Vasco.

La noria invisible (Teatro Español). Comedia dramática y drama risueño a la par, en el que la detallista dirección de José Troncoso se complementa con la retórica de su texto para ofrecer un espectáculo que nos llega, además de por lo que escuchamos y vemos, por la identificación que establecemos con sus personajes.

Tea Rooms (Teatro Fernán Gómez). Una dirección en la que cada personaje está trabajado tríplemente. Por sí mismo, en conexión con los demás y como parte de un protagonista que es el conjunto de todos ellos. Un enfoque que consigue una compenetración total entre texto y actrices, gesto, presencia y palabras.

Elogio de la estupidez (Teatro Español). Decía Forrest Gump que tonto es el que dice tonterías, también hay quien opina que los muy tontos son, en realidad, listos que viven de los tontos que se creen listos. Esta función podría ser utilizada a favor y en contra por partidarios de una corriente y de otra.

Sweet Dreams (Nave 73). No es solo un espectáculo individual o un monólogo al uso con distintos actos en el que su único personaje evoluciona, cambia y se enfrenta a sí mismo. Es también un diván, un folio en blanco y un confesionario en el que no hay más cera que la que arde y afirmaciones que las que se escuchan.

Tres días de teatro en Ciudad Rodrigo

Compañías de un lado y programadores de otro, además de productores, autores y demás interesados del mundo dramático se han reunido esta semana en Miróbriga con motivo de la 25 edición de la Feria de Teatro de Castilla y León. Entre los beneficiados, los que acudimos a disfrutar de los muchos montajes, funciones y talleres que esta localidad salmantina acogió y entre los que están estos a los que asistí.

24 de agosto. La estación de autobuses está a un paso del centro histórico, de la fortaleza de trazado medieval y arquitectura en transición entre el Gótico y el Renacimiento, con lo que no tardo nada en llegar al Hostal Plaza donde tengo reservada una habitación con vistas a la susodicha mayor. Ya conocía esta capital comarcal, pero nunca había tenido una imagen así de ella, un plano cenital que me incita a bajar corriendo ante los primeros acordes musicales de Ambulantes de Z Teatro y La escalera de tijera.

Un pasacalles para todos los públicos. Los niños lo disfrutan por el colorido de su vestuario y su maquillaje, la fantasía de su atrezo, el funambulismo de sus malabares y la hipérbole de su gestualidad. Y los mayores nos dejamos llevar por la empatía con quienes nos rodean y por el recuerdo de quienes fuimos. Sesenta minutos que acaban junto a la catedral haciéndome imaginar que este espectáculo contará, allá donde vaya, con buena acogida si cuenta con un emplazamiento como este callejero peatonal, este día despejado y este público deseoso de sonreír.

Como lo que prima en esta localidad es la atención al visitante, hay un restaurante tras otro, cada uno con su menú del día y su correspondiente carta si este no te convence. Sigo el consejo de un periodista local y acudo al D´Moran a probar su pincho de morcilla con chocolate. Diferentes sabores dulces, pero con textura semejante, lo que hace que la combinación funcione. Lo acompaño de un vino de la Sierra de Francia, La zorra, afrutado y fresco. Con la segunda copa pido una hamburguesa doble de carne morucha. Buenísima. Sol de justicia y calor por encima de los treinta grados. La tradición por estos lares es la de la siesta.

Tras la elipsis onírica la cita es en el Teatro Nuevo Fernando Arrabal. Una bombonera coqueta y acogedora, con el cartel de agotadas todas las localidades, en la que actúan Las niñas de Cádiz dirigidas por José Troncoso. El responsable de Lo nunca visto o Con lo bien que estábamos no defrauda. Los actores y actrices de Las bingueras de Eurípides están fantásticos, el texto no tiene vergüenza alguna y las carcajadas del público evidenciaban opinión similar a la mía. Una historia de prohibición del juego con aires de chirigota carnavalesca, bien regada de absurdo y procacidad, que resulta divertida, recurrente e hilarante. Ojalá gire y gire hasta llegar a todos los rincones de España.

Cuando cae la tarde, el sol, en su camino hacia Portugal, lo tiñe todo de dorado, acrecentando el ocre de la piedra y el amarillo del suelo pajizo que cubre el exterior del recinto fortificado. La temperatura ya es agradable, con lo que resulta más que placentero rodear la antigua urbe. La jornada termina tomando asiento en el recinto al aire libre de los Jardines de Bolonia. Es el turno de Teatrapo Producciones y El circo de la vida. Título que describe el mimo, las interacciones, las coreografías, las acrobacias y el amplio catálogo de flexibilidades varias, a dos niveles, que ejecutan sus intérpretes. Atención total de los varios cientos de vecinos y turistas asistentes, prendados de su despliegue lumínico y sonoro.

25 de agosto. Cuando amanece el silencio es casi absoluto, más aún si desciendes del promontorio en el que está situado Ciudad Rodrigo hasta el curso del río Águeda y cruzas a la isla caprichosa que ha formado su cauce para ver cómo surge el astro rey. Horas después, este espacio, por la sombra y el frescor de su arboleda, y por los cómodos chiringuitos y zonas de esparcimiento con que cuenta, es visitado por muchos locales para superar el hastío de las horas más calurosas. Si cruzas al otro lado, la vista te demuestra el afán defensivo con que fue bautizado este asentamiento como Miróbriga por los romanos, aunque ya fuera habitado anteriormente por los vetones.  

Ya de vuelta en la antigua, noble y leal -tal y como reza su lema- me dirijo al Parque de la Glorieta, conocido por el quiosco dedicado al book crossing que algunos desalmados decidieron quemar meses atrás y que, posteriormente, recuperó todo su esplendor gracias a la buena voluntad de muchas personas. Allí los Trupe Fandanga / Circolando ofrecen Qubim a los más pequeños de la casa. Una propuesta modesta, pero ingeniosa, en la que la parte trasera de una furgoneta se convierte en una suerte de ferretería y taller en el que los espacios y los cachivaches, sus formas y funciones, son utilizados para, a través del oído y de la vista, imaginar usos varios y maldades diversas entre sus dos protagonistas.

Con esa buena impresión acudo hasta la Plaza de San Salvador para seguir El guardián de las palabras de GeneraciónArtes, un itinerante en el que sus cinco integrantes entretienen e implican a sus testigos callejeros en su búsqueda de los libros que nos ayudan a entender y comprender las culturas de las que venimos y de las que somos herederos. A su conclusión, acudo a otro lugar aconsejado, el Mesón La Paloma, a probar su pincho de farinato con huevo de codorniz, sus croquetas de jamón y su jamón ibérico recién cortado. Deleite máximo.

Repito visita al Teatro Fernando Arrabal para ver un espectáculo que se me pasó en Madrid, el Atra Bilis de Dos Hermanas Catorce. Un velatorio costumbrista y tenebroso, no a la manera realista y dramática de Cinco horas con Mario, si acaso más cerca del esperpento, el histrionismo y la comedia grácil y ágil. Un texto de intención ácida, expresión escatológica y espíritu socarrón basado en tres hermanas y su criada, a cada cual más peculiar, al que la dirección de Alberto Velasco le saca todo su partido gestual. La platea conecta con su trabajo, supongo, recordando cómo eran los funerales y los enterramientos, y las diatribas familiares que eclosionaban en estos, cuando se estilaban los lutos, las lágrimas de cocodrilo y los enterramientos en tierra.

Vuelvo a los Jardines de Bolonia para otra hora de circo nocturno. Acudo con más tiempo para sentarme en primera fila. Soy de esos a los que les gusta observar cómo se transforma la mirada, la faz y la presencia de quienes salen a escena. Kasumay, de Circo Los, exige a sus tres integrantes darlo todo físicamente a nivel de potencia y resistencia, coordinación y reflejos, tanto en el suelo como en el trapecio, a patines o en el monociclo. Combinando el humor clown y haciendo por contar con la complicidad de un público que se sabe y se desea parte integrante del show. Las luces se apagan justo cuando, en el Patio de los Sitios, se inicia la denuncia sobre la situación de las kellys y la crítica sobre la corrupción política que, con descacharrante versatilidad, ofrecen A Panadaria en Las que limpian.

26 de agosto. Los dos kilómetros de muralla de Ciudad Rodrigo son un escenario ideal para pasear al alba. Se pueden recorrer desde lo alto como si fueras un soldado haciendo una ronda de reconocimiento, un reo que huye a través de su foso, o un forastero que la rodea no sabiendo por cuál de sus seis puertas entrar al interior de la villa de piedra. Ya entre sillares, casi todas las cafeterías coinciden en ofrecer churros para desayunar. Algo que es así desde décadas atrás, entonces los tomaba en algunos de estos locales con leche y azúcar, hoy, ya adulto, los mojo en un café doble, con leche, bien cargado. 

La Casa Municipal de Cultura acoge una muestra de fotografías de José Vicente, artista de la imagen y practicante del fotoperiodismo, con la que recordar algunos de los montajes, nombres y momentos que conforman historia en construcción de esta feria que se inició en 1998. Contiguos a esta sede, dos espacios con el objetivo de iniciar a los niños y niñas en la magia de la interpretación, la ficción y la expresividad. Junto al Palacio de Montarco los de tres a seis años realizan un recorrido de una hora en el que cantan, juegan y colaboran en talleres. Sus hermanos mayores, en la Plaza del Buen Alcalde, se encuentran con un batallón de monitores que les guían para dar rienda suelta a su creatividad y comprender cómo se puede ser una pieza individual que, unida a otras, compone e interpreta grandes partituras. Ejemplificando todo es, muchos de ellos se unen en un sucedáneo de orquesta y pasacalles performativo derrochando júbilo y ritmo por el callejero mirobrigense con su percusión.

Tarde de nubes que tornan oscuras y acaban derramando agua durante más de una hora. Me pregunto qué sucederá con las actividades previstas en espacios abiertos esta noche. Me enteraré después porque mi cita es a las nueve en el Espacio Afecir, polideportivo reconvertido en espacio teatral con un graderío a la italiana. Buenas intenciones, pero mejor hubiera sido con asientos y respaldos para no dejarme, como tantos otros, las lumbares mientras sigo La lengua de las mariposas de la Compañía Sarabela. El programa de mano cuenta que estrenan en castellano su adaptación teatral al gallego de la novela de Manuel Rivas.

Consigo no compararla con la película de José Luis Cuerda, obra maestra del cine español que habré visto no sé cuántas veces. Valoro el trabajo de sus seis intérpretes y me convence que trabajen con una escenografía mínima para poner el foco en los comportamientos, los valores y las relaciones que se establecen entre sus personajes. Pero, al igual que su vestuario, me parece que la narración se mueve en un continuo gris en el que la credibilidad y poder de evocación de la acción se debe más a mi buena voluntad y deseo de empatizar que a la capacidad de la puesta en escena por engancharme e involucrarme. Aun así, entiendo y comparto los aplausos del amplio espectro de edades que me acompañan a este lado de la acción.

27 de agosto. Se acabó, le pongo punto y final a mi primera vez en la Feria de Teatro de Castilla y León. Me incorporé en su segundo día y me voy uno antes de que acabe con un derroche pirotécnico. Son varias las localizaciones que no he conocido y lo que he visto es apenas una pequeña parte de los 43 montajes que han pasado por aquí, algunos de ellos estrenos absolutos. A la dirección le sugiero que en el futuro las entradas sean numeradas y a mí mismo, planificarme de otra manera para que la próxima vez que venga, disfrutar aún más de Ciudad Rodrigo y de su amplia propuesta teatral. Gracias a los organizadores y enhorabuena a todos los equipos técnicos y artísticos que me han hecho disfrutar y soñar, reír y gozar, sentir e imaginar.   

10 montajes teatrales de 2020

El teatro es como ese navegante que, cueste lo que cueste, siempre se mantiene a flote. Te hace reír, llorar y pensar. Te abstrae, te incomoda y te sacude. Te saca de tus coordenadas y te arroja a las vicisitudes de mundos que ignoras, esquivas o desconoces. Te aporta y te da vida, te engrandece.  

«Prostitución». De la comedia cabaretera a la verdad del teatro documento y la exposición de la denuncia política. Un recorrido por historias, testimonios y situaciones que hemos escuchado, leído, comentado y banalizado muchas veces.

«Carmiña». Tras «Emilia» (Pardo Bazán) y «Gloria» (Fuertes), la tercera entrega de la Mujeres que se atreven de Noelia Adánez en el Teatro del Barrio puso el foco en otra gran escritora, Carmen Martín Gaite. Un personaje tan solvente como los anteriores, respetando su carácter único y dándole una solvente entidad dramática.

«Los días felices». Un texto que se esconde dentro de sí mismo. Una puesta en escena retadora tanto para los que trabajan sobre el escenario como para los que observan su labor desde el patio de butacas. Un director inteligente, que se adentra virtuosamente en la complejidad, y una actriz soberbia que se crece y encumbra en el audaz absurdo de Samuel Beckett.

«Curva España». El muy peculiar humor gallego de Chévere. Un particular “si hay que ir se va” que les sirve para elucubrar, imaginar y ficcionar la Historia (con mayúsculas) para dar con las claves que explican y ejemplifican muchas de nuestras incompetencias y miserias.

«Traición». Israel Elejalde convierte la construcción literaria y psicológica entre el silencio, los monosílabos, las interjecciones y las frases hechas de Harold Pinter en un sólido montaje con buenas dosis de amor y humor, pero también de corrosión y dolor.

«Con lo bien que estábamos». Qué arte, qué lujo y despiporre el de la Ferretería Esteban. Un espectáculo que suma esperpento, absurdez y espíritu clown. La atemporalidad de la tradición, de los clichés, los recursos y los guiños que si se manejan bien siguen funcionando.

«El chico de la última fila». Multitud de capas y prismas tan bien planteados como entrecruzados en una propuesta que juega a la literatura como argumento y como coordenadas de vida, como guía espiritual y como faro alumbrador de situaciones, personajes y aspiraciones.

«Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero». La muerte es una etapa más, la última de la materialidad, sí, pero también la del paso a la definitiva espiritualidad, que en el caso del que se va no se sabe en qué consiste, pero para el que se queda adquiere denominaciones como legado, recuerdo, homenaje y honramiento.

«Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra». Activismo feminista y ecologista, dramaturgia, plasticidad, danza, crítica social y notas de humor en un montaje que va del costumbrismo al existencialismo en una historia que recorre nuestras tres últimas décadas.

«Macbeth». La obra maestra de William Shakespeare sintetizada en una versión que pone el foco en la personalidad y las motivaciones de sus personajes. Dos horas de función clavado en la butaca, sin aliento, ensimismado, seducido e hipnotizado por un elenco dotado para la palabra y la presencia.

“Con lo bien que estábamos” y lo mucho que nos reímos

Qué arte, qué lujo y despiporre el de la Ferretería Esteban. Un espectáculo que suma esperpento, absurdez y espíritu clown. La atemporalidad de la tradición, de los clichés, los recursos y los guiños que si se manejan bien siguen funcionando. Jorge Usón magnífico. Carmen Barrantes espléndida. Qué percal, qué presencia y qué voz las suyas. De la comedia al drama y de ahí al musical. Y José Troncoso, demostrando una vez más su capacidad para convertir el costumbrismo en ironía, humor y socarronería.

Lo maño, lo español, lo autóctono y lo popular como ingredientes de una fiesta y un jolgorio en el que lo narrativo y lo espiritual nos hacen reír de manera continua, sin tregua, sin descanso. Cuando no es por lo que se dice, es por cómo se dice, o por cómo gesticulan y se mueven Jorge y Carmen. Pareja compenetrada, complementarios, cómplices, articulados para ser siempre dos sin dejar de ser cada uno de ellos. Modernos a la par que vintage. Evocadores de Lina Morgan, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, Rosa María Sardá, Chiquito de la Calzada y otros muchos siendo también auténticos. Recogiendo su esencia, tics, gags y chascarrillos e incluyéndolos en sus propias ocurrencias, ideas, capacidades y expresividades para embarcarnos en algo conjunto.

Un viaje en el que tanto ellos, tripulantes de cabina, como nosotros, viajeros ávidos de nuevas experiencias, confluimos entregándonos completamente y retroalimentándonos hasta hacer de la Ferretería Esteban un lugar mágico, un establecimiento en el que no se recuerda cómo se entró pero del que sabes que no quieres salir. ¿Quién querría dejar un lugar en el que siente que hasta lo más absurdo, nimio e intrascendente puede convertirse en motivo de chanza, en sonrisa dibujada y risa compartida? ¿Para qué vamos al teatro sino para sentirnos abstraídos, transportados y convertidos en aquello que no somos o quisiéramos ser? Usón y Barrantes nos hacen felices durante hora y cuarto. ¿Se puede pedir más?

Troncoso es el mago con muchos trucos tras ellos. El prestidigitador escénico que decide con precisión puntillista dónde se ilumina y cuándo ha de sonar la música. El antropólogo que -como en Las princesas del Pacífico o Lo nunca visto– destila lo que prejuiciosamente tachamos de común, plano y anodino y nos muestra la autenticidad y el valor de su humanidad. El escritor que ha concebido este matrimonio ferretero que permanece a esa especie de profesionales, ciudadanos y vecinos a los que la globalización, la modernización y la tecnificación ha engullido hasta casi no dejar rastro de ellos. El director que cual abrillantador de diamantes convierte a Jorge y Carmen en ese matrimonio bien avenido, peculiar y particular que son Esteban y Marigel.

Un hombre y una mujer, un marido y una esposa aparentemente grises, plúmbeos, pero que llevados por la senda de la sorpresa y la imaginación despliegan registros que les convierten en seres oníricos y alucinados, en cantantes que hasta bailan dando el do de pecho, en humoristas que provocan, escandalizan y encandilan. Con lo bien que estábamos no es solo el título de esta función, es también la interjección que vendrá a nuestra mente cada vez que recordemos cómo nos sentimos viéndola y viviéndola.

Con lo bien que estábamos, en el Teatro Español (Madrid).

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

«Hermanas». Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

«El sueño de la vida». Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

«El idiota». Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

«Jauría». Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

«Shock (El cóndor y el puma)». El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

«Las canciones». Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

«Lo nunca visto». Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

«Doña Rosita anotada». El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

«Lo nunca visto», más allá del drama y la comedia

Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

En los primeros minutos de Lo nunca visto te sientes como un espectador al que cuanto ocurre en escena le rinde pleitesía, que no pretende más que servirle entreteniéndole y haciéndole reír. ¡Ay de ti! Cuando te quieras dar cuenta José Troncoso te habrá trasladado a un lugar en el que te toca implicarte con la realidad que se abre ante ti (yendo aún más lejos de lo que ya lo hacía en Las princesas del Pacífico). Lo que había comenzado con hilarantes risas resultado del histrionismo y, por qué no decirlo, hasta del patetismo de sus personajes, acaba desvelándose como la fachada de las víctimas de unos dramas interiores tan profundamente reales como silenciosos e inimaginables en una primera impresión.

Pero tranquilo, el propósito de esta evolución argumental no es que te sientas mal, sino que no des por hecho que la sonrisa que te han causado hace de estas tres mujeres seres simples, planos y vacíos. El dilema que te plantean es muy sencillo. ¿Te ríes con Araceli, Mª Carmen y Sofía o de ellas? Tres personas tan sencillas y anónimas como cualquier otra en sus coordenadas. Dejaron por el camino sus sueños de niñas para convertirse en adultas en un entorno en el que no destacan por nada y que las considera más por lo que hacen o deben hacer -madre cuidadora, profesora instructora, esposa dedicada, hija sucesora- que por lo que son.

Esa es la ruta que describe un texto tan bien estructurado como cohesionado en su desarrollo gracias a la brillante y recurrente cotidianidad de sus diálogos, trayéndonos hasta el escenario una ruralidad -con acento gallego y andaluz- y un provincianismo que está más cerca y dentro de muchos de nosotros de lo que somos conscientes (o estamos dispuestos a reconocer).

Lugares comunes, chascarrillos, expresiones e interjecciones que van, vienen, vuelven y se repiten sonando siempre de manera diferente, con las que se expresa mucho diciendo poco. Exponiendo algo no manifestado anteriormente y, en consecuencia, ampliando la vida, los matices y la historia del universo que se despliega sobre las tablas. Una manera de comunicarse que suena familiar y a ya escuchada en multitud de ocasiones, pero que funciona a la perfección y que dentro de su polisemia contiene cuantos registros emocionales -alegría, sorpresa, hastío, tragedia, dolor, fuerza…- albergan lo que sucede y se representa en Lo nunca visto.

Una expresiva e infatigable verborrea a la que Belén Ponce de León, Alicia Rodríguez y Ana Turpin le suman un trabajo corporal sin descanso -con mucho de mimo y clown- que lo mismo las tiene encarnando sus personajes (o hasta algún secundario) que de pseudo regidoras para, con gran sutileza, preguntarnos donde está la doble línea roja de la verdad que separa la realidad de la ficción y, otra más, la de nuestra empatía permitiéndonos distinguir entre la representación y la satirización.

Lo nunca visto, Teatro Español (Madrid).

“La geometría del trigo” y de lo pendiente

Meses después de ser editado, Alberto Conejero dirige sobre las tablas del Teatro Valle Inclán su propio texto con una puesta en escena que gira en torno al poder de la palabra, la presencia física y la ausencia espiritual. Tres elementos fundamentales con los que conecta el presente con un potente pasado gracias al excelente trabajo de los intérpretes que encarnan a los personajes que lo habitan.

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Las limitaciones presupuestarias de producción mandan y el montaje de esta excelente creación de Conejero no cuenta con las propuestas escenográficas que planteaba en la primera edición (ya va por la segunda) que la editorial Dos Bigotes publicó en junio pasado. Pero la solución por la que opta para resolverlo es más que correcta, hacer aún más protagonistas a los personajes sobre el escenario, a lo que tienen que decir y a lo que callan, y a cómo están unidos se relacionen o no. Bajo esa premisa es como una joven pareja se traslada desde la Barcelona actual hasta un pueblo minero jienense de décadas atrás. Allí, un reciente matrimonio espera a su primer hijo y reciben la visita de un amigo del marido al que este hacía muchos años que no veía.

La motivación del viaje es la noticia de que el padre de Joan, hombre al que nunca conoció, ha muerto, lo que pone de relieve no solo esa ausencia perenne, sino la falta de rumbo en que parece estar sumida tanto su relación como él mismo. Esa búsqueda de sentido, de objetivos, de proyecto de vida no solo suya, sino de casi todos los personajes es lo que se respira de principio a fin de la representación. Les falta el oxígeno de la identidad, de saber quiénes son de manera individual y si pertenecen a un nosotros, de qué está formado ese hipotético binomio de complementariedad y reciprocidad.

Una atmósfera de intimidad cercana a la confesión y de anhelo de comunión creada con los claroscuros y las penumbras de una excelente iluminación, con un escenario que aúna de manera natural en su suelo rural y su pared agrietada todas las dimensiones (espaciales, temporales y emocionales) que se relatan, y con una dimensión acústica que aúna en las mismas coordenadas el ritmo respiratorio, el pulso cardíaco y el latido anímico de los personajes y de sus espectadores.

Una base sobre la que Consuelo Trujillo borda a esa mujer que representa la autoridad, la entrega y el instinto protector de la maternidad, pero también la sabiduría, la sensatez y la tranquilidad reposada de la experiencia de vida, de quien es la más vieja del lugar. Tras ella el triángulo afectivo-amistoso que conforman Zaira Montes, Juan Vinuesa y José Troncoso, tres presencias energéticas que lo llenan todo con su derroche de poesía, con la transparencia con que dejan ver a quienes encarnan y con el equilibrio con que transmiten la tensión entre el deseo y el deber, los anhelos y la frustración y el protagonismo que su ayer tiene en nuestro hoy. Un presente que pasa más desapercibido por lo que tiene de cercanía y de proyecto en construcción, pero que cumple su papel de motivar la mirada hacia el pasado y de mostrar el vacío de los asuntos por resolver, comprender y respetar.

La geometría del trigo es aparentemente sencilla en su propuesta escénica –con todos los personajes siempre en escena- y en su mensaje –con un lirismo de aires lorquianos-, pero la claridad de su exposición hace que llegue hondo y provoque un eco de profunda emoción, ese por el que merece mucho la pena ir al teatro a ver y a verse.

La geometría del trigo, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).