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“Tres sombreros de copa” en el María Guerrero

La obra de Miguel Mihura es redonda, pero su comicidad no es más que la primera capa de una profundidad que este montaje recoge bien en la formalidad de su escenografía. Sin embargo, su excelente puesta en escena no llega a convertirse en la plataforma que necesita su propuesta, confrontando la realidad con los deseos, para brillar con todo el esplendor con que sí lo hace literariamente.

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Tres sombreros de copa parece un libreto fácil, ligero, lleno de quiebros que entre sonrisa y sonrisa hacen que nuestro ánimo no descanse ni un solo segundo y que su capacidad de sugestión vaya por delante de nuestra imaginación. Natalia Menéndez ha tenido esto muy en cuenta y, gracias a los recursos del Centro Dramático Nacional, ha construido y contado con cuanto necesitaba para crear la locura que vive Dionisio horas antes de su boda.

Su punto apocado, combinado con el carácter melifluo de Don Rosario, el director del hotel junto al mar en el que se hospeda, inicia una noche que se presume tranquila hasta que aparecen otros alojados que llenan su habitación de fiesta, ruido y algarabía. Un sinsentido cercano al absurdo que rompe todo lo previsible, pero con una lógica oculta tras su aparente irracionalidad con la que Mihura se propuso confrontar consigo mismo a alguien que vive conforme a las normas sociales y el cumplimiento de su regla de no solo ser, sino mejor parecer.

Pero si en muchas ocasiones menos es más, en otras sucede al contrario, más es menos. Un más que no es exceso, pero que puede hacer que nos centremos en los medios y los recursos en lugar de en lo verdaderamente importante en el teatro, lo que expresan y sienten sus personajes. En el momento en que Paula, joven bailarina que huye del hombre que la acosa, se cuela en la habitación del novio, se abre la puerta a una alocada dimensión cabaretera. Un espectáculo de gestualidad, vestuario, circo y provocación perfectamente construido. Pero tan al detalle y con tanto mimo y precisión que se superpone a los conflictos, las contradicciones y los espejos que plantea este texto escrito en 1932 y no estrenado hasta 1952.

Nada que objetar a la disrupción narrativa que esto supone, pero la agudeza transmitida por la ligereza verbal de los diálogos anteriores se pierde, pasando a predominar la forma sobre el fondo, el espectáculo sobre la realidad. Los personajes que entran, interrumpen, alborotan, bailan e intervienen hasta salir, resultan más episodios independientes que escenas de una historia con las que poner a prueba la apertura de mente y el freno de la convenciones sobre el hombre al que le quedan pocas horas de soltería. Y por extensión, sobre cualquiera de nosotros.

La comicidad de Mihura va y viene, quedando oculta en los pasajes de luces, color, ruido y algarabía coral de la compañía de varietés, y aflorando en monólogos como el de Don Sacramento, ese horrible suegro que representa lo más aburrido del imperativo de las costumbres y las tradiciones. Al contrario de lo que él intenta con su futuro yerno, este montaje se propone hacernos disfrutar y gozar, aunque no llegue a tanto y resulte tan solo, que no es poco, entretenido.

Tres sombreros de copa, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

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“Shock (El Cóndor y el Puma)”

El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

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¿Cómo se llega a ese momento en que el ejército de tu país bombardea la residencia del Presidente del Gobierno y miles de ciudadanos son hechos presos y después desaparecen sin dejar rastro? ¿Qué permite que sean sentenciados sin saber de qué se les acusa y que muchos niños sean arrebatados sin más de los brazos de sus padres? Antes de responder, Andrés Lima nos retrotrae dos décadas atrás, a un previo difuso en el que se comienzan a definir los valores y los principios que supuestamente debíamos seguir para desarrollarnos. Una propuesta formulada con una calculada ambigüedad que aún hoy parecer como positivo aquello que solo lo es en su superficie, ya que en su fondo propone unos mecanismos de acción y control para beneficio único y exclusivo de aquellos que ostentan el poder (ese ente mitad político, mitad económico).

Shock se inicia en esa nebulosa etérea e incierta que a unos les seduce y anestesia con su discurso de buenas palabras y que a otros les pone en alerta. Los primeros se verán sacudidos y los segundos se sentirán agredidos tanto cuando estalle la realidad a que dio pie aquel caldo de cultivo como el espectáculo teatral en que se convierte El cóndor y el puma. Un todo que apela a las sensaciones y las emociones a partes iguales, no dejando que haya un segundo de descanso. El drama, la tragedia, la comedia y el esperpento se entremezclan con el relato de los acontecimientos que ya conocemos. Pero contados a través de las personas que estuvieron ahí, de las que tomaron las decisiones, de las que las ejecutaron y las que las sufrieron.

Son sus propias palabras las que nos trasladan a los despachos de la Casa Blanca en los que se respiraba ambición y soberbia y a esa sociedad hipnotizada por el rock’n’roll de Elvis Presley mientras a miles de kilómetros se imponía el neoliberalismo y se silenciaba a una nación dando 44 balazos a Victor Jara.

Sobre el escenario girante del Valle-Inclán se cuenta cómo, a la sombra del sueño americano, se organizó, instruyó y capacitó a los militares del sur del continente para cambiar gobiernos mediante golpes de estado y eliminar a los disidentes recurriendo a la tortura y al asesinato con total impunidad. Hechos que se relatan en una superposición de imágenes, personajes e intervenciones tan abrumadora como eficaz. La frialdad de los datos tomados de los documentos desclasificados, las preguntas que hacen los informadores cuando el periodismo se dedica a buscar la verdad, y los relatos de aquellos que se vieron convertidos en algo que nos hace preguntar hasta dónde puede llegar el hombre cuando en lugar de actuar como un ser humano lo hace como un animal.

Un teatro documental en el que sus seis intérpretes encarnan a un total de 38 personajes en lo que solo se puede definir como un caudaloso torrente de entrega total y eficaz saber hacer. La procacidad con que Ernesto Alterio alterna a Videla y Maradona durante la evocación del mundial de fútbol de 1978, convirtiendo la sala en un campo de juego es poco menos que sublime. La camaleónica capacidad con que Ramón Barea pasa de ser Allende a Pinochet o Nixon. O la rotundidad de María Morales, haciéndose dueña de la sala en todos sus registros, ya sea en la asertividad periodística o en el delirio del episodio de Margaret Thatcher haciendo que lo que hasta un momento antes era un páramo de dolor se convierta en un lugar lleno de risas. Sin olvidar a Natalia Hernández, Paco Ochoa y Juan Vinuesa, tan versátiles, prolíficos, capaces y exitosos como sus compañeros.

Súmese a ellos la finura de los textos de Albert Boronat, Andrés Lima, Juan Cavestany y Juan Mayorga, lo acertado de las videocreaciones y la expresiva iluminación para lograr un resultado es redondo. Shock (El Cóndor y el Puma) resulta ser un montaje teatral tan impresionante como la Historia (que no historia) que nos cuenta.

Shock (El Cóndor y el Puma), Teatro Valle-Inclán (Madrid).

“El idiota” de Vera y Dostoievski

Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

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Hay algo que hace muy especial este montaje de Gerardo Vera. La escena está sólidamente construida a todos los niveles, cada elemento está concebido y trabajado como si fuera el único y tuviera que destacar por encima de todo. Pero cuando escenografía, proyecciones, vestuario, luces, sonido y música se unen a las interpretaciones y el movimiento de los actores sobre las tablas, cumplen estrictamente su función. Resultan excelentes pero dejan que el protagonismo recaiga sobre lo que provocan las andanzas, la personalidad –orgulloso, tozudo e inocente a partes iguales- y el casi siempre imprevisible comportamiento del príncipe Myshkin sobre los que le rodean a su vuelta de Suiza tras pasar una temporada en un internado por problemas médicos.

Así, cuando el escenario abre su acción, atmósfera y emociones hacia el patio de butacas, la sala principal del Teatro María Guerrero se llena de una magnífica sensación, cuanto sucede es producto del libre albedrío del destino y no una ficción literaria. Una fantasía concebida por Dostoievski que se inicia con un protagonista que acude a San Petersburgo en busca de una prima lejana. Allí, el joven huérfano toma contacto con su familia y con aquellos con los que estos se relacionan. Un pequeño universo en el que le llaman especialmente la atención dos mujeres, Alexandra –hija de sus primos- y Anastasia –la prometida de Ganya, el asistente de su familiar, general del ejército ruso-.

La adaptación teatral de José Luis Collado de la novela publicada entre 1868 y 1869 muestra un doble frente. De un lado el de la atracción que confluye en el amor y los síes y los noes sin puntos intermedios del destronado Myshkin. Del otro, aquel contra el que estos chocan continuamente, una sociedad en la que los hombres se mueven por intereses económicos y el ejercicio del poder, y las mujeres por mantener o mejorar su posición social a cambio de seguir unas normas sociales y unos códigos estéticos. Ambiciones desmedidas y rigideces conductuales que generan conflictos y dramas en un ambiente imperial de aire francés en el que los exteriores se combinan con los interiores gracias al acertado manejo de las proyecciones y las transparencias, y los motores hacen subir y bajar escenarios que nos llevan de lugares suntuosos a residencias humildes.

Pero lo mejor de todo es la batuta que marca, además de la música y de los efectos de sonido,  el tono y el ritmo de la narración, el devenir de las personas que habitan El idiota. Y quienes la manejan bajo la muy eficaz dirección de Vera, son sus intérpretes, destacando entre todos ellos los que encarnan a Myshkin y Anastasia. Fernando Gil realiza un trabajo soberbio a nivel verbal, gestual y corporal, haciendo que su personaje sea único y se gane la atención del público por el encanto y atractivo personal que imprime a su personaje. Marta Poveda, en cambio, actúa como un instrumento de percusión, golpea el aire con su presencia haciendo que cuanto la rodea se amolde a la vibración de su presencia y al eco de su recuerdo cuando no está en escena.

El idiota, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“La geometría del trigo” y de lo pendiente

Meses después de ser editado, Alberto Conejero dirige sobre las tablas del Teatro Valle Inclán su propio texto con una puesta en escena que gira en torno al poder de la palabra, la presencia física y la ausencia espiritual. Tres elementos fundamentales con los que conecta el presente con un potente pasado gracias al excelente trabajo de los intérpretes que encarnan a los personajes que lo habitan.

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Las limitaciones presupuestarias de producción mandan y el montaje de esta excelente creación de Conejero no cuenta con las propuestas escenográficas que planteaba en la primera edición (ya va por la segunda) que la editorial Dos Bigotes publicó en junio pasado. Pero la solución por la que opta para resolverlo es más que correcta, hacer aún más protagonistas a los personajes sobre el escenario, a lo que tienen que decir y a lo que callan, y a cómo están unidos se relacionen o no. Bajo esa premisa es como una joven pareja se traslada desde la Barcelona actual hasta un pueblo minero jienense de décadas atrás. Allí, un reciente matrimonio espera a su primer hijo y reciben la visita de un amigo del marido al que este hacía muchos años que no veía.

La motivación del viaje es la noticia de que el padre de Joan, hombre al que nunca conoció, ha muerto, lo que pone de relieve no solo esa ausencia perenne, sino la falta de rumbo en que parece estar sumida tanto su relación como él mismo. Esa búsqueda de sentido, de objetivos, de proyecto de vida no solo suya, sino de casi todos los personajes es lo que se respira de principio a fin de la representación. Les falta el oxígeno de la identidad, de saber quiénes son de manera individual y si pertenecen a un nosotros, de qué está formado ese hipotético binomio de complementariedad y reciprocidad.

Una atmósfera de intimidad cercana a la confesión y de anhelo de comunión creada con los claroscuros y las penumbras de una excelente iluminación, con un escenario que aúna de manera natural en su suelo rural y su pared agrietada todas las dimensiones (espaciales, temporales y emocionales) que se relatan, y con una dimensión acústica que aúna en las mismas coordenadas el ritmo respiratorio, el pulso cardíaco y el latido anímico de los personajes y de sus espectadores.

Una base sobre la que Consuelo Trujillo borda a esa mujer que representa la autoridad, la entrega y el instinto protector de la maternidad, pero también la sabiduría, la sensatez y la tranquilidad reposada de la experiencia de vida, de quien es la más vieja del lugar. Tras ella el triángulo afectivo-amistoso que conforman Zaira Montes, Juan Vinuesa y José Troncoso, tres presencias energéticas que lo llenan todo con su derroche de poesía, con la transparencia con que dejan ver a quienes encarnan y con el equilibrio con que transmiten la tensión entre el deseo y el deber, los anhelos y la frustración y el protagonismo que su ayer tiene en nuestro hoy. Un presente que pasa más desapercibido por lo que tiene de cercanía y de proyecto en construcción, pero que cumple su papel de motivar la mirada hacia el pasado y de mostrar el vacío de los asuntos por resolver, comprender y respetar.

La geometría del trigo es aparentemente sencilla en su propuesta escénica –con todos los personajes siempre en escena- y en su mensaje –con un lirismo de aires lorquianos-, pero la claridad de su exposición hace que llegue hondo y provoque un eco de profunda emoción, ese por el que merece mucho la pena ir al teatro a ver y a verse.

La geometría del trigo, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).

“Consentimiento”

No es no. Pero cuando se le intentan buscar grietas jurídicas a una afirmación tan tajante, el destino hace de las suyas con quien osó poner en duda que el negarse a tener sexo fuera pronunciado con convicción.  Ese es el propósito de una función con un mensaje muy bien intencionado, pero a la que le sobran minutos para transmitirnos lo que pretende.

Consentimiento

Hace un año Magüi Mira presentaba en esta misma sala Festen. Salí de la representación con sensaciones parecidas a las que me ha provocado esta función. El escenario dispuesto en forma de U, con los personajes entrando desde su lateral abierto, momentos del conjunto humano comportándose como una masa anárquicamente compacta para generar una intencionada crispación en una situación muy límite. También entonces, como ahora, la diatriba argumental entre el que necesita que su dolor sea reparado y el que pone en duda lo que pasó, los efectos que esto generó o su carácter agresivo.

En su nueva propuesta, Mira ahonda en lo injusto que es para la víctima tener que defenderse utilizando el exclusivo y dialécticamente enrevesado lenguaje judicial. Y hacerlo, además, en un entorno de procedimientos solo comprensibles para los formados en él, en el que el valor de la justicia ha de luchar contra la habilidad de la retórica y la capacidad de la elocuencia. Pero Consentimiento no se queda ahí sino que da un paso más allá y nos presenta cómo se enfrentan a esta situación los habilidosos de la palabra y el Derecho cuando son ellos los que han de justificar sus afirmaciones.

Un viaje de un lado a otro que Mina Raime (autora del texto estrenado en Londres meses atrás) hace que acabe siendo completamente circular. Nos obliga a sustituir los planteamientos teóricos por la vivencia, las huellas y las cicatrices de la experiencia de la violencia sobre las dos dimensiones de toda persona. La física, atentada por la violación sexual y la moral, atacada por la deslealtad. Un claro propósito que, sin embargo, no es tan directo como sería de esperar, sino que se comporta como el Guadiana en una ruta dramática en la que la generación, la vivencia y la resolución de los conflictos –individuales, amistosos y conyugales- se confunden con la presentación y el retrato de los hombres y mujeres que los viven.

Así, el caso inicial, el de la mujer de estrato social humilde e intelectualmente limitada, violada que acude a los tribunales, se diluye en el momento en que el poder económico y el esnobismo pijo y snob de tres abogados, acompañados de las parejas de dos de ellos y una amiga común, hace acto de presencia y lo llenan todo con su verbo fácil, sus convencionalismos de clase media alta y profesiones liberales y sus conversaciones recurrentes. Tampoco ayuda, aunque no influye negativamente, el que este sea un montaje sin más escenografía que unas pocas cajas que los actores mueven por el escenario y de las que sacan los escasos elementos de atrezzo con que cuentan.

Consentimiento, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).

“Dentro de la tierra”, donde la vida lucha por hacerse valer

La vida presente, las ansias de futuro y las vergüenzas del pasado se aúnan en un espacio de plástico, un invernadero en el que Paco Bezerra enfrenta a aquellos que sueñan con una vida diferente con los que consideran que esta consiste en seguir un destino que viene dado por la tradición familiar. Un texto profundo y lleno de sensibilidad, con unas líneas narrativas y personajes muy bien trazados y una correcta y lírica puesta en escena.

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La Almeria que conocemos y que nos recibe en el escenario del Teatro Valle Inclán es un desierto, un lugar seco en el que apenas crecen los árboles pero donde gracias al plástico brotan las frutas y las verduras que comemos muchos días. Un páramo, un erial fuera de las zonas cubiertas, duro, amarillo apagado, árido, dominado por el silencio del viento y en el que se hacen patentes el sudor y el esfuerzo, las llagas en las manos y el dolor de espalda de los hombres y mujeres que plantan y recogen esos productos por los que pagamos unas cifras que ellos nunca recibirán.  Un lugar y unas cantidades que aunque parezcan inhóspitos, son percibidas –tal y como deja entrever lo que escuchamos- como algo grande por aquellos que llegaron hasta allí desde el otro lado del Mediterráneo.

Paco Bezerra sintetiza en Dentro de la tierra un territorio habitado igualmente, y desde hace mucho, por apellidos que tienen allí unan raíces que sostienen, a la par que atan, un sistema social en el que el sentido del bien y la justicia están escondidos tras valores antiguos, trasnochados y anquilosados, basados únicamente en la tradición y las costumbres. Unas coordenadas geográficas en las que para muchos no está permitido pedirle a la vida más que alimento, techo y una cama caliente. Fuera de eso, se puede conseguir un extra material mediante el trapicheo, pero la paz solo es posible si uno acepta la incultura y la falta de ambición. Si aspira a más se encontrará no solo con las imposibilidades materiales, sino también con los impedimentos sociales y, más aún incluso, familiares.

Un complejo microcosmos representado por siete personajes –jóvenes y mayores, nacionales y extranjeros, hijos y padres, hermanos, vecinos, amigos y enamorados- que encarnan distintas maneras de enfrentarse a esa asfixiante telaraña de realidad que parece no tener ni permitir alternativas. O alineándose y optando por lo primario, o luchando para mantenerse en la senda de la humanidad. La avaricia es lo que identifica a los primeros, el miedo es lo que domina a aquellos que pretenden la equidistancia, mientras que el afecto y la empatía es lo que buscan los últimos. Sin embargo, estos han de hacer frente a la soberbia con la que aquellos les contemplan y la ira con que les tratan.

El texto de Bezerra (Premio Nacional de Literatura Dramática 2009, entre otros galardones) está cargado de mensajes, unos literales y enunciados por sus palabras, otros más profundos y representados por losque estas sugieren, y otros aún más hondos por lo que subyace tras esa muchedumbre de visibilidades e invisibilidades. Distintos planos de la realidad social, familiar y personal que Luis Luque lleva a escena con un continuo lirismo, generador de una atmósfera que hace florecer las emociones y las motivaciones de los que habitan ese lugar en el que la vida lucha por hacerse valer.

 

Dentro de la tierra, en el Teatro Valle Inclán (Madrid).