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“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen

“El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

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Que el bien común no es siempre lo buscado por los que nos gobiernan es algo que viendo las portadas de los periódicos de cada día no nos sorprende lo más mínimo. Como tampoco la visión a corto plazo de muchas personas cuando se trata de decidir entre la comodidad material o la integridad moral. Este es el conflicto inicial que nos propone Ibsen para hacernos reflexionar sobre cuáles son nuestros valores, si realmente somos leales a aquello en lo que decimos creer, y el precio que estamos dispuestos a pagar por serles fieles.

Cuando la realidad obliga a decidir entre mirar para otro lado o salir de nuestra zona de confort es cuando se demuestra cuánto tenemos de colectividad cohesionada y de ciudadanos conscientes de sus deberes cívicos. Así, en esta imaginaria localidad costera de Noruega todo salta por los aires cuando un hombre le hace saber a sus vecinos que su balneario no es solo una fuente de riqueza como ellos creen, sino también un foco de insalubridad que pone en riesgo la salud y la vida de sus usuarios. Ante la disyuntiva entre los ingresos estables y el esfuerzo de reinventarse, la ciudadanía –con el alcalde y el periódico local a la cabeza- acusan al mensajero de semejante noticia de no buscar otro fin que el de su desgracia llegando a tacharle de “enemigo del pueblo”.

Inteligentemente Ibsen le da una vuelta de tuerca a la situación y nos propone otro conflicto, de orden tan ético como el anterior, ¿es la democracia el mejor sistema de gobierno? ¿No estamos en manos de personas que no solo no conocen, sino que no saben valorar, pensar, reflexionar y decidir justamente? Quien antes fuera vilipendiado por sacudir los cimientos de la convivencia de su pequeña ciudad, responde proponiendo dejar atrás ese sistema de representación y establecer uno en que las decisiones de gobierno sean tomadas por unos pocos elegidos. Como el que dice que ya existe en la sombra, pero cambiando a las personas que lo forman por otras entre las que ha de estar él. ¿Es esto coherente con su postura anterior?

Y entre un pasaje y otro aparece desempeñando un papel fundamental ese pilar de nuestra sociedad que son los medios de comunicación, cuya teórica función es la de informar y denunciar los excesos e incapacidades de políticos y gestores públicos. Pero esta misión puede no estar alineada con los principios de los que los dirigen, sometidos a las presiones de la política y a las tentaciones del dinero. Una distancia entre lo que es y lo que debiera ser que hace todo más complejo y enmarañado, tanto en la superficie como de puertas adentro.

Ibsen escribió Un enemigo del pueblo en 1883, pero bien podría parecer una obra de nuestros días por la tensión y universalidad de los argumentos que se manejan en sus diálogos. Conversaciones en los que cada personaje se expresa con la precisión y exactitud adecuada para que entendamos sus motivaciones personales y los vínculos que les unen con los demás protagonistas. Una extraña combinación de familia y soledad en la que según su autor está la fuerza que puede romper los límites y barreras que nos someten e impulsar nuestro progreso y desarrollo colectivo.

Un enemigo del pueblo, Henrik Ibsen, 1882, Alianza Editorial.

 

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“La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza

Una ficción que toma como base la historia real para con humor inteligente y sarcasmo incisivo mostrar cómo hemos evolucionado y crecido en lo material, pero siendo igual de desgraciados y canallas según nos toque vivir del lado de la miseria o de la abundancia. Un gran retrato de la ciudad de Barcelona y una aguda disección de los años que entre las Exposiciones Universales de 1888 y 1929 la proyectaron hacia la modernidad en una España empeñada en no evolucionar.

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A finales del siglo XVIII Inglaterra prendió la mecha del progreso con la primera Revolución Industrial, un fenómeno que a España tardaría en llegar y que cogería ritmo cuando buena parte de nuestros vecinos europeos ya estaban en su segunda oleada.  Por este motivo su puesta en marcha lo hizo a paso apretado para intentar recuperar el retraso, lo que sabiendo cómo somos implicaría buenos resultados y chapuzas a partes iguales en los logros conseguidos, así como duras vivencias, más propias de una indigna inhumanidad, para aquellos a los que les tocó dejarse la vida en ella. En ese barrizal simbolizado por la construcción del recinto de la Exposición Universal de 1888 es donde se zambulle Eduardo Mendoza para hacernos palpar el frío, la suciedad, el calor y la nula higiene que sufrieron muchos, así como la falta de principios y escrúpulos de los que se creían más y mejores que los que no formaban parte de su círculo, ese cuyo diámetro quedaba marcado por la solera de su apellido y la cantidad de billetes de su chequera.

Dejando claro que su intención es entretener y divertir haciéndonos fantasear, pero sin faltar a una verdad a cuyas líneas generales –nombres, fechas y acontecimientos- le es fiel, el autor que deslumbró con La verdad sobre el caso Savolta logra su doble objetivo. La ciudad de los prodigios resulta pedagógica sin que nos demos cuenta. Cuando la hayamos concluido nos daremos cuenta de que hemos leído, incluso aprendido, las líneas generales de cómo Barcelona evolucionó en lo social, lo político y lo empresarial, así como su siempre difícil relación con la capital del Reino de España y el resultado de su comparación con las grandes metrópolis de finales del siglo XIX y principios del XX a las que miraba, imitaba y aspiraba incluso a superar.

Como hilo conductor, el personaje de Onofre Bouvila resulta el perfecto compendio de todas las caras del comportamiento humano, desde las más sociales y habituales hasta las más particulares y ocultas, esas que solo mostramos cuando la vergüenza, el pudor o el respeto por nuestros semejantes no forma parte de nuestra persona. El que comienza siendo un niño pobre y condenado a sobrevivir en el día a día, es capaz de valerse de las debilidades de sus semejantes para hacer de ello sus fortalezas y a partir de ahí construirse una sólida estabilidad que es tan endeble como potente. Él es esa ciudad condal que acoge a los que llegan del mundo rural buscando alimento y les convierte en canallas, en hombres y mujeres elegantes con una cara informal y otra tan golfa como viciosa en la que se dejan de lado los principios y las buenas formas en lo referente a la identidad y las prácticas sexuales, las ideas políticas y el ejercicio de la función pública, la ética en los negocios o los lazos afectivos.

Mendoza no deja títere con cabeza y no hay gobierno, político, institución o capa social que se libre de su pluma mordaz y el sarcasmo de su construcción literaria. La ciudad de los prodigios prolonga a autores anteriores como Mihura o Valle-Inclán que encandilaban y seducían con sus formas para a través de la ironía dejar claro y patente que no todo lo que nos rodea es tan alegre y ligero como parece, pero que con buen humor se digiere mucho mejor.

 

“The last book in the universe” de Rodman Philbrick

En un mundo sin libros el saber no tendría soporte alguno, las personas no tendrían medios con los que desarrollar su inteligencia y la sociedad fuentes con las que articularse. No habría conciencia de pasado ni posibilidad de futuro. Ese es el mundo que relata esta novela concebida para adolescentes pero que es también una fácil lectura para todos los públicos.

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Una manera correcta de hacer llegar la literatura a los más jóvenes es contando historias de adultos -que en realidad son las de todos-, adaptadas a una manera de ver la realidad que no es diferente, sino más sencilla. Un punto de vista no más simple, sino al que tan solo le falta la experiencia (¿madurez?) para ver las conexiones que establecen niveles de complejidad, de relación equitativa, de subordinación, de causa o de consecuencia, entre todos los elementos que forman la vida.

El respeto a este principio, buscando empatizar –en su estructura, lenguaje, diálogos, tramas y elenco de personajes- con la manera de ver el mundo que puede tener alguien de trece, catorce o quince años es lo que hace que este título de Rodman Philbrick funcione. Una obra publicada en el año 2000 en el mercado anglosajón –y que no he sido capaz de encontrar traducida al español si es que existe tal versión- y escrita a partir de un relato previo, tal y como explica en su epílogo.

Desde el inicio hay una idea que queda clara, donde no hay soportes documentales, donde no se lee, la ignorancia, el miedo y los falsos mitos acampan. La primera muestra en el personaje protagonista. Un individuo sin nombre propio, denominado “espasmo” (spaz en inglés) por sus ataques de epilepsia y producto de los cuales es despreciado y expulsado por una familia que no es tal. En un entorno donde el objetivo es meramente sobrevivir, las relaciones no se establecen en torno a lazos biológicos que derivan en afectos, sino en un pragmatismo organizativo cuyo único fin es garantizar la supervivencia de la especie. Aunque incluso dentro de esta hay niveles, desde la absoluta animalidad hasta la más exacerbada racionalidad. Según el nivel de la escala en el que estés, así será el área compartimentada del mundo, limitada por peligrosas fronteras que son como muros impenetrables, en la que vivas tras la hecatombe, un gran terremoto que aplicará tabula rasa al desarrollo de la humanidad. Una vuelta a una oscuridad como la del medievo, pero esta vez no con impronta religiosa, sino entre los escombros del desarrollo tecnológico, científico y humanístico al que fuimos capaces de llegar.

Un entorno de ciencia-ficción en el que con referencias al clásico griego de la “Odisea” se lucha contra lo abstracto, un sinfín destruido, anárquico y caníbal, con un objetivo concreto, llegar al ser querido y ayudarle a conservar la vida. Una misión liderada –junto a dos secundarios femeninos que aportan la ilusión del presente y el afán de lograr un futuro integrador- por dos hombres, un adolescente y un viejo, que se complementan. Las ganas de comerse el mundo y las de saborearlo, la audacia y la serenidad, el valor y la visión, el ímpetu y la reflexión se unen para llevar a cabo una misión que no es más que una metáfora del mucho mal que nos podemos hacer si nos dejamos llevar por la irracionalidad y de cuánta fuerza interior y habilidades positivas tenemos si, unidos, nos marcamos como objetivo un fin de progreso y mejora colectivo.

“Nuestra incierta vida normal” de Luis Rojas Marcos

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Los seres humanos queremos por norma un mundo seguro, que nos ofrezca oportunidades y posibilidades de desarrollo, o que al menos mantenga la estabilidad tanto como el tiempo que nosotros vayamos a vivir en él. Pero encendemos la tv o la radio u hojeamos el periódico y la mayoría de los titulares son sobre crisis, corrupción, inseguridad, malos resultados, peores previsiones, delitos, irracionalidades, abusos,… Y vivimos con la sensación de que de un tiempo a esta parte, el caudal de este río de desasosiego es cada vez mayor con el riesgo de desbocarse e inundarlo todo.

¿De verdad es todo así? ¿Se puede vivir en un mundo en el que mucho de lo que oímos, leemos –e incluso decimos- son previsiones y juicios apocalípticos?

Luis Rojas Marcos opina que la realidad en la que vivimos no es así, que nuestro mundo es cada día mejor. Pero tenemos que ser capaces de no dejarnos llevar por esa corriente de incertidumbre y catastrofismo –cuyos principales agentes son los medios de comunicación y nuestros gobernantes- con capacidad de arrastrar nuestra propia estabilidad psíquica y física. ¿Cómo hacerlo?

Primero, mirando atrás, llevamos miles de años de evolución, ¿de verdad vivimos hoy peor que hace un siglo o que hace 10.000 años? Más bien parece lo contrario, estamos mucho mejor. Segundo, confiemos en nosotros mismos, no deleguemos en los mencionados medios y políticos la creación de nuestro estado de ánimo, visión y actitud ante la vida. Aunque siempre hay excepciones con las que tenemos que convivir, el ser humano, nosotros, yo, tú, somos positivos y constructivos por naturaleza. Estamos innatamente programados para ser colectivos e interactuar, y por ello capaces de enriquecernos y hacernos crecer mutuamente. ¿No ese el sentido de la familia, los amigos, los compañeros o los buenos vecinos que todos anhelamos tener y/o mantener?

Y tercero, utilicemos las capacidades y habilidades humanas que tenemos y pongámoslas en práctica en conjunto: relacionarnos, hablar, informarnos, conocer, dejarnos ayudar por la ciencia (ayer los electrodomésticos, hoy internet, ¿mañana?), cultivar la espiritualidad (sea esta mediante la religión o no) o reír (la vida con humor es otra cosa, ¡es más y mejor vida!).

Estas son algunas de las claves que Luis Rojas Marcos desgrana en esta breve obra, de lectura amena y sin intención de ser guía de caminos por descubrir. “Nuestra incierta vida normal” nos recuerda lo que sencillamente somos y podemos ser tanto juntos como sociedad, como uno a uno individualmente.

(imagen tomada de amazon.es)

“Desarrolla tu cerebro: la ciencia de cambiar tu mente” de Joe Dispenza

¿Cuál es la diferencia entre cerebro y mente? ¿Con cuál actuamos? Nuestra mente es la que elige qué queremos hacer, qué propósitos nos marcamos,… y nuestro  cerebro pone en marcha toda la maquinaria propia y la que requiera del resto del cuerpo para conseguirlo.

Entonces, ¿por qué hay veces en que nuestra intención de cambiar, de conseguir algo nuevo, se queda en papel mojado y volvemos a repetir una y otra vez los mismos patrones de conducta? Ese es el propósito de “Desarrolle su cerebro”, obra del neurocientífico Joe Dispenza, entender el funcionamiento del cerebro (cómo este puede marcar el registro de emociones que vivimos) y cómo la mente ha de interrelacionarse con él para mejorarnos y crecer.

Nuestro cerebro es un gigantesco ordenador que articula la complejidad a la que tras millones de años de evolución humana hemos llegado. Paso a paso, cada nuevo logro conseguido ha implicado también consolidación del mismo en el desarrollo de nuestro cerebro, hemos llegado a nuevas capacidades que forman parte de cómo somos, que nos definen. Nos creemos que son innatas, pero fueron grabadas en nuestro cerebro –modificaron sus estructuras neuronales- a través de la práctica de la/s mente/s que pusieron a este a conseguir dicho reto.

Y queremos seguir mejorando, corregir aquellas conductas que no nos producen satisfacción. Buscamos crecer, alcanzando nuevos desarrollos que en nuestra mente imaginamos. El objetivo último es que las mejoras y los crecimientos se integren en nuestra persona, en nuestro cerebro y nuestra mente de forma simultánea, para tener mayores posibilidades de crecimiento individual y colectivo.

La mente dirige y el cerebro ha de ponerse a su disposición. Pero, ¿lo hace? No siempre. ¿Por qué? Porque tiene a nuestro cuerpo supeditado a sus órdenes, a unos hábitos en los que se basa sus registros y su (des)equilibrio químico-emocional. ¿Es el adecuado? En muchos casos no, pero es lo único conocido para nuestro cerebro. Ese es el reto, ¿cómo ampliar dicho registro y rehacer el equilibrio para vivir un mayor bienestar personal?

El detallado análisis científico –excesivo en muchos momentos para los neófitos en estos temas, ese es principal hándicap de este título- del Dr. Joe Dispenza repasa desde lo más básico de nuestra estructura neuronal hasta la complejidad que articula en nuestro cerebro comportamientos, pensamientos y decisiones y las posteriores sensaciones que estos nos provocan, o bien al revés, cómo las reacciones químicas que conllevan determinadas sensaciones pueden limitar nuestras vivencias y elecciones en un ciclo que se repite una y otra vez y parece no tener salida.  Su intención es que conociendo las variables de nuestro cerebro, nuestra mente sabrá mejor cómo dirigirle y llegar a modificar sus estructuras neuronales e intervenir así sobre el equilibrio químico-emocional de nuestro cuerpo. Un trabajo arduo, pero vital para corregir actitudes que no nos son positivas o encontrar las vías por las que seguir evolucionando desarrollando nuevos propósitos y facultades.

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(imagen tomada de amazon.es)

(página web del Dr. Joe Dispenza: http://www.drjoedispenza.com/)