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“Una noche sin luna”, pero llena de luz

Un texto redondo, una interpretación espléndida y una dirección extraordinaria de Sergio Peris-Menchetta que materializa con inteligencia y sensibilidad la profundidad, capacidad y múltiple expresividad del doble trabajo de Juan Diego Botto. Un homenaje a la figura, las palabras y el pensamiento de Federico García Lorca que demuestra la razón de su universalidad y el por qué de su vigencia. 

Para cuando el planteamiento se ha convertido en nudo, Juan Diego Botto tiene a sus espectadores en el bolsillo. Hipnotizados, seducidos, convencidos, entregados a su conversión en el poeta de Fuente Vaqueros para explicarnos cómo fue que, aunque muriera la noche del 18 de agosto de 1936, habían comenzado a matarle mucho tiempo antes y la manera en que siguieron haciéndolo tras abandonar su cadáver en un lugar aún por descubrir. Pero no se alarmen, el tono del texto escrito por Botto no es trágico. No niega el drama, no huye de la seriedad de la reflexión social ni evita la crítica en su análisis político, pero lo que priman en él es el buen talante y la comicidad, la ironía y el sagaz sentido del humor de su protagonista. 

A partir de fragmentos de entrevistas, anécdotas, conferencias, extractos de sus dramaturgias y estrofas de sus poemas, Una noche sin luna se erige como una síntesis genial de la personalidad vibrante, el pensamiento agudo y la biografía interior de Federico. Más allá de los lugares, las personas y los momentos concretos que recuerda, su máximo acierto está en hacerlo evocando lo que pensó y concibió, transmitiéndonos sus fortalezas y debilidades, y acercándonos a su manera de estar y relacionarse con el mundo. Un sentir alejado de la visceralidad, la estrechez de miras y la búsqueda de confrontación de la época que le tocó vivir y que desembocó en el fratricidio que estalló un mes antes de que le fusilaran por rojo y maricón. 

Una abundancia y profundidad de información y impresiones a la que el monólogo y la destrucción de la cuarta pared por parte de Botto le dan una fluidez que embauca al patio de butacas haciéndole olvidarse de estar ante una ficción. El deleite, el gozo y el disfrute es tal que genera la ilusión de estar ante una realidad en la que nos gustaría quedarnos a vivir por siempre, a la par que nos sentimos extrañamente cómodos al descubrir que los parlamentos de algunos de los múltiples secundarios de la España de décadas atrás que escuchamos -yendo del costumbrismo a la caricatura, del epítome al compendio- suenan tan irrespetuosos, tendenciosos y peligrosos como muchos de los que seguimos siendo testigos hoy en día.  

La soberbia dirección de Sergio Peris-Menchetta materializa con exquisito pormenor tanto la poesía que articula el texto, sus distintas escenas y pasajes emocionales, como la potencia exterior de su mirada y la elocuencia sensorial de sus hipótesis y especulaciones. Un logro resultado de la elegancia y minuciosidad de la iluminación de Valentín Álvarez, la galanura y las metáforas del vestuario de Elda Noriega, el eco del espacio sonoro de Pablo Martín Jones y de las canciones de Rozalén, Morente y Lagartija Nick, y las múltiples y potentes alegorías de la escenografía de Curt Allen. Todos ellos juntos, unidos, compenetrados y perfectamente ensamblados consiguen que Una noche sin luna sea un soberbio espectáculo teatral, un sentido homenaje a Federico y un sincero agradecimiento al eterno valor, atemporalidad y generosidad de su legado. 

Una noche sin luna, en el Teatro Español (Madrid).

10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

10 montajes teatrales de 2020

El teatro es como ese navegante que, cueste lo que cueste, siempre se mantiene a flote. Te hace reír, llorar y pensar. Te abstrae, te incomoda y te sacude. Te saca de tus coordenadas y te arroja a las vicisitudes de mundos que ignoras, esquivas o desconoces. Te aporta y te da vida, te engrandece.  

“Prostitución”. De la comedia cabaretera a la verdad del teatro documento y la exposición de la denuncia política. Un recorrido por historias, testimonios y situaciones que hemos escuchado, leído, comentado y banalizado muchas veces.

“Carmiña”. Tras «Emilia» (Pardo Bazán) y «Gloria» (Fuertes), la tercera entrega de la Mujeres que se atreven de Noelia Adánez en el Teatro del Barrio puso el foco en otra gran escritora, Carmen Martín Gaite. Un personaje tan solvente como los anteriores, respetando su carácter único y dándole una solvente entidad dramática.

“Los días felices”. Un texto que se esconde dentro de sí mismo. Una puesta en escena retadora tanto para los que trabajan sobre el escenario como para los que observan su labor desde el patio de butacas. Un director inteligente, que se adentra virtuosamente en la complejidad, y una actriz soberbia que se crece y encumbra en el audaz absurdo de Samuel Beckett.

“Curva España”. El muy peculiar humor gallego de Chévere. Un particular “si hay que ir se va” que les sirve para elucubrar, imaginar y ficcionar la Historia (con mayúsculas) para dar con las claves que explican y ejemplifican muchas de nuestras incompetencias y miserias.

“Traición”. Israel Elejalde convierte la construcción literaria y psicológica entre el silencio, los monosílabos, las interjecciones y las frases hechas de Harold Pinter en un sólido montaje con buenas dosis de amor y humor, pero también de corrosión y dolor.

“Con lo bien que estábamos”. Qué arte, qué lujo y despiporre el de la Ferretería Esteban. Un espectáculo que suma esperpento, absurdez y espíritu clown. La atemporalidad de la tradición, de los clichés, los recursos y los guiños que si se manejan bien siguen funcionando.

“El chico de la última fila”. Multitud de capas y prismas tan bien planteados como entrecruzados en una propuesta que juega a la literatura como argumento y como coordenadas de vida, como guía espiritual y como faro alumbrador de situaciones, personajes y aspiraciones.

“Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero”. La muerte es una etapa más, la última de la materialidad, sí, pero también la del paso a la definitiva espiritualidad, que en el caso del que se va no se sabe en qué consiste, pero para el que se queda adquiere denominaciones como legado, recuerdo, homenaje y honramiento.

“Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra”. Activismo feminista y ecologista, dramaturgia, plasticidad, danza, crítica social y notas de humor en un montaje que va del costumbrismo al existencialismo en una historia que recorre nuestras tres últimas décadas.

“Macbeth”. La obra maestra de William Shakespeare sintetizada en una versión que pone el foco en la personalidad y las motivaciones de sus personajes. Dos horas de función clavado en la butaca, sin aliento, ensimismado, seducido e hipnotizado por un elenco dotado para la palabra y la presencia.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell

Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

No se llega a todo y Cuando deje de llover pasó por la cartelera del Teatro Español en 2014 y 2015 no encontré el momento de verla. Pero conservaba en mi memoria algunos entrecomillados de prensa y el boca a boca de entonces, hasta que el azar ha hecho que llegara a mis manos el texto de Andrew Bovell. Lo inicié con el prejuicio de dar por sentado que me iba a gustar. Si días atrás había salido encantado de Tribus, el último montaje de Julián Fuentes Reta, no me iba a pasar menos con el libreto de este título que también dirigió él. Lo que no me esperaba era verme envuelto en una atmósfera tan sensible y dolorosa como llena de amor y deseo de amor en su contenido, así como sugerente y poética en su propuesta escenográfica.

Desde 1958 en Londres hasta 2039 en Alice Springs, el título deja bien claro lo que sucede durante casi todas las escenas, cargándolas de una plasticidad que Bovell propone no solo para dotarlas de simbolismo, sino para darle base e hilo conductor a su acción. Ejerce, junto con otros recursos -como el comer sopa de pescado o determinadas sentencias- de déjà vu, estructurando su relato y sintetizando cómo el destino hace de las suyas uniéndonos más por los silencios, las ausencias y los vacíos que por lo explicitado con palabras, lo pactado de mutuo acuerdo y lo asumido conscientemente.

Los vínculos entre matrimonios (y su incomunicación), hijos (y su sensación de abandono), hermanos (que no se recuerdan) y parejas (que no tienen claro qué les une) quedan establecidos antes de ser explicitados, tanto en el mismo nivel temporal como entre generaciones, estableciendo una línea que no solo vincula, sino que liga en una misma actitud y proceder ante la vida a un matrimonio londinense con su bisnieto en el centro de Australia. Una conexión que se da en lo nuclear, su identidad, y en lo circunstancial, aquello en lo que fijan su atención y que sirve como alegoría de sus valores, motivaciones e interrogantes. He ahí Diderot y su pensamiento de que el hombre es responsable de su destino, las nevadas del verano de 1816, la entrada de los tanques soviéticos en Praga en 1968 o un futuro en el que el aumento del nivel del mar habrá hecho de las suyas.

Diálogos de frases cortas y situaciones en las que la tensión parece condensarse hasta materializarse. Escenas y monólogos cargados con gran fuerza emocional, tanto explícitamente como entre líneas. Una constelación familiar y un trama argumental con giros que demuestran que lo imposible es posible. Acontecimientos de los que sus protagonistas queda tan rehén como sus lectores/espectadores, los primeros por desconocer qué ocurre y los segundos por tener la imagen completa de la historia de la que forman parte. Como tantas otras propuestas (pienso en autores también de lengua inglesa como Tennessee Williams, Arthur Miller, Tracy Letts o Edward Albee), teatro catártico, duro, difícil e incómodo, pero humanamente necesario y sanador.

Cuando deje de llover, Andrew Bovell, 2008, Teatro Español.

“Con lo bien que estábamos” y lo mucho que nos reímos

Qué arte, qué lujo y despiporre el de la Ferretería Esteban. Un espectáculo que suma esperpento, absurdez y espíritu clown. La atemporalidad de la tradición, de los clichés, los recursos y los guiños que si se manejan bien siguen funcionando. Jorge Usón magnífico. Carmen Barrantes espléndida. Qué percal, qué presencia y qué voz las suyas. De la comedia al drama y de ahí al musical. Y José Troncoso, demostrando una vez más su capacidad para convertir el costumbrismo en ironía, humor y socarronería.

Lo maño, lo español, lo autóctono y lo popular como ingredientes de una fiesta y un jolgorio en el que lo narrativo y lo espiritual nos hacen reír de manera continua, sin tregua, sin descanso. Cuando no es por lo que se dice, es por cómo se dice, o por cómo gesticulan y se mueven Jorge y Carmen. Pareja compenetrada, complementarios, cómplices, articulados para ser siempre dos sin dejar de ser cada uno de ellos. Modernos a la par que vintage. Evocadores de Lina Morgan, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, Rosa María Sardá, Chiquito de la Calzada y otros muchos siendo también auténticos. Recogiendo su esencia, tics, gags y chascarrillos e incluyéndolos en sus propias ocurrencias, ideas, capacidades y expresividades para embarcarnos en algo conjunto.

Un viaje en el que tanto ellos, tripulantes de cabina, como nosotros, viajeros ávidos de nuevas experiencias, confluimos entregándonos completamente y retroalimentándonos hasta hacer de la Ferretería Esteban un lugar mágico, un establecimiento en el que no se recuerda cómo se entró pero del que sabes que no quieres salir. ¿Quién querría dejar un lugar en el que siente que hasta lo más absurdo, nimio e intrascendente puede convertirse en motivo de chanza, en sonrisa dibujada y risa compartida? ¿Para qué vamos al teatro sino para sentirnos abstraídos, transportados y convertidos en aquello que no somos o quisiéramos ser? Usón y Barrantes nos hacen felices durante hora y cuarto. ¿Se puede pedir más?

Troncoso es el mago con muchos trucos tras ellos. El prestidigitador escénico que decide con precisión puntillista dónde se ilumina y cuándo ha de sonar la música. El antropólogo que -como en Las princesas del Pacífico o Lo nunca visto– destila lo que prejuiciosamente tachamos de común, plano y anodino y nos muestra la autenticidad y el valor de su humanidad. El escritor que ha concebido este matrimonio ferretero que permanece a esa especie de profesionales, ciudadanos y vecinos a los que la globalización, la modernización y la tecnificación ha engullido hasta casi no dejar rastro de ellos. El director que cual abrillantador de diamantes convierte a Jorge y Carmen en ese matrimonio bien avenido, peculiar y particular que son Esteban y Marigel.

Un hombre y una mujer, un marido y una esposa aparentemente grises, plúmbeos, pero que llevados por la senda de la sorpresa y la imaginación despliegan registros que les convierten en seres oníricos y alucinados, en cantantes que hasta bailan dando el do de pecho, en humoristas que provocan, escandalizan y encandilan. Con lo bien que estábamos no es solo el título de esta función, es también la interjección que vendrá a nuestra mente cada vez que recordemos cómo nos sentimos viéndola y viviéndola.

Con lo bien que estábamos, en el Teatro Español (Madrid).

“Prostitución”

De la comedia cabaretera a la verdad del teatro documento y la exposición de la denuncia política. Un recorrido por historias, testimonios y situaciones que hemos escuchado, leído, comentado y banalizado muchas veces. Sin embargo, Andrés Lima consigue centrarnos, sorprendernos e incomodarnos situándonos en los prismas externos no mediáticos y en la complejidad de los internos de una realidad con la que no solo convivimos, sino que fomentamos y sustentamos.

El sexo sobre un escenario suele ser erotismo y pasión, materialización de una atracción, o excusa para la comedia y la hilaridad valiéndose de nuestros pudores y vergüenzas. Cuando quien nos causa la sonrisa es el sarcasmo de una prostituta deslenguada, la carcajada llega enseguida. Pero nos quedamos en la fachada de su discurso, en los eufemismos de su retórica, solo así le permitimos acercarse y dirigirse a nosotros. Así comienza Prostitución, y cuando nos tiene relajados, felices y contentos sintiéndonos lejos, por encima, ajenos a esos y esas que no somos nosotros, entonces es cuando este montaje nos sacude y nos introduce en lo que no queremos escuchar.

Los espejos expuestos hasta entonces, la hipocresía social y la mafiosa criminalidad en que se sustenta esta actividad, estallan en mil pedazos para dar voz a sus protagonistas. Las mujeres -y aunque en menor proporción, también los hombres- que se ven obligadas a dejarse usar para sobrevivir porque nuestro modelo de sociedad no les da un sitio digno en sus coordenadas clasistas, por haber sido condenadas mediante el abuso y la violación con el que fueron dañadas físicamente y heridas psicológicamente, porque el endémico patriarcado dice desde tiempos inmemoriales que el hombre gobierna y la mujer obedece, que él es la razón y ella el cuerpo que ser usado.  

En Prostitución son ellas las que nos cuentan la verdad que no queremos ver ni escuchar, que no nos relatan los medios de comunicación ni nos transmiten la asertividad de las cifras (en España nos gastamos 5 millones de € diarios en servicios de prostitución, actividad ejercida por 100.000 personas) y los discursos oficiales de las instituciones públicas. Meretrices, prostitutas, putas, con dignidad, con orgullo, con derechos, con personalidad, a pesar de los caprichos de sus clientes, de las imposiciones de sus proxenetas, de las barreras del sistema y del rechazo de la sociedad. La dramaturgia de Albert Boronat y Andrés Lima hace visible lo invisible, nos obliga a enfrentar lo que hemos decidido ignorar y evita hábilmente las trampas de la demagogia tertuliana sobre el tema.

Sobre esa base, una puesta en escena dirigida por Andrés Lima de manera inteligente, ágil y con ritmo que lo mismo nos sitúa trabajando al aire libre en un polígono industrial, en mitad de un bosque, en una casa de citas, en un prostíbulo o nos abstrae para trasladarnos las palabras de referentes en la materia como Virginie Despentes o Amelia Tiganus.

Todo lo técnico confluye, subraya y ensalza tanto la propuesta dramatúrgica como lo que Carmen Machi, Nathalie Poza y Carolina Yuste demuestran ser, por si no lo sabíamos ya, tres monstruos interpretativos. No solo por la multitud de personajes que encarnan cada una de ellas, la fastuosa manera en que mutan de unos a otros y la profundidad que les dan, también por la versatilidad de registros que les exige su participación en un recorrido tan extenso.

Prostitución es comedia, drama, acción, monólogo, diálogo, coordinación, música en directo, destrucción de la cuarta pared, movimiento, presencia y entrega corporal, cambios de vestuario y peluquería, acentos extranjeros, inmigrantes irregulares y debate sobre los derechos humanos. Es la intensidad de la tragedia clásica y la versatilidad y experimentación más actual. Igual que Jauría hace un año, esta obra no es solo teatro, es también pedagogía y sensibilización sobre un tema ante el que no hay medias tintas, tanto si pagas como si callas estás colaborando con lo que tiene de ilegal y criminal.  

Prostitución, en el Teatro Español (Madrid).

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Lo nunca visto”, más allá del drama y la comedia

Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

En los primeros minutos de Lo nunca visto te sientes como un espectador al que cuanto ocurre en escena le rinde pleitesía, que no pretende más que servirle entreteniéndole y haciéndole reír. ¡Ay de ti! Cuando te quieras dar cuenta José Troncoso te habrá trasladado a un lugar en el que te toca implicarte con la realidad que se abre ante ti (yendo aún más lejos de lo que ya lo hacía en Las princesas del Pacífico). Lo que había comenzado con hilarantes risas resultado del histrionismo y, por qué no decirlo, hasta del patetismo de sus personajes, acaba desvelándose como la fachada de las víctimas de unos dramas interiores tan profundamente reales como silenciosos e inimaginables en una primera impresión.

Pero tranquilo, el propósito de esta evolución argumental no es que te sientas mal, sino que no des por hecho que la sonrisa que te han causado hace de estas tres mujeres seres simples, planos y vacíos. El dilema que te plantean es muy sencillo. ¿Te ríes con Araceli, Mª Carmen y Sofía o de ellas? Tres personas tan sencillas y anónimas como cualquier otra en sus coordenadas. Dejaron por el camino sus sueños de niñas para convertirse en adultas en un entorno en el que no destacan por nada y que las considera más por lo que hacen o deben hacer -madre cuidadora, profesora instructora, esposa dedicada, hija sucesora- que por lo que son.

Esa es la ruta que describe un texto tan bien estructurado como cohesionado en su desarrollo gracias a la brillante y recurrente cotidianidad de sus diálogos, trayéndonos hasta el escenario una ruralidad -con acento gallego y andaluz- y un provincianismo que está más cerca y dentro de muchos de nosotros de lo que somos conscientes (o estamos dispuestos a reconocer).

Lugares comunes, chascarrillos, expresiones e interjecciones que van, vienen, vuelven y se repiten sonando siempre de manera diferente, con las que se expresa mucho diciendo poco. Exponiendo algo no manifestado anteriormente y, en consecuencia, ampliando la vida, los matices y la historia del universo que se despliega sobre las tablas. Una manera de comunicarse que suena familiar y a ya escuchada en multitud de ocasiones, pero que funciona a la perfección y que dentro de su polisemia contiene cuantos registros emocionales -alegría, sorpresa, hastío, tragedia, dolor, fuerza…- albergan lo que sucede y se representa en Lo nunca visto.

Una expresiva e infatigable verborrea a la que Belén Ponce de León, Alicia Rodríguez y Ana Turpin le suman un trabajo corporal sin descanso -con mucho de mimo y clown- que lo mismo las tiene encarnando sus personajes (o hasta algún secundario) que de pseudo regidoras para, con gran sutileza, preguntarnos donde está la doble línea roja de la verdad que separa la realidad de la ficción y, otra más, la de nuestra empatía permitiéndonos distinguir entre la representación y la satirización.

Lo nunca visto, Teatro Español (Madrid).

“El sueño de la vida”, la razón de ser del teatro

Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.  

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La dramaturgia no se limita a las páginas en que está impresa ni al escenario en el que es representada. Si se queda solo ahí no es más que mero entrenamiento, una comparsa para espíritus vagos y conservadores, almas inmovilistas sin pretensiones de mejora personal ni de evolución social. Según Federico, el teatro debía ser la continuación de lo que llevamos dentro, de la verdad, de la autenticidad de quiénes y cómo somos, de aquello que imaginamos y soñamos, de lo que nos vemos capaces de ser y de hacer, por más impedimentos, convicciones, reglas absurdas y miradas de nuestro alrededor que intenten limitarnos.

Eso cuenta, muestra y convence desde su brutal arranque El sueño de la vida que Lluis Pascual dirige en el Teatro Español. La Comedia sin fin que Lorca inició es un alegato pasional, la declaración de alguien que está convencido de su propósito, sacudir los cimientos de su sociedad para que esta abandone el estatus de pretenciosa superioridad y la senda de la oscuridad relacional en la que permanece anclada desde no se sabe cuándo.

Un mensaje que Pascual dirige y Nacho Sánchez interpreta totalmente entregado a esta misión, hacer que tablas, patio de butacas y edificio dejen de cumplir los cánones establecidos, se diluyan entre sí y se transformen en un espacio único en el que el teatro ya no sean ficción y representación sino un espacio donde nos mostremos y nos dejemos imprimir por la verdad, el drama, la comedia, la ilusión y la utopía de lo que está ahí fuera.

Un impetuoso torrente de palabras combinadas, mensajes polisémicos y relaciones entre planos de la realidad en el que no se sabe dónde acaba Lorca y dónde comienza Alberto Conejero. Pero da igual. La intensidad se transforma en una potencia enigmática cuando la convención del teatro se desdobla para dar cabida simultánea al ensayo y la representación (por parte de un elenco engranado con precisión absoluta) de una shakesperiana noche de verano, con toques de una acertada música en directo -piano y cajón de percusión-, que a su vez son invadidos por la revolución que estalla en las calles.

Una extraordinaria continuación que aparentemente vuelve a las normas de la representación dramática a la que estamos acostumbrados -una ficción, un escenario, unos personajes- para saltar nuevamente por los aires con su alegato de la libertad y la igualdad de todas las personas. Algo conseguido sobre manera con el escalofriante monólogo sobre proyección en blanco y negro de una Emma Vilarasau perfecta en todo momento.

Ahí es donde se ven más claramente la pluma devota de Lorca de Conejero y las manos moldeadoras cual arcillero de Pascual trabajando al unísono para conseguir que El sueño de la vida suene a Federico y a 1936.Pero también a reivindicación de su figura, obra y pensamiento y lo que le tocó vivir, lo que le preocupaba en aquel momento y que como él temía, le pudiera callar y matar. Viva la fuerza, la magia y la visión de Federico. Viva la hondura, la agitación y la conmoción de El sueño de la vida.

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El sueño de la vida, en el Teatro Español (Madrid).

“Los otros Gondra (relato vasco)” o cómo acabar con el dolor

Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.  

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Queda mucho por hacer para resolver la indigestión del sufrimiento que el terrorismo causó durante décadas. No solo la muerte de los centenares de asesinados que dejó, sino también el dolor crónico de los que sobrevivieron quedando marcados e impedidos tanto física como psicológicamente para siempre. ¿Cómo se les puede hablar a estos de etapa superada, de pasar página? Los otros Gondra parte de ese principio, de que el silencio no es sinónimo de paz o muestra de bienestar, sino un cierre que no se calmará mientras no atendamos el lado humano de algo que no es algo tan solo una cuestión política o judicial.

Un silencio que nos obliga a imaginar continuamente cómo fue nuestro pasado, qué sucedió, entenderlo y conocerlos para así liberarnos del peso de su oscuridad. Una imposibilidad, la de la vuelta atrás, que Borja nos propone resolver utilizando la ficción.

Quizás los acontecimientos en su familia no fueron tal y como expone, pero a estas alturas ya sabemos que en muchos hogares del País Vasco se vivieron situaciones como la que nos presenta. Hermanos, primos, padres e hijos enfrentados por unos principios que conllevaban, si era necesario, la extorsión o la muerte del otro si no claudicaba ante sus exigencias. La violencia alcanzaba así otro grado más de visceralidad, cómo hacer frente a aquel que te amenaza y al que la sangre te lleva a sentirte cercano. O cómo relacionarte con alguien que sientes que no apoya tus principios, tu manera de sentir apego a la tierra en la que habéis nacido y de ser fiel a las costumbres y principios en que se os ha educado.

Un pantanal en el que el autor se introduce sin dejarse atrapar en ningún momento por la inestabilidad de su suelo. Utilizando abiertamente los juegos formales de la escritura teatral (auto ficción, teatro documento,…) nos adentra en su proceso mental como creador –a través de los diálogos con su madre y su prima, dirigiéndose directamente al público o charlando a la manera de Unamuno con su propio personaje- para hacernos comprender a qué responde su necesidad de saber cómo se resquebrajó su familia tres décadas atrás y el gran vacío que eso le causa en su presente.

Los Otros Gondra queda así vertebrado por un inteligente recurso que nos demuestra que la literatura es una genial medicina con la que intentar dar respuesta a los asuntos pendientes. Pero lo valiente es que su propuesta no se queda ahí, sino que integra el presente, haciendo ver cómo el paso del tiempo y el dolor ha hecho mella en todos, enfrentando no solo a los que fueron víctimas y verdugos hace treinta años, sino también confrontando hoy a los verdugos consigo mismo. Y situando frente a ellos a los que han nacido más recientemente y miran hacia el futuro al tiempo que se encuentran en la diatriba de ser herederos de algo que consideran que les es totalmente ajeno.

Súmese a este mensaje universal la manera de hacerlo local con el uso del euskera, el frontón como escenografía o las danzas vascas y un elenco en el que todos están perfectos en esa combinación de personajes reales y luces de una constelación familiar que durante su representación integra e implica a todos sus espectadores. Los otros Gondra es también teatro medicina, teatro necesario.

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Los otros Gondra (relato vasco), en el Teatro Español (Madrid).