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10 textos teatrales de 2016

Autores españoles, americanos y chilenos; historias de siglos, décadas y años atrás; protagonizadas por familias, también por hombres y mujeres, en la mayoría de las veces, inmersos en una profunda soledad; sociedades en las que acampa la corrupción, el culto a las normas y donde también están aquellos dispuestos a ir en contra de los establecido; funciones que se han llevado al cine y que se han representado también en la calle,…

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“Trescientos veintiuno, trescientos veintidós” de Ana Diosdado. A través de dos hombres y dos mujeres, la autora de “Anillos de oro” y “Los ochenta son nuestros” planteaba en 1991 algunos de los cambios que estaba experimentando la España de entonces. De un lado el matrimonio, que dejaba de ser un acontecimiento con el que adquirir un estatus social, y del otro la política, en la que los casos de corrupción planteaban la falta de ética que se presupone a los gestores de lo público.

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“A siete pasos del Quijote”. El pasado noviembre el Barrio de las Letras de Madrid se llenó durante varias tardes de momentos quijotescos en los que hasta el propio Don Miguel dio la cara. Él mismo y su creación más conocida hablaron por boca de siete brillantes dramaturgos, dejando claro que los maestros vivieron en un tiempo y espacio determinado, pero que –unas veces por la forma, otro por lo tratado- lo contado por ellos está tan vivo hoy como el día en que lo escribieron.

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“Las brujas de Salem” de Arthur Miller. Cuando la sinrazón acampa, la lógica y el sentido común desaparecen, dejando el terreno libre para el ejercicio de la violencia que conllevan los comportamientos motivados por el deseo de poder, la envidia y la soberbia. Una brutal retrato de lo viscerales, canallas y diabólicos que podemos llegar a ser en una alegoría con la que Miller retrató la caza de brujas del Hollywood de los 50. Una obra maestra que sigue estando vigente y que bien podría valer como símil del funcionamiento de nuestro sistema político-mediático.

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“Nuestra ciudad” de Thornton Wilder. Una pequeña localidad de poco más de tres mil habitantes del noreste de EE.UU. a principios del s. XX resulta ser el reflejo de todas las edades, roles y dimensiones del ser humano, social y familiar. Un texto cuya maestría está en la transparente sencillez de su estructura, los limpios diálogos de sus escenas y el completo conjunto de personajes que lo habitan.

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“Nuts” de Tom Topor. El cine ha hecho que los juicios en EE.UU. nos parezcan una de las situaciones más teatrales que podemos encontrarnos en la vida cotidiana. La escenografía viene marcada por el sistema y los que intervienen pueden hacer de su discurso una construcción emocional más allá de los tecnicismos y formulismos del lenguaje jurídico. Tom Topor se vale perfectamente de lo primero para, a partir de lo segundo, profundizar hasta los aspectos más delicados de una historia “basada en hechos reales” en la que, bajo la apariencia de un asesinato y una prostituta, se encuentra una situación que no cuadra y un personaje herido y obligado a construirse a sí mismo.

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“Out cry” de Tennessee Williams. Dos hijos maltratados por sus padres, dos actores abandonados por su compañía, dos personajes unidos en el escenario por un lazo fraternal en un libreto sin un final claro. Una obra en la que su autor combina su mundo interior con la biografía de su familia en un doble plano de realidad y ficción tan íntimamente unidos y sólidamente escritos que en ningún momento sabemos exactamente dónde estamos ni hacia donde vamos.

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“Las manos” de José R. Fernández, Yolanda Pallín y Javier G.Yagüe. Una perfecta disección de la España rural de los años 40 a través de un grupo de jóvenes con toda la vida por delante. Un tiempo y un lugar en el que el hambre, el miedo, la influencia omnipotente de la religión, la desigualdad social y la lucha por la supervivencia cubren cada rincón de cuanto existe y acontece. Un asfixiante presente que tiene tanto de brillantez literaria como de retrato político, social y cultural.

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“La fiesta de cumpleaños” de Harold Pinter. Un día anodino, una casa cualquiera y varias personas aburridas pueden ser el momento, el lugar y los protagonistas de una historia tan intrascendente y absurda como catártica. Veinticuatro horas que comienzan con la tranquilidad de los lugares donde no pasa nada para dejar paso a un desconcierto que nos atrapa como si estuviéramos esperando a Godot.

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“Corpus Christi” de Terrence McNally. Al igual que Jesucristo fue crucificado por amar a todas las personas sin hacer diferencia alguna, Matthew Sheppard fue asesinado en EE.UU. en  1998 por sentirse atraído por los hombres. A partir de estos salvajes hechos, McNally hace un impresionante traslado a nuestros tiempos del relato católico de la vida y pasión de Cristo. En su valiente visión del Salvador como alguien con quien todos podemos identificarnos compone un cuadro en el que la homosexualidad es tanto manera de amar como excusa para la persecución y el castigo.

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“Abandonada” de Fernando Sáez. La última conversación entre Pablo Neruda y Delia Del Carril tras dos décadas de relación, la esencia de lo que queda tras veinte años juntos recogida en un único acto teatral. Los motivos del fin, los diferentes puntos de vista sobre lo vivido y la manera de afrontar el presente de una manera verdaderamente desnuda, haciendo de la intimidad un campo abierto en el que se exponen con toda su verdad el dolor femenino y la libertad masculina.

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10 funciones teatrales de 2016

Obras representadas por primera vez y otras que ya han tenido varias temporadas a sus espaldas; textos actuales y clásicos; montajes convencionales e innovadores; autores españoles, ingleses, canadienses, italianos, argentinos,…

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Hamlet. Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Home. Parecen inalcanzables cuando están sobre el escenario de un gran teatro, sin embargo, los bailarines de la Compañía Nacional de Danza resultan tan o más grandes, y su trabajo aún más bello, hipnótico y seductor cuando puede ser disfrutado en un reducido espacio como es el de La Pensión de las Pulgas. En su interior no existen distancias ni jerarquías entre intérpretes y espectadores y todos juntos se integran en este hermoso espectáculo.

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Tierra del fuego. Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Cinco horas con Mario. Miguel Delibes fue un genial escritor, plasmaba la realidad y sus personajes en sus páginas con una naturalidad asombrosa, quedándose él en un segundo y discreto plano como narrador. Lola Herrera es inconmensurable, no hay papel que interprete que no haga que el público se ponga en pie para aplaudirla. La unión de ambos, hace ya 37 años, hizo que una de las mejores novelas de la literatura española se convirtiera en un montaje teatral en el que texto y actriz se entrelazan en una simbiosis que solo se puede definir como perfecta.

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El laberinto mágico. Impactante de principio a fin. Un texto que repasa perfectamente las mil caras que tuvo nuestra guerra civil desde el lado de los violentados y finalmente perdedores. Un compenetrado elenco actoral que da vida a esos compatriotas que se sentían nación y acabaron siendo miles de víctimas anónimas enterradas nadie sabe dónde. Un soberbio uso de un casi vacío espacio escénico que se convierte en todos los lugares en los que desarrolló la contienda, desde el frente y los despachos policiales a los dormitorios, los museos y los teatros.

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Los desvaríos del veraneo. Un texto clásico hecho actual con elementos que le aportan ritmo, gracia y frescura. Una compenetración entre sus nueve intérpretes que consigue que todo cuanto sucede sobre el escenario esté lleno de vida, que sea fluido y espontáneo, como si no tuviera otra manera de ser. ¿Resultado? Un público entregado y dos horas de sonrisas, risas y carcajadas sin parar.

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Incendios. El pasado está ahí, pidiendo ser conocido y clamando convivir con nuestro presente. Mientras no le demos el tiempo y espacio que reclama, el futuro será imposible, no tendrá raíces ni base sobre la que crecer. Enfrentarse a él y bucear en sus entrañas puede llegar a ser un proceso difícil y complicado, lleno de momentos no solo amenazantes, sino de realidades desconocidas de gran crueldad. Un texto brutal y una eficaz puesta en escena con un reparto que se deja la piel sobre el escenario y en el que destaca por su maestría Nuria Espert.

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Reikiavik. Lo que sucedió, lo que vimos y lo que la leyenda posterior ha decidido que quede, auténtico o no, de todo aquello. Con la misma precisión del ajedrez, con la combinación de estrategia, dinamismo y paciencia que exige su juego, como con la pasión con que lo viven sus jugadores y aficionados, así fluye esta obra. Una ficción que condensa de manera ágil y precisa las múltiples facetas de aquella mítica partida, así como de su antes y después, entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa en 1972. Así son este texto y su puesta en escena de Juan Mayorga.

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La función por hacer. El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Todo el tiempo del mundo. Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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“Historias de Usera”, ayer y hoy de un barrio de Madrid

La vida de una ciudad es el día a día de sus vecinos, lo que les sucede cuando salen de fiesta y lo que les pasa cuando esperan su turno para hacer trámites burocráticos, lo que les ocurría ayer cuando las calles eran un lodazal de barro y hoy cuando transitan por ella ciudadanos llegados de China. Ese lugar es esta obra amena, divertida y entrañable, que no es perfecta, pero que tiene el don de envolver al público en la ilusión, las ganas y el disfrute con que está dirigida e interpretada.

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El teatro no son solo grandes escenarios con plateas de centenares de butacas en edificios con entradas de arquitectura solemne. El teatro son también pequeñas salas fuera de los lugares más transitados, visitadas mayormente por gente que reside cerca de ellas, dispuestos a dejarse sorprender por propuestas desconocidas o por nuevos puntos de vista sobre obras ya conocidas. Así es como nacieron estas historias en el barrio que les da nombre, en una sala ya cerrada, La Zona Kubik, desde donde han dado el salto a lo que para muchos implica el reconocimiento oficial del nivel más alto de la profesión, del negocio y de la crítica.

Sin embargo, no creo que haya tal paso ya que esta obra tiene lo que marca ese supuesto primer nivel, calidad. Calidad en el texto, en la puesta en escena y en las interpretaciones y con ello lo verdaderamente importante, emocionar, provocar sensaciones y despertar, agitar o tranquilizar (dando posibles respuestas) la conciencia de sus espectadores, haciendo de ellos miembros del reparto, habitantes del lugar ilusoriamente creado sobre el escenario. Y debió pasar antes porque sucede ahora en las naves del Teatro Español en el Matadero.

Produce una sonrisa pensar que lo que hace décadas fue una sala de fiesta ahora es una administración de Hacienda. Nos asombra descubrir que el primer concierto de Lou Reed en España fue aquí y que aquello acabó a los veinte minutos, lo que provocó el asalto del escenario y de los instrumentos de la banda por el público. Casi imposible imaginar que hubo un tiempo sin ciudadanos chinos en esta barriada, hoy engullida por el urbanismo madrileño y décadas atrás aislada al otro lado del Manzanares, cuando sus aceras eran de barro y eran paseadas durante la noche por serenos que ocultaban oscuras historias.

En su versión escenificada, Usera es habitada por once actores que encarnan eficazmente a los hombres y mujeres, niños y mayores, patrios y extranjeros, vecinos y visitantes cuyas andanzas y vivencias nos son contadas en los diferentes cuadros, actos y escenas que conforman esta función. Unos más convencionales, otros con un montaje más atrevido, algunos con su justa duración y otros que podrían ser más breves, con un humor efectivo cuando toca –un aplauso por el delirio de los vampiros chinos- y con dramatismo cuando corresponde, con diálogos fluidos la mayor de las veces y cuando no, un poco insulsos, quizás estirados, prolongados innecesariamente.

Pero en esta vida pocas cosas son perfectas, y cuando eso se asume con naturalidad, resultan más cercanas y humanas. Cuando uno no intenta aparentar más que lo que es y asume con humildad su sencillez, el efecto que causa es de autenticidad, de algo que quizás no sea nuevo y original, pero que es diferente y que tiene valor, que merece la pena, como lo merecen estas Historias de Usera.

Historias de Usera en las Naves del Teatro Español (Madrid).

“Sofía”, la persona tras el personaje

Setenta minutos de monólogo que son también varias décadas de la historia de nuestro país a través de las experiencias, recuerdos y pensamientos de una mujer que además de reina es también madre, esposa e hija. Un buen texto y una gran actriz que, sin reivindicaciones ni posicionamientos ideológicos,  diseccionan con elegante pulcritud y gran equilibrio, entre su parte pública y privada, a su personaje.  

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Los avatares por los que ha pasado la monarquía española en los últimos años han alimentado hasta la extenuación el morbo de querer saber cuál ha sido la realidad tras los focos de una institución que pasó de ser una familia modélica con funciones de estado a un conjunto de protagonistas individuales de las páginas de sociedad por comportamientos muy poco modélicos. Quizás sea esa la lógica motivación del texto de Ignacio García May, pero él no se queda ahí y realiza lo propio de un trabajo objetivo. No obvia lo morboso y lo mundano, pero lo trata como un punto más de la biografía y el relato de su personaje, integrándolo sin hacer ningún juicio de valor al respecto. Una tormenta que hoy parece haber amainado pero que tiene muchas papeletas de volver a arreciar si se produce la escena con la que comienza esta función, Juan Carlos muere y Sofía es quien atrae las escrutadora miradas de esa España que siempre se cree en posesión de la verdad y que dicta sentencias culpabilizadoras como manera de expurgar tanto sus excesos como sus pecados.

Con un lenguaje preciso, plagado de ricos adjetivos, lleno de matices para hacernos entender cómo se conjuga la imagen que se pretende transmitir, y la interpretación que hacen de esta toda clase de comentaristas, con la vivencia que se experimenta. Un triángulo de ser, estar y parecer que ha acompañado durante toda su vida a esta Reina española nacida griega y con sangre inglesa, danesa, prusiana y rusa en sus venas. Desde que su madre la mandara interna a un colegio alemán, cuando su boda tuvo que resolver toda clase de peros tanto del lado heleno como del franquista o en el instante en que su vestido fucsia atentó contra la negritud de las cortes que proclamaban Rey a su marido. Conflictos que también han sido internos como el de su lealtad matrimonial frente a la infidelidad recibida, o la obra maestra que ha sido su hijo en contraposición a los disgustos que le han dado sus hijas. Ella no esconde ni guarda nada, desgranando incluso aquellas entelequias bajo las que se la ha encorsetado y escondido, como su aclamada profesionalidad, que no era sino el complemento y el despiste necesario para popularizar la campechanía borbónica.

Un planteamiento y un material con el que Victoria Salvador se hace grande. Su versatilidad, capacidad y fluidez son asombrosas. Su dicción, la riqueza de sus registros y su lenguaje no verbal la colocan a la altura de señoras de la escena como Lola Herrera o Concha Velasco. La naturalidad con que llena el escenario y se mueve por él transmitiendo solemnidad, despertando sonrisas, compartiendo intimidad, concretando datos y trasladándonos desde su madurez y su presente a su infancia y juventud es digna de admiración. Un espléndido trabajo interpretativo que hace aún más grande a un personaje tan interesante en su faceta histórica como ahora también en su recreación teatral.

Sofía, en el Teatro Español (Madrid).

 

“Tierra del Fuego”, un lugar donde sanar las heridas

Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Basta mover un pequeño elemento como una mesa sobre un escenario para entender lo que puede significar el cambio de lugar o la desaparición de una pieza cotidiana en nuestras vidas. Como ese momento en que de manera imprevista un puñado de balas acabaron con la persona que estaba sentada a tu lado en un azar que hizo que la asesinada fuera tu amiga en lugar de serlo tú. Una lotería en la que el elegido para disparar resultó ser aquel al que el dogmatismo y la manipulación le convencieron de que tanto él como su pueblo eran la verdadera víctima y de que apretando el gatillo tenía una posibilidad de resarcir a los suyos, de vencer y de glorificarse. Nadie le advirtió de que en el mundo real acabaría, probablemente de por vida, en prisión, donde décadas después recibiría la visita de aquella a quien truncó su biografía para preguntarle por qué.

Un lugar en el que suceden realidades como esta es Israel. Una tierra de fuego en la que judíos y palestinos conviven, se dan la espalda, desean confraternizar y se odian. Como ese territorio al sur de Argentina en el que el Océano Pacífico y el Atlántico se juntan, se tocan y se entremezclan hasta quedar unidos, sin saber cuál entra más en el terreno del otro y dónde se acaba esa unión para volver a ser uno solo, único, al lado, pero lejos del otro. Un país y una metáfora que quedan concentrados en su esencia en esta ficción con muchos elementos de realidad, en una recreación que tiene incluso más fuerza una vez acabada que durante su representación.

La puesta en escena que Mario Diament ha realizado de lo escrito por Claudio Tocalchir consigue el objetivo para el que parece estar pensada, llegar muy dentro de sus espectadores y fijar dentro de ellos la semilla y la conciencia de la esperanza y la destrucción. Ambas a la par. Viendo y escuchando lo que sucede sobre el escenario, ¿con qué nos quedamos? ¿Con la víscera de la venganza? ¿Con la redención del que reconoce que hizo mal? ¿Justificamos al herido? ¿Le encontramos explicación lógica al que es tan verdugo como víctima? ¿Nos quedamos únicamente con ellos? ¿Abrimos los ojos y atendemos al extenso territorio de violencia física y psicológica en el que habitan?

Apenas un muro, unas luces, unas sillas y un grupo de actores siempre presentes, sintetizan sin matiz condescendiente alguno este mundo de causa y efecto, origen y consecuencia con un mar de fondo de política, religión, mitología e historia en el que parece imposible tener nada en claro. Nunca hablarán más de dos, siempre con una sobriedad que resulta intencionadamente angustiosa, sin gritos expresivos ni lágrimas liberadoras, apenas algunos momentos de canción árabe y de percusión acústica. Que el espectador se lleve con él la ansiedad, la duda, el vacío y la incertidumbre de una madre a la que arrebataron a su hija, de un padre que quizás fue asesino antes que afectado, de un marido que no comprende a su mujer, de una víctima a la que sus preguntas le alejan de su presente, de un prisionero en paz consigo mismo.

Tierra del fuego nos hace abrir los ojos para que reconozcamos que una de las medicinas que necesitamos para que sanen las profundas heridas por las que llevamos sangrando tanto tiempo, está en manos de aquel que las provocó. Somos una pequeña sociedad de almas agrietadas que solo quieren dejar de sufrir y, nos guste o no, no hay otra posibilidad de hacerlo que reconociéndonos el daño que nos hemos causado los unos a los otros.

Tierra del Fuego, en las Naves del Teatro Español (Madrid).

“A siete pasos del Quijote”, Cervantes está entre nosotros

El pasado noviembre el Barrio de las Letras de Madrid se llenó durante varias tardes de momentos quijotescos en los que hasta el propio Don Miguel dio la cara. Él mismo y su creación más conocida hablaron por boca de siete brillantes dramaturgos, dejando claro que los maestros vivieron en un tiempo y espacio determinado, pero que –unas veces por la forma, otro por lo tratado- lo contado por ellos está tan vivo hoy como el día en que lo escribieron.

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Si el creador de la vida y milagros de las aventuras y desventuras del ingenioso hidalgo estuviera vivo, ¿qué pensaría del devenir de la España en la que él vivió? ¿Cómo la retrataría? No es él quien contesta, sino a siete autores contemporáneos quienes suponen sus respuestas a su modo y manera en esta publicación, antes exitosa representación callejera producida por el Teatro Español, formando un completo y profundo discurso reivindicativo de la igualdad, la solidaridad y el poder democrático de la cultura.

Alberto Conejero es el encargado de abrir la conexión con el año 1615, aquel en el que se publicó la segunda parte del Quijote, para traer a su autor a nuestro presente como un apuesto joven que nos indica que Madrid no fue solo una de las ciudades que le acogió a lo largo de su agitada vida, sino que la villa y corte ha sido siempre hogar de muchos dramaturgos y sede de corralas, escenarios y espacios de representación de toda clase y condición. Con su siempre rico y grácil verbo, y su embaucador e hipnótico ritmo, Conejero y Don Miguel volverán a hacer acto de presencia dos veces más en el recorrido que es A siete pasos del Quijote. Una en su punto central para recordarnos con inteligentes y divertidos juegos sintácticos cómo fue su amistosa competencia con Lope de Vega, aquel que en los inicios del Siglo de Oro se llevó todos los laureles, incluidos los suyos. Finalmente, será Alberto quien cierre los cuadros que componen esta función callejera con un Miguelillo dirigiéndose a sí mismo y recordándose que, al tiempo que cuatro siglos no son nada, cuatrocientos años de protagonismo continuo es cosa de mucho valor, y que a pesar de las injusticias, el egoísmo y los atropellos de los ricos en materialidad, los dichosos de espíritu son los que tienen claro cuál es el alimento de la satisfacción y la felicidad. Son aquellos que, según un sensible y a la par vehemente Alberto, cada día se preguntan “¿dónde está mi corazón?” ¿Interrogante tras la que quizás haya un guiño a la Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo, también personaje con aires de Quijote?

Entre uno y otro momento quedan enmarcados dos bloques quijotescos, uno de tinte más emocional y otro más apremiante. Pero siempre social, para el de la ciudad complutense los protagonistas eran siempre las personas, no las jerarquías sin origen justificado o de los sistemas invisibles que por todas partes nos rodean y tanto nos aprietan hasta casi asfixiarnos.

En el primero de ellos María Velasco da voz a los desahuciados, esos a los que no escuchamos pero que, despreciados por nosotros, saben cuán miserables podemos llegar a ser. En su diálogo suena una agridulce ilusión que no es solo una manera de sobrellevar el halo de las cloacas, sino que es también el lazo empático con el que Velasco nos captura e introduce de manera amable e irreversible en esa realidad que vemos, pero que nunca miramos. A continuación, en Patria chica, tierra ancha, Pedro Cantalejo construye con gran solvencia una tensión de distancia y enfrentamiento, cercanía y consenso, que demuestra que el apego a la tierra se convierte en una cuestión visceral cuando se enfoca como excusa para marcar fronteras en lugar de como puertas abiertas a través de las cuales dar a conocer y compartir toda clase de vivencias. El toque más emocional queda de la mano de Carolina África que deja a un lado influjos y circunstancias externas para centrarse en la realidad e irrealidad de nuestros corazones, haciendo delicado e íntimo lo que en la pluma de otros quizás hubiera sido un merengue sensiblero.

El lado político se inicia con el paso más duro e impactante de este recorrido, el encuentro desesperado imaginado por Lola Blasco en ¡Teme a tu vecino como a ti mismo! entre dos personajes que un día fueron iguales y que hoy, sin haber dejado de serlo, están distanciados por las leyes, la administración y la burocracia que han hecho de uno, un ilegal, y del otro, el encargado de defender la nueva legalidad. A continuación y profundizando en lo en el análisis de la democracia de nuestro sistema, un esperpento valleinclanesco sobre la banalidad mediática que anula nuestras mentes y la vacuidad de nuestros representantes públicos. El responsable es un Juan Mairena en estado de gracia que propone un disparatadamente pop Ministerio de la Flagelación con mítines con aires de flashmob  en los que no se sabe qué son más grandes, si las verdades que se dicen o las carcajadas que provocan la manera en que se enuncian.

El drama llega de nuevo con la emotiva aparición de la madre y la hija de Sergio Martínez Vila que no saben cuál es el mayor naufragio, si el suyo viéndose en la calle o el del Congreso de los Diputados habiendo perdido completamente su razón de ser. De ese lugar sale el brillante representante ideado por Iñigo Guardamino que intentará convencer a Cervantes para que medie entre la selecta clase política y el común de la sociedad, pidiéndole que sede con su capacidad literaria los ánimos de una gente que aspira a que la democracia sea real, auténtica.

A eso aspiraba Cervantes y eso pretende con mucho acierto A siete pasos del Quijote. Que la libertad creativa sea el primer paso para que haya una verdadera justicia e igualdad entre todas las personas que conformamos la sociedad. Y que la cultura sea uno de los medios de libre expresión y educación universal. Que así sea siempre y que nunca deje de serlo.

“Numancia”, la fuerza de Cervantes

El cuarto centenario de su muerte es una buena excusa para volver a Cervantes y recordar cómo reflejó con sumo acierto la fuerza con que los indefensos son capaces de hacer frente a los bárbaros. En esta propuesta del Teatro Español brilla con intensidad lo que él escribió, aunque queda camuflado en algunos pasajes por un montaje que busca más su propio  protagonismo que apoyar lo que está sucediendo en escena.

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De entrada, encuentro sugerentes aquellas propuestas en que la acción sale del escenario, tal y como queda claro al tomar asiento para asistir a la Numancia de Pérez de la Fuente y ver la rampa que cruza todo el patio de butacas y a cuyo fin se puede ver mucho más de lo habitual de la caja escénica del Español. Un impacto visual que genera la expectativa de que lo que está por acontecer presumiblemente buscará hacernos sentir de manera intensa el asedio que los hoy sorianos vivieron a cargo de unos romanos invasores estratégicamente pacientes y militarmente asesinos.

Los despliegues técnicos y escénicos –además de para dar soporte a la acción-, son bienvenidos para comprender lo que está sucediendo cuando el texto que vamos a ver representado fue escrito allá por 1585. Ahora bien, cuando estos se convierten en soluciones expresivas o artísticas sin estar al servicio de la historia, por muy bien resueltas que estén, pueden llegar a distraernos o a no dejarnos vivirla con la intensidad que merece. Uno de los males de nuestro tiempo es el recurso fácil, como las proyecciones para materializar visualmente los momentos más dramáticos, como si no bastara con las palabras tan bien escogidas por Cervantes y espléndidamente entonadas por los intérpretes de este elenco. ¿Son necesarias las imágenes de refugiados y sometidos de ayer y de hoy para señalarnos la atemporalidad de lo escrito por Don Miguel?

Me gustó mucho el previo a que comenzara la función con los actores moviéndose de manera coordinada por el escenario al modo de una danza con sugestión esotérica.  Crea una atmósfera que arrastra nuestra atención hasta el punto en el que comenzará la magia de la representación con la aparición sobre las tablas de Beatriz Argüello y Alberto Velasco. Una pareja en la que, estando bien cada uno por su lado, no parecen ir de la mano. Cuando ella resulta seria y grave, él da la impresión de estar en un registro ácido, agudo, casi satírico. Frente a la solemnidad masculina de ella, la sinuosidad femenina de él. Ahora bien, cuando ambos avanzan en la misma dirección, como sucede en el pasaje de La mujer-España y El hombre-España, su narrativa se crece con el poder estético que surge de su trabajo conjunto.

Ese esteticismo fue el que me hizo perderme nuevamente en el grotesco pasaje del parto, que aun entendiendo el mensaje que aportaba al conjunto, su conexión quedaba diluida por su excesivo bizarrismo. Un aire a lo Peter Greeneway innecesario, como el momento pop rellenando el escenario con el movimiento circular de los actores, en ese momento sin texto, cubiertos con sus túnicas. Del lado enriquecedor hay que señalar la buena escenificación, dirección e interpretación por sus actores del dramatismo de las incursiones bélicas entre los dos bandos, la dura emocionalidad de los cuadros familiares numantinos y la ambición sin límites del lado romano.

Una fuerza que, a pesar de sus momentos nebulosos, se hace presente y demuestra que a pesar del sometimiento, los oprimidos también tienen recursos con los que hacer frente, e incluso vencer, a la violencia y la injusticia de los que ejercen el poder.

Numancia, en el Teatro Español (Madrid).