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“Lo nunca visto”, más allá del drama y la comedia

Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

En los primeros minutos de Lo nunca visto te sientes como un espectador al que cuanto ocurre en escena le rinde pleitesía, que no pretende más que servirle entreteniéndole y haciéndole reír. ¡Ay de ti! Cuando te quieras dar cuenta José Troncoso te habrá trasladado a un lugar en el que te toca implicarte con la realidad que se abre ante ti (yendo aún más lejos de lo que ya lo hacía en Las princesas del Pacífico). Lo que había comenzado con hilarantes risas resultado del histrionismo y, por qué no decirlo, hasta del patetismo de sus personajes, acaba desvelándose como la fachada de las víctimas de unos dramas interiores tan profundamente reales como silenciosos e inimaginables en una primera impresión.

Pero tranquilo, el propósito de esta evolución argumental no es que te sientas mal, sino que no des por hecho que la sonrisa que te han causado hace de estas tres mujeres seres simples, planos y vacíos. El dilema que te plantean es muy sencillo. ¿Te ríes con Araceli, Mª Carmen y Sofía o de ellas? Tres personas tan sencillas y anónimas como cualquier otra en sus coordenadas. Dejaron por el camino sus sueños de niñas para convertirse en adultas en un entorno en el que no destacan por nada y que las considera más por lo que hacen o deben hacer -madre cuidadora, profesora instructora, esposa dedicada, hija sucesora- que por lo que son.

Esa es la ruta que describe un texto tan bien estructurado como cohesionado en su desarrollo gracias a la brillante y recurrente cotidianidad de sus diálogos, trayéndonos hasta el escenario una ruralidad -con acento gallego y andaluz- y un provincianismo que está más cerca y dentro de muchos de nosotros de lo que somos conscientes (o estamos dispuestos a reconocer).

Lugares comunes, chascarrillos, expresiones e interjecciones que van, vienen, vuelven y se repiten sonando siempre de manera diferente, con las que se expresa mucho diciendo poco. Exponiendo algo no manifestado anteriormente y, en consecuencia, ampliando la vida, los matices y la historia del universo que se despliega sobre las tablas. Una manera de comunicarse que suena familiar y a ya escuchada en multitud de ocasiones, pero que funciona a la perfección y que dentro de su polisemia contiene cuantos registros emocionales -alegría, sorpresa, hastío, tragedia, dolor, fuerza…- albergan lo que sucede y se representa en Lo nunca visto.

Una expresiva e infatigable verborrea a la que Belén Ponce de León, Alicia Rodríguez y Ana Turpin le suman un trabajo corporal sin descanso -con mucho de mimo y clown- que lo mismo las tiene encarnando sus personajes (o hasta algún secundario) que de pseudo regidoras para, con gran sutileza, preguntarnos donde está la doble línea roja de la verdad que separa la realidad de la ficción y, otra más, la de nuestra empatía permitiéndonos distinguir entre la representación y la satirización.

Lo nunca visto, Teatro Español (Madrid).

“El sueño de la vida”, la razón de ser del teatro

Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.  

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La dramaturgia no se limita a las páginas en que está impresa ni al escenario en el que es representada. Si se queda solo ahí no es más que mero entrenamiento, una comparsa para espíritus vagos y conservadores, almas inmovilistas sin pretensiones de mejora personal ni de evolución social. Según Federico, el teatro debía ser la continuación de lo que llevamos dentro, de la verdad, de la autenticidad de quiénes y cómo somos, de aquello que imaginamos y soñamos, de lo que nos vemos capaces de ser y de hacer, por más impedimentos, convicciones, reglas absurdas y miradas de nuestro alrededor que intenten limitarnos.

Eso cuenta, muestra y convence desde su brutal arranque El sueño de la vida que Lluis Pascual dirige en el Teatro Español. La Comedia sin fin que Lorca inició es un alegato pasional, la declaración de alguien que está convencido de su propósito, sacudir los cimientos de su sociedad para que esta abandone el estatus de pretenciosa superioridad y la senda de la oscuridad relacional en la que permanece anclada desde no se sabe cuándo.

Un mensaje que Pascual dirige y Nacho Sánchez interpreta totalmente entregado a esta misión, hacer que tablas, patio de butacas y edificio dejen de cumplir los cánones establecidos, se diluyan entre sí y se transformen en un espacio único en el que el teatro ya no sean ficción y representación sino un espacio donde nos mostremos y nos dejemos imprimir por la verdad, el drama, la comedia, la ilusión y la utopía de lo que está ahí fuera.

Un impetuoso torrente de palabras combinadas, mensajes polisémicos y relaciones entre planos de la realidad en el que no se sabe dónde acaba Lorca y dónde comienza Alberto Conejero. Pero da igual. La intensidad se transforma en una potencia enigmática cuando la convención del teatro se desdobla para dar cabida simultánea al ensayo y la representación (por parte de un elenco engranado con precisión absoluta) de una shakesperiana noche de verano, con toques de una acertada música en directo -piano y cajón de percusión-, que a su vez son invadidos por la revolución que estalla en las calles.

Una extraordinaria continuación que aparentemente vuelve a las normas de la representación dramática a la que estamos acostumbrados -una ficción, un escenario, unos personajes- para saltar nuevamente por los aires con su alegato de la libertad y la igualdad de todas las personas. Algo conseguido sobre manera con el escalofriante monólogo sobre proyección en blanco y negro de una Emma Vilarasau perfecta en todo momento.

Ahí es donde se ven más claramente la pluma devota de Lorca de Conejero y las manos moldeadoras cual arcillero de Pascual trabajando al unísono para conseguir que El sueño de la vida suene a Federico y a 1936.Pero también a reivindicación de su figura, obra y pensamiento y lo que le tocó vivir, lo que le preocupaba en aquel momento y que como él temía, le pudiera callar y matar. Viva la fuerza, la magia y la visión de Federico. Viva la hondura, la agitación y la conmoción de El sueño de la vida.

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El sueño de la vida, en el Teatro Español (Madrid).

“Los otros Gondra (relato vasco)” o cómo acabar con el dolor

Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.  

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Queda mucho por hacer para resolver la indigestión del sufrimiento que el terrorismo causó durante décadas. No solo la muerte de los centenares de asesinados que dejó, sino también el dolor crónico de los que sobrevivieron quedando marcados e impedidos tanto física como psicológicamente para siempre. ¿Cómo se les puede hablar a estos de etapa superada, de pasar página? Los otros Gondra parte de ese principio, de que el silencio no es sinónimo de paz o muestra de bienestar, sino un cierre que no se calmará mientras no atendamos el lado humano de algo que no es algo tan solo una cuestión política o judicial.

Un silencio que nos obliga a imaginar continuamente cómo fue nuestro pasado, qué sucedió, entenderlo y conocerlos para así liberarnos del peso de su oscuridad. Una imposibilidad, la de la vuelta atrás, que Borja nos propone resolver utilizando la ficción.

Quizás los acontecimientos en su familia no fueron tal y como expone, pero a estas alturas ya sabemos que en muchos hogares del País Vasco se vivieron situaciones como la que nos presenta. Hermanos, primos, padres e hijos enfrentados por unos principios que conllevaban, si era necesario, la extorsión o la muerte del otro si no claudicaba ante sus exigencias. La violencia alcanzaba así otro grado más de visceralidad, cómo hacer frente a aquel que te amenaza y al que la sangre te lleva a sentirte cercano. O cómo relacionarte con alguien que sientes que no apoya tus principios, tu manera de sentir apego a la tierra en la que habéis nacido y de ser fiel a las costumbres y principios en que se os ha educado.

Un pantanal en el que el autor se introduce sin dejarse atrapar en ningún momento por la inestabilidad de su suelo. Utilizando abiertamente los juegos formales de la escritura teatral (auto ficción, teatro documento,…) nos adentra en su proceso mental como creador –a través de los diálogos con su madre y su prima, dirigiéndose directamente al público o charlando a la manera de Unamuno con su propio personaje- para hacernos comprender a qué responde su necesidad de saber cómo se resquebrajó su familia tres décadas atrás y el gran vacío que eso le causa en su presente.

Los Otros Gondra queda así vertebrado por un inteligente recurso que nos demuestra que la literatura es una genial medicina con la que intentar dar respuesta a los asuntos pendientes. Pero lo valiente es que su propuesta no se queda ahí, sino que integra el presente, haciendo ver cómo el paso del tiempo y el dolor ha hecho mella en todos, enfrentando no solo a los que fueron víctimas y verdugos hace treinta años, sino también confrontando hoy a los verdugos consigo mismo. Y situando frente a ellos a los que han nacido más recientemente y miran hacia el futuro al tiempo que se encuentran en la diatriba de ser herederos de algo que consideran que les es totalmente ajeno.

Súmese a este mensaje universal la manera de hacerlo local con el uso del euskera, el frontón como escenografía o las danzas vascas y un elenco en el que todos están perfectos en esa combinación de personajes reales y luces de una constelación familiar que durante su representación integra e implica a todos sus espectadores. Los otros Gondra es también teatro medicina, teatro necesario.

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Los otros Gondra (relato vasco), en el Teatro Español (Madrid).

“Los universos paralelos”

La muerte es una gran paradoja, puede hacer que los fallecidos estén más presentes que cuando estaban vivos. El dolor que surgió inesperadamente supera con creces a la alegría que imperaba en ese lugar que ahora es un páramo inerte. Un texto muy potente que pone a prueba el equilibrio de un matrimonio y una familia con una puesta en escena que, aunque no materialice todo su potencial, cuenta con una Malena Alterio capaz de todo.

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Una sonrisa, incluso una carcajada, ayudan a entrar en la realidad que hay tras una cara seria, una faz aparentemente inexpresiva, sus gestos adustos y su vestimenta de color gris y marrón. Los universos paralelos se inicia con una aparente ligereza, exponiendo la verborrea de una hermana cómica y el lenguaje corporal de una madre que recoge la ropa de un niño que ya no está. Una escena que termina con la primera embarazada y enlaza con la segunda conversando distantemente con un marido sentado a apenas unos centímetros. Para entonces ya ha quedado claro que en esta función hay, aunque convivan, más sombra que luz, más drama que comedia.

El fallecido está en todo lo que se dice y hace, se interpone entre los que fueron sus padres a la par que los sigue uniendo, lastra sus actitudes individuales al tiempo que es el condicionante que intentan sortear en todo momento. Tan solo su abuela parece capaz de convivir con él como muerto igual que debemos suponer lo hacía cuando estaba vivo. Este es el complejo y delicado entramado emocional que va desplegando con mucho cuidado y acierto el texto de David Lindsay-Abaire, hasta hacerse invisiblemente con todo el oxígeno del escenario del Teatro Español.

Una vez llegada a ese punto, esta particular constelación familiar sigue evolucionando, dándonos a conocer más sobre el pasado, la actitud presente y los propósitos futuros de estas personas unidas y separadas tanto por el dolor como por el afecto. Un discurrir del tiempo que gira en torno a esa madre incapaz de superar la tragedia, herida por la pérdida interior sufrida y afligida porque su alrededor sea capaz de sobreponerse.

Un agotador ejercicio de levantamiento de muros, y búsqueda de fisuras a través de las cuales sonreír y respirar, ante todas las formas de afecto con las que convive -marital, fraternal, filial, amistoso-, llevado a cabo con eficaz sobriedad por Malena Alterio. Un viaje interior que también realizan a su manera su marido, su madre y su hermana, pero en su caso ellos son únicamente piezas necesarias para el desarrollo de esta historia, no llegan a convertirse en motor de acción.

En parte porque los actores que los encarnan despliegan registros más limitados, no vemos en ellos nada diferente a lo que puedan habernos ofrecidos en trabajos anteriores (ya sea en teatro, televisión o cine). Pero también porque este montaje parece haber apostado más por ellos que por la creación de una atmósfera que ya existiera antes de subirse el telón, que imprimiera sus caracteres y determinara su devenir. Quizás así los que ocupan el patio de butacas no se sentirían solo espectadores, sino que se verían dentro del hogar de esta familia que se esfuerza por recomponerse.

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Los universos paralelos, en el Teatro Español (Madrid).

“La cantante calva”, tan absurda y divertida como divertida y absurda

Un hombre. Una mujer. Una pareja. Otro hombre. Otra mujer. Otra pareja. Una criada. Un bombero. Gente que habla, a solas, en grupo, entre sí. En un espacio con cinco sillas, un reloj, el periódico del día, un juego de café de porcelana fina y un carrito repleto de botellas de licor medio llenas y medio vacías. Al fondo, una puerta que a veces se abre sola, en ocasiones cuando se llama al timbre y que siempre se cierra tras salir por ella.

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¿Quién es esa señora que anuncia el título? ¿Qué canta? ¿Cuál es su repertorio? ¿Y su estilo? ¿Alguien la ha visto? Esperemos a que aparezca. Sube el telón. La que está en el escenario no puede ser ella, tiene pelo, una hermosa cabellera rizada. No, no es la cantante, es Adriana Ozores, una gran dama de la interpretación. Ella es la Señora Smith, una esposa, porque el que está a su lado, tres sillas más allá es su marido, el Señor Smith, un Joaquín Climent de lo más solemne. Él lee el periódico, ella no, ella habla, él no, él tampoco escucha. Luego ya sí, dialogan, se cuentan cosas, conversan sin decirse nada, como lo hacen dos personas que viven juntas. Le dan vueltas a asuntos funerarios de una conocida que se llama como su marido que se llama como su hijo que se llama como su abuela que se llama como su sobrino que se llama como su tío que se llama como todos los demás miembros de su familia. Resultan graciosos, pintorescos, aunque también patéticos, con un punto penoso, atrapados en sí mismos, el uno en el otro y cada uno lejos del otro.

Más jóvenes que ellos son el Señor y la Señora Martín, Fernando Tejero y Carmen Ruiz, un hombre y una mujer que llegan después. Él es más que un personaje televisivo, ella es más expresiva que un retrato picassiano. No se conocen pero tienen la sensación de que han coincidido en algún momento. En un viaje, en un tren, en un vagón, en un edificio, en un piso, en un apartamento, en un dormitorio, en una cama, desde hace años. Son absurdos, aparentemente incoherentes, lo que relatan tiene una lógica aún por descubrir, una coherencia que se fue de viaje, pero tienen encanto, provocan risas. Están tan vacíos de espíritu que juntos coreografían sus movimientos dándole sentido a sus almas.

Cuando los Smith y los Martín se juntan se monta un buen lío, como si el escenario fuera un salón de baile, pero sin baile. Aunque sí que hay algo de danza cuando aparece Mary, muy fogosa ella, muy ardiente y voluptuosa, con una chispa y gracia efervescente, con una frescura y desparpajo que no se sabe si es que ella es así o es el carácter que le imprime Helena Lanza. Pero para fuego el del capitán de bomberos, él sí que sabe cómo animar y hacer que todo el mundo le siga con la mirada, cómo provocar las ganas de que esta representación teatral siga pasándose de rosca, que siga sin rumbo, da igual hacia dónde, pero que continúe. Y claro, pasa lo que pasa, que Javier Pereira está tan metido en su papel que saltan las alarmas, las carcajadas. Y no una ni dos, sino muchas, a la vez.

Nada es lo que parece. Pero es lo que se ve. No le pidas nada y La cantante calva de Eugène Ionesco y Luis Luque te lo dará todo. No le indiques lo que es y lo que ha de hacer. Síguela sin preguntar, presta atención a su lenguaje, a sus palabras  y a lo que no significan, sin prejuicios, sin principios, sin reglas ni instrucciones y escucharás la letra y música de sus canciones.

La cantante calva, en el Teatro Español (Madrid).