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“Paseando a Miss Daisy” de Alfred Uhry

Una obra excelente. Un texto que hace de su sencillez -tramas nada complicadas, personajes transparentes y relaciones muy directas- su mayor virtud. Un regalo para los actores que tengan la suerte de representar los 25 años de vida que comparten la áspera Miss Daisy, su siempre correcto chófer y su cortés hijo, desde 1948 hasta 1973, en el conservador y segregacionista sur de EE.UU.

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En la introducción a la edición de su libreto, Alfred Uhry cuenta que los personajes de su obra están basados en distintas personas que conoció siendo niño en su Atlanta natal. Los valores humanos y políticos que transmite Miss Daisy, el particular habla de Hoke –una derivada del inglés que surgió con la llegada al territorio estadounidense de esclavos provenientes del África negra- y las situaciones empresariales y familiares a que ha de hacer frente Boolie, forman una completa imagen sociológica del sureste de EE.UU., más concretamente del estado de Georgia, a mediados del siglo XX.

Driving Miss Daisy se estrenó en Nueva York en 1987 en una sala con 74 butacas. Inicialmente solo iba a estar en cartel durante cinco semanas. Sin embargo, el merecido éxito de crítica y público le dio una larga vida teatral y la catapultó al cine convirtiéndola en guión de una excepcional película que hizo de Jessica Tandy la perfecta Miss Daisy. Un personaje recto, serio y estricto como resultado de las penurias vividas en lo material, los sacrificios realizados para llegar a ser alguien y el espíritu de una época de moral conservadora. Ella es la que –aunque ya no ejerza como madre y esposa- dice a dónde hay que ir y la que –como cuando era profesora- marca el ritmo. Su vida es un triángulo en el que su excesivo orgullo y su inflexibilidad conviven con la paciencia afectiva de su hijo y el empático estoicismo del chófer que él ha contratado para estar a su servicio.

Un mapa relacional a través de cuya evolución desde 1948 a 1973 se puede ver cuán diferente era la vida para los blancos y los negros en aquellos tiempos. Frente a las posibilidades económicas de los primeros, la aspiración a la supervivencia de los segundos, los protocolarios eventos sociales de unos y las entradas por la puerta de servicio de los otros. Tiempos en que la segregación racial era legal y nadie se planteaba las injusticias que esta conllevaba. Hasta la llegada de figuras como Martin Luther King y el cuestionamiento de principios como la igualdad de todos los seres humanos.

Las acertadas situaciones planteadas por Uhry para exponer la evolución, tanto individual de Miss Daisy y Hoke, como de la relación entre ellos, son las propias de personas que comparten tiempo por motivos laborales y que se tratan en una mezcla de distancia protocolaria y una cercanía emocional que comienza siendo inconsciente para después hacerse entre disimulada y pudorosa. Escenas con diálogos que recogen la atmósfera de cada momento, transmitiendo la espontaneidad y casualidad de las circunstancias en que se dan –unas veces en casa, otras lejos de ella o en ruta entre un lugar y otro- y dejando que sea su cotidianidad la que nos revele cómo evoluciona, tanto en lo histórico y sociológico como en lo íntimo y privado, esta tierna, humana y entrañable ficción.

Driving Miss Daisy, Alfred Uhry, 1989, Theatre Communications Group.