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“Los pacientes del doctor García” de Almudena Grandes

La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Almudena Grandes le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

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El bando nacional contó con la participación activa de las potencias del Eje para ganar la Guerra Civil. Y aunque nunca se reconoció oficialmente, la Alemania nazi y la Italia fascista se vieron apoyadas por Franco tanto durante la II Guerra Mundial como tras su derrota. Una afirmación que se sostiene en episodios conocidos -la División Azul- y otros muchos aún por divulgarse para que tengamos una imagen más real de aquel tiempo en que España convirtió su territorio, sin necesidad de levantar muros, en una gran cárcel para sus muchos millones de habitantes. Una oscuridad a la que le pone luz Los pacientes del Doctor García y su exposición de cómo Madrid se convirtió en destino y/o ciudad de paso para algunos de los exaltados de la raza aria que huyeron de su país natal tras la victoria de los aliados.

Grandes lo hace combinando la autenticidad de la Historia -los hechos reales sustentados en fechas, lugares y nombres propios- con la de las personas -los objetivos, las emociones y las relaciones-. Ambas dimensiones se funden en el extraordinario caudal de su narración, un fluir en el que su prosa se adentra por cuantos lugares geográficos y temporales sea necesario para integrar de manera plena los contextos que van más allá de los personajes y las vivencias que conforman sus personalidades. De esta manera consigue que su historia no sea algo pasado, sino un hecho presente y profundamente vivencial que va tomando forma a medida que se desarrollan las aventuras y desventuras de los muchos hombres y mujeres que la habitan, llevándola por un camino incierto que se siente aún por escribir y que no saben si es en la dirección correcta.

Sin ocultar lo que es imaginación ni adjetivar calificativamente lo real, Almudena vehicula con su excelente prosa lo que no sabemos cómo sucedió exactamente en unos protagonistas totalmente verosímiles. Y lo son por la riqueza con que son presentados y contextualizados, por la precisión con que se describen sus pensamientos y acciones, y por la coherencia con que se les sigue (en España, Alemania, Rusia, Suiza o Argentina), retrata y explica tanto su rol como su aportación a lo largo de las varias décadas que transcurren en Los pacientes del Doctor García.

Un título que no solo prorroga el relato de los anteriores episodios (Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita), sino que enriquece la labor divulgativa que se realiza a través de todos ellos. Un ejercicio de memoria histórica honroso con los que vivieron aquellos tiempos tan difíciles, y una propuesta literaria muy instructiva para los que nacimos en años posteriores y a los que se nos ha contado bien poco de aquellos entonces.

Los pacientes del Doctor García, Almudena Grandes, 2017, Tusquets Editores.

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10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“El capitán”

Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad. 

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Hoy identificamos los últimos días del mes abril de 1945 como los del final de la II Guerra Mundial, pero en las jornadas previas es probable que todos aquellos que hubieran apoyado al régimen nazi o luchado a su favor, contemplaran lo que se veía venir como una debacle sin posibilidad de salida o enmienda. El Führer había preparado a los suyos únicamente para la victoria y el ejercicio del poder, hasta tal punto que muchos se negaron a reconocer lo que estaba ocurriendo. Pero las sucesivas derrotas y la entrada del enemigo en tierras patrias hicieron que se comenzar a extender de manera subrepticia el germen de la orfandad, a notarse la falta del liderazgo vivido en la última década. Los ciudadanos comenzaron a aplicar la justicia por su cuenta y algunos de ellos, incluso, tomaron en vano el nombre de Adolf Hitler.

Un clima de “ojo por ojo y diente por diente” que Robert Schwentke muestra en acongojadas escenas nocturnas y en el que el joven soldado Willi Herold apostó a lo más alto para salvar su vida. Una jugada que le salió favorable en su primera ronda, haciéndole caer en la tentación de tomar como éxito merecido lo que no había sido más que suerte efímera. Una esquizofrenia que El capitán muestra con una mirada entre el análisis antropológico y el retrato psicológico.

Un ego vestido de soberbia –la de creerse que le pertenecen los galones del traje que se ha encontrado y que le permiten actuar con total impunidad- tras cuya endeble presencia se esconde la realidad de una mente manipulada por el nacionalsocialismo, de una conciencia debilitada por el frío y el hambre y de un instinto dominado por el afán de supervivencia. Una combinación que se vale de la mentira, la manipulación y la crueldad para satisfacer necesidades básicas (el alimento), sentirse seguro (y poderoso) y otorgarse los placeres que el capricho le dicte (sensacionales las secuencias cabareteras).

Un proceso personal que la película demuestra que fue también análogo y paralelo al de una sociedad caníbal–una vez que las loas habían tornado en fracaso- y al de un estado aún más cruel en su proceder asesino con los que consideraba inferiores. Una inhumanidad que llegó a cotas tan absurdas y paradójicas como la del enfrentamiento entre los opresores por el incumplimiento de los procedimientos de ejecución de los reos que evitaban caer en la brutalidad, al tiempo que obviaban la injusticia de los cargos de los que habían sido acusados o las condiciones en que vivían en los barracones.

El capitán muestra cómo la barbarie creció aún más cuando desapareció el orden impuesto por la ley –cuestión aparte es la legitimidad o justicia de aquel sistema-, haciendo que el nivel de degeneración del ser humano al que llegaron los nazis no fuera ya solo irracional, sino también aberrantemente animal. Y si todo lo visto hasta entonces no te ha dejado en un profundo estado de reflexión, atención a los créditos finales de la película y a la atemporalidad que transmiten.

“Eichmann en Jerusalén” de Hannah Arendt

También conocida como “La banalidad del mal”, esta obra disecciona los muchos factores que pueden permitir y hacer que un individuo colabore con el asesinato de miles de personas. Tras este detallado viaje sobre el comportamiento individual y social, su autora analiza algo no menos importante, los instrumentos judiciales con que contamos tanto para castigar a los culpables y de esa manera rehabilitar a sus víctimas, como para evitar que algo tan tremendo e imaginable como el Holocausto judío pueda volver a ocurrir.

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Quince años después de que acabara la II Guerra Mundial, los servicios secretos del joven estado de Israel capturaron en Argentina a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS al que presentaron ante la comunidad internacional como el responsable de la “solución final”. El plan nazi puesto en marcha en 1941 para acabar definitivamente con toda la población judía que aún vivía en los territorios de la vieja Europa sobre los que el régimen de Hitler extendía su dominio.

Además de para juzgar al supuesto criminal, el juicio fue planteado por las autoridades israelíes como una campaña de imagen cuyo principal objetivo era transmitir al mundo que el pueblo judío tenía derecho a defenderse por sí mismo del mal que le había sido infligido. Una puesta en escena y un discurso que, tal y como argumenta Hannah Arendt, tuvo muchas fisuras conceptuales, lo que hizo que este ensayo fuera muy contestado cuando se publicó en 1963 tras la ejecución de la sentencia.

En primer lugar Eichmann no fue ni el ideólogo ni el líder de la cadena de mando que llevó a la muerte, de manera aún más acelerada que en años anteriores, a muchos miles de personas. Según el trabajo de Arendt, él fue una pieza más de un engranaje administrativo inteligentemente burocratizado para que los encargados de formar parte de él no tuvieran, aparentemente, otra opción más que la de aceptar esta misión. Cuestión aparte es que en muchos casos realizaran tal tarea con agrado y con la convicción de estar haciendo lo correcto.

Una situación a la que no se llegó de un día para otro, sino que tuvo una preparación de casi una década en la que a la par que se desensibilizaba a la población local, se hostigaba a la judía despojándola de sus propiedades, expulsándola de sus hogares y haciendo que fueran ellos mismos –a través de los Consejos Judíos- los que determinaran quiénes podían salvarse a costa de señalar a aquellos que debían ser deportados a los campos de exterminio (eufemísticamente llamados “de reasentamiento”).

Recordar mecanismos de selección como este, las medidas antisemita adoptadas por  Eslovaquia, el planteamiento de su expulsión de Francia antes de la invasión nazi, o la ligereza con que el asunto se trató en la Alemania posterior a 1945, obviando casi lo que había sucedido en la década anterior, pusieron sobre la mesa cuestiones que no debían volver a ocurrir para una correcta convivencia entre personas, pueblos, culturas y naciones.

A propósito de esto Hannah Arendt dedica especial atención al papel que el Derecho y la administración de la Justicia deben desempeñar a la hora de establecer las líneas rojas en situaciones límite como un conflicto bélico, así como la manera de atender a las víctimas. Lo que ocurrió durante la II Guerra Mundial fue algo que no estaba tipificado y sobre lo que no había jurisprudencia, fue más allá de los crímenes de guerra y solo se podía concebir como un hecho delictivo contra el conjunto de la humanidad. El único referente anterior al paso por el tribunal de Eichmann eran los juicios de Nuremberg, en los que la necesidad de resarcir a los aún conmocionados por lo que habían tenido que pasar hizo que el proceso se llevara a cabo sin tener resueltas estas cuestiones formales.

Motivo este por el que la autora considera que Eichmann debiera haber sido juzgado por un tribunal internacional y no por el de un país que no solo se disponía a tratar asuntos ocurridos fuera de su territorio, sino que había capturado al acusado a miles de kilómetros de distancia. Hecho que ocurrió sin haber establecido ningún tipo de relación ni comunicación formal con las autoridades argentinas, lugar al que el ex oficial nazi –al igual que otros muchos compañeros de barbarie- había emigrado años después de finalizar su labor asesina.

“De algún tiempo a esta parte”

Max Aub retrató magistralmente la barbarie que es vivir entre dos guerras, entre la civil española a la que ha marchado un hijo a defender sus principios, y la Viena de 1938, ya sometida al escarnio nazi. Carmen Conesa es ahora, en una brillante interpretación, esa madre y esposa que a pesar de tener el corazón encogido y las manos agrietadas, cuenta con una voz fuerte que no se rinde ni se apaga frente a la adversidad.

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Con apenas unas luces y sobre un suelo irregular, una mujer nos va mostrando distintos momentos sobre los que transita una vida con un rico pasado y un negro futuro. Una escenografía austera y poco más que un par de focos sobre su rostro y su cuerpo bastan para acompañar a un discurso con el que nos da a conocer el contraste entre un antes y un ahora en que ha pasado de contar con una familia, un cómodo hogar y la belleza urbana de la Viena de los años 30, a un presente de soledad violenta, una vivienda destruida y un entorno arrasado por aquellos que tienen como objetivo implantar la pureza aria.

A pesar de los destrozos materiales y espirituales con que la guerra va minando cuanto hay de humano en las coordenadas de Emma, ella se mantiene en pie, firme y estoica, armada con el valor que le dan las emociones que le suscitan los recuerdos de un hijo del que no se sabe nada desde que marchó a España a luchar en el bando republicano y un marido al que se llevaron los nazis. A pesar de la oscuridad, el frío y la incomunicación que la rodea, Aub pone en sus labios un monólogo valiente y conciso con el que nos muestra las brutales consecuencias que tienen, tanto en la privacidad de su casa y de su persona como en las calles y la convivencia de su ciudad, los salvajes principios fascistas. El texto es de una tremenda claridad, una naturalidad tal que parece ser más una transcripción de lo visto y sentido por un testigo presencial de los hechos narrados, que un ejercicio intelectual de una persona con necesidad de ponerle palabras a lo que le inquieta y necesita expresar.

El trabajo actoral de Carmen Conesa es perfecto. Su interpretación va más allá de convertirse en una mujer con los dedos entumecidos por los sabañones, los pies helados a pesar de rodeárselos con papel de periódico y el pelo sucio por no contar con agua corriente para poder lavarse. Esa es la labor previa con la que se presenta en el escenario para, a partir de ahí, trasladar hasta el corazón y el estómago de sus espectadores el efecto de un día tras otro sin percibir el discurrir de las horas, mesas con platos sin comida que llevarse a la boca y ausencias sin coordenadas que permitan saber si alguien está con vida o dónde encontrar su cadaver.

Si un mensaje queda claro en el texto de Max Aub, amplificado por la interpretación de Conesa, es que una guerra no transcurre tan solo en el campo de batalla, que no consiste únicamente en ejércitos luchando entre sí o bombardeando las ciudades del enemigo. No, hay una faceta aún más cruel e invisible de todo conflicto bélico, aquella que normalizando las diferencias entre iguales y legalizando la brutalidad física y psicológica como sistema de gobierno, traslada la lucha por sobrevivir y mantener la dignidad humana a las calles de las urbes que habitamos, a la convivencia entre vecinos y a no sentirnos seguros siquiera en la intimidad de nuestros hogares.

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De algún tiempo a esta parte” en el Teatro Español (Madrid).

“La ola”, todos somos nazis en potencia

Texto, dirección y actores perfectamente engranados entre sí en un montaje que demuestra que uniendo buenas piezas, el todo conseguido es aún más que la suma de ellas.

LaOla

Pasó y puede volver a pasar: es lo fundamental de lo que he de decir“, palabras del escritor italiano y judío Primo Levi que resumen bien lo que es el nazismo. Porque es, sí, en presente. No es un tiempo concreto de nuestra historia con un inicio y un final. No, es una posibilidad de comportamiento del ser humano que se ha dado desde siempre, hace apenas unas décadas con esa denominación, y para el debate quedan las formas parecidas en que pueda haberse producido después (los gulag rusos, los jemeres rojos en Camboya, la limpieza ética de Serbia en Bosnia y el genocidio de Ruanda en los 90, los talibanes en Afganistán, el mal llamado estado islámico actual,…). Pasado, presente y… futuro. ¿Volverá a ocurrir? ¿Puede suceder? Y sobre todo, ¿es posible evitarlo?

Cuestión parecida le planteó un día en clase un alumno a su profesor y este se puso manos a la obra para sin responderle directamente, demostrarle que sí, que cada persona lleva dentro de sí el germen del totalitarismo, de la bipolaridad hombre y animal. Lo que fue un hecho real en EE.UU. en 1967, ya trasladado al cine, toma ahora vida en las tablas del Teatro Valle-Inclán de la mano de ocho actores que transforman el escenario en algo más cercano a una prueba psicosociológico que en un rato de entretenimiento, que también y de alto nivel, para sus espectadores.

Tanto el texto (Ignacio García) como la dirección (Marc Montserrat) avanzan perfectamente coordinados a un ritmo que, sin prisa pero sin pausa, nos cuenta de manera clara todas las fases de este alegórico experimento. De una clase convencional de historia se pasa a las prácticas que su profesor va estableciendo para dominar a sus alumnos. Del control del cuerpo se pasa a rígidos protocolos de comunicación interpersonal para homogeneizar al grupo y hacer creer a sus miembros que son seres diferentes, únicos. Una vez conseguida esta unidad, el líder atomiza al grupo sembrando la desconfianza para evitar que la colectividad crezca al margen de él y fortalecer de esta manera su papel como referente, él es el guía espiritual. La tensión aumenta a medida que se suceden las secuencias, se fuerza cada vez más la situación, los siete adolescentes alinean psicóticamente su comportamiento al tiempo que se alienan del resto de la sociedad al sentirse superiores a ella. Cuando se consume el oxígeno, todo estalla, salta por los aires, y después de casi dos horas y media de representación esta llega a su final con los espectadores aplaudiendo y en pie ante lo que han presenciado.

Si un motivo claro hay del estupor vivido es la extraordinaria sintonía entre las interpretaciones de los ocho actores. Cada uno de ellos muy correcto en su papel, pero formando algo más todos juntos, esa masa que poco a poco va tomando cuerpo y creciendo hasta convertirse en un monstruo, el grupo. Al frente de ellos Xavi Mira como el profesor convencido de estar siendo pedagogo, y detrás de él, a pesar de jugar a ser piezas de un puzle, cada actor hace de su alumno un personaje completo y protagonista por sí mismo con referencias a su vida familiar, sus inquietudes adolescentes o sus expectativas ante la vida. Siete nombres (Javier Ballesteros, David Carrillo, Jimmy Castro, Carolina Herrera, Ignacio Jiménez, Helena Lanza y Alba Rivas) que tienen ya tras de sí una trayectoria, y con lo visto en “La ola” queda claro que también un gran potencial que esperemos siga dando frutos de tan buen resultado como en esta ocasión.

“La ola, hasta el 22 de marzo en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional)

Querida Almudena (a propósito de “Inés y la alegría”)…

Ines

… Después de leer esta novela que publicaste en 2010, solo encuentro motivos para renovar la pasión que me produjo conocerte allá por mediados de los 90, hace casi dos décadas. Cuando comenzaba mi vida en Madrid como universitario asistí a una conferencia sobre las relaciones entre el cine y la literatura en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Allí contaste tu devoción por Benito Pérez-Galdós, y escuchándote recordé lo mucho que un par de veranos antes me había apasionado “Fortunata y Jacinta”. En aquellas fechas, no recuerdo con exactitud si justo antes o justo después, formé parte del público (cuando se es estudiante se hace de todo para llegar a final de mes) del programa “Lo + Plus” en un día en que la entrevistada eras tú. Creo recordar que estabas apoyando la promoción de la adaptación cinematográfica de Gerardo Herrero de tu “Malena es un nombre de tango”, aquel día decidí que el siguiente título a leer sería este tuyo.

Me impresionaste, caí cautivo de tus palabras, devoré el volumen.  Malena me causó el mismo vivir que los grandes de la literatura del s. XIX por cuyas páginas ya había pasado: la “Madame Bovary” de Gustave Flaubert, la “Ana Karenina” de Tolstoi, el “Rojo y negro” de Stendhal o la “Marianela” del ya referido Galdós.

“Modelos de mujer” y “Atlas de geografía humana” fueron mis siguientes vivencias en tu mundo literario. Me dejaste claro que la experiencia anterior no había sido una ocasión única, sino que acercarse a ti era sinónimo de pasión, de la tuya por escribir, y de la mía por leerte.  Devolví “Modelos” a quien me lo prestó y “Atlas” lo dejé atrás en una mudanza para no llevarme con él el recuerdo de quien me lo regaló, pero “Malena” siempre ha estado ahí, protagonista en la estantería de mi pequeña biblioteca, recordándome que tu universo creativo estaba esperándome.

Durante mucho tiempo me conformé con leer tus columnas en El País, hasta que recientemente dos viajes a Berlín y Budapest me llevaron a una pregunta. Si en Alemania han sido capaces de mirar hacia atrás para hablar de los años de la barbarie nazi y en Hungría sobre las atrocidades del comunismo soviético, ¿por qué en España no somos capaces de hacerlo sobre la Guerra Civil o el largo período de la dictadura franquista? ¿Por qué no se nos cuenta qué pasó? Quizás esta sea una interrogante demasiado amplia, pero tengo claro que no es ninguna exigencia, querer saber es algo natural. No sé por qué se nos oculta esa información a los que no conocimos aquellos tiempos, pero que somos hijos de ellos. Siento que se nos niega saber de dónde venimos, se me ocurre pensar que para que aceptemos ir hacia donde nos llevan y que no se nos ocurra considerar otras posibles alternativas hacia las que ir.

Y entre el falso humo que crean los que dicen que querer saber es volver a revivir los tiempos de una España dividida en dos bandos (¿será porque los que dicen esto contemplan nuestro país como un lugar repartido entre los que deciden y disfrutan y los que están sometidos y han de callar?), surgiste tú con tus “Episodios de una guerra interminable” como alguien que podría ayudarme a poner nombres, fechas y coordenadas a lo que estoy deseando conocer. Y aunque digas que son episodios inconexos, yo he decidido comenzar por el primero de los tres episodios que has publicado hasta la fecha, con “Inés y la alegría”.

En las más de 700 páginas de tu novela, y al igual que Inés, he luchado y nunca me he rendido; con ella y contigo, con sus vivencias y con tu escritura, he reído y he llorado, a veces casi a la par. Porque Inés, supongo que como tú al escribir su historia, es dos mujeres a la vez: la política, la comprometida con una causa -porque así se lo dicta su cabeza -, con sus principios y valores con todas sus consecuencias; y la humana, esa que alberga un corazón entregado dispuesto a todo por todos, a dar amor, a ofrecer calor y alimento, a tender una mano que ayude a salir adelante al que a ella se aferre. Una mujer verdadera, auténtica a la par que igual que muchas otras y otros que vieron su mundo derrumbarse y ser sustituido por otro que nunca aceptaron porque no lo sentían real y porque ellos no se reconocían en él, porque no eran capaces de fingir. Seres humanos auténticos por estar dispuestos a pagar el precio que fuera necesario, hasta sus propias vidas, para no dejar de ser ellos mismos, para no negarse, para vivir tal y como sus entrañas les dictaminaban. Personas auténticas por plantarle cara a la imposición, a la amenaza que no iba solo contra ellos, sino que iba contra todos, incluso contra los que se sometieron, para que no tuvieran duda alguna de su poder aplastador y negador, tan intenso y tan fuerte que sus ecos parecen llegar hasta hoy. Personajes auténticos porque así los has sabido construir tú.

Y en tu verbo, Almudena, Inés y todos los demás personajes se encarnan en momentos, escenas y secuencias que se hacen reales, carnales, tridimensionales. Con las precisas palabras de tus descripciones, me he sentido testigo de acontecimientos históricos y escenas de intimidad, de viajes cotidianos y de trayectos clandestinos, como si hubiera estado ahí, como si hubiera sido uno más al lado de la misma Inés o de Galán, de Santiago Carrillo, Jesús Monzón o la Pasionaria. Y no, no hablo de haberme identificado en el plano ideológico, con ese no puedo, yo no estuve allí en aquellos tiempos, pero sí lo he hecho con vivir el instante de la gran y las pequeñas historias que narras, con el corazón latiendo tan intenso que se sube a la garganta, el alma en un puño, el estómago encogido ante el desconocimiento de lo que pueda ocurrir en el instante siguiente.

Tras haber llegado al final solo puedo decir que he visto cumplidas mis dos expectativas: saber algo de aquellos tiempos que parecieron no existir (¡vaya que si existieron!) y volver a disfrutar (¡vaya que si lo he hecho!) de tu literatura. Te seguiré siguiendo y te volveré a buscar. Quizás bajo tu influjo me dirigiré a Galdós para leer su “Tormento”, al igual que tarde o temprano volveré a ti y a tu “El lector de Julio Verne”, el segundo de tus “Episodios de una guerra interminable” reclamando nuevamente saber de un tiempo que no viví, pero cuyo recuerdo, consecuencia y herencia está en el mundo en el que vivo, en el que vivimos.