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“Shock (El Cóndor y el Puma)”

El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

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¿Cómo se llega a ese momento en que el ejército de tu país bombardea la residencia del Presidente del Gobierno y miles de ciudadanos son hechos presos y después desaparecen sin dejar rastro? ¿Qué permite que sean sentenciados sin saber de qué se les acusa y que muchos niños sean arrebatados sin más de los brazos de sus padres? Antes de responder, Andrés Lima nos retrotrae dos décadas atrás, a un previo difuso en el que se comienzan a definir los valores y los principios que supuestamente debíamos seguir para desarrollarnos. Una propuesta formulada con una calculada ambigüedad que aún hoy parecer como positivo aquello que solo lo es en su superficie, ya que en su fondo propone unos mecanismos de acción y control para beneficio único y exclusivo de aquellos que ostentan el poder (ese ente mitad político, mitad económico).

Shock se inicia en esa nebulosa etérea e incierta que a unos les seduce y anestesia con su discurso de buenas palabras y que a otros les pone en alerta. Los primeros se verán sacudidos y los segundos se sentirán agredidos tanto cuando estalle la realidad a que dio pie aquel caldo de cultivo como el espectáculo teatral en que se convierte El cóndor y el puma. Un todo que apela a las sensaciones y las emociones a partes iguales, no dejando que haya un segundo de descanso. El drama, la tragedia, la comedia y el esperpento se entremezclan con el relato de los acontecimientos que ya conocemos. Pero contados a través de las personas que estuvieron ahí, de las que tomaron las decisiones, de las que las ejecutaron y las que las sufrieron.

Son sus propias palabras las que nos trasladan a los despachos de la Casa Blanca en los que se respiraba ambición y soberbia y a esa sociedad hipnotizada por el rock’n’roll de Elvis Presley mientras a miles de kilómetros se imponía el neoliberalismo y se silenciaba a una nación dando 44 balazos a Victor Jara.

Sobre el escenario girante del Valle-Inclán se cuenta cómo, a la sombra del sueño americano, se organizó, instruyó y capacitó a los militares del sur del continente para cambiar gobiernos mediante golpes de estado y eliminar a los disidentes recurriendo a la tortura y al asesinato con total impunidad. Hechos que se relatan en una superposición de imágenes, personajes e intervenciones tan abrumadora como eficaz. La frialdad de los datos tomados de los documentos desclasificados, las preguntas que hacen los informadores cuando el periodismo se dedica a buscar la verdad, y los relatos de aquellos que se vieron convertidos en algo que nos hace preguntar hasta dónde puede llegar el hombre cuando en lugar de actuar como un ser humano lo hace como un animal.

Un teatro documental en el que sus seis intérpretes encarnan a un total de 38 personajes en lo que solo se puede definir como un caudaloso torrente de entrega total y eficaz saber hacer. La procacidad con que Ernesto Alterio alterna a Videla y Maradona durante la evocación del mundial de fútbol de 1978, convirtiendo la sala en un campo de juego es poco menos que sublime. La camaleónica capacidad con que Ramón Barea pasa de ser Allende a Pinochet o Nixon. O la rotundidad de María Morales, haciéndose dueña de la sala en todos sus registros, ya sea en la asertividad periodística o en el delirio del episodio de Margaret Thatcher haciendo que lo que hasta un momento antes era un páramo de dolor se convierta en un lugar lleno de risas. Sin olvidar a Natalia Hernández, Paco Ochoa y Juan Vinuesa, tan versátiles, prolíficos, capaces y exitosos como sus compañeros.

Súmese a ellos la finura de los textos de Albert Boronat, Andrés Lima, Juan Cavestany y Juan Mayorga, lo acertado de las videocreaciones y la expresiva iluminación para lograr un resultado es redondo. Shock (El Cóndor y el Puma) resulta ser un montaje teatral tan impresionante como la Historia (que no historia) que nos cuenta.

Shock (El Cóndor y el Puma), Teatro Valle-Inclán (Madrid).

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“Pride”, una gran película

Un título que va más allá de ser un magnífico entretenimiento y una historia contada de manera espléndida, tiene alma, transmite vida, ilusión y ganas de un mundo mejor, despierta el corazón y agita la mente.

pride

Han pasado ya treinta años de los acontecimientos que cuenta esta producción, las huelgas de mineros británicos frente a la administración Thatcher y su plan por acabar con la producción de carbón patrio. El gigante del liberalismo económico aplastando al pequeño David, comunidades locales dedicadas desde muchas generaciones atrás a explotar los recursos naturales más cercanos. Un diminuto agente económico, social y humano acusado por los que gobernaban de conservador e inmovilista por negarse a evolucionar y adaptarse a los nuevos principios que según ellos habían de regirnos como sociedad. Por otros, en cambio, considerados adelantados a su tiempo como precursores de la sostenibilidad. Frente a los planteamientos macroeconómicos de unos, la dura realidad microeconómica de los segundos, parece que hay cuestiones que siguen repitiéndose.

Los 80 fueron años convulsos, las coordenadas de bienestar social en las que se había asentado Occidente tras la II Guerra Mundial comenzaban a resultar insuficientes, ya no bastaba con vivir en un mundo sin guerras. Era el momento de dar un paso adelante y reconocer la diversidad, de pasar de una sociedad homogénea a una en que las diferencias se vieran como lo que son, como características enriquecedoras que forman parte de la naturalidad de la vida. Tras la revolución sexual de los 70 tocaba conseguir que lo que se practica en la intimidad tuviera también una faceta cotidiana, pública y visible, que el canon heterosexual dejara de ser una tabula rasa y se reconociera que la realidad está también formada por parejas de dos hombres o dos mujeres.

Así es como salieron a la luz dos realidades sociales y el binomio argumental que recoge esta película, el orgullo de una manera de ganarse la vida y el orgullo de una forma de ser ante la vida y como ambos pueden unirse para conseguir que lo que podría ser algo épico se convierta en lo que debe ser, en reconocimiento completo y transparente, sin ambigüedades ni condescendencias bajo términos condescendientes como aceptación o tolerancia.

“Pride” es un relato que recoge aquellos acontecimientos alejándose de los lugares comunes que tienen muchos “basado en hechos reales” y crea una estructura en la que da cabida a una serie de personajes que bien podrían ser una muestra sociológica de aquel momento. A su vez, dentro de ese espectro colectivo, cada uno de ellos tiene también su propio espacio individual, con sus sueños y esperanzas, miedos y deseos, manías y costumbres. Un completo universo humano entre Londres y una pequeña población de Gales en una historia escrita con una tremenda sensibilidad. El guión de Stephen Beresford es de una profunda e íntima autenticidad, construido tanto a través de instantes como de historias que se prolongan en el tiempo, de diálogos que son tan frescos y emotivos como sinceros y espontáneos. Piezas que encajan a la perfección mostrando cómo funcionan las relaciones en ambientes colectivos, festivos o familiares,  cómo surgen o se consolidan los vínculos entre personalidades similares o cómo de la unión de diferentes maneras de entender y vivir la vida puede surgir un gran enriquecimiento.

Sumado a este extraordinario punto de partida está la dirección de Matthew Warchus haciendo que la cámara plasme esas identidades y momentos de nuestra historia reciente como testigo natural, sin efectismo alguno, encuadrando de manera cercana un repertorio de situaciones y momentos cotidianos que se convierten en extraordinarios cuando las personas dejan a un lado los convencionalismos y muestran su lado más humano. Sin perder la sonrisa, con el buen humor como bandera y dejándonos sorprender por lo que la vida tiene por enseñarnos demuestra que de la unión surge la fuerza y si nos sumamos, nos  enriquecemos y mejoramos.

El tercer brillante pilar que conforma “Pride”, los actores de su extenso reparto coral, entre los que destacan el brillante Bill Nighy amante de la poesía, la enérgica Imelda Staunton convencida de sus valores, un vibrante Dominic West liberado de pudores y prejuicios, o jóvenes caras como las de Ben Schnetzer como el impulsor de que el movimiento gay apoye al de los mineros, George MacKay pugnando por no dejarse hundir por las imposiciones familiares o Faye Marsai demostrando que si se lucha se consigue ser libre.

Súmese a todo esto otro motivo más para disfrutar con esta película, su banda sonora. Más de 30 canciones utilizadas en el momento correcto según su ritmo y letra y que podría considerarse no solo la de la Inglaterra de aquellos primeros años 80, sino también la de toda Europa con grupos como Queen (I want to break free), Frankie goes to Hollywood (Relax), Pet shop boys (West end girls), Bananarama (Robert de Niro’s waiting) o The Communards (For a friend).

De vez en cuando llegan a la cartelera estrenos que sin trailers efectistas ni campañas de marketing basadas en el bombardeo mediático brillan con luz propia y se quedan de manera perenne en el recuerdo de sus espectadores, convertidos además en hacedores de su notoriedad a partir del boca a boca que ellos mismos generan. “Pride” es un claro y merecedor ejemplo de su éxito, el de hoy ya lo ha conseguido, ahora solo queda ver si este merecido reconocimiento conseguirá el logro de permanecer con el paso del tiempo.