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“El final de un mito: la Gioconda del Museo del Prado” de José Fernando González Romero

 ¿Qué ocurriría si la Mona Lisa del Museo del Louvre no fuera la única que pintó Leonardo Da Vinci? Imaginemos, incluso, que no fuera la más importante de ellas. Esta es la hipótesis que lanza este breve, claro y bien expuesto ensayo a raíz de la restauración realizada en 2012 sobre la que considerada como copia de taller que atesora la principal pinacoteca española.

En 2012 el Museo del Louvre organizó una exposición en torno a la nueva imagen de Santa Ana, la Virgen y el niño. Pieza iniciada por Leonardo da Vinci en 1501 (y como tantas otras, inacabada a su muerte en 1519) y que se presentaba nuevamente en sociedad tras una restauración que muchos consideraron agresiva por la importante variación que el cuadro presentaba. Donde antes había homogeneidad técnica y cromática -achacable al efecto de la pátina del tiempo sobre los pigmentos y la técnica del toscano- ahora se apreciaban acabados diferentes y ausencias que antes no se percibían.

Con motivo de esta muestra el Museo del Prado prestó, previa restauración, su Mona Lisa, hasta entonces considerada una copia. El trabajo realizado en los talleres de nuestra pinacoteca más importante desveló que su fondo oscuro albergaba en realidad una composición similar a la de su referente. Tras la figura humana apareció una logia arquitectónica que da paso a un paisaje en el que la perspectiva aérea del genio del Renacimiento se prolonga hasta el infinito. Ahora bien, si es una copia, ¿cómo es que tanto su soporte (nogal vs. chopo) y sus materiales (lapislázuli y laca roja) son de mucha mejor calidad? Súmese a eso que no presenta las pérdidas que sí tiene la que González Romero denomina como su hermana.

¿Entonces? Según los especialistas de la institución madrileña, su pieza es una copia de la que atesora el museo parisino, realizada casi a la par que la que conocemos como original y que carece del toque maestro de aquella. Frente a esto, y además de lo señalado sobre los materiales, el autor de este ensayo se plantea por qué los análisis técnicos (reflectografías y radiografías) muestran las mismas correcciones en ambos retratos. Hipotiza cómo sería originalmente el retrato más mítico de la historia del arte de no ser por las pérdidas de veladuras (apreciables en cejas, pestañas y pelo), difusiones de contornos (eliminando la transición entre la figura humana y el paisaje) y oscurecimiento general (provocando una síntesis gestáltica) sufridos en estos quinientos años desde su realización.

Además de repasar la biografía, trayectoria y el contexto histórico, artístico y humanista en que vivió el nacido en Vinci, Gonzalez Romero elucubra sobre los conceptos de taller, discípulo y aprendiz, además del de encargo. ¿Pudo ser que Doménico De Ghirlandaio le encargara más de una imagen? En aquella época no dejaba de ser algo usual. ¿Qué Leonardo realizara el dibujo y composición de todas ellas y que alguno de sus discípulos más avezados completara su labor encargándose de los detalles? Y en ese caso, ¿quién fue ese dotado pintor?

Interrogantes que la documentación identificada hasta el momento no ha respondido con seguridad absoluta y que seguro que se volverán a escuchar y leer coincidiendo con la exposición sobre el 500 aniversario del fallecimiento de Leonardo que el Museo del Louvre inaugura el próximo 24 de octubre.

El final de un mito: la Gioconda del Museo del Prado, José Fernando González Romero, 2018, Ediciones Trea.

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“La agonía y el éxtasis”, la vida de Miguel Angel según Irving Stone

Hay personalidades cuyos nombres son un referente universal por los logros que llegaron a conseguir. Así es el de este artista del Renacimiento italiano, considerado uno de los mejores escultores y pintores de todos los tiempos desde que comenzara a dar rienda suelta a su creatividad y a mostrar sus obras a finales del s. XV. ¿Pero quién y cómo era el hombre tras el genio que ha llegado hasta nosotros?

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El David, la Piedad, el Moisés, los frescos de la Capilla Sixtina,…, y así un largo suma y sigue, ¿quién no tiene grabada en su cabeza la imagen de alguno de los fantásticos trabajos de Miguel Angel Buonarrotti (1475-1564)? Hace más de cinco siglos que algunos de ellas vieron la luz y resulta deslumbrante pensar que lo consiguió, no solo por estar dotado de un excepcional talento, sino por una capacidad aún mayor de esfuerzo y dedicación, de compromiso y tenacidad con un único fin, la perfección.

A lo largo de seiscientas páginas, que quizás corresponde calificar más como una novela biográfica que como una biografía novelada, Irving Stone –partiendo del que parece un gran trabajo de documentación para ambientar y contextualizar cuanto nos cuenta- avanza con ritmo constante sobre esa línea en la que se juntan el genio y la figura, la creación y las vivencias, la vida pública y la intimidad de Miguel Angel. Desde que comenzara como aprendiz de pintor en el taller de Ghirlandaio a la temprana edad de doce años en su Florencia natal, la ciudad que rescató los cánones artísticos e intelectuales de la Grecia clásica, hasta que falleciera con casi 90 en Roma, la capital del cristianismo, como arquitecto jefe de una de las grandes construcciones del mundo occidental, la Basílica de San Pedro.

Según el relato de Stone, una vida fuertemente marcada por el espíritu de continua superación, no solo de sí mismo, sino también de los logros técnicos y expresivos de cuanto hubiera creado el hombre con sentido estético y espiritual hasta entonces. Miguel Angel es presentado como alguien que no considera sus dones como algo que le diferencia y le sitúa por encima de los demás hombres, sino como un deber, un encargo de Dios con el que dar a conocer su mensaje de igualdad entre todos los seres humanos, así como de transmitir la luz y la hermosura de lo creado a su imagen y semejanza. Una visión que chocó en muchas ocasiones con el oscurantismo católico y la manipulación vaticana, medios para, dejando a un lado las creencias religiosas, ostentar el poder político y militar.

Si un término describe a este título escrito hace ya más de cincuenta años es el de pasión. Apasionada es la vida de Miguel Angel, en la que lo personal queda reducido casi exclusivamente a la familia y a varias tentativas amorosas ante las que decidió mantenerse impertérrito, entregando siempre su tiempo y energía a dialogar con el mármol para extraer de él las figuras que albergaba en su interior, a dibujar sin parar horas infinitas para descubrir sobre el cuerpo humano tanto como el sumo creador, a observar su entorno para llegar a desarrollar maneras de ingeniero con las que trazar caminos, defender murallas y levantar edificaciones. Pasión por la manera en que Irving Stone lo ha escrito, con descripciones profusas con un gran poder evocador y diálogos en los que sus personajes se expresan de manera clara y rotunda. En definitiva, una narrativa que transforma en palabras la épica, el lirismo y la belleza que hay en la vocación artística, el proceso creativo y el resultado estético de a cuanto dio forma el protegido por Lorenzo de Medici y trabajador al servicio de varios Papas (Julio II, León X, Clemente VII o Pío IV, entre otros).

Pasión que se contagia a un lector que se inicia movido por la curiosidad y que a medida que progresa en “La agonía y el éxtasis” se convierte en un deseoso de conocer los cuándos y los dóndes, los cómos, los con quién y los porqués que no solo contextualicen, sino que expliquen qué tuvo de único un tiempo, una personalidad y un legado considerado desde entonces un súmmum de la historia de la humanidad, de sus capacidades y sus logros.

Picasso, grande entre los grandes del Museo del Prado

Maestro, innovador y líder creativo del siglo XX, Pablo es aún más cuando se le coloca en el pinacoteca madrileña junto a aquellos de los que aprendió y de los que se convirtió en evolución natural: el románico, los clásicos del Renacimiento, El Greco, Rubens, Velázquez, Goya,…

A lo largo de sus 91 años de vida Picasso solo pasó una noche en Basilea, en un viaje de camino a Zurich para asistir a la inauguración de una exposición. Sin embargo, la ciudad suiza es una de las que más ha realizado para promulgar el nombre y la obra de quien se considera la figura más importante del arte del siglo XX. Ya en 1926 el museo de arte de la ciudad fue uno de los primeros en adquirir obra suya, poco a poco fue ampliando su nómina de obras del malagueño a través de donaciones particulares. Incluso colectivas, como la que en los años 1967 llegó de la mano de los ciudadanos de la ciudad a través de una colecta –entonces no se le llamaba crowdfunding- para conseguir que dos obras (“Los dos hermanos” de 1906 y “Arlequín sentado” de 1923) suyas que habían residido durante décadas en la capital no fueran vendidas y pasaran a formar parte de su patrimonio colectivo recogido en esa institución pública con más de 350 años de historia que es la Colección Pública de Arte de Basilea.

En agradecimiento a semejante tributo popular Picasso le regaló a la ciudad y a sus habitantes cuatro obras. Dos de ellas junto al par mencionado forman parte de estos “10 Picassos del Kunstmuseum Basel” que pueden verse hasta el próximo 14 de septiembre en la galería central del Museo del Prado. Qué mejor lugar que este en el que se formó de joven junto a su padre grabando en su retina composiciones, figuras, líneas y colores, que presidió honoríficamente de 1936 a 1939 y en el que soñó ver expuesto su Guernica una vez que España volviera a ser libre y democrática.

Una decena de óleos a través de los cuales pueden recorrerse seis décadas de creación de un hombre del que se dice dejó un legado de más de 40.000 obras y quien no dejó período, estilo o corriente artística anterior a él sin pasar por su mano y de esta manera ser hecha evolucionar y proyectada hacia el futuro a través de las etapas, motivos e intereses en las que se clasifica su trayectoria: azul, rosa, cubista, los ballets rusos y el mundo del circo, sus mujeres y amantes, el Guernica y su afiliación al comunismo, las series reinterpretando grandes clásicos,…

Ahora que la pinacoteca suiza está cerrada por obras de remodelación, esta muestra –complementaria al repaso al siglo XX que es “Fuego blanco. La colección moderna del Kunstmuseum Basel” que acoge el Museo Reina Sofía- es una fantástica oportunidad con la que gozar de esta pequeña parte de los más de 100 Picassos que posee esta institución clave para el estudio y disfrute de su figura y creación.

Los dos hermanos, 1906. Una composición del período rosa con un fondo casi abstracto claramente tomado de retratos de Velázquez en el Museo del Prado como el de “Pablo de Valladolid” que tanto impresionaron décadas antes también a Manet.

141.4 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.8

Hombre, mujer y niño, 1906. Una sagrada familia hecha cuerpo con apenas unos trazos que le dan forma y volumen a la manera de las esculturas y pinturas románicas que en la primavera de ese año Picasso vio durante su estancia en Gosol, en el Pirineo leridano.

115.7 x 88.9 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.11

Panes y frutero con frutas sobre una mesa, 1909. Continuando a Cezanne y su estudio de los volúmenes, los planos y la perspectiva, Pablo simplifica las formas y sin dejar de ser figurativo comienza a formular el cubismo.

163.7 x 132.1 cm |  ; Öl auf Leinwand; Inv. 2261

El aficionado, 1912. Cubismo en su etapa hermética. Cada motivo es un plano y estos se superponen y se unen, pero siendo aún posible descifrar elementos que definen a la figura como su bigote, la guitarra o las banderillas de este amante de los toros en la plaza de Nimes.

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Mujer con guitarra, 1911-14. Tras azules, rosas, verdes y marrones de las obras anteriores, el blanco domina este óleo dando color a un fondo en el que se ve a una mujer a la que se superpone un fragmento que simula ser la madera con la que se construye el elemento musical.

130.2 x 90.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. 2307

Arlequín sentado o El pintor Jacinto Salvadó, 1923. Las ofertas para realizar escenografías y vestuarios para los ballets rusos a finales de la década de 1910 le introdujeron en el mundo del circo y los funambulistas, elementos que él unió e integró a la bohemia que ya formaba parte de su vida artística y personal.

130.2 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.9

Mujer con sombrero sentada en un sillón, 1941-42. He aquí a Dora Maar, su pareja de 1935 a 1943, la fotógrafa que documentó el proceso de creación del Guernica, una mujer dura, fría y elegante que le conquistó tan apasionadamente al igual que se aburrió de ella años después y la abandonó sin pudor alguno.

130.5 x 97.5 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.3

Muchachas a la orilla del Sena, según Courbet, 1950. “Las meninas” de Velázquez, “Las mujeres de Argel” de Delacroix o estas cortesanas junto al Sena de 1856 fueron motivos que Picasso descompuso en series de hasta decenas de óleos en las que analizó creativamente –tanto por separado como en conjunto relacional- todos los elementos que las forman: composición, colorido, perspectiva, dibujo,…

100.4 x 208 cm; Öl auf Sperrholz; Inv. G 1955.2

Venus y Amor, 1967. Una de las dos obras que ese año regaló a la ciudad de Basilea y en la que deja claro que el amor, el sexo, la atracción y la pasión emocional, física y carnal seguían siendo parte del leit motiv de vida de este hombre que ya pasaba de largo los 80 años de edad.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.12

La pareja, 1967. Cuando se consideraba que los más actuales del momento le habían dejado atrás (Rothko, Pollock,…), Picasso demuestra que sus modos y maneras ya avanzaron los de aquellos (action painting, ready made) a la hora de construir sus imágenes sin dejar de ser nunca figurativo.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.13

“10 Picassos del Kunstmuseum Basel”, hasta el 14 de septiembre en el Museo del Prado.

Alma salvaje

Fantástica Reese Witherspoon en un relato que busca con éxito la conexión íntima de los espectadores con el viaje entre el presente y el pasado que se muestra en la pantalla.

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Que a los americanos les gusta una historia de renacimiento y superación, de lucha contra las adversidades y los imposibles, es algo bien sabido. Que a los actrices que llegan al star system les entra el nervio por demostrar que además de ser una cara bonita son auténticos profesionales de la interpretación haciendo suyos personajes endemoniados y al margen de la sociedad, también parece ser una ley no escrita. Y si juntas lo uno y lo otro, carne de Oscar. Valgan como ejemplo Julia Roberts (Erin Brokovich, 2000) o Hillary Swank (Million dollar baby, 2004) para la primera regla, o Halle Berry (Monster’s ball, 2001) y Charlize Theron (Monster, 2003), entre otras muchas, en el caso de la segunda.

“Alma salvaje” es todo ello, el relato de un potencial ave fénix con un pasado que purgar y una actriz guapa y reconocida por el gran público, Reese Witherspoon, ya ganadora de la estatuilla en el 2005 por “En la cuerda floja”. Dicho esto, el reto al que se ha sometido la que fuera una rubia muy legal es superado con creces y, quizás por ello, el resultado es que ha sido nuevamente nominada a los Oscar como protagonista femenina por este papel.

Whitherspoon es una intérprete sólida, se funde con la cámara de principio a fin, en un primer plano o una vista general, durante los diálogos o llenando con absoluta calma minutos de silencio, haciendo espontáneo un instante cotidiano o único ese que genera un recuerdo para siempre. Reese hace que la Cheryl a la que da vida sea ojos que ven, miran y transmiten, piel que se estremece, se relaja y se tensa a lo largo de su decidido empeño por caminar los más de 1.000 kilómetros que separan México de Canadá por el interior de la costa pacífica de EE.UU.

Un recorrido en el que a medida que se avanza se nos da retazos de lo que ha llevado a Cheryl a esta búsqueda de sí misma. Con un fluido ritmo narrativo, subrayado por un acertado montaje, Jean-Marc Vallée construye una historia en la que se avanza en el presente viajando al pasado en los momentos adecuados. Allí busca el ámbito de las relaciones, el de la familia –espléndida Laura Dern, también nominada a los Oscar como secundaria, ejerciendo como madre- y el de la pareja, ahondando en ambos ámbitos para mostrar las heridas abiertas que esperan ser sanadas.

Episodios de flash-back que no son pasajes de violencia, gritos y lágrimas con los que sacudir violentamente al espectador hasta dejarle pegado en la butaca. No, en este título se opta por algo más arriesgado e inteligente. Se busca la conexión íntima y relajada, la que perdura y permite identificarse al que está al otro lado con las luces y sombras, los aciertos y los errores, de quien vive en la pantalla. Eso es lo que logra “Alma salvaje”.