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“Pierrot con guitarra” (Salvador Dalí, hacia 1923)

Aún no había cumplido veinte años y el nacido en Figueras ya demostraba que sabía hacer suyas cuantas coordenadas artísticas practicara. Apenas llevaba unos meses en Madrid y su espectro de referencias se ampliaba con movimientos como el cubismo. Una etapa de su larga y prolífera carrera escondida tras sus éxitos surrealistas, su comercialidad y su personalidad, pero en la que también dejaba claro que no hubiera reto técnico y expresivo que no fuera capaz de superar.

La imaginación de Dalí nunca tuvo límites, ni espaciales ni temporales. Podía estar en el aquí y ahora mientras su mente estaba, a la par, en el allí y entonces, trasladando hasta su hoy nombres, momentos y escenas vistas, leídas o escuchadas y después guardadas en su memoria. El mundo italiano fue quizás la mayor de sus fuentes, he ahí la excelencia de Rafael y las perspectivas renacentistas que tanto juego le darían. O personajes como Pierrot, un secundario de la Comédie Italienne convertido en icono de la misma al haber sido representado por innumerables artistas, entre ellos los dos genios del cubismo español, Juan Gris y Pablo Picasso.

Una máscara, un payaso, un mimo descompuesto en sus elementos fundamentales. El rostro. La figura. La vestimenta. La guitarra. Es posible identificarlos, pero también confundirlos porque tras ellos está la faz de Salvador. No queda claro dónde acaba él y comienza su homenajeado, cuánto de la personalidad de este comediante asume, se apropia o fagocita a través de este retrato que es, también, un retorcido autorretrato. El cubismo como forma de mostrarse, pero también de juego intelectual que exige de la participación activa del otro para ser descubierto y conocido.

Observando sin ser visto, adueñándose de la escena concebida para otro. Haciendo él con Pierrot lo que sentía que su hermano mayor, también llamado Salvador y fallecido diez meses antes de su nacimiento el 11 de mayo de 1904, realizaba con él. Una presencia invisible, pero intensa, continua, ante la que no cabían quiebros, dobleces ni escondites. Una omnisciencia poseedora, una presión y una duda sobre cuánto de mí debo a aquel y cuánto de él soy yo.

Sobre una base casi cuadrada de cartón, un collage de diversos elementos y color aplicado con óleo. Materiales recortados con formas definidas. Como el cuerpo de la guitarra o el rostro del cómico. El hombro y brazo derecho de la figura (replicando el instrumento musical) o los detalles de su vestimenta bajo su cuello, recordando las geometrías de un arlequín. Hilo cosido en las alusiones a un espacio de cocina (cual naturaleza muerta) y papel de lija prolongando la corporeidad y espacialidad del conjunto

Pinceladas negras, varias tonalidades de gris, marrón y algo de azul en diferentes orientaciones, pero formando siempre espacios geométricos, de ángulos rectos, claramente delimitados. Con mayor densidad y encaje en su centro visual, donde confluyen lo humano y lo musical, haciendo de lo evocado y lo sugerido el argumento no escrito de una narración no compartida. Apenas unos toques para dejar testimonio de dónde quedan las manos, y un trazo más sinuoso para fijar la posición de los dos rostros. Usando el pincel con vigor incluso para, a través de su después archiconocido bigote y su inconfundible firma, reafirmarse y dejar constancia de su ser, su persona y su arte.

Como curiosidad, señalar que este no es el único Pierrot que se puede ver en el Museo Thyssen. También es protagonista de una escena de la Commedia dell’arte que Watteau pintara en 1712 y que Lucien Freud bocetaría en 1981 como fondo de un retrato en primer plano del barón. El propio Hans Heinrich parece estar emulando la postura corporal del personaje teatral en su siguiente posado para el británico, ya en 1985, pero esa es ya otra historia.

Pierrot con guitarra, Salvador Dalí, hacia 1923, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid).

“Reencuentro” en el Museo del Prado

La pinacoteca madrileña reabrió sus puertas este sábado dejando claro que la mejor manera de sobreponernos a lo que nos ha pasado los últimos meses es mostrando lo mejor de nosotros mismos. Mirándonos desde diferentes puntos de vista, dejando ver facetas rara vez compartidas y evidenciando relaciones que evidencian que somos un todo interconectado, un hoy creativo resultado de un ayer artístico y un presente innovador que ayudará a dar forma a un futuro aún por concebir.

La puerta de Goya del Museo del Prado resultaba este 6 de junio más solemne que nunca. Tenía algo de alfombra roja, de escalinata grandiosa, de preparación para una experiencia que genera recuerdo. La institución bicentenaria se ha propuesto hacer arte del arte y lanzarnos un mensaje a través de este montaje que reúne una selección de 250 de sus obras maestras. Aunque volvamos a visitarlo con mascarilla, como medio de prevención y de recuerdo de que la amenaza vírica no ha desaparecido, somos también como el ave fénix. Tras la oscuridad, surgimos más fuertes y conscientes, más presentes y capaces.

Como muestra la pieza que nos recibe, la escultura de Leo Leoni de Carlos V, venciendo al furor. Se le ha retirado su armadura y se erige fuerte, vigoroso, hercúleo, clásico y apolíneo, humanidad renacentista, como si fuera él quien también impartiera justicia en la dimensión de lo mitos y hubiera sentenciado a Ixión y Ticio a, respectivamente, girar eternamente una rueda y a ser devorado por los buitres, tal y como lo hacen en los óleos barrocos de José de Ribera que le acompañan.

La escultura de Leo Leoni y los lienzos de José de Ribera.

La entrada en la galería central es el esplendor de la vida. Al igual que en la Biblia, en ella los primeros humanos son Adán y Eva (representados por Durero, y a quienes más adelante nos volvemos a encontrar de la mano de Tiziano y, siguiendo su modelo, Rubens). Y como todo principio tiene su final, no hay mayor alegoría que la vida de Jesucristo. La anunciación de Fra Angélico a la derecha y a la izquierda El descendimiento de la cruz de Van Der Weyden, dos espectáculos de color y composición acompañados, entre otros, por el Cristo muerto de Messina. Y para que no se nos olvide gracias a quiénes estamos aquí, a los pintores, los autorretratos de Tiziano y Durero junto al trabajo (El cardenal) de otro maestro, Rafael.

Vista de la Galería Central del Museo del Prado con el montaje de “Reencuentro”

Entre periodistas realizando sus piezas, redactores que solicitaban sus impresiones sobre la nueva normalidad a los primeros visitantes, cámaras con trípodes que aprovechaban el espacio que quedaba libre por la reducción de aforo y fotógrafos que buscaban encuadres que después veremos en revistas y periódicos reflejando este día tan especial, los maestros de los Países Bajos -El Bosco, Brueghel y Patinir- captaban, cautivaban e hipnotizaban la atención de los que se introducían en su campo visual con su fineza, sutileza y precisión. Tesoros que siguen en salas laterales como la 9A, escenario del poder ascendente de la pincelada manierista de El Greco. Súmese a la agrupación de seis de sus retratos (incluido El caballero de la mano en el pecho), el encontrarse con Tomas Moro antes de pasar a la sala 8B y allí tener juntos el Agnus Dei de Zurbarán, el San Jerónimo de Georges de la Tour y el David vencedor de Goliat de Caravaggio.

El caballero de la mano en el pecho, San Jerónimo leyendo una carta y David contra Goliat.

De vuelta al núcleo arquitectónico del Palacio de Villanueva y viendo como su Director, Miguel Falomir, iba de aquí para allá con mirada supervisora y el Presidente de su Patronato, Javier Solana, paseaba con actitud meditativa, percibiendo la vibración atmosférica que se creaba entre la exposición y sus observadores, me encontré con el esplendor de la escuela veneciana del s. XVI. La disputa con los doctores de Veronés y El lavatorio de Tintoretto son dos instantes que guardan tras de sí una narración llena de personajes y momentos tan impactantes como los diálogos de esas conversaciones que no escuchamos pero que el lienzo nos transmite. Un festival italiano complementado por Carraci, Guido Reni, Gentileschi y Cavarotti.

¿Qué sentiría Velázquez si entrara en la sala de Las Meninas y la viera convertida en la máxima manifestación de su genio y excelencia? ¿Qué pensaría Felipe IV al ver los trabajos de su pintor de cámara (Las hilanderas, Los borrachos)? ¿Y todos los Austrias allí retratados si pudieran observar cómo les miramos? ¿Y los bufones? ¿Y Pablo de Valladolid? ¿Y su suegro, Francisco Pacheco? Que curioso que el Museo del Prado haya vuelto a abrir sus puertas el mismo día en que en 1599 Diego nacía en Sevilla, y un día después, pero en 1625, tuviera lugar La rendición de Breda, esa magnífica escena repleta de soldados que se puede ver en un espacio contiguo junto al impresionismo de sus vistas de la Villa Medicis. Y por si no bastaba con todo esto, dos lienzos más, epítomes de la carnalidad, La fragua de Vulcano, y la corporeidad, el Cristo crucificado.

Carlos V vuelve a caballo (en la batalla de Mühlberg) de la mano de Tiziano para recordarnos que los Austria fueron emperadores y grandes mecenas. Dinastía a la que debemos otro de los espectáculos de este recorrido y de la autoría de un importante número de obras de valor incalculable de los fondos del Museo del Prado, Peter Paul Rubens. Cada uno de los doce rostros de su apostolado es una efigie en sí mismo, la Lucha de San Jorge con el dragón te transmite la épica, el nervio y la adrenalina del conflicto, el Duque de Lerma tiene una autoridad sin par y el Cardenal Infante Fernando de Austria el temple de los que se saben vencedores. Su Adoración de los Reyes Magos es pura monumentalidad y los hombres y mujeres de sus escenas mitológicas (Diana y Calixto, Perseo y Andrómeda o Las tres gracias) son de lo más exuberante, rotundo y seductor.

Y en otro giro museográfico llega un momento dramático y cargado de tensión. Saturno devorando a su hijo (1636) visto por Rubens y por Goya (1819-1823), contiguos, juntos, acompañándose el uno al otro dando pie a comparaciones, lecturas paralelas y contrastadas sobre variantes de cómo interpretar y resolver un mismo tema, si el primero influyó en el segundo y cómo este se diferencia y qué aporta con respecto a aquel.

Saturno devorando a su hijo, visto por Rubens y por Goya.

Aunque el Museo del Prado sigue prohibiendo tomar fotografías en sus salas, algunos vigilantes hacían la vista gorda, serían los nervios, el revuelo y la ilusión de la reapertura Situación que algunos atrevidos aprovechaban para llevarse en su móvil instantáneas de Van Dyck, Alonso Cano y Murillo o de esa escena por la que confieso tener especial debilidad, El embarco de Santa Paula Romana de Claudio de Lorena. Un escenario de reminiscencias clásicas y un atardecer dorado en el que dan ganas de quedarse a vivir.

La familia de Carlos IV nos da la bienvenida al espacio en el que el protagonista máximo es el de Fuendetodos, Francisco de Goya y Lucientes. Además de disfrutar de su genio histórico (2 y 3 de mayo) y su trabajo al servicio de la Corte (Carlos III), de los aristócratas (Los duques de Osuna y sus hijos) y los intelectuales de su tiempo (Gaspar Melchor de Jovellanos), también podemos ver la que fuera su primera obra documentada (Aníbal vencedor, 1771), sus apuntes sobre Madrid (La ermita de San Isidro el día de fiesta) e, incluso, conocer a los suyos (Una manola: Leocadia Zorrilla).

Gaspar Melchor de Jovellanos, autorretrato de Francisco de Goya y Una manola: Leocadia Zorrilla.

Entrados en el siglo XIX y antes de llegar a la fecha límite de 1881 en que el nacimiento de Pablo Picasso estableció que la Historia del Arte debía seguir siendo contada (con sus excepciones) en el Museo Reina Sofía, se disfruta a lo grande con la pincelada suelta del viejo y los infantes de Mariano Fortuny, los Niños en la playa de Joaquín Sorolla, los fondos de tonalidades ocre de los retratados por Eduardo Rosales y la vista granadina de Martin Rico. Junto a todos ellos, la tercera mujer de la exposición (tras Artemisa Gentileschi y Sofonisba Anguissola, que compartían la sala 9A junto a el Greco), Rosa Bonheur y El Cid, ese león de mirada poderosa que muchos descubrimos en La mirada del otro. Escenarios para la diferencia, la muestra organizada hace tres años con motivo del Word Pride Madrid LGTB y que desde julio pasado cuenta con un lugar en la exposición permanente.

Y cerrando el goce, disfrute, sueño y magnitud de este recorrido de 250 obras, La paz de Antonio Capellani. Mármol de Carrara esculpido neoclásicamente simbolizando el triunfo del bien sobre el mal, la victoria de la luz y la esperanza sobre la discordia y el enfrentamiento. Una interpretación artística materializada en 1811 que también nos puede valer como intención social y propósito político de nuestro tiempo. Que así sea.

Reencuentro, Museo del Prado, hasta el 13 de septiembre.

“Bill Viola. Espejos de lo invisible”

La combinación de tecnología, espiritualidad y estética del máximo exponente del videoarte no solo lleva un paso más allá la evolución de las bellas artes, sino también su papel como medio con el que expresarnos e indagar en esas eternas interrogantes, quiénes y cómo somos, a las que no conseguimos dar respuesta.

Más de cuarenta años de trayectoria le han permitido a Bill Viola (Nueva York, 1951) desarrollar una carrera y una obra única en sentido estricto. Basta con ver unos cuantos fotogramas de cualquiera de sus piezas para identificarlas con él y con su muy particular concepción y búsqueda de nuevos registros y sentidos de la imagen, uniendo al uso de la composición, la luz y el color de lo pictórico, el movimiento y el imponente silencio de la dimensión audiovisual.

Tecnología. Espejos de lo invisible es una síntesis de la producción de Viola (desde The reflecting pool, 1977-1979) y de su capacidad para aprovechar las posibilidades artísticas y técnicas de los distintos medios de grabación y reproducción con los que ha trabajado.

Desde lo analógico -con su correspondiente grano y afectación en la calidad de la luz y los colores- y lo digital -dejando atrás la postproducción artesanal para pasar a convertirla en un código de ceros y unos-, desde la reproducción mediante proyección a los terminales con memoria integrada y desde los monitores catódicos hasta las pantallas de alta definición de la serie de los martirios (Earth, Air, Wind, Fire, 2014).

Espiritualidad. A Bill Viola le interesa la esencia del ser humano, aquello que somos antes y después de los códigos sociales, las reglas morales y los valores espirituales. El nacimiento y la muerte. El principio y el fin (Heaven and earth, 1992) frente a frente, combinándose, uniéndose y solapándose en dos imágenes que se miran, pero que también se reflejan, hasta el punto de contenerse mutua y recíprocamente.  

Y entre uno y otro punto, ¿qué media? ¿Por qué etapas pasamos? ¿Qué tienen en común y qué diferente la infancia, la juventud y la madurez que reflejan las mujeres de Three Women (2006)? ¿Qué nos dice que ha llegado nuestro momento y qué que debemos esperar o pasar a un segundo plano? ¿Qué nos enlaza? ¿El hecho humano en sí o el biológico entendido como la genética que nos vincula emotivamente?

La ausencia de palabras, el silencio de sus proyecciones, hace que nos planteemos bajo qué filtro nos acercamos a sus propuestas y, por extensión, al mundo en el que vivimos. ¿Por qué Ablutions (2005) nos hace pensar en un ritual de pureza de religiones como el Islam o el catolicismo? ¿Dónde situaríamos los seis minutos de Basin of Tears (2009)? ¿En la filosofía zen por la indumentaria de sus protagonistas? ¿En el valle de lágrimas del cristianismo al que podríamos derivar por su título?

Estética. La oscuridad y la carnalidad del barroco está en muchas de sus piezas, especialmente en aquellas en las que la luz, a la manera de Caravaggio, tiene como único fin destacar, perfilar y tridimensionalizar la figura humana. Un logro aumentado tanto por la estaticidad de sus modelos -apenas el parpadeo de su mirada en casos como el de The Quintet of the Astonished (2000)- como por la proyección a cámara lenta y por un fondo que más que sugerido, es intuido.

También hay lugares, escenografías y decorados que remiten a la delicada humildad de los interiores de Zurbarán (Catherine’s room, 2011), con detalles y recursos en los que podemos presuponer, imaginar o antojar a la madre de James Whistler, la cotidianidad de Vermeer o, incluso, las ramas de los almendros en flor de Van Gogh.

Las dos mujeres y el hombre de Anima (2000) evocan la manera de analizar y destacar a los retratados en el Renacimiento, estilo que enmarca también el pódium y la triada protagonista de Study for Emergence (2009) sobre un azul que nos permitiría enlazar con las madonas de Rafael, con la Capilla Sixtina de Miguel Angel o con tantos otros.

Pero más allá del óleo, Viola fija también su ojo en los paisajes infinitos, en horizontes que se pierden en un más allá que lo mismo pueden ser el inicio de un encuentro (The Encounter, 2012) que de una separación de rumbos (Walking on the Edge, 2012). Miradas que más que al óleo, remiten en lo pictórico a la acuarela, a las aguadas que sobre el papel -o la pantalla en su caso- convierten en una experiencia emocional la sobrexposición lumínica de visiones desérticas como la de Chott el-Djerid (A Portrait in Light and Heat, 1979).

Bill Viola. Espejos de lo invisible, en Espacio Fundación Telefónica (Madrid), hasta el 17/05/2020.

“El final de un mito: la Gioconda del Museo del Prado” de José Fernando González Romero

 ¿Qué ocurriría si la Mona Lisa del Museo del Louvre no fuera la única que pintó Leonardo Da Vinci? Imaginemos, incluso, que no fuera la más importante de ellas. Esta es la hipótesis que lanza este breve, claro y bien expuesto ensayo a raíz de la restauración realizada en 2012 sobre la que considerada como copia de taller que atesora la principal pinacoteca española.

En 2012 el Museo del Louvre organizó una exposición en torno a la nueva imagen de Santa Ana, la Virgen y el niño. Pieza iniciada por Leonardo da Vinci en 1501 (y como tantas otras, inacabada a su muerte en 1519) y que se presentaba nuevamente en sociedad tras una restauración que muchos consideraron agresiva por la importante variación que el cuadro presentaba. Donde antes había homogeneidad técnica y cromática -achacable al efecto de la pátina del tiempo sobre los pigmentos y la técnica del toscano- ahora se apreciaban acabados diferentes y ausencias que antes no se percibían.

Con motivo de esta muestra el Museo del Prado prestó, previa restauración, su Mona Lisa, hasta entonces considerada una copia. El trabajo realizado en los talleres de nuestra pinacoteca más importante desveló que su fondo oscuro albergaba en realidad una composición similar a la de su referente. Tras la figura humana apareció una logia arquitectónica que da paso a un paisaje en el que la perspectiva aérea del genio del Renacimiento se prolonga hasta el infinito. Ahora bien, si es una copia, ¿cómo es que tanto su soporte (nogal vs. chopo) y sus materiales (lapislázuli y laca roja) son de mucha mejor calidad? Súmese a eso que no presenta las pérdidas que sí tiene la que González Romero denomina como su hermana.

¿Entonces? Según los especialistas de la institución madrileña, su pieza es una copia de la que atesora el museo parisino, realizada casi a la par que la que conocemos como original y que carece del toque maestro de aquella. Frente a esto, y además de lo señalado sobre los materiales, el autor de este ensayo se plantea por qué los análisis técnicos (reflectografías y radiografías) muestran las mismas correcciones en ambos retratos. Hipotiza cómo sería originalmente el retrato más mítico de la historia del arte de no ser por las pérdidas de veladuras (apreciables en cejas, pestañas y pelo), difusiones de contornos (eliminando la transición entre la figura humana y el paisaje) y oscurecimiento general (provocando una síntesis gestáltica) sufridos en estos quinientos años desde su realización.

Además de repasar la biografía, trayectoria y el contexto histórico, artístico y humanista en que vivió el nacido en Vinci, Gonzalez Romero elucubra sobre los conceptos de taller, discípulo y aprendiz, además del de encargo. ¿Pudo ser que Doménico De Ghirlandaio le encargara más de una imagen? En aquella época no dejaba de ser algo usual. ¿Qué Leonardo realizara el dibujo y composición de todas ellas y que alguno de sus discípulos más avezados completara su labor encargándose de los detalles? Y en ese caso, ¿quién fue ese dotado pintor?

Interrogantes que la documentación identificada hasta el momento no ha respondido con seguridad absoluta y que seguro que se volverán a escuchar y leer coincidiendo con la exposición sobre el 500 aniversario del fallecimiento de Leonardo que el Museo del Louvre inaugura el próximo 24 de octubre.

El final de un mito: la Gioconda del Museo del Prado, José Fernando González Romero, 2018, Ediciones Trea.

“La agonía y el éxtasis”, la vida de Miguel Angel según Irving Stone

Hay personalidades cuyos nombres son un referente universal por los logros que llegaron a conseguir. Así es el de este artista del Renacimiento italiano, considerado uno de los mejores escultores y pintores de todos los tiempos desde que comenzara a dar rienda suelta a su creatividad y a mostrar sus obras a finales del s. XV. ¿Pero quién y cómo era el hombre tras el genio que ha llegado hasta nosotros?

LaAgoniaYelExtasis

El David, la Piedad, el Moisés, los frescos de la Capilla Sixtina,…, y así un largo suma y sigue, ¿quién no tiene grabada en su cabeza la imagen de alguno de los fantásticos trabajos de Miguel Angel Buonarrotti (1475-1564)? Hace más de cinco siglos que algunos de ellas vieron la luz y resulta deslumbrante pensar que lo consiguió, no solo por estar dotado de un excepcional talento, sino por una capacidad aún mayor de esfuerzo y dedicación, de compromiso y tenacidad con un único fin, la perfección.

A lo largo de seiscientas páginas, que quizás corresponde calificar más como una novela biográfica que como una biografía novelada, Irving Stone –partiendo del que parece un gran trabajo de documentación para ambientar y contextualizar cuanto nos cuenta- avanza con ritmo constante sobre esa línea en la que se juntan el genio y la figura, la creación y las vivencias, la vida pública y la intimidad de Miguel Angel. Desde que comenzara como aprendiz de pintor en el taller de Ghirlandaio a la temprana edad de doce años en su Florencia natal, la ciudad que rescató los cánones artísticos e intelectuales de la Grecia clásica, hasta que falleciera con casi 90 en Roma, la capital del cristianismo, como arquitecto jefe de una de las grandes construcciones del mundo occidental, la Basílica de San Pedro.

Según el relato de Stone, una vida fuertemente marcada por el espíritu de continua superación, no solo de sí mismo, sino también de los logros técnicos y expresivos de cuanto hubiera creado el hombre con sentido estético y espiritual hasta entonces. Miguel Angel es presentado como alguien que no considera sus dones como algo que le diferencia y le sitúa por encima de los demás hombres, sino como un deber, un encargo de Dios con el que dar a conocer su mensaje de igualdad entre todos los seres humanos, así como de transmitir la luz y la hermosura de lo creado a su imagen y semejanza. Una visión que chocó en muchas ocasiones con el oscurantismo católico y la manipulación vaticana, medios para, dejando a un lado las creencias religiosas, ostentar el poder político y militar.

Si un término describe a este título escrito hace ya más de cincuenta años es el de pasión. Apasionada es la vida de Miguel Angel, en la que lo personal queda reducido casi exclusivamente a la familia y a varias tentativas amorosas ante las que decidió mantenerse impertérrito, entregando siempre su tiempo y energía a dialogar con el mármol para extraer de él las figuras que albergaba en su interior, a dibujar sin parar horas infinitas para descubrir sobre el cuerpo humano tanto como el sumo creador, a observar su entorno para llegar a desarrollar maneras de ingeniero con las que trazar caminos, defender murallas y levantar edificaciones. Pasión por la manera en que Irving Stone lo ha escrito, con descripciones profusas con un gran poder evocador y diálogos en los que sus personajes se expresan de manera clara y rotunda. En definitiva, una narrativa que transforma en palabras la épica, el lirismo y la belleza que hay en la vocación artística, el proceso creativo y el resultado estético de a cuanto dio forma el protegido por Lorenzo de Medici y trabajador al servicio de varios Papas (Julio II, León X, Clemente VII o Pío IV, entre otros).

Pasión que se contagia a un lector que se inicia movido por la curiosidad y que a medida que progresa en “La agonía y el éxtasis” se convierte en un deseoso de conocer los cuándos y los dóndes, los cómos, los con quién y los porqués que no solo contextualicen, sino que expliquen qué tuvo de único un tiempo, una personalidad y un legado considerado desde entonces un súmmum de la historia de la humanidad, de sus capacidades y sus logros.

Picasso, grande entre los grandes del Museo del Prado

Maestro, innovador y líder creativo del siglo XX, Pablo es aún más cuando se le coloca en el pinacoteca madrileña junto a aquellos de los que aprendió y de los que se convirtió en evolución natural: el románico, los clásicos del Renacimiento, El Greco, Rubens, Velázquez, Goya,…

A lo largo de sus 91 años de vida Picasso solo pasó una noche en Basilea, en un viaje de camino a Zurich para asistir a la inauguración de una exposición. Sin embargo, la ciudad suiza es una de las que más ha realizado para promulgar el nombre y la obra de quien se considera la figura más importante del arte del siglo XX. Ya en 1926 el museo de arte de la ciudad fue uno de los primeros en adquirir obra suya, poco a poco fue ampliando su nómina de obras del malagueño a través de donaciones particulares. Incluso colectivas, como la que en los años 1967 llegó de la mano de los ciudadanos de la ciudad a través de una colecta –entonces no se le llamaba crowdfunding- para conseguir que dos obras (“Los dos hermanos” de 1906 y “Arlequín sentado” de 1923) suyas que habían residido durante décadas en la capital no fueran vendidas y pasaran a formar parte de su patrimonio colectivo recogido en esa institución pública con más de 350 años de historia que es la Colección Pública de Arte de Basilea.

En agradecimiento a semejante tributo popular Picasso le regaló a la ciudad y a sus habitantes cuatro obras. Dos de ellas junto al par mencionado forman parte de estos “10 Picassos del Kunstmuseum Basel” que pueden verse hasta el próximo 14 de septiembre en la galería central del Museo del Prado. Qué mejor lugar que este en el que se formó de joven junto a su padre grabando en su retina composiciones, figuras, líneas y colores, que presidió honoríficamente de 1936 a 1939 y en el que soñó ver expuesto su Guernica una vez que España volviera a ser libre y democrática.

Una decena de óleos a través de los cuales pueden recorrerse seis décadas de creación de un hombre del que se dice dejó un legado de más de 40.000 obras y quien no dejó período, estilo o corriente artística anterior a él sin pasar por su mano y de esta manera ser hecha evolucionar y proyectada hacia el futuro a través de las etapas, motivos e intereses en las que se clasifica su trayectoria: azul, rosa, cubista, los ballets rusos y el mundo del circo, sus mujeres y amantes, el Guernica y su afiliación al comunismo, las series reinterpretando grandes clásicos,…

Ahora que la pinacoteca suiza está cerrada por obras de remodelación, esta muestra –complementaria al repaso al siglo XX que es “Fuego blanco. La colección moderna del Kunstmuseum Basel” que acoge el Museo Reina Sofía- es una fantástica oportunidad con la que gozar de esta pequeña parte de los más de 100 Picassos que posee esta institución clave para el estudio y disfrute de su figura y creación.

Los dos hermanos, 1906. Una composición del período rosa con un fondo casi abstracto claramente tomado de retratos de Velázquez en el Museo del Prado como el de “Pablo de Valladolid” que tanto impresionaron décadas antes también a Manet.

141.4 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.8

Hombre, mujer y niño, 1906. Una sagrada familia hecha cuerpo con apenas unos trazos que le dan forma y volumen a la manera de las esculturas y pinturas románicas que en la primavera de ese año Picasso vio durante su estancia en Gosol, en el Pirineo leridano.

115.7 x 88.9 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.11

Panes y frutero con frutas sobre una mesa, 1909. Continuando a Cezanne y su estudio de los volúmenes, los planos y la perspectiva, Pablo simplifica las formas y sin dejar de ser figurativo comienza a formular el cubismo.

163.7 x 132.1 cm |  ; Öl auf Leinwand; Inv. 2261

El aficionado, 1912. Cubismo en su etapa hermética. Cada motivo es un plano y estos se superponen y se unen, pero siendo aún posible descifrar elementos que definen a la figura como su bigote, la guitarra o las banderillas de este amante de los toros en la plaza de Nimes.

04.Picasso

Mujer con guitarra, 1911-14. Tras azules, rosas, verdes y marrones de las obras anteriores, el blanco domina este óleo dando color a un fondo en el que se ve a una mujer a la que se superpone un fragmento que simula ser la madera con la que se construye el elemento musical.

130.2 x 90.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. 2307

Arlequín sentado o El pintor Jacinto Salvadó, 1923. Las ofertas para realizar escenografías y vestuarios para los ballets rusos a finales de la década de 1910 le introdujeron en el mundo del circo y los funambulistas, elementos que él unió e integró a la bohemia que ya formaba parte de su vida artística y personal.

130.2 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.9

Mujer con sombrero sentada en un sillón, 1941-42. He aquí a Dora Maar, su pareja de 1935 a 1943, la fotógrafa que documentó el proceso de creación del Guernica, una mujer dura, fría y elegante que le conquistó tan apasionadamente al igual que se aburrió de ella años después y la abandonó sin pudor alguno.

130.5 x 97.5 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.3

Muchachas a la orilla del Sena, según Courbet, 1950. “Las meninas” de Velázquez, “Las mujeres de Argel” de Delacroix o estas cortesanas junto al Sena de 1856 fueron motivos que Picasso descompuso en series de hasta decenas de óleos en las que analizó creativamente –tanto por separado como en conjunto relacional- todos los elementos que las forman: composición, colorido, perspectiva, dibujo,…

100.4 x 208 cm; Öl auf Sperrholz; Inv. G 1955.2

Venus y Amor, 1967. Una de las dos obras que ese año regaló a la ciudad de Basilea y en la que deja claro que el amor, el sexo, la atracción y la pasión emocional, física y carnal seguían siendo parte del leit motiv de vida de este hombre que ya pasaba de largo los 80 años de edad.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.12

La pareja, 1967. Cuando se consideraba que los más actuales del momento le habían dejado atrás (Rothko, Pollock,…), Picasso demuestra que sus modos y maneras ya avanzaron los de aquellos (action painting, ready made) a la hora de construir sus imágenes sin dejar de ser nunca figurativo.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.13

“10 Picassos del Kunstmuseum Basel”, hasta el 14 de septiembre en el Museo del Prado.

Alma salvaje

Fantástica Reese Witherspoon en un relato que busca con éxito la conexión íntima de los espectadores con el viaje entre el presente y el pasado que se muestra en la pantalla.

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Que a los americanos les gusta una historia de renacimiento y superación, de lucha contra las adversidades y los imposibles, es algo bien sabido. Que a los actrices que llegan al star system les entra el nervio por demostrar que además de ser una cara bonita son auténticos profesionales de la interpretación haciendo suyos personajes endemoniados y al margen de la sociedad, también parece ser una ley no escrita. Y si juntas lo uno y lo otro, carne de Oscar. Valgan como ejemplo Julia Roberts (Erin Brokovich, 2000) o Hillary Swank (Million dollar baby, 2004) para la primera regla, o Halle Berry (Monster’s ball, 2001) y Charlize Theron (Monster, 2003), entre otras muchas, en el caso de la segunda.

“Alma salvaje” es todo ello, el relato de un potencial ave fénix con un pasado que purgar y una actriz guapa y reconocida por el gran público, Reese Witherspoon, ya ganadora de la estatuilla en el 2005 por “En la cuerda floja”. Dicho esto, el reto al que se ha sometido la que fuera una rubia muy legal es superado con creces y, quizás por ello, el resultado es que ha sido nuevamente nominada a los Oscar como protagonista femenina por este papel.

Whitherspoon es una intérprete sólida, se funde con la cámara de principio a fin, en un primer plano o una vista general, durante los diálogos o llenando con absoluta calma minutos de silencio, haciendo espontáneo un instante cotidiano o único ese que genera un recuerdo para siempre. Reese hace que la Cheryl a la que da vida sea ojos que ven, miran y transmiten, piel que se estremece, se relaja y se tensa a lo largo de su decidido empeño por caminar los más de 1.000 kilómetros que separan México de Canadá por el interior de la costa pacífica de EE.UU.

Un recorrido en el que a medida que se avanza se nos da retazos de lo que ha llevado a Cheryl a esta búsqueda de sí misma. Con un fluido ritmo narrativo, subrayado por un acertado montaje, Jean-Marc Vallée construye una historia en la que se avanza en el presente viajando al pasado en los momentos adecuados. Allí busca el ámbito de las relaciones, el de la familia –espléndida Laura Dern, también nominada a los Oscar como secundaria, ejerciendo como madre- y el de la pareja, ahondando en ambos ámbitos para mostrar las heridas abiertas que esperan ser sanadas.

Episodios de flash-back que no son pasajes de violencia, gritos y lágrimas con los que sacudir violentamente al espectador hasta dejarle pegado en la butaca. No, en este título se opta por algo más arriesgado e inteligente. Se busca la conexión íntima y relajada, la que perdura y permite identificarse al que está al otro lado con las luces y sombras, los aciertos y los errores, de quien vive en la pantalla. Eso es lo que logra “Alma salvaje”.