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“Anna Christie” de Eugene O’Neill

Eugene O’Neill ganó su segundo premio Pulitzer gracias a una obra en la que mostraba buena parte de sus fantasmas. Los símiles son tan evidentes que este fantástico texto no ha de ser leído solo como la gran ficción que contiene, sino también como una descarnada exposición de su biografía personal y familiar. Las relaciones emocionales entre hombres y mujeres y padres e hijos con el telón de fondo del papel del mar como medio de ganarse la vida en una propuesta en la que no hay espacio ni tiempo para el sosiego.

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Cuando contaba con cinco años, Anna dejó su Suecia natal junto a su madre y se instaló en el interior de EE.UU., en Minnesota, donde ya huérfana siguió viviendo con sus primos. Década y media después se reencuentra con su padre en Nueva York, al que no conoce más que epistolarmente, huyendo de un pasado de abusos que le duele y un presente de explotación que le escuece. Él es un hombre de mar que cumple todos los tópicos, las olas, las mareas y las grandes travesías han sido siempre sus prioridades. Por él descuidó a su mujer y a su familia, viendo, además, como engullía a dos de sus hermanos y a sus hijos. Ahora ambos tienen la oportunidad de ver si tienen un futuro en común, pero para ello será necesario aclarar no sólo qué les separó, sino también, qué hizo que esa distancia se mantuviera durante tanto tiempo.

Eugene O´Neill también tuvo dos hermanos que fallecieron, uno al que no llegó a conocer y otro que lo haría dos años después del primer montaje de este texto (noviembre de 1921). Su madre organizó su vida en función del trabajo actoral de su marido y sus continuas giras, tras dar a luz a Eugene se hizo adicta a la morfina (tal y como contó en su póstumo El largo viaje del día hacia la noche), lo que le llevaría finalmente hasta la muerte. Él mismo, en 1910, y tras divorciarse y dejar a su primer retoño a cargo de su ex, surcó varias veces el Atlántico como marino, de EE.UU. a Argentina o hasta Europa. Una fecha en torno a la cual también intentó suicidarse, como amenaza hacer uno de los protagonistas de esta obra, y en la que sitúa la acción de Anna Christie.

Un pasado que toma forma teatral en este libreto en el que, desde una barcaza que sirve también como alojamiento, se buscan nuevos horizontes, pero que amenaza con ser un estigma insuperable para los compañeros de viaje que podrían ayudar a la materialización de esas oportunidades.  Un viaje no iniciado en el que la niebla, como la del mar, aparece y desaparece sin previo aviso, ocultando y confundiendo de manera similar a como lo hace el amor en una exposición de este sentimiento que resulta contemporánea a pesar de parecer trasnochada.  Tan pronto es una ilusión que ensalza al otro como agente redentor que nos limpiará de todo lo que nos avergüenza, como se esfuma cual espejismo y le convierte en un verdugo cruel y despiadado.

Una visión impregnada de una moral religiosa que establece los prejuicios que se alzan entre unos y otros. Un monstruo invisible que culpabiliza al necesitado de escucha y comprensión, al que solo se puede vencer luchando contra uno mismo y que por norma hace de las mujeres sus primeras víctimas tan solo por el hecho de ser deseadas por los hombres.

Ese es el apasionante y vibrante combate que supone la lectura –y a buen seguro que también la representación- de Anna Christie. Una desesperada y constante búsqueda por ser reconocido y aceptado, por recibir disculpas y por ser perdonado para liberarse de cargas y condenas que, aparentemente, nadie sentenció.

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“Mi padre se fue con un señor de Zaragoza” de Rubén Guallar

Un paseo conducido con una prosa tranquila por Barcelona y la capital aragonesa en las vísperas del festival de Eurovisión de 1984. Una historia sensible, con un punto naif, sobre un niño que ha de hacer frente a la crueldad del mundo exterior desde la comprensión de un hogar que se tambalea por la marcha repentina del cabeza de familia.

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Cuando se tienen ocho años apenas existen los matices a la hora de actuar, lo que es, es, lo que gusta, gusta, y lo que no, es que no. Se tiene una idea de lo que está bien y de lo que está mal, pero la mente está limpia, lejos de realizar juicio moral alguno. La espontaneidad, la naturalidad y la sinceridad con uno mismo son la nota dominante. De ahí que no haya de sorprendernos que Fermín admita con honestidad, verbalice sin pudor alguno y actúe dentro de su casa en consonancia –y con la conformidad de su madre y de su abuela- con su deseo de verse vestido como Blancanieves. La cuestión es muy diferente para los adultos, cuando el qué dirán y la presión social ganan la batalla interior a los deseos más íntimos. Ese opuesto es Roberto, el padre de nuestro protagonista, quien durante un tiempo sobrellevó su matrimonio y su paternidad con escarceos con otros hombres que ocultaban sus impulsos sexuales como él. Hasta que lo inevitable le pudo y marchó tras el señor de Zaragoza del título al creer ver en él la luz de la verdad y el equilibrio personal.

Sin embargo, a pesar de la diferencia de edad y de la distancia geográfica, ambos personajes parecen vivir de manera conectada los desengaños y la crueldad que acampan en muchas ocasiones en las relaciones humanas. De niños es el bullying en el colegio, de adultos el maltrato emocional en el ámbito de la pareja. En ambos casos, Rubén Guallar nos transmite de manera cercana y con un lenguaje sencillo -con las palabras justas, tanto en términos de cantidad como de claro significado- las sensaciones que acompañan al sentirse despreciado cuando se está en público, invisible cuando se está a solas. Es en esos momentos cuando las personalidades creadas por el autor del atrevido poemario que fue Todos los putos días de mi vida, se muestran tal y como son en su más pura esencia, seres nacidos para crecer y vivir amando y siendo amados.

Pero no todo depende del tú a tú que surge con la convivencia vecinal y los lazos biológicos y afectivos. Guallar da un paso más y nos enseña también ese otro plano social resultado de una historia y de un pasado anterior a nosotros que marca el desarrollo de nuestras biografías. En la España de 1984 los ecos de una educación de modos castrenses y el filtro católico con el que se observaban las relaciones conyugales eran la norma. Tiempos en los que las escasas opciones para el entretenimiento televisivo se limitaban a dos canales que hacían que cualquier evento retransmitido por ellas se convirtiera en todo un acontecimiento social. Así sucedía con el Festival de Eurovisión, uno de los hilos argumentales de esta novela corta, en un año en el que España concursó con una canción tan pegadiza como la Lady, lady de los Bravo.

Una imposibilidad de elección que era también de actuación ante muchas injusticias. El retrato de una época que es Mi padre se fue con un señor de Zaragoza va más allá del costumbrismo de imágenes edulcoradas. Guallar no se deja llevar por la pátina borrosa de los recuerdos y testimonia también la situación de absoluta soledad en la que se había de combatir contra determinado tipo de abusos. Una lucha sorda, oscura y silenciosa, en la que solo se podía plantar cara si primero se era capaz de vencer a un enemigo aún más grande como es el miedo.

“Sumisión” de Michel Houellebecq

No es esta una novela sobre la islamización de Europa, sino sobre el fin de su identidad cultural cristiana -base de su supremacía intelectual durante más de un milenio- por sustentarse desde hace siglo y medio sobre un sistema social y económico cuya deriva en el contexto actual de globalidad le ha llevado a una ruina no solo material sino también, y fundamentalmente, moral.

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Desde la primera página Houellebecq quiere dar un poso de reflexión real a “Sumisión” y para ello dota a su relato de un fondo intelectual, haciendo protagonista a un profesor universitario estudioso del escritor Huysmans, autor que en su época manifestó desacuerdo con un mundo compuesto por “bribones e imbéciles”. De esta manera nos retrotrae en el inicio hasta las ideas y principios de la segunda mitad del siglo XIX, ese momento de la historia en que se formaron los grandes imperios. El prólogo sobre el que, tras dos guerras mundiales, surgió el mapa geopolítico que conocemos desde 1945 y el estado del bienestar social europeo que dan coordenadas a nuestras vidas hoy en día.

Sin embargo, la entrada en ese tablero de decisión de China y de los países árabes, junto a la crisis financiera y económica iniciada en 2007, no solo han alterado el orden mundial altamente estable desde hacía décadas, sino que también han infundido una profunda sensación de inseguridad e inestabilidad en el entorno micro en que habitamos cada ciudadano occidental. Se ha puesto en duda todo, desde la sostenibilidad de los sistemas públicos (educación, sanidad, transporte,…) hasta la supuesta igualdad de todas las personas (inmigración ilegal, convivencias entre culturas, religiones y razas en ciudades como París) pasando por poner en duda si vivimos en regímenes verdaderamente democráticos. No solo por el nivel de corrupción de nuestros gestores, sino por los movimientos en las sombras de los abstractos y anónimos poderes económicos.

Tomando esta situación como caldo de cultivo, el autor lanza una serie de hipótesis que encadena sucesivamente hasta llegar a un imaginario escenario político y social para la Francia de 2022. Fecha en la que el país de la Liberté! Egalité! Fraternité! contaría con un gobierno musulmán y la Unión Europea tendría ya entre sus miembros a Turquía. Una imagen de futuro a medio plazo con ánimo de generar interrogante al respecto. ¿Pura ficción literaria? ¿Una realidad con mayor o menor grado de probabilidad? ¿O un acontecimiento ya iniciado e irreversible?

En su exposición, Houellebecq deja claro que todo régimen es conquistado porque previamente se ha canibalizado, ha caído derrotado por sí mismo. Una debacle de la que hace responsable al sistema capitalista, que en un lugar de ser un mecanismo proporcionado y equitativo de reparto de la carga del trabajo y de sus beneficios, ha acabado por convertirse en un sistema de explotación y de acopio egoísta por parte de unos pocos. Avaricia que ha traído consigo el fin de la familia como modo de organización de las personas y de las creencias espirituales con el individualismo generado. Supuestos con los que podemos estar más o menos de acuerdo, pero que seguro que no dejan indiferente a nadie y provocan debate.

Sensación en la que el escritor francés ahonda de manera inteligente retratando a un protagonista poco dotado para las relaciones sociales, un hombre que transforma su incapacidad social e insatisfacción íntima en misoginia y clasismo. Un profesional supuestamente humanista que en sus diatribas intelectuales consigo mismo según avanza la acción recurre a otro polémico referente, Nietzsche (“… si el Islam desprecia el cristianismo, tiene mil veces derecho a hacerlo, el Islam tiene como presupuesto suyo varones… el cristianismo nos arrebató la cosecha de la cultura antigua, más tarde volvió a arrebatarnos la cosecha de la cultura islámica…”), ese mismo del que se dice que pudo inspirar a Hitler. En definitiva, François es una clara e inteligente alegoría del entorno en el que ha crecido y se ha formado a lo largo de varias décadas y de la situación que le toca vivir en el hoy.

En lo estrictamente formal, “Sumisión” es literatura muy bien planteada, con una estructura que avanza de manera clara en su exposición de supuestos, hechos y consecuencias prácticas. Una narrativa en la que se alternan los diálogos de exposición de ideas, principios y teorías, con monólogos interiores. Sin pudor alguno, desnudos y descarnados, agrestes, primarios, casi animales en algunos momentos, Michel Houellebecq deja claro que hay quien no tiene mayor interés por la vida que el del beneficio propio en el día a día y el de la supervivencia, cueste lo que cueste, llegada una situación límite.

“Héroes” que luchan por ser ellos mismos

Una obra bien estructurada y  dialogada convertida en una gran representación gracias al versátil y entregado trabajo de sus tres actores.

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En un tiempo y lugar indeterminado al que acaba de llegar, una psicóloga hace frente a sus propios demonios interiores mientras ayuda a que exterioricen los suyos dos hombres que no teniendo nada que ver el uno con el otro resultan ser las dos caras de la moneda de esa realidad fuera de la consulta en la que todos confluyen. Uno, un terrorista que lucha por una tierra que siente robada, el otro, aquel que vive sin libertad por culpa del terror en el lugar en que nació.

El azar provoca que confluyan en un momento determinado que les hace conectar, instante a partir del cual se van dejando ver poco a poco en su dimensión humana. Hacia los espectadores, en cambio, su interior es una caja abierta y diáfana desde el momento inicial. Lo que narran a modo de píldoras monologadas nos convierte en cómplices de lo que sienten ante los acontecimientos que viven, situaciones impregnadas por unos valores ideológicos que consideran la vida humana no como algo supremo, sino como moneda de cambio. En el caso de ella la situación es opuesta, llegar hasta su fondo llevará tiempo, poco a poco, a medida que consiga echarle valor y luz a la oscuridad de su crisis personal y de pareja.

Esos dos hombres que se ofrecen mutuamente hasta donde son capaces, arrastrando tras de sí a aquella otra parte de sus personajes que se niega a la entrega completa que muy a su pesar anhelan y se suscitan. Esa lucha entre sus luces y sus sombras es la que nos trasladan con la fuerza de sus miradas y la soltura de su lenguaje corporal Miguel Diosdado y, de manera aún más sobresaliente, Raúl Tejón. Su presencia es algo más que físico, junto a Diana Palazón llenan la sala de una atmósfera en la que se palpa la distancia que separa el deseo de la incapacidad por culpa del miedo, así como la posibilidad de salvarla si se supiera resolver el conflicto entre la razón y el corazón con la moral y la losa de lo aprendido o de las heridas del pasado de por medio.

Detrás de esta eficaz e impactante puesta en escena hay un soberbio trabajo de escritura y dirección de Antonio Hernández Centeno adaptado al reducido espacio escénico que es la Pensión de las Pulgas. Las palabras fluyen dando cuerpo y entidad a los personajes, y como si de un río se tratara, da pie a una acción que una vez iniciada se convierte en un torrente que crece y avanza por sí mismo con gran autenticidad hasta llegar a su final sesenta minutos después de su comienzo.

“Héroes”, en la Pensión de las Pulgas (Madrid).