“La chunga” de Mario Vargas Llosa

La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

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A casi 1000 kilómetros de la capital de Perú está la ciudad de Piura. Allí, en el año de 1945 sitúa Vargas Llosa esta historia en la que cuatro hombres pretenden, entre copas y partidas de cartas, que la mujer que regenta el bar en el que noche tras noche se emborrachan, les cuente qué sucedió un año atrás con la novia de uno de ellos. Desde ese día en que Josefino vio cómo la Merche entraba en el dormitorio de la Chunga a cambio de dinero para seguir apostando, nadie más ha vuelto a saber de ella.

En un ambiente nocturno y malamente iluminado, y sin ruptura escenográfica ni narrativa entre el presente y el pasado, la objetividad de lo que ocurrió queda diluida por la muy conseguida dualidad interpretativa de cada una de esas cinco personas que desde el hoy se trasladan en un viaje similar a los del realismo mágico a aquel ayer para encontrarse con la hermosa joven a la que todos siguen recordando. Pero frente al hierático mutismo de la Chunga, la tensión de la incertidumbre domina a esos cuatro hombres que reunidos forman algo parecido a una manada que vive anclada por su pobreza de espíritu a la tierra que pisa. Sin más horizonte que el de satisfacer sus necesidades vitales y sin más principios que el de sentir que su pequeño mundo gira en torno a sus integrantes.

Un egoísmo machista que toma forma a través de una actitud y un lenguaje rudo -marcado por el filtro de la grosera verborrea de su genitalidad- que manifiesta sin ambigüedades que las mujeres están supeditadas a su capricho y que son consideradas únicamente como cuerpos que utilizar. El contrapunto a esta brutalidad y crueldad convertida en normalidad, en cotidianidad, está en la mujer que les cobra las cervezas que les sirve y cuya expresión verbal es como su comportamiento, severo y firme, adusto y serio.

Un cuadro de dos posturas enfrentadas que el Premio Nobel de Literatura de 2010 abre para revelar actitudes más personales y reservadas, profundas e íntimas cuando la acción deriva en la evocación de los encuentros individuales que cada uno de estos hombres mantuvo –quizás sí, quizás no- con la Chunga y con una Merche de presencia tan carnal y sensual como de actitud aparentemente naif y sumisa. Fantasías que revelan que tras la impostada hombría y la insulsa jocosidad de sus fachadas puede esconderse tanto la más delicada sensibilidad como la mayor falta de escrúpulos capaz de cuanta violencia sea necesaria para imponer el dominio de su ego.

La Chunga no solo puede ser leída como una ficción sobre el heteropatriarcado ambientada décadas atrás a miles de kilómetros de nosotros, la potencia de su asertiva escritura permite que sea también considerada como una fábula atemporal sobre el sometimiento que siguen sufriendo muchas mujeres en todo el mundo hoy en día.

La Chunga, Mario Vargas Llosa, 1986. Seix Barral.

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