Archivo de la etiqueta: periodismo

“Collective”, la corrupción mata

Doble candidata a los Oscar en las categorías de documental y mejor película en habla no inglesa, esta cinta rumana expone cómo los tentáculos de la podredumbre política inactivan los resortes y anulan los propósitos de un Estado de derecho. Una investigación periodística muy bien hilada y narrada que nos muestra el necesario papel del cuarto poder.

Hay diversas maneras de concebir un documental. Una puede ser combinando hemeroteca con entrevistas y recreación de los momentos más representativos a tiro pasado. Otra es seguir a los protagonistas cámara en mano a la manera de un Gran hermano y después editar. Los responsables de Collective optaron por la segunda al considerar desde el primer momento que tenían entre las manos una historia importante y merecedora de ser conocida. Así es como construyeron este ejemplo práctico de cómo se inicia y desarrolla de manera sólida y eficaz una investigación periodística al compás de la actualidad informativa y la evolución de los acontecimientos.

El 30 de octubre de 2015 murieron 27 personas en el incendio de Colective, una sala de conciertos de Bucarest. Un horror prolongado en las semanas siguientes por el fallecimiento de casi cuarenta más en distintos hospitales, aparentemente como resultado de las quemaduras sufridas. El instinto periodístico y su compromiso deontológico, así como su conocimiento de la realidad política, económica y social de su país hizo sentir a los redactores de Gazeta Sporturilor que tras las rotundas afirmaciones de las autoridades de máximos esfuerzos e inmejorable calidad de la asistencia sanitaria prestada por el sistema público rumano, se ocultaba una realidad tan atroz como la cruel mentira tras la que esta se parapetaba.

Su investigación nace con una hipótesis que surge por no ver respondidos sus interrogantes. ¿Qué hizo que muriera tanta gente? ¿Cómo eran tratados clínicamente? ¿Por qué no se les derivó a otros lugares? A partir de ahí la búsqueda de pruebas y, tras constatar las enormes diferencias entre lo que estas muestran y la versión oficial, chequear lo establecido por los procedimientos técnicos, las normativas legales y la opinión de los responsables políticos. Así es como se va desvelando un enjambre de mentiras, manipulaciones y engaños, irregularidades, sobornos y malversaciones que van más más allá de una situación o unas coordenadas, están completamente imbricados en las raíces del Estado rumano.  

La narración de Alexander Nanau va de hito en hito, exponiendo las informaciones conseguidas y el modo en que se obtienen, así como el eco y los movimientos a favor y en contra que provoca su difusión pública. Aunque centrado en la objetividad de las bases del periodismo (qué, quién, cuándo, dónde y por qué), Collective da también cabida a las emociones resultado del descubrimiento y el conocimiento de lo injusto, lo incoherente y lo inconcebible. De igual manera, tampoco se olvida de los afectados, pero les mantiene en un respetuoso segundo plano nada sensacionalista con lo que vivieron.

La buena factura del mejor documental europeo del año 2020 es que su propuesta no se acaba en su último fotograma, sino que incita a la reflexión y al debate. ¿ Cómo es posible que los seres humanos lleguemos a ser tan inhumanos? ¿Cómo se compaginan ética, moral y legalidad? ¿Resistirá el periodismo las presiones de los poderes ocultos? ¿Podría suceder algo así en nuestro país? ¿Cómo actuaríamos?

“A sangre y fuego” de Manuel Chaves Nogales

Once episodios basados en otras tantas situaciones reales que demuestran que la violencia engendra violencia y que la Guerra Civil fue más que un conflicto bélico entre nacionales y republicanos. Los relatos escritos por este periodista en los primeros meses de 1937 son una joya narrativa que dejan claro que esta fue una guerra total en la que en muchas ocasiones los posicionamientos ideológicos fueron una disculpa para arrasar con todo aquel que no pensara igual.

ASangreYFuego.jpg

El trabajo en la redacción de un medio de comunicación da acceso a múltiples fuentes de información sobre un suceso o acontecimiento. El buen profesional de la materia, bajo el prisma de la ética y la objetividad periodística, toma buena nota de lo que escucha y ve y a través de ello ahonda en lo que está ocurriendo para intentar comprender qué sucede realmente bajo esa superficie y cuáles son los motores que lo provocan. En este sentido y desde su puesto como director desde 1931 del diario Ahora, Manuel Chaves no solo fue testigo privilegiado de la tensión in crescendo que se fue generando entre las distintas facciones políticas durante la II República hasta el levantamiento del 18 de julio de 1936, sino también de las divergencias a partir de esa fecha en la respuesta de los movimientos de izquierda –socialistas, comunistas, anarquistas,…- tanto a la hora de organizar su bando como de combatir al enemigo.

Chaves escribió estos relatos pocos meses después del inicio del fratricidio, cuando llegó a París en el inicio de su particular exilio. En ellos se puede leer a partes iguales la precisión del informador y su imperiosa necesidad como ciudadano de un país que se resquebrajaba de contarle al mundo la debacle humana que estaba teniendo lugar en España. Dejando claro que la Guerra Civil no fue un conflicto que pretendiera sustituir un régimen político por otro, sino una contienda en la que cada bando no se propuso rendir a su adversario, sino destruirlo hasta arrasarlo completamente, sin diferenciar a los combatientes y los objetivos militares de la población civil y sus lugares de residencia y modos de ganarse la vida.

El destino quiso que Manuel estuviera en el Madrid republicano cuando comenzó lo que entonces no se sabía que acabaría siendo el prólogo de la II Guerra Mundial, por lo que los testimonios particulares que nos ofrece son los que le llegaron, o de los que fue testigo, de ese lado. Crónicas cuyos protagonistas y tramas no son los de los libros de historia ni los episodios, tácticas o estrategias explicadas en estos, sino aquellos ciudadanos anónimos que se ofrecieron espontáneamente para armarse y acudir al frente, quedaron al frente de la intendencia en la capital, asistían a los heridos o, sencillamente, fueron víctimas inocentes de los ataques y los bombardeos.

Un maremágnum de voluntariosos, más impulsados por la utopía –cuando no por el odio y el ánimo de revancha-, faltos de organización y de un mando único que aunara sus energías con el propósito de defender el sistema democrático frente a los que luchaban con el apoyo de las tropas alemanas e italianas en su contra. Sin embargo, el caos era tal que la violencia engendró otras violencias como la crueldad que algunos de los llamados rojos volcaron contra todo aquel de cuya fidelidad a la causa dudaban.

A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España aporta un diferente y muy necesario punto de vista sobre un tiempo que no es únicamente un pasado sobre el que aplicar una lectura académica. Lo que Manuel Chaves Nogales logra en este título es poner el foco sobre el drama humano que tuvo lugar en nuestro país de 1936 a 1939, prolongado durante 40 años más de dictadura. Algo que hoy en día se sigue rehuyendo, lo que hace aún más fundamental este título, además de por sus excelentes valores literarios (la precisión de su prosa, la riqueza de su vocabulario, la tensión de su ritmo, la fina construcción de sus tramas, el retrato de sus personajes,…).

A sangre y fuego, Manuel Chaves Nogales, 2017, Libros del Asteroide.

“Nunca sabrás quién fui” de Salvador Navarro

Un thriller, una narración sobre cómo se escribe una novela y un drama envuelto en pasiones amorosas. Tramas y líneas argumentales estructuradas con precisión y desarrolladas a lo largo de varias décadas entre Sevilla, Madrid y Nueva York. Un juego de espejos y reflejos con un ojo puesto en Joël Dicker y otro en Paul Auster.

El sueño de muchos periodistas que se dedican a la palabra impresa no es dar forma a reportajes que se publiquen en cabeceras de grandes tiradas, sino escribir una novela con la que demostrar sus dotes para la investigación, hilvanando la objetividad de los datos con la subjetividad del análisis psicológico y el misterio de la conducta humana, dando como resultado una ficción que informe, enganche y remueva. Ese es Alex, el joven, esbelto y enérgico protagonista de Nunca sabrás quién fui, que se traslada a la capital andaluza por la módica cantidad de cinco mil euros al mes con una misión cuyos fines no le han sido desvelados.

Una interrogante que le despierta toda clase de suspicacias y que a medida que se introduce en la historia que las genera le provoca un sinfín de hipótesis en las que indagará de manera paralela. Así es como su vida se va complicando en un tablero de sutilezas y suspicacias en el que los comportamientos, dedicaciones y afirmaciones de aquellos con los que se relaciona pueden ser cualquier cosa menos lo que parecen. O no. Desde el punto de vista literario, un continuo de idas y venidas de intrigas, riesgos, tensión, poder y sexo en el que los trayectos de vuelta nunca te devuelven a la casilla anterior, sino que te hacen avanzar en una mezcla de nebulosa y desierto en el que no te queda otra que confiar en la buena fe y el saber hacer de Salvador.

Él lo deja claro desde la presentación de su personaje principal. Su construcción narrativa toma como referente la deconstrucción temporal de La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker, así como la metaliteratura de Paul Auster. La interrelación entre los planos de la acción, su plasmación sobre el papel y su ideación en la imaginación del escritor. Entre la vivencia, la elaboración consciente y la subjetividad marcada por las pulsiones interiores. Entre la realidad, la reconstrucción y la recreación aplicando los mecanismos y trucos literarios adecuados para conseguir una ficción sólida que quizás contenga dimensiones paralelas no necesariamente explicitadas.

Recuerdo una fotografía que tiempo atrás Navarro subió a su cuenta de Instagram. En ella contaba que llevaba a donde fuera a pasar el fin de semana el corcho plagado de cartulinas de colores en el que estaba la estructura de la que sería entonces su siguiente novela, El hombre que ya no soy (2017). Un recurso que utiliza también Alex. Lo que nos devuelve al primer párrafo de esta reseña. ¿Cuánto hay en Alex de él? ¿En qué medida se ha puesto al servicio de su personaje? ¿Únicamente de manera utilitaria o hay algo expiatorio en ello? Y sea como sea, ¿con qué intención? La respuesta solo la tiene él. Por su parte, su lector se queda con el hecho de haber disfrutado de principio a fin, sintiéndose enredar primero por su propuesta e iluminar inteligentemente después con el trazado por el que la hace crecer hasta resolverla.

Nunca sabrás quién fui, Salvador Navarro, 2020, Algaida Editores.

“Voces de Chernóbil” de Svetlana Alexévich

El previo, el durante y las terribles consecuencias de lo que sucedió aquella madrugada del 26 de abril de 1986 ha sido analizado desde múltiples puntos de vista. Pero la mayoría de esos informes no han considerado a los millares de personas anónimas que vivían en la zona afectada, a los que trabajaron sin descanso para mitigar los efectos de la explosión. Individuos, familias y vecinos engañados, manipulados y amenazados por un sistema ideológico, político y militar que decidió que no existían.

Impresionan los más de treinta monólogos y los coros incluidos en Voces de Chernóbil, una selección de las más de quinientas entrevistas que esta autora bielorrusa, Premio Nobel de Literatura de 2015, publicó originalmente en 1997. Su lectura transmite la objetividad de un trabajo periodístico que se ha propuesto dar a conocer una realidad nunca antes mostrada, la combinación entre empatía y asertividad con que recoge las vivencias y la emocionalidad de los entrevistados, y el rigor con que los testimonios orales deben haber sido editados para convertirlos en el texto que llega a nuestras manos.

Svetlana está presente en todo este proceso, pero sin hacerse protagonista, ejerciendo como canal de comunicación, como punto de contacto, como transmisora de una información que demanda ser compartida y conocida. Por la necesidad vital de sus emisores de liberar aquello que les ha oprimido, desconcertado y dolido durante tanto tiempo. Y por un mundo que ha de aprender de los errores cometidos y tomar nota de que en esta aventura que es la vida humana y el planeta Tierra estamos todos juntos, que esto va más allá de las fronteras, los gobiernos y las alianzas internacionales que, irremediablemente, acaban por limitar, restringir, confrontar, dividir y separar.  

Bomberos que acudieron a apagar el incendio inicial y murieron a las pocas semanas por los efectos de la radiación, militares obligados a trabajar en zonas altamente contaminadas sin ningún tipo de protección, población civil evacuada con poco más que lo puesto sin saber a dónde iban, aldeas abandonadas y otras vueltas a ser habitadas por sus antiguos vecinos, niños que nacen enfermos y sienten que el hospital es su verdadero hogar… Lo que leemos -contado por los que lo vivieron en primera persona, por sus familias o por los que intentaron alertar en vano de lo que estaba ocurriendo- es tan intenso, tan humanamente al límite que puede generar una sensación de distopía, casi de ciencia-ficción, para ser capaces de digerir un relato tan apabullante.

Sin embargo, su estilo está anclado a la tierra, a las personas que manifiestan lo que leemos. Trasciende el arquetipo de la entrevista periodística para -entre lágrimas, añoranzas, reflexiones de todo tipo y tragos de vodka- resultar profundamente realista, evocando incluso a los grandes maestros de este género como Tolstoi o Dostoievsky. La crudeza e intensidad que transmiten es tal que sugieren ser interpretados en un escenario, dejando epatados a cuantos ocuparan el patio de butacas.

 A su vez, el resultado es un ensayo-análisis de la identidad de un parte de los muchos átomos que han conformado el pueblo ruso desde el imperio zarista hasta la actual Rusia pasando por la desintegración de la URSS, punto de inflexión de la historia del mundo moderno simbolizada para muchos en este accidente nuclear. Así es como Voces de Chernóbil se convierte en el summum de lo que es el periodismo, un medio de conocer la realidad a través de lo que sienten, opinan y viven sus verdaderos protagonistas.

Voces de Chernóbil, Svetlana Alexévich, 2015 (1997), DeBolsillo.

10 novelas de 2020

Publicadas este año y en décadas anteriores, ganadoras de premios y seguro que candidatas a próximos galardones. Historias de búsquedas y sobre la memoria histórica. Diálogos familiares y continuaciones de sagas. Intimidades epistolares y miradas amables sobre la cotidianidad y el anonimato…

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón. Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith. Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

“Mis padres” de Hervé Guibert. Hay escritores a los imaginamos frente a la página en blanco como si estuvieran en el diván de un psicólogo. Algo así es lo que provoca esta sucesión de momentos de la vida de su autor, como si se tratara de una serie fotográfica que recoge acontecimientos, pensamientos y sensaciones teniendo a sus progenitores como hilo conductor, pero también como excusa y medio para mostrarse, interrogarse y dejarse llevar sin convenciones ni límites literarios ni sociales.

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina. Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta. Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria. Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

“La madre de Frankenstein” de Almudena Grandes. El quinto de los “Episodios de una guerra interminable” quizás sea el menos histórico de todos los publicados hasta ahora, pero no por eso es menos retrato de la España dibujada en sus páginas. Personajes sólidos y muy bien construidos en una narrativa profunda en su recorrido y rica en detalles y matices, en la que todo cuanto incluye y expone su autora constituye pieza fundamental de un universo literario tan excitante como estimulante.

“El otro barrio” de Elvira Lindo. Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

“pequeñas mujeres rojas” de Marta Sanz. Muchas voces y manos hablando y escribiendo a la par, concatenándose y superponiéndose en una historia que viene y va desde nuestro presente hasta 1936 deconstruyendo la realidad, desvelando la cara oculta de sus personajes y mostrando la corrupción que les une. Una redacción con un estilo único que amalgama referencias y guiños literarios y cinematográficos a través de menciones, paráfrasis y juegos tan inteligentes y ácidos como desconcertantes y manipuladores.

“Un amor” de Sara Mesa. Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff. Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead. El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica como medio para ser una sociedad verdaderamente democrática.

50 días

Hemos doblegado la curva, la desescalada será asimétrica y gradual, ya podemos salir a la calle y hay que pensar en reactivar la economía. Pensamos en cómo será nuestra vida tras la pandemia del coronavirus y, por el momento, las respuestas tienen mucho más de elucubración que de certeza. Quizás mirar atrás, a las vivencias y reflexiones serias, duras y dolorosas pero también banales, escapistas y costumbristas de este último mes y medio, encontremos algunas de las claves que nos permitan -tanto a nivel individual como colectivo- reinventarnos y liberarnos de la incertidumbre.

10/03. Se suspenden las clases. A partir de mañana, #teletrabajo y #quédateencasa si puedes.

11/03. No está de más volver a leer La peste de Albert Camus.

12/03. Efectos del cambio climático, coronavirus… por mucho que nos empeñemos, la naturaleza tiene su propio ritmo y se impone a nuestro de deseo de control y de poder sobre ella.

13/03. Aplausos a las ocho, #GraciasSanitarios.

14/03. Lo del “estado de alarma” va camino de ser “estado de alarma en diferido”.

15/03. La globalización no es solo viajar a donde quieras y que lo que tienes sea fabricado en el tercer mundo para que te resulte más barato. La globalización es también que otros lleguen hasta donde vives tú y que los males del tercer mundo también te afecten a ti.

16/03. Medios de comunicación: ¿qué tal sustituir el “Urgente” por “Última hora”?

17/03. Cada vez que miro a la calle desde el balcón me siento como James Stewart en La ventana indiscreta.

18/03. El mensaje de Felipe VI hubiera valido el sábado o el domingo (pero estaba en otras cosas). Ha llegado tarde y con una retórica vacía.

19/03. ¿Cuánto € nos hemos ahorrado con los recortes en sanidad pública realizados desde hace diez años? ¿Cuál será el sobrecoste ocasionado por la pandemia? Los que propugnaban su privatización seguro que no querrán responder a la segunda cuestión.

20/03. Cuando todo esto pase, habrá tortas para coger hora en la peluquería.

21/03. #DíaMundialDeLaPoesía, excusa perfecta para volver a Roma, peligro para caminantes con los versos, los sonetos y las canciones de Rafael Alberti.

22/03. El padre de Jorge, uno de los casi 400 fallecidos de hoy. Ingresó el viernes, en solo dos días el virus le venció.

23/03. El primo Filiberto, uno de los 2.696 fallecidos hasta hoy. No pudieron enterrarle hasta nueve días después.

24/03. Triste noticia, se nos va Terrence McNally, uno de los mejores dramaturgos.

25/03. El hermano de Reme, 66 años, uno de los 738 fallecidos de hoy.

26/03. Hay más gente haciendo directos en instagram que seguidores viéndoles.

27/03. #DíaMundialDelTeatro, dame teatro que me da la vida.

28/03. El padre de Juan, uno de los 27 fallecidos en menos de un mes en la residencia de ancianos de Ciempozuelos en la que vivía. No pudo acompañarle ninguno de sus tres hijos.

29/03. Toda crisis tiene momentos en que parece que más que hacia la solución se va hacia el desastre, #Resiliencia.

30/03. Si después de las vacaciones es cuando más parejas rompen, ya verás tú tras el confinamiento. El algoritmo de las apps de ligue va a echar humo.

31/03. ¿Qué nos está salvando, aliviando, esperanzando, entreteniendo y motivando a muchos? El cine, los libros, el teatro, la música, las exposiciones on line… La cultura.

01/04. #DíaDelLibroLGTB, excusa perfecta para volver a recomendar Nos acechan todavía de Ramón Martínez, un ensayo con el que entender los retos, dificultades y agentes que hacen frente en la actualidad al movimiento LGTBI.

02/04. Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero, dice el Ministro de Sanidad. ERROR. La prioridad debemos ser siempre las personas. ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Quizás el ERROR está en haber depredado esas áreas de actuación política supeditándolas a la economía bajo términos como gasto, coste, productividad u oferta y demanda.

03/04. ¿Por qué gritan algunos periodistas en las conexiones en directo?

04/04. A lo mejor la deslocalización industrial dando por hecho que el grifo del made in Asia se abriría cada vez que quisiéramos no fue tan buena idea.

05/04. No había usado chándal tantos días seguidos desde que estudiaba la EGB.

06/04. En estos días de incertidumbre, hay una imagen que viene una y otra vez a mi cabeza, la del Perro semihundido que Goya pintara allá por 1820 y que se puede ver en el Museo Nacional del Prado.

07/04. Los ERTEs no parecen afectar a los diseñadores, redactores y distribuidores de bulos y fake news.

08/04. El Ministro de Cultura, sin ideas ni voluntad cultural.

09/04. La nevera vacía y Mercadona cerrado, en un acto de subversión voy a comprar a Supersol. Llueve, luzco un chándal rojo y el único impermeable que tengo es verde, parezco la bandera de Portugal.

10/04. El Gobierno se da por enterado del #apagóncultural, ahora falta lo importante, que lleguen los hechos.

11/04. Entre la fatal comunicación y argumentación de unos y la inquina y el griterío de los otros, #AsíNo.

12/04. ¿Se podría hacer un recopilatorio de los bulos y fakes que cada medio de comunicación ha inventado y/o ayudado a difundir?

13/04. #DíaInternacionalDelBeso, ¿cómo besarse evitando el contacto físico?

14/04. Todos nos preguntamos lo mismo, y después, ¿qué?

15/04. #DiaMundialDelArte, jornada perfecta para recordar y reivindicar una vez más a #KeithHaring, un creador fresco, ingenioso y comprometido que dio imagen y estilo a los años 80.

16/04. He bajado a tirar la basura y me he sentido como un inocente que, tras actuar en defensa propia, intentaba no ser pillado en el momento en que se deshacía de las pruebas incriminatorias.

17/04. Escucho decir a un tertuliano en un programa de televisión: “sobre ese tema no puedo opinar, no tengo criterio“.

18/04. Dejar salir a los niños a la calle durante el confinamiento, ¿debate psicopedagógico o excusa para el enfrentamiento político?

19/04. Por qué cada vez que aparece un político de la oposición ya sabemos, antes de que abra la boca, qué va a decir y en qué tono. Porque solo se quejan de la acción del Gobierno sin aportar propuesta o medida alguna.

20/04. ¿Volverán a poner en duda que la tierra es redonda gritando que es plana? ¿Negarán la evolución de las especies afirmando que tienen pruebas de que llegaron en el arca de Noé? #TodoEsPosible.

21/04. Que los promotores y defensores de la ley mordaza pongan ahora el grito en el cielo porque la Guardia Civil investigue el uso delictivo y malintencionado que se pueda hacer de las RR.SS.

22/04. Espero que la pandemia haga ver lo importante que es realizar una correcta comunicación por parte de AAPP, partidos políticos, empresas e instituciones; que no se puede improvisar y exige contar con profesionales expertos en la materia.

23/04. #DíaDelLibro, jornada en la que recordar que los libros nos acompañan, guían, entretienen y descubren realidades, experiencias y puntos de vista haciendo que nuestras vidas sean más gratas y completas, más felices incluso.

24/04. Me fascinan la burbuja de egofantasía y el vacío existencial que transmiten los influencers.

25/04. Los titulares de la mayoría de los periódicos y los tuits de todos los políticos estaban ya escritos antes de la comparecencia del Presidente del Gobierno.

26/04. 83 años de Guernica, 26 de abril de 1937.

27/04. La salida de los niños a la calle, ¿ayuda para sobrellevar el confinamiento o inicio de la desescalada? Pensaba que era lo primero, pero parece que la mayoría se lo ha tomado como lo segundo.

28/04. Decían que el Estado no era quién para indicarles cómo educar a sus hijos y ahora, si alguien no respeta la distancia social, acusan al Estado de no haberles explicado correctamente cómo se hace, #CriticarPorCriticar.

29/04. 45 días seguidos comiendo pizza, método Díaz Ayuso para mantenerte sano y en forma.

30/04. La vida por fases y horarios, #LaNuevaNormalidad (26.771 fallecidos hasta hoy).

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith

Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

Patricia Highsmith es sinónimo de suspense y aunque pudiera parecer que esta es una novela costumbrista, que lo es, también responde a lo que se espera de ella. Desde el principio hay algo difícil de definir que hace desconfiar de la corrección con que se muestran los estadounidenses que se hicieron adultos entre el fin de la II Guerra Mundial y la dimisión de Richard Nixon. Ese es el objetivo de la también autora de El talento de Mr. Ripley, detectar y mostrar por dónde hace aguas una satisfacción que no es tal y sobre todo, qué efectos tiene en esa oscuridad, su ocultación y la imposición de un ejercicio continuado de sobreactuación para mantener el status quo del sueño y la supuesta identidad norteamericana.

El diario de Edith comienza con la mudanza de una joven pareja y su joven hijo desde su piso en Nueva York a una casa individual con parcela y camino de entrada en una pequeña población del estado de Pennsylvania. Lo que se presupone un hito en el progreso como clase media acomodada se convierte, poco a poco, en unas coordenadas de lo más opresivas a medida que dejan de verse materializadas unas expectativas que son, tal y como muestra Highsmith muy sutilmente, exigencias sistémicas.  

En el terreno profesional, Edith aspira a ser una periodista de opinión, pero su alto sentido crítico sobre las políticas liberales -a nivel nacional- e intervencionistas -en el plano internacional- de su gobierno no parece tener buena acogida ni entre los medios a los que ofrece sus artículos ni entre los lectores del diario local que pone en marcha. Con el tiempo, incluso, ni siquiera entre sus vecinos y los que ella consideraba sus amigos.

En lo familiar, su vástago poco a poco se revela como un joven sin intenciones ni motivaciones, convirtiéndose en algo así como la versión realista del esperpéntico Ignatius Reilly (el protagonista de La conjura de los necios), con quien Cliffie coincide en el tiempo (aquel fue escrito en 1962), pero que Highsmith no conocía porque la novela de John Kennedy Toole no sería publicada hasta 1980, tres años después que la suya. Súmese a ello un marido precoz en el cliché de hombre maduro que se fija en mujer joven y que huye haciendo un sangrante punto y aparte en su vida, dejándole a ella, incluso, con las cargas -en forma de tío mayor en cama- que le corresponden.

Una realidad de decepción frente a la que Edith intenta mantenerse firme, corrección que le provoca una doble reacción que Highsmith presenta con la asertividad propia del género de misterio sin llegar a desvelarnos la motivación que hay tras ella. Si el diario que escribe es producto de una mente bipolar o de una imaginación escapista. O si la de su distanciamiento con los que la rodean es la propia de alguien que se va haciendo asocial o la de una mujer valiente y una feminista pionera con opiniones avanzadas a su tiempo -y por ello incomprendida, contrariada y hasta perseguida- sobre asuntos como el aborto, la eutanasia, el adulterio, el divorcio, la homosexualidad, las drogas o el alcoholismo.

El diario de Edith, Patricia Highsmith, 1977, Editorial Anagrama.

“Mujer en guerra” de Maruja Torres

Más masters da la vida. No podría ser más apropiado el subtítulo con el que esta excepcional periodista publicó estas memorias hace veinte años. Un ensayo incisivo, ácido y aparentemente sin concesiones, escrito desde la intimidad de su soledad personal, en el que recoge cómo se inició en su oficio en la Barcelona gris del franquismo y progresó hasta convertirse en una reportera y profesional todo terreno que firmó portadas de El País desde India, Panamá o República Dominicana.

MujerEnGuerra_MarujaTorres.jpg

Maruja se hizo a sí misma como tantas otras personas que, en la España de los 60, querían ejercer la libertad de expresión e información. Un impulso que algunos siguieron tomando el camino del periodismo y en el que ella se inició comenzando a trabajar en la redacción de La Prensa. Además de desempeñar las funciones de secretariado y administración que le asignaron, propias del machismo de la época, poco a poco comenzó a colaborar en labores de edición y redacción. De esta manera, su pasión por la escritura –que tanto le unió a su ya entonces gran amigo, Terenci Moix- encontró un campo con el que no solo ganarse la vida, sino desarrollarse personalmente.

Torres ha acumulado en su largo curriculum cabeceras de revistas (Garbo o Fotogramas), diarios extintos (Por favor o La calle), semanarios (Cambio 16 o Pronto) y periódicos (Diario 16 o El País). Un mundo en el que se inició sin formación académica alguna, sin más orientación que la del instinto y el deseo de conocer no lo que estaba ocurriendo, sino la verdad que se oculta tras la realidad que vemos. Algo que acabó consiguiendo en sus muchos reportajes publicados sobre episodios como la guerra del Líbano, el asesinato de la comunidad jesuita en El Salvador o el Chile que se quería sacudir la dictadura de Pinochet, he ahí las hemerotecas para comprobarlo. Un estilo periodístico que ha combinado con el de columnista, entrevistadora –aunque ella considere que no es su fuerte- o lo que hoy llamamos prensa rosa, sin olvidar su relación con la ficción literaria.

Además de escribir una incisiva crónica social y política de tres décadas, plagándola de multitud de anécdotas en las que comparte las claves con las que entiende se ha de practicar el oficio, la pasión y el compromiso del periodismo –además intentar compatibilizarlo con la vida personal-, Maruja Torres ofrecía también en Mujer en guerra un preciso análisis de la situación del sector y de la profesión a finales del siglo XX y una nada optimista previsión de futuro.

Tras una primera época en que vio cómo los medios habían de lidiar con la censura del régimen para no convertirse en altavoces propagandísticos, posteriormente fue testigo de cómo el panorama mediático español tuvo que aprender a practicar el papel social que la democracia les exigía, no solo como transmisores de lo que estaba ocurriendo, sino también como mediadores encargados de explicar sus claves. Coordenadas a la que muchas cabeceras no supieron adaptarse y en la que surgieron otras que brillaron con luz propia como El País.

Finalmente, la eclosión del neoliberalismo y la incipiente globalización de finales de los 80 introdujo en las coordenadas la viabilidad económica entendida como rentabilidad y productividad. De esta manera los directores de periódicos se convirtieron en empresarios que traficaban con la información, el rigor quedó sustituido por el entretenimiento, el conocimiento adquirido trabajado al pie del terreno por los títulos académicos. Los reportajes (y el periodismo de investigación) se vieron reducidos tanto en número como en extensión, perdiendo así su función de reflejo de los múltiples puntos de vista de un escenario. Factor al que se ha de unir las prácticas nada éticas –manipulación, tergiversación y mentira- a la hora de comunicar por parte de los grandes actores del mapa geopolítico, tal y como sucedió durante la caída del muro de Berlín o la Guerra del Golfo.

Aunque hayan pasado veinte años desde su publicación, Mujer en guerra sigue transmitiendo la fuerza y garra de su autora. Quizás por ello lo único que cabría pedirle sería una nueva edición que incluyera tanto su visión del mundo como su experiencia en estas dos décadas.

Mujer en guerra, Maruja Torres, 1999, Editorial Planeta.

“La herida perpetua” de Almudena Grandes

Selección de 167 columnas de las muchas que en los lunes de los últimos diez años su autora ha publicado en la contraportada de El país. Reflexiones, pensamientos y comentarios de una mujer “republicana, de izquierdas y anticlerical” sobre la actualidad política y social de nuestro país. Textos cortos, con mensajes claros, escritos con un lenguaje sencillo, que suenan casi como monólogos dramáticos, unas veces llenos de esperanza e ilusión, otras de ironía y sarcasmo.

LaHeridaPerpetua.jpg

Aunque Almudena Grandes continua acudiendo a su cita de los lunes con los lectores de El país, La herida perpetua cubre el período que va desde enero de 2008 hasta junio de 2018. Desde aquel entonces en que se hablaba de una crisis financiera que el gobierno de Zapatero decidió ignorar hasta que Pedro Sánchez se convirtió en el primer presidente que llegaba al cargo mediante una moción de censura. Una vez a la semana y sin pelos en la lengua -con la única limitación del espacio asignado- Grandes escribe su columna de opinión sobre aquello que considera.

Muchos han sido los temas, los personajes y las situaciones que ha tratado, pero tal y como advierte en su introducción, un lector avezado -Juan Díaz Delgado, editor de este volumen- le hizo ver que sus textos formaban un conjunto que no solo exponía los males que nos afectan, sino también su visión de las causas endémicas tras ellos. Dejando claros sus principios y sus valores, pero sin caer en el dogma ni en el fanatismo, la autora de los Episodios de una guerra interminable no se queda en el campo de las ideas, las palabras o los discursos, sino que baja al terreno de lo real y lo tangible, lo demostrado y lo demostrable. Su argumentario se basa en el porcentaje de parados, en el índice de precios al consumo, en las inversiones en sanidad o en la ratio de alumnos por profesor.

Por eso critica a aquellos que se excusan en las vacuidades, los eufemismos y las huidas hacia delante para no solo no ofrecer soluciones, sino anclarse soberbiamente en los errores y pretender hacer de ellos la bandera que nos identifique, excluyendo como castigo a los que no se sometan. Se hace eco de lo que nos preocupa y nos hastía -la calidad de los servicios públicos, el bajo nivel del debate parlamentario, el uso partidista de la justicia, los derechos por consolidar, alcanzar o volver a defender- dirigiéndose tanto a uno y otro lado del espectro ideológico -Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Susana Díaz, Alfredo Pérez Rubalcaba o Artur Mas- como apelando a las buenas prácticas que serían deseables por parte de nuestras instituciones -los partidos políticos, las administraciones públicas, la Iglesia, los medios de comunicación- para crear, vivir y crecer en una sociedad abierta, diversa, respetuosa, tolerante, integradora, solidaria y equitativa.

Sueños y pesadillas que no son nuevos, que tal y como demuestran sus citas, referencias y asociaciones vienen de largo, o son cíclicas, o consecuencia de asuntos pasados no resueltos.  De una democracia con pudores, de una izquierda más pendiente de los flecos de sus teorías que de la práctica y de una derecha centrada eficazmente en los logros manteniéndose fiel a unos principios simples. De una transición que se empeñó en mirar únicamente hacia adelante, de cuatro décadas de dictadura cruel, de una guerra fratricida en la que venció el horror, la brutalidad y el salvajismo. De un tiempo anterior en que lo encarnizado primó sobre el diálogo, la imposición sobre lo negociado y la negación del otro sobre el entendimiento.

Pero aun así, la autora de Los besos en el pan -la novela publicada en 2015 que podría interpretarse como una ficción de la realidad de La herida perpetua– considera que hay espacio, tiempo, energía y ánimo para la esperanza, la voluntad y el el optimismo.  De que hay algo que a pesar de todo hace que sigamos funcionando como país y como sociedad. En nuestra mano está preservarlo y elevarlo para no dejar que nadie nos lo secuestre o arrebate nunca más y sacarle el máximo partido a eso que somos y formamos juntos por encima de los intereses políticos y económicos de unos pocos.

La herida perpetua, Almudena Grandes, 2019, Tusquets Editores.

“El director” de David Jiménez

No cuenta nada que no hubiéramos imaginado ya, pero dar el paso de poner en negro sobre blanco en primera persona las oscuras relaciones entre el poder político y económico con una de las principales cabeceras de nuestro país, revela que el asunto no es tan liviano como podría parecer. Una lectura entretenida plagada de anécdotas que muestran las arenas movedizas formadas por el triángulo ética, libertad de información e intereses propios.

ElDirector.jpg

El 30 de abril de 2015 David Jiménez era nombrado director de El Mundo. Apenas un año después, el 25 de mayo de 2016, fue destituido. ¿Qué pasó en esos casi trece meses? La respuesta de la empresa editora es que la gestión de su cabecera más preciada necesitaba un golpe de timón. La réplica de Jiménez es El director. Una combinación entre ensayo y diario en el que en distintos episodios cuenta el propósito con el que entró en su despacho el primer día, lo que vivió y conoció en las idas y venidas entre el suyo y los muchos -tanto externos como internos- que visitó posteriormente, y cómo se fraguó su salida del periódico en el que había trabajado desde 1994 al no cumplir el papel oculto que, a su juicio, se esperaba de él.

En estas memorias que van de la ilusión casi naif por el periodismo a la incompatibilidad con las maquinaciones junto a la máquina del café, queda claro un mensaje que la mayoría de las empresas editoras parecen no haber aprendido aún. La digitalización ha llegado para quedarse y aunque el papel seguirá existiendo, éste ya no será el único formato de aquellos diarios que quieran, además de continuar existiendo, ser influyentes. La información ha de trabajarse y ofrecerse de otra forma, y la manera de monetizarla no puede ser únicamente vendiendo ejemplares impresos en los que columnas, artículos y reportajes se alternan con inserciones publicitarias. Quien no lo entienda así desaparecerá, de manera estrepitosa o en una lenta agonía dejándose por el camino -mediante EREs, refinanciaciones y reestructuraciones- su prestigio, la dignidad de sus directivos y el talento de muchos de sus trabajadores.

Cuando le ofrecieron el cargo, David se propuso no solo evitar que le sucediera eso a El Mundo, sino convertirlo en un líder digital en términos de audiencia, repercusión y rentabilidad. A priori contaba con el apoyo de la empresa editora, nadie le dijo que no a sus ideas y propuestas. Pero poco a poco la realidad -tanto sus superiores como buena parte de los integrantes de la redacción a cuyo frente había sido colocado- fue mostrándose nada dispuesta a la innovación tecnológica, los cambios organizativos, el reciclaje profesional y la convivencia con nuevos perfiles de periodistas.

Súmese a esto las malas prácticas en lo relativo a la objetividad y el ejercicio de la independencia que se le supone al cuarto poder. El deseo de formar parte de la élite del poder ha hecho que muchos periodistas se vean más motivados por el culto a su vanidad que por la búsqueda de la verdad. Y como gota que colma el vaso, desde 2007, la mala situación económica de la empresa, haciéndola dependiente de las inyecciones financieras de empresas y administraciones públicas en forma de patrocinios y campañas de publicidad. Una tormenta perfecta que ha traído consigo una espiral de menos ventas, reducción de ingresos, repercusión puesta en duda e influencia a la baja que amenaza tanto la viabilidad presente como futura del sector.

Un relato más cercano en su forma al reportaje periodístico que al ejercicio literario. Una narración animada gracias a los nombres de todos los ámbitos (político y económico especialmente), seudónimos de colegas fáciles de identificar, encuentros, situaciones y referencias que ejemplifican las situaciones con las que El Director comparte con sus lectores su experiencia y vivencia de las cocinas del periodismo de nuestro país.

El Director, David Jiménez, 2019, Libros del K.O.