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10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

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“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

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“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

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“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

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“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

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“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

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“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

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“El mono del desencanto” de Teresa M. Vilarós

“Una crítica cultural de la transición española (1973-1993)” presenta una interesante tesis, que no corrobora la versión oficial que solemos escuchar, sobre ese período tan de continua actualidad a pesar del tiempo transcurrido. El pero a su propuesta es cuando entra a ejemplificar cómo se manifestó dicho planteamiento en la literatura, el arte, el cine, el cómic,… Entonces este ensayo es solo apto para aquellos que conozcan dichos referentes y estén dispuestos a sumergirse en el denso análisis que se hace de los títulos y autores elegidos.

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Tras una animada sobremesa con amigos nacidos también en la década de los 70 en la que hablamos sobre la imagen que nos han transmitido nuestros padres acerca de aquellos años y el diferente, pero a la par similar, recuerdo que cada uno de nosotros teníamos de los años 80, prolongamos la tarde con un actividad de lo más placentera, mirando títulos en una librería del centro de Madrid. Mi cabeza seguía dándole vueltas a la conversación que habíamos mantenido y la portada de este volumen pareció levantarse de la mesa de novedades en que estaba colocado cual promesa de respuesta a las ganas de saber que este tema siempre me ha despertado.

De aquellos barros, estos lodos. Esta podría ser una de las primeras y fáciles conclusiones que extraer de la lectura de este ensayo. ¿Realmente hizo nuestro país una transición? Y si fue así, ¿desde dónde y hacia dónde? Cambio hubo, pero ni tan evolutivo ni tan profundo como se nos ha contado. El paso del blanco al negro solo es real si se transitan todos los matices del gris, si por el contrario el péndulo va de un extremo a otro, el mecanismo de actuación es el de acción-reacción y no el de un camino con una meta u objetivos claros. Algo que podría quedar resumido en la síntesis que años después de la muerte del dictador se hizo de un artículo de Manuel Vázquez Montalbán, “contra Franco estábamos mejor”.

El asesinato de Carrero Blanco dejó claro que el régimen estaba llegando a su fin, la reacción de buena parte de la sociedad española fue tibia, nada aduladora con aquellos que llevaban gobernando España desde 1939, tras tres años de cruenta y fratricida Guerra Civil. Sin embargo, llegado el momento, los que defendían ideas de izquierda dejaron atrás sus planteamientos teóricos para adaptarse a la realidad de un mundo occidental plenamente capitalista y que comenzaba a dar sus primeros pasos hacia una globalización que hoy es ya una realidad. Por su parte, los que habían vivido cómodamente bajo el franquismo, sabían que no había otro camino más que la integración con Europa y que esto exigía hacer de España un país democrático.

Tras décadas soñando con la libertad, parece que no supimos muy bien qué hacer una vez que no teníamos ya al “enemigo” enfrente, aquel al que habíamos dedicado tantos pensamientos. El 20 de noviembre de 1975 dio pie a un vació al que decidimos no hacer frente y creímos que ignorándolo lo dejábamos atrás. Por un lado estuvo bien esa actitud abierta, naif, dispuesta a todo, sin límites ni pudores ni represiones, que dio resultados tan fantásticos como los de la movida madrileña.

Tiempos que se vivieron con autenticidad, sin mayor pretensión que la del carpe diem, sin pensar en un más allá que también guardaba un negarse a mirar atrás para desactivar la represión sexual, el absolutismo católico o el concepto imperialista de la identidad nacional grabado en el imaginario colectivo y en tantas identidades individuales. Muros contra los que tuvieron que luchar realidades que pedían ser escuchadas como la del empoderamiento de las mujeres, la diversidad de la orientación sexual o sentimientos políticos de toda clase que antes no solo se ignoraban, sino que se penaban y perseguían, con un uso desproporcionado de la fuerza incluso. Basta mirar a nuestro alrededor actual, a la realidad que reflejan los medios de comunicación para ver que aquel trabajo no hecho entonces nos persigue hoy en día.

Son muchos los ejemplos del cine, la literatura, el cómic o la escena que Teresa M. Vilarós analiza para mostrar cómo hubo quien propuso su novedad, quien luchó contra el pasado o quien se dedicó a reflejar los nuevos tiempos que estábamos viviendo. Pero aquí es donde El mono del desencanto deja de ser un texto apto para todos los públicos y con un enfoque crítico, pedagógico incluso, para convertirse en una sucesión de nombres (autores, títulos, referentes) que solo comprenderán los que los conozcan con la suficiente profundidad como para entender el análisis que la autora nos propone. Un discurso que peca de exceso en cuanto a su extensión y de una visión tan sumamente interpretativa que se hace etérea, ardua de leer, y que hace que este volumen merezca la etiqueta de solo apto para los muy entendidos.

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes

Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

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Las palabras y la fluidez de Almudena Grandes son el corazón y el estómago, la espontaneidad de Manolita Perales, una joven que al tiempo que deseaba ver transformarse su cuerpo adolescente, observaba cómo la convulsión política y social de la II República fue utilizada como disculpa por unos pocos para iniciar una guerra que vapuleó a todos. Hundiendo a aquellos que eran y pensaban como los suyos –anarquistas, comunistas, socialistas- y dando el poder a los que establecieron, apoyaron y siguieron el dogma imperialista y el credo católico a partir de 1939.

El muy bien construido relato de Almudena nos permite ver lo que miran con detalle y perciben con inteligente intuición los ojos de Manolita. Casas destruidas, platos sin comida, hogares sin padres, cines sin películas, noches sin luz,…, el Madrid gris y ocre que queda tras el triunfo nacional en la Guerra Civil. Una situación que había tenido su prólogo en los tres años anteriores, pero al menos entonces se respiraba –como en las vivencias liberales de los que se ganaban el pan durante la noche o de los que no siguieron las convenciones sociales- un espíritu de lucha y un deseo de defender unos principios que hacía que los que estaban en Madrid mantuvieran la esperanza de recuperar una democracia que, aunque muy imperfecta y sin consolidar, había alcanzado unas cotas de libertad y de igualdad nunca antes conocidas en España.

La minuciosa labor de documentación de la también autora de Inés y la alegría y El lector de Julio Verne, y las azarosas travesías por las que hubo de transitar la joven Perales por las calles de Madrid y de Bilbao conforman el retrato de una época a la que aún no nos hemos acercado con la naturalidad con que ella lo hace. Una realidad dura y dolorosa en la que hasta el tacto del aire y el roce del agua resultaban hirientes ya que recordaban lo poco o nada que se tenía o se podía hacer para evitar el frío, el calor, el hambre, la suciedad o la enfermedad. Males que acrecentaban la humillación que infringía un sistema autoritario –cárceles hacinadas, prisioneros sin cargos, fusilados sin juicios- que convirtió a sus miles de empleados y millones de seguidores en autócratas con derecho a abusar, marginar y amenazar continuamente a todos aquellos que habían quedado marcados por estar del otro lado durante la contienda.

Una novela en la que el realismo de una serie de personajes que sí que existieron –tal y como relata Grandes en su epílogo final- se diluye en una apasionante ficción novelística que entretiene e intriga a partes iguales, acelerando el latido del corazón de su lector y anudando la boca de su estómago. Pero también le transmite esperanza e ilusión, la seguridad y la certeza invisible que te empodera cuando se es fiel a unos valores que van más allá de uno mismo, convirtiéndose entonces en principios sociales y compromisos políticos.

“Arte, revancha y propaganda” de Arturo Colorado

Toda guerra es, por definición, destructiva y la contienda fratricida que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939 no fue una excepción a esta regla. El patrimonio artístico fue uno de los focos de la contienda, aunque mucho más como instrumento de propaganda que como legado cultural que preservar. El bando nacional fue especialista en esto, algo que siguió haciendo, ya con Franco en el poder, tanto para justificar sus principios ideológicos como en su relación con las potencias del eje y los aliados a lo largo de la II Guerra Mundial.   

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El conflicto que se inició el 18 de julio de 1936 generó toda clase de aberraciones como vandalismos, asaltos, bombardeos,…, que trajeron consigo la destrucción de muchos bienes inmuebles y la desaparición de innumerables piezas artísticas. En algunos casos como resultado de lo que hoy llamamos daños colaterales y en otros de manera totalmente deliberada (ej. bombardeo nacional sobre el Palacio de Liria el 17 de noviembre de 1936 o, en esas mismas fechas, sobre el Museo del Prado).

Una falta total de sensibilidad y de respeto por las manifestaciones artísticas y culturales que continuó tras el 1 de abril de 1939. El régimen franquista siguió luchando en este frente contra el depuesto gobierno republicano, definiendo el traslado preventivo a Suiza de las obras de la pinacoteca madrileña o a Francia de otras colecciones públicas –como la del MNAC- y privadas de distintos lugares de origen como una muestra del “expolio rojo” al que había sido sometido nuestro país. Campaña de desprestigio en la que la buena labor de preservación realizada por el anterior gobierno democrático –tal y como atestiguaron profesionales de grandes museos internacionales como la National Gallery- era metida en el mismo saco que los robos perpetrados por delincuentes, el tráfico ilegal llevado a cabo por profesionales nada éticos o las pertenencias personales que llevaban consigo los que iniciaban el camino del exilio.

Tras el fin de la contienda, las nuevas autoridades hicieron bien poco a efectos prácticos para que esas piezas volvieran a su lugar de origen. Las que habían salido de manera legal retornaron una vez que Franco fue reconocido de manera oficial por los gobiernos  de esos países. Pero más allá de ello –y por la casi nula dotación de recursos económicos, técnicos y humanos dedicados a la misión- no se consiguió apenas ningún resultado exitoso, a excepción de la incautación de sus propiedades privadas que sufrieron los republicanos descubiertos en Francia.

Una tesitura que coincide con el inicio de la II Guerra Mundial, conflicto en el que España apoyó inicialmente a los regímenes fascistas de Italia y Alemania bajo el eufemismo de “no beligerancia”. Coyuntura que, tal y como cuenta Arturo Colorado, la nueva España imperialista aprovechó, con ánimo de revancha, para solventar las deudas que el país vecino no había saldado tras el paso de las tropas napoleónicas por nuestro territorio un siglo atrás. De esta manera se consiguió que el régimen de Vichy firmara en 1941 un acuerdo –considerado extorsión por la mayoría del resto de los franceses- por el que no solo se recuperaron muchos de los legados del Archivo de Simancas que entonces habían sido trasladados como botín de guerra, sino que volvieran a España piezas únicas como la Dama de Elche que, tras su descubrimiento en 1897, había sido vendida legalmente al Museo del Louvre.

Un tratado por el que se recuperaron otras piezas (como la famosa corona visigoda de Recesvinto o una apreciada Inmaculada de Murillo) a cambio de entregar un Velázquez, un Greco y un Goya, y que en nuestras fronteras fue presentado ante la opinión pública como una victoria diplomática y una validación de la fuerza, potencia y liderazgo del Caudillo. Un logro que debía mucho al apoyo fascista, y al que, en ocasiones, el régimen halagó con donaciones de obras de arte. En 1939 se entregaron al Führer tres Zuloagas y en 1941 Franco llegó a adquirir para hacérselo llegar, el retrato de Goya de La marquesa de Santa Cruz.

Sin embargo, los buenos resultados que comenzó a conseguir el bando aliado tras el fracaso alemán en su intento de invasión de Rusia hizo que esta operación no solo no se llevara a cabo, sino que meses después España adoptara la postura oficial de “neutralidad” y que incluso llegara a ofrecer el Palacio de Riofrío en Segovia para acoger los fondos del Museo del Louvre para que estos estuvieran a salvo de los bombardeos. Tras el poco cuidado de lo propio, esta ofertaba revelaba, sin duda alguna, el único valor propagandístico que la cultura –y el arte como expresión de esta- tenían para la autarquía que acababa de comenzar a gobernar España.

“The archbishop’s ceiling” de Arthur Miller

A pesar de ser uno de los acusados de comunismo por el senador McCarthy, Arthur Miller nunca ocultó su simpatía con esta ideología. Sin embargo, con el tiempo, esta afiliación derivó en decepción por la manera en que bajo su etiqueta eran gobernados tanto la URSS como los países de su órbita. Insatisfacción que, al tiempo que señala lo que no le gusta de EE.UU., Miller expone en esta obra que versa sobre la convivencia entre el absolutismo y la amenaza de la censura del poder dictatorial  con la lealtad a aquellos que nos importan y la fidelidad a uno mismo.

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Una antigua residencia eclesiástica con cuatrocientos años de antigüedad, de la que hoy solo se utilizan dos habitaciones, convertidas en domicilio y lugar de encuentro de escritores en una ciudad que podría ser Praga, es el escenario único de esta obra publicada en 1977. En ningún momento se menciona el nombre de la capital checa, pero se dan pistas como la de estar a una hora de avión de París, conservar en sus paredes las huellas de disparos de años atrás o tener en sus exteriores tanques apostados ya convertidos en parte del paisaje cotidiano. Una inquietud, la de no saber dónde estamos, intencionada, un elemento más de la tensión que aporta una localización en la que se sospecha se puede estar siendo escuchado a través de micrófonos ocultos.

Miller expone con diálogos ágiles y directos las opciones que tenían los escritores que vivían al otro lado del telón de acero para combinar su maestría artística con la libertad de expresión. Sus autoridades alababan y valoraban su capacidad literaria siempre y cuando lo que contaran exaltara el régimen en el que vivían o los valores que este promulgaba. Si su relato no era este, serían condenados al silencio y el ostracismo, recibiendo a cambio entonces el halago del bloque occidental que, al tiempo que subrayaba su valía artística, apuntaba lo que sufrían como muestra de los modos anti democráticos de sus líderes.

Pero tal y como apunta Marcus  -ex escritor y preso político durante seis años- EE.UU. es una nación en la que el Gobierno también espía a sus ciudadanos y detiene a los que se manifiestan. La respuesta de Adrián –el autor norteamericano cuya fama le permite conseguir un visado para viajar a la Europa del Este- deja claro el matiz sobre su diferente situación, al menos en su caso la ley dice que eso es ilegal y que tiene derecho a defenderse. Puntos de vista muy diferentes sobre cuestiones ideológico-políticas que tras quedar planteadas y expuestas con una claridad en la que se dilucida la inexistencia de un punto de encuentro dan paso al conflicto humano de The archbishop’s ceiling. A Sigmund, autor de cincuenta años y primera figura literaria de la lengua nacional, le han robado el manuscrito en el que llevaba cinco años trabajando tras la publicación en medios extranjeros de unas duras cartas contra sus gobernantes.

Un drama aún más profundo y personal, aquel en el que siente en riesgo hasta su integridad física, haciendo que parezcan menores o asumibles cuestiones como el acoso sufrido por policías de paisano o el que su mujer haya sido relegada de su puesto como química para trabajar en la limpieza de las instalaciones aeroportuarias. ¿Qué hacer? ¿Aceptar la oferta de desarrollo intelectual de una universidad norteamericana o un editor francés que conllevaría exiliarse y vivir en un entorno cuyo idioma no domina? ¿O quedarse para seguir en contacto con sus raíces e identidad pero a riesgo de ser llevado a prisión y de arrastrar tras de sí a sus familiares, amigos y compañeros de profesión?

Interrogantes que se antojan demasiado grandes como para ser respondidos de manera rápida, segura y satisfactoria para todos los involucrados. Reflexiones en voz alta que derivan en una esquizofrenia compartida cuando el corazón pide hablar con libertad y la cabeza en clave para no despertar sospechas o dar argumentos para ser acusado de delitos inexistentes. Una ansiedad trasladada al escenario, con una habitación principal en la que no se sabe si son o no escuchados, y un pasillo al que se sale para explotar, pero siempre por corto espacio de tiempo para no despertar sospechas.

Un texto magistral en el que Arthur Miller adelanta las cuestiones políticas que le preocupaban y que posteriormente expondría en sus memorias (Vueltas al tiempo) y que demuestran que desarrolló una larga carrera más allá de éxitos como Las brujas de Salem, Después de la caída o El precio.

“Espacios de libertad” de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.