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10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

“Doña Rosita la Soltera” de Federico García Lorca

También titulada “El lenguaje de las flores”, fue la última obra que su autor estrenara en vida, en 1935. Tres actos con los que compone un cuadro lírico inspirado en lo botánico que, sin dejar atrás el registro de la comedia, torna en un árido drama sobre las expectativas matrimoniales a las que toda mujer de buena posición estaba sometida en su época.

Leyendo este texto podría parecer que tras Bodas de sangre (1933) y Yerma (1934), Federico quería volver a la alegría y la jovialidad de La zapatera prodigiosa (1927). Pero el devenir de lo que plantea deja claro que su interés no estaba solo en hacer disfrutar y gozar con su prestidigitización con el lenguaje, sino en poner el foco sobre cómo las costumbres, los códigos y las exigencias de la sociedad de su tiempo impedían ser felices y libres a muchos. Más allá de las circunstancias de Rosita, también nos habla sobre los sacrificios a los que se veían obligados a principios del siglo XX -y debemos suponer que también dos y tres décadas después- los que no tenían recursos materiales y lo que los interesados por el progreso intelectual de las nuevas generaciones habían de soportar de los adinerados.

Pero lo hace tan bien que estos asuntos no desvían ni por un momento nuestra atención de los avatares de su protagonista. Una persona condenada, además de por los acontecimientos que le toca vivir, por la rigidez de los principios en que ha sido educada y por la presión de un entorno en que cualquier desviación de la rectitud de la norma es castigada con la burla, la crítica y el desprestigio. Un triple punto de vista desde el que García Lorca expone cómo una joven soltera se ve convertida en una mujer pedida en matrimonio que, ya en la madurez, acepta que nunca se vestirá de blanco ni lucirá en su dedo anular la alianza que le uniría a aquel del que se enamoró y se marchó, para no volver, a Tucumán (Argentina).

En esta obra interpretada en su premier por Margarita Xirgu, la sombra del destino no se manifiesta como tragedia, sino como un amargor que ensombrece la mirada, arruga la expresión y encoge el cuerpo, condenándolo a dejarse ajar por el paso del tiempo, por los afectos no manifestados y el cariño no recibido. Sin embargo, Lorca nos encandila en esa progresión con personajes como el del Ama, una secundaria que dinamiza la acción con el nervio, la gracia y la provocación de sus expresiones. Un contrapunto popular y lenguaz que, con naturalidad y espontaneidad, diagnostica las causas y las consecuencias emocionales de lo que está ocurriendo.

Todo ello envuelto en la musicalidad que aportan los grupos de mujeres -las Manolas, las Solteras y las Ayolas- con sus canciones y sus intervenciones que, como si fueran miembros de un coro, animan, agitan y dinamizan las reuniones que tienen lugar en ese carmen granadino. Y en la plasticidad que sugieren las múltiples y simbólicas referencias a una amplia gama de plantas, evocadoras de colores y tonalidades, así como de olores y aromas que llenan la atmósfera de matices sensoriales y resonancias alegóricas con los que su autor nos une, a espectadores y personajes, en un mismo latir y sentir.

Doña Rosita la Soltera, Federico García Lorca, 1935, Austral Ediciones.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza

La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

El matrimonio es una unión de dos sometido a multitud de pruebas externas. Una de ellas son los hijos y lo que estos conllevan, como que el tuyo se pegue con otro y consideres que la manera de resolver las consecuencias (tu vástago se ha quedado sin dos dientes y con el labio roto) es hablando con los progenitores de su agresor. La teoría dice que el diálogo es la base del entendimiento y la compresión, el medio para llegar a un punto medio que satisfaga a todos los interlocutores. Pero la realidad nos demuestra muchas veces que esta suposición no es más que una aspiración. Cuando no somos capaces de superar las dificultades que nos surgen al recorrer su camino o estas nos tocan el orgullo, comienza un viaje con dos posibles destinos.

O aceptamos que esta situación nos amarga la vida y paramos para calmar, entender y resolver nuestra frustración con el fin de evitar la confrontación en la que no queremos vernos envueltos. O iniciamos una deriva de evitación y salvaguarda personal en la que la falta de modestia y humildad se va transformando en una espiral de desconfianza y descrédito del otro. Primero de manera muy sutil, poniendo en duda el sentido de sus expresiones, después atacando abiertamente la veracidad de sus argumentos y finalmente despreciando quién y cómo es sin importar el motivo ni el objetivo del encuentro.

Lo divertido de Un dios salvaje es que lo que se inicia como una confrontación de dos parejas de padres evoluciona hacia un conflicto que se ve aumentado por la eclosión simultánea y en paralelo de dos guerras civiles, la de cada uno de los matrimonios. Lo que hasta entonces se había intentado encauzar racionalmente a base de apariencia formal, como si se tratara de una negociación o un debate parlamentario con luces y taquígrafos, explota en una locura de visceralidad cuando la conversación ya no versa sobre alguien ausente (los hijos), sino que se entra a criticar impunemente los pilares de la convivencia y el compromiso con aquel con el que se supone que se comparte proyecto de vida.

Lo inteligente de Yasmina Reza es que, no conforme con haber llegado hasta ahí, retuerce mordazmente aún más la situación en un cruce múltiple entre sus cuatro personajes de identificaciones y proyecciones, alianzas y conexiones tan profundas y efímeras como evidentes y contradictorias. Ahí, ya sin vergüenza ni pudor en sus verbalizaciones y extremando cuanto hagan falta las aseveraciones, se manifiestan con orgullo y exaltación las actitudes personales, los valores y los principios éticos (la diferencia de clases, el esnobismo, el machismo, el materialismo…) que nunca reconoceríamos abiertamente si las circunstancias no nos obligaran a quitarnos la careta del civismo que se nos presupone como miembros de una sociedad moderna, educada y democrática.

Un dios salvaje, Yasmina Reza, 2007, Alba Editorial.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

“This was a man” de Noël Coward

En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.  

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Edward y Carol viven en el acomodado barrio de Knightsbridge de Londres. Él es un reputado retratista de los más adinerados, ella una bella y elegante mujer cuya personalidad –según la nota introductoria de Coward- tiene mucho de sexo y poco de intelecto. Estamos en los años posteriores a la Gran Guerra (aún no era conocida como la I Guerra Mundial), tiempo en el que muchos respondieron con diversión, hedonismo y levedad a la huella de barbarie y atrocidad que el horrible conflicto había dejado en su momento. Ahora bien, ¿qué ocurre en una pareja cuando cada uno materializa esta actitud de diferente manera?

Ella no solo no tiene ningún pudor en mantener relaciones extramatrimoniales con hombres casados, sino que lo muestra frente a su marido con absoluta naturalidad. Él, por su parte, se plantea si esto es algo que ha de respetar –siendo consecuente con su defensa de la libertad personal- o de lo que debe alejarse por el mal que le hace la constatación de que su matrimonio ya no es lo que era o lo que se supone debiera ser.

Esta es la cuestión que Noël Coward expone en This was a man confrontando los planteamientos morales, la crítica social, la supuesta inteligencia de la racionalidad y la sensación de bienestar interior. Un debate que contextualiza a través de los personajes secundarios que lo complementan, situándolo en un grupo social de sobrada posición económica, lo que trae consigo clasismo y superficialidad guiados por la frivolidad, el qué dirán y la imagen (eso que hoy llamamos postureo).

Con unos diálogos ágiles y directos, sin alardes literarios, pero con efectividad teatral, Coward nos hace ver la futilidad y el cortoplacismo vital de buena parte de aquellos que gozan de una posición desahogada en lo material. Lo que expone con suma ironía y algunos dardos socarrones va más allá de qué se entiende por compromiso o qué implica el matrimonio y el papel que en él deben tener, o no, pilares como la honestidad, la transparencia, la fidelidad o la lealtad. Su verdadera motivación es mostrar el vacío de principios y valores de esos que simplemente se dejan llevar y no son capaces de ver más allá de sí mismos y, por tanto, son incapaces para construir relaciones basadas en el compromiso, el respecto o la intimidad.

Desde un punto de vista formal hay que destacar el gran sentido escénico de las anotaciones con que Cöward da pautas para la representación de su obra. Disposición de los elementos escenográficos; entradas, salidas y gestualidad de los personajes; movimiento sobre el escenario o ritmos en que confluyen distintas acciones imprimiendo la calma que exige lo que está contando para que sus espectadores no solo se entretengan con lo que están viendo, sino que se planteen qué harían de encontrarse en una situación semejante.

This was a man, Noël Coward, 1926, Samuel French.

“The real thing” de Tom Stoppard

Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

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Con Tom Stoppard (Jumpers, Rosencrantz y Guildenstern han muerto,…) nunca debes bajar la guardia. No des nada por sentado. En cualquier momento lo que creías que era de una determinada manera resulta ser de la contraria. Súmese a esto que no solo el arte de la pintura juega al cuadro dentro del cuadro, el teatro es igual de capaz. Con la diferencia de que su planteamiento visual (escenográfico) no es más que la punta de lanza de lo emocional y lo espiritual en que envuelve a sus lectores/espectadores. Así, esta obra resulta articulada por varios tour de force en los que la realidad resulta ser ficción, o no, y en los que se ve que esta puede imitarla e inspirarla a partes iguales.

La función se inicia con Charlotte saludando a Max a su vuelta de un viaje a Suiza. Falso. Ella no fue y él lo ha descubierto inmiscuyéndose en su intimidad. La siguiente escena parece una reproducción de aquella, pero resulta ser la realidad en la que los dos actores comentan junto al autor -Henry, marido de Charlotte- lo que no era más que una representación teatral. Con la entrada en escena de Annie, esposa de Max y también actriz, se completa el rectángulo protagonista de personalidades y relaciones. Hasta que se produce un descubrimiento que provoca un cruce inesperado de personajes que da pie a una nueva realidad.

En su juego metaliterario, The real thing avanza mostrándonos que las nuevas coordenadas pueden chocar con otra forma más retorcida de ficción, nuestra imaginación. Pero no con las expectativas o los deseos que tenemos respecto a nosotros mismos, sino con los que proyectamos sobre aquel al que supuestamente amamos y con quien decimos queremos crear y desarrollar un proyecto de vida. Los celos, la infidelidad o la necesidad de un espacio propio suponen entonces un riesgo tanto cuando hay pruebas fundamentadas para ello, como cuando se buscan y lo que te encuentras es a Billy sin saber si responde a lo que crees que es.

O puede ser que la realidad se dé de bruces consigo mismo. He ahí el conflicto entre padres e hijos, entre Henry y Debbie, con visiones diferentes sobre el sexo o las relaciones. O que lo haga porque lo que ofrece no tiene nada que ver con lo que consideramos que tendría que ser en términos de justicia y equidad, provocando comportamientos -como los de Brodie- con los que unos empatizan (Annie) considerándolos comprensibles y otros (Henry) los rechazan por su violencia. Dando pie a un triángulo que pone a prueba, nuevamente, lo que parecía consolidado.

Por último, el conflicto entre la realidad y la ficción -entre Henry y Brodie- puede surgir también por la manera en que ambas se relacionan. ¿Ha de ser la primera contada por quienes la vivieron para así tener una imagen fiel de ella? ¿O su recreación queda falseada si es relatada por quienes no estuvieron allí mediante un uso literario  -y por tanto esteta- del lenguaje? ¿Qué tiene más valor? ¿Qué narración resulta más efectiva?

Todas estas cuestiones son las que Tom Stoppard simultanea en The real thing, haciendo que su desarrollo sea tan intenso y absorbente como hipnótico y seductor. Un viaje de múltiples trayectos en el que el plano único cronológico convive con la paradoja de la simultaneidad y que en 1984, dos años después de su estreno, llegó a Nueva York en un montaje dirigido por Mike Nichols e interpretado por Jeremy Irons, Glenn Close y Cynthia Nixon, entre otros.

The real thing, Tom Stoppard, 1982, Faber & Faber.

“Secretos de un matrimonio” de Ingmar Bergman

El guión de una teleserie convertido en un libreto teatral genial sobre los motivos y la esencia de las relaciones de pareja concebidas como proyecto de vida bajo la convención del matrimonio. Dos personajes que se expresan y se muestran tal y como son capaces de ser en cada momento de su vínculo, desde el desconocimiento y la ilusión inicial a la experiencia, la aceptación y la capacidad de ser honestos de mucho tiempo después.   

Tiempo atrás asistí a una adaptación teatral de esta obra dirigida por una grande de la escena y un actor que participa en películas ganadoras de Oscar. No me gustó. Lo que vi estaba planteado como una comedia ligera, pero lo que escuchaba me transmitía mucho más que costumbrismo y guerra de sexos, así que para comprobarlo me fui al texto original (1973) de Ingmar Bergman (1918 – 2007). Cineasta archiconocido, pero también escritor de dos títulos que recuerdo de manera especial, la novela Las mejores intenciones (1991) y Lámpara mágica (1987), sus memorias. En ambos demuestra una gran capacidad para ahondar en las relaciones humanas y exponer con claridad la conexión llena de quiebros, distancias y lagunas entre lo que sentimos y lo que mostramos.

Una realidad que consideramos lógica cuando nos es ajena, pero que negamos cuando nos afecta. Y ahí es donde Bergman da en el clavo en Secretos de un matrimonio. Su relato sobre cómo evoluciona la relación de Johan y Marianne, 42 y 35 años, resulta lógico y cercano. Su estructura es sólida y es inevitable no proyectarse en lo que expone con su escritura, ya sea para releer nuestro pasado, contrastar el presente en el que estamos o imaginar las diferencias que algún día podamos encontrar entre el futuro que deseamos vivir y el que realmente hemos construido.

Secretos comienza situándonos, él y ella posando para una revista y reunidos poco después con otros amigos que con sus gritos y manifestaciones de odio recíprocas parecen ser su antítesis. Pero los polos opuestos se atraen y lo que sigue es el inicio de un viaje que nos lleva de la imagen que aparentamos y nos creemos, a la realidad que somos y debemos aceptar. Primero dejándose llevar por la educación recibida, después buscando el conocerse a través de la introspección para finalmente llegar, más de una década después, a la madurez mediante la reflexión.

Un recorrido anímico y emocional que acaba en los años 70 habiendo tratado abiertamente temas como el aborto y la sexualidad antes y después y dentro y fuera del matrimonio. Reflexiones que van y vienen, variando la conclusión según el momento, para converger en la de qué es, qué conlleva y qué aporta el amor y su complementario, que no opuesto, el desamor. Si es algo que apela a nuestra razón, a nuestro corazón o a ambos a la vez. Si es una entelequia creada para frustrarnos o un estadio vital al que podemos aspirar como medio para desarrollarnos individualmente y crecer acompañado por ese otro u otra al que llamamos compañero o compañera de vida.

La libertad intelectual, moral y espiritual con que Bergman expresa y transmite sus reflexiones al respecto es total e incluso hoy, casi medio siglo después -y dejando al margen las cuestiones culturales de la Suecia en que vivió y el ambiente luterano en que creció-, su claridad para hilvanarlo dentro de una ficción, difícilmente superable.

Secretos de un matrimonio, Ingmar Bergman, 1973, Tusquets Editores.

“La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca

Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

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En sus primeras líneas el supuesto autor de La zapatera prodigiosa sale a escena para excusarse ante el público por no rendirle pleitesía y advertirle que lo que va a ver y escuchar no solo es narración y acción, sino también expresión poética y deleite retórico. Música para los oídos con que encandilar el corazón y estimular el alma. En su tercera obra teatral, Federico dejaba claro lo que se puede leer en muchas de las entrevistas que recoge Palabra de Lorca, que su intención era mostrar la realidad, el día a día de la gente normal, de esa que vive y se manifiesta con espontaneidad. Conciudadanos que sentía cercanos y que no tenían nada que ver con el hieratismo inerte de aquella clase pudiente que acudía al teatro buscando textos vacuos y representaciones histriónicas que no cumplieran mayor papel que el de mero entretenimiento.

Una superficialidad a la que el de Fuente Vaqueros se opuso con pasión creadora y oficio literario, con el deseo de dignificar a aquellos a los que la vida les daba más disgustos que alegrías y el propósito de transmitir la belleza intrínseca de sus modos y maneras, de aquello que les hacía auténticos. Objetivos que se ven plenamente cumplidos en esta farsa en dos actos en la que la historia entre el zapatero y la zapatera tiene una parte de fábula amable, pero también otra de exposición sobre los métodos de opresión social sobre la mujer.

La primera es una lección sobre el respeto, la comunicación y la consideración que se deben los miembros de toda pareja si quieren que su relación funcione. Una comedieta fresca y chisposa, alegre y juvenil, pero también serena y sosegada, tal y como son sus protagonistas. Dos caracteres que responden a etiquetas, roles y estereotipos de la época, pero que Garcia Lorca no utiliza para describirles sarcásticamente o catalogarles prejuiciosamente, sino para darle a su expresión el tono, el timbre, el ritmo y la melodía anímica y emocional que haga de ellos altavoces de ese duende invisible y anónimo que siempre supo captar y darle forma con las palabras de sus personajes.

La segunda son todas esas manifestaciones que, disfrazadas tras su musicalidad, acusan cruelmente a la mujer de adúltera, indecente y pecadora, de ser alguien que no merece consideración ni respeto por no cumplir las normas católicas que la exigen ser sumisa, recta, cumplidora y dispuesta a lo que dicte el marido, el padre o el hermano –pero siempre un hombre- que la gobierne.

Cara y cruz de una misma moneda en la que se pueden ver puntos comunes con las grandes obras que Federico escribiría después, con mujeres como esta zapatera, enérgica, deslenguada y deseosa de una vida –individual y matrimonial- plena; la sensualidad y entrega con que se llena el ambiente con tan solo evocar a los hombres; o la falta de libertad de una sociedad que se cuela invisiblemente por todos los rincones robándole su voluntad a cuantos se encuentra.

La zapatera prodigiosa, Federico García Lorca, 1930, Alianza Editorial.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee

Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

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La primera vez que leí ¿Quién teme a Virginia Woolf?  fue hace años motivado por la sensación que me dejó la película del mismo título y por la salvaje interpretación de Elizabeth Taylor en ella. Casi una década después he vuelto a este texto y he quedado aún más impresionado que entonces, más allá de los gritos y los insultos, el maltrato que se interfieren los dos protagonistas alcanza tal nivel de violencia psicológica que hace que dejes atrás el cuestionamiento de cómo es posible llegar a semejante comportamiento para sumirte en la parálisis de algo que resulta casi inconcebible.  Un profundo pesar y una desagradable resaca de vergüenza al pensar que en algún momento has llegado o has sentido el impulso de comportarte de semejante manera.

Edward Albee es maestro en tocar nuestros puntos débiles, aquellos que nos hacen vulnerables, para provocarnos respuestas que enfrenten nuestro edulcorado auto concepto individual (The zoo story, 1958) y social (The american dream, 1960) con aquello que no queremos o negamos ser. Tras estas dos obras iniciales, en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1961) la formalidad que imponen los espacios públicos queda sustituida por ese templo de la privacidad que es el hogar familiar. Un interior regido en ocasiones por leyes, normas y costumbres de dudosa lógica que solo conocen los que lo habitan. Cuestión aparte es quién las propone y quién las acata.

En la historia que Albee nos propone no hay un detalle ambiental que no oprima o enclaustre la acción. Desde la clandestinidad de la madrugada (el primer acto comienza a las dos de la mañana) a la carga de alcohol (el bebido antes de su inicio y el brandy y el whisky que se consume después de manera continua), el humo del tabaco o el desorden que describen las acotaciones del salón en el que transcurre lo que leemos/vemos. Sobre esta base se sitúa el trato de desidia, desprecio, amor enfermizo y complicidad que se dispendian Martha y George.

Una explosiva combinación a cuya influencia someten a Nick y Honey, una pareja de recién instalados en el campus universitario en el que residen los primeros desde que se casaron dos décadas atrás, justo el mismo paréntesis de edad que separa a unos y otros. Una diferencia que no supone una gran distancia entre ambos matrimonios. Lo único que les diferencia es el camino recorrido y la experiencia acumulada, pero deja claro que el egoísmo y la inhumanidad son comportamientos inherentes a toda persona.

Así, de manera tranquila pero sin pausa, ganando intensidad y tensando el ambiente a medida que transcurre la noche, el tono de voz es cada vez más elevado, los calificativos más duros, los ofrecimientos más obscenos y las afrentas más agresivas. Sin respetar los límites entre las parejas, convirtiéndose en un todos contra todos, pero en el que el ritmo lo marcan los primeros, haciendo de los segundos víctimas, instrumentos y destinatarios de su enquistado conflicto, al tiempo que les hace revelar la génesis de la que podría ser su futura guerra.

Diálogos duros y ásperos, pero certeros en su intención percutora, donde la rudeza que imprime la ingesta de alcohol se combina con la inteligencia de gente formada, de buena posición socioeconómica. A través de ellos Albee reflexiona también sobre cuestiones como el rol de la mujer en una sociedad androcentrista, la competitividad fomentada por la educación formal, el papel que la Ciencia y las Humanidades tienen en nuestra sociedad o el nepotismo que gobierna nuestras instituciones.

¿Quién teme a Virginia Woolf?, Edward Albee, 1962, Ediciones Cátedra.