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“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero

Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado. Un viaje y un retrato existencial en el que traspasa el espejo de “La gaviota” de Chejov, para acercarse a construcciones tan hondas, íntimas y desgarradoras como las de los personajes de Tennessee Williams.   

Vi Cliff representado en septiembre de 2015 en Nave 73. Me gustó mucho. Me impresiona cuando una representación lo consigue todo de manera sencilla, únicamente con actores y texto, sin apenas escenografía y con escasos recursos escénicos (iluminación y música en este caso, nada más). Un único intérprete, Carlos Lorenzo, y las palabras de Alberto Conejero, a quien descubrí con esta obra. Ahora que he vuelto a ella, leyéndola, no solo he revivido lo sentido entonces, sino que he disfrutado ahondando en las múltiples capas, prismas y relaciones que expone.

Una escritura que confirma y destruye la imagen que tenemos de Montgomery Clift como una estrella de Hollywood, pero atormentado por ser homosexual en unas coordenadas que lo prohibían, conflicto del que salió derrotado por recurrir al alcohol y las drogas bajo la mirada de colegas y amigos de la profesión como Marlon Brandon y Elizabeth Taylor. La confirma porque es lo que ya sabemos antes de leer o ver Cliff como montaje teatral. La destruye porque no describe una imagen proyectada sobre una pantalla, sino que muestra con la crudeza de la verdad tal cual, sin adjetivos calificativos, la realidad de un ser humano que como tantos otros solo así consiguió alcanzar y mantener el punto de equilibrio entre quien era y lo que los demás le exigían.

Para ello, Conejero se adentra a través de las cicatrices físicas y espirituales de su retratado mostrándonos cómo toma conciencia de su dolor, las sangrantes luchas internas y los escandalosos conflictos externos que este le provoca y el difícil equilibrio en el que se sustentaba su existencia. Un drama que conecta con el ser o no ser de Hamlet y la tragedia griega y sus máscaras, artefacto mediador entre la persona y el personaje, evocación que Conejero utiliza para exponer la otra interpretación de Montgomery Clift, no la que realizaba ante las cámaras por su profesión, sino tras estas como resultado de la misma.  

Un recurso clásico, el de la máscara, sobre el que construye esta historia, tomando como punto de partida el accidente de automóvil en el que el 12 de mayo de 1956 Monty casi destrozó su rostro. Continúa con el alcohol que le distanciaba y protegía de cuanto le rodeaba, los cuerpos masculinos en los que huía del amor que no se permitía entregar ni recibir y concluye con su deseo de catarsis, renacimiento y salvación, interpretando en el teatro a Tréplev, el joven dramaturgo de La gaviota (1896) de Chéjov.

Un hilo a partir del cual, y con la vibrante pulcritud emocional de su escritura, Alberto despliega una estructura meta teatral de múltiples prismas. De un lado, el juego de espejos entre Clift y el protagonista chejoviano. Y del otro, los paralelismos entre Antón y Conejero construyendo historias sobre artistas que se buscan a sí mismos a través de sus creaciones. Una relectura que, a su vez, hace que el también autor de La piedra oscura o Ushuaia se refleje en uno de sus referentes, Tennessee Williams, quien también ahondó, como él, en este texto hasta hacer su propia reescritura del mismo en 1980 en The notebook of Trigorin.

Cliff, Alberto Conejero, 2011, Fundación Autor.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”

Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

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Por mucho tiempo que pase los testimonios en primera persona de cuantos vieron sus vidas arrasadas por la II Guerra Mundial seguirán agitando nuestras conciencias. Cierto es que cabe el riesgo de que acabemos, si no lo estamos ya, inmunizados y nos suenen todos iguales, de que nos parezcan más el argumento de una ficción que algo que no solo pasó, sino que puede volver a ocurrir (parafraseando a Primo Levi). Mauthausen tiene la virtud de sorprendernos aun contándonos una historia que en líneas generales ya conocemos, de emocionarnos a pesar de haber escuchado y visto anteriormente narraciones similares.

Y lo logra porque no pretende mitificar a su protagonista, sino mostrarlo con veracidad, no como un héroe, sino como alguien que no tuvo más opción que sobrevivir. Una y otra vez, porque no fue en una única ocasión, un momento puntual, en que vio su vida peligrar. La Guerra Civil española le pilló en La Línea de la Concepción, su llegada a nado a Gibraltar para huir de los fusilamientos aleatorios, el paso andando al otro lado de los Pirineos a mediados de 1939, estar prisionero en una playa en la que tenía que cocinar con agua del mar, enrolarse en el ejército francés para hacer frente al enemigo alemán y ser abandonado por los mandos, verse en un vagón de mercancías, en un barracón lleno de piojos, tras una alambrada electrificada con una simple camisa a muchos grados bajo cero.

Acontecimientos que transmite sin imposturas físicas ni discursos reformulados a posteriori para impresionar, sino trasladándose hasta aquel duro entonces con el gesto y con la piel, con la verosimilitud de las imágenes que quedaron grabadas en sus retinas. Evocando a la manera de Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido), con buen humor y sencillez, las conversaciones cotidianas que surgían en esas circunstancias, pero recordando también tanto lo salvaje crudeza de sus verdugos como las valentías anónimas de las que muchos fueron capaces. Ya fuera por no perder la esperanza de salir de aquella, por dejar prueba de lo que estaba ocurriendo o por mantener la ilusión de volver a vivir algún día en paz y libertad.

La dirección de Pilar G. Almansa se centra en lo nuclear, en que lo que Manuel cuenta sea lo protagonista, pero asegurándose de que nos llega y entendemos su magnitud, tanto la que compartimos todos, la humana, la de la civilización a la que pertenecemos, como la suya propia, la individual, la de la experiencia que le marcó y que supo superar e integrar tanto en su bagaje de vida como en su personalidad. La continua transformación del escenario en cuanto es necesario gracias al uso de la luz, la música, los efectos sonoros y unos escasos elementos escenográficos (una escalera, una silla, una mesa, unos pares de zapatos, una alambrada, unos palos y unos focos) solo se puede definir como exitosamente inteligente.

Una doble labor que se compenetra a la perfección con Inma González. Sea por su capacidad como actriz, sea por su deseo de honrar, homenajear y dar voz a su abuelo, su interpretación es excelente. La habilidad con que maneja los recursos que tiene a su alcance y la fluidez cercana a la danza con que se mueve sobre el escenario, sumada al amplio abanico de estados de ánimo que transmite, convierten la experiencia de ser espectador de Mathausen en algo vibrante y profundamente emocionante. La voz de mi abuelo consigue esa magia que solo el teatro sobresaliente es capaz, fusionar el alma y el corazón de Manuel con la de aquellos que han ido a conocerle.

Mathausen. La voz de mi abuelo, Nave 73 (Madrid).

“Una noche como aquella”

Amistad, cariño, atracción, sexo, amor, dos hombres, una mujer y música en directo. Combínese todo con interpretaciones frescas y diálogos que hacen sonreír y agítese durante setenta minutos para obtener como resultado una historia sobre cómo evolucionan las relaciones a través de un amplio y fluido muestrario de situaciones de pareja y convivencia.

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Un chico, otro chico y una chica. Amigos que una noche se dejan llevar y se convierten en trio. ¿O es más adecuado decir “pareja de tres”? Normalmente “trio” se entiende como algo sexual, pero “Una noche como aquella” no trata de esto. Tres personas que se llevan bien, que se conocen desde hace mucho tiempo, una relación en la que, sin ponerse etiquetas, cada uno de ellos siente atracción física y emocional por los otros dos, entonces,  ¿por qué no probar? Superada la barrera de un primer encuentro de desnudo físico, todo es comenzar a rodar y ver hasta dónde se llega.

Si dejamos a un lado que aquí son tres en lugar de dos, nos vamos a encontrar con un catálogo de situaciones de pareja similar al de cualquier otra. Tener un sitio en el que vivir juntos, las reglas de la convivencia, las presentaciones en familia o quién habla y quién calla frente al televisor, entre otras. Algunas cuestiones con sus peculiaridades, porque si a veces acompasar los ritmos sexuales entre dos puede ser complicado, entre tres da pie a imaginar muchos castillos de naipes.

De fondo, dos hilos conductores, humor cargado de optimismo y naturalidad sin prejuicios. Las sonrisas llegan provocadas por situaciones en las que cualquiera podríamos vernos, momentos que se resuelven de manera solvente sin caer en debates, polémicas o chistes de mejor o peor gracia sobre cualquier asunto relacionado con el sexo (orientación, identidad o género). Un relax que deja fuera cualquier posible influencia distorsionadora, como son las cuestiones morales, y que hace que el texto escrito por Nacho Redondo se centre en lo realmente importante, en mostrar la posible complejidad de una relación únicamente a partir de los elementos que la forman, los deseos y aspiraciones de sus integrantes.

A esta lograda intención de ser sencillo sin ser simple, hay que sumarle la buena definición que tiene cada personaje –y el notable trabajo de los actores que los encarnan-, componiendo en su conjunto un triángulo equilátero en términos de protagonismo e intervención sobre el escenario. Un puzle de tres piezas en continuo movimiento, como si de figuras de un tetris se tratara, que su directora, Chos, hace fluir de manera más o menos rápida según el pasaje, pero siempre hacia adelante. A destacar también que lo hace sumando, cuanto acontece aporta a lo que está por venir, el presente de cada escena tiene tras de sí el pasado de lo vivido, de lo ya visto y escuchado.

Las canciones en directo de Ana Pi son la guinda a este menú teatral de buenas materias primas (reparto y libreto) y cuidada elaboración y presentación que sus espectadores probablemente recuerden por su fácil digestión y el buen sabor de boca que les dejó.

Una noche como aquella” en Teatro Lara y Nave 73 (Madrid).