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“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton

Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

Dos siglos después de que Pierre Choderlos de Laclos publicara en 1782 su famosa novela, Christopher Hampton la convirtió en una apasionante dramaturgia para la Royal Shakespeare Company. Poco después, en 1988, él mismo la adaptaría al cine en el que es uno de los duelos interpretativos más fascinantes del séptimo arte, el que mantuvieron Glenn Close y John Malkovich como Madame de Merteuil y el vizconde de Valmont. Dos personajes que no tienen más principios y objetivos que su ego. Apoyándose inicialmente el uno en el otro, pero cuando esto no les basta, lanzándose a una batalla psicológica en la que solo puede haber un ganador y superviviente.

Una alianza y un enfrentamiento en el que cuentan con la ventaja de su posición social y su despreocupación por los asuntos materiales, pero en el que él juega, además, con el hecho de ser hombre y las licencias que suponen la arrogancia y la hipocresía del heteropatriarcado (aunque en aquella época este concepto no existiera). Como contrapeso, ella dispone de la inteligencia, astucia y frialdad de quien se construyó a sí misma sabiendo distinguir entre lo que quieres y lo que los demás esperan de ti, entre lo que sientes y lo que has de transmitir. Él, en cambio, más ladino, despliega la ampulosidad y la sinuosidad de sus formas, engañando a los que caen en sus trampas y deleitando a los que saben de sus intenciones. Juntos son también un frente de madurez, paciencia y saber estar frente a la inexperiencia, la ignorancia y la falta de visión de los más jóvenes.

Un tablero de juego en el que ¡ay! de los secundarios que se vean involucrados. Un manual de educación emocional, sentimental y sexual trazado por de Laclos que Hampton sintetiza en una sucesión de escenas en las que no hay una sola gratuidad. No hay frase, por muy banal o ligera que sea que no dé en el blanco, ni encuentro en el que la oportunidad no se aproveche del azar. Sin llegar a monologar, hay intervenciones impactantes como cuando Merteuil relata los mecanismos de los que se sirvió en su muy particular instrucción. O la manera en que se va intensificando la atmósfera de sus encuentros con su contraparte, evolucionando desde la camaradería hasta un cisma de consecuencias imprevisibles.

La fluidez es la norma, pero siempre con dobles intenciones. Unas veces explicitadas y compartidas con el lector/espectador y otras tan bien invisibilizadas que cuando finalmente eclosionan, denotan un plan perfectamente trazado que nos disturba y afecta casi tan hondamente como a sus víctimas.  De fondo, los usos y costumbres -la ópera, las segundas residencias, la doble vida de unos y otros- de la aristocracia francesa, así como las maneras en que se relacionaban a la hora de establecer interesadamente alianzas y parentescos en los años previos a que cayera sobre ellos la guillotina de la Revolución.

Les liaisons dangereuses, Christopher Hampton, 1985, Faber & Faber.

“The inheritance” de Matthew Lopez

Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

El futuro se diseña desde un presente resultado de un pasado construido con el trabajo, las ideas y el esfuerzo de todos aquellos que estuvieron o llegaron aquí antes que nosotros. Ese es el doble principio sobre el que está anclada esta obra estructurada en dos partes, de tres horas de duración cada una, estrenada en Londres en 2018 y en Broadway en 2019. También sobre la figura de E.M. Forster (1879-1970) en lo literario y los disturbios de Stonewall y el activismo que surgió en los 80 para hacer frente a la pandemia del VIH/SIDA.

El autor de Howards End y Maurice -protagonista que dirige la dimensión meta teatral de este texto- marca con sus afirmaciones e interrogantes la pauta sobre cómo se construye una ficción, qué información necesitamos saber sobre los personajes principales y qué han de mostrar para ser verosímiles. Respuestas que guía y materializa sobre el escenario con la ayuda de un grupo de hasta diez jóvenes aspirantes a escritores. Un coro que también encarna a los muchos secundarios de esta función que toma como marco temporal los meses antes y después de la sacudida que para el activismo social y el progresismo político supuso la llegada de Trump a la Casa Blanca.

Dos parejas, Eric y Toby y Henry y Walter, articulan unos acontecimientos en los que tienen mucho peso cuestiones como los abusos sufridos durante la infancia por ser gay -circunstancia de la que se toma conciencia por el insulto y la agresión del entorno antes de la propia auto percepción- o el haber sido testigo décadas atrás de la hecatombe que supuso ver morir a amigos, conocidos y vecinos por una enfermedad para la que no había tratamiento y a la que la sociedad respondía ignorándoles, despreciándoles y estigmatizándoles.

Claves vivenciales que determinan la base psicológica e histórica sobre la que se cimentan las relaciones de amistad y de pareja entre los hombres -y por extensión, entre la generalidad de los homosexuales de nuestro tiempo- de esta ambiciosa historia. Unas veces con ánimo de reciprocidad y complementariedad, y otras de total utilitarismo, cayendo en la cosificación sexual, la banalidad material, la soberbia del ego o todas ellas a la vez. La minuciosidad de Matthew Lopez -evocadora de Larry Kramer (Faggots, The normal heart) y Tony Kushner (Angels in America)- consigue que las situaciones que plantea aúnen el capricho del libre discurrir del tiempo con los efectos acumulativos de su sedimentación.

Lo que sus diálogos, monólogos y narraciones nos transmiten resulta tan casual como causal, llevándonos a la par por el camino del destino y por el sendero de las cuestiones no resueltas que nos perseguirán hasta que no las afrontemos y demos solución. En su propósito por ofrecer un relato humano y creíble con el que empatizar y hasta identificarnos, Lopez no se limita a la denuncia política y la crítica social, sino que apela también a la responsabilidad individual y al papel activo que cada uno de nosotros puede tener en un futuro más humano y respetuoso. Una catarsis necesaria que pasa por ejercer este deber desde ya y agradecer su lucha y sus logros a los que nos precedieron.  

The inheritance, Matthew Lopez, 2018, Faber & Faber.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

“The real thing” de Tom Stoppard

Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

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Con Tom Stoppard (Jumpers, Rosencrantz y Guildenstern han muerto,…) nunca debes bajar la guardia. No des nada por sentado. En cualquier momento lo que creías que era de una determinada manera resulta ser de la contraria. Súmese a esto que no solo el arte de la pintura juega al cuadro dentro del cuadro, el teatro es igual de capaz. Con la diferencia de que su planteamiento visual (escenográfico) no es más que la punta de lanza de lo emocional y lo espiritual en que envuelve a sus lectores/espectadores. Así, esta obra resulta articulada por varios tour de force en los que la realidad resulta ser ficción, o no, y en los que se ve que esta puede imitarla e inspirarla a partes iguales.

La función se inicia con Charlotte saludando a Max a su vuelta de un viaje a Suiza. Falso. Ella no fue y él lo ha descubierto inmiscuyéndose en su intimidad. La siguiente escena parece una reproducción de aquella, pero resulta ser la realidad en la que los dos actores comentan junto al autor -Henry, marido de Charlotte- lo que no era más que una representación teatral. Con la entrada en escena de Annie, esposa de Max y también actriz, se completa el rectángulo protagonista de personalidades y relaciones. Hasta que se produce un descubrimiento que provoca un cruce inesperado de personajes que da pie a una nueva realidad.

En su juego metaliterario, The real thing avanza mostrándonos que las nuevas coordenadas pueden chocar con otra forma más retorcida de ficción, nuestra imaginación. Pero no con las expectativas o los deseos que tenemos respecto a nosotros mismos, sino con los que proyectamos sobre aquel al que supuestamente amamos y con quien decimos queremos crear y desarrollar un proyecto de vida. Los celos, la infidelidad o la necesidad de un espacio propio suponen entonces un riesgo tanto cuando hay pruebas fundamentadas para ello, como cuando se buscan y lo que te encuentras es a Billy sin saber si responde a lo que crees que es.

O puede ser que la realidad se dé de bruces consigo mismo. He ahí el conflicto entre padres e hijos, entre Henry y Debbie, con visiones diferentes sobre el sexo o las relaciones. O que lo haga porque lo que ofrece no tiene nada que ver con lo que consideramos que tendría que ser en términos de justicia y equidad, provocando comportamientos -como los de Brodie- con los que unos empatizan (Annie) considerándolos comprensibles y otros (Henry) los rechazan por su violencia. Dando pie a un triángulo que pone a prueba, nuevamente, lo que parecía consolidado.

Por último, el conflicto entre la realidad y la ficción -entre Henry y Brodie- puede surgir también por la manera en que ambas se relacionan. ¿Ha de ser la primera contada por quienes la vivieron para así tener una imagen fiel de ella? ¿O su recreación queda falseada si es relatada por quienes no estuvieron allí mediante un uso literario  -y por tanto esteta- del lenguaje? ¿Qué tiene más valor? ¿Qué narración resulta más efectiva?

Todas estas cuestiones son las que Tom Stoppard simultanea en The real thing, haciendo que su desarrollo sea tan intenso y absorbente como hipnótico y seductor. Un viaje de múltiples trayectos en el que el plano único cronológico convive con la paradoja de la simultaneidad y que en 1984, dos años después de su estreno, llegó a Nueva York en un montaje dirigido por Mike Nichols e interpretado por Jeremy Irons, Glenn Close y Cynthia Nixon, entre otros.

The real thing, Tom Stoppard, 1982, Faber & Faber.