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Adiós Terrence

Ayer falleció Terrence McNally, uno de los dramaturgos más importantes de las últimas décadas y al que debo mucho de lo que el teatro significa para mí. Un espacio y un tiempo en el que buscar y encontrar la verdad de quiénes y cómo somos en tramas y personajes que nos han servido para tomar conciencia de realidades como el VIH y la homofobia, sentir lo alto y lejos que nos puede llevar la música y entender y comprender el valor del amor y la amistad.

Qué irónico que en estos días de pandemia, el coronavirus se haya llevado a sus 81 años a quien lucho con su saber hacer literario contra el estigma social que supuso para muchos una catástrofe sanitaria anterior, la del sida. Nada más tener conocimiento de la noticia, mi mente viajó hasta aquella tarde del verano de 1997 en que en una de las salas del Palacio de la Música vi la adaptación cinematográfica de Love! Valour! Compassion! (a quien tuviera la brillante idea de estrenarla en España como Con plumas y a lo loco que sepa que además de absurdo, le quedó muy homófobo el cliché).

Un amigo propuso ir al cine y aquella fue la cinta elegida, no tenía ni idea de qué íbamos a ver, pero dos horas después, cuando acabó la proyección, no quería irme, no quería salir de la proyección, de la pantalla, me dolía separarme de los diálogos que había escuchado, de lo que allí se había contado, expuesto y tratado. Aquellos ocho hombres -parejas, exes, amigos, ligues- no solo me hablaron sobre amor y amistad, cariño y empatía, sino también sobre lo difícil, pero tremendamente enriquecedor, que es liberarse de lo que se convierte en una carga pesada cuando nos lo guardamos y torna en liviano cuando lo compartimos.  

Aun consciente de que lo que había visto era una película, tenía claro que lo que me había llegado no eran solo los fotogramas, sino sus personajes y sus diálogos. Pero como no soy un erudito del teatro, me acerco a él como si fueran ventanas en las que mirar y disfrutar, proyectándome unas veces, fantaseando otras, lo dejé estar y ahí se quedó mi flechazo. Hasta que en mi primer viaje a San Francisco en 2001 me acerqué en la calle Castro a A different light, librería hoy desaparecida, y compré el texto teatral original, estrenado en 1994 y en el que se basaba lo que había visto (y cuya adaptación estaba también firmada por McNally).

Me gustó volver con las palabras a donde había estado con las imágenes, pero lo que verdaderamente me impactó fue la libertad interior que sentí al leer la honestidad, sinceridad y sencillez con que allí se hablaba de emociones como miedo, rabia, ira, impotencia, cariño, entrega, deseo o amor. Y no de manera aislada, sino en ese totum revolutum con que hacen acto de presencia tanto en los momentos importantes como en la cotidianidad de cualquier persona, de cualquiera de nosotros. Y como extra, aquel volumen incluía otra obra más escrita un año antes, A Perfect Ganesh, una historia sobre dos amigas de viaje en la India que recuerdan cómo se sienten en deuda con sus hijos.

Tema que me recuerda a una de sus últimas creaciones, Mothers and sons (2013), el encuentro entre una mujer que perdió a su único hijo por culpa del sida y quien fuera su pareja, dolida porque él haya rehecho su vida y ella siga anclada al vacío en que la ha anclado su muerte. La culpa se ha adueñado de esa madre que despreció a su vástago décadas atrás por ser homosexual, remordimiento que le impide aceptar que su viudo haya sido capaz de continuar sin olvidarse del hombre al que amó. Un trasfondo cristiano en el que McNally había profundizado ya en Corpus Christi (1997), libreto en el que a partir de un asesinato homófobo se traslada hasta la biografía de Jesucristo planteándose cómo habría sido recibido su mensaje y su misión de haber sido, tanto él como sus apóstoles, homosexuales.

En el terreno de la comedia es imposible no sonreír recordando Frankie y Johny en el claro de luna (1987), el encuentro de dos solitarios con pavor a entregarse, a amar y ser amados por el pánico que les produce la idea de no ser aceptados por su pasado o sus inseguridades o, peor aún, sentirse maltratados al no ser correspondidos o verse abandonados. Ni sé la de veces que he visto la película (también escrita por él) protagonizada por Michelle Pfeiffer y Al Pacino, pero no dejo de imaginar lo grande que tuvo que ser su representación en el off-Broadway neoyorkino contando con Kathy Bates y F. Murray Abraham como pareja protagonista.

Otro tanto sucede con It´s only a play (1985), vodevil sobre cómo se vivía el tiempo de espera entre el estreno de una función y la publicación de las primeras críticas en la prensa escrita cuando no existían internet ni las redes sociales. Una locura de personajes, enredos y absurdos perfectamente coreografiada, con un ritmo tan sin descanso como las sonrisas que provocan, revelando con ironía y acidez la trastienda de egos, materialismos e intereses de todo tipo del mundo teatral.

The Lisbon Traviata (1989) es otro de esos títulos que permanece grabado en mi memoria. Dos amigos intercambian grabaciones en vinilo de óperas, incluyendo algunas no oficiales, como la de La Traviata de Verdi que Maria Callas realizó en Lisboa en 1957. Un libreto que trata sobre la esencia de la amistad y el después del amor con el trasfondo del repliegue social al que vio obligada la comunidad homosexual en el Nueva York de finales de los 80 por el clima social de culpabilización que generó el VIH. Un texto en el que se menciona, incluso, a Almodóvar y un hecho, el de la Callas actuando en el Teatro Don Carlo, que en ocasiones le mencionaba a mi amigo Rafa, melómano como pocos. Cuál fue mi sorpresa cuando en el verano de 2018 me encontré con dicha grabación (en cd, son otros tiempos) caminando por Chiado y pude regalárselo en uno de nuestros últimos encuentros.

McNally volvería a Maria Callas en 1995 en el que es uno de sus títulos más grandes, Master Class. En él fantasea convirtiendo a la diva de la ópera, ya retirada de los escenarios, en una exigente profesora que repasa los sacrificios que ha de hacer, así como las habilidades, competencias y capacidades que ha de tener, una figura del bel canto para dar cada día a su público más de lo que éste espera. En algún momento he leído que se estaba preparando una adaptación cinematográfica con Meryl Streep. Veremos. Hasta entonces me quedo con la vibrante impresión que dejó en mis retinas Norma Aleandro interpretando este fantástico papel en 2013 en los Teatros del Canal de Madrid.

Desde que le conocí he leído sobre él, los premios que ha recibido y su labor como activista, tomando buena nota de lo que transmitía sobre el reconocimiento de nuestras emociones y los deberes que tenemos con todos los demás como miembros de una misma y única sociedad que somos. Me quedan muchas obras suyas que leer por primera vez y volveré a releer las ya conocidas.

Muchas gracias Terrence McNally por lo que nos diste, muchas gracias por el legado que nos dejas.  

(Fotografía tomada de Allarts.org)

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Doña Rosita, anotada” entre Lorca y Remón

El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.   

A priori, la opción más segura para llevar al escenario a un clásico es respetarlo tal cual. Más complicado es adaptarlo a un momento distinto a aquel en el que está ambientado, sobre todo si su responsable se deja llevar por sus obsesiones y fijaciones personales. Quizás la manera más arriesgada de hacerlo sea hablando con él de frente, de igual a igual, dialogando con lo que escribió su autor y lo que relatan sus personajes desde nuestro presente. Un trabajo que exige llegar a un resultado que respetando su originalidad suene cercano, que no busque el choque del allí y entonces con el aquí y ahora, sino que nos haga ver cómo a pesar de lo mucho que creemos haber evolucionado y mejorado, hay ideas, sentimientos, visiones y búsquedas que no cambian, que siguen guiando nuestra mente e impulsando nuestro corazón.

Un terreno nada fácil en el que Pablo Remón se ha sumergido respetando, confrontándose y dando la vuelta al universo de El lenguaje de las flores con total valentía. El resultado es una demostración de que su autenticidad y originalidad es propia. No es resultado de un asesinato freudiano del maestro, sino de haber llegado hasta lo que hizo al granadino universal y eterno, a su capacidad para mostrar, desnudar y exponer con detalle esa combinación de lo innato con lo ambiental, lo propio y lo aprendido, que somos y nos hacen ser.

La idea de que una mujer espere y desespere, durante años y con miles de kilómetros de por medio, porque el amor con el que se ha comprometido llegue a materializarse, tanto carnal como sacramentalmente, nos resulta hoy muy lejana. Sin embargo, décadas atrás eran el tipo de historias que se contaban para hacer que las más jóvenes actuaran con la docilidad y conformidad que se esperaba de ellas. Quizás ese era el propósito de Federico, no escribir solo lo que le sucedió a Doña Rosita la soltera, sino como hizo en otras obras suyas, adentrarse en ese mundo de exigencias y rectitud.

Pero entrados en este caso concreto, no sabemos si esa debilidad y sumisión ocultaban una fría inteligencia que protegía a Doña Rosita de las exigencias sociales, un ruidoso desorden que la anclaba al suelo de las tradiciones y costumbres que pisaba, o una dura abnegación que la empujaba a convertirse en una caricatura social de esa España de tipos y tipejos que fuimos ¿y seguimos siendo?

Una simultaneidad de planos, puntos de vista e interpretaciones que esta Doña Rosita anotada pone sobre el escenario haciendo que sus tres soberbios actores nos relaten cómo se acercan al texto, la distancia personal desde la que se adentran en él, el recorrido que hacen por su trama y la manera de adentrarse en él a través de sus muchos personajes. Un viaje trazado y conducido con suma finura por Remón, y con una perfecta escenografía e iluminación como acompañantes, entre el drama y la comedia hasta llegar a la esencia de Doña Rosita, para transmitir al igual que hizo Lorca hace ya más de 80 años, lo delicado, sensible y fácil de alegrar, pero también de herir, que es nuestro corazón.

Doña Rosita, anotada, en los Teatros del Canal (Madrid).

10 funciones teatrales de 2018

Monólogos y obras corales; textos originales y adaptaciones de novelas; títulos que se ven por primera vez, que continúan o que se estrenan en una nueva versión; autores nacionales y extranjeros; tramas de rabiosa actualidad y temas universales,…

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“Unamuno, venceréis pero no convenceréis”. José Luis Gómez se desdobla para demostrarnos porqué Don Miguel sigue presente y vigente. Sus palabras definieron la naturaleza de una nación, la nuestra, que en muchos de sus aspectos son hoy muy similares a como lo eran cuando él vivía. La perspectiva del tiempo nos permite también entender las contradicciones de un hombre que, tras apoyarlo inicialmente, pronunció una de las frases más críticas y definitorias del franquismo.

Unamuno

“Gloria”. La persona detrás del personaje adorado por los niños. La mujer que vivía más allá de lo que contaban sus versos. La adulta que mira hacia atrás recordando de dónde vino, qué hizo a lo largo de su vida –escribir y amar- y en quién se convirtió. Un monólogo vibrante que retrata a Gloria con sencillez y homenajea a Fuertes con la misma humildad que ella siempre transmitió.

Gloria

“El tratamiento”. Cada día de función es un día de estreno en el que convergen 40 años de biografía y la ilusión de dedicarse al cine. Un arte que para Martín constituye el lenguaje a través del cual expresa sus obsesiones y emociones y se relaciona con el mundo acelerado, salvaje y neurótico en que vivimos. Hora y media de humor y comedia, de drama e intimidad, de fluidez y ritmo, de diálogos ágiles y actores excelentes.

ElTratamiento

“Los días de la nieve”. Un monólogo en el que el ausente Miguel Hernández está presente en todo momento sin por ello restarle un ápice de protagonismo a la que fuera su mujer. Una Josefina Manresa escrita por Alberto Conejero, puesta en escena por Chema del Barco e interpretada por Rosario Pardo que atrae por su carácter sencillo, engancha por su transparencia emocional y enamora por la generosidad de su discurso.

LosDiasDeLaNieve

“Tiempo de silencio”. La genial novela de Luis Martín Santos convertida en un poderoso texto dramático. Una escueta y lograda ambientación –áspera escenografía y asertiva iluminación- que nos traslada al páramo social y emocional que fue aquella España franquista que se asfixiaba en su autarquía. Una puesta en escena que es teatro en estado puro con una soberbia dirección de actores cuyas interpretaciones resultan perfectas en todos y cada uno de sus registros.

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“Los mariachis”. Una perfecta exposición a golpe de carcajada y con un fino sentido del humor de cómo la corrupción y la incultura están interrelacionadas entre sí y de cómo nos lastran a todos. Cuatro intérpretes que con su exultante comicidad dan rienda suelta a todas las posibilidades de un texto excelente. Una obra que cala hondo y toca la conciencia de sus espectadores.

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“La ternura”. ¡Bravo! Todo el público en pie al acabar la función, aplaudiendo a rabiar y sonriendo llenos de felicidad, con la sensación de haber visto teatro clásico, pero con la frescura y el dinamismo de los autores más actuales. Una historia cómica que juega con los roles de género y parte de la eterna dicotomía entre hombres y mujeres para exponer con sumo acierto lo que supone el amor, lo que nos entrega y nos exige.

LaTernura

“Lehman trilogy”. Triple salto mortal técnicamente perfecto y artísticamente excelente que nos narra la vida y obra de tres generaciones de la familia Lehman -así como el desarrollo de los EE.UU. y del capitalismo desde la década de 1840- gracias al ritmo frenético que marca la dirección de Sergio Peres-Mencheta y la extraordinaria versatilidad de sus seis actores en una miscelánea de comedia del teatro de varietés, exceso cabaretero, expresividad gestual y corporal de cine mudo aderezada con la energía y fuerza de la música en vivo.

LehmanTrilogy

“El curioso incidente del perro a medianoche”. Comienza como una intriga con un tono ligero cercano casi a la comedia y poco a poco va derivando en una historia costumbrista en torno a un joven diferente que nos lleva finalmente al terreno del drama y la acción. Un montaje inteligente en el que el sofisticado despliegue técnico se complementa con absoluta precisión con el movimiento, el ritmo y la versatilidad de un elenco perfectamente compenetrado en el que Alex Villazán brilla de manera muy especial.

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“El castigo sin venganza”. Todavía sigo paralizado por la intensidad de esta tragedia, en la que no sé qué llega más hondo, si la crudeza del texto de Lope de Vega, la claridad con la que lo expone Helena Pimienta o la contagiosa emoción con que lo representa todo su elenco. Una historia en la que la comicidad de su costumbrismo y tranquilidad inicial deriva en una opresiva atmósfera en la que se combinan el amor imposible, la amenaza del poder y las jerarquías afectivas y sociales.

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“Lehman Trilogy”

Triple salto mortal técnicamente perfecto y artísticamente excelente que nos narra la vida y obra de tres generaciones de la familia Lehman -así como el desarrollo de los EE.UU. y del capitalismo desde la década de 1840- gracias al ritmo frenético que marca la dirección de Sergio Peres-Mencheta y la extraordinaria versatilidad de sus seis actores en una miscelánea de comedia del teatro de varietés, exceso cabaretero, expresividad gestual y corporal de cine mudo aderezada con la energía y fuerza de la música en vivo.

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En el principio de los tiempos la economía era trueque, se limitaba al intercambio de productos. Siglos después acabó siendo algo invisible con términos como acciones, valor o cotización. Los hermanos Lehman,  judíos de Baviera que emigraron a EE.UU. en 1845, fueron decididos impulsores de este estadio final. Comerciantes de tejidos, intermediarios de algodón, hierro y carbón que acabaron convirtiéndose en banqueros, lo que implicaba invertir y financiar en cuanto se considerara potencialmente rentable (ferrocarriles, armamento, entretenimiento, tecnología,…). Junto a otros nombres mencionados (como Goldman Sachs o Morgan Stanley), ellos fueron grandes responsables de la forma que tiene el capitalismo en el que vivimos, ese en el que no compramos por necesidad sino por impulso y deseo de poseer.

En 2008 la bancarrota de Lehman Brothers se llevó por delante buena parte del sistema financiero dejando un panorama de paro, crisis, pobreza y números rojos a partir del cual Stefano Massini escribió este texto ácido, mordaz y corrosivo que Peres-Mencheta convierte en una representación vibrante y sin descanso, en la que lo que no asombra, encandila. Tres actos muy medidos y trabajados con minuciosidad que dan como resultado una función que resulta casi envolvente por la cantidad de elementos que la conforman e intervienen en ella.

El primer acto nos traslada hasta mediados del siglo XIX,siendo quizás sea el que le dé más peso a lo narrativo, para contarnos quiénes eran esos tres hermanos que un día llegaron en barco a Nueva York y se establecieron en Alabama. La música de acordes yiddish le da color y ambiente a su relato, al tiempo que quedan claras algunas de las bazas con que juega Lehman Trilogy, sobre todo la de su escenario cabaretero, con sus dos puertas de entrada y salida, su plataforma giratoria, sus distintas alturas y dotado de cuantos elementos escenográficos sean necesarios para convertirlo en lo que haga falta (una tienda, un hogar, un coche, una oficina, un hipódromo,…).

Tras el primer descanso volvemos a Manhattan, los hermanos Lehman están dispuestos a ganar dinero con cuanto se lo propongan, y ahí, en este segundo acto es donde el despliegue de sus actores en esta balada para sexteto en tres actos parece que no se acaba nunca. Además de interpretar a los personajes principales que en cada momento les corresponde, los otros muchos a los que tienen que encarnar durante apenas unos segundos dotan a la puesta en escena de una brutal cantidad de matices y tonos de comedia. Sin embargo, nunca son excesivos, no sobra nada, todo tiene sentido, aparece en el momento oportuno y se mantiene en escena lo justo y necesario.

Y como si se tratara de una función circense, el tercer acto se desarrolla bajo la máxima de “y ahora más difícil todavía”, como si estuviera adoptando el dogma del director de marketing que aparece sobre el escenario a modo de púlpito y que dice algo así como Hagamos creer a esta gente que obtienen de nosotros no aquello por lo que han pagado o lo que necesitan, sino aquello que merecen, ¡todo! Las proyecciones nos vinculan con la Historia, la política y los movimientos sociales del siglo XX, con todo aquello en lo que han intervenido las grandes corporaciones empresariales sin más objetivo que su propio beneficio económico. Empresas que ya no conocemos por sus denominaciones, sino como marcas tras las que se ocultan personas con sus luces y sus sombras, alegrías y miserias, riquezas materiales y pobrezas espirituales contadas a las muchas pulsaciones por minuto que generan la adrenalina de los bailes, los cambios de vestuario, el brillante uso de la iluminación, la entrega física de todo el elenco y las canciones de Bob Dylan, entre otros, que se interpretan en directo.

Llegado el final queda claro queda claro que Lehman Trilogy ha sido un espectáculo con mayúsculas, un ESPECTÁCULO fantástico.

Lehman Trilogy, en los Teatros del Canal (Madrid).

“Los mariachis”, comedia y corrupción

Una perfecta exposición a golpe de carcajada y con un fino sentido del humor de cómo la corrupción y la incultura están interrelacionadas entre sí y de cómo nos lastran a todos. Cuatro intérpretes que con su exultante comicidad dan rienda suelta a todas las posibilidades de un texto excelente. Una obra que cala hondo y toca la conciencia de sus espectadores.

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No hay día que no veamos en televisión o escuchemos en la radio la noticia de un político que se ve obligado a retirarse de la vida pública ante las aplastantes evidencias de las ilegalidades que ha cometido desde un puesto en el que se exige y presupone la ejemplaridad pública. Situaciones a las que muchos de nuestros conciudadanos responden con indiferencia, como si fuera algo que consideran ajeno a ellos, o una inevitabilidad con la que conviven de manera natural. ¿En qué medida están relacionadas ambas situaciones? ¿Cuál es consecuencia de cuál? ¿Qué fue primero, la ignorancia de la incultura o el egoísmo y la falta de ética?

Esa corrupción con la que convivimos, ese patetismo que no sabemos o no queremos ver, es el que camufla sabiamente Pablo Remón en su texto (en otro gran trabajo como en El tratamiento) y el que desprende la atmósfera que tan bien crea y transmite su puesta en escena. Un logro que se debe, sin duda alguna, al excelente despliegue interpretativo de sus cuatro actores, encarnando cada uno de ellos a distintos personajes de lo más variopinto –desde el hilarantemente rural Luis Bermejo al cómico pasotismo de Francisco Reyes, la grotesca humanidad de Israel Elejalde y la tierna impaciencia de Emilio Tomé- en los dos ambientes en que está estructurada Los mariachis, la casa del pueblo y los lugares del poder en la capital.

En el primero viven tres hermanos cuyas preocupaciones se dividen entre las obligaciones de la granja de la que viven, cumplir estrictamente con los fastos que exigen las costumbres y tradiciones festivas locales y dejarse llevar sin más, al ritmo que marquen las horas del reloj y las estaciones del año. Una sencillez que no está exenta de vicios ni de excesos y que asumen con la misma naturalidad con que ignoran lo que no forme parte de sus coordenadas o esté destinado a satisfacer sus necesidades vitales.

En la ciudad, en cambio, hay que andarse con cuatro ojos porque nada es lo que parece y se expresa más por lo que se calla que por lo que se dice. En el ámbito público la retórica lo llena todo de eufemismos, terrenos comunes y palabras vacías. En cambio, cuando se está en intimidad no hay vergüenza ni pudor a la hora de mostrar una ambición sin límites ni el materialismo más egoísta.

Remón podría haber optado por otros registros más directos para mostrar su propósito, pero ha tomado un camino más difícil de transitar pero más efectivo para lograr el objetivo de que su mensaje cale, el humor inteligente. Lo que podría haber sido un oscuro drama resulta ser una conseguida comedia gracias a la transparente cotidianidad de sus situaciones, el sarcástico realismo de sus personajes y la ácida verosimilitud de sus diálogos. Sin embargo, lo que le choca al espectador no es el enfoque que ha visto de los temas tratados durante la hora y media de representación, lo que lo hace es cuando tras ella vuelve a escuchar un informativo u hojear un periódico y descubre que lo que ahí le cuentan no le deja tan buen sabor de boca como esta función.

Los mariachis, en los Teatros del Canal (Madrid).