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“La geometría del trigo” y de lo pendiente

Meses después de ser editado, Alberto Conejero dirige sobre las tablas del Teatro Valle Inclán su propio texto con una puesta en escena que gira en torno al poder de la palabra, la presencia física y la ausencia espiritual. Tres elementos fundamentales con los que conecta el presente con un potente pasado gracias al excelente trabajo de los intérpretes que encarnan a los personajes que lo habitan.

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Las limitaciones presupuestarias de producción mandan y el montaje de esta excelente creación de Conejero no cuenta con las propuestas escenográficas que planteaba en la primera edición (ya va por la segunda) que la editorial Dos Bigotes publicó en junio pasado. Pero la solución por la que opta para resolverlo es más que correcta, hacer aún más protagonistas a los personajes sobre el escenario, a lo que tienen que decir y a lo que callan, y a cómo están unidos se relacionen o no. Bajo esa premisa es como una joven pareja se traslada desde la Barcelona actual hasta un pueblo minero jienense de décadas atrás. Allí, un reciente matrimonio espera a su primer hijo y reciben la visita de un amigo del marido al que este hacía muchos años que no veía.

La motivación del viaje es la noticia de que el padre de Joan, hombre al que nunca conoció, ha muerto, lo que pone de relieve no solo esa ausencia perenne, sino la falta de rumbo en que parece estar sumida tanto su relación como él mismo. Esa búsqueda de sentido, de objetivos, de proyecto de vida no solo suya, sino de casi todos los personajes es lo que se respira de principio a fin de la representación. Les falta el oxígeno de la identidad, de saber quiénes son de manera individual y si pertenecen a un nosotros, de qué está formado ese hipotético binomio de complementariedad y reciprocidad.

Una atmósfera de intimidad cercana a la confesión y de anhelo de comunión creada con los claroscuros y las penumbras de una excelente iluminación, con un escenario que aúna de manera natural en su suelo rural y su pared agrietada todas las dimensiones (espaciales, temporales y emocionales) que se relatan, y con una dimensión acústica que aúna en las mismas coordenadas el ritmo respiratorio, el pulso cardíaco y el latido anímico de los personajes y de sus espectadores.

Una base sobre la que Consuelo Trujillo borda a esa mujer que representa la autoridad, la entrega y el instinto protector de la maternidad, pero también la sabiduría, la sensatez y la tranquilidad reposada de la experiencia de vida, de quien es la más vieja del lugar. Tras ella el triángulo afectivo-amistoso que conforman Zaira Montes, Juan Vinuesa y José Troncoso, tres presencias energéticas que lo llenan todo con su derroche de poesía, con la transparencia con que dejan ver a quienes encarnan y con el equilibrio con que transmiten la tensión entre el deseo y el deber, los anhelos y la frustración y el protagonismo que su ayer tiene en nuestro hoy. Un presente que pasa más desapercibido por lo que tiene de cercanía y de proyecto en construcción, pero que cumple su papel de motivar la mirada hacia el pasado y de mostrar el vacío de los asuntos por resolver, comprender y respetar.

La geometría del trigo es aparentemente sencilla en su propuesta escénica –con todos los personajes siempre en escena- y en su mensaje –con un lirismo de aires lorquianos-, pero la claridad de su exposición hace que llegue hondo y provoque un eco de profunda emoción, ese por el que merece mucho la pena ir al teatro a ver y a verse.

La geometría del trigo, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).

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“El sueño de la vida”, la razón de ser del teatro

Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.  

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La dramaturgia no se limita a las páginas en que está impresa ni al escenario en el que es representada. Si se queda solo ahí no es más que mero entrenamiento, una comparsa para espíritus vagos y conservadores, almas inmovilistas sin pretensiones de mejora personal ni de evolución social. Según Federico, el teatro debía ser la continuación de lo que llevamos dentro, de la verdad, de la autenticidad de quiénes y cómo somos, de aquello que imaginamos y soñamos, de lo que nos vemos capaces de ser y de hacer, por más impedimentos, convicciones, reglas absurdas y miradas de nuestro alrededor que intenten limitarnos.

Eso cuenta, muestra y convence desde su brutal arranque El sueño de la vida que Lluis Pascual dirige en el Teatro Español. La Comedia sin fin que Lorca inició es un alegato pasional, la declaración de alguien que está convencido de su propósito, sacudir los cimientos de su sociedad para que esta abandone el estatus de pretenciosa superioridad y la senda de la oscuridad relacional en la que permanece anclada desde no se sabe cuándo.

Un mensaje que Pascual dirige y Nacho Sánchez interpreta totalmente entregado a esta misión, hacer que tablas, patio de butacas y edificio dejen de cumplir los cánones establecidos, se diluyan entre sí y se transformen en un espacio único en el que el teatro ya no sean ficción y representación sino un espacio donde nos mostremos y nos dejemos imprimir por la verdad, el drama, la comedia, la ilusión y la utopía de lo que está ahí fuera.

Un impetuoso torrente de palabras combinadas, mensajes polisémicos y relaciones entre planos de la realidad en el que no se sabe dónde acaba Lorca y dónde comienza Alberto Conejero. Pero da igual. La intensidad se transforma en una potencia enigmática cuando la convención del teatro se desdobla para dar cabida simultánea al ensayo y la representación (por parte de un elenco engranado con precisión absoluta) de una shakesperiana noche de verano, con toques de una acertada música en directo -piano y cajón de percusión-, que a su vez son invadidos por la revolución que estalla en las calles.

Una extraordinaria continuación que aparentemente vuelve a las normas de la representación dramática a la que estamos acostumbrados -una ficción, un escenario, unos personajes- para saltar nuevamente por los aires con su alegato de la libertad y la igualdad de todas las personas. Algo conseguido sobre manera con el escalofriante monólogo sobre proyección en blanco y negro de una Emma Vilarasau perfecta en todo momento.

Ahí es donde se ven más claramente la pluma devota de Lorca de Conejero y las manos moldeadoras cual arcillero de Pascual trabajando al unísono para conseguir que El sueño de la vida suene a Federico y a 1936.Pero también a reivindicación de su figura, obra y pensamiento y lo que le tocó vivir, lo que le preocupaba en aquel momento y que como él temía, le pudiera callar y matar. Viva la fuerza, la magia y la visión de Federico. Viva la hondura, la agitación y la conmoción de El sueño de la vida.

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El sueño de la vida, en el Teatro Español (Madrid).

“Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas”

Si leer o escuchar representadas sus creaciones es un goce para el alma y los sentidos, no menos lo es adentrarse en su persona a través de lo que recogieron múltiples publicaciones periodísticas a lo largo de su corta vida. Además de su extraordinaria sensibilidad, estos artículos, entrevistas y reportajes dejan clara la transparencia y diafanidad de un hombre cuya máxima fue siempre la de transmitir con honestidad aquello que hacía único, a la par que universal, a su pueblo.

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Quizás sea la figura más nombrada de la historia de la literatura española, pero el hecho de que aún no sepamos dónde reposa su cuerpo tras aquella cruel madrugada del 18 de agosto de 1936 demuestra que todavía queda mucho por conocer y recuperar de él. Tanto de su obra y de su vida como de su intimidad, de quién era más allá de las páginas que escribió, de las conferencias que impartió y de los amigos, familiares y personalidades con quien se le vio en público.

El que hasta más de 80 años después de su muerte no se haya publicado un volumen como este, Declaraciones y entrevistas completas,  evidencia tanto esta realidad como la de su otra cara, la negación que por distintos motivos –censura política y prejuicios sexuales, fundamentalmente- ha sufrido su persona y, por su extensión, su obra.  En este sentido, no queda otra que alabar el trabajo de investigación realizado por Rafael Inglada con la colaboración del periodista Victor Fernández, y el legado que este título supone para estudiosos y entusiastas de la figura de Federico.

Palabra de Lorca se inicia con un joven entusiasta que comienza a ser conocido en 1922, a sus 24 años, por sus primeras poesías y llega hasta 1936, hasta un hombre consolidado en la escena cultural como un extraordinario poeta y un excelente dramaturgo. No solo un gran creador sino también un convencido del papel cultural, identitario y pedagógico del teatro, tal y como hizo al frente de La Barraca (1932-1934) llevando la tradición de los grandes clásicos –Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, Cervantes,…- al colectivo más llano de un pueblo obviado por unos gestores y autores entregados a las banalidades que demandaba la burguesía urbana de las décadas de los 20 y los 30.

Todo lo contrario de lo que pensaba de la poesía de su tiempo, declarándose admirador de nombres como Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez. Un terreno este, el del verso, que fue el que le convirtió en una figura pública, sobre todo a raíz de la publicación en 1928 del Romancero gitano. Para entonces ya había demostrado con Mariana Pineda su potencial dramático y su capacidad de captar lo más individual, íntimo y local y transmitirlo conectando con lo que eso tiene de común y universal con cualquier otro individuo a lo largo del mundo. Después llegarían otras dramaturgias que, tal y como cuenta, ya estaban en su cabeza o habían comenzado a tomar forma, como Doña Rosita la soltera o Bodas de sangre y Yerma, títulos con los que se propuso hacer actual la tragedia griega y lo consiguió con extraordinario éxito de crítica y público.

Capítulo aparte de sus vivencias son sus viajes. He ahí la intensidad con que transmite el hondo resonar que le provocó el mar de acero, hormigón e inhumanidad de Nueva York que daría como resultado el poemario allí situado. Nada que ver con su paso por La Habana o sus estancias posteriores en Montevideo y Buenos Aires, ciudades en las que disfrutó con la fantástica recepción que tuvieron sus obras y sintiéndose como uno más en la sociedad de aquellos países con los que compartía idioma y referentes históricos literarios.

Curioso es también leer cómo le describen los otros. Alegre, jovial y extrovertido en sociedad, un niño grande con los suyos, escurridizo con los periodistas insolentes, e introvertido e inmerso en su profundidad interior cuando estaba a solas. Una sombra esta que se fue haciendo más patente a medida que la inestabilidad política enrarecía el clima social español, y del Madrid en el que vivía, a lo largo de 1935 y 1936. Hasta que estalló la contienda que le encontró en casa de sus padres en la vega granadina, de donde le sacó para asesinarle.

Palabra de Lorca no se acaba ahí, sino que sigue a través del recuerdo que algunas firmas le dedicaron años después, atreviéndose a entrar –aunque no con total apertura- en aquellos aspectos que le condenaron, su homosexualidad y su planteamiento público en pro de una cultura accesible para toda la sociedad y no como algo elitista y restringido para aquellos que hicieran de ella un símbolo y señal de su clase social y económica. En definitiva, un volumen extenso, con artículos y entrevistas firmadas por toda clase de autores y calidades, pero que resulta fantástico para descubrir el lado más espontáneo, dialogante y conversador  de un hombre profundamente reflexivo y tan sensible como creativo y visionario.

“La casa de Bernarda Alba”, la ópera

Federico, que sepas que estos días se puede ver en Madrid una versión musical de tu obra. Tú nunca llegaste a verla representada, pero el montaje engancha de principio a fin, no hay nada de lo que tu texto transmite que no se vea en escena –excelente escenografía e iluminación- y se sienta en el estómago –inmejorable elenco y fantástica partitura-.

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Las horas pasan y el recuerdo sigue vivo. Todo un reto para quien decidiera darle forma de canto a las palabras como cuchillos de tu tragedia, quizás por aquello que contabas en tus entrevistas de que tu propósito era ir más allá del drama y hacer actual el espíritu del teatro clásico. Aquel en el que el coro le daba a sus intervenciones un aire de trascendencia que convertía lo aparentemente anecdótico en una lección universal sobre el comportamiento humano.

El silencio ambiental que impone tu texto, en el que cada intervención tiene una mezcla de solemnidad, transparencia y verdad que lo llena y lo domina todo, ha sido aquí sustituido por una composición musical que capta perfectamente esa miscelánea de desasosiego e inevitabilidad de lo que lo que no puede ser posible pero no tiene más opción. Un algo invisible, pero muy presente a la vez, que cumple una serie de leyes no escritas que a pesar de su injusticia dan orden, equilibrio y jerarquía a ese pequeño mundo que no necesita puertas ni paredes para hacer sentir sus candados y sus muros a los atrapados en él .

Una compleja sinfonía musical firmada por Miquel Ortega que te agarra, te tensa, te sacude y te lanza sin aviso ni cuidado alguno entre las distintas corrientes de aire seco de las voces de Bernarda Alba, de las de sus cinco hijas (Adela, Amelia, Angustias, Magdalena y Martirio), su madre y su criada Poncia. Complementándolas, una escenografía de paredes encaladas y luz fría que hace muy patente esa casa, esa cárcel, ese lugar finito en el que la verdugo impone con su absolutismo el encierro a sus hijas tras la muerte de su padre, una cueva que con la aparición de la lozanía, la masculinidad, la hombría y el simbolismo de Pepe el Romano se convierte en un avispero en el que todas ellas están dispuestas a destruir cuanto sea necesario con tal de sobrevivir emocionalmente.

Elementos que se funden en un libreto en el que Julio Ramos adapta operísticamente de manera muy lograda y respetuosa lo que tú escribiste y unas voces e interpretaciones que hacen muy patente la lucha entre el poder, el deseo, la voluntad, la obediencia, las apariencias, las contradicciones y la carne que se vive en ese grupo de mujeres. Lo que todas ellas juntas logran nos hace ver que sus exigencias, demandas, argumentos, anhelos y peticiones no tienen fecha, no eran exclusivas de la Andalucía rural de cuando escribiste el texto, eran similares a las de muchos otros lugares en tiempo anterior y se siguen dando en nuestro hoy actual en otras tantas coordenadas del mundo.

Y aunque todo el elenco está perfecto, siendo el resultado final mucho más que la suma de sus individualidades, cabe destacar por sus papeles a Nancy Fabiola como la estricta Bernarda Alba y a Carmen Romeu como la joven, viva y resuelta Adela, así como por las notas de humor que ponen Julieta Serrano, como esa madre y abuela que parece escapada del inframundo, y Luis Cansino, como la deslenguada Poncia que sabe tanto como dice y cuenta tanto como piensa.

No te puedes imaginar la honda impresión que causa ver un patio de butacas sin una plaza libre en el que todo el mundo está conectado con lo que sucede sobre el escenario y cómo rompe a aplaudir en cuanto desciende el telón al final de la representación.

Larga vida a tu obra Federico y larga vida a esta versión de La casa de Bernarda Alba.

La casa de Bernarda Alba, en el Teatro de la Zarzuela (Madrid).

“Lorca, el poeta y su pueblo” de Arturo Barea

El autor de “La forja de un rebelde” acercaba en 1944 la figura de Lorca a sus lectores ingleses a través de este conjunto de conferencias que hasta ahora nunca antes se había editado en España. Un ensayo que disecciona las claves que hacen del granadino una figura única de la literatura española y que supone también una muestra del buen saber hacer narrativo y de la capacidad de análisis y síntesis de su autor.

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La Guerra Civil mató a Federico y empujó a Arturo al exilio. Ambos se vieron en el punto de mira de los nacionales por su dominio de la palabra y su defensa de la libertad de expresión. Aunque no se llegaron a encontrar nunca en persona, Barea fue un profundo conocedor y admirador de García Lorca, tal y como demuestra este volumen en el que disecciona con suma precisión –a través de una muy cuidadosa selección de versos, diálogos y parlamentos – su obra, estilo e impronta universal –sin dejar de ser profundamente español- en base a cuatro pilares (pueblo, sexo, muerte y arte).

Al contrario de lo que pudiera parecer, el escritor del Romancero gitano o del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías fue profundamente intelectual, un innovador constructor de versos a la manera de su admirado Góngora, pero fue más allá de esa habilidad para centrarse en lo que para él era importante, en reflejar los sentimientos y las emociones. Esa autoridad y capacidad para llegar, agitar y conmover a todos los públicos, tanto a los formados como a los que no sabían siquiera leer, fue lo que le hizo tan reconocido. Su empatía a la hora de ejercer de altavoz del sentir popular, de ensalzar poéticamente los valores, conceptos y expresiones del común de sus conciudadanos –de su identidad, en definitiva- hizo que los incultos y los iletrados se sintieran valorados y reivindicados. Un logro que consiguió también con su exitosa dirección de La Barraca, trasladando ante este tipo de espectadores el mensaje de autores clásicos como Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina.

El nacido en Fuentevaqueros describió y dio voz, tanto en su poesía como en su teatro, a un  profundo universo etnográfico, social y cultural como nadie había hecho hasta entonces y como ninguno de sus compañeros de la generación del 27 supo hacer. He ahí dramaturgias como Mariana Pineda, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba o Yerma en las que sus espectadores y lectores podían ver cómo sus personajes pensaban y actuaban igual que ellos en temas como el honor, la maternidad, el amor o la familia. En sus tramas no se exagera ni se banaliza, no se altera ni se vacía de su esencia el papel y los significados que para la sociedad de su tiempo tenían cuestiones como la muerte o el sexo, así como las jerarquías que había tanto entre hombres y mujeres como entre padres e hijos.

Esta es la clave que según Barea hizo que Lorca fuera considerado revolucionario y peligroso por los que se negaban al cambio y a la evolución. Por su genio para hacer que los hasta entonces no considerados se empoderaran, sintiéndose orgullosos de quiénes eran.

“De hombre a hombre” de Mariano Moro Lorente

El mito de Lolita llevado al aula mediante el diálogo cercano y la tensa distancia entre el adolescente y el adulto, entre los ideales y la experiencia, entre la osadía y las reservas. La homosexualidad como algo velado, expresada y encubierta a partes iguales utilizando los versos de Walt Whitman y Federico García Lorca tanto como forma de declaración como de maniobra de distracción.

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Las once escenas de esta obra son otros tantos combates dialécticos entre Juan Manuel, un profesor de literatura treintañero que destila seguridad y confianza en sí mismo, y Andrés, un joven deseoso de comerse el mundo y cansado de tener que darse de frente una y otra vez con los muros que los adultos ponen en su camino. Cada uno sienta cátedra a su manera desde la etapa en la que nuestra sociedad y el sistema educativo les coloca, en una altiva madurez al primero, en la rebelión constante al segundo.

El profesor juega constantemente a la seducción, desplegando sus encantos y su presencia, verbo mediante, ante el público estudiantil que se encuentra en sus aulas. Mientras tanto, el alumno dispara de manera certera contra la amplitud de sus alardes retóricos buscando las afirmaciones que le confirmen en sus planteamientos o le guíen para llegar a las posiciones desde las que seguir construyéndose a sí mismo. Frente a los circunloquios y los juegos formales del docente, su pupilo se expresa con una claridad que les pone a prueba a los dos. A sí mismo al verse obligado a convertir en acciones su dictado verbal, y a su superior al dar con la clave que desvela a la persona que se encuentra tras el personaje.

Una atracción y un enfrentamiento ambientados en nuestro presente (De hombre a hombre fue publicada originalmente en 2008) con dos barreras que terminan haciendo acto de presencia, la diferencia de edad y una homosexualidad que se manifiesta inicialmente con circunloquios poéticos. Hasta que se sabe que se puede hablar con claridad y entonces se pone sobre el tablero de juego otra partida más, la de la aceptación y los prejuicios del entorno familiar, social y laboral. Frente a estos frenos, el deseo, la atracción y la ilusión del amor que se manifiestan recurriendo a la poesía de Walt Whitman (Canto a mí mismo) y a la de quien le admiró y le dedicó una oda, Federico García Lorca, así como a uno de sus más claros referente musicales, el cubano Silvio Rodríguez (Por quien merece amor).

Así es como Mariano Moro Lorente hila con efectiva sencillez en una progresión lineal –directa a su objetivo, sin otras tramas o personajes que desvíen nuestra atención- las diferentes etapas que recorre la relación en la que se van trenzando sus dos personajes. Un vínculo que se puede comparar con otros de similares características, como el narrativo de Nabokov o el clásico entre Sócrates y Alcíbiades. Menciones expresas que dan pie a reflexionar sobre la separación y la unión de los planos físico y emocional que se le supone al amor correspondido, así como a su posibilidad de materializarse ante las presión y el escrutinio de las convenciones sobre las que edificamos nuestras vidas.

“Lo nuestro sí que es mundial” de Ramón Martínez

No hemos llegado a la meta ni mucho menos, queda aún por hacer para llegar a la plena normalización de las personas que engloban las siglas LGTB. Pero para saber cómo llegar a ese futuro, lo suyo es hacer como propone este ensayo, mirar hacia atrás y ver qué pasos hemos dado –tanto desde dentro del colectivo como desde el conjunto de la sociedad- para llegar al presente en que vivimos. Un muy didáctico e interesante recorrido con un doble objetivo, consolidar lo logrado –en el plano legislativo y jurídico- y materializar los asuntos pendientes –conseguir la catarsis social que acabe con la LGTBfobia-.

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Desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer, los ha habido que se han atraído y relacionado entre ellos, de igual manera que, como hoy, ha habido hombres que han deseado a hombres, mujeres a mujeres e, incluso, tanto ellos como ellas, a ambos sexos. Una naturalidad que, con raras excepciones, se ha encontrado desde tiempos inmemoriales con la oposición y el castigo del entorno. Basta con mirar a la historia de nuestro mundo occidental y su siempre opresora moral cristiana o al mapamundi actual y la pena de muerte a la que cualquier persona se arriesga en determinados países por intimar con alguien de su mismo sexo.

Cierto es que, en términos generales, esa ya no es la situación de España. El matrimonio igualitario es una realidad desde 2005, pero los logros legislativos no implican necesariamente una plena aceptación social. Aún hay barreras que superar y muros por derribar en el ámbito educativo (campo de cultivo del heteropatriarcado), cultural (mostrar otros puntos de vista diferentes al cisgénero androcentrista), médico (apoyo psicológico a los maltratados por su identidad/orientación sexual y soporte clínico a la comunidad transexual) o político (reclamar en el ámbito internacional –tanto en la relaciones bilaterales como desde la organizaciones supranacionales en las que nuestro país es miembro con voz y voto- el fin de toda discriminación por razón de identidad u orientación sexual).

Podría parecer que este es el epílogo del nuevo ensayo de Ramón tras su anterior La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella, pero en realidad esas metas han estado siempre en el horizonte a largo plazo que ha tenido como objetivo el activismo LGTB de nuestro país. Sin embargo, décadas atrás la coyuntura era otra y los propósitos en los que hubieron de centrarse fueron los relacionados con la propia supervivencia.

Algo que no nos retrotrae necesariamente a siglos atrás cuando aún no existía el término homosexual, el lesbianismo no se concebía o la transexualidad se contemplaba únicamente como una cuestión de mal gusto en las formas. Nos lleva a ecos como el asesinato de García Lorca por maricón y a tiempos más recientes, como el 4 de agosto de 1970 en que el Gobierno de España aprueba la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social en que la mera sospecha de homosexualidad implicaba la acción represiva de la ley y una mácula penal de por vida.

Comienza entonces, y bajo los ecos de las protestas ante los abusos policiales sobre la clientela del Stonewall Inn en Nueva York el 28 de junio de 1969, un incipiente asociacionismo con unas claras aspiraciones en el ámbito de los Derechos Humanos, pero que el régimen imperante –primero la dictadura, después la convulsa transición y a continuación una incipiente democracia- llevó a que se articularan como reclamaciones políticas, legislativas y sociales. La labor de documentación de Ramón y los muchos testimonios que se encuentran en estas páginas nos muestran cómo la valentía, el empeño y la dedicación de unos incipientes activistas (a los que siguieron muchos más) fue consiguiendo resultados muy poco a poco, no dando nunca nada por sentado y trabajando activamente en múltiples frentes.

Así fue como con mucho esfuerzo se fue consiguiendo la escucha de los partidos políticos y la empatía social que llevó progresivamente de la despenalización (en los 80) a la consideración administrativa (en los 90) y a la igualdad jurídica (modificación del Código Civil en 2005 definiendo el matrimonio como la unión de dos personas del mismo o diferente sexo y no, únicamente, de un hombre y una mujer), aunque aún quede por hacer en ámbitos como la identidad de género o en la erradicación de la violencia (ej. acoso escolar, agresiones físicas y psicológicas hasta llegar al asesinato o el homicidio o avocar al suicidio) con que se manifiestan los delitos de odio por orientación e identidad sexual.

Una evolución en la que el asociacionismo reivindicativo ha vivido una trayectoria paralela. De los difíciles y ocultos inicios a las disyuntivas entre revolución, radicalización y reformismo con la llegada de la democracia. De las confluencias y divergencias entre gays y lesbianas a la consideración de la transexualidad y la bisexualidad. De la homogeneidad de las siglas a las particularidades con que se vive la propia identidad en función de múltiples registros (ej. edad, lugar de residencia,…). De reclamar aceptación y tolerancia a exigir igualdad y normalización. De manifestaciones del Orgullo con apenas unos centenares de manifestantes vigilados por la policía a las jornadas en que miles y miles de personas salieron a la calle a reivindicar. De ser escuchados por gobiernos democráticos a negados por los elegidos en la urnas y al revés. De negociar una Ley de Parejas de Hecho a llamar por las cosas por su nombre y proponer y conseguir el término y la institución del matrimonio. De vivir al margen de otros colectivos a ser un agente social que comparte principios, puntos de vista y objetivos con el feminismo.

Así, hasta llegar a un hoy en el que el movimiento LGTB tiene claras cuáles son las metas aún por conseguir, pero que está en pleno proceso de reinvención y de redefinición del papel que ha de cumplir para hacer que las ciudades, el país y el mundo en que vivimos sea plenamente respetuoso con la diversidad sexual de todos y cada uno de los que lo habitamos.