Archivo de la etiqueta: Amor

“Quién diría, qué…” de Hasier Larretxea

Una mirada hacia atrás con una sonrisa en el rostro, sintiendo satisfacción al ver el camino recorrido, valorar la evolución experimentada y constatar el progreso conseguido. Diecinueve poemas que se leen con sosiego y tranquilidad por la paz interior y satisfacción exterior que transmite su autor.

Este poemario parece estar escrito desde un hoy de amor, afecto, cariño y alegría, pero también deja claro que hubo un ayer de búsqueda, conflicto, debate y confusión. Sin embargo, no plantea una contraposición entre ambos estadios a modo de catarsis, transformación vital o un mudar de piel. No hay un punto y aparte, sino un tempo amable, calmo y delicado que revela que la armonía y el equilibrio actual tienen su origen en la agitación y la turbación anterior.

Un aquí y ahora formado por una colección de momentos, flashes y evocaciones de viajes, de reuniones, paseos y tiempos con amigos, así como de colores, luces y diseños de sitios en los que se ha estado, parado y reposado. Todo ello subrayado por canciones, libros, poetas y grupos musicales a los que se menciona como referentes, como señales que han guiado el proceso vivencial que da como resultado el transcurrir literario que va desde Quién diría qué que da título a este volumen hasta, dieciocho poemas después, Este aire es.

En sus estrofas no hay quiebros retóricos tras los que su autor se esconda ni juegos estilísticos que nos distraigan del camino por el que nos lleva. Su lenguaje, las palabras que escoge, están a merced de las sensaciones evocadas, trasladándonos hasta los instantes en que se fijaron en su retina aquellas imágenes y se grabaron en su piel las invisibilidades cuya huella perdura. Unas y otras plasmadas como si hubieran sido captadas en un estado embrionario, en ese espacio de tiempo casi inexistente en que no somos aun conscientes de lo que estamos sintiendo, pero que marca el inicio de lo que ya forma parte de nuestro ser.

Cabe deducir que el proceso de escritura de Hasier ha sido también de conexión consigo mismo, descubriendo un mapa cuya orografía final no surgió hasta que unió el conjunto de puntos e hitos que han dado forma al universo personal aquí expuesto. Unas coordenadas que le sitúan en Madrid, una urbanidad en la que a pesar de sus dimensiones asfaltadas le es posible encontrar espacios en los que disfrutar del silencio y de la luz, y en las que está acompañado por alguien en quien siente tener tanto un refugio como un compañero de vida.

Coordenadas emocionales desde las que mira al pasado y al futuro. Primero hacia atrás, en el único poema de la segunda parte en que Larretxea hace aflorar su identidad, trasladándose hasta el valle de Baztán en que nació y se crió para conectar con su historia, sus construcciones, sus costumbres y sus gentes. Y después hacia adelante, hacia un horizonte en el que plasma las cuestiones existenciales que le marcan y le definen. Interrogantes por resolver y entre cuyos signos de puntuación busca las respuestas con las que situarse más allá de sí mismo y liberarse del peso de lo que pudiera lastrarle, atarle o anclarle a los vicios y conflictos del tiempo y lugar en que le ha tocado vivir.

Quién diría, qué…, Hasier Larretxea, 2019, Pre-Textos.

Adiós Terrence

Ayer falleció Terrence McNally, uno de los dramaturgos más importantes de las últimas décadas y al que debo mucho de lo que el teatro significa para mí. Un espacio y un tiempo en el que buscar y encontrar la verdad de quiénes y cómo somos en tramas y personajes que nos han servido para tomar conciencia de realidades como el VIH y la homofobia, sentir lo alto y lejos que nos puede llevar la música y entender y comprender el valor del amor y la amistad.

Qué irónico que en estos días de pandemia, el coronavirus se haya llevado a sus 81 años a quien lucho con su saber hacer literario contra el estigma social que supuso para muchos una catástrofe sanitaria anterior, la del sida. Nada más tener conocimiento de la noticia, mi mente viajó hasta aquella tarde del verano de 1997 en que en una de las salas del Palacio de la Música vi la adaptación cinematográfica de Love! Valour! Compassion! (a quien tuviera la brillante idea de estrenarla en España como Con plumas y a lo loco que sepa que además de absurdo, le quedó muy homófobo el cliché).

Un amigo propuso ir al cine y aquella fue la cinta elegida, no tenía ni idea de qué íbamos a ver, pero dos horas después, cuando acabó la proyección, no quería irme, no quería salir de la proyección, de la pantalla, me dolía separarme de los diálogos que había escuchado, de lo que allí se había contado, expuesto y tratado. Aquellos ocho hombres -parejas, exes, amigos, ligues- no solo me hablaron sobre amor y amistad, cariño y empatía, sino también sobre lo difícil, pero tremendamente enriquecedor, que es liberarse de lo que se convierte en una carga pesada cuando nos lo guardamos y torna en liviano cuando lo compartimos.  

Aun consciente de que lo que había visto era una película, tenía claro que lo que me había llegado no eran solo los fotogramas, sino sus personajes y sus diálogos. Pero como no soy un erudito del teatro, me acerco a él como si fueran ventanas en las que mirar y disfrutar, proyectándome unas veces, fantaseando otras, lo dejé estar y ahí se quedó mi flechazo. Hasta que en mi primer viaje a San Francisco en 2001 me acerqué en la calle Castro a A different light, librería hoy desaparecida, y compré el texto teatral original, estrenado en 1994 y en el que se basaba lo que había visto (y cuya adaptación estaba también firmada por McNally).

Me gustó volver con las palabras a donde había estado con las imágenes, pero lo que verdaderamente me impactó fue la libertad interior que sentí al leer la honestidad, sinceridad y sencillez con que allí se hablaba de emociones como miedo, rabia, ira, impotencia, cariño, entrega, deseo o amor. Y no de manera aislada, sino en ese totum revolutum con que hacen acto de presencia tanto en los momentos importantes como en la cotidianidad de cualquier persona, de cualquiera de nosotros. Y como extra, aquel volumen incluía otra obra más escrita un año antes, A Perfect Ganesh, una historia sobre dos amigas de viaje en la India que recuerdan cómo se sienten en deuda con sus hijos.

Tema que me recuerda a una de sus últimas creaciones, Mothers and sons (2013), el encuentro entre una mujer que perdió a su único hijo por culpa del sida y quien fuera su pareja, dolida porque él haya rehecho su vida y ella siga anclada al vacío en que la ha anclado su muerte. La culpa se ha adueñado de esa madre que despreció a su vástago décadas atrás por ser homosexual, remordimiento que le impide aceptar que su viudo haya sido capaz de continuar sin olvidarse del hombre al que amó. Un trasfondo cristiano en el que McNally había profundizado ya en Corpus Christi (1997), libreto en el que a partir de un asesinato homófobo se traslada hasta la biografía de Jesucristo planteándose cómo habría sido recibido su mensaje y su misión de haber sido, tanto él como sus apóstoles, homosexuales.

En el terreno de la comedia es imposible no sonreír recordando Frankie y Johny en el claro de luna (1987), el encuentro de dos solitarios con pavor a entregarse, a amar y ser amados por el pánico que les produce la idea de no ser aceptados por su pasado o sus inseguridades o, peor aún, sentirse maltratados al no ser correspondidos o verse abandonados. Ni sé la de veces que he visto la película (también escrita por él) protagonizada por Michelle Pfeiffer y Al Pacino, pero no dejo de imaginar lo grande que tuvo que ser su representación en el off-Broadway neoyorkino contando con Kathy Bates y F. Murray Abraham como pareja protagonista.

Otro tanto sucede con It´s only a play (1985), vodevil sobre cómo se vivía el tiempo de espera entre el estreno de una función y la publicación de las primeras críticas en la prensa escrita cuando no existían internet ni las redes sociales. Una locura de personajes, enredos y absurdos perfectamente coreografiada, con un ritmo tan sin descanso como las sonrisas que provocan, revelando con ironía y acidez la trastienda de egos, materialismos e intereses de todo tipo del mundo teatral.

The Lisbon Traviata (1989) es otro de esos títulos que permanece grabado en mi memoria. Dos amigos intercambian grabaciones en vinilo de óperas, incluyendo algunas no oficiales, como la de La Traviata de Verdi que Maria Callas realizó en Lisboa en 1957. Un libreto que trata sobre la esencia de la amistad y el después del amor con el trasfondo del repliegue social al que vio obligada la comunidad homosexual en el Nueva York de finales de los 80 por el clima social de culpabilización que generó el VIH. Un texto en el que se menciona, incluso, a Almodóvar y un hecho, el de la Callas actuando en el Teatro Don Carlo, que en ocasiones le mencionaba a mi amigo Rafa, melómano como pocos. Cuál fue mi sorpresa cuando en el verano de 2018 me encontré con dicha grabación (en cd, son otros tiempos) caminando por Chiado y pude regalárselo en uno de nuestros últimos encuentros.

McNally volvería a Maria Callas en 1995 en el que es uno de sus títulos más grandes, Master Class. En él fantasea convirtiendo a la diva de la ópera, ya retirada de los escenarios, en una exigente profesora que repasa los sacrificios que ha de hacer, así como las habilidades, competencias y capacidades que ha de tener, una figura del bel canto para dar cada día a su público más de lo que éste espera. En algún momento he leído que se estaba preparando una adaptación cinematográfica con Meryl Streep. Veremos. Hasta entonces me quedo con la vibrante impresión que dejó en mis retinas Norma Aleandro interpretando este fantástico papel en 2013 en los Teatros del Canal de Madrid.

Desde que le conocí he leído sobre él, los premios que ha recibido y su labor como activista, tomando buena nota de lo que transmitía sobre el reconocimiento de nuestras emociones y los deberes que tenemos con todos los demás como miembros de una misma y única sociedad que somos. Me quedan muchas obras suyas que leer por primera vez y volveré a releer las ya conocidas.

Muchas gracias Terrence McNally por lo que nos diste, muchas gracias por el legado que nos dejas.  

(Fotografía tomada de Allarts.org)

“Solo nos queda bailar”, el precio de ser libres

Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Por un euro, cosas a las que un joven puede dedicar su tiempo en Georgia. Trabajar, beber, fumar, dormir… ¿Algo más? Sí, si tiene algún tipo de inspiración artística, como es la danza, practicar hasta hartarse. Haciendo de ello una manera de pasar el día, de socializar con los compañeros, de optar, si hay suerte, a convertirse en un profesional y entonces sentir que se dedica a algo más que llegar a final de mes y tener una familia como manera de escribir en tercera persona su biografía.

Ese es el día a día del joven Merab, con la paradoja de que el lugar donde más feliz es, la sala de ensayos, es también donde el sistema alienante de la cultura, la ciudad y el país en el que se ha criado se hace más férreo, duro e intransigente. Exigiéndole no solo que sea un bailarín excepcional, con una técnica perfecta y una expresividad elegante, sino que personifique constantemente la hombría, masculinidad y poderío que se le presupone a los georgianos del género masculino. Un retrato social que Levan Arkin expone con alma de fotorreportero. Como si fuera un Doisneau o un Cartier Bresson, con encuadres aparentemente cotidianos, pero en los que su mirada fija en la pantalla lo que hay de extraordinario, diferente y único en las personas a las que sigue, la luz y el deseo que albergan dentro de sí.

Unas ganas de libertad, de vivir y de ser que se da de bruces con una sociedad en la que está marcado con quién y cuándo estar, qué y cómo hacer. Lo interesante y lo apreciable de Solo nos queda bailar es que su drama no está en el hecho de ser homosexual, sino en el de no ser un hombre heterosexual que busca tener un trabajo estable, una mujer con la que dormir cada noche y unos hijos que reconfirmen su papel como el eslabón de una dinastía familiar. Pero aún así, los impulsos y los deseos encuentran donde fijarse y materializarse, y ahí es donde surge el personaje de Irakli y la química, la comunicación y el diálogo corporal, verbal y visual entre Levan Gelbakhiani y Bachi Valishvili resulta tan intensos y desconcertantes como el amor, unas veces magia, otras dolor.

A partir de ese momento la película gana en intensidad y en registros. A su capacidad narrativa suma un potencial de poesía que llena su relato de emociones y sensaciones en un a flor de piel de los personajes a los espectadores de ida y vuelta. Nos funde a todos en ese maremágnum entre el vértigo y la incertidumbre que está experimentando Merab, en su proceso de aceptación y entrega a lo que le está pasando, en resoluciones visuales tan efectivas como el baile al ritmo de Robyn o maestras como el plano secuencia de la boda. Pero más allá de este saber hacer y de la eficacia con que su director y guionista maneja los recursos técnicos y expresivos con que cuenta, está el resultado tan honesto, íntegro, humano e inspirador que consigue.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“A quick nut bread to make your mouth water” de William M. Hoffman

Los pasos a seguir para hacer un pan de nueces que nos haga la boca agua son los mismos que pautan esta obra para llevarnos por un camino absolutamente emocional. Sus tres protagonistas se ofrecen a trasladarnos a los lugares que seamos capaces de descubrir dentro de nosotros mismos. Una psicodelia hippie marcada por el ánimo rompedor de las convenciones formales de finales de los años 60.

A Quick Nut Bread To Make Your Mouth Water.jpg

He intentado dar dos lecturas completas a esta obra y en ambas ocasiones he sido incapaz de mantener de manera prolongada mi atención sobre sus páginas. Mi mente escapaba de las palabras escritas en una mezcla de estupor y evasión que me hacía plantearme si es que la propuesta de Hoffman no me enganchaba, no me gustaba o estaba generando en mí una incomodidad deliberadamente intencionada por su parte.

A quick nut bread no está planteada para que su representación le sea fiel, sino que –tal y como explica su autor en su prólogo, publicado en 1969- su propuesta ha de ser tomada como un punto de partida a partir del cual crear una puesta en escena totalmente improvisada. Tanto en cuestiones de fondo, intervenciones musicales en directo o grabadas, como en aquellos pasajes en que sus diálogos entran en bucles de obsesiva repetición, adoptando incluso la forma de mantras sánscritos. Únase a esto el estupor que generan los saltos argumentales que dan las conversaciones de sus personajes, destrozando completamente cualquier intento de crear y transmitir una línea narrativa.

Dos hombres y una mujer que parecen estar realizando no se sabe si un ejercicio de síntesis pop, quizás de experimentación LSD, o puede que un juego de ruptura con lo lógico-mental que nos estructura como individuos y nos permite relacionarnos como miembros de un grupo social. En cualquier caso, algo a lo que no estamos habituados y que nos exige ser capaz de dejarnos llevar, liberarnos de nosotros mismos para comprobar y experimentar las sensaciones a las que nos traslada.

Algo más fácil de lograr en una función en vivo que a través del texto. La primera puede conseguirlo gracias al sentido de la vista y del oído y del reflejo que ambos sean capaces de causar en nuestra piel, del poder de persuasión y la evocación que genere su montaje. Pero frente a las palabras, sin ningún intermediario entre ambos, A quick nut bread to make your mouth water es árida, resulta ardua, más que hacerte la boca agua, te deja la garganta seca y casi muerto de sed.

Amor, sexo, afecto, violencia, religión y espiritualidad se combinan en una sucesión de automatismos, absurdos, surrealismos y aparentes incoherencias cuyo fin real es el de desorientarnos para trasladarnos a un lugar interior que no se puede identificar con unas coordenadas concretas, sino más bien por la ausencia de estas, de cualquier conexión con nuestra realidad. Un estado emocional seguro que diferente en cada lector o espectador, pero que a mí me resulta desagradablemente inquietante, alienante incluso, nada motivador por su falta de paz y equilibrio.

A quick nut bread to make your mouth water, William M. Hoffman, 1969, The Old Reliable Press.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick

Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

ApegosFeroces.jpg

Cuando miramos atrás, la tendencia inherente a la mayoría de los seres humanos suele ser la de articular un discurso que, sin negar las sombras, muestre un balance positivo de nuestra personalidad, acciones y aportación a las relaciones que hayamos tenido a lo largo de la vida. Pero hay quien tiene valor, le echa agallas al asunto y se pone a escribir no para construir o alimentar el personaje público que aún puede ser, sino con voluntad de poner orden en su interior y de compartirlo públicamente. No con ánimo exhibicionista, sino para comprobar qué forma toma aquello que se ha llevado tan dentro como ocultamente y asumirlo con todas las consecuencias.

Eso es lo que hizo Vivian Gornick en 1987 cuando publicó Apegos feroces. Directa desde la primera línea, no hay nada que sea únicamente exterior en sus asertivas descripciones y acertadas narraciones. Todo cuanto expone está impregnado de una doble mirada, la de aquel momento en que lo vivía y la de este en que lo rescata de su pasado. Así es como va dando forma al hilo narrativo que nos guía en este viaje que no es solo un transcurso lineal del tiempo y un proceso de evolución personal,  sino también un valiente ejercicio de catarsis espiritual.

La fuerza de su prosa hace que esta se vaya inoculando dentro de nosotros, extendiéndose por todos los rincones de nuestra persona, haciendo que nos situemos junto a ella frente al espejo de la verdad. Ese ante el que somos jueces y parte de nosotros mismos, verdugos y víctimas de nuestras acciones, en el que no hay medias tintas. La única posibilidad, no ya de salir fortalecidos, sino de dejar de herirnos, engañarnos y confundirnos, es mirarnos a nuestros propios ojos, sostenernos la mirada y aceptar los límites e incapacidades que vemos, asumir los errores que hemos cometido, pedir perdón por el daño que podamos haber causado y excusar a los que nos hirieron.

Así es como entendemos esa locura que es querer a su madre, al tiempo que mantiene con ella una eterna lucha de titanes, de resistencia durante la infancia, de confrontación después y de intento de conciliación en la actualidad. Esta es la gran sombra que se cierne sobre todas las vivencias de Vivian, como la de su admiración por la sensualidad con que actúa su vecina Nettie mientras ella nunca ha sido capaz de comportarse de semejante manera. Y la que le lleva a paradojas como ser una ferviente crítica de la construcción social del amor mientras lo anhela en las relaciones afectivas que establece con diferentes hombres a lo largo de los años.

Todo ello con el escenario de fondo de Nueva York, una urbe tan diversa como disfuncional concretada en el edificio en el que vivían en un Bronx multiétnico (italianos, polacos, rusos, hispanos, judíos,…) cuando Vivian era niña y en las calles y avenidas de Manhattan en las que, madre e hija, pasean en la actualidad.

Apegos feroces, Vivian Gornick, 2017. Sexto Piso Editorial.

“Secretos de un matrimonio” de Ingmar Bergman

El guión de una teleserie convertido en un libreto teatral genial sobre los motivos y la esencia de las relaciones de pareja concebidas como proyecto de vida bajo la convención del matrimonio. Dos personajes que se expresan y se muestran tal y como son capaces de ser en cada momento de su vínculo, desde el desconocimiento y la ilusión inicial a la experiencia, la aceptación y la capacidad de ser honestos de mucho tiempo después.   

Tiempo atrás asistí a una adaptación teatral de esta obra dirigida por una grande de la escena y un actor que participa en películas ganadoras de Oscar. No me gustó. Lo que vi estaba planteado como una comedia ligera, pero lo que escuchaba me transmitía mucho más que costumbrismo y guerra de sexos, así que para comprobarlo me fui al texto original (1973) de Ingmar Bergman (1918 – 2007). Cineasta archiconocido, pero también escritor de dos títulos que recuerdo de manera especial, la novela Las mejores intenciones (1991) y Lámpara mágica (1987), sus memorias. En ambos demuestra una gran capacidad para ahondar en las relaciones humanas y exponer con claridad la conexión llena de quiebros, distancias y lagunas entre lo que sentimos y lo que mostramos.

Una realidad que consideramos lógica cuando nos es ajena, pero que negamos cuando nos afecta. Y ahí es donde Bergman da en el clavo en Secretos de un matrimonio. Su relato sobre cómo evoluciona la relación de Johan y Marianne, 42 y 35 años, resulta lógico y cercano. Su estructura es sólida y es inevitable no proyectarse en lo que expone con su escritura, ya sea para releer nuestro pasado, contrastar el presente en el que estamos o imaginar las diferencias que algún día podamos encontrar entre el futuro que deseamos vivir y el que realmente hemos construido.

Secretos comienza situándonos, él y ella posando para una revista y reunidos poco después con otros amigos que con sus gritos y manifestaciones de odio recíprocas parecen ser su antítesis. Pero los polos opuestos se atraen y lo que sigue es el inicio de un viaje que nos lleva de la imagen que aparentamos y nos creemos, a la realidad que somos y debemos aceptar. Primero dejándose llevar por la educación recibida, después buscando el conocerse a través de la introspección para finalmente llegar, más de una década después, a la madurez mediante la reflexión.

Un recorrido anímico y emocional que acaba en los años 70 habiendo tratado abiertamente temas como el aborto y la sexualidad antes y después y dentro y fuera del matrimonio. Reflexiones que van y vienen, variando la conclusión según el momento, para converger en la de qué es, qué conlleva y qué aporta el amor y su complementario, que no opuesto, el desamor. Si es algo que apela a nuestra razón, a nuestro corazón o a ambos a la vez. Si es una entelequia creada para frustrarnos o un estadio vital al que podemos aspirar como medio para desarrollarnos individualmente y crecer acompañado por ese otro u otra al que llamamos compañero o compañera de vida.

La libertad intelectual, moral y espiritual con que Bergman expresa y transmite sus reflexiones al respecto es total e incluso hoy, casi medio siglo después -y dejando al margen las cuestiones culturales de la Suecia en que vivió y el ambiente luterano en que creció-, su claridad para hilvanarlo dentro de una ficción, difícilmente superable.

Secretos de un matrimonio, Ingmar Bergman, 1973, Tusquets Editores.