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La seducción de “Llámame por tu nombre”

El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto. La sensualidad de lo corporal. La inevitabilidad de las emociones, la espontaneidad de su vivencia, lo que son y en lo que pueden llegar a convertirse. La lucha entre la aceleración que pide la ilusión y el ritmo tranquilo de la naturaleza.

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James Ivory sacudía la cartelera cada vez que estrenaba una película como director, Regreso a Howards End, Lo que queda del día, Maurice, Una habitación con vistas,… La exquisitez y sensibilidad con que trasladaba a la pantalla la esencia de las emociones, el proceso que va desde que se encienden hasta que lo inundan todo, era de una sutileza, elegancia y finura total. Así es también el guión con el que ha adaptado la novela de André Aciman –inevitable ahora desear leerla si no lo has hecho antes- y que Luca Guadagnino ha convertido en una cinta que merece los mismos calificativos.

El verano de Llámame por tu nombre es adolescente, sin fecha de inicio ni final, sin obligaciones, dedicado a disfrutar de lo que motiva –la música, la lectura- y a compartir con los que te rodean sin más horarios que los que marca el paso del tiempo siguiendo la trayectoria del sol de este a oeste. Todo se ve impreso por una fuerza que obliga a relajar el ritmo vital y a mimetizarse con la naturaleza, liberar al cuerpo de la mente que le acompaña y dejarse fluir y llevar tanto por los estímulos que nos apelan como por las pulsiones que nacen de nuestro desconocido interior.

Así es el estío italiano de 1983 para el joven Elio en que el apuesto Oliver se convierte en el alumno de su padre, en el vecino de la habitación de al lado, en la tentación que le desata y en un quiero y no puedo, puedo y no sé, sé y no me atrevo al que su objeto de deseo le responde provocándole con su sola presencia, intencionadamente unas veces, sin proponérselo otras muchas. Pero en todo caso motivándole a adentrarse en ese espacio de búsqueda y entrega que son los impulsos, el deseo por materializar su carnalidad y la atracción por algo que va más allá de esta.

Unas coordenadas en las que introducirse sin conocimiento alguno, en las que los padres no intervienen con guías morales, pero sin miedo, con libertad en la pausa de las noches tórridas y en el gris de las tardes de tormenta, bañándose acompañado por una excepcional banda sonora en pozas frescas y llegando en bicicleta hasta las pequeñas localidades vecinas, reír, sudar, llorar, comer jugosos albaricoques y conocer, tocar, besar y abrazarse al aquí y ahora, al carpe diem de la corporeidad de la escultura clásica.

Espontaneidad, naturalidad y una sobresaliente sensualidad en la que los paisajes complementan con su preciosismo las personalidades, comportamientos y cuerpos de Elio y Oliver. Dos sólidos personajes llenos de verosimilitud y credibilidad, con una química absoluta entre ellos gracias al fantástico trabajo de Timothée Chalamet y Armie Hammer. Secuencias magistrales como una de las conversaciones entre padre e hijo, las nocturnidades monumentales o el largo plano final. Ver Llámame por tu nombre implica ser inevitablemente seducido y quedar felizmente marcado.

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10 películas de 2017

Cintas españolas y estadounidenses, pero también de Reino Unido, Canadá, Irán y Suecia. Drama, terror y comedia. Aventuras originales y relatos que nacieron como novelas u obras de teatro. Ficciones o adaptaciones de realidades, unas grabadas en el corazón unas, otras recogidas por los libros de Historia. Ganadoras de Oscars, Césars o BAFTAs o nominadas a los próximos Premios Goya. Esta es mi selección de lo visto en la gran pantalla este año.

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Solo el fin del mundo“. Sin rodeos, sin adornos, sin piedad, sin límites, una experiencia brutal. Dolan va más allá del texto teatral del que parte para ahondar en la (in)consciencia de las emociones que tejen y entretejen las relaciones familiares. Las palabras cumplen su papel con eficacia, pero lo que realmente transmiten son los rostros, los cuerpos y las miradas de un reparto que se deja la piel y de una manera de narrar tan arriesgada y valiente como visualmente eficaz e impactante.

La ciudad de las estrellas (La La Land)“. El arranque es espectacular. Cinco minutos que dejan claro que lo que se va a proyectar está hecho con el corazón y que nos hará levitar sin límite alguno. La la land está lleno de música con la que vibrar, la magia de las coreografías y la frescura de las canciones consiguen que todo sea completo y felizmente intenso y la belleza, la fantástica presencia y la seducción que transmiten Ryan Gosling y Emma Stone que fluyamos, bailemos, soñemos y nos enamoremos de ellos ya para siempre.

Moonlight“. Un guión muy bien elaborado que se introduce en las emociones que nos construyen como personas, señalando el conflicto entre la vivencia interior y la recepción del entorno familiar y social en el que vivimos. Un acierto de casting, con tres actores –un niño, un adolescente y un adulto- que comparten una profunda mirada y una expresiva quietud con su lenguaje corporal. Una dirección que se acerca con respeto y sensibilidad, manteniendo realismo, credibilidad y veracidad al tiempo que construye un relato lleno de belleza y lirismo.

El viajante“. Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio entre el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Verano 1993“. El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

Dunkerque“. No es una película bélica al uso, no es una representación más de un episodio de la II Guerra Mundial. Christopher Nolan deja completamente de lado la Historia y se sumerge de lleno en el frente de batalla para trasladar fielmente al otro lado de la pantalla el pánico por la invisibilidad de la amenaza, la ansiedad por la incapacidad de poder salir de allí y la angustia de cada hombre por la incertidumbre de su destino. Un meticuloso y logrado ejercicio narrativo que sorprende por su arriesgada propuesta, abduce por su tensión sin descanso y arrastra al espectador en su lucha por el honor y la supervivencia.

Verónica“. Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

Detroit“. Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

The square“. Esta película no retrata el mundo del arte, sino el de aquel que nos dice y cuenta qué es el arte. Dos horas y media de ironía, sarcasmo y humor grotesco en las que se expone la falsedad de esas personas que se suponen sensibles y resultan ególatras narcisistas.  Una historia que muestra entre situaciones paradójicas y secuencias esperpénticas el lado más ruin de nuestro avanzado modelo de sociedad.

Tierra de Dios“. Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

Emocionante “Tierra de Dios”

Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

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Por su título en español podría parecer que esta es una película en la que la religión tiene algo que ver. Nada más alejado de la realidad, God’s own country es ese territorio en el que las relaciones humanas se basan en el afecto, la cercanía y la empatía y donde no tienen cabida los prejuicios, el egoísmo o los fines individuales. Pero este no es un lugar que se pueda delimitar con unas coordenadas geográficas, no es necesario viajar para llegar a él. Basta con actuar con consideración, con cariño y con respeto por los demás para verse habitándolo. Uno de sus residentes es el rumano Gheorge, un joven apuesto que acude hasta la campiña de Yorkshire buscando una oportunidad laboral en sus granjas. Allí comienza a trabajar con Johnny, alguien que está en una dimensión interior completamente opuesta.

Hasta aquí un guión muy bien definido que comienza a crear un relato cuyo ritmo visual es el del tranquilo, pero potente, latido del corazón de sus personajes. A partir de este momento un trabajo de dirección que imprime en los espectadores de Tierra de Dios la actitud que sus protagonistas tienen hacia lo que les sucede, la sensibilidad con la que fluyen con la vida, la robustez para no dejarse avasallar por lo no deseado, la resistencia ante los obstáculos y la aridez de quien se niega a aceptar su incapacidad.

Sin embargo, lo que inicialmente parece ser diferente y opuesto resulta ser complementario, tal y como sucede entre Gheorge y Johnny. El rechazo y la rabia que el segundo vierte sobre el primero no son más que una proyección de su incapacidad de aceptar y tolerar sus frustraciones, siendo una de ellas la de manifestar su deseo de amar y ser amado, gozar y ser gozado en lugar de comportarse como un autómata sexual que nunca acaricia, besa o abraza. Hasta que un día comienzan a compartir horas en una soledad alejada de toda comodidad que arrasa con los límites y barreras que pudiera haber entre ellos. La mano tendida del recién llegado da rienda suelta en el prisionero de sus coordenadas familiares a un torrente de sensaciones y respuestas nunca antes conocidas que irá tomando forma a medida que cree y encuentre su cauce.

Entonces la cinta de Francis Lee alcanza una nueva dimensión. El valle rocoso de la tensión del choque de personalidades inicial desemboca en una llanura en la que con un tempo espontáneo y producto de su presente, comienza a explorarse lo que sucede cuando ambas se abren, se muestran y se comparten recíprocamente en un carpe diem que no excluye, pero que no se plantea el destino al que ese viaje les llevará. El resultado es una película más profunda, valiente, íntima y sensible, resultando más certera y auténtica, única.

Algo que es labor también, sin duda alguna, de su pareja protagonista, la viva encarnación de lo que dicen que en ocasiones es el amor, atracción invisible, química. Eso es lo que transmiten y derrochan Josh O´Connor y Alec Secareanu incluso cuando no están juntos, cuando no comparten plano se puede llegar a sentir en la piel como a cada uno de ellos le falta el otro. Ese es el espíritu de Tierra de Dios, tanto del concepto como de esta versión cinematográfica del mismo.

“The Lisbon Traviata” de Terrence McNally

Una grabación no oficial de Maria Callas es la excusa que detona el ágil repaso que en el primer acto hacen Mendy y Stephen de su agridulce amistad, así como de la manera que tiene cada uno de ellos de posicionarse ante el amor. A continuación Terrence McNally nos introduce sin piedad alguna en la triste, desgarrada y dolorosa realidad de la relación de pareja de Stephen con Mike. Un texto brillante, excesivo en sus pasajes operísticos y sobrio en los emocionales, pero siempre equilibrado en su retrato de una parte de la realidad homosexual de finales de la década de 1980.  

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Mendy ha de tener siempre la última palabra. No hay ocasión en que no haya un detalle que solo él es capaz de ver y que hace que considere inferior a quien no se percate de él. Por su parte, Stephen disfruta sabiendo, saborea el instante consigo mismo, dialoga sobre aquello que recuerda del pasado, que vive en el presente o que imagina sobre el futuro. Quizás esto explica por qué el conato amoroso que tuvieron tiempo atrás nunca se materializó y por qué ahora son capaces de conversar y tenerse en cuenta, aunque no lo parezca al no ponerse nunca de acuerdo.

El diálogo entre ellos es rápido, veloz, aparentemente sutil por servirse de la ópera –obras, autores, intérpretes y, sobre todo, el personaje de María Callas- como base para su desarrollo y argumentación. Pero en realidad McNally es muy claro y directo en su objetivo que es mostrar en un rato entre amigos de una noche cualquiera, distintas maneras de concebir y vivir el amor entre la comunidad masculina homosexual de una gran ciudad occidental como es Nueva York. Primero expone la fachada, el deseo de enamorarse de un hombre de consolidada madurez y la satisfacción de vivir esa realidad por otro unos años más joven que él.

Pero el autor de Corpus Christi o Mothers and sons no se queda ahí y ahonda para dar respuesta a lo que ninguno está dispuesto a admitir, pero que escuchan en boca del otro, que el primero se sabotea –haciendo culpables a los demás- y que el segundo se engaña a sí mismo –abanderando y promulgando valores en los que no cree-.

Estamos en la isla de Manhattan, en 1988 o 1989 (año de estreno de The Lisbon Traviata), en un Nueva York siempre culturalmente efervescente –justo cuando se estrenaba entonces la última película de Pedro Almodóvar-, cuando todavía mueren muchos hombres homosexuales a causa del SIDA, otros tantos esconden su orientación sexual en matrimonios heterosexuales y se disfraza como pareja abierta y libertad sexual el miedo a la soledad.

Este amargo panorama exterior e interior es el que hace que Stephen busque el conflicto con Mike cuando rompe el acuerdo entre ambos y llega a casa antes de la hora establecida. Es entonces cuando lo ya sabido, la existencia de un tercero, pasa de ser algo conocido y tolerado a real e incompatible y todo el edificio de palabras, justificaciones y virtudes impostadas se cae dejando patente que el amor había llegado a su fin hace tiempo, desde el momento en que el afecto tornó en dolor y el cariño en ceguera y rechazo.

En ese momento queda también claro el papel protagonista que la música tiene en esta obra, ya sea comentada, expuesta –como el vinilo de George Michael que descubre incrédulo en su casa el melómano Stephen- o escuchada de manera continua –formando una potente banda sonora-. Su papel es el de hacernos evitar el silencio que revela la tristeza y el vacío existencial en que vivimos.

“Manuel Bergman” de Pablo Herrán de Viu

La necesidad de encontrarte a ti mismo, de encajar en un lugar que no son solo unas coordenadas físicas y el canibalismo económico de la ciudad de Nueva York. Un triple relato en primera persona perfectamente encajado, con un estilo sobrio y directo, creador de atmósferas ambientales y emocionales que rebosan autenticidad. Una historia moderna y actual, que se vive en tiempo real,en la que el desconcierto convive con la determinación y el shock con la capacidad de no juzgar.

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Jorge estudió para formarse en una profesión que aspiraba a que se convirtiera en su manera de ganarse la vida. Se fue a Nueva York para encontrar lo que aún está buscando. Se enamoró y se dio cuenta de que el amor le enriqueció, pero también le robó aquello que no concebía que podía perder, su objetivo de convertirse en guionista cinematográfico. Quizás porque aún no se conoce tanto como él se cree. Nada es lo que parece y lo que creía que era resulta no ser. Toda evolución conlleva un período de crisis. El quiere lograr lo primero y por eso le abre la puerta a lo segundo. Lo que no sabe es que lo que le espera al otro lado no es un camino con opción a volver, sino un precipicio que le aboca a un salto al vacío en el que se convierte en Manuel Bergman.

Sin querer mirar a lo lejos para no perder la conexión con el aquí y ahora, y sin ser capaz de ver más allá de lo inmediato, así es el relato que Pablo Herrán de Viu nos cuenta a través de la primera persona de Jorge. Pero sin angustias escapistas ni dramas emocionalmente expansivos, su narrativa es fiel a la situación en la que se encuentra su personaje. Veinteañero e independiente, queriendo encontrar, hacerse un sitio en el mundo, pero también solo y con el dinero justo para sobrevivir en el corto plazo, lo que hace que nos resulte alguien conocido y cercano, con quien podemos identificarnos.

Lo que le sucede a Jorge y a Manuel es de lo más neoyorquino, esa ciudad americana que es también capital del mundo y en la que viven personas, colectivos, grupos y sociedades de toda clase y condición. En ella, como en los títulos de Paul Auster –Trilogía de Nueva York, La noche del oráculo o Brooklyn Follies, entre otras- la cotidianeidad no está basada en unas reglas metódicamente estructuradas, compartidas y respetadas por todos, sino en una convivencia en la que lo mismo se comparte piso con ciudadanos bielorrusos que se vive a tres calles de una comunidad hebrea. Las páginas de Manuel Bergman reflejan con precisas descripciones y claros diálogos la autenticidad de ese escenario tridimensional en el que todo parece estar al alcance de la mano. Sin embargo, la realidad es que el abrumador urbanismo de los rascacielos y la múltiple oferta del capitalismo originan más espejismos sobre nuestras ambiciones e ilusiones que cualquier desierto.

La soledad -fantástico el personaje de Eve- y la cosificación del cuerpo -todo lo que sucede en el piso de la calle 58 es brillante- son dos de los escenarios que Herrán de Viu explora en profundidad para hacernos ver el exigente precio que exige, y las consecuencias que puede conllevar, materializar promesas que nadie nos hizo, pero que aun así nos comprometemos a alcanzar. Su narrativa se hace más profunda y lograda cuando introduce a sus personajes en estos territorios, cuando se desprende de aquello que le retiene en el mundo de lo habitual. Alcanza nuevas cotas al sumergirse en lo hasta entonces desconocido, en aquello a lo que ha de darle forma y presencia para, interactuando con ello, ver cómo les afecta, les transforma y les traslada a otras dimensiones dentro de ellos mismos. Un recorrido en el que Jorge crece y se desarrolla y su alter ego, Manuel Bergman despliega y materializa toda su fuerza y potencial literario.