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“The Lisbon Traviata” de Terrence McNally

Una grabación no oficial de Maria Callas es la excusa que detona el ágil repaso que en el primer acto hacen Mendy y Stephen de su agridulce amistad, así como de la manera que tiene cada uno de ellos de posicionarse ante el amor. A continuación Terrence McNally nos introduce sin piedad alguna en la triste, desgarrada y dolorosa realidad de la relación de pareja de Stephen con Mike. Un texto brillante, excesivo en sus pasajes operísticos y sobrio en los emocionales, pero siempre equilibrado en su retrato de una parte de la realidad homosexual de finales de la década de 1980.  

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Mendy ha de tener siempre la última palabra. No hay ocasión en que no haya un detalle que solo él es capaz de ver y que hace que considere inferior a quien no se percate de él. Por su parte, Stephen disfruta sabiendo, saborea el instante consigo mismo, dialoga sobre aquello que recuerda del pasado, que vive en el presente o que imagina sobre el futuro. Quizás esto explica por qué el conato amoroso que tuvieron tiempo atrás nunca se materializó y por qué ahora son capaces de conversar y tenerse en cuenta, aunque no lo parezca al no ponerse nunca de acuerdo.

El diálogo entre ellos es rápido, veloz, aparentemente sutil por servirse de la ópera –obras, autores, intérpretes y, sobre todo, el personaje de María Callas- como base para su desarrollo y argumentación. Pero en realidad McNally es muy claro y directo en su objetivo que es mostrar en un rato entre amigos de una noche cualquiera, distintas maneras de concebir y vivir el amor entre la comunidad masculina homosexual de una gran ciudad occidental como es Nueva York. Primero expone la fachada, el deseo de enamorarse de un hombre de consolidada madurez y la satisfacción de vivir esa realidad por otro unos años más joven que él.

Pero el autor de Corpus Christi o Mothers and sons no se queda ahí y ahonda para dar respuesta a lo que ninguno está dispuesto a admitir, pero que escuchan en boca del otro, que el primero se sabotea –haciendo culpables a los demás- y que el segundo se engaña a sí mismo –abanderando y promulgando valores en los que no cree-.

Estamos en la isla de Manhattan, en 1988 o 1989 (año de estreno de The Lisbon Traviata), en un Nueva York siempre culturalmente efervescente –justo cuando se estrenaba entonces la última película de Pedro Almodóvar-, cuando todavía mueren muchos hombres homosexuales a causa del SIDA, otros tantos esconden su orientación sexual en matrimonios heterosexuales y se disfraza como pareja abierta y libertad sexual el miedo a la soledad.

Este amargo panorama exterior e interior es el que hace que Stephen busque el conflicto con Mike cuando rompe el acuerdo entre ambos y llega a casa antes de la hora establecida. Es entonces cuando lo ya sabido, la existencia de un tercero, pasa de ser algo conocido y tolerado a real e incompatible y todo el edificio de palabras, justificaciones y virtudes impostadas se cae dejando patente que el amor había llegado a su fin hace tiempo, desde el momento en que el afecto tornó en dolor y el cariño en ceguera y rechazo.

En ese momento queda también claro el papel protagonista que la música tiene en esta obra, ya sea comentada, expuesta –como el vinilo de George Michael que descubre incrédulo en su casa el melómano Stephen- o escuchada de manera continua –formando una potente banda sonora-. Su papel es el de hacernos evitar el silencio que revela la tristeza y el vacío existencial en que vivimos.

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“Manuel Bergman” de Pablo Herrán de Viu

La necesidad de encontrarte a ti mismo, de encajar en un lugar que no son solo unas coordenadas físicas y el canibalismo económico de la ciudad de Nueva York. Un triple relato en primera persona perfectamente encajado, con un estilo sobrio y directo, creador de atmósferas ambientales y emocionales que rebosan autenticidad. Una historia moderna y actual, que se vive en tiempo real,en la que el desconcierto convive con la determinación y el shock con la capacidad de no juzgar.

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Jorge estudió para formarse en una profesión que aspiraba a que se convirtiera en su manera de ganarse la vida. Se fue a Nueva York para encontrar lo que aún está buscando. Se enamoró y se dio cuenta de que el amor le enriqueció, pero también le robó aquello que no concebía que podía perder, su objetivo de convertirse en guionista cinematográfico. Quizás porque aún no se conoce tanto como él se cree. Nada es lo que parece y lo que creía que era resulta no ser. Toda evolución conlleva un período de crisis. El quiere lograr lo primero y por eso le abre la puerta a lo segundo. Lo que no sabe es que lo que le espera al otro lado no es un camino con opción a volver, sino un precipicio que le aboca a un salto al vacío en el que se convierte en Manuel Bergman.

Sin querer mirar a lo lejos para no perder la conexión con el aquí y ahora, y sin ser capaz de ver más allá de lo inmediato, así es el relato que Pablo Herrán de Viu nos cuenta a través de la primera persona de Jorge. Pero sin angustias escapistas ni dramas emocionalmente expansivos, su narrativa es fiel a la situación en la que se encuentra su personaje. Veinteañero e independiente, queriendo encontrar, hacerse un sitio en el mundo, pero también solo y con el dinero justo para sobrevivir en el corto plazo, lo que hace que nos resulte alguien conocido y cercano, con quien podemos identificarnos.

Lo que le sucede a Jorge y a Manuel es de lo más neoyorquino, esa ciudad americana que es también capital del mundo y en la que viven personas, colectivos, grupos y sociedades de toda clase y condición. En ella, como en los títulos de Paul Auster –Trilogía de Nueva York, La noche del oráculo o Brooklyn Follies, entre otras- la cotidianeidad no está basada en unas reglas metódicamente estructuradas, compartidas y respetadas por todos, sino en una convivencia en la que lo mismo se comparte piso con ciudadanos bielorrusos que se vive a tres calles de una comunidad hebrea. Las páginas de Manuel Bergman reflejan con precisas descripciones y claros diálogos la autenticidad de ese escenario tridimensional en el que todo parece estar al alcance de la mano. Sin embargo, la realidad es que el abrumador urbanismo de los rascacielos y la múltiple oferta del capitalismo originan más espejismos sobre nuestras ambiciones e ilusiones que cualquier desierto.

La soledad -fantástico el personaje de Eve- y la cosificación del cuerpo -todo lo que sucede en el piso de la calle 58 es brillante- son dos de los escenarios que Herrán de Viu explora en profundidad para hacernos ver el exigente precio que exige, y las consecuencias que puede conllevar, materializar promesas que nadie nos hizo, pero que aun así nos comprometemos a alcanzar. Su narrativa se hace más profunda y lograda cuando introduce a sus personajes en estos territorios, cuando se desprende de aquello que le retiene en el mundo de lo habitual. Alcanza nuevas cotas al sumergirse en lo hasta entonces desconocido, en aquello a lo que ha de darle forma y presencia para, interactuando con ello, ver cómo les afecta, les transforma y les traslada a otras dimensiones dentro de ellos mismos. Un recorrido en el que Jorge crece y se desarrolla y su alter ego, Manuel Bergman despliega y materializa toda su fuerza y potencial literario.

Las “Bodas de sangre” de Lorca y Messiez

El verbo hecho carne. Que los diálogos y la poesía de Lorca no sean solo palabras sino también cuerpos que escupen escultóricamente el escenario con su presencia y lo modifican y llenan con el ritmo y la cadencia de sus movimientos y voces. Esta es la inteligente y arriesgada puesta en escena de Pablo Messiez que hace de Federico, sin alterar su forma y esencia, algo moderno y actual demostrando la fuerza y capacidad de ambos y la vigencia y universalidad del granadino.

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La luz del escenario del Teatro María Guerreo es cegadora. Arranca la función con una fuerza lumínica que deja claro que la escenografía de estas Bodas de sangre desempeña un papel más expresivo que costumbrista, es una atmósfera que sugiere, más que un contenedor necesario. Messiez no nos va a proponer un juego de oscuridades y sombras para mostrarnos la fuerza de las pulsiones y la irracionalidad de la pasión -ya sean una y otra producto del sexo, del corazón o de ambas a la vez- sino que todo ello va a ser bien visible y a estar siempre muy presente. El minimalismo blanco lo desnuda todo, los móviles recuerdan la pictórica abstracción espiritual de Mark Rothko y las brumosas atmósferas al óleo de Carmen Laffon, y el bosque de espejos intenciona amplificar la solemnidad, desnudez e intimidad romántica de la noche.

Cada línea de Federico es una sentencia que aúna antropología, etnografía y sociología de un tiempo que ya pasó, pero también de una cultura anterior y posterior a nosotros, de venganzas, vecindades, rencores y deseo de pasar página de la que sabemos que somos hijos, continuadores y responsables de su continua actualización y revitalización.

El director lo sabe y por eso ha sabido encajar en este banquete la modernidad de los tacones, los tejidos de raso, los colores chillones y las transparencias con una selección musical –flamenco, copla con aire pop o canción ligera italiana- que es la mejor alegoría de lo que es ser llevado por algo que no sabes definir, pero que pone en marcha el sinfín de tus emociones sin ser capaz de describir cómo o de dónde surgen, la pauta que siguen y el ritmo que las encadena.

Estas Bodas de sangre se han quitado el calificativo de obra maestra y han transformado su misticismo literario en una materialidad corpórea y carnal llena de una sensualidad sin remilgos sexuales. Las madres, los padres y los hijos, los esposos, los amigos y los amantes se sienten y se comunican no solo con las palabras y las miradas, sino también a través del tacto, de abrazos llenos de cariño y afecto y besos hambrientos y devoradores. Lenguaje actual que aleja a Lorca de la pátina conservadora de los que le referencian como un altavoz de la tradición y le convierten en aquello que derraman sus textos, en un elocuente y preciso altavoz, sin represión ni censura, de todo eso que en nuestros cuerpos toma forma entre la garganta y la pelvis pasando por el estómago y el corazón.

De ahí es de donde brotan las lágrimas, las risas, los gemidos, los llantos y los lamentos que se escuchan en este montaje lorquiano.

Bodas de sangre, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

Bonitas “cartas de amor”

Setenta años de misivas, desde que eran niños y tenían toda la vida por delante hasta las últimas palabras que se dirigieron dos adultos que fueron el uno para el otro, unas veces mucho y otras nada. Un intercambio postal que sobre el escenario se sucede como un dialogo ágil, sugerente, con momentos de humor y notas dramáticas a partes iguales. Palabras certeras cuyos significados y mensajes quedan amplificados por la maestra capacidad interpretativa de Julia Gutiérrez Caba y Miguel Rollán.

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No se llegan a mirar a los ojos en ningún momento. Cada uno de ellos está en su lado del escenario en un sofá leyendo las cartas que ha enviado al otro. Unas veces respondiéndose, otras prolongando lo escrito con anterioridad ante el silencio recibido. Confirmando con el tono de alguien que tiene ocho años la asistencia a una fiesta de cumpleaños, echándose en cara adolescentemente haberse besado con terceros, evitándose pero sin romper el lazo con los eufemismos de un adulto, confiándose con sinceridad en la madurez, buscándose sin pudor a la hora de mirar atrás,…

Por todos estos estadios, a lo largo y ancho de la geografía estadounidense y durante un largo período del siglo XX, pasa la relación entre Melissa y Andrew. Décadas que se inician en 1937 a lo largo de las cuales todo cambia y evoluciona, tanto sus personalidades y trayectorias –la educación, el trabajo, el estado civil, los hijos- como aquello que les une. Bajo el formato escrito, su comunicación deja claro que al principio su relación se desarrolla siguiendo las normas y pautas que mandan los cánones sociales para poco a poco llegar a ese punto medio y de difícil equilibrio y satisfacción entre la amistad, la confianza, el amor y la complicidad, entre aquello que quieren que sea y los que son capaces de conseguir que sea.

El diálogo epistolar trazado por A.R. Gurney y David Serrano poco a poco se va haciendo más profundo e íntimo, siendo también un ejercicio de reflexión individual que se comparte a modo de confesión y de entrega, trenzando un vínculo único no tiene nombre ni referente, pero que resulta único.  De la invisibilidad de entre las líneas que tan bien leen, encarnan y representan Julia Gutiérrez Caba y Miguel Rollán, brotan anhelos y deseos,  de la misma manera que surgen los miedos y frustraciones que los espectadores escuchamos, aunque ellos no los enuncien.

La sencilla escenografía de este montaje, ellos sentados y por detrás una muy acertada escenografía simulando un bosque de bombillas que poco a poco se van apagando, es el soporte perfecto para amplificar tanto el poder de las palabras como la capacidad de sus intérpretes. Su sola presencia hace que antes de que proyecten la voz y nos transmitan los significados concretos de sus parlamentos ya estemos inmersos en el momento narrativo y emocional que nos están relatando. Como si fueran una emisión radiofónica, estas Cartas de amor se pueden seguir también desde el patio de butacas con los ojos cerrados, disfrutando, notando dentro de ti, lo que son capaces de conseguir con su genio, técnica y talento estos dos maestros de la escena.

Cartas de amor, en el Teatro Maravillas (Madrid).

“Un perro” de Alejandro Palomas

El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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Las páginas se suceden con sensación de estar leyendo un relato en tiempo real. De tener sentado al otro lado de la mesa a un personaje de carne y hueso y mirada honda que se está percatando de lo que sucede a su alrededor, pero cuya atención y verdadero interés está navegando por coordenadas que, a pesar de estar relacionadas con el aquí y el ahora, se encuentran en otra dimensión. Un mundo que está formado por los recuerdos –unos más cercanos y otros más difusos-, el balance -lo logrado y los asuntos pendientes- y la incertidumbre que depara un futuro cuyo devenir no está al alcance de sus manos.

Ese oleaje de suave marejada, pero con pequeños remolinos traidores bajo su superficie es el medio fluido en el que se sumerge Palomas para contarnos todo aquello que se encuentra en ese mapa que su protagonista no tiene completamente cartografiado. Con la misma precisión que un geógrafo nos da a conocer cada elemento, desde ese preciso punto en el que se puede ver su individualidad pero también dejando patente cómo es resultado de aquello con lo que interactúa.

Así es como conocemos a una mujer que es también esposa y madre, o a un hijo que, a pesar de ser adulto, sigue buscando en su progenitora al referente que encontraba cuando era niño. Junto a sus hijas y hermanas, Silvia y Emma, Amalia y Fer forman la familia que son hoy en día. Quizás atípica y poco convencional en sus formas, pero unida por lo mismo que cualquier otra, por el afecto que nace no se sabe cómo de la biología y que perdura y crece con el paso de los años. Ese vínculo invisible es el que Alejandro nos hace tangible en todo momento, tanto cuando toca relatar los comportamientos individuales de cada uno de ellos como a la hora de hacerlos interactuar entre sí en la variedad de registros que tiene la vida.

La comicidad de Amalia, una mujer mayor a la que la velocidad del mundo actual le supera. El afán de control y superación de Silvia y la asertividad de Emma, como manera de evitar que se abran las heridas del pasado o de que surjan otras nuevas. O el momento de examen íntimo y profundo al que se ve obligado Fer por la abrupta amenaza de la soledad. Realidades cotidianas, pero también circunstancias vitales que Alejandro Palomas describe y dialoga con gran naturalidad, emocionándonos y haciendo que nos sintamos partícipes de esa reunión y conversación en la mesa de un bar de Barcelona en la que se siente, y desde la que se ve, la vida pasar.

“El amante”

Diez años de matrimonio son algo digno de celebración y si es con aficionados al teatro como acompañantes, ganas de fiestas no van a faltar. El otro lado de la sonrisa vendrá después, cuando tras las cervezas y los canapés se deje el ambigú del Teatro Pavón y se baje al patio de butacas para permitir que los espectadores asistan a la desconocida y privada intimidad de la pareja homenajeada. Una propuesta diferente, un montaje y dirección que van más allá de las palabras de Harold Pinter para mostrar exitosamente las oscuridades y los desequilibrios sobre los que se sustenta la experiencia del amor.

ElAmante

La pregunta no es si teniendo pareja has fantaseado con tener un amante o lo has tenido. La verdadera interrogante es si lo has integrado en tu vida junto con el resto de tus relaciones. Esto incluye, por supuesto, a ese o esa con el que duermes cada noche, con el que pagas a medias una una hipoteca y con el que has asumido el compromiso de quereros y cuidaros en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Por supuesto que es solo sexo, pero también es tiempo, energía e imaginación que, no es únicamente que te lo dediques a ti, sino que también es espacio que le niegas a él o a ella.

Y si tú lo haces y él o ella también, ¿perfecto porque así entonces queda todo equilibrado? ¿Os justificáis y excusáis el uno al otro? Y si, ya trasladados a un escenario teatral y puestos a representar juegos y entelequias, el papel del amante lo encarna también el actor encargado de ser el cuerpo, la cara y la voz del marido, ¿estamos viendo a un intérprete en un doble papel o a un hombre encarnando una ficción? Este es el inteligente y simultáneo juego sórdido que propone el texto de Harold Pinter. Uno que te induce a reflexionar a golpe de mecanismo de identificación y proyección, y otro que te condena a formar parte de algo que no sabes si es la realidad que quizás te gustaría vivir, pero en la que tampoco tienes claro quién eres.

Diálogos que se hacen aún más potentes con la atmósfera creada por Nacho Aldeguer en su adaptación y que va más allá de la escenografía e iluminación con que se recrea el hogar del matrimonio formado por Verónica Echegui y Daniel Pérez Prada. Previamente Alex González nos ha integrado como divertido maestro de ceremonias, vía cocktail festivo –cerveza fresca, sabrosos canapés y rico cocktail de ron-, en su círculo de amigos y familia, haciéndonos partícipes de la consolidación de su historia tras toda una década juntos. Pero cuando el ejercicio social se acaba, las sonrisas se relajan y los personajes que somos ante los demás se retiran a descansar, comienza esa otra cara de la que solo podemos ser testigos gracias al teatro.

Tras ese logrado arranque, personajes y espectadores descendemos al territorio y al espectáculo de lo nunca compartido, a lo solo mostrado a aquel junto al que dormimos y a lo que él o ella ve de nosotros sin que seamos siquiera conscientes de nuestras peculiaridades. Una total y brutal inmersión en ese espacio en el que el amor se debate entre los convencionalismos y la innovación, lo visceral y los impulsos primarios se combinan con la inteligencia y lo racional. Unas veces para equivocadamente intentar complementarse y aportarse mutuamente, pero otras para herirse y castigar al otro como manera de evitarse, provocando con ello la destrucción conjunta.

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El amante, en el Teatro Pavón-Kamikaze (Madrid).