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10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns

El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

Susana Sánchez es profesora de secundaria. Un día llegó a la conclusión de que quizás un tío abuelo suyo fue una de las personas que acabó con la vida de un antecesor de uno de sus alumnos. Y lo explicitó en el aula. La clase rugió cual jauría. El chaval respondió con sensatez, dejando la pérdida en el pasado y honrando desde el presente a quien allí se quedó. Ahí Susana vio confirmado lo que ya sentía hilvanando los relatos, las anécdotas y los silencios que había escuchado y sentido en su familia desde siempre. Inició entonces una investigación por archivos y bibliotecas con escaso éxito documental y una recogida de testimonios orales por pueblos vecinos en la que se percató de quiebros verbales tan elocuentes como significativos.

Dicen es una novela, un poemario, un ensayo práctico sobre lo que es la memoria historia e, incluso, una sucesión de parlamentos teatrales, resultado de esa búsqueda y todas las vivencias asociadas a la misma. Entregas breves, episodios cortos, capítulos de apenas unas líneas que más allá de la narración que los articula, conforman un fresco -localizado en la provincia de Pontevedra- sobre lo que supuso la Guerra Civil. Los conflictos ocultos que sacó a la luz, el uso de la fuerza bruta para imponerse sobre familiares, amigos o vecinos, los asesinatos, robos y humillaciones sin pudor ni piedad, el régimen de terror que se impuso durante la dictadura posterior y que no solo tiñó de sangre y miedo el presente, sino que moldeó un futuro de pánico, sospecha y parálisis.

La claridad de su expresión y la sencillez y oralidad de su retórica, hacen que la escritura de Susana resulte tan rotunda como absoluta en su objetivo emocional. Están los hechos, sí, y los datos, también, todos esos que ella encontró en forma de vacíos, huecos y ausencias, y que cuando sí aparecen pueden haber sido modificados, falseados o hasta cambiados totalmente. Pero lo que perdura es lo que se respira entre sus líneas y busca salir por el resquicio que queda entre letra y letra impresa, lo que provocó que, aún décadas después, muchos de los que el destino colocó en el lado de los vencidos siguieran callando y evitando.

Lo que Dicen hace es recoger con humildad esa necesidad de expresar lo que pasó. Lo articula literariamente con sumo cuidado, situándose lo más cerca posible de las heridas y las cicatrices de sus protagonistas. Y lo transmite con sumo respeto, dejando claro que ayer no es hoy, pero que cómo somos y nos relacionamos hoy es resultado del ayer. Una manera diferente a la que han aplicado otras autoras (como Gema Nieto en Haz memoria o Almudena Grandes en sus Episodios de una guerra interminable), pero al igual que ellas, haciendo que su sensibilidad y humanismo sea aún más grande que su investigación histórica y su excelencia literaria.

Dicen, Susana Sánchez Aríns, 2015, Editorial De conatus.

“Nosotros”

Hay mucha inteligencia tras el guión y la dirección de la segunda cinta de Jordan Peele. Lo que comienza siendo una película de terror en que se pone a prueba a una familia de clase media evoluciona de una manera inimaginable. La tensión y la angustia aumentan hasta cotas en que se convierten por sí mismos en elementos argumentales y no solo consecuencia de lo que está ocurriendo.

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Las familias norteamericanas necesitan poco para demostrar en el cine que son felices. Viven en una casa enorme en el bosque, tienen un gran coche en el que van a la playa, un bote en el que navegan y aunque con sus más y sus menos suelen ser matrimonios bien avenidos entre sí y con sus hijos, incluso cuando son adolescentes. Una imagen que en Nosotros se rompe en mil pedazos cuando el hogar de los Wilson es asaltado durante la noche por cuatro personas que resultan ser físicamente iguales a ellos. Tras el shock que supone ver a los originales intimidados por los que parecen ser sus réplicas salvajes, Nosotros se fragmenta en cuatro relatos violentos en que cada miembro de la familia debe hacer frente por separado a su alter ego.

A la intriga de no saber a qué se debe lo que está sucediendo y la tensión de cómo se manifiesta, se une la angustia de no conocer qué le está ocurriendo a cada uno de nuestros protagonistas, si saldrán todos con vida de esta y se volverán a reunir. Pero la película no se queda ahí desarrollando el conflicto planteado mediante una sucesión de luchas y sustos, sino que su guión hace que el terror evolucione materializándose en nuevas y sobrecogedoras situaciones que nos mantienen el pulso cardíaco en cotas de alta aceleración. La lucha por la supervivencia se convierte en un enfrentamiento abierto con un mal del que solo se sabe qué apariencia tiene, pero ni idea de a qué razones responde ni qué objetivos tiene más allá de acabar con nuestros protagonistas.

Ese es el pulso que mantiene vigente en todo momento Peele y en el que se revela perfectamente capaz. Va más allá incluso de lo que hizo en Déjame salir, no limitándose a un espacio concreto para dejar claro a medida que avanza que en Nosotros no hay lugar en el que poder sentirse seguro. En lo que sí coincide con su anterior título es en recurrir, cuando tienes el miedo metido en el cuerpo y temiendo que pueda suceder cualquier cosa, a unos puntos de humor tan desconcertantes que casi te expulsan de la película. Aunque a posteriori te das cuenta de que sus chistes tienen una acidez y una ironía, así como un sentido oculto, que en un primer instante no habías percibido.

Un viaje de dos horas que te lleva muy lejos y en una dirección que no imaginabas, pero que no olvida su punto de partida, el estilo de vida afectivo y las posibilidades materiales de las familias estadounidenses de clase media. Un cuestión silente y siempre presente que alberga dentro de sí las respuestas que buscamos y que llegan en un final en el que Peele vuelve a dar otra vuelta de tuerca a la dimensión mental y espiritual de su historia para dejarnos aún más atónitos y sorprendidos de lo que ya lo estábamos.

10 películas de 2017

Cintas españolas y estadounidenses, pero también de Reino Unido, Canadá, Irán y Suecia. Drama, terror y comedia. Aventuras originales y relatos que nacieron como novelas u obras de teatro. Ficciones o adaptaciones de realidades, unas grabadas en el corazón unas, otras recogidas por los libros de Historia. Ganadoras de Oscars, Césars o BAFTAs o nominadas a los próximos Premios Goya. Esta es mi selección de lo visto en la gran pantalla este año.

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Solo el fin del mundo“. Sin rodeos, sin adornos, sin piedad, sin límites, una experiencia brutal. Dolan va más allá del texto teatral del que parte para ahondar en la (in)consciencia de las emociones que tejen y entretejen las relaciones familiares. Las palabras cumplen su papel con eficacia, pero lo que realmente transmiten son los rostros, los cuerpos y las miradas de un reparto que se deja la piel y de una manera de narrar tan arriesgada y valiente como visualmente eficaz e impactante.

La ciudad de las estrellas (La La Land)“. El arranque es espectacular. Cinco minutos que dejan claro que lo que se va a proyectar está hecho con el corazón y que nos hará levitar sin límite alguno. La la land está lleno de música con la que vibrar, la magia de las coreografías y la frescura de las canciones consiguen que todo sea completo y felizmente intenso y la belleza, la fantástica presencia y la seducción que transmiten Ryan Gosling y Emma Stone que fluyamos, bailemos, soñemos y nos enamoremos de ellos ya para siempre.

Moonlight“. Un guión muy bien elaborado que se introduce en las emociones que nos construyen como personas, señalando el conflicto entre la vivencia interior y la recepción del entorno familiar y social en el que vivimos. Un acierto de casting, con tres actores –un niño, un adolescente y un adulto- que comparten una profunda mirada y una expresiva quietud con su lenguaje corporal. Una dirección que se acerca con respeto y sensibilidad, manteniendo realismo, credibilidad y veracidad al tiempo que construye un relato lleno de belleza y lirismo.

El viajante“. Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio entre el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Verano 1993“. El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

Dunkerque“. No es una película bélica al uso, no es una representación más de un episodio de la II Guerra Mundial. Christopher Nolan deja completamente de lado la Historia y se sumerge de lleno en el frente de batalla para trasladar fielmente al otro lado de la pantalla el pánico por la invisibilidad de la amenaza, la ansiedad por la incapacidad de poder salir de allí y la angustia de cada hombre por la incertidumbre de su destino. Un meticuloso y logrado ejercicio narrativo que sorprende por su arriesgada propuesta, abduce por su tensión sin descanso y arrastra al espectador en su lucha por el honor y la supervivencia.

Verónica“. Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

Detroit“. Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

The square“. Esta película no retrata el mundo del arte, sino el de aquel que nos dice y cuenta qué es el arte. Dos horas y media de ironía, sarcasmo y humor grotesco en las que se expone la falsedad de esas personas que se suponen sensibles y resultan ególatras narcisistas.  Una historia que muestra entre situaciones paradójicas y secuencias esperpénticas el lado más ruin de nuestro avanzado modelo de sociedad.

Tierra de Dios“. Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

“Verónica”

Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

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La etiqueta de inspirada en hechos reales le da a toda historia una impronta de verismo que juega a favor de su guionista, pero haciendo que nuestra incredulidad preste especial atención a cómo se han trasladado esos acontecimientos a la pantalla para comprobar si su representación tiene la solidez que cuenta la hemeroteca. Con este espíritu es como tomas asiento en la butaca para ver esta película que cuenta un fenómeno difícil de explicar –tal y como relata el informe policial sobre lo acontecido- en el barrio de Vallecas de Madrid allá por principios de los 90. Gracias a una muy lograda ambientación Paco Plaza nos traslada un cuarto de siglo atrás a golpe de teléfonos fijos, coches manuales rodando por las calles, pantalones vaqueros, pelos cardados, camisas de estampados hirientes para la vista y walkman en los que suenan sin cesar los Héroes del Silencio.

Los escenarios de esta historia son dos. Un colegio religioso donde las monjas que trabajan como profesoras, además de aquellas que ejercen como consejeras espirituales, son más caricaturas con un punto de mala leche que personajes reales. Son ellas, más que los quince años de Verónica, las que le dan el punto adolescente a esta película con sus descripciones sobre cómo se forma un eclipse y cómo plasman las leyendas de Bécquer las consecuencias de ir más allá de los límites. El segundo emplazamiento es la casa familiar, muy apropiada para una cinta de terror con esa costumbre nuestra de ventanas pequeñas tapadas doblemente con persianas y cortinas, así como habitaciones y pasillos llenos de mobiliario en la versión más actual del horror vacui barroco.

Paco Plaza va directo al grano, sin rodeos ni entretenimientos superficiales, a lo que nos quiere contar. Primero generando intriga con cómo abrimos la puerta al mal –vía ouija y manejando instrucciones de fascículos de kiosko sobre espiritismo- y comprobamos que este ha entrado en nuestro plano de la realidad. Un in crescendo al que le sigue la tensión al ver que viene a por nosotros, que sus intenciones no son nada positivas y que es difícil luchar contra un enemigo aparentemente invisible. La angustia y el miedo derivan en el horror y el pánico cuando ya no queda rincón físico ni hora del día en que Verónica ni sus tres hermanos se puedan sentir seguros o libres de una amenaza que lo mismo les asalta en sueños, les hace ver imágenes que no son reales o se muestra como sombras que atraviesan puertas y se desplazan sobre las paredes.

Sin ser una producción redonda, Verónica es efectiva por su acierto de casting y por saber manejar perfectamente todos los trucos del género. Las iluminaciones llenas de oscuridades que acongojan, penumbras que asustan y apariciones en modo relámpago que te dejan sin aliento. El silencio absoluto que paraliza al cuerpo, el ruido ambiental que encoje el  estómago y los efectos de sonido que disparan el ritmo cardíaco. Un guión preciso que trata a los niños y los jóvenes como lo que son, haciéndoles hablar a su manera tanto en su día a día como en su manera de afrontar lo que les desconcierta y aterra. Y por último, una dirección sobria y precisa, que se centra en lo que ha de mostrar, sin rodeos, decidida y exitosa en su propósito de contar y mostrar las horribles consecuencias que puede conllevar la inocencia mezclada con la ingenuidad, el desconocimiento y las ganas de saber.

Nada es como parece en “Déjame salir”

Entre el terror y el thriller, ahí es donde se sitúa esta película que se sirve del racismo como el elemento que inicia las sospechas sobre el comportamiento del entorno. Sustos angustiosos e incluidos en el momento preciso, una intriga inquietantemente desconcertante y una tensión bien mantenida con pequeñas dosis de fantasía y algún momento de humor del que se podría prescindir.

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Conocer a los padres de tu novia impone, más aún si eres negro y temes que en el ambiente pueda haber algún tipo de rechazo por el color de tu piel. Este es el recelo de Chris y aunque inicialmente todo le dice que debe tranquilizarse, hay señales que le indican que puede estar en lo cierto, que no debe relajarse con sus suegros ni fiarse de ellos. Pronto verá que ser afroamericano en un entorno de blancos de clase media alta le convierte en el centro de atención, pero por algo que va más allá de ser diferente y que no acierta a saber qué es. Todo cuanto acontece es desconcertante, dando pie a una intriga y tensión que nos pone en un estado de alerta máxima cercano al disparadero de la ansiedad.

Ese es el principal logro de Déjame salir, que no necesita de los elementos propios del cine de terror para dispararnos el ritmo cardíaco, hacernos gritar o saltar en la butaca. Deja a un lado los trucos habituales para crear una atmósfera diferente, nos permite estar con los ojos abiertos para hacernos patente que aun sin escondernos nada, no somos capaces de ver qué está ocurriendo exactamente. La inquietud comienza al empatizar con el asunto racial y se convierte en intranquilidad cuando la joven pareja llega a la aislada casa de campo. Poco a poco se van introduciendo elementos –una familia de lo más peculiar, la hipnosis como instrumento psiquiátrico- que provocan incomodidad y desasosiego hasta llegar a la evidencia de que hay algo en contra y que no se tiene más alternativa que la de enfrentarse o huir. Sin embargo, acontecimientos inesperados hacen que esta segunda alternativa no solo no sea posible, sino que nos elevan a unas coordenadas de zozobra y opresión aún mayores.

Hasta aquí todo lo bueno que tiene la ópera prima como director de Jordan Peele, también responsable del guión. Capítulo este en el que Jordan demuestra aspirar más a los premios juveniles de Nickeoldeon o de la MTV que a los más universales y para todos los públicos de la Academia de Hollywood.

La joven pareja parecen más dos jóvenes jugando a ser novios que dos adultos que se están conociendo. Como el sentido del humor que les acompaña cuando hace acto de presencia el amigo del negro amenazado y que constituye el enlace con el mundo real. Un papel secundario con su importancia a la hora de hacer progresar la historia, pero que queda desdibujado por su apariencia de sucedáneo de bufón preparándose para un casting del club de la comedia (¿qué pinta en una película de terror alguien que habla como el Cuba Gooding Jr de Jerry Maguire?). Tiene su gracia, pero las carcajadas que provoca son un relajante que, aunque no nos alejan de la trama principal, le hacen un flaco favor.

“Las brujas de Salem” se adueñan del Teatro Valle-Inclán

El texto de Arthur Miller es maestro, no solo porque lo digan los académicos de la literatura desde hace ya más de seis décadas, sino por el efecto que tiene desde 1952 en sus lectores y espectadores. El montaje de Andrés Lima y su fantástico reparto están a la altura de todos sus retos: transmitiendo su mensaje universal, generando un dramatismo in crescendo a medida que se suceden los minutos, contagiando el dinamismo de sus momentos más corales,… 

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Siempre ha habido cazas de brujas, las hay y las seguirá habiendo mientras cuenten con el respaldo de la ley”, dice Lluís Homar a los pocos minutos de comenzar la función en uno de sus parlamentos como narrador. Es conocido el símil entre lo sucedido en esta pequeña localidad de Massachusetts –unas niñas acusan a sus vecinos de estar en comunión con Satanás- y el McCarthismo norteamericano de los años 50 del siglo XX –compañeros que tachaban a sus colegas cinematográficos de ser comunistas-, pero la plaga de la calumnia y el estigma siguen ahí, presentes, vigentes, ocurriendo en el mundo moderno y actual en el que vivimos. Hay personas que siguen siendo condenadas penal y socialmente por leer libros, por mostrar su cuerpo, por no considerar sagrado el vínculo del matrimonio o por ponerse del lado de los inocentes. Esta es la idea, la inquietud y la angustia que se llevan consigo en la mente, el corazón y el estómago los espectadores de esta nueva puesta en escena de uno de los textos más importantes del teatro norteamericano.

Este es el gran logro de un montaje que respeta el texto original al tiempo que incluye un narrador –no existente en aquel- que traslada al público algunos de los pasajes que Miller ha escrito en diferentes reediciones sobre su creación, sus intenciones y sus inspiraciones. El elenco funciona como una unidad, todas sus piezas, sus intérpretes, encajan. Cada uno encarna su papel a la perfección, pero cuando se juntan en escena, se crecen compartiendo la tensión y los dilemas de sus diálogos. Multiplicándose si, además, han de moverse sobre las tablas al unísono, como en los momentos de las apariciones del maligno, coreográficamente poseídos.

Dos horas y cuarenta minutos de representación que finalizan con la sensación de apenas haber comenzado, que se iniciaron dándonos acceso privilegiado a acontecimientos lejanos en el tiempo y el espacio, pero a través de una ventana que acaba siendo un espejo que refleja lo que somos y podemos ser.

Verdugos, víctimas, cómplices, acusadores, jueces, legisladores, fiscales, testigos en un juicio en el que las pruebas no son tangibles, en una sociedad que se rige por normas y leyes que la articulan mediante el miedo espiritual y el terror religioso en lugar de fomentar e impulsar la convivencia y la igualdad. Alucinamos ante la idea de que ocurrieran semejantes acontecimientos hace más de tres siglos, nos sorprende que la misma sinrazón volviera a suceder hace apenas unas décadas, pero aún más estremecedor es el escalofrío que nos recorre cuando va tomando forma lo que se representa en el escenario del Valle-Inclán y nos suena tan actual, tan posible.

Las brujas de Salem, en el Teatro Valle-Inclán (Madrid)

“Nunca apagues la luz” o sí, da igual

El mal juega con nuestros sentidos y como el que más utilizamos es el de vista, él se vale de su ausencia para hacer acto de presencia y hacer de nosotros sus súbditos o si nos negamos, sus víctimas. Pero en esta ocasión el miedo es tan evidente, los sustos tan esperados y el argumento tan simple que la obviedad se instala en la pantalla hasta el momento final.

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Comienza la película con el asesinato de un hombre a manos de un ser que solo somos capaces de ver cuando no hay luz, situación que se mueve entre la paradoja y el desconcierto. Poco antes, este empresario ocupado hasta bien entrada la noche ha recibido una videollamada de su hijo que le dice que su madre se vuelve a comportar de manera extraña, que está hablando sola. Fácil conexión, quien ha matado al padre tiene algo que ver con a quien dirige sus palabras esa mujer. Ese es el primer misterio que hemos de resolver, con la consiguiente angustia que nos produce imaginar qué puede estar pasando ahí. Para guiarnos hacia las respuestas aparecerá la joven Rebecca, quien ya pasó por esto en su infancia. Su vuelta al que fue su hogar familiar para ayudar a su hermanastro desatará la campaña final del mal. ¿Quién ganará la guerra?

Que nadie me acuse de spoiler, matiz arriba matiz abajo así es el argumento de muchas historias que pretenden ser de terror. Algo del pasado que viene dispuesto a lo que sea para ocupar su lugar, desconcertando y amenazando a los del presente, pero entre ellos hay alguien que sabe de qué va todo esto y será quien lidere la reconquista del terreno, el hogar y la convivencia invadida. La cuestión es que en Nunca apagues la luz todo se desarrolla de manera rápida, y no porque el ritmo sea frenético sino porque no hay mucho que tratar. Las exposiciones duran lo que una pieza publicitaria y lo que se cuenta en ellas es de un lineal y elemental que lo que podría ser una película para todos los públicos, parezca específicamente para adolescentes que busquen, por un rato, ver algo diferente a Gandia Shore.

Lights out fue anteriormente un eficaz e impactante cortometraje lleno de intriga y tensión, original en su planteamiento y muy bien resuelto. Una buena idea que podía convertirse en un gran largo. Sin embargo, no ha ido más allá, se ha quedado en lo básico, dos minutos convertidos en ochenta en una historia sin profundidad, resuelta a base de corrección técnica –al tercer susto ya se ve venir tanto la manera en que van a aparecer como a superarse- y diálogos y acciones de lo más insustancial. Si el no valerse de lo religioso apuntaba en la buena dirección creativa, el haber convertido un cierto toque de ciencia-ficción en una presencia tan nulamente paranormal, lo echa por el suelo. Para colmo, un final que pretende resultar impactante y que te deja con la sensación de hasta aquí, menos mal que esto se acaba ya.

“Expediente Warren: el caso Enfield”

Una película que cumple perfectamente la premisa de estar basada en hechos reales, cuanto ocurre resulta verosímil. Una historia completa, con personajes creíbles y acontecimientos que van mucho más allá del susto, las apariciones inesperadas y los efectos especiales. La segunda entrega de Expediente Warren da argumentos para que haya un tercer título con el que continuar la saga.

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Como segunda parte que se precie, la nueva aventura demoníaca de los Warren se inicia haciendo mención al pasado en que les conocimos, prólogo en el que queda sembrada la semilla de uno de los elementos de tensión del momento presente. Pasan varios años y llegamos a 1976, fecha en que este matrimonio se ha convertido en un referente para aquellos que creen, investigan e interaccionan con el mundo paranormal. Motivo este por el que la Iglesia Católica les contacta cuando se descubre un caso en Inglaterra que tiene muchos visos de ser un nuevo episodio de aparición del maligno.

Ese es el punto de unión de dos historias muy bien iniciadas, dos inquietantes maneras de contactar con el más allá y dos maneras de hacerle frente, por otras tantas familias, que nos arrastran con ellas. Mientras en el lado inglés vivimos angustia, pánico y horror, en el lado americano la sorpresa no impide tener coraje para hacerle frente al mal que ha vuelto, incluso hasta sus casas, para iniciar una batalla que parece destinada a acabar con una de las partes.

En El caso Enfield lo turbador es mucho más que el resultado de momentos de tensión bien construidos. Es otra dimensión habitada por personajes con una identidad y personalidad que vamos conociendo a medida que interactúan con nosotros. El terror que provocan no está solo en que habiten en el lado oscuro, sino en su capacidad para dialogar con nosotros de múltiples maneras, tanto recurriendo a la conmoción y la violencia física y psicológica como hasta llegar a hacerse oscuramente cotidianos. Se llega a convivir con el miedo de tal manera que incluso hay momentos para el costumbrismo, el romanticismo o el más ácido humor británico.

Días y noches de los años setenta iluminados a la manera de un cuento gótico, con un punto continuo de nebulosa, de sobriedad de colores y tonos mate y apagados que hacen aún más palpable la invisible presencia de cuanto estamos experimentando. Los personajes humanos resultan reales por su confusión ante lo desconocido y por cómo su comportamiento, tras superar el desconcierto, se convierte en una lucha por la supervivencia y defender lo que consideran que es suyo, tanto la propia vida como la de los que forman su familia.

La masculina presencia y la mandíbula de superhéroe de Patrick Wilson y la potente mirada de Vera Farmiga son los eficaces rostros a través de los cuales los protagonistas se ponen manos a la obra para resolver la intriga y el misterio de lo que al principio no se sabe si es verdad y después resulta demasiado increíble para ser veraz. Junto a ellos, Frances O’Connor realiza un espléndido trabajo como mujer sin recursos y madre coraje que hace que esta aventura de los Warren sea no solo una segunda parte, sino un título con gran valor por sí mismo.

“La invitación”, tensión inteligente

Esta cena de amigos juega con algo que no es tan obvio como el terror ni tan dirigido como el suspense. Se trata de una presencia invisible, mucho más abstracta y corrosiva, una tensión que genera dudas y suspicacias, que no se sabe bien si está en el ambiente o si la estamos lanzando sobre él. Un efectivo relato cinematográfico, sin efectismo alguno, centrado únicamente en las relaciones y dinámicas que se establecen entre sus personajes.

LaInvitacionCartel

Will y Eden llevan dos años sin verse. Tras el fallecimiento de su hijo de cinco años y su posterior divorcio, cada uno ha rehecho su vida con una nueva pareja. Hoy es el día en que vuelven a verse en una cena de amigos que ella ha organizado en su casa, en la que fuera el hogar de los dos. Él está tenso, demasiados recuerdos quizás, se siente extraño al volver a reunirse, tras un paréntesis de silencio y distancia, con gente con la que compartió momentos importantes de su biografía. Sin embargo, él conoce las estancias y rincones de esta vivienda y rápidamente se da cuenta de que en ella hay más novedades que el nuevo marido de su ex mujer y los dos desconocidos también convocados a esta reunión. No es visible, pero él lo percibe, está en movimiento, conduciendo la situación hacia un punto de destino incierto, pero que, según todo indica, es turbio y oscuro.

La atmósfera inicial en pantalla es la lógica incomodidad, que se muestra en la recurrente conversación y el torpe lenguaje corporal, entre personas a las que el dolor les hizo separarse y ahora se reencuentran en coordenadas diferentes. Un refinado mecanismo con el que Karyn Kusama nos conduce hacia un escenario en el que piezas que antes encajaban, ahora resultan no cuadrar sobre el tablero de juego. Una rémora que se arrastra desde la primera secuencia y que se va haciendo más grande a medida que los diálogos y comportamientos de los anfitriones nos generan más sombras que luces con su mezcla de fina ambigüedad e inverosímil transparencia. Una situación que nos conduce a la paranoia, no hay nada malo en lo que estamos viendo, pero entonces, ¿por qué cada vez estamos más inquietos?

Este es el endiablado juego de un relato que no busca ni construye en ningún momento el susto ante lo desconocido o lo inexplicable, ni hacer que te veas sometido al irremediable impacto de aquello ante lo que no tuviste tiempo de reacción. Su objetivo es mucho más sutil. Va sembrando dentro de sus espectadores todos los ingredientes que necesita para, llegado el momento, y tras generarles incluso la duda de si verdaderamente está ocurriendo algo, agarrarles del estómago y dejarles clavados en la butaca con una salvaje explosión de motivos y consecuencias que sentirán ocurre dentro de ellos mismos. El culmen de una cadena de acontecimientos perfectamente construida que nos sacude brutalmente tras habernos agotado y dejado sin aliento. Tras ella, un fluido guión habitado por personajes veraces, un eficaz trabajo de sonido con el que se traslada el conflicto percepción-interpretación del protagonista masculino y una inteligente dirección que hacen de La invitación noventa apasionantes minutos.