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“Un marido ideal” de Oscar Wilde

Da igual que seas hombre que mujer, maduro o joven, soltero o casado, comprometido o irresponsable, siempre y cuando formes parte de los altos círculos sociales, tanto de manera natural como por accidente, Oscar Wilde tendrá un momento de verdad, acidez y corrosivo humor para ti. Una manera de hacer moderno, fresco, cercano y divertido un vodevil que gira en torno a dos temas universales, el amor y el poder.

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La residencia londinense de los Chiltern es el lugar donde se celebra una fiesta que reúne a toda clase de gente. Desde mujeres que se sientan a esperar acontecimientos que observar y comentar, a hombres que ignoran las conversaciones que esperan se mantengan sobre ellos. Y entre unos y otros se cuelan de manera entre discreta y descarada personas con unos objetivos muy claros. Ese es el caso de la señorita Cheveley que espera que su anfitrión vaya en contra de su propia palabra y defienda ante la Cámara de los Comunes un proyecto de especial interés financiero para ella, el proyecto de construcción de un canal en Argentina.

Wilde escribió esta obra hace más de 120 años, dato a tener en cuenta ya que introduce en su trama algunos elementos de la realidad artística y política del momento, como es el debate sobre la viabilidad e interés de esta infraestructura, o el reconocimiento con que contaban ya pintores como Corot o Watteau, incluyendo al primero en los diálogos de sus personajes y utilizando al segundo como elemento descriptivo de su apariencia. Pinceladas de presente que quedan intrincadas en unos diálogos que fluyen a la velocidad del rayo hilvanando conversaciones y sentencias provocadoras que vagan difusamente entre la crítica más prejuiciosa, la reflexión compartida y una alborotadora demagogia.

Directo y punzante, pero también elegante y armonioso, así es como utiliza el lenguaje Oscar Wilde, haciendo de él no solo un elemento transmisor de mensajes y constructor de personajes, sino también un medio profundamente estético, creador de belleza y generador de deleite. Esto, unido a su ingenio y su total desvergüenza, es lo que constituye la clave de que esta obra, como el resto de su teatro, siga siendo hoy tan potente, seductora y atractiva como escandalosa e impúdica resultara en el momento de su estreno en 1895.

No hay convencionalismo sobre los roles, los géneros o los sexos que se le escape, elevándolo hasta la hipérbole, transformándolo en una paradoja o dándole la vuelta para hacer de él una crítica de lo que pretendía ensalzar o al revés, destacando positivamente lo que otros habían vulgarizado, aunque esto último ocurra en muy pocas ocasiones y lo refleje más por la vía de los hechos que por la de las palabras. Ese camino, el de los actos, es el que utiliza para mostrar –y quizás transmitir sus propios principios morales- qué debe haber tras las fachadas de la política, cuando esta se ejerce como una verdadera vocación de servicio público, y de la institución del matrimonio, cuando el compromiso de los contrayentes es ser el uno para el otro apoyo y fuente de bienestar.

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Nada es como parece en “Déjame salir”

Entre el terror y el thriller, ahí es donde se sitúa esta película que se sirve del racismo como el elemento que inicia las sospechas sobre el comportamiento del entorno. Sustos angustiosos e incluidos en el momento preciso, una intriga inquietantemente desconcertante y una tensión bien mantenida con pequeñas dosis de fantasía y algún momento de humor del que se podría prescindir.

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Conocer a los padres de tu novia impone, más aún si eres negro y temes que en el ambiente pueda haber algún tipo de rechazo por el color de tu piel. Este es el recelo de Chris y aunque inicialmente todo le dice que debe tranquilizarse, hay señales que le indican que puede estar en lo cierto, que no debe relajarse con sus suegros ni fiarse de ellos. Pronto verá que ser afroamericano en un entorno de blancos de clase media alta le convierte en el centro de atención, pero por algo que va más allá de ser diferente y que no acierta a saber qué es. Todo cuanto acontece es desconcertante, dando pie a una intriga y tensión que nos pone en un estado de alerta máxima cercano al disparadero de la ansiedad.

Ese es el principal logro de Déjame salir, que no necesita de los elementos propios del cine de terror para dispararnos el ritmo cardíaco, hacernos gritar o saltar en la butaca. Deja a un lado los trucos habituales para crear una atmósfera diferente, nos permite estar con los ojos abiertos para hacernos patente que aun sin escondernos nada, no somos capaces de ver qué está ocurriendo exactamente. La inquietud comienza al empatizar con el asunto racial y se convierte en intranquilidad cuando la joven pareja llega a la aislada casa de campo. Poco a poco se van introduciendo elementos –una familia de lo más peculiar, la hipnosis como instrumento psiquiátrico- que provocan incomodidad y desasosiego hasta llegar a la evidencia de que hay algo en contra y que no se tiene más alternativa que la de enfrentarse o huir. Sin embargo, acontecimientos inesperados hacen que esta segunda alternativa no solo no sea posible, sino que nos elevan a unas coordenadas de zozobra y opresión aún mayores.

Hasta aquí todo lo bueno que tiene la ópera prima como director de Jordan Peele, también responsable del guión. Capítulo este en el que Jordan demuestra aspirar más a los premios juveniles de Nickeoldeon o de la MTV que a los más universales y para todos los públicos de la Academia de Hollywood.

La joven pareja parecen más dos jóvenes jugando a ser novios que dos adultos que se están conociendo. Como el sentido del humor que les acompaña cuando hace acto de presencia el amigo del negro amenazado y que constituye el enlace con el mundo real. Un papel secundario con su importancia a la hora de hacer progresar la historia, pero que queda desdibujado por su apariencia de sucedáneo de bufón preparándose para un casting del club de la comedia (¿qué pinta en una película de terror alguien que habla como el Cuba Gooding Jr de Jerry Maguire?). Tiene su gracia, pero las carcajadas que provoca son un relajante que, aunque no nos alejan de la trama principal, le hacen un flaco favor.

“Bajarse al moro” de José Luis Alonso de Santos

Han pasado más de 30 años desde su estreno y aunque han cambiado muchas cosas, este texto sigue siendo tan gracioso y tan profundamente realista como el primer día en que se puso en escena. Su perfecta estructura y la frescura de sus diálogos crean una atmósfera que va más allá de sus páginas y del escenario de su representación. Una obra que nos deja ver también qué temas eran los que preocupaban a una España que intentaba ser moderna tanto en su manera de pensar como en su modo de actuar.

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Los asuntos serios son mucho más tratables cuando se hace con humor. De esta manera se deja a un lado su potencial dramático y se consigue dialogar sobre aquello que de otra manera solo llevaría a caminos sin salida o vías enfrentadas. Alonso de Santos tiene la virtud de ponernos a todos de acuerdo y normalizar esa situación que cuando miramos al edificio de enfrente nos parece, sino un escándalo, algo con lo que no queremos tener nada que ver.

En Bajarse al moro es muy fácil empatizar con sus personajes y, mientras conocemos cómo ir a Marruecos a comprar hachís para luego venderlo a la vuelta, sentir que podemos ser perfectamente un policía que está del lado de aquellos que no cumplen la ley, pequeños traficantes sin malicia o jóvenes inmaduras no dispuestas a soportar el yugo materno. No hay diferencias de clases entre ellos, lo que cada uno alberga en su interior no son espurios intereses o falsas intenciones, lo suyo no son más que ganas de vivir y de disfrutar el aquí y ahora, el momento presente, un carpe diem en el que no se le demanda nada a nadie y no se pide más que respeto a sus propias decisiones. Era 1985 y la España de aquel momento veía que la ilusión de la libertad de la transición democrática no estaba dando más resultados tangibles que el del paro y un futuro incierto. Una nación en la que, como señala José Luis con un punto de ironía, se leía El País y muchos ciudadanos pensaban en afiliarse al PSOE.

No había pasado ni una década desde el fin de la dictadura cuando se estrenó Bajando al moro y nuestro país parecía haber sustituido el poder de la Iglesia y la jerarquía de la edad, el parentesco y el dinero por la frescura de la juventud y la exaltación de la experimentación. Eso es lo que plantea esta gran comedia, llena de chistes y gracias que fluyen como un caudaloso torrente perfectamente medido para que las carcajadas se produzcan con la frecuencia adecuada y el espectador/lector tenga una sonrisa casi permanente, incluso en sus episodios con tinte policíaco.

Chusa –imposible no imaginar a Verónica Forqué en este papel que encarnó tanto en el teatro como en el cine- es esa que ya ha pasado por todo y de ahí que sea una macarra, una sobrada y una chunga, pero con la naturalidad de quien es así, de que esa es su esencia, su verdadero yo. Mientras que Elena –Amparo Larrañaga sobre las tablas, Aitana Sánchez-Gijón en la gran pantalla- es la niña bien que se acerca a ese entorno de posibilidades que está a la vuelta de la esquina, ahí al lado, en el mismísimo centro de Madrid. Un territorio que sabe que no está del lado de la ley, pero que no se siente ilegal, en el que no existen los tabúes y el sexo ya no es algo oscuro y sucio sino una actividad lúdica que practicar libremente y compartir abiertamente con quien y cuando apetece.

En torno a ellas se mueven Jaimito y Alberto, dos hombres que encarnan dos tipos de masculinidad, de hombría, el que se acerca como amigo y el que lo hace con misión paternalista. El primero es hijo de los nuevos tiempos, el segundo lo intenta. Y poniendo de relieve qué les une, y les separa con el resto de la sociedad, está Doña Antonia. Como traída a nuestros tiempos desde una función de Miguel Mihura, de Jacinto Benavente o de Valle-Inclán, ella es la encargada de representar con el esperpento de sus valores trasnochados a esos que que comenzaban a quedarse atrás, descolgados de una sociedad empeñada en liberarse de los que no representaban más que una hipócrita y torcida rectitud.

“Andarás perdido por el mundo” de Óscar Esquivias

Una colección de catorce relatos en los que se aúnan distintos puntos de vista. Desde la mirada de ojos grandes de un niño que registra acontecimientos que quedarán grabados de por vida en su memoria, a la del adulto que contempla aquellos años desde la distancia. También episodios en los que la música, la historia, la práctica religiosa, el deseo y la pulsión sexual tienen su protagonismo. Páginas cargadas de un rico lenguaje y una prosa tranquila y fluida que se disfrutan con sosiego y dejan tras de sí una grata sensación de armonía y equilibrio.

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Al poco de comenzar la primera de las historias, Todo un mundo lejano, caí en que ya la había leído hace un par de años cuando tuve entre mis manos Lo que no se dice, el recopilatorio de Dos Bigotes sobre toda clase de circunstancias y casuísticas homosexuales en nuestra España de ayer y de hoy. Volví a disfrutar nuevamente de la delicadeza con que Óscar retrata el alejamiento de alguien que necesita marcar distancia para poder ser él mismo y del desconcierto que esto causa en aquellos que se sienten abandonados por aquel que se marchó. Su narración es como una lluvia fina, sencilla, constante, pero que cala y llega muy dentro, llevando hasta tu interior la intensidad, la agitación y la inquietud de aquello que a sus protagonistas –en ocasiones aumentado por el hecho de ser también narradores en primera persona- les hace latir, les remueve la conciencia o les pone los pelos como escarpias.

Leyendo La Florida es imposible no sentirse niño e imaginar que somos espectadores a poco más de un metro del suelo con los ojos bien abiertos y los oídos aún más atentos en ese lugar tan peculiar y asombroso en el que descubriremos cosas nunca antes vividas, como hasta dónde pueden llevarnos los vínculos familiares y la fuerza que nos da el sentirnos orgullosos de los nuestros. Otro tanto sucede con los años de la adolescencia, ese período en que, como en Los chinos, cada segundo se vive con una intensidad tan dramática como benevolente es la sonrisa con que se recuerdan muchos años después. Nada que ver con la aceptación y espontaneidad, ya sumidos en la madurez, con que podemos vivir los altos y bajos de una cita con cena en la que la banda sonora tenga ritmo de Mambo.

Pero Esquivias no solo recorre las edades del hombre, sino que pasa también de episodios con apuntes quizás autobiográficos de su Burgos natal –El misterio de la Encarnación– a ficciones que nos trasladan a la California de los años 20 –La casa de las mimosas– o el París de un siglo antes –El arpa eólica– en las que nos encontramos, respectivamente, a la actriz Greta Garbo y al compositor Héctor Berlioz. E igual que en estas ocasiones el cine o la música fueron la base del hilo argumental, en otras ocasiones lo es la historia –La última víctima de Trafalgar-.

En este conjunto no hay dos cuentos iguales, ni en formato –algunos muy breves, casi microrrelatos cargados de lirismo, El joven de Gorea-, ni en tono –del realismo social inicial de El chino de Cuatroca al humor, la intriga o el costumbrismo tanto de este como de otros- ni en registro de sus personajes –de mujeres aristocráticas a jóvenes independientes, muchachos cohibidos y hombres irreflexivos. Pero siempre con un mismo denominador, la sensación de estar degustando textos elaborados con buen gusto y saber hacer, evocadores y generadores de sensaciones; con los que puede disfrutar toda clase de lector, desde el más conformista y ocasional al más exquisito y exigente.

“La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza

Una ficción que toma como base la historia real para con humor inteligente y sarcasmo incisivo mostrar cómo hemos evolucionado y crecido en lo material, pero siendo igual de desgraciados y canallas según nos toque vivir del lado de la miseria o de la abundancia. Un gran retrato de la ciudad de Barcelona y una aguda disección de los años que entre las Exposiciones Universales de 1888 y 1929 la proyectaron hacia la modernidad en una España empeñada en no evolucionar.

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A finales del siglo XVIII Inglaterra prendió la mecha del progreso con la primera Revolución Industrial, un fenómeno que a España tardaría en llegar y que cogería ritmo cuando buena parte de nuestros vecinos europeos ya estaban en su segunda oleada.  Por este motivo su puesta en marcha lo hizo a paso apretado para intentar recuperar el retraso, lo que sabiendo cómo somos implicaría buenos resultados y chapuzas a partes iguales en los logros conseguidos, así como duras vivencias, más propias de una indigna inhumanidad, para aquellos a los que les tocó dejarse la vida en ella. En ese barrizal simbolizado por la construcción del recinto de la Exposición Universal de 1888 es donde se zambulle Eduardo Mendoza para hacernos palpar el frío, la suciedad, el calor y la nula higiene que sufrieron muchos, así como la falta de principios y escrúpulos de los que se creían más y mejores que los que no formaban parte de su círculo, ese cuyo diámetro quedaba marcado por la solera de su apellido y la cantidad de billetes de su chequera.

Dejando claro que su intención es entretener y divertir haciéndonos fantasear, pero sin faltar a una verdad a cuyas líneas generales –nombres, fechas y acontecimientos- le es fiel, el autor que deslumbró con La verdad sobre el caso Savolta logra su doble objetivo. La ciudad de los prodigios resulta pedagógica sin que nos demos cuenta. Cuando la hayamos concluido nos daremos cuenta de que hemos leído, incluso aprendido, las líneas generales de cómo Barcelona evolucionó en lo social, lo político y lo empresarial, así como su siempre difícil relación con la capital del Reino de España y el resultado de su comparación con las grandes metrópolis de finales del siglo XIX y principios del XX a las que miraba, imitaba y aspiraba incluso a superar.

Como hilo conductor, el personaje de Onofre Bouvila resulta el perfecto compendio de todas las caras del comportamiento humano, desde las más sociales y habituales hasta las más particulares y ocultas, esas que solo mostramos cuando la vergüenza, el pudor o el respeto por nuestros semejantes no forma parte de nuestra persona. El que comienza siendo un niño pobre y condenado a sobrevivir en el día a día, es capaz de valerse de las debilidades de sus semejantes para hacer de ello sus fortalezas y a partir de ahí construirse una sólida estabilidad que es tan endeble como potente. Él es esa ciudad condal que acoge a los que llegan del mundo rural buscando alimento y les convierte en canallas, en hombres y mujeres elegantes con una cara informal y otra tan golfa como viciosa en la que se dejan de lado los principios y las buenas formas en lo referente a la identidad y las prácticas sexuales, las ideas políticas y el ejercicio de la función pública, la ética en los negocios o los lazos afectivos.

Mendoza no deja títere con cabeza y no hay gobierno, político, institución o capa social que se libre de su pluma mordaz y el sarcasmo de su construcción literaria. La ciudad de los prodigios prolonga a autores anteriores como Mihura o Valle-Inclán que encandilaban y seducían con sus formas para a través de la ironía dejar claro y patente que no todo lo que nos rodea es tan alegre y ligero como parece, pero que con buen humor se digiere mucho mejor.

 

“Kiki. El amor se hace” y se disfruta

Fresca, divertida, cachonda, espontánea, tan natural como lo son el sexo, la vida y las relaciones cuando las dejamos fluir libres de etiquetas, poses y prejuicios, bien hecha, bien contada, bien interpretada.

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La doble entrega de las aventuras de Carmina demostró que Paco León tiene poco pudor y aún menos vergüenza, que los prejuicios son cosa ajena a él y que su propuesta es acercarse a la vida y a las personas tal cual somos. Dicho esto, si algo nos hizo venir al mundo, nos da ratos de satisfacción y alegría –cuando no de felicidad transitoria- y supone un continuo estímulo para superar cuanto obstáculo nos surja por el camino, eso es el sexo. Así que únase este tema como hilo conductor, la manera de ver el mundo del amigo León y lo que ha aprendido tras dos producciones tras la cámara y el resultado que obtenemos es una de las mejores comedias vistas en mucho tiempo.

La primera secuencia, con ese collage de imágenes uniendo el comportamiento sexual humano y el animal demuestra que dos de los aspectos muy cuidados de Kiki. El amor se hace son su montaje y su fotografía. Cada encuadre está en ese preciso punto en el que se sitúa al espectador dentro de la escena, pero con la suficiente prudencia como para ser un testigo invisible de cuanto esté ocurriendo. Cada plano muestra lo que es necesario, dejando todo el protagonismo a los hombres y mujeres que transitan por ellos, seres de carne y hueso entre los que destila una química que va más allá de sus coordenadas para desparramarse entre los espectadores que llenan la sala. Lo de Natalia de Molina y Alex García, o lo de Candela Peña y Luis Callejo son auténticos fuegos artificiales. Un magnetismo como el que se da entre Luis Bermejo y Mari Paz Sayago, o entre Alexandra Jiménez y David Mora incluso con pantalla de por medio. En definitiva, magia, un porque sí irracional, sin aparente lógica, pero es ver juntos a Belén Cuesta, Ana Katz y Paco León y todo funciona.

Un acierto notable es no contar una única historia sino hasta cinco independientes, sin cruzarse entre ellas, tan solo quedando unidas por compartir dimensión espacio-tiempo al final de la proyección. El guión que nos va llevando de unas a otras está estructurado para darnos una visión tan completa como panorámica de lo que es la intimidad y el papel que el sexo tiene tanto en su consecución como en su consolidación. Y este, ¿qué es? ¿En qué consiste? Aparentemente, cada una de las relaciones que vemos en pantalla tiene como ingrediente una filia sexual que podríamos considerar rara, extraña, poco o nada convencional. Adjetivos calificativos que se caen y se esfuman gracias al humor dialogado y gestual que llenan cada secuencia y que demuestran que en esta vida lo normal es lo que hagamos que sea normal, y que lo raro será aquello a lo que le neguemos luz y palabras, aunque seguirá siendo parte de nosotros.

Y lo que corona esta película de principio a fin, lo que la hace grande, entretenida y divertida es su gracia, el desparrame de ingenio y de finura para hacer alegre cada momento. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos cada acontecimiento tiene el potencial de una sonrisa, de una carcajada si es acompañado. Y si es con deleite físico, mejor aún. De ahí a hacer de un roce una emoción, de una caricia una sensación, de hacer el amor el goce de vivir, va solo el ponerle la voluntad, las ganas y el buen humor de Kiki.