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“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee

Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

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La primera vez que leí ¿Quién teme a Virginia Woolf?  fue hace años motivado por la sensación que me dejó la película del mismo título y por la salvaje interpretación de Elizabeth Taylor en ella. Casi una década después he vuelto a este texto y he quedado aún más impresionado que entonces, más allá de los gritos y los insultos, el maltrato que se interfieren los dos protagonistas alcanza tal nivel de violencia psicológica que hace que dejes atrás el cuestionamiento de cómo es posible llegar a semejante comportamiento para sumirte en la parálisis de algo que resulta casi inconcebible.  Un profundo pesar y una desagradable resaca de vergüenza al pensar que en algún momento has llegado o has sentido el impulso de comportarte de semejante manera.

Edward Albee es maestro en tocar nuestros puntos débiles, aquellos que nos hacen vulnerables, para provocarnos respuestas que enfrenten nuestro edulcorado auto concepto individual (The zoo story, 1958) y social (The american dream, 1960) con aquello que no queremos o negamos ser. Tras estas dos obras iniciales, en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1961) la formalidad que imponen los espacios públicos queda sustituida por ese templo de la privacidad que es el hogar familiar. Un interior regido en ocasiones por leyes, normas y costumbres de dudosa lógica que solo conocen los que lo habitan. Cuestión aparte es quién las propone y quién las acata.

En la historia que Albee nos propone no hay un detalle ambiental que no oprima o enclaustre la acción. Desde la clandestinidad de la madrugada (el primer acto comienza a las dos de la mañana) a la carga de alcohol (el bebido antes de su inicio y el brandy y el whisky que se consume después de manera continua), el humo del tabaco o el desorden que describen las acotaciones del salón en el que transcurre lo que leemos/vemos. Sobre esta base se sitúa el trato de desidia, desprecio, amor enfermizo y complicidad que se dispendian Martha y George.

Una explosiva combinación a cuya influencia someten a Nick y Honey, una pareja de recién instalados en el campus universitario en el que residen los primeros desde que se casaron dos décadas atrás, justo el mismo paréntesis de edad que separa a unos y otros. Una diferencia que no supone una gran distancia entre ambos matrimonios. Lo único que les diferencia es el camino recorrido y la experiencia acumulada, pero deja claro que el egoísmo y la inhumanidad son comportamientos inherentes a toda persona.

Así, de manera tranquila pero sin pausa, ganando intensidad y tensando el ambiente a medida que transcurre la noche, el tono de voz es cada vez más elevado, los calificativos más duros, los ofrecimientos más obscenos y las afrentas más agresivas. Sin respetar los límites entre las parejas, convirtiéndose en un todos contra todos, pero en el que el ritmo lo marcan los primeros, haciendo de los segundos víctimas, instrumentos y destinatarios de su enquistado conflicto, al tiempo que les hace revelar la génesis de la que podría ser su futura guerra.

Diálogos duros y ásperos, pero certeros en su intención percutora, donde la rudeza que imprime la ingesta de alcohol se combina con la inteligencia de gente formada, de buena posición socioeconómica. A través de ellos Albee reflexiona también sobre cuestiones como el rol de la mujer en una sociedad androcentrista, la competitividad fomentada por la educación formal, el papel que la Ciencia y las Humanidades tienen en nuestra sociedad o el nepotismo que gobierna nuestras instituciones.

¿Quién teme a Virginia Woolf?, Edward Albee, 1962, Ediciones Cátedra.

Sobrecogedor relato el de “Amy (la chica detrás del nombre)”

No es este un documental que nos revele a la persona tras la artista, sino una muy bien elaborada propuesta –sin sentimentalismos ni gratuidades y con un excepcional trabajo de archivo y de montaje- sobre la mujer que pudiendo haber llegado a ser un genio de la música, en lo humano nunca consiguió ser una verdadera adulta. Una combinación de planos que dio como lugar una trayectoria en la que nadie a su alrededor supo, quiso o fue capaz de evitar su autodestrucción.

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Hubiera sido muy fácil retratar los 27 años de vida de Amy Winehouse como un camino del anonimato a la fama universal y los más grandes premios (cinco Grammys en 2007, entre ellos mejor álbum y mejor nueva artista) salpicado de episodios de alcohol, drogas y hombres. El recurso es fácil, hubiera bastado con tirar de las portadas de escándalo de la prensa amarillista inglesa y del archivo de emisoras de tv, y editarlo alternado con entrevistas llenas de declaraciones edulcoradas y primeros planos de los rostros circunspectos de las personas de su entorno personal y profesional.

Sin embargo, Asif Kapadia ha realizado un trabajo mucho más creativo y humano. Para ello ha buceado en la historia personal de Amy antes de que fuera un personaje público, pasando por su adolescencia y llegando hasta a su más temprana infancia. Etapas en las que se fija en determinadas cuestiones que estarán presentes a lo largo de toda su vida, condicionando la manera en que integrará las elecciones e imposiciones que supone el tener una carrera musical profesional de primer nivel. Tras una niñez marcada por la ausencia de su padre y una madre que no ejercía como tal, en su adolescencia bulímica y con sus primeros tratamientos fármaco-psiquiátricos, el jazz era su estímulo, sus ganas, su ilusión. Cuando Amy cantaba, era un torrente de voz, un derroche de emoción al micrófono que se fusionaba completamente con el espacio en el que interpretara, dejando boquiabiertos a quienes la escucharan. De ahí que atrajera el interés de la industria, no solo por su capacidad artística, sino también, por su potencial comercial.

A partir de aquí los aspectos públicos de la historia son los que ya conocemos, pero nos falta por saber de cuáles fueron consecuencia o a qué otros dieron lugar. “La chica detrás del nombre” hace de una imagen plana -de aquellas fotografías de una mujer que por efecto de las drogas respondía toscamente a los paparazzis a la puertas de su casa o a la que el alcohol la hacía tambalearse sobre los escenarios ante miles de personas- una realidad tridimensional. Contextualiza, presenta factores y atenuantes, una completa cronología de acontecimientos sin apuntar a culpables ni salvar a inocentes. Sin justificar, pero sí explicando.

La base es un excelente trabajo de documentación y de edición utilizando multitud de grabaciones audiovisuales, profesionales unas, caseras otras, en las que podemos ver tanto las imágenes más deslumbrantes como las más amarillistas del personaje público que fue Amy Winehouse, así como vídeos caseros e imágenes familiares de una pequeña niña en el salón de su casa de Londres o a una adolescente jugar con sus amigas en el jardín del mismo hogar o de vacaciones en Mallorca. El sobrio y asertivo relato compuesto por el director deja fuera de plano a las personas que formaron parte de su entorno pero que no fueron personajes públicos. Sin embargo, no prescinde de ellas y las integra en el discurso visual aportando sus puntos de vista y vivencias a través de sus voces en off subrayando, explicando o matizando lo que las imágenes proyectadas están contando en cada momento.

“Amy” es un documental casi más periodístico que artístico, con una marcada y clara intención de objetividad. No simplifica ni emite sentencias, presenta los acontecimientos que demuestran que la vida es sencilla cuando la creemos compleja y que tiene múltiples planos cuando nos empeñamos en simplificarla. Paradojas que hicieron que Amy Winehouse, a pesar de ser un personaje destinado a convertirse en una gran estrella, fuera también una persona que, dejada a su suerte en un entorno de cosificación muy exigente como es el de la industria discográfica y sin tener un camino personal claro ni capacidad para encontrarlo, acabara consigo misma.