Archivo de la etiqueta: manipulación

10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

10 películas de 2020

El año comenzó con experiencias inmersivas y cintas que cuidaban al máximo todo detalle. De repente las salas se vieron obligadas a cerrar y a la vuelta la cartelera no ha contado con tantos estrenos como esperábamos. Aún así, ha habido muy buenos motivos para ir al cine.  

El oficial y el espía. Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

1917. Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Solo nos queda bailar. Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Little Joe. Con un extremado cuidado estético de cada uno de sus planos, esta película juega a acercarse a muchos géneros, pero a no ser ninguno de ellos. Su propósito es generar y mantener una tensión de la que hace asunto principal y leit motiv de su guión, más que el resultado de lo avatares de sus protagonistas y las historias que viven. Transmite cierta sensación de virtuosismo y artificiosidad, pero su contante serenidad y la contención de su pulso hacen que funcione.

Los lobos. Ser inmigrante ilegal en EE.UU. debe ser muy difícil, siendo niño más aún. Esta cinta se pone con rigor en el papel de dos hermanos de 8 y 5 años mostrando cómo perciben lo que sucede a su alrededor, como sienten el encierro al que se ven obligados por las jornadas laborales de su madre y cómo viven el tener que cuidar de sí mismos al no tener a nadie más.

La boda de Rosa. Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

Tenet. Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

Las niñas. Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

El juicio de los 7 de Chicago. El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Mank. David Fincher da una vuelta de tuerca a su carrera y nos ofrece la cinta que quizás soñaba dirigir en sus inicios. Homenaje al cine clásico. Tempo pausado y dirección artística medida al milímetro. Guión en el que cada secuencia es un acto teatral. Y un actor excelente, Gary Oldman, rodeado por un perfecto plantel de secundarios.  

“Silla eléctrica” (Andy Warhol, 1971)

“Cuando ves una fotografía horripilante de manera reiterada y deja de tener efecto”. Esa es la idea que tenía en mente el padre del pop art cuando elaboró esta serie de diez serigrafías a partir de una instantánea con las que recordaba el fin de la pena de muerte en Nueva York en 1963.

Una de las primeras obras que se puede ver en el montaje de El sueño americano: del pop a la actualidad en el Caixaforum de Madrid es esta. Doblemente significativa. Por su demostración del potencial creativo y la influencia social que el arte gráfico ha adquirido en las últimas décadas. Y por su evocación de la banalización de mensajes, valores y discursos en que estamos inmersos hoy en día.

La ruptura con los cánones que se inició con las vanguardias terminó de estallar con el pop art y su logro de hacer que elementos de la cultura de consumo -personas, objetos, marcas- fueran también protagonistas de esa construcción llamada arte que hasta entonces estaba acotada a aquellos que contaban con el suficiente nivel económico para adquirirlo y, aparentemente, académico para entenderlo.

El nacido en Pittsburg en 1928 le dio la vuelta a la tortilla, dejó a un lado los ideales estéticos y puso sobre la palestra los mecanismos de identificación y proyección en un contexto en el que buena parte de la población estadounidense tenía sus necesidades materiales resueltas -la eclosión de la clase media- y el ideal del sueño americano necesitaba nuevas simbolizaciones con las que demostrar su existencia y adaptación a los nuevos tiempos. Las latas de sopa Campbell, los rostros de Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor y líderes políticos, el plátano portada de disco… Todo era susceptible de ser artísticamente transmitido y, en consecuencia, interpretado.

Nada nuevo en la historia del arte. La subjetividad, más o menos consciente y/o deliberada por convicciones individuales, marcada por la presión del entorno o exigida contractualmente por los mecenas, ha estado ahí siempre. Pero en los años 60 confluyeron la expansión de los medios de comunicación con la simplificación y abaratamiento de muchos medios de producción, y en ese punto de encuentro es donde temática y técnicamente surgen obras como esta de Andy Warhol. Así es como las creaciones artísticas, resultado de la producción seriada del arte gráfico y de la multiplicación de su reproducción en soportes audiovisuales (televisión y cine) e impresos (periódicos, revistas, vallas publicitarias, folletos…) comenzaron a llegar a mucho más público.

Pero junto con ellas va lo que transmiten. Belleza, valores e interrogantes. Imágenes que muestran y que plantean. Y como toda cara tiene su cruz, y sea por el límite de saturación que tenemos a la hora de procesar información, sea por la intención manipuladora (deliberada, por tanto) de algunos, puede llegar a ocurrir lo que Andy Warhol ¿denuncia? con esta serie. Un tema que comenzó a trabajar en 1963 y del que en esta exposición se ve la producción que realizó en 1971 (120 x 90 cm) y que forma parte de los fondos de The British Museum.

Un elemento tan atroz como el objeto con el que seres humanos son sentenciados -y no se trata de si se está a favor o en contra de la pena de muerte, aunque también- se convierte en un elemento estético, visual, agradable, armónico y complementario con nuestra vida de sonrisas y color, de derechos antes que deberes y de interés personal antes que bien común.

Dejamos de ver lo que es y lo convertimos en lo que necesitamos. En una pantalla tras la que ocultar la inseguridad, la máscara, el artificio, el hedonismo y la vanidad de nuestro ego. Si vamos más allá, en un filtro para enfocar la realidad bajo el prisma político, económico y social que -por principios compartidos, por intereses espurios- deseamos que esta tenga. Un riesgo, el de la llamada “democratización” del arte, convertido en una amenaza, la de la desinformación y de ahí a la mentira, la polarización y el enfrentamiento.

Miremos y leamos las portadas de los periódicos, las publicaciones más populares en las redes sociales y las piezas y cortes con que abren cada informativo radios y televisiones. Comparemos enfoques, chequeemos las declaraciones de nuestros representes públicos, las escenografías en que hacen acto de presencia, auditemos los datos en que sustentan sus afirmaciones. Quizás tenía razón Andy Warhol y lleguemos a la conclusión de que tuvo un punto visionario al ejemplificar de manera tan directa y evidente lo que hoy ya es (casi) norma, como “cuando ves una fotografía horripilante de manera reiterada y deja de tener efecto”.

El sueño americano: del pop a la actualidad, Caixaforum Madrid, hasta el 31 de enero de 2021.

“Seis grados de separación” de John Guare

Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

SixDegreesOfSeparatioin.jpg

La tensión es permanente en esta obra escrita en 1989. Comienza con tres personajes, una pareja (Ouira y Flan) y un conocido al que hace tiempo que no ven, haciéndonos partícipes, tanto por los diálogos entre ellos como por sus alocuciones directas a la platea y entre sonrisas de amistad, de la necesidad de dinero de los primeros. Antes de que estos asuntos queden resueltos hace acto de presencia alguien que atrae completamente nuestra atención, el joven Paul, un chico negro que se presenta como amigo de los hijos de la pareja y buscando refugio tras haber sido atacado en un parque cercano.

Una evidente apelación a los instintos de supervivencia y vinculación, el ser parte de un grupo que acoge y ayuda, que nos aleja completamente del materialismo y la superficialidad de quien hasta entonces hablaba sobre arte como objetos transaccionales y no como medios de expresión y comunicación. Algo sobre lo que se incide con las menciones del recién llegado al valor y el papel de la imaginación, a los cuentos de Chejov, a la espera de Godot y al poder de influencia de El guardián en el centeno sobre sus lectores. Un giro que salta por los aires cuando la empatía, bondad y generosidad suscitada por el afable muchacho se convierte en abuso, amenaza y agresión.

Un punto de inflexión a partir del cual John Guare nos genera un estado de alerta máxima. Lo que parecía transparencia y sinceridad no era más que una hábil manipulación. Caer en la tentación de la vanidad (conocer a un referente como Sidney Poitier y verse en la gran pantalla) ha hecho que estas personas de posición acomodada sientan que no controlan lo que les sucede, lo que les desestabiliza profundamente y despierta el catálogo de sus prejuicios (xenofobia, homosexualidad, diferencia de clases, drogas,…). Seis grados de desesperación se convierte a partir de ahí en una incertidumbre continua que nos mantiene en estado de shock hasta el final.

La aparición de otros personajes adultos, así como de los hijos de todos ellos confronta tanto a los primeros con lo sucedido –la punta de un iceberg que asusta- como con los principios que en el pasado transmitieron a sus vástagos. Un continuo in crescendo en el que la potencialidad de que algo peligroso suceda se instala de manera invisible en el ambiente, convirtiéndose en el aire que se respira. Una atmósfera de la que es imposible huir, en la que el personajismo artístico del matrimonio protagonista genera la atracción de alguien sin objetivos claros ni motivación aparente. Una amenaza que Guare despliega sobre su texto con paso firme haciendo que la inseguridad, la tensión y el temor de lo que pueda acontecer se instale tanto en el ánimo de sus personajes como en el de sus espectadores/lectores hasta un final tan sorprendente como verosímil.

Seis grados de separación, John Guare, 1990, Vintage Books.

“El oficial y el espía”, la verdad y la injusticia

Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

Mientras los americanos convierten las adaptaciones cinematográficas de sus luchas contra el sistema en relatos llenos de épica, el cine europeo suele poner el foco en la dureza y desgaste que estas situaciones tienen para quienes las viven (valgan como ejemplo títulos recientes, también de producción francesa, como Los miserables o Gracias a Dios). Así, para el director de Chinatown (1974) o El pianista (2002) lo importante no son las actuaciones y las emociones de los que situamos en el banquillo de los buenos, sino la injusticia a la que tuvieron que enfrentarse. No son héroes, sino personas a las que no les queda otra que la resiliencia para no dejarse eliminar por la tortura física y psíquica (en el caso de Dreyfus) y la corrupción de la administración (en el del coronel Picquart). No hacen de la moral y el sentido de la justicia una cuestión elevada, sino un sentir humilde e irrenunciable en el que reside la esencia del civismo individual y la convivencia colectiva.

Esto hace que el ritmo de El oficial y el espía sea sosegado. Su narración se inicia con lentitud, haciéndonos conscientes de las eventualidades que permitieron descubrir tanto el atropello sufrido por un inocente por el mero hecho de ser judío, como las personas que lo provocaron y pretendieron silenciarlo. Una vez expuestas dichas casualidades y causalidades, la rueda comienza a girar y tras lo puntual y anecdótico, comienza a tomar forma el corazón del guión de Robert Harris y la dirección de Roman Polanski, un panorama de ocultación, manipulación y falsificación combinado con actitudes de soberbia, arbitrariedad y amenaza que desemboca en una tensión judicial y humana tan bien conseguida como mantenida a lo largo del resto de la proyección.  

De fondo, y generando un sordo eco que llega hasta nuestro hoy, cuestiones como la idoneidad de las personas que están al frente de las altas instancias del estado y las motivaciones de sus mentiras, el poder de influencia y el deber informativo de los medios de comunicación, los límites del derecho a la libertad de expresión o la actuación como una jauría de la ciudadanía cuando esta es manipulada.

Y aunque esto hace abrirse el abanico de situaciones, argumentarios y cruces y encuentros de personajes, la película mantiene su tempo contenido. Un tono que le debe mucho a la excelente interpretación protagonista de Jean Dujardin (expresiva contención la suya) y la complementaria de un transformado Louis Garrel, por obra y gracia del maquillaje y la peluquería, en el malogrado Dreyfus. Acompañados ambos por un excelente reparto y sustentados por un notable diseño de producción que entre lo digital y la recreación nos traslada fielmente a los interiores y exteriores del París y el Rennes de finales del s. XIX y principios del XX.  

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“El idiota” de Vera y Dostoievski

Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

ElIdiota.jpg

Hay algo que hace muy especial este montaje de Gerardo Vera. La escena está sólidamente construida a todos los niveles, cada elemento está concebido y trabajado como si fuera el único y tuviera que destacar por encima de todo. Pero cuando escenografía, proyecciones, vestuario, luces, sonido y música se unen a las interpretaciones y el movimiento de los actores sobre las tablas, cumplen estrictamente su función. Resultan excelentes pero dejan que el protagonismo recaiga sobre lo que provocan las andanzas, la personalidad –orgulloso, tozudo e inocente a partes iguales- y el casi siempre imprevisible comportamiento del príncipe Myshkin sobre los que le rodean a su vuelta de Suiza tras pasar una temporada en un internado por problemas médicos.

Así, cuando el escenario abre su acción, atmósfera y emociones hacia el patio de butacas, la sala principal del Teatro María Guerrero se llena de una magnífica sensación, cuanto sucede es producto del libre albedrío del destino y no una ficción literaria. Una fantasía concebida por Dostoievski que se inicia con un protagonista que acude a San Petersburgo en busca de una prima lejana. Allí, el joven huérfano toma contacto con su familia y con aquellos con los que estos se relacionan. Un pequeño universo en el que le llaman especialmente la atención dos mujeres, Alexandra –hija de sus primos- y Anastasia –la prometida de Ganya, el asistente de su familiar, general del ejército ruso-.

La adaptación teatral de José Luis Collado de la novela publicada entre 1868 y 1869 muestra un doble frente. De un lado el de la atracción que confluye en el amor y los síes y los noes sin puntos intermedios del destronado Myshkin. Del otro, aquel contra el que estos chocan continuamente, una sociedad en la que los hombres se mueven por intereses económicos y el ejercicio del poder, y las mujeres por mantener o mejorar su posición social a cambio de seguir unas normas sociales y unos códigos estéticos. Ambiciones desmedidas y rigideces conductuales que generan conflictos y dramas en un ambiente imperial de aire francés en el que los exteriores se combinan con los interiores gracias al acertado manejo de las proyecciones y las transparencias, y los motores hacen subir y bajar escenarios que nos llevan de lugares suntuosos a residencias humildes.

Pero lo mejor de todo es la batuta que marca, además de la música y de los efectos de sonido,  el tono y el ritmo de la narración, el devenir de las personas que habitan El idiota. Y quienes la manejan bajo la muy eficaz dirección de Vera, son sus intérpretes, destacando entre todos ellos los que encarnan a Myshkin y Anastasia. Fernando Gil realiza un trabajo soberbio a nivel verbal, gestual y corporal, haciendo que su personaje sea único y se gane la atención del público por el encanto y atractivo personal que imprime a su personaje. Marta Poveda, en cambio, actúa como un instrumento de percusión, golpea el aire con su presencia haciendo que cuanto la rodea se amolde a la vibración de su presencia y al eco de su recuerdo cuando no está en escena.

El idiota, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“¿Qué estás mirando? 150 años de arte en un abrir y cerrar de ojos” de Will Gompertz

Desde el Impresionismo, Gauguin y Cézanne hasta el streetart de Bansky y el activismo político de Ai Weiwei pasando por todos los movimientos artísticos del último siglo y medio. Un entretenido e instructivo viaje por las motivaciones, retos y logros de cada período a través de lo expresado en sus manifiestos, lienzos, esculturas o instalaciones por figuras hoy ya indiscutidas y otras aún pendientes de ser reconocidas por algunos segmentos del público (artístico, académico o generalista).   

QueEstasMirando.jpg

Rara es la subasta en la que no se pagan decenas de millones por las obras de los autores impresionistas,  artistas a cuyas exposiciones acudimos en masa en cualquier lugar del mundo. Pero en su día tuvieron que buscarse un local para conseguir que sus óleos fueran vistos por el público ya que todas las instancias oficiales del París de la década de 1870 les negaban tal posibilidad por no seguir la pauta del estricto academicismo imperante. Los pocos que fuera de su círculo más íntimo vieron sus lienzos, consideraron a Van Gogh un loco inútil que malgastaba el óleo que aplicaba sobre sus telas. Poco tiempo después, la furia expresiva que manifestaban esas pinceladas se convirtió e uno de los motivos por los que el holandés ha sido desde entonces una de las figuras más destacadas e importantes de la historia de la pintura.

Son solo dos ejemplos con los que Will Gompertz  nos muestra cómo lo que hoy consideramos pasos consolidados de la evolución del arte, fueron en su momento ignorados, discutidos o despreciados. Una tónica que se ha seguido repitiendo cada vez que un artista proponía algo diferente, ya fuera innovando en cuanto a aspectos técnicos (integrando en las obras elementos de la vida cotidiana a la manera del arte conceptual), inspiracionales (tomando como propios los principios de la ciencia de la física como hacía el futurismo, o indagando en la antropología, he ahí el cubismo), intencionalidad (no solo estética, sino también política, valga como ejemplo el posmodernismo) o punto de vista (buscando otras caras de la realidad y no únicamente la de su lado más bello y socialmente amable, tal y como se propuso el expresionismo alemán).

Siglo y medio intenso, prolífico y enriquecedor, lleno de nombres –Picasso, Duchamp, Brancusi, Kandinsky, Pollock, De Kooning, Warhol, Lichtenstein,…- que admiramos, valoramos y respetamos hasta que llegamos a un hoy en que el arte no es una historia pasada, sino que es también un relato que sigue evolucionando y se está escribiendo en tiempo real.  Llegados a este punto, el que fuera director de la Tate Gallery se aventura a responder en qué momento de la historia del arte estamos. Con el mismo enfoque directo, divulgativo y relacional con que nos ha llevado hasta este último capítulo de ¿Qué estás mirando?, y sin las petulancias que muchas veces encontramos en escritos sobre este mundo, Gompert explica cómo hemos ido más allá del posmodernismo hasta situarnos en un punto en que muchas veces tenemos la sensación de que todo vale.

La combinación de capitalismo sin límites y ruido mediático en que vivimos ensucia y maquilla el presente a partes iguales haciéndonos creer que la creación e investigación artística se mueve hoy en día en base a las cotizaciones que consigue en las subastas y por su capacidad para generar titulares. Aspectos que tienen algo de cierto, pero que también son utilizadas por los autores actuales para llegar un poco más allá, ofrecer lo nunca conseguido antes e impactarnos tanto visual como intelectualmente. He ahí el transgresor Damien Hirst (el de los animales en formol), el certero Sheperd Fairey (universal su cartel de Barack Obama) o el siempre descarado Jeff Koons (aunque también despierte sonrisas amables con su Puppy a las puertas del Guggenheim de Bilbao). El arte sigue vivo y actuando como un perfecto espejo de quiénes y cómo somos y quizás por eso no nos gusta la imagen de paradoja, manipulación y sensacionalismo que nos devuelve.

“Lady Macbeth” no tiene límites

La satisfacción personal por encima de todo. Conlleve lo que conlleve el deseo de amar y el impulso de poseer. Ya sea el goce de la manipulación, la hiel de la venganza, la interpretación de la mentira o la invisibilidad de la transformación. No hay registro que no domine a la perfección esta mujer empeñada en salirse siempre con la suya. Un contenido drama costumbrista que combinado con momentos más propios del thriller, se introduce hasta sus últimas consecuencias en las tinieblas y la oscuridad de la erótica del poder.

LadyMacbeth.jpg

Lo que comienza pareciendo una historia en la que se reivindica el derecho a la libertad individual acaba siendo una enrevesada niebla tras la que no hay más que la voluntad de tener lo que se quiere, consiguiéndolo cueste lo que cueste. En el inicio Lady Macbeth parece ser una fémina débil y atrapada, condenada por su condición de mujer a un matrimonio carcelario. Las cuatro paredes de su hogar la recluyen junto a sus espectadores, que la acompañan en su anhelo de libertad y la justifican y apoyan en los métodos que utiliza para hacerse respetar y ganarse su sitio. La llegada de ese instante no supone la consecución de una meta, sino haber alcanzado un punto de inflexión a partir del cual descubrimos que los modos y maneras que hasta entonces hemos justificado nos han convertido en cómplices de una trayectoria que seguirá en esa senda ante los nuevos obstáculos que surgirán en su camino.

Los tonos mate y los cielos nublados de la campiña inglesa del siglo XIX y la formalidad de sus costumbres sociales hacen recordar inicialmente las novelas de Jane Austen o las Cumbres borrascosas de Emily Bronte. Sin embargo, no son más que una correcta imagen de líneas sobrias y colores apagados muy bien equilibrados tras los que se esconden pulsiones como las del cine de Michael Haneke o Paul Verhoeven, sobrecogedoras sorpresas y giros argumentales como los de los relatos de Henry James y una atracción hipnótica por el deseo de ir más allá como la que sentían las protagonistas de los primeros títulos de Alfred Hitchcok en Hollywood (Rebeca o Recuerda).

Todo ello condensado en una mujer, Katherine, que tras la rectitud de su gesto esconde un volcán que entra en erupción cada vez que se despierta en ella la pasión por el hombre al que desea. Una medida y parca escenografía en la que este astuto camaleón sabe camuflarse y mover cuantas piezas haga falta para lograr que el resultado final sea el codiciado sin dejar huella de su intervención. Una progresión en la que parece que no hay manera de que se sienta saciada y cada hito conseguido no es más que el paso previo para la puesta en marcha de una mente maquiavélica que entra en acción cada vez que la insatisfecha fogosidad de su corazón así se lo requiere.

Su fría y displicente mirada, sus duros silencios, su cuerpo, sigiloso unas veces, ardoroso y demandante otras, hacen de Lady Macbeth un personaje de lo más inquietante y desconcertante (como un Jekyll & Hyde formado por Isabelle Huppert e Isabelle Adjani), a la par que atractivo y seductor. Es inevitable no dejarse atrapar y caer fascinado tanto por ella como por Florence Pugh.