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“Mil mamíferos ciegos” de Isabel González

El mundo visto desde el otro lado, desde dentro hacia fuera. Isabel González no describe lo que vemos, sino que cuenta cómo se formulan, viven y materializan las emociones y las sensaciones en la mente, el corazón y el cuerpo de Yago, Santi y Eva. Una historia inquietante y sugerente, hipnótica y desconcertante, kafkiana. Como si el David Lynch de “Twin Peaks” hubiera dejado la narración visual por la literaria y las imágenes de “El perro andaluz” de Buñuel y Dalí se transformaran en palabras.

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Una de las tramas de Mil mamíferos ciegos nos lleva a la naturaleza, a la profundidad de un bosque, como si pretendiera llevarnos a la génesis, al momento de la concepción. Instante en el que comienza la evolución y la formación de la persona, de sus creencias, deseos y metas. Pero en esta ocasión este no es un proceso social o tutelado, Yago marcha por decisión propia, y allí donde se refugia no es para retirarse con fines espirituales o anímicos sino para algo mucho más primario y sencillo, dedicarse tan solo a aquello para lo que se siente llamado, tallar troncos de árboles.

Una pulsión en la que la autora se sumerge para relatarnos cómo es el mundo y cómo se interactúa con él cuando se está en esas coordenadas que no se definen por el cuándo y el dónde, que es incluso más que un estado anímico y una actitud ante la vida. Una forma de mirar y de sentir materializada con una elaborada y meticulosa prosa a base de expresivas frases cortas que concatenan, como en un cuadro cubista, afirmaciones que se interrogan sobre el sentido de lo visto, impresiones sensoriales aun en estado puro y razonamientos producto de la experiencia de la soledad. Sentencias que se suceden porque no hay otra manera de ponerlas sobre el papel, pero que en el ambiente real desde el que nos son trasladadas se intuye que no son lineales, sino que resultan simultáneas.

Por su parte, en la ciudad en la que viven Yago y Eva, lo visceral, el mandato del hipotálamo, es diferente, adopta la forma de filia sexual. La obsesión del primero por los pies de la segunda hace que ella se sienta lejos de él, cosificada, en dimensiones diferentes y sin visos de diálogo. Una interlocución imposible porque él está siempre buscando el refugio, la grieta o la oscuridad en la que ocultarse, sea ya entre las piernas de ella, en el techo o en los lienzos que pinta.

Tanto una realidad como otra son relatadas a través de una serie de cuadros, escenas y secuencias con un profundo sentido audiovisual, generando con su ritmo una atmósfera envolvente más propia del discurso cinematográfico que del literario. La clave del estilo de Isabel González está en la perturbadora, poética –y por momentos psicodélica- experiencia que genera su lectura. Una sugerente y provocadora sucesión de imágenes que se superponen de manera hipnótica, con una lógica que poco a poco se deja descubrir y que hace que Mil mamíferos ciegos resulte un gran círculo temporal. Una línea sin principio ni final que une el presente como el pasado más cercano y el lejano, aquel que está, incluso, en las páginas anteriores a su inicio.

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24 días en Texas

Como si cada uno de ellos fuera una hora de una jornada cualquiera. Un conjunto de anécdotas, momentos como testigo y de vivencias en primera persona que forma una circunferencia como la de un reloj. La hora 25 bien pudiera ser la jornada de mañana o el siguiente viaje, a sabiendas de que aunque haya instantes similares ya no serán iguales que los anteriores.

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01. El 49% de la población de este estado es latina. Si Texas fuera un estado independiente, un país (ya lo fue como república de 1836 a 1845, tras haber sido territorio mexicano y español) sería la décima potencia económica del mundo. ¡Lo que da de sí el petróleo y el gas!

02. Mirar por la ventana de la habitación en Austin y ver cuatro iglesias, tantas como películas porno ofrece en su primera pantalla el pay-per-view del hotel.

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03. Alojarte en un complejo de 1120 habitaciones en el que coincides con una macro reunión de la Iglesia Baptista Americana y una convención de monitores de fitness. Los primeros llenan los ascensores de biblias, los segundos te amedrentan con su presencia en el gimnasio. Yo me siento como en un capítulo de “Hotel”, pero no veo por ningún lado a Connie Selleca ni a James Brolin.

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04. Ni un aparcamiento subterráneo, todos son edificios mastodónticos de varias plantas, incluso en el centro de las ciudades. La armonía y la estética visual en el cuadriculado trazado urbano ni están ni se las espera.

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05. En la calle 30 grados cargados de humedad, en el interior de cualquier restaurante o comercio, hasta 18 o 19 grados bien secos. Viva el imperio del aire acondicionado.

06. Hoteles de cuatro estrellas en los que todo el material de restauración que se utiliza es desechable: platos, vasos, cubiertos,… Aquí los conceptos de reciclaje y de cambio climático son como el de calor para un esquimal, no los conocen.

07. Frank, mi vecino de mesa en el desayuno me cuenta que fue militar americano en la base naval de Rota. Habla perfectamente castellano porque nació en Puerto Rico, donde vive su hijo. Él, ahora divorciado, reside en Texas después de haberlo hecho en Massachusetts, Washington y Virginia tras volver de España hace siete años.

08. María, la mujer que limpia hoy la habitación me cuenta que es mexicana, de Guanajato, que lleva ya 30 años en Dallas y que sabe que su abuela llegó de España pero que no recuerda la ciudad.

09. Dallas y Fort Worth, 1,2 y 0,75 millones de habitantes y 50 km de distancia entre ellas, las dos ciudades principales del norte del estado. ¿Transporte público entre ellas? Una combinación que exige tren y autobús que solo se produce cada dos horas y que no existe los domingos (a no ser que no haya conseguido informarme bien).

10. Para ir al The Meadows Museum, el que dicen que es como un pequeño Museo del Prado, esperar 20 minutos a que llegue el tranvía, 20 minutos de trayecto y 20 minutos andando para dejar atrás el centro comercial, la autopista y la zona en obras que has de recorrer antes de llegar a su puerta.

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11. Restaurantes en los que hay camareros cuya única función es rellenarte el vaso de agua, si les pides algo con respecto al menú llaman a un “superior” que es el que te atiende. Este segundo se presenta diciéndote su nombre y añadiendo una coletilla que dice algo así como “me voy a encargar de ofrecerte el mejor servicio, cualquier cosa que necesites estoy a tu disposición”. Todo ello con una gran sonrisa profident y una perfecta dicción. Bueno, esto último no siempre.

12. Entre los comensales una familia donde ves que no solo los adultos ocupan el doble que tú, sino que los dos hijos que probablemente no lleguen a los diez años, seguro superan las 181 libras que pesas tú (82 kg). ¿Perdón? ¿Que yo peso 181 libras? Está bascula está mal, fatal.

13. Twin Peaks ya no es solo la famosa serie de David Lynch sobre la búsqueda del asesino de Laura Palmer. A partir de ahora es también en mi memoria una cadena de bares con grandes pantallas en las que se proyecta deporte de manera continua y eres atendido por camareras que parecen salidas de un anuncio de mini-shorts, mini-camisas y productos para tener una piel y un pelo perfecto. Si quieres la versión low cost, entonces vas a Hooters. Eso sí, paga tu consumición antes del fin de turno, ya que si no, la chica se queda sin el 15% de propina que vas a añadir, que es en lo que consiste la mayor parte de su sueldo.

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14. Dormir con tapones donde quiera que lo hagas, siempre hay una autopista cerca con tráfico constante a todas horas.

15. Según Google las librerías más cercanas que tengo en Dallas están ¡a más de 12 km ¡del centro ciudad! A ver a cuál de las dos elijo ir. Me agobio con tantas opciones.

16. Taxistas que te cuentan que nacieron en Ghana, Etiopía o Costa de Marfil. Que se vinieron hace ya 15, 20 o 30 años porque aquí se vive mucho mejor, aquí se sienten libres, aquí tienen de todo, tanto que hasta han conseguido la nacionalidad americana. ¿Por qué vine aquí? Porque ya tenía amigos en esta ciudad.

17. En la mañana de un viernes me dijeron: “¿No conduces? ¿No disparas? ¡Tú no eres un nombre de verdad!”, a lo que solo se me ocurre responder con una sonrisa.

18. Creo que el único personaje que podría considerarse histórico nacido en Texas que me viene a la cabeza es Beyonce. Supongo que esto complementa al párrafo anterior (vuelvo a sonreír mientras reproduzco a la diva en mi cabeza interpretando en directo “Crazy in love”).

19. “I do for all” o “Pride Nation” son los titulares de portada de The Dallas Morning News y USA Today tras reconocer el Tribunal Supremo de este país el 26 de junio que el matrimonio es un derecho al que pueden acceder aquellos que quieren casarse con otra persona del mismo sexo. Al menos sobre el papel, este país da un paso adelante en derechos humanos, en respeto a la dignidad y a la libertad individual de todas las personas.

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20. Merece mucho la pena visitar el centro de escultura Nasher con obras de Picasso, Giacometti, Gauguin, Rodin, Richard Serra, Jaume Plensa, o la fantástica “Rush hour” (1983) de George Segal.

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21. Enchufar la televisión e ir de canal en canal entre informativos que estiran las noticias hasta el inifinito, talk-shows, reality shows y reposiciones de series hasta llegar a uno en que cada día se dedica a emitir una película varias veces. Hoy “El padrino”, mañana “Regreso al futuro” y el 4 de julio “Independence day” con Will Smith salvando a la patria del ataque alienígena.

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22. “Y tú, ¿cómo celebras el 4 de julio?” Respuesta de Matthew, “básicamente lo que hago es reunirme con amigos y estamos de barbacoa hasta la noche en que vamos a algún sitio a ver los fuegos artificiales”.

23. Broadway pilla lejos, pero aún así conozco un musical del que no había oído hablar hasta ahora, “Cinderella” de Rodgers & Hammerstein. Qué bien suena “Ten minutes ago”, los pelos como escarpias y brillo en la mirada.

24. En un trayecto de diez minutos en coche en un pueblo de 30.000 habitantes me cruzo con varios templos baptistas, metodistas y episcopalianos, además de católicos, la Abundant Assembly of God y la iglesia de Cristo, en cuya puerta un gran cartel dice que este mes estamos todos invitados a ir los domingos a las 09:30 a estudiar juntos cómo fue el siglo I de la historia del Cristianismo.

Lo siento, pero es que vuelvo a España, no podrá ser, quizás la próxima vez, ¡Dios dirá! Por cierto, no he visto ningún cowboy ni asistido a ningún rodeo, ¿excusas para volver?

30 años de “La historia interminable”

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Este 6 de diciembre se cumplieron tres décadas del estreno en España de esta película de Wolfgang Petersen basada en la novela de Michael Ende. La historia y su mensaje siguen igual de vigentes, tiene la misma fuerza. El mundo de Fantasía acechado por La Nada, y que solo puede salvarse si desde la Realidad se sueña. ¿Puede haber algo más atemporal y real a la par? ¿Algo que es tan propio de niños como y tan ausentemente presente en los adultos? Provocaba una sonrisa ver en el pase al que acudí ayer en el Artistic Metropol (Madrid) a padres con hijos en edades similares a las que ellos debían tener cuando  la vieron en el cine. Sonrisa aumentada al acabar la sesión y escuchar a los pequeños comentar con ilusión y asombro cómo los personajes de Baltasar y Atreyu están interrelacionados, la rapidez del caracol de carreras o el malvado lobo Gmork.

Desde 1984 los recursos técnicos de la industria cinematográfica han cambiado mucho, los efectos especiales que entonces nos asombraron hoy se miran desde la butaca con cariño y un punto de admiración al recordar cómo aquellos momentos artesanales -a base de maquetas e inserciones croma en momentos en que Photoshop y la edición digital eran alcances aún por inventar-, junto con una buena resolución en los temas de fotografía, vestuario y escenografía, podían hacernos sentir tanto como los hiperdesarrollos informáticos de hoy en día. Colin Arthur, el responsable de los efectos especiales de la película, contaba ayer en el previo a la proyección cómo el gigante comepiedras está inspirado en él mismo y el blanco dragón Fújur en su entonces mascota. “… Realmente entonces no hablábamos de efectos especiales, sino de efectos ópticos…”, señalaba este hombre de cine con una carrera tan amplia que abarca colaboraciones con figuras como Stanley Kubrick (“2001, una odisea del espacio”) o Pedro Almodovar (“Hable con ella”).

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Atención especial merece también  la banda sonora de Giorgio Moroder a golpe de sintetizador, como con los que revolucionó la música disco y lanzó al estrellato a Donna Summers, y su tema principal, “The never ending story”, una de esas canciones de la que podemos decir que no fue solo uno de los temas del año, sino de toda una época. De aquellos años son películas de factura similar sobre mundos fantásticos como “Dune” (David Lynch), personajes de leyenda como “Lady halcón” (Richard Donner) o historias entre la fantasía y la realidad como “La princesa prometida” (Rob Reiner). Títulos que también nos hicieron soñar e imaginar tanto que, a la par que se hicieron su sitio en la historia del cine, se convirtieron en parte del imaginario de los que entonces éramos niños.

Michael Ende no quedó nada satisfecho de la adaptación de su novela (publicada cinco años antes), hasta el punto de pedir que se retirara su nombre de los créditos del film, al contrario que los más de dos millones y medio de personas que la vieron en España. Como con tantos otros textos siempre existirá la diatriba de cuál está mejor, si el libro o la película, a lo que yo respondo, ¿y qué más da? Es interesante el debate sobre la fidelidad o no de la segunda hacia el primero, pero en cualquier caso son creaciones diferentes (he ahí “Las crónicas de Narnia”, “Harry Potter”, “El señor de los anillos”,…). Y como tal merece la pena disfrutar de ambas, pasando las páginas de, y con Wolfgang Petersen observando desde la butaca lo que en la oscuridad de una sala sucederá mágicamente sobre la pantalla, hoy como hace 30 años, que podemos volar a lomos de un dragón con cara de golden retriever achuchable al que desearíamos llevarnos a casa.

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“Corazón salvaje” de Barry Gifford

IMG_20140515_095449Esta es la historia del viaje de Sailor y Lula por los paisajes infinitos de los estados americanos del Golfo de México. Hace mucho calor y se siente una pegajosa humedad en algunos pasajes y un calor infernal en otros que hacen que todo suceda lentamente en lugares con una escenografía tan básica como someras son las descripciones que las detallan.

Sailor y Lula huyen, Lula de su madre y Sailor de su pasado como presidiario. Y juntos se dan lo que necesitan, Lula recibe de Sailor el cariño espontáneo que ofrece y no exige, y Sailor de Lula el calor humano que le hace sentir que sigue siendo tal. Discurren por carreteras en las que apenas se cruzan con otros vehículos, paran en hoteles anónimos sin aire acondicionado y comen en restaurantes cuyas camareras ejercen como embajadoras del lugar para los recién llegados.

La que podría parecer una construcción sencilla y lineal, es en realidad la de un completo universo gracias a la variedad de registros de Barry Gifford. A su asertividad como narrador únase el malhablado lenguaje con el que expresan sus básicos planteamientos los dos protagonistas, la explosión visceral de Marietta (la madre de Lula), la imaginación y dotes literarias de Johnnie, el estilo periodístico de una cabecera de San Antonio o el de un programa de entretenimiento radiofónico de una emisora que emite desde Houston.

Entre unos y otros se hilvanan momentos del presente con instantes y recuerdos del pasado e historias de otros que se cruzan en sus caminos con referencias musicales, literarias y cinematográficas formando un completo caleidoscopio de una supuesta parte de la sociedad y  la cultura americana.