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“Consentimiento”

No es no. Pero cuando se le intentan buscar grietas jurídicas a una afirmación tan tajante, el destino hace de las suyas con quien osó poner en duda que el negarse a tener sexo fuera pronunciado con convicción.  Ese es el propósito de una función con un mensaje muy bien intencionado, pero a la que le sobran minutos para transmitirnos lo que pretende.

Consentimiento

Hace un año Magüi Mira presentaba en esta misma sala Festen. Salí de la representación con sensaciones parecidas a las que me ha provocado esta función. El escenario dispuesto en forma de U, con los personajes entrando desde su lateral abierto, momentos del conjunto humano comportándose como una masa anárquicamente compacta para generar una intencionada crispación en una situación muy límite. También entonces, como ahora, la diatriba argumental entre el que necesita que su dolor sea reparado y el que pone en duda lo que pasó, los efectos que esto generó o su carácter agresivo.

En su nueva propuesta, Mira ahonda en lo injusto que es para la víctima tener que defenderse utilizando el exclusivo y dialécticamente enrevesado lenguaje judicial. Y hacerlo, además, en un entorno de procedimientos solo comprensibles para los formados en él, en el que el valor de la justicia ha de luchar contra la habilidad de la retórica y la capacidad de la elocuencia. Pero Consentimiento no se queda ahí sino que da un paso más allá y nos presenta cómo se enfrentan a esta situación los habilidosos de la palabra y el Derecho cuando son ellos los que han de justificar sus afirmaciones.

Un viaje de un lado a otro que Mina Raime (autora del texto estrenado en Londres meses atrás) hace que acabe siendo completamente circular. Nos obliga a sustituir los planteamientos teóricos por la vivencia, las huellas y las cicatrices de la experiencia de la violencia sobre las dos dimensiones de toda persona. La física, atentada por la violación sexual y la moral, atacada por la deslealtad. Un claro propósito que, sin embargo, no es tan directo como sería de esperar, sino que se comporta como el Guadiana en una ruta dramática en la que la generación, la vivencia y la resolución de los conflictos –individuales, amistosos y conyugales- se confunden con la presentación y el retrato de los hombres y mujeres que los viven.

Así, el caso inicial, el de la mujer de estrato social humilde e intelectualmente limitada, violada que acude a los tribunales, se diluye en el momento en que el poder económico y el esnobismo pijo y snob de tres abogados, acompañados de las parejas de dos de ellos y una amiga común, hace acto de presencia y lo llenan todo con su verbo fácil, sus convencionalismos de clase media alta y profesiones liberales y sus conversaciones recurrentes. Tampoco ayuda, aunque no influye negativamente, el que este sea un montaje sin más escenografía que unas pocas cajas que los actores mueven por el escenario y de las que sacan los escasos elementos de atrezzo con que cuentan.

Consentimiento, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).

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“Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano”

La esencia del teatro es la fuerza de la palabra. Cuando el texto tiene mensaje y está bien estructurado, surgen de él una historia completa y unos personajes definidos. El siguiente paso es una puesta en escena –escenografía, iluminación, música- y un elenco actoral a su servicio que den forma a lo escrito y lo conviertan en un tiempo y espacio de sensaciones y reflexión para sus espectadores. Eso es lo que sucede en este sobrio y acertado Sócrates, que no solo causa disfrute, sino que también hace pensar en cómo lo acontecido en el 399 a.C. en Atenas sigue sucediendo de alguna manera en nuestra sociedad actual.

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Goya grabó que “el sueño de la razón produce monstruos”, una ironía que siglos antes bien pudiera haber pronunciado Sócrates. Con el único arma de sus palabras acerca de la práctica política y religiosa de Atenas, así como su análisis del papel y obra de los dioses imperantes (una buena metáfora de los discursos vacíos sobre los valores a practicar) se granjeó el rechazo de aquellos que vivían bajo el halo de estos teóricos principios gobernantes de la sociedad de su tiempo. No por ser diferente o no dejarse gobernar por ellos, sino por poner en duda la arquitectura que les sostenía y en consecuencia, tener la posibilidad de destruir la entelequia desde la que ejercían lo que ellos llamaban democracia, y que el hijo de un cantero y una comadrona demostraba continuamente que no era más que el libre ejercicio del poder con el fin de someter al resto de sus compatriotas.

Saber argumentar, exponer ideas e hilvanar palabras con orden y sosiego constituye todo un arte, la retórica, para el que parecía estar muy bien dotado esta figura clave de la Grecia clásica, maestro de Platón y profesor de Aristóteles. Ahora bien, esta belleza se convierte en poder de influencia cuando con lo que se transmite, no solo se engalana los oídos, sino que se despierta la mente del que escucha, activando su pensamiento. Pone en marcha en él una luz que puede más que el alrededor oscurecido por la penumbra de las falsedades sustentadas con temores sociales y amenazas espirituales.

Escuchando y viendo “Juicio y muerte de un ciudadano” no solo se viaja a la ciudad en la que nació la democracia, sino que se tiene la sensación de estar con un pie allí y otro aquí, en nuestros días de líneas rojas ideológicas, conversaciones políticas sin interlocutores, incapacidad para escuchar argumentos diferentes, inexistente voluntad de diálogo y difícil de percibir vocación de servicio público. El texto de Mario Gas y Alberto Iglesias es de una claridad y transparencia que no deja escapatoria alguna para entender su mensaje sobre dónde está el camino que lleva a la verdad y a la justicia, y las posibilidades que tienen frente a ellas la capacidad y la voluntad del hombre.

La presentación de los acontecimientos de los que vamos a ser testigos, del argumentario del juicio y de la persona y el final de Sócrates, que se suceden a lo largo de los noventa minutos de representación, son un viaje de largo recorrido que realizamos sin sentir que nos desplazamos, tal es el poder embaucador de lo que escuchamos y presenciamos. Con una escenografía que ha convertido a la sala en la plaza de Atenas en la que tiene lugar la vista judicial, los actores -brillante José María Pou al frente- no necesitan más que levantarse y alzar la voz para atraer toda nuestra atención. Fijación que no se la lleva su presencia física, ellos no están sino que son lo que el texto dice que han de ser y transmitir.

Cuando la palabra dramatizada es poderosa no hace falta más que una persona que ejerza de intermediario entre el papel en el que están escritas y sus destinatarios, así como un foco que nos deje ver su localización sobre el escenario. Así es esta recreación de Sócrates, como así debía serlo el Sócrates real que vivió hace muchos siglos.

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“Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano”, en las Naves del Español (Madrid).