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10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

10 montajes teatrales de 2020

El teatro es como ese navegante que, cueste lo que cueste, siempre se mantiene a flote. Te hace reír, llorar y pensar. Te abstrae, te incomoda y te sacude. Te saca de tus coordenadas y te arroja a las vicisitudes de mundos que ignoras, esquivas o desconoces. Te aporta y te da vida, te engrandece.  

“Prostitución”. De la comedia cabaretera a la verdad del teatro documento y la exposición de la denuncia política. Un recorrido por historias, testimonios y situaciones que hemos escuchado, leído, comentado y banalizado muchas veces.

“Carmiña”. Tras «Emilia» (Pardo Bazán) y «Gloria» (Fuertes), la tercera entrega de la Mujeres que se atreven de Noelia Adánez en el Teatro del Barrio puso el foco en otra gran escritora, Carmen Martín Gaite. Un personaje tan solvente como los anteriores, respetando su carácter único y dándole una solvente entidad dramática.

“Los días felices”. Un texto que se esconde dentro de sí mismo. Una puesta en escena retadora tanto para los que trabajan sobre el escenario como para los que observan su labor desde el patio de butacas. Un director inteligente, que se adentra virtuosamente en la complejidad, y una actriz soberbia que se crece y encumbra en el audaz absurdo de Samuel Beckett.

“Curva España”. El muy peculiar humor gallego de Chévere. Un particular “si hay que ir se va” que les sirve para elucubrar, imaginar y ficcionar la Historia (con mayúsculas) para dar con las claves que explican y ejemplifican muchas de nuestras incompetencias y miserias.

“Traición”. Israel Elejalde convierte la construcción literaria y psicológica entre el silencio, los monosílabos, las interjecciones y las frases hechas de Harold Pinter en un sólido montaje con buenas dosis de amor y humor, pero también de corrosión y dolor.

“Con lo bien que estábamos”. Qué arte, qué lujo y despiporre el de la Ferretería Esteban. Un espectáculo que suma esperpento, absurdez y espíritu clown. La atemporalidad de la tradición, de los clichés, los recursos y los guiños que si se manejan bien siguen funcionando.

“El chico de la última fila”. Multitud de capas y prismas tan bien planteados como entrecruzados en una propuesta que juega a la literatura como argumento y como coordenadas de vida, como guía espiritual y como faro alumbrador de situaciones, personajes y aspiraciones.

“Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero”. La muerte es una etapa más, la última de la materialidad, sí, pero también la del paso a la definitiva espiritualidad, que en el caso del que se va no se sabe en qué consiste, pero para el que se queda adquiere denominaciones como legado, recuerdo, homenaje y honramiento.

“Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra”. Activismo feminista y ecologista, dramaturgia, plasticidad, danza, crítica social y notas de humor en un montaje que va del costumbrismo al existencialismo en una historia que recorre nuestras tres últimas décadas.

“Macbeth”. La obra maestra de William Shakespeare sintetizada en una versión que pone el foco en la personalidad y las motivaciones de sus personajes. Dos horas de función clavado en la butaca, sin aliento, ensimismado, seducido e hipnotizado por un elenco dotado para la palabra y la presencia.

10 ensayos de 2020

La autobiografía de una gran pintora y de un cineasta, un repaso a las maneras de relacionarse cuando la sociedad te impide ser libre, análisis de un tiempo histórico de lo más convulso, discursos de un Premio Nobel, reflexiones sobre la autenticidad, la dualidad urbanidad/ruralidad de nuestro país y la masculinidad…

“De puertas adentro” de Amalia Avia. La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza. Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt. Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk. El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf. Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor.

“A propósito de nada” de Woody Allen. Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado que repasa hilvanándolo con su propia versión de determinados episodios personales.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset. ¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos?

“La España vacía” de Sergio del Molino. No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee. Reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman. Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización.

10 novelas de 2020

Publicadas este año y en décadas anteriores, ganadoras de premios y seguro que candidatas a próximos galardones. Historias de búsquedas y sobre la memoria histórica. Diálogos familiares y continuaciones de sagas. Intimidades epistolares y miradas amables sobre la cotidianidad y el anonimato…

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón. Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith. Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

“Mis padres” de Hervé Guibert. Hay escritores a los imaginamos frente a la página en blanco como si estuvieran en el diván de un psicólogo. Algo así es lo que provoca esta sucesión de momentos de la vida de su autor, como si se tratara de una serie fotográfica que recoge acontecimientos, pensamientos y sensaciones teniendo a sus progenitores como hilo conductor, pero también como excusa y medio para mostrarse, interrogarse y dejarse llevar sin convenciones ni límites literarios ni sociales.

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina. Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta. Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria. Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

“La madre de Frankenstein” de Almudena Grandes. El quinto de los “Episodios de una guerra interminable” quizás sea el menos histórico de todos los publicados hasta ahora, pero no por eso es menos retrato de la España dibujada en sus páginas. Personajes sólidos y muy bien construidos en una narrativa profunda en su recorrido y rica en detalles y matices, en la que todo cuanto incluye y expone su autora constituye pieza fundamental de un universo literario tan excitante como estimulante.

“El otro barrio” de Elvira Lindo. Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

“pequeñas mujeres rojas” de Marta Sanz. Muchas voces y manos hablando y escribiendo a la par, concatenándose y superponiéndose en una historia que viene y va desde nuestro presente hasta 1936 deconstruyendo la realidad, desvelando la cara oculta de sus personajes y mostrando la corrupción que les une. Una redacción con un estilo único que amalgama referencias y guiños literarios y cinematográficos a través de menciones, paráfrasis y juegos tan inteligentes y ácidos como desconcertantes y manipuladores.

“Un amor” de Sara Mesa. Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff. Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead. El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica como medio para ser una sociedad verdaderamente democrática.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell

Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

No se llega a todo y Cuando deje de llover pasó por la cartelera del Teatro Español en 2014 y 2015 no encontré el momento de verla. Pero conservaba en mi memoria algunos entrecomillados de prensa y el boca a boca de entonces, hasta que el azar ha hecho que llegara a mis manos el texto de Andrew Bovell. Lo inicié con el prejuicio de dar por sentado que me iba a gustar. Si días atrás había salido encantado de Tribus, el último montaje de Julián Fuentes Reta, no me iba a pasar menos con el libreto de este título que también dirigió él. Lo que no me esperaba era verme envuelto en una atmósfera tan sensible y dolorosa como llena de amor y deseo de amor en su contenido, así como sugerente y poética en su propuesta escenográfica.

Desde 1958 en Londres hasta 2039 en Alice Springs, el título deja bien claro lo que sucede durante casi todas las escenas, cargándolas de una plasticidad que Bovell propone no solo para dotarlas de simbolismo, sino para darle base e hilo conductor a su acción. Ejerce, junto con otros recursos -como el comer sopa de pescado o determinadas sentencias- de déjà vu, estructurando su relato y sintetizando cómo el destino hace de las suyas uniéndonos más por los silencios, las ausencias y los vacíos que por lo explicitado con palabras, lo pactado de mutuo acuerdo y lo asumido conscientemente.

Los vínculos entre matrimonios (y su incomunicación), hijos (y su sensación de abandono), hermanos (que no se recuerdan) y parejas (que no tienen claro qué les une) quedan establecidos antes de ser explicitados, tanto en el mismo nivel temporal como entre generaciones, estableciendo una línea que no solo vincula, sino que liga en una misma actitud y proceder ante la vida a un matrimonio londinense con su bisnieto en el centro de Australia. Una conexión que se da en lo nuclear, su identidad, y en lo circunstancial, aquello en lo que fijan su atención y que sirve como alegoría de sus valores, motivaciones e interrogantes. He ahí Diderot y su pensamiento de que el hombre es responsable de su destino, las nevadas del verano de 1816, la entrada de los tanques soviéticos en Praga en 1968 o un futuro en el que el aumento del nivel del mar habrá hecho de las suyas.

Diálogos de frases cortas y situaciones en las que la tensión parece condensarse hasta materializarse. Escenas y monólogos cargados con gran fuerza emocional, tanto explícitamente como entre líneas. Una constelación familiar y un trama argumental con giros que demuestran que lo imposible es posible. Acontecimientos de los que sus protagonistas queda tan rehén como sus lectores/espectadores, los primeros por desconocer qué ocurre y los segundos por tener la imagen completa de la historia de la que forman parte. Como tantas otras propuestas (pienso en autores también de lengua inglesa como Tennessee Williams, Arthur Miller, Tracy Letts o Edward Albee), teatro catártico, duro, difícil e incómodo, pero humanamente necesario y sanador.

Cuando deje de llover, Andrew Bovell, 2008, Teatro Español.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff

Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

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En la actualidad, internet es la alternativa –cuando no la primera opción- a la hora de comprar si queremos evitar desplazarnos hasta el lugar en el que adquirir aquello que nos interesa. Tiempo atrás esto se hacía por catálogo o por carta, incluso. Hasta este último escenario, sin teclados electrónicos de por medio, y sin más instrumento que papel y pluma o máquina de escribir, nos trasladan las poco más de cien páginas de 84, Charing Cross Road. Hasta 1949, año en que Nueva York era ya la capital del mundo y Londres una urbe aún herida por las bombas de la II Guerra Mundial y la escasez y el racionamiento alimenticio que durante años conllevó su recuperación.

Aspectos que enmarcan correctamente su relato, pero que en ningún momento se convierten en el contenido principal de las misivas que Helen intercambia con el personal de la librería Marks & Co., especializada en ejemplares de segunda mano. Principalmente con Frank, aunque con el tiempo lo haga también con algunas de sus compañeras de trabajo, así como con su mujer, Nora. Redacciones siempre formales, pero directas, en las que sus remitentes muestran tanto lo que les motiva, el placer espiritual de la lectura y la experiencia material de los libros, como aquello que les preocupa y condiciona, el contenido de su nevera, los hijos, la estabilidad laboral…

Lo que hace que este título enganche y apasione es que establece con sus lectores el mismo vínculo que entre sus protagonistas, el placer de haber conectado con alguien que, aunque a su manera, está en coordenadas similares a las tuyas. La alegría de saberte comprendido y la paz que te permite mostrarte sin filtros. Así es como Helen comparte que es una mujer que vive sola de alquiler en la gran manzana y se gana la vida escribiendo –guiones, relatos, novelas,…- mientras que desde el otro lado del Atlántico le cuentan con gran modestia que venden libros que han clasificado y valorado tras buscarlos donde quiera que hiciera falta para dar con los mejores ejemplares.

Entre referencias a títulos y autores clave tanto de la literatura clásica como de la británica, la lectora estadounidense cuenta con naturalidad cómo evoluciona su situación dentro del sector editorial mientras que sus interlocutores postales le exponen cómo progresan en el marco del desarrollo económico y social que el Reino Unido experimentó durante la segunda mitad del siglo XX. En total, 80 mensajes de los muchos que debieron compartir a lo largo de 20 años que comienzan como un contacto correcto entre desconocidos, convirtiéndose poco a poco en una conversación entre personas que se sienten cercanas y derivar en un afectuoso y sincero diálogo entre amigos.

84, Charing Cross Road, Helene Hanff, 1970, Editorial Anagrama.

Disección de una “Traición”

Harold Pinter se mueve con extraordinaria sutileza entre el silencio, los monosílabos, las interjecciones y las frases hechas que ocultan las complejidades, intimidades y dependencias establecidas entre quienes nunca pensaron llegar a conformar un triángulo tan complicado como verosímil. Una construcción literaria y psicológica que Israel Elejalde convierte en un sólido montaje con buenas dosis de amor y humor, pero también de corrosión y dolor.

De 1978 a 1967 y no al revés, del final al principio, dándole la vuelta a la cronología para descubrir la hondura y el porqué de la tensión que se respira entre Emma y Jerry. Dos conocidos que, aparentemente, se han encontrado después de mucho tiempo sin verse, pero de los que rápidamente sabemos que no solo compartieron una historia de amor en un apartamento alquilado, sino también una amistad familiar en la que estaban involucrados los cónyuges e hijos de ambos. Lazos con aristas profesionales incluso, al dedicarse Roger, el marido de Emma y mejor amigo de Jerry, y al igual que él, al negocio editorial.

Como si se tratara de una cata arqueológica o una investigación histórica, Elejalde sigue los pasos de Pinter despejando la superficie y levantando las capas de un presente resultado de las distintas fases por las que esa geometría relacional ha pasado en la última década hasta adoptar la forma con que se nos presenta hoy. Cambios de vestuario y de luces, una escenografía a la que su sencillez la hace versátil, anuncios de situación temporal por parte de los actores y una pianista sobre las tablas que ejerce de nexo emocional entre la acción y los espectadores.

Una dirección que muestra los recovecos, las curvas, las dobleces y los fingimientos de unas coordenadas, comportamientos, propuestas y respuestas que van más allá de lo que sus personajes verbalizan o expresan y no sabemos si esconden deliberadamente, no son capaces de ver o de afrontar. O todo a la vez. La trastienda de una atracción, un dejarse llevar o un querer y elegir hacerlo que se inicia, crece y evoluciona entre el no preguntarse lo que es y el acuerdo tácito de no alterar las coordenadas en las que se mantiene (¿y que lo sostiene?). Lo interesante de la propuesta de Pinter, y que Elejalde convierte en el motor de su trabajo, es que al ir de adelante hacia atrás conocemos antes los hechos que las motivaciones, las respuestas que las preguntas, las consecuencias que las causas.

Una tensión e intriga que funcionan tanto en el texto como sobre el escenario gracias a la corporeidad, expresividad y capacidad del triángulo Miki Esparbé, Irene Arcos y Raúl Arévalo. Un trío compatible con las dos parejas y las tres individualidades que alberga. Una confluencia de planos, sentires, personalidades, intenciones, poses, roles y deseos a los que asistimos como si se tratara de una deconstrucción con el fin de entender y comprender, y no de examinar o fiscalizar. Con el barniz de la corrección británica, y sintiendo el suelo enmoquetado y la nebulosa atmósfera londinense exterior, Esparbé despliega una expresiva contención, Arcos una más que creíble sensibilidad y Arévalo una ironía y acidez que despiertan sonrisas sin alterar ni devaluar el drama humano al que asistimos.

Traición, en el Teatro Kamikaze (Madrid).

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza

Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

El 8 de abril de 1998 la mayoría de los medios de comunicación del mundo occidental comentaban a bombo y platillo que el cantante George Michael había sido detenido en Los Ángeles por mantener sexo con otro hombre en unos lavabos públicos. Un hecho que podría haber acabado con su figura, pero que el londinense convirtió en una oportunidad de empoderamiento personal -ni pidió perdón ni admitió sentir vergüenza alguna por lo que estaba haciendo- e inspiración artística (la canción y el videoclip Outside fueron uno de los grandes hitos de su carrera).

Para muchos, aquel fue un punto de inflexión que les hizo tomar conciencia sobre lo que era el cruising, por qué se practicaba y por qué, llegado ese momento, la comunidad homosexual podía hacer de ello un elemento de orgullo e identidad de lo que se ha denominado cultura gay.

El punto de partida es bien conocido, el sexo es un impulso vital y el hetero patriarcado que nos gobierna desde siempre lo ha utilizado como herramienta de poder. El hombre es más que la mujer y es él quien desea, posee y utiliza. Un programa de gobierno que considera inconcebible que eso ocurra entre dos hombres, tildando a los que así sienten y actúan como médicamente enfermos, moralmente degenerados y jurídicamente ilegales. Frente a esto, muchos no tuvieron más opción que la de dar rienda suelta a sus impulsos a escondidas, de manera rápida y anónima.

Eso es lo que nos cuenta Alex Espinoza en un trabajo de investigación (con un punto de activismo y otro de antropología) que va desde los tiempos de los egipcios, los griegos y los romanos -mucho queda aún por saber de aquellas civilizaciones-, pasando por las molly houses del Londres y el jardín de la Tullerías del París del XVIII hasta la actualidad. A un hoy en el que la práctica del cruising parece haber sido arrinconada por las apps, pero en el que sigue habiendo muchos países (como Rusia o Uganda) en que continúa siendo la única opción para mantener relaciones tanto afectivas como sexuales, aunque implique jugarse la vida.

Tal y como relata Espinoza, exponiendo su propia experiencia, hasta la llegada de internet, el cruising -accidental o buscado- fue para muchos hombres no solo una forma de experiencia sexual, sino también de socialización con alguien con los mismos impulsos afectivo-sexuales. Eran tiempos donde la sociedad y la familia -bajo el maltrato de las políticas conservadoras, la manipulación de la iglesia y el sensacionalismo mediático- hacían muy difícil admitirse y manifestarse por miedo a verse aislado, desamparado y repudiado. Sin embargo, los instintos siempre encuentran la manera de esquivar las amenazas y aunque no fuera en las circunstancias adecuadas, muchos consiguieron en un parque, en unos lavabos, en un parking o en cualquier otro sitio público obtener y dar placer físico, con la consiguiente vivencia emocional que esto puede llegar a provocar.  

De la misma manera que el armario ya no es el sitio para la homosexualidad, tampoco lo es la negación y la ocultación para el cruising. Esta historia íntima es una buena manera de aprender en qué consiste esta actividad, ampliar conocimientos sobre la misma o, incluso, recordar las experiencias tenidas.

Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical, Alex Espinoza, 2020, Editorial Dos Bigotes.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.