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“Lady Macbeth” no tiene límites

La satisfacción personal por encima de todo. Conlleve lo que conlleve el deseo de amar y el impulso de poseer. Ya sea el goce de la manipulación, la hiel de la venganza, la interpretación de la mentira o la invisibilidad de la transformación. No hay registro que no domine a la perfección esta mujer empeñada en salirse siempre con la suya. Un contenido drama costumbrista que combinado con momentos más propios del thriller, se introduce hasta sus últimas consecuencias en las tinieblas y la oscuridad de la erótica del poder.

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Lo que comienza pareciendo una historia en la que se reivindica el derecho a la libertad individual acaba siendo una enrevesada niebla tras la que no hay más que la voluntad de tener lo que se quiere, consiguiéndolo cueste lo que cueste. En el inicio Lady Macbeth parece ser una fémina débil y atrapada, condenada por su condición de mujer a un matrimonio carcelario. Las cuatro paredes de su hogar la recluyen junto a sus espectadores, que la acompañan en su anhelo de libertad y la justifican y apoyan en los métodos que utiliza para hacerse respetar y ganarse su sitio. La llegada de ese instante no supone la consecución de una meta, sino haber alcanzado un punto de inflexión a partir del cual descubrimos que los modos y maneras que hasta entonces hemos justificado nos han convertido en cómplices de una trayectoria que seguirá en esa senda ante los nuevos obstáculos que surgirán en su camino.

Los tonos mate y los cielos nublados de la campiña inglesa del siglo XIX y la formalidad de sus costumbres sociales hacen recordar inicialmente las novelas de Jane Austen o las Cumbres borrascosas de Emily Bronte. Sin embargo, no son más que una correcta imagen de líneas sobrias y colores apagados muy bien equilibrados tras los que se esconden pulsiones como las del cine de Michael Haneke o Paul Verhoeven, sobrecogedoras sorpresas y giros argumentales como los de los relatos de Henry James y una atracción hipnótica por el deseo de ir más allá como la que sentían las protagonistas de los primeros títulos de Alfred Hitchcok en Hollywood (Rebeca o Recuerda).

Todo ello condensado en una mujer, Katherine, que tras la rectitud de su gesto esconde un volcán que entra en erupción cada vez que se despierta en ella la pasión por el hombre al que desea. Una medida y parca escenografía en la que este astuto camaleón sabe camuflarse y mover cuantas piezas haga falta para lograr que el resultado final sea el codiciado sin dejar huella de su intervención. Una progresión en la que parece que no hay manera de que se sienta saciada y cada hito conseguido no es más que el paso previo para la puesta en marcha de una mente maquiavélica que entra en acción cada vez que la insatisfecha fogosidad de su corazón así se lo requiere.

Su fría y displicente mirada, sus duros silencios, su cuerpo, sigiloso unas veces, ardoroso y demandante otras, hacen de Lady Macbeth un personaje de lo más inquietante y desconcertante (como un Jekyll & Hyde formado por Isabelle Huppert e Isabelle Adjani), a la par que atractivo y seductor. Es inevitable no dejarse atrapar y caer fascinado tanto por ella como por Florence Pugh.

“Misión imposible: nación secreta”, sensación de déjà vu

Quinta entrega de la saga con la que Tom Cruise luce cuerpo y forma atlética en situaciones de lo más extremas y complicadas. Únanse todas ellas con giros de trama y el conjunto es esta película en la que llega un momento en que ya no se sabe si vas o vienes mientras corras hacia delante sin parar.

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Dos décadas atrás “Misión: imposible” reventó las taquillas de medio mundo adaptando la famosa serie televisiva de los 60. Desde entonces Tom Cruise ha recurrido al personaje de Ethan Hunt cada cuatro o cinco años para hacer que su nombre destaque entre los más rentables y populares de la industria del cine. Algo que el mismo se ha puesto difícil con los planos protagonistas –a pesar del éxito de taquilla- de títulos como “La guerra de los mundos” (2005), “Noche y día” (2010) u “Oblivion” (2014) que dejan muy lejanos los aciertos que fueron el secundario que le valió una nominación al Óscar por “Magnolia” (1999) o el ponerse en manos de Stanley Kubrick en “Eyes wide shut” (1999). Únase a esto el desacertado protagonismo mediático de su vida amorosa –inclúyanse los divorcios de Nicole Kidman y Katie Holmes- y de su pertenencia a la Iglesia de la Cienciología.

En el momento en que las películas de acción son cada vez más fantásticas, y las de este género se basan en el espectáculo del ritmo vertiginoso (he ahí los X-Men y los 4 fantásticos, tanto cuando van en equipo como por separado), Ethan Hunt se presenta como un hombre que a pesar de vivir en el mundo real, ha de lidiar con acontecimientos que inevitablemente le llevan a actuar como si fuera un superhéroe. Sus guionistas parecen haber estado al tanto de los titulares de prensa de los últimos meses y juegan con situaciones como desapariciones inexplicables de aviones, redes supranacionales que nos gobiernan en la sombra, gobiernos y servicios secretos con comportamientos nada éticos, intentos de asesinato de presidentes,…  Y todo esto lo juntan en dos horas de metraje en que nos llevan de los despachos sin ventanas de la CIA a Londres, Marruecos, Viena, Bielorrusia,…, en una sucesión de secuencias que se desarrollan como si fueran los grandes momentos de la última temporada de una teleserie.

Todas ellas responden al esquema de la búsqueda del tesoro, superando retos a cada cual más complejo, tras cuya resolución visual hay que poner en valor el despliegue del equipo técnico encargado de su producción, realización y montaje final. Es a estos a los que debemos considerar los verdaderos creativos de esta película, con referencias al cine clásico como “El hombre que sabía demasiado” de Alfred Hitchcock para la bien resuelta escena de la ópera de Viena, o más recientes como “Gravity” en el corazón del asunto que les lleva hasta Marruecos (donde se hace pasar por Casablanca algunos de los lugares más emblemáticos de Rabat), además de las siempre funcionales persecuciones a toda velocidad en entornos urbanos o en carreteras llenas de curvas, y peleas en las que se despliegan una capacidades físicas asombrosas.

Cristopher McQuarrie, guionista y director a la par, hilvana todos estos momentos colocando a algunos de sus personajes en zonas oscuras, arenas movedizas en torno a las cuales se articulan las sorpresas y giros de la trama en un adelante y atrás que llega un punto en que ya no sabemos hacia dónde nos quiere llevar, dejándonos la única opción de esperar al final que se posterga varias veces para saberlo. Llegado este momento solo quedaría sustituir el “The end” por un “Continuará” y preguntarle a Tom Cruise cuál es su secreto mágico y su tabla de ejercicios para parecer, 20 años después, tan fresco y lozano como en la primera “Misión imposible”, allá por 1996.

“Musarañas”

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La película arranca con una banda sonora (Joan Valent) y unos títulos de crédito (Barfutura) que resultan hipnóticos, recordando lejanamente al trabajo que Bernard Herrmann y Saul Bass realizaron para el “Vertigo” de Alfred Hitchcock. Será una de las muchas referencias a títulos y autores que nos han sobrecogido, asustado y angustiado desde la pantalla en muchas ocasiones. Todas ellas elegidas con precisión, homenajeando –que no copiando- a través de una exquisita reelaboración artesanal a títulos como “Los otros”, “Carrie”, “El resplandor” o “Misery”, y tras ellos a escritores como Stephen King y Henry James. El resultado es una factura técnica excelente en términos de fotografía, efectos especiales, maquillaje, vestuario, decorados,…

Un puzzle de piezas que nos lleva hasta la católicamente retrógrada España de los años 50, conservadora, castrante y claustrofóbica. El espíritu de una época, recalcitrante y oscura, soberbiamente encarnado por Macarena Gómez. Ella misma se convierte en el reflejo de una época y una atmósfera que interpreta con una desbordante expresividad y riqueza gestual en sus ojos, sus manos, sus andares,… La capacidad interpretativa de su lenguaje no verbal resulta tan fascinante como admirable, digno de ser considerado como uno de los mejores trabajos actorales de los últimos tiempos. Junto a ella, Nadia de Santiago y Luis Tosar, su hermana y su padre en la ficción, se hacen dueños de la cámara causando entre los espectadores pupilas dilatadas, bocas abiertas y manos que se agarran a la butaca.

Por detrás de ellos una historia con buenos personajes y una correcta trama principal con apoyos secundarios, pero que se queda corta para llegar a ser un largometraje de 90 minutos. Queda compensado con la resuelta producción y los excelentes trabajos actorales que en algunos momentos constituyen por sí mismos el elemento central de la película, haciendo de esta más que una narración, una construcción estética. Entre unos y otros quedan momentos de hipérbole que son lo que hacen que la película no decaiga y que en su conjunto acabe dejándonos la impresión de que “Musarañas” es un buen trabajo cinematográfico. Se nota la pasión de sus directores, Esteban Roel y Juan Fernando Andrés, y su deseo por hacer disfrutar, a la par que sufrir, a sus espectadores.

Musarañas

I´m so excited… San Francisco

… and I just can´t hide it, la letra de The Pointer Sisters no podría ser más apropiada para este momento. Con la misma intensidad en cuanto a ilusión y ganas de la primera vez, aunque en esta ocasión no sea el atractivo de lo desconocido lo que me atraiga sino el hecho de haberme situado por cuarta vez durante unos días en una ciudad que recuerdo por la alegría y naturalidad que transmiten sus habitantes, la espontaneidad y el modo easy going en que parece desarrollarse la cotidianeidad de esta ciudad.

Recuerdo la primera vez que llegué en 2001 cuando la familia me estaban esperando en la misma puerta de desembarque del avión. La primera visión de la ciudad iluminada por la noche mirando por la ventanilla del coche mientras atravesábamos el Bay Bridge camino de la zona este de la bahía. Nunca antes había circulado por una creación humana semejante, toda ella de hierro y con dos niveles, el de arriba para salir de la ciudad y el inferior para entrar en ella.

Más allá la ciudad de Oakland, de la que lo único que he visitado es su estadio de beisbol, el Oakland-Alameda County Coliseum en el que durante varias horas vi jugar al equipo local, los Athletics. Más que un partido, aquello me pareció un pasatiempo social, comiendo, bebiendo, compartiendo tiempo en familia, viendo como de vez en cuando un jugador bateaba y otros corrían o amagaban con hacerlo,… Allí estrené mi primera cámara réflex, tiempos en que el carrete que hubieras introducido te marcaba el ISO con el que tendrías que resolver las tomas hasta llegar a la número 36.

Al día siguiente visitar por primera vez la ciudad, esa que por sí mismo tiene nombre de película, San Francisco. Salir del cercanías, el BART (Bay Area Rapid Transport), en la estación del Financial District, y el asombro, ¡qué edificios tan altos! ¡Nunca antes había visto nada semejante! ¡Auténticos rascacielos! “Lucas, pero si esto no es nada, ¡son de juguete comparados con los de Nueva York!”, me dijeron. Ocho años después comprobaría que así es, pero la primera impresión es la que produce la magia de las sensaciones interiores. Un barrio lleno de gente trajeada, muchos caminando a zancadas, llevando en una mano zumos o cafés en vasos de plástico y en la otra sus maletines. Un barrio que se vaciaba a las cinco de la tarde convirtiéndose en zona fantasma, inhumana, escenario de película de terror cuando la niebla se filtraba desde las alturas entre las cuadriculas de su callejero de este a oeste y bajando hasta posarse en la tierra.

Mar de nubes

Muchos días es imposible ver por culpa de ellas el icónico Golden Gate Bridge, genialidad de la ingeniería y de la mente humana, toneladas y toneladas de hierro para salvar los más de tres kilómetros que separan a la ciudad de la tierra firme del lado norte de la bahía. Acercarse a él es recordar ese momento en que Alfred Hitchcock situó a James Stewart con Kim Novak al pie del agua con el fondo del puente dando misterio cinematográfico a su “Vértigo”. Desde ahí subir por el bosque de eucaliptos hasta alcanzar el punto de arranque del puente y cruzarlo, andar sobre él. Un largo paseo ondulante, porque este puente se mueve, vibra con el continuo tráfico que transcurre sobre él constantemente, se balancea con el ritmo del aire, en modo brisa o viento, según el momento meteorológico. Y desde el otro lado, cazadora bien abrochada (¡qué frío puede llegar a hacer hasta en verano!) esa vista tan maravillosa, el corazón de la bahía que envuelve a la ciudad por su lados norte y este (del oeste es dueño el Océano Pacífico). El azul intenso del agua surcado por barcos de vela, contrastado por el liviano del cielo en los días despejados. Después el verde, la frondosidad del bosque ya comentado y el parque de Presidio haciendo que esta zona que es ciudad, no sea urbanidad sino naturaleza en estado controlado. Más allá la isla-prisión de Alcatraz, la leyenda de Al Capone y de la mafia y los tiempos de la ley seca. Una demostración de cómo hacer historia hasta del pasado menos glorioso y de paso aplicarle el más estricto capitalismo convirtiéndolo en una de las mayores atracciones turísticas. Sí, yo también la he visitado.

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Otra manera fantástica de llegar a San Francisco es en ferry. Lo hice en varias ocasiones en 2001 y 2002, un autobús me llevaba desde Benicia hasta Vallejo y desde allí disfrutaba de una hora de trayecto. Un recorrido compartido con muchos trabajadores, pero que para mí resultaba como un minicrucero. La bruma matinal, la magnitud del transbordador, el espectáculo del agua sin dejar de divisar tierra en ningún instante, la insinuación de la ciudad que poco a poco se va formando hasta completar una imagen de postal cuando apenas quedan unos minutos para atracar y poner punto final al trayecto en Embarcadero. Una vez en tierra, recuerdo caminar siguiendo la línea de la bahía en dirección este pasando por distintos muelles. En uno de ellos visitando un submarino de la II Guerra Mundial, ¡cómo podrían pasar tantos meses en un espacio tan pequeño, reducido y claustrofóbico! Más allá el señalado en todas las guías, el Pier 39, el turismo convertido en parque temático. Y aun así hay momento para la sorpresa, los leones marinos que junto a él residen, de tosa e inmensa apariencia, comunicándose con unos sonidos que no acierto a describir pero que me provocan sonrisa al recordarlos. Más allá queda Ghirardelli Square, llamada así por el hombre que trajo el chocolate a esta ciudad a mediados del siglo XIX. En algún sitio he leído que fue uno de los primeros lugares del mundo donde este se comenzó a comercializar en tabletas para que los habitantes de entonces se lo llevaran como alimento a las minas de oro que por aquellos entonces existían en California o a las obras de construcción de líneas ferroviarias que unirían la costa oeste desde Seattle hasta San Diego, así como desde Oakland hacia el interior del país en dirección Chicago.

Cuestas, cuestas, y más cuestas

¡Qué ejercicio de piernas supone caminar por esta ciudad! He hecho cuesta arriba varias colinas, como las que que se ven en “La Roca” o “¿Qué me pasa, doctor?” ¡Hay momentos en que casi debes caminar de puntillas porque si posas todo el pie te da la sensación de que te puedes ir abajo! Merece la pena cuando llegas arriba y ves la vista hacia la bahía. Como la de calle Lombard con su espectáculo de carretera sinuosa y jardines con flores de múltiples colores. O subir hasta la Coit Tower en Telegraph Hill, ya sea desde el barrio italiano como por la escalera que nace en la Levis Square –sí, en honor al señor que inició la comercialización de los famosos pantalones vaqueros. Una vez dentro disfrutar de sus murales a la manera de Diego Rivera y coger el ascensor hasta su mirador, y otra vez disfrutar de la vista de los grandes edificios. Aquí el protagonista es el Transamerica pyramid, blanco y en forma de pirámide, utilizado en las imágenes de series de televisión como “Embrujadas” para señalar que están ambientadas en esta ciudad de amaneceres y atardeceres dorados. Pero quizás haya otro punto aún más reconocido visualmente en San Francisco, son las casas de Pacific Heights o las victorianas de Alamo Square. Son lugares familiares, vistos en pantalla grande o pequeña tantas veces que consideras parte de tu iconografía personal. “Tengo tantos buenos recuerdos de sitios en los que no he estado”, escuché estos días de un residente de la ciudad.

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El tranvía es la opción de evitar el ejercicio de alto rendimiento en la zona más turística, espectáculo fotográfico incluido ver cómo da la vuelta por tracción humana en el cruce de Market con Powell. Desde ahí puedes hacer el recorrido más famoso en su vagón sin ventanas y con asientos de madera, o incluso en su parte posterior para simular que vas colgado tal y como se ve en las películas.

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Para no volver al Pier 39, puedes quedarte en el número 1100 de California St y visitar St. Grace Cathedral, una réplica a escala de Nôtre Dame de Paris, con una capilla decorada por Keith Haring en los primeros años 80 en honor a los fallecidos por el sida y en los muros de su nave sur los frescos recordando los esfuerzos de los bomberos intentando apagar los fuegos que destruyeron la ciudad tras el famoso terremoto de 1906. Y para recordar incendios, nada como visitar el hall del “Hyatt Regency Hotel” y contemplar los ascensores en que intentaban escapar de la tragedia los personajes de “El coloso en llamas”.

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Ciudad de derechos

Dicen que dentro de EE.UU. San Francisco es una ciudad “europea”, quizás por detalles como la flota de tranvías traídas en su día desde Milán o Zurich que se pueden ver en Market St, la amplia avenida que cruza en diagonal toda la ciudad marcando dos zonas, la rica, comercial y visitada al norte y la más residencial, anónima y marginal –según zonas- al sur. Europea quizás también por detalles como el casi centenario edificio del Ayuntamiento que recuerda a los Inválidos de París, edificio al que se puede entrar y rememorar como llegó a aquel lugar en la década de los 70 del siglo XX Harvey Milk, el primer concejal abiertamente gay en la ciudad y una de las figuras de referencia en la lucha contra la discriminación por algo tan personal e íntimo como es sentir y vivir una orientación sexual no heterosexual. Ironía que esto pasara en un emplazamiento que está junto a la plaza de la Declaración de los Derechos Humanos, llamada así porque fue en esta ciudad donde se firmó el documento previo que dio pie a estos el 26 de junio de 1945.

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El tranvía F te lleva hasta el Castro, el famoso barrio gay de la ciudad, icónico emplazamiento homosexual con la bandera arcoíris siempre ondeando y el teatro del mismo nombre. En este cine de toda la vida hoy se reponen clásicos o se organizan pases sing-a-long de películas de ayer y de hoy como “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music” aquí) o la reciente “Frozen” de Disney.  A su lado el bar Twin Peaks, el primer lugar de ocio gay en la historia de la ciudad con ventanas hacia el exterior, allá por 1972. Y unas calle más atrás, en Church St.,  Aardvark Books una librería de segunda mano que supone una delicia para la vista, el corazón y el tacto dactilar al pasar las páginas de los volúmenes que en ella puedes encontrar. Por ella he pasado cada vez que he visitado San Francisco, y en ella descubrí a Randy Shilts, el periodista del San Francisco Chronicle que narró brillantemente los inicios y primeros años del sida en “And the band played on”, y a Terrence McNally, genial dramaturgo con títulos como “Love! Valour! And compassion!” o “Frankie and Johnny in the clair of moon”, ambos también tiernas películas.

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¿Es el Castro un barrio gay? Sí, ¿es solo eso? No, es más que eso. Es lo que transmite San Francisco, un punto en el mapa donde puedes ser lo que quieras ser, puedes ser tú mismo, vivir tal y como sientes sin ser juzgado por ello ni marcado por los estereotipos ni predicamentos ni etiquetas sociales. Una ciudad en la que conviven múltiples culturas y bilingüismos, idiomas traídos de otras naciones originando otras tantas versiones del idioma inglés enriquecido con los acentos de aquellos que allí llegaron recientemente, hace un tiempo, o generaciones atrás. Así es por ejemplo cerca del Castro, el Mission District, barrio plagado de mexicanos, pero también de guatemaltecos, peruanos, nicaragüenses u hondureños. Comunicarse en español, o quizás en spanglish, en las calles de este barrio es de lo más cotidiano. Dejarse llevar por estas calles es comer en sus taquerías burritos, quesadillas, fajitas o frijoles o disfrutar de los murales al aire libre -¡el ayer y hoy del streetart!- en calles como la 18th, la 24th o el Collin Alley.

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Tales of the city 

Desde aquí abajo puedes mirar hacia el oeste y si la niebla no ha acampado sobre Twin Peaks decidirte a subir a esta colina (¡otra más!). Quizás el mejor punto para en los días despejados disfrutar de unas vistas espectaculares, únicas. La ciudad entera extendida a tus pies, con Market St como línea diagonal que llega hasta el agua en Embarcadero. A tu derecha quedará el Bay Bridge y barrios como Noe Valley o Potrero Hill, a tu izquierda el Golden Gate Bridge y la zonas de Haight Ashbury (el barrio del haz el amor y no la guerra de los años 60 cuando se cantaba “If you’re going to San Francisco be sure to wear some flowers in your heir”) y Corona Heights.

Lugares en los que puedes imaginar a los personajes de “Tales of the city” del novelista Armistead Maupin, la fantástica serie de novelas –hasta seis- que recoge las alegrías y tristezas, sueños y decepciones, de varios personajes que en sus diálogos e historias encarnan la esencia de sonrisa, ganas e ilusión que despierta San Francisco. Una recomendación con la que cerrar este post y con la que prolongar o revivir las sensaciones que produce esta ciudad. No hay dos sin tres, aunque en mi caso quizás deba decir que no hay cuatro sin cinco, ¡ojalá!

“El Surrealismo y el sueño”: el otro lado de la realidad

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Una categoría de la realidad, vivencias que interactúan y se relacionan con las experiencias y sensaciones que tenemos cuando estamos despiertos.  Así son los sueños vistos por el movimiento artístico del surrealismo según la muestra organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza e inaugurada el pasado 8 de octubre.

En el mundo colectivo que se rige por el calendario, “El Surrealismo y el Sueño” estará expuesta hasta el 12 de enero de 2014, en el universo interior de cada uno de nosotros, ¿pervivirá su recuerdo? ¿Lo hará en nuestros sueños? Y si la recordamos en sueños, ¿la recordaremos con objetividad o con las sensaciones vividas al visitarla? ¿O con las emociones resultantes del diálogo de dicha vivencia con el bagaje de nuestro mundo interior? Preguntas que parafrasean algunas de las que plantea la exposición en sus ocho capítulos.

Suena a paradoja, los sueños son el colmo de la subjetividad, y la expresión artística otro tanto. Entonces, ¿es factible o tiene sentido hacer de “El surrealismo y el sueño” un relato objetivo?  Quizás la clave esté en hacer como proponía André Breton, viviendo y experimentando el recorrido formado por las 170 piezas de 47 autores –pintura, escultura, grabado, fotografía, videoinstalaciones- de la exposición desde el automatismo, entendido este como la emoción y las sensaciones que te provoque, manteniendo a  la razón en segundo plano. ¿Posible?

Imágenes icónicas

Dejar a un lado la realidad conocida por la vista y entrar en esa otra realidad que no es visible y expresarla como imágenes es la que dio su fuerza al surrealismo. La maestría técnica, la frescura de su juventud y el compromiso con el manifiesto surrealista de aquellos que lo firmaron (André Breton, Louis Aragon, Paul Eluard,…) y de los que se unieron en los años posteriores (Luis Buñuel, Salvador Dalí, Max Ernst, Yves Tanguy,…) dieron como resultado años de una prolífica actividad. Un frenesí creativo que constituía una actitud ante la vida y que llevó este lenguaje más allá de la comunidad artística, a una sociedad que en ese período de entreguerras buscaba construir un mundo nuevo sin ataduras a las normas y a las tradiciones habidas hasta entonces.

Si generalizamos, el impresionismo había representado el mundo tal y como lo vemos desde el prisma de la luz y de la cotidianeidad, el cubismo practicó lo intelectual integrando puntos de vista y el futurismo dio entidad artística a una nueva realidad tecnológica y a su efecto más claro –la velocidad – que se integraba en la cotidianeidad. Pero frente a estas génesis técnicas, el surrealismo se diferenció no en el lenguaje a utilizar, sino en el resultado que buscaba basado en una libre combinación de elementos y composiciones que es lo que le ha convertido en un lenguaje artístico perenne y tan actual y practicado hoy como entonces.

La prueba es que hoy nos sigue cautivando como el primer día la fuerza plástica de Salvador Dalí (“Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar”, 1944, Museo Thyssen), las múltiples lecturas de René Magritte (“El arte de la conversación”, 1963, Colección particular) o la narratividad de Paul Delvaux (“Mujer ante el espejo”, 1936, Museo Thyssen).

La vigilia, el yo y el infinito

Antes del sueño está la vigilia y antes del surrealismo estuvieron aquellos que rompieron con la estricta –y convencional- representación artística de la realidad despierta y decidieron dar un paso más allá. Se pasaron al otro lado, como Alicia en el país de las maravillas, y nos trajeron  personajes imposibles como vehículo para la sátira (J. J. Grandville), mundos imaginados con ingenuidad (Henri Rousseau), escenarios metafísicos donde los objetos tienen significados protagonistas por descubrir (Giorgio De Chirico) y personajes ensimismados sin coordenadas reales (Odile Redon).

El sueño como lugar en el que descubrir y conocer al “yo” era un campo ya abierto por Sigmund Freud en 1899 cuando publicó “La interpretación de los sueños”. Pero los surrealistas no se quedan ahí, y cuando formalizan su movimiento en 1924 con el “Manifiesto surrealista” no lo enfocan como un pozo de significados para entender la realidad de la persona, sino como una parte de su dimensión personal. El sueño nos da acceso a “más” de la persona, es como el método paranoico-crítico de Dalí, donde vemos una forma, si miramos, observaremos que hay mucho más. Para ello, debemos liberarnos de las guías preestablecidas de la razón, hacer del automatismo el motor de la creación. He ahí las esculturas de formas onduladas de Jean Arp o las composiciones figurativas en base a planos y líneas de Max Ernst o Joan Miró.

Lo onírico es un mundo de acceso a posibilidades infinitas, permite hacer tangibles conceptos etéreos como el alma (Angeles Santo), diluir a los personajes en su realidad (Victor Brauer) o integrarles en historias imposibles que combinan realidad con epopeyas literarias (Leonora Carrington).

La fotografía y el cine

El anhelo de registrar la realidad tal cual es, también la interior o soñada, tuvo en la fotografía su aliado como posibilidad técnica. En primer lugar fotografiando el propio acto del sueño. Aunque Brassaï no se sintiera surrealista, sus registros sociales a principios de la década de 1930 de ciudadanos que dormían en las calles llamaron la atención del movimiento por su carácter evocador. Igual sucedió con sus imágenes del París nocturno tamizado por la niebla y la atmósfera húmeda e iluminado por luces eléctricas. También buscaron el efecto surrealista de fotografiar el surrealismo, ese que logró Man Ray utilizando en la obra de Alberto Giacometti como objeto a fijar.

La fotografía ya tenía décadas de historia, lo que le permitía evolucionar no sólo técnicamente sino también expresivamente. Surgen así los fotomontajes. Estos fueron de gran valía para que los surrealistas crearan imágenes en las que descontextualizar las diferentes partes del cuerpo humano (Claude Cahun) o crear seres imposibles formados por una concha y una mano (Dora Maar). Parecido efecto tenían las series de escenas carentes de sentido lógico (racional) de Paul Nouge (“La subversión de las imágenes”) y Hans Bellmer (“Los juegos de la muñeca”).

Y como arte aún más joven, el cine era un campo de pruebas artísticas también trabajado por los surrealistas. Las posibilidades de la imagen en movimiento resultaron de gran valor puestas en práctica bajo el principio del automatismo. El resultado de la primera película surrealista, “Un perro andaluz” (1929, Luis Buñuel y Salvador Dalí) supuso otro salto adelante hacia el surrealismo no sólo como un lenguaje artístico, sino también como lenguaje popular. Posibilidad esta que tan astutamente explotaría en las décadas siguientes el de Figueras. Imágenes nunca antes utilizadas artísticamente, pero manejadas sin prejuicio alguno fueron la clave de su belleza hipnótica. Quien haya visto estos 17 minutos de cine mudo no puede olvidar las hormigas, el ojo cortado por la navaja de afeitar o ver a su protagonista tirar de un piano cargado con el cadáver de dos burros podridos y dos curas. Un efecto similar al de la posterior “La edad de oro”, otra obra maestra construida en base a las imágenes obsesivas del mundo interior del dúo Buñuel-Dalí.

Se integró el cine al lenguaje artístico y este se convirtió en un vehículo eficaz para recrear mundos oníricos por lo que hacer vagar al espectador tanto a lo largo de toda su duración (“Dreams that money can buy” , 1947, Hans Richter) como en fragmentos integrados dentro del conjunto de la película (“Recuerda”, 1945, Alfred Hitchcock con la colaboración de Salvador Dalí) o jugar a la ambigüedad de sueño y/o realidad (“El manuscrito de Zaragoza”, 1965, Wojciech Has),

Todo es posible

A la hora de entrar en el sueño y en el interior de la mente humana, el surrealismo lo hace con todas sus consecuencias. No sólo se buscan composiciones a las que se llega a través del lirismo o el esteticismo, también se crean imágenes que tienen como fuente creadora automática los conflictos internos (Antonin Artaud), las obsesiones (Jindrich Styrsky) o las concepciones políticas (André Masson).

Y si algo es totalmente libre en el mundo de los sueños, donde el hombre no lo controla sino que lo vive tal y como lo anhela al margen de convenciones, ese es el terreno del deseo sexual. La fantasía de encontrarle en “La alcoba” (Leonor Fini, 1942, Weinstein Gallery, San Francisco) de recorrer su cuerpo como si fuera un paisaje (Collage 355 de Karel Teige, 1948, Museum of Czech Literature, Praga), de poseerla como Guillermo Tell a Gradiva (Salvador Dalí, 1932, Fundación Gala-Salvador Dalí, Figueres) o de vivir las filias más particulares (“Emilie viene a mí en un sueño”, Jindrich Styrsky, 1933, UBU Gallery, EE.UU.)

El tejido de los sueños

A medida que la exposición avanza las preguntas se van haciendo más profundas, van más allá del dúo pregunta-respuesta para avanzar hacia la reflexión. ¿De qué están hechos los sueños?  ¿Qué pasa en ellos? ¿De dónde surgen los seres que nos encontramos en ellos y dónde están estos universos? Quizás sean escenarios sobre las que buscar para situarse (Kay Sage), ambientes mágicos (Remedios Varo), espacios infinitos (Yves Tanguy) o el magma del volcán de nuestra personalidad (Roberto Matta).

Los sueños son simples o complejos según sea quien los tenga, según sea el conjunto de todo él y no sólo su actitud ante ellos. El sueño en sí mismo tiene una lógica, ¿por qué si no los tenemos? ¿En qué medida es fiel la representación al sueño que evoca? ¿Podemos razonarlo o describirlo? ¿Nos ayudan sus títulos a adentrarnos en obras de Magritte como “El cabo de las tempestades” (1964, Museum voor Schone Kunsten, Amberes) o “La prueba del sueño” (1926, Museo del Territorio Biellese, Biella)? Él pensaba que sí, por eso no las titulaba hasta considerarlas acabadas.

Quizás igual que los surrealistas creaban bajo el automatismo, debemos observar su arte de la misma manera “automática” y no intentar razonarlo, sino vivirlo y experimentarlo, sentirlo y expresarlo con sensaciones y pulsiones interiores. Quizás entonces estemos teniendo un diálogo surrealista, ¿un diálogo de nuestros yoes interiores?

Dali

Site de “El surrealismo y el sueño” en la web del Museo Thyssen-Bornemisza

(Imágenes: fragmentos de “El arte de la conversación” de René Magritte y “Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar” de Salvador Dalí tomadas de la web del Museo Thyssen)