Archivo de la etiqueta: Thriller

“As bestas” o la vecindad de la amenaza  

Thriller en el que la coacción y la incertidumbre, la paz y la soledad, crean una atmósfera apabullante en la que conviven y se enfrentan lo mejor y lo peor del ser humano. Un guión en el que la tensión de sus silencios y la parquedad de sus personajes son multiplicados por una dirección que los funde con los ritmos, las posibilidades y las paradojas de la naturaleza.

A Sorogoyen se le da bien la adrenalina, pero a diferencia de en Que Dios nos perdone (2016) o El reino (2018), en As Bestas no opta por un ritmo trepidante en el que los buenos se enfrentan abiertamente a los malos. En esta aldea del interior gallego están intrínsecamente unidos, sus raíces se hunden en la misma tierra, hasta el punto de que el devenir de unos está condicionado por las decisiones de los otros. Antoine y Olga se trasladaron hasta allí desde Francia para vivir de la agricultura ecológica y se negaron a que en su término municipal se levantara un parque eólico, impidiendo así que Xan y Lorenzo recibieran el dinero con el que contaban para escapar del lugar en el que han permanecido desde que nacieron. La frustración lleva al enfado, este a la rabia y de ahí al odio y la venganza. Si se combina con la visceralidad y la sangre fría, la irracionalidad no tiene límites, cada vez es más empecinada, sagaz y arrojada.

Así es como el guion escrito por Rodrigo e Isabel Peña torna casi en una película de terror sobre los límites de la conducta humana, hasta donde puede llegar el tesón de la resistencia y la hostilidad del resentimiento. Un clima agorafóbico, que lo inunda todo, pero en el que aun así percibimos claramente cuáles son los fundamentos de la conexión de cada personaje con el lugar en el que residen, así como las claves de los vínculos que los unen con quienes sienten cercanos. Impresiones en las que juegan un papel clave la extraordinaria fotografía de Alejandro de Pablo, la percusión de la partitura de Olivier Arson y un reparto en el que no hay actor o actriz que no ofrezca una interpretación excepcional.

Súmese a eso la polifonía castellano, gallego y francés, un trilinguismo que hace aún más auténtico el muestrario costumbrista, la exposición antropológica, el análisis sociológico y el examen psicológico al que asistimos. La capacidad de las personas para gestionar sus frustraciones y el contar con un acervo interior para desarrollar un proyecto vital se dan la mano y de bruces contra la oscuridad y el abandono de la España vaciada y la manipulación pornográfica del capitalismo. Y cuando parecía que As Bestas ya había desplegado todas sus cartas, gira de tal manera que renace a partir de sí misma para ofrecernos un muy acertado, preciso y bien construido reverso de cuanto habíamos conocido e intuido.

Al vibrante clima de expresionismo naturalista y físico en el que se había movido hasta entonces, le suma una sobria confrontación anímica y emocional con que completa, cierra y sella su recorrido sobre las potencialidades y las posibilidades, los aciertos y los errores, los devenires y las consecuencias de las determinaciones y las cotidianidades de cualquier hombre o mujer. Tensión, intriga y ansiedad. Aun así, calma, paz y sosiego. Peliculón.

«Los renglones torcidos de Dios»

Dos horas y medias de tensión en un thriller que no deja de sorprender. Una intriga sólida gracias a un guión bien estructurado y dialogado, una puesta en escena convincente, una cámara que encuadra siempre como corresponde y un reparto en el que Barbara Lennie destaca cual estrella del mejor cine negro. Una historia que atrapa y seduce desde el principio y engancha e hipnotiza hasta el final.

En algún momento de mi vida debí leer la novela que Torcuato Luca de Tena publicó en 1979, pero como no la recuerdo, cuando ayer me introduje en la sala de los multicines a los que suelo acudir, lo hacía completamente a ciegas, sin tener la más mínima idea de lo que me iban a contar. La premisa era una actriz a la que, aunque ya había visto antes en papeles más cortos, descubrí en María y los demás (2016) y con la que he disfrutado cada vez que la he visto tanto en la pantalla grande (La enfermedad del domingo o Petra) como en el teatro (La clausura del amor, El tratamiento o Hermanas). Los renglones torcidos de Dios gira doblemente en torno a ella, tanto sobre su personaje como sobre su presencia ante la cámara. Y cumple sobradamente ambas expectativas.

Como en toda buena película, sus cimientos son un guión que presenta, desarrolla, relaciona, progresa y concluye cada una de las tramas y personajes de su historia de una manera organizada, correctamente dosificada y limpiamente trazada para cerrarla de un modo que completa convincentemente el círculo que comenzó en su inicio. Sus giros no son nunca gratuitos ni hiperbólicos, las sorpresas surgen en el momento adecuado y lo inesperado no solo no resta, sino que suma credibilidad tanto a la narración como al punto de vista desde el que es contada.

Oriol Paulo plasma todo ello en secuencias, con un transcurrir sosegado, en las que prima lo desconocido para su espectador. Ya sea por no saber qué sombras esconde la investigación a la que dice dedicarse Alice Gould, por no comprender los procedimientos con que se gestiona una institución tan peculiar como un hospital psiquiátrico o por no ser capaz de concebir la arritmia que surge del amplio catálogo de perfiles patológicos que conviven allí dentro.

Paulo se permite licencias simplificadoras -escenarios, conductas y parlamentos- con las que sumergirnos de manera rápida y fácil en la escenografía de ese sanatorio aislado social y humanamente y envolvernos en su atmósfera de alegalidad y suspensión de la cordura, pero sin alterar por ello la fluidez y la lógica de los acontecimientos que nos expone. Una inmersión complementada por la fotografía de Bernat Bosch -austera en lo clínico, pop en lo burgués-, la banda sonora de Fernando Velázquez –precisa en lo puntual, envolvente en lo ambiental- y una edición de sonido que funciona como puente entre lo invisible de la acción y el inconsciente de nuestra percepción.

Y como decía al inicio, un personaje y una actriz principal que lideran un universo difícil de categorizar y un reparto en el que cada intérprete se atiene, sin dejarse constreñir, al corsé del carácter -paciente o médico- asignado. Los internos psiquiátricos resultan bocetados y definidos cuando es necesario, mas nunca simplificados ni caricaturizados, y los responsables a su cargo resultan tan humanos sensibles como profesionales racionales. Junto a la eficaz parquedad de Loreto Mauleón y Javier Beltrán, destaca la siempre certera gestualidad y mirada de Eduard Fernández. Y una excepcional, fantástica y soberbia Bárbara Lennie que abarca desde la seguridad y la debilidad hasta la vanidad y el compromiso, pasando por la contención de la reflexión, el vértigo de la duda y el sufrimiento de la incomprensión.

“La señora March” de Virginia Feito

Un personaje genuino y una narración de lo más perspicaz con un tono en el que confluyen el drama psicológico, la tensión estresante y el horror gótico. Una historia auténtica que avanza desde su primera página con un sostenido fuego lento sorprendiendo e impactando por su capacidad de conseguir una y otra vez nuevas aristas en la personalidad y actuación de su protagonista.

Son muchos los logros de La señora March. Tras ellos está la capacidad de su autora para dosificar la información y no alejarse nunca del registro con el que la expone. Su escritura es constante y tenaz, tan obsesiva como su retratada, igual de meticulosa y precisa. No hay una sola página en que se salga de su senda, en que caiga en la debilidad de explicarse en exceso o de acelerarse y adelantarse a los acontecimientos. Su valor está en la calculadora asepsia y frialdad de su labor mediadora, entre su lector y la mujer de un escritor no se sabe bien si insatisfecha y amargada o depresiva y perturbada.  

Feito no plantea un conflicto, sino que nos imbuye en él. A nuestra interpretación queda la objetividad y realismo de lo que leemos, o el posible filtro -quizás científico, quizás literario- con que es plasmado. Lo excitante es que la incomodidad que provoca es tan interna, la sensación de que hay algo más que no acertamos a dilucidar está tan sólidamente planteada, que no nos lleva a buscar las fisuras, el recurso o el truco de su propuesta sino a avanzar en sus capítulos deseando conocer, descubrir y averiguar hasta dónde pretende hacernos llegar. Una curiosidad cada vez más capciosa, un camino en el que cuanto más se conoce, más evidente se hace la pesadumbre y el conflicto entre lo constatado y lo imperceptible que no se sabe si está escondido entre líneas o en la necesidad de nuestra imaginación.

Virgina lo consigue dando muchos datos, pero nunca los suficientes como para situarnos con exactitud. Nos describe las estaciones del año, pero no nos dice de cuál, aunque debemos presuponer que de varias décadas atrás porque no hay internet ni teléfono móvil, pero sí tarjetas de crédito. Maneja la imagen, personalidad y características propias de la ciudad de Nueva York, sobre todo su magnitud y fría racionalidad, con la precisión que necesita en cada episodio. Ya sea para garantizar el anonimato de La señora March, certificar su manera de mirar y de procesar lo captado, o provocar las circunstancias que nos hagan testigos de su comportamiento.     

Buena parte de su inteligencia está en la naturalidad con que elude dar respuesta a los interrogantes que plantea y que utiliza como motor y guía de su progresión. He ahí el inicial,  ¿se inspiró el señor March en su esposa para construir el personaje de la prostituta despreciable de su última y exitosa novela? A partir de ahí un castillo de naipes que nunca se pone en duda y en el que se puede intuir a Shirley Jackson, Patricia Highsmith, Alfred Hitchcock o hasta a Stephen King. Referencias a cuya altura no solo demuestra estar La señora March, sino tener algo que aportar y decir por sí misma.   

La señora March, Virginia Feito, 2022, Editorial Lumen.

«Beckett», thriller estival

La felicidad del amor y de unas vacaciones en lugares históricos se convierten para un americano en una huida desesperada con aires de corrupción y conspiración política. Los campos áridos de la Grecia rural y la Atenas de hormigón son el escenario de una intriga apta para sobrellevar las altas temperaturas de estos días con John David Washington emulando al Harrison Ford de “El fugitivo”.

En sus primeros minutos, John David Washington resulta el reverso de Malcolm, el personaje que interpretó en su anterior estreno, también una producción Netflix. Si allí discutía sin parar con Zendaya, aquí se demuestra amor eterno con Alicia Vikander. Escenas necesarias para introducirnos a los personajes, quiénes son, por qué están aquí y qué hacen. Pero su exceso de almíbar las hace largas, no aportan nada que nos haya transmitido el convencionalismo de su primer cruce de miradas. Defrauda, incluso, ver en un papel tan corto e insulso a la ganadora del Oscar como actriz de reparto en 2015 por La chica danesa.

Pasaje necesario para llegar al momento en que Beckett abre los ojos boca abajo tras las varias vueltas de campana que ha dado su coche. Por fin se desata la tensión que teníamos ganas de sentir y que no cesará hasta el final. Terreno bien trazado tanto por el guión como por la dirección, generando primer inquietud, malestar y desazón, y desatando después la acción, el movimiento y la velocidad.

Los escenarios elegidos son los correctos. La despoblada ruralidad y la escarpada orografía del interior helénico, la sencilla urbanidad de sus pequeñas ciudades y la brutalidad del urbanismo de su capital. Cada uno de ellos es el marco perfecto para cuanto el protagonista -y nosotros a través de él- vivencia y descubre. El no tener ni idea de lo que está pasando, el intuir las connotaciones políticas del asunto -tanto en clave nacional como internacional- en el que el destino le ha involucrado, y lo mucho y oculto que está en juego. La duración de cada etapa se ajusta lo que demandan los acontecimientos que relata, deviene en la siguiente con una narrativa lógica y cuanto ocurre es verosímil. Solo le falla un elemento. No genera adrenalina.

Ferdinando Cito Filomarino no parece haber querido construido un thriller al uso, concebido más en la mesa de montaje que en el diseño del story board y en el plan de rodaje. Se agradece que no emule a los videojuegos como parece ser la tónica recurrente desde hace tiempo, que opte por planos abiertos donde nos de tiempo a reconocer dónde estamos y que de tanto peso al sentir como al dinamismo de un hombre atrapado por la incertidumbre, la angustia y la desazón que nos transmite a la perfección la música de Ryūichi Sakamoto es excepcional. Pero su intento de arrastrarnos en una atmósfera tan psicológica como física, a la manera del cine clásico, no cuaja con la solidez que sería deseable.

Y tenía potencial para ello. Al contrario que sucede con Vikander, los secundarios en que se apoya la trama están perfectamente definidos -y encarnados por sus intérpretes- y John David Washington demuestra la solvencia necesaria en la omnipresencia ante la cámara que le exige su papel. Deja claro que no necesita una producción tan elaborada y detallista como la de Tenet ni los alardes estéticos de Malcom & Marie para atraer nuestra atención. Quedémonos con esto y esperemos a ver su siguiente película.

“Nunca sabrás quién fui” de Salvador Navarro

Un thriller, una narración sobre cómo se escribe una novela y un drama envuelto en pasiones amorosas. Tramas y líneas argumentales estructuradas con precisión y desarrolladas a lo largo de varias décadas entre Sevilla, Madrid y Nueva York. Un juego de espejos y reflejos con un ojo puesto en Joël Dicker y otro en Paul Auster.

El sueño de muchos periodistas que se dedican a la palabra impresa no es dar forma a reportajes que se publiquen en cabeceras de grandes tiradas, sino escribir una novela con la que demostrar sus dotes para la investigación, hilvanando la objetividad de los datos con la subjetividad del análisis psicológico y el misterio de la conducta humana, dando como resultado una ficción que informe, enganche y remueva. Ese es Alex, el joven, esbelto y enérgico protagonista de Nunca sabrás quién fui, que se traslada a la capital andaluza por la módica cantidad de cinco mil euros al mes con una misión cuyos fines no le han sido desvelados.

Una interrogante que le despierta toda clase de suspicacias y que a medida que se introduce en la historia que las genera le provoca un sinfín de hipótesis en las que indagará de manera paralela. Así es como su vida se va complicando en un tablero de sutilezas y suspicacias en el que los comportamientos, dedicaciones y afirmaciones de aquellos con los que se relaciona pueden ser cualquier cosa menos lo que parecen. O no. Desde el punto de vista literario, un continuo de idas y venidas de intrigas, riesgos, tensión, poder y sexo en el que los trayectos de vuelta nunca te devuelven a la casilla anterior, sino que te hacen avanzar en una mezcla de nebulosa y desierto en el que no te queda otra que confiar en la buena fe y el saber hacer de Salvador.

Él lo deja claro desde la presentación de su personaje principal. Su construcción narrativa toma como referente la deconstrucción temporal de La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker, así como la metaliteratura de Paul Auster. La interrelación entre los planos de la acción, su plasmación sobre el papel y su ideación en la imaginación del escritor. Entre la vivencia, la elaboración consciente y la subjetividad marcada por las pulsiones interiores. Entre la realidad, la reconstrucción y la recreación aplicando los mecanismos y trucos literarios adecuados para conseguir una ficción sólida que quizás contenga dimensiones paralelas no necesariamente explicitadas.

Recuerdo una fotografía que tiempo atrás Navarro subió a su cuenta de Instagram. En ella contaba que llevaba a donde fuera a pasar el fin de semana el corcho plagado de cartulinas de colores en el que estaba la estructura de la que sería entonces su siguiente novela, El hombre que ya no soy (2017). Un recurso que utiliza también Alex. Lo que nos devuelve al primer párrafo de esta reseña. ¿Cuánto hay en Alex de él? ¿En qué medida se ha puesto al servicio de su personaje? ¿Únicamente de manera utilitaria o hay algo expiatorio en ello? Y sea como sea, ¿con qué intención? La respuesta solo la tiene él. Por su parte, su lector se queda con el hecho de haber disfrutado de principio a fin, sintiéndose enredar primero por su propuesta e iluminar inteligentemente después con el trazado por el que la hace crecer hasta resolverla.

Nunca sabrás quién fui, Salvador Navarro, 2020, Algaida Editores.

10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

«Viejos tiempos» de Harold Pinter

Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

En 1950 Kate y Anne compartían habitación en Londres. Trabajaban, visitaban exposiciones, iban a conciertos y salían de fiesta. Dos décadas después, la segunda viaja desde Sicilia, donde vive ahora, para visitar a su antigua amiga y a su marido, al que no conoce, en su residencia lejos de la capital británica, a la orilla del mar.

La primera frase que se lee/escucha en Viejos tiempos es “Dark”, es lo que dice Kate mirando por el ventanal de su casa. No sabemos si describe la noche exterior o si se está refiriendo a Anne, la persona a la que espera y de la que está hablando con su esposo, Deeley. Una deliberada ambigüedad con la que Harold Pinter articula tanto la reunión y puesta al día de la que vamos a ser testigos, como el pasado -qué hizo que se separaran y no se hayan visto durante todo este tiempo- que presuponemos se compartirá con nosotros.

El autor de la anterior La fiesta de cumpleaños (1957) construye su historia a partir de la contraposición. El bullicio, dinamismo y creatividad londinense evocados frente a la tranquilidad, introversión y casi aislamiento en la que viven actualmente los protagonistas que ejercen de anfitriones. La alegría y felicidad que esperaríamos en un volverse a ver frente a la corrección y diplomacia, casi interrogatorio y sospecha, que observamos entre ellos. Continúa con un mirar atrás, en el que cada personaje se (re)descubre a sí mismo y parece plantearse el sentido y el qué le aporta la relación que tiene con los otros dos. Establece así un enigmático triángulo relacional y un juego de espejos que une y enfrenta, no sabemos muy bien cómo ni por qué, personalidades y biografías al igual que pasado y presente.

Más que una progresión narrativa, asistimos a la densificación de una atmósfera en la que las presunciones, las referencias y las anotaciones humorísticas acaban por desvelar una historia en la que se aúnan la sordidez y la provocación en un juego, no por obvio menos oscuro, de supuesta atracción y sensualidad tan desconcertante como perturbador. Y no por las consecuencias que se pudieran prever de él, sino por las motivaciones y antecedentes del mismo que se intuyen. Que el distanciamiento fue la repuesta a una unión demasiado íntima y que el desconocimiento oculta un encuentro, cuanto menos, morboso.

Un desasosiego fundamentado en la sencillez de una propuesta escenográfica y lumínica sin apenas elementos. Tan solo un gran ventanal, que sirve como vía de escape, y tres posiciones de asiento. Y en la asertividad con que se comunican los tres protagonistas. Diálogos plagados de frases cortas y algunas interlocuciones prolongadas con aire de monólogo abstraído, que suenan más a pensamiento en off que a intercambios verbales. Una seriedad y corrección formal en la que los momentos musicales tensan más que relajan y los de humor extrañan y disturban. Así es como lo que comenzaba como un aparente escenario costumbrista se va transformando en un atractivo e hipnótico cuadro de misterio y ansiedad, más cercano a la intriga y el thriller, en el que es imposible no verse atrapado e implicado.

Viejos tiempos, Harold Pinter, 1971, Methuen Books.

«Parásitos»

Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

Los primeros protagonistas que conocemos de Parásitos son una panda de pillos. Un matrimonio y sus dos hijos que pretenden vivir a costa de los demás, ejemplificando perfectamente el título que nos los presenta. La oportunidad les surge cuando, poco a poco, cada uno de ellos se infiltra como empleados de una familia de alto nivel adquisitivo. Además de ser un perfecto creador e introductor de personajes, Bong hace que nos lo pasemos en grande viendo lo jetas, mentirosos y truhanes que son los llegados de los bajos fondos, y lo absurdos, irresponsables y extravagantes que son los dueños de esa excelsa construcción arquitectónica en la que todos acaban confluyendo.

Tras esas situaciones de contrastes provocadas por el comportamiento (esnobs vs. sinvergüenzas), la actitud (sibaritas vs. aprovechados) y las expectativas (ego vs. carpe diem) de unos y otros, su director y guionista dibuja también un sólido retrato de clases. Un fresco que va más allá de las diferencias para señalarnos la complejidad sistémica de la que son resultado (capitalismo, nivel educativo y cultura del esfuerzo), así como la barrera moral con la que los ricos se separan y protegen de los pobres.

Y cuando parece que el guión ha dado ya todo lo que tenía que ofrecer, Parásitos estalla en un giro maestro que nos saca de la que se había convertido en nuestra zona de confort. Destroza nuestras expectativas de entretenimiento y transforma la situación que nos había seducido en una atmósfera que a medida que se suceden las vivencias y los descubrimientos torna más alucinante y más opresiva. Como espectador quedas totalmente a merced de la narración, arrastrado por unos acontecimientos que van de lo sorprendente a lo alucinante y de ahí a lo insospechado. Pasas de sentirte inquieto por el cambio de registro a desconcertado por no saber la deriva que puede tomar lo que está sucediendo en esa casa en la que ya no te sientes de visita, sino atrapado sin saber si hay salida.

La ganadora de la Palma de Oro del último Festival de Cannes deja atrás las secuencias basadas en el diálogo, las diferencias entre personajes y el gag resultante para convertirse en un frenesí de acción, en una carrera en la que lo sorprendente, lo bizarro y lo extremo se combinan sobre la pantalla a una velocidad de vértigo sabiamente construida, manejada y conducida -tanto en términos creativos como técnicos- por su director. Llega un punto en que la deriva argumental hace que la propia película se viva desde el patio de butacas como si fuera un parásito que se alimenta de la angustia, la ansiedad y la alerta que nos está provocando.

Y si todo el desarrollo ha sido sobresaliente, el cierre no lo es menos. Bong acaba su historia sin bajarse del punto álgido al que nos ha llevado, pero poniendo el foco nuevamente en sus personajes para que veamos hasta dónde nos puede llevar y lo que puede hacer de nosotros lo que nosotros hagamos con los demás. Podría parecer moralina, pero no, no lo es. Es una vuelta al sarcasmo y la ironía con que se inició la película, marca y sello personal de su autor.

«Mula», eterno Clint Eastwood

Eastwood es un genio del séptimo arte delante y detrás de la cámara y lo demuestra con esta película, un basado en hechos reales contado a la manera del cine clásico. Un relato correcto en el que no hay nada especialmente destacable, pero en el que todo funciona con absoluta precisión.

Mula.jpg

A sus 88 años de edad, habiendo trabajado como actor en 72 películas y dirigido 40 -lo que ha valido dos nominaciones a los Oscar en la primera categoría y cuatro en la segunda, resultando ganador en 1993 por Sin perdón y en 2004 por Million Dollar Baby– Eastwood no tiene necesidad alguna de demostrar su valía. Tampoco de reivindicarse. Quizás por eso y por el simple y puro placer de hacer lo que le gusta es por lo que sigue rodando, actuando y produciendo. Pero que nadie de por hecho por esto que Mula es una cinta entretenida sin más. En su apariencia de sencillez está la valía de los que son artistas del séptimo arte y no meros narradores de historias en formato audiovisual.

En los primeros cinco minutos y sin que su personaje principal mantenga ningún diálogo trascendente con las personas con las que se cruza, este queda perfectamente definido por lo que escuchamos. A continuación surge el conflicto que nos lo presenta como alguien huidizo y esquivo en su mundo interior. Y acto inmediato y sin descanso, el elemento de tensión que permanecerá a lo largo de toda la película, su participación voluntaria en operaciones de tráfico de droga. Así es el guión a lo largo de las casi dos horas de película, preciso, directo, al grano, sin rodeos.

Entre lo escrito por Sam Dolnick y lo plasmado por Clint Eastwood está una manera de hacer que tiene poco que ver con el cine efectista de hoy en día. El director de Mystic River vuelve a hacer gala una vez más de un academicismo fresco, ágil y efectivo. Un clasicismo con sentido del humor -por dos veces le dicen al protagonista que se parece a James Stewart-, que navega cómodamente por el thriller policial con ciertas dosis de drama familiar.

Pero es ahí, en el segundo plano de esta estructura narrativa donde Mula se acomoda -y se prolonga formalmente en exceso- al servirse de los clichés frívolos y lujuriosos de las películas de narcotraficantes, así como de las emotividades de los cismas familiares. Añádase a esto último el aparente eterno hieratismo de Harry el Sucio. Una hiper limitada gestualidad que, sin embargo, resulta de lo más expresiva y auténtica, dando -como es habitual siempre que se pone delante de la cámara- una absoluta verosimilitud al personaje que encarna.

Su magnetismo es obvio, no hay más que ver las escenas en que coincide con Bradley Cooper, a quien ya dirigió en 2014 en El francotirador, lo que demuestra que no hay belleza física, por mucha fotogenia que destile, que pueda con su saber hacer. El de un maestro que es capaz de relatar sin necesidad de entrar en cuestiones éticas o morales la historia de un Robin Hood actual. Alguien que en lugar de robar a los ricos para entregárselo a los pobres, sirve a los que se enriquecen infringiendo la ley para ayudar económicamente a aquellos de su entorno que lo necesitan.

«El misterio del umbral» de Guillermo Escribano

Un thriller en el que la intriga histórica se combina con la nebulosa de la religión y formalmente con una variada comicidad y un punto medio entre el reconocimiento y la sátira de los títulos superventas con argumentos similares. Una novela que parece haber sido concebida más como un relato cinematográfico que como una narración literaria por la rapidez de acontecimientos, la diversidad de localizaciones, lo directo de los diálogos entre sus personajes y las descripciones de sus comportamientos.

ElMisterioDelUmbral.jpg

Se aprende leyendo. Cierto. Hasta hace unos días desconocía la existencia de la Hermandad del Santo Prepucio (con sede en Amberes) y su propósito, la conservación de la reliquia resultante de la circuncisión realizada a Jesucristo en su octavo día de vida. Un episodio sin espacio en los evangelios oficiales, pero sí tratado en los apócrifos, donde se cuenta este episodio de la cristiandad –nunca reconocido por el Vaticano- que durante mucho tiempo se celebraba el día 1 de enero. Y con un segundo aspecto a tener en cuenta, de ser cierto supondría que tendríamos entre nosotros un resto carnal, humano, ADN del hijo de Dios, todo un terremoto para el ámbito de la fé y la práctica de ciencias como la genética.

A partir de todos estos datos y con un allanamiento de morada al que le sigue el asesinato de un cura en la localidad de Cálcata, Guillermo inicia a 50 kilómetros al norte de Roma El misterio del umbral. Una aventura en la que una cuestión mayúscula como es la historia, la oficial y la supuesta, la verdadera y la reconstruida, la verosímil y la creíble, la documentada y la hipotética, se combina con las desventuras de dos personajes anónimos que se ven envueltos en algo que no han buscado. Un lío de tremendas dimensiones –judiciales, políticas, religiosas- al que han de hacer frente con lo único que tienen, espíritu de supervivencia y los conocimientos que se le suponen a un profesor de secundaria de historia y a una historiadora del arte.

Dos caracteres –ateo él, creyente ella- que mientras escapan de los que les persiguen y se esfuerzan por resolver las pistas intelectuales (escritas en latín, referencias a la historia de la pintura,…) que el caso les depara, parecen estar condenados a conocerse y relacionarse siguiendo los parámetros de una comedia romántica que nunca les sale bien. Algo así como si evocáramos esos títulos superventas de Dan Brown que pocos dicen conocer –pero que muchos hemos leído en tardes de verano- y se le diera un aire entre patrio, latino y mediterráneo a base de guiños a la literatura del Siglo de Oro y menciones al humanismo renacentista. Sin olvidar el mundo actual de las fake news, la manipulación genética, el postcolonialismo y la cercanía y el vértigo que supone la globalidad.

Un entretenimiento al que le corresponde decir a los expertos si cumple con el rigor que se le exige a la novela histórica para ser considerado tal y al que los lectores bien pueden recurrir como alternativa a las propuestas de cualquier renombrado autor de best sellers.

El misterio del umbral, Guillermo Escribano, 2019, Libros.com.