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“Parásitos”

Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

Los primeros protagonistas que conocemos de Parásitos son una panda de pillos. Un matrimonio y sus dos hijos que pretenden vivir a costa de los demás, ejemplificando perfectamente el título que nos los presenta. La oportunidad les surge cuando, poco a poco, cada uno de ellos se infiltra como empleados de una familia de alto nivel adquisitivo. Además de ser un perfecto creador e introductor de personajes, Bong hace que nos lo pasemos en grande viendo lo jetas, mentirosos y truhanes que son los llegados de los bajos fondos, y lo absurdos, irresponsables y extravagantes que son los dueños de esa excelsa construcción arquitectónica en la que todos acaban confluyendo.

Tras esas situaciones de contrastes provocadas por el comportamiento (esnobs vs. sinvergüenzas), la actitud (sibaritas vs. aprovechados) y las expectativas (ego vs. carpe diem) de unos y otros, su director y guionista dibuja también un sólido retrato de clases. Un fresco que va más allá de las diferencias para señalarnos la complejidad sistémica de la que son resultado (capitalismo, nivel educativo y cultura del esfuerzo), así como la barrera moral con la que los ricos se separan y protegen de los pobres.

Y cuando parece que el guión ha dado ya todo lo que tenía que ofrecer, Parásitos estalla en un giro maestro que nos saca de la que se había convertido en nuestra zona de confort. Destroza nuestras expectativas de entretenimiento y transforma la situación que nos había seducido en una atmósfera que a medida que se suceden las vivencias y los descubrimientos torna más alucinante y más opresiva. Como espectador quedas totalmente a merced de la narración, arrastrado por unos acontecimientos que van de lo sorprendente a lo alucinante y de ahí a lo insospechado. Pasas de sentirte inquieto por el cambio de registro a desconcertado por no saber la deriva que puede tomar lo que está sucediendo en esa casa en la que ya no te sientes de visita, sino atrapado sin saber si hay salida.

La ganadora de la Palma de Oro del último Festival de Cannes deja atrás las secuencias basadas en el diálogo, las diferencias entre personajes y el gag resultante para convertirse en un frenesí de acción, en una carrera en la que lo sorprendente, lo bizarro y lo extremo se combinan sobre la pantalla a una velocidad de vértigo sabiamente construida, manejada y conducida -tanto en términos creativos como técnicos- por su director. Llega un punto en que la deriva argumental hace que la propia película se viva desde el patio de butacas como si fuera un parásito que se alimenta de la angustia, la ansiedad y la alerta que nos está provocando.

Y si todo el desarrollo ha sido sobresaliente, el cierre no lo es menos. Bong acaba su historia sin bajarse del punto álgido al que nos ha llevado, pero poniendo el foco nuevamente en sus personajes para que veamos hasta dónde nos puede llevar y lo que puede hacer de nosotros lo que nosotros hagamos con los demás. Podría parecer moralina, pero no, no lo es. Es una vuelta al sarcasmo y la ironía con que se inició la película, marca y sello personal de su autor.

“Mula”, eterno Clint Eastwood

Eastwood es un genio del séptimo arte delante y detrás de la cámara y lo demuestra con esta película, un basado en hechos reales contado a la manera del cine clásico. Un relato correcto en el que no hay nada especialmente destacable, pero en el que todo funciona con absoluta precisión.

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A sus 88 años de edad, habiendo trabajado como actor en 72 películas y dirigido 40 -lo que ha valido dos nominaciones a los Oscar en la primera categoría y cuatro en la segunda, resultando ganador en 1993 por Sin perdón y en 2004 por Million Dollar Baby– Eastwood no tiene necesidad alguna de demostrar su valía. Tampoco de reivindicarse. Quizás por eso y por el simple y puro placer de hacer lo que le gusta es por lo que sigue rodando, actuando y produciendo. Pero que nadie de por hecho por esto que Mula es una cinta entretenida sin más. En su apariencia de sencillez está la valía de los que son artistas del séptimo arte y no meros narradores de historias en formato audiovisual.

En los primeros cinco minutos y sin que su personaje principal mantenga ningún diálogo trascendente con las personas con las que se cruza, este queda perfectamente definido por lo que escuchamos. A continuación surge el conflicto que nos lo presenta como alguien huidizo y esquivo en su mundo interior. Y acto inmediato y sin descanso, el elemento de tensión que permanecerá a lo largo de toda la película, su participación voluntaria en operaciones de tráfico de droga. Así es el guión a lo largo de las casi dos horas de película, preciso, directo, al grano, sin rodeos.

Entre lo escrito por Sam Dolnick y lo plasmado por Clint Eastwood está una manera de hacer que tiene poco que ver con el cine efectista de hoy en día. El director de Mystic River vuelve a hacer gala una vez más de un academicismo fresco, ágil y efectivo. Un clasicismo con sentido del humor -por dos veces le dicen al protagonista que se parece a James Stewart-, que navega cómodamente por el thriller policial con ciertas dosis de drama familiar.

Pero es ahí, en el segundo plano de esta estructura narrativa donde Mula se acomoda -y se prolonga formalmente en exceso- al servirse de los clichés frívolos y lujuriosos de las películas de narcotraficantes, así como de las emotividades de los cismas familiares. Añádase a esto último el aparente eterno hieratismo de Harry el Sucio. Una hiper limitada gestualidad que, sin embargo, resulta de lo más expresiva y auténtica, dando -como es habitual siempre que se pone delante de la cámara- una absoluta verosimilitud al personaje que encarna.

Su magnetismo es obvio, no hay más que ver las escenas en que coincide con Bradley Cooper, a quien ya dirigió en 2014 en El francotirador, lo que demuestra que no hay belleza física, por mucha fotogenia que destile, que pueda con su saber hacer. El de un maestro que es capaz de relatar sin necesidad de entrar en cuestiones éticas o morales la historia de un Robin Hood actual. Alguien que en lugar de robar a los ricos para entregárselo a los pobres, sirve a los que se enriquecen infringiendo la ley para ayudar económicamente a aquellos de su entorno que lo necesitan.

“El misterio del umbral” de Guillermo Escribano

Un thriller en el que la intriga histórica se combina con la nebulosa de la religión y formalmente con una variada comicidad y un punto medio entre el reconocimiento y la sátira de los títulos superventas con argumentos similares. Una novela que parece haber sido concebida más como un relato cinematográfico que como una narración literaria por la rapidez de acontecimientos, la diversidad de localizaciones, lo directo de los diálogos entre sus personajes y las descripciones de sus comportamientos.

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Se aprende leyendo. Cierto. Hasta hace unos días desconocía la existencia de la Hermandad del Santo Prepucio (con sede en Amberes) y su propósito, la conservación de la reliquia resultante de la circuncisión realizada a Jesucristo en su octavo día de vida. Un episodio sin espacio en los evangelios oficiales, pero sí tratado en los apócrifos, donde se cuenta este episodio de la cristiandad –nunca reconocido por el Vaticano- que durante mucho tiempo se celebraba el día 1 de enero. Y con un segundo aspecto a tener en cuenta, de ser cierto supondría que tendríamos entre nosotros un resto carnal, humano, ADN del hijo de Dios, todo un terremoto para el ámbito de la fé y la práctica de ciencias como la genética.

A partir de todos estos datos y con un allanamiento de morada al que le sigue el asesinato de un cura en la localidad de Cálcata, Guillermo inicia a 50 kilómetros al norte de Roma El misterio del umbral. Una aventura en la que una cuestión mayúscula como es la historia, la oficial y la supuesta, la verdadera y la reconstruida, la verosímil y la creíble, la documentada y la hipotética, se combina con las desventuras de dos personajes anónimos que se ven envueltos en algo que no han buscado. Un lío de tremendas dimensiones –judiciales, políticas, religiosas- al que han de hacer frente con lo único que tienen, espíritu de supervivencia y los conocimientos que se le suponen a un profesor de secundaria de historia y a una historiadora del arte.

Dos caracteres –ateo él, creyente ella- que mientras escapan de los que les persiguen y se esfuerzan por resolver las pistas intelectuales (escritas en latín, referencias a la historia de la pintura,…) que el caso les depara, parecen estar condenados a conocerse y relacionarse siguiendo los parámetros de una comedia romántica que nunca les sale bien. Algo así como si evocáramos esos títulos superventas de Dan Brown que pocos dicen conocer –pero que muchos hemos leído en tardes de verano- y se le diera un aire entre patrio, latino y mediterráneo a base de guiños a la literatura del Siglo de Oro y menciones al humanismo renacentista. Sin olvidar el mundo actual de las fake news, la manipulación genética, el postcolonialismo y la cercanía y el vértigo que supone la globalidad.

Un entretenimiento al que le corresponde decir a los expertos si cumple con el rigor que se le exige a la novela histórica para ser considerado tal y al que los lectores bien pueden recurrir como alternativa a las propuestas de cualquier renombrado autor de best sellers.

El misterio del umbral, Guillermo Escribano, 2019, Libros.com.

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“El reino” de la soberbia

Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

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Viajes pagados por empresarios, uso particular de medios públicos, mordidas en concesiones, recalificaciones de terrenos, desvío de subvenciones, cuentas en Suiza,…, menos cremas y masters esta cinta tiene alusiones a toda clase de casos de corrupción de los que hayamos tenido noticia en los últimos años. Tanto que, más que original, su guión parece una adaptación de los titulares que nos han ido dando día a día en sus portadas y cabeceras los distintos medios de comunicación. Solo los investigadores judiciales sabrán cuán veraz es lo que retrata, pero lo que esta cinta cuenta –con una factura que tiene un punto de “nuevo periodismo”- resulta tremendamente creíble.

En ningún momento da nombres ni hace referencias explícitas, pero ahí quedan algunas pistas para los amantes de las similitudes como la luz de Levante, los trajes de sastrería, las anotaciones manuscritas en libretas o las referencias a las más altas instancias del Gobierno y del Estado. Sin embargo, El reino no solo no se deja atrapar por ello sino que utiliza a su favor el conocimiento que ya tenemos de la narrativa de la corrupción para elaborar su propia historia. Entra directamente al grano y no pierde en ningún momento ni un solo segundo en explicar códigos, motivaciones o procedimientos. Cuanto vemos está supeditado muy exitosamente, tanto artística como técnicamente –atención a la banda sonora y la fotografía-, a un único elemento, la acción.

Un viaje en el que cuanto acontece está siempre al margen de la ley, pero mientras al principio todos los personajes cuentan con su condescendencia, los acontecimientos van haciendo que cada uno de ellos se sitúe de manera diferente frente a ella. Hasta que el más osado, y también guiado por el principio de “morir matando”, el vicesecretario autonómico del partido gobernante y delfín del líder regional, se enfrenta a los que a ojos de la opinión pública están aún en el lado de la legalidad.

Así es como la intriga se va convirtiendo progresivamente en un thriller que va acumulando tensión a medida que entran en juego tanto la estabilidad de su faceta personal (matrimonio y familia) como la de las estructuras de su ya extinta vida pública (partido político y administraciones públicas) hasta el punto de sembrar la duda sobre su propia integridad física. Una complejidad e interactuación de planos que Ricardo Sorogoyen muestra y superpone centrándose con rigor en el ritmo con que el surgen y en la manera en que confluyen y se influyen, pero sin ejercer en ningún momento de juez moral.

Una dirección en la que todo está muy medido y a la que Antonio de la Torre responde con una brutal interpretación. No solo estando presente por exigencias del guión en todas las secuencias, sino por la atmósfera que imprime a la película la desbordante presencia que imprime a su personaje. Un elemento fundamental en el logro de que El reino no sea solo una excelente película, sino también un trabajo necesario que plantea hasta dónde puede llegar la soberbia y dónde se queda la ética cuando un político se corrompe.

Vivir “Sin amor” es brutal

Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

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Lo que comienza siendo un drama costumbrista, la resolución de un matrimonio en el que no queda rastro alguno de la supuesta felicidad que un día debió existir, deriva en un sorprendente thriller sobre la búsqueda de un niño en paradero desconocido en una gran ciudad rusa. Paradójicamente, éste se hace más protagonista cuando deja de estar presente. Cuando la realidad ofrece a sus padres lo que ellos querían, que desapareciera de sus vidas, estas comienzan forzosamente a girar en torno a él. Pero no con el equilibrio de un sistema heliocéntrico, sino con la ansiedad de verse absorbidos por el vacío de un desconcertante agujero negro.

Uno de los aciertos de Sin amor es explicitar únicamente las motivaciones y comportamientos de los dos divorciantes. A los espectadores no se nos revela nada que vaya más allá de Zhenya y Boris, compartimos los mismos límites y alcances que ellos, los de su egoísmo. Pero mientras que la ya ex pareja lo vive con la arrogancia de la exigencia, nosotros lo hacemos con el encorsetamiento de la imposición. Ella se mueve entre la evasión de las redes sociales y el hedonismo de su cuerpo, él va de la estabilidad laboral a la satisfacción de sus necesidades –alimento, entretenimiento y sexo- en ese emplazamiento al que por inercia llamamos hogar o residencia familiar. Un rotundo materialismo con el Andrey Zvyagintsev ofrece una cruda visión de nuestra realidad, un mundo en el que parecemos más seres vivos, animales, que seres humanos, personas. Una intriga existencial que se une a la del misterio de no saber qué ha ocurrido con el pequeño Alyosha.

Una elaborada alegoría que se manifiesta con una gélida narrativa audiovisual conformada por una serie de elementos aparentemente anodinos, ambientales, pero que uno a uno se van apoderando del espectador hasta dejarle paralizado, abandonado y a merced de la invisible crueldad de los elementos.

El hieratismo de los planos generales que recogen la arquitectura soviética de grandes bloques geométricos y sin detalle estético alguno. El débil pulso cardíaco de la época invernal en que se suceden los acontecimientos. La dureza gestual que imprimen a sus personajes Maryana Spivak y Aleksey Rozin se extiende al resto de papeles en todo momento. La secuencia en que visitan a la madre de ella y el viaje de vuelta son de una dureza extrema por la asustante normalidad con que se la viven sus participantes. La nula conexión con la realidad del ruido mediático (corrupción, guerra de Ucrania,…) que suena de fondo en algunas secuencias. El milimétrico orden y distribución, pero sin belleza alguna, de los espacios concurridos.

Por último, destacar los pausados movimientos de cámara con los que acaban determinados planos generales y los acordes de una banda sonora que no pretenden mostrar o ambientar sino apelar a la angustia que sentimos, diciéndonos también que llevamos dentro de nosotros la capacidad de causarla.

“El hombre que ya no soy” de Salvador Navarro

Sevilla es el escenario de un thriller que une las miserias de los bajos fondos de la capital andaluza con el canibalismo del mundo global de las finanzas capitalistas. Una historia en la que la ambición de los inconformistas choca de lleno con la satisfacción de los humildes en una narración que combina la serenidad y la agitación de las emociones con el ritmo y la tensión de la búsqueda de diferentes verdades que se cruzan en sus páginas.

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Los hombres y mujeres de esta novela son aparentemente anónimos, personajes definidos por circunstancias y características tan propias de ellos como de cualquier otra persona. Sin embargo, esa no es más que la puerta a través de la cual su autor nos hace entrar para acceder a una serie de biografías en las que lo no enunciado o lo que está por decirse está tan presente como aquello que exteriorizan en las relaciones que conforman tanto los pilares de su vida afectiva –familia y amigos- como aquellas que complementan estas –laborales y sexuales-.

La muerte violenta de un antiguo narcotraficante de poco pelaje hace que la vida de aquellos que gravitaron a su alrededor pegue un vuelco, haciendo que el cielo hispalense se llene de las estelas blancas que todos ellos dibujan sobre él con sus movimientos y decisiones, también con su apatía y pasividad, para intentar descubrir quién fue el asesino y su motivación. Esto, unido a las complicaciones e insatisfacciones propias de la vida de cada individuo –tan parecidas y diferentes a las mías, a las tuyas, a las nuestras- da pie a un doble plano de complicada investigación exterior y de ineludible examen interior que hilvanan en un viaje que tienen tanto de visión y objetivo a largo plazo como de evitación y huida hacia adelante.

Contrariedades que les hacen humanos y cercanos, más aún cuando Salvador Navarro opta por dar mucho más espacio a los diálogos que a las descripciones a lo largo del recorrido de varios meses que comienza una fría mañana de invierno en que Roberto, un exitoso ejecutivo, aterriza en el aeropuerto de San Pablo y se funde con su madre en un abrazo que despierta la atención y el interesado olfato de Elisa, una mujer con ganas de encontrarse, pero sin estar dispuesta a afrontar las heridas que le causó el que ella misma se dejara echar a perder.

En el seguimiento que hace de todos ellos, Navarro va desvelando de manera muy bien planteada el pasado que explica cómo han llegado hasta ahí y qué hado lugar a los aspectos más oscuros, heridos e íntimos de sus caracteres. La estructura de capítulos cortos de El hombre que ya no soy hace que el relato de cada uno de ellos sea muy directo, como si se tratara de secuencias cinematográficas en las que no hay adornos ni rodeos con fines contextuales o distractores. Y con un ritmo que varía apropiadamente, alternando el avance progresivo con el velozmente trepidante de los pasajes de mayor tensión y con giros argumentales colocados y manejados con suma precisión.

Por último, destacar el papel que Salvador le da a la ciudad de Sevilla, siendo como en su anterior Huyendo de mí, escenario, atmósfera y testigo urbano de los muchos enfoques con que se puede afrontar la vida –legales y criminales, entusiastas y pesimistas, generosos y egoístas, respetuosos y castrantes, con certeza o con incertidumbre- tanto en general como, en particular, en esta apasionante novela.