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“El hombre que ya no soy” de Salvador Navarro

Sevilla es el escenario de un thriller que une las miserias de los bajos fondos de la capital andaluza con el canibalismo del mundo global de las finanzas capitalistas. Una historia en la que la ambición de los inconformistas choca de lleno con la satisfacción de los humildes en una narración que combina la serenidad y la agitación de las emociones con el ritmo y la tensión de la búsqueda de diferentes verdades que se cruzan en sus páginas.

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Los hombres y mujeres de esta novela son aparentemente anónimos, personajes definidos por circunstancias y características tan propias de ellos como de cualquier otra persona. Sin embargo, esa no es más que la puerta a través de la cual su autor nos hace entrar para acceder a una serie de biografías en las que lo no enunciado o lo que está por decirse está tan presente como aquello que exteriorizan en las relaciones que conforman tanto los pilares de su vida afectiva –familia y amigos- como aquellas que complementan estas –laborales y sexuales-.

La muerte violenta de un antiguo narcotraficante de poco pelaje hace que la vida de aquellos que gravitaron a su alrededor pegue un vuelco, haciendo que el cielo hispalense se llene de las estelas blancas que todos ellos dibujan sobre él con sus movimientos y decisiones, también con su apatía y pasividad, para intentar descubrir quién fue el asesino y su motivación. Esto, unido a las complicaciones e insatisfacciones propias de la vida de cada individuo –tan parecidas y diferentes a las mías, a las tuyas, a las nuestras- da pie a un doble plano de complicada investigación exterior y de ineludible examen interior que hilvanan en un viaje que tienen tanto de visión y objetivo a largo plazo como de evitación y huida hacia adelante.

Contrariedades que les hacen humanos y cercanos, más aún cuando Salvador Navarro opta por dar mucho más espacio a los diálogos que a las descripciones a lo largo del recorrido de varios meses que comienza una fría mañana de invierno en que Roberto, un exitoso ejecutivo, aterriza en el aeropuerto de San Pablo y se funde con su madre en un abrazo que despierta la atención y el interesado olfato de Elisa, una mujer con ganas de encontrarse, pero sin estar dispuesta a afrontar las heridas que le causó el que ella misma se dejara echar a perder.

En el seguimiento que hace de todos ellos, Navarro va desvelando de manera muy bien planteada el pasado que explica cómo han llegado hasta ahí y qué hado lugar a los aspectos más oscuros, heridos e íntimos de sus caracteres. La estructura de capítulos cortos de El hombre que ya no soy hace que el relato de cada uno de ellos sea muy directo, como si se tratara de secuencias cinematográficas en las que no hay adornos ni rodeos con fines contextuales o distractores. Y con un ritmo que varía apropiadamente, alternando el avance progresivo con el velozmente trepidante de los pasajes de mayor tensión y con giros argumentales colocados y manejados con suma precisión.

Por último, destacar el papel que Salvador le da a la ciudad de Sevilla, siendo como en su anterior Huyendo de mí, escenario, atmósfera y testigo urbano de los muchos enfoques con que se puede afrontar la vida –legales y criminales, entusiastas y pesimistas, generosos y egoístas, respetuosos y castrantes, con certeza o con incertidumbre- tanto en general como, en particular, en esta apasionante novela.

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Atrapado por “La seducción” de Coppola

Un relato ambientado en 1864 que adopta formas decimonónicas en su desarrollo. Todo lo visible se muestra y comporta con una gran formalidad, pero tras ello hay un sutil y sordo caudal de impulsos y pasiones que abarcan un amplio registro de comportamientos y emociones del ser humano. Un fino y delicado trabajo de Sofia Coppola con un exquisito despliegue interpretativo de todo su reparto.

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El frondoso entorno natural del estado de Virginia, la arquitectura neoclásica de aire francés de la residencia en la que tiene lugar toda la acción, la vibrante luz de las distintas horas del día y la de las velas cuando cae la noche, la precisión con que está siempre colocado el servicio en la mesa, las lecciones de francés, los ampulosos vestidos perfectamente almidonados de todas las mujeres y la corrección con que se comportan en todo momento. La puesta en escena concebida por Coppola hace que su propuesta parezca la plasmación visual de una novela escrita en la segunda mitad del siglo XIX.

Motivo este por el que La seducción no es solo lo que se ve, sino también lo que hay tras ello, lo que tampoco se dice, que tan solo se sugiere o se deja intuir para que la imaginación lo amplifique. Se percibe tras ello una extraordinaria sensibilidad femenina a la hora de construir los personajes y elaborar y desplegar la trama argumental en la que conviven. En ningún momento la dirección de Sofía Coppola está enfocada para dirigir nuestro pensamiento y establecer qué tenemos que sentir. Su trabajo es más de fondo, es como un director de orquesta que conduce todos los elementos  –escenografía, fotografía, banda sonora,…- dejando que estos fluyan libremente, haciendo que en su encuentro con ellos el espectador se sienta fuertemente atraído por la atmósfera ambiental y sensorial creada.

Una nebulosa en la que el relato de La seducción va acumulando capas que se funden entre sí dándole profundidad y complejidad a los distintos comportamientos humanos que evolucionan a partir de una situación tan límite como la de un grupo de mujeres -solidarias pero también competitivas entre sí- en un mundo masculino, que están cerca del frente de batalla de la Guerra de Secesión y se ven en la obligación cristiana de acoger a un soldado enemigo que parece al borde de la muerte. Hora y media de proyección que dan para pasar de la intriga al drama con puntos de comedia y notas de sensualidad y erotismo, y de ahí al suspense y el thriller, demostrando que lo que comenzaba como un aparente relato clásico tiene también una concepción y una factura muy moderna.

Registros varios en los que Colin Farrell demuestra que cuando está bien dirigido es capaz de dar lo mejor de sí mismo y la joven Ellen Fanning deja claro que tiene un gran potencial por delante.  Kirsten Dunst va camino de ser la eterna pero perfecta secundaria, conquistando al espectador cada vez que aparece y aportando a la historia elementos de peso que la mantienen en tensión y la impulsan cuando es necesario. Y Nicole Kidman resulta siempre perfecta, desenvolviéndose como pez en el agua tanto a la hora de interpretar como a la de derrochar fotogenia, no hay quiebro, matiz o dificultad de las muchas que presenta La seducción que ella no sea capaz de resolver con elevada solvencia.

La Trilogía del Baztán, entretenida intriga de Dolores Redondo

En el corazón de uno de los valles más hermosos de Navarra se encuentra una fuerza misteriosa que, además de asesinar a niñas y mujeres, parece tener en su punto de mira a la inspectora Salazar. Su investigación policial, sus vivencias personales y su historia familiar conforman un triángulo cuyos tres lados albergan también una intriga correctamente planteada, una exposición pedagógica sobre mitología euskaldún y un intento de saga literaria que sin llegar a brillar, resulta una lectura amena y entretenida.

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No hace falta recurrir a autores escandinavos ni al americano Dan Brown para sumergirnos en argumentarios sobre comportamientos perversos de la mente humana, introducirnos en los métodos de investigación de los cuerpos y fuerzas de seguridad de distintos países y darnos unos cuantos apuntes prácticos sobre anatomía forense. También hay productos literarios en español que nos prometen buenas dosis de suspense, acción y acontecimientos cuya lógica escapa a nuestra razón pero que podemos llegar a comprender si conocemos todas las piezas que durante largo tiempo se han cocinado para unirse hasta darles forma y resultado en forma de cadáveres.

Dolores Redondo es un ejemplo patrio de ello, se ha documentado acerca de todos estos asuntos y los ha dispuesto en una línea temporal en la que van confluyendo en el presente de Amaia Salazar,  inspectora jefe de homicidios de la Policía Foral de Navarra. Una mujer que no solo es una capaz e inteligente profesional, sino también alguien con una biografía y un sistema familiar que tiene mucho que ver con aquello a lo que ha de hacer frente en su siempre arriesgada profesión.

A medida que profundizamos en las herramientas que esta joven, valiente y decidida mujer utiliza en su trabajo, se nos presenta otra visión de la realidad, aquella que sigue las reglas no escritas de las creencias espirituales. Esas que no son solo una cuestión antropológica, sino que tienen que ver también con la adoración de lo sagrado mediante prácticas religiosas no convencionales. Unas cuestiones –las policiales y las lógicas- y otras -las espirituales e irracionales- que se irán acercando más y más a medida que se resuelven los distintos homicidios que se suceden en el valle del Baztán o guardan una extraña relación con él. Así es como el cierre de cada caso, de la identificación de cada asesino, será también el principio de la siguiente investigación y, por tanto, el motivo del siguiente tomo de esta trilogía en un lugar en el que la naturaleza –bosques frondosos y de difícil acceso, cuevas en lugares remotos, ríos caudalosos- y la climatología -días de lluvia sin parar, nevadas que bloquean carreteras, frío invernal que parece no tener fin- juegan un papel fundamental.

Una serie que se inicia con un thriller más convencional y con gran peso argumental de la mitología vasca, El guardián invisible, que entra en el terreno de lo oscuro y más difícil de definir con Legado en los huesos y alcanza lo esotérico y lo demoníaco en Ofrenda en la tormenta. Tres volúmenes que pueden considerarse independientemente, pero que realmente conforman una unidad. No solo hay una línea narrativa que los enlaza, sino que presenta también una evolución en la biografía de los personajes comunes a los tres y una sucesión cronológica entre los acontecimientos de distinta índole –las relaciones de pareja, los acontecimientos familiares que se van conociendo, los vínculos entre víctimas y sospechosos de cada sumario con los anteriores- que se dan en ellos.

La primera entrega resulta fresca y fluida, engancha con su misterio y la presentación –siempre con un punto velado, de algo que se oculta inquietantemente- de sus protagonistas, incluyendo de manera muy natural acontecimientos que sin tener sentido aparente, resultan creíbles. En la segunda, Legado en los huesos, todo –lo personal y lo profesional, lo dinástico y lo social- resulta muy esquemático, parece responder más a un plan para contar algo que parece previamente trazado, dando la sensación de que la escritura es más un ejercicio con el que dar forma a algo cuya ruta y destino ya está decidido. Así es como la última parte de la trilogía parece más que una entrega en sí, la prolongación de una segunda parte que solo se cerró en apariencia y que aquí se lleva, esta vez ya sí, a su verdadero final.

Podría ser que Amaia Salazar diera más de sí de en el futuro, hay base para ello. Pero está claro que tendría que ser con otra línea argumental y exponiendo otras facetas de su vida personal y profesional  que aquí apenas hemos conocido. Habrá que esperar y ver qué decide sobre ello Dolores Redondo.

Nada es como parece en “Déjame salir”

Entre el terror y el thriller, ahí es donde se sitúa esta película que se sirve del racismo como el elemento que inicia las sospechas sobre el comportamiento del entorno. Sustos angustiosos e incluidos en el momento preciso, una intriga inquietantemente desconcertante y una tensión bien mantenida con pequeñas dosis de fantasía y algún momento de humor del que se podría prescindir.

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Conocer a los padres de tu novia impone, más aún si eres negro y temes que en el ambiente pueda haber algún tipo de rechazo por el color de tu piel. Este es el recelo de Chris y aunque inicialmente todo le dice que debe tranquilizarse, hay señales que le indican que puede estar en lo cierto, que no debe relajarse con sus suegros ni fiarse de ellos. Pronto verá que ser afroamericano en un entorno de blancos de clase media alta le convierte en el centro de atención, pero por algo que va más allá de ser diferente y que no acierta a saber qué es. Todo cuanto acontece es desconcertante, dando pie a una intriga y tensión que nos pone en un estado de alerta máxima cercano al disparadero de la ansiedad.

Ese es el principal logro de Déjame salir, que no necesita de los elementos propios del cine de terror para dispararnos el ritmo cardíaco, hacernos gritar o saltar en la butaca. Deja a un lado los trucos habituales para crear una atmósfera diferente, nos permite estar con los ojos abiertos para hacernos patente que aun sin escondernos nada, no somos capaces de ver qué está ocurriendo exactamente. La inquietud comienza al empatizar con el asunto racial y se convierte en intranquilidad cuando la joven pareja llega a la aislada casa de campo. Poco a poco se van introduciendo elementos –una familia de lo más peculiar, la hipnosis como instrumento psiquiátrico- que provocan incomodidad y desasosiego hasta llegar a la evidencia de que hay algo en contra y que no se tiene más alternativa que la de enfrentarse o huir. Sin embargo, acontecimientos inesperados hacen que esta segunda alternativa no solo no sea posible, sino que nos elevan a unas coordenadas de zozobra y opresión aún mayores.

Hasta aquí todo lo bueno que tiene la ópera prima como director de Jordan Peele, también responsable del guión. Capítulo este en el que Jordan demuestra aspirar más a los premios juveniles de Nickeoldeon o de la MTV que a los más universales y para todos los públicos de la Academia de Hollywood.

La joven pareja parecen más dos jóvenes jugando a ser novios que dos adultos que se están conociendo. Como el sentido del humor que les acompaña cuando hace acto de presencia el amigo del negro amenazado y que constituye el enlace con el mundo real. Un papel secundario con su importancia a la hora de hacer progresar la historia, pero que queda desdibujado por su apariencia de sucedáneo de bufón preparándose para un casting del club de la comedia (¿qué pinta en una película de terror alguien que habla como el Cuba Gooding Jr de Jerry Maguire?). Tiene su gracia, pero las carcajadas que provoca son un relajante que, aunque no nos alejan de la trama principal, le hacen un flaco favor.

“El viajante” que llegó desde Irán

Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

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La primera secuencia te sacude en la butaca, antes de saber dónde estás y qué está ocurriendo, alguien a quien no ves te dice que hay que salir corriendo, que no hay tiempo, que el edificio en el que se sitúa la acción está en riesgo inmediato de derrumbe. Apenas unos minutos de un montaje soberbio que anticipan un desasosiego que cuando vuelva a aparecer lo hará para quedarse durante toda la proyección. Una eficaz apertura que sirve también para introducirnos en una sociedad donde tanto entre padres e hijos como entre cónyuges, los lazos que les vinculan son ad eternum.

Estamos en Irán, un país donde los profesores tienen autoridad en las aulas, son considerados referentes inspiradores por sus alumnos. Son focos que iluminan con su visión y cultura a aquellos que les escuchan, como Emad, que además es actor amateur en un montaje de Muerte de un viajante, el clásico de Arthur Miller en el que interpreta al triste y sin futuro padre de familia, Willy Loman. Un personaje a través del cual muestra una expresividad sobre las tablas que, probablemente por su condición de hombre, no tiene fuera de ellas.

El buen teatro no entiende de fronteras y por eso este texto escrito en EE.UU. dice tanto en un país tan aparentemente opuesto como es el sucesor de la antigua Persia. Un elemento que Asghar Fahardi –director y guionista- integra con gran finura para hacernos ver no solo que lo extranjero es susceptible de ser censurado por instancias oficiales, sino que hay necesidades y búsquedas que son inherentes al género humano, al margen de nacionalidades,  culturas o sistemas políticos y sociales.

Conflictos como descubrir que la anterior inquilina del piso en el que se comienza a vivir tenía una pésima reputación por sus continuas visitas masculinas. Residencia en la que ahora Rana es atacada por un desconocido y ella no quiere denunciarlo a la policía para no sentirse nuevamente humillada y violentada. Una agresión que hiere en su honor a su marido, quien está desde entonces alerta para dar con quien ha roto la paz y el bienestar de su hogar. Nada es ya lo mismo, no se duerme por la noche y durante el día han desaparecido la paciencia personal y la empatía conyugal. Cuesta mantener el equilibrio. Más cuando no se confía en la justicia oficial, todo es susceptible de ser puesto en duda y el insatisfecho deseo de reparación se torna en anhelo de venganza.

Una deriva que se siente inevitable y en la que El viajante va progresando –intrigando y tensando-  gracias al certero trabajo de su pareja protagonista. Desde lo social y lo exterior –las convenciones comunitarias- a lo más íntimo y personal –el orgullo-, desde lo más visible y evidente a lo más incierto y sensorial. Así hasta llegar al bloque final, a un impactante y sobrecogedor desenlace que no solo es un perfecto culmen desde el punto de vista de guión, sino que es también muestra de una sólida y excelente dirección.

“El santo al cielo” de Carlos Ortega Vilas

Un muerto al que nadie reclama y un nombre que no aparece en ningún registro, estas son las dos claves con la que se inicia una novela que cubre los frentes humanos, policiales y criminales de una investigación. Una historia emocionante que nos introduce poco a poco en un complejo y bien planteado entramado de delitos que engancha con su buen ritmo, hábiles diálogos y sobria narración, provocando la necesidad de leer sin parar para saber qué ha sucedido y qué está ocurriendo realmente.

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El santo al cielo se inicia en los primeros días de diciembre con la aparición de un cadáver con evidencias de haber fallecido varias semanas atrás, sin huella alguna de qué puede haberle causado la muerte y en un domicilio del que no aparece contrato de alquiler alguno a nombre de su peculiar residente. Al tiempo, sabemos de la existencia de una mujer sin familia ni amigos, profesora, impresionada, casi angustiada, por un encuentro fortuito con alguien de quien huyo mucho tiempo atrás y con quien no llega a intercambiar palabra alguna. Un instante que supone el punto de inflexión a partir del cual se suceden en su vida una serie de acontecimientos  que no solo la traerán a ella de cabeza, sino también a un inspector de la Policía Nacional y a un teniente de la Guardia Civil. Dos hombres que se complementan en sus diferencias, pero que se distancian a través de la ambigüedad y de lo supuesto, pero no expresado, en sus puntos en común.

La tensión y la intriga aumentan a medida que vamos conociendo el grado de relación de cada uno de los personajes –tanto los iniciales como los que surgen a medida que avanzan los días del último mes del año- en las distintas líneas argumentales que –siempre en el momento adecuado, como si fueran cauces naturales- se cruzan, convergen y se separan, o se retroalimentan entre sí. Así es como lo que comienza con el objetivo de identificar a un hombre y dar con su asesino se va convirtiendo en un caso que se extiende en todas direcciones, abarcando no solo la dimensión personal de las personas involucradas y la relación entre ellas, sino que va más allá y se ve afectado por un contexto de corrupción y degradación moral, social y política que les trasciende.

Un thriller en el que Ortega –al igual que hiciera, por ejemplo Lorenzo Silva con sus conocidos agentes Bevilacqua y Chamorro- crea unos protagonistas con rasgos propios, como es el caso de Aldo con su evocación al santoral de cada día –de ahí el título de la novela- y la relación que establece de lo más destacado de sus hagiografías con los acontecimientos que están investigando. Además del inicio de un vínculo con Julio, su partenaire de la Benemérita, lazo relacional que pide una segunda entrega de sus andanzas y pesquisas conjuntas al servicio del bien y de la justicia. ¿Habrá una continuación de El santo al cielo? A la espera de la respuesta de su autor.

“Que Dios nos perdone”

Madrid es la ciudad en la que entre el sofoco veraniego, las hordas de turistas y un país hastiado por la crisis, un asesino está haciendo de las suyas sirviéndose en buena medida de la falta de medios policiales. Con una estética árida, un guión preciso y unos protagonistas muy sobrios, pero certeramente interpretados por Antonio de la Torre y Roberto Álamo, esta película es una buena muestra del potencial que tiene el cine de nuestro país.

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En las primeras secuencias se nos presenta a los dos protagonistas, ambos en el mismo local, pero cada uno a lo suyo. Uno chulo, prepotente y soberbio, fardando ante dos compañeros; el otro callado, solitario y, por voluntad propia, en segundo plano, entre escuchando y ensimismado. A continuación visitan el escenario del crimen de una mujer mayor. Lo que parece ser cumplir sin más el procedimiento policial, se convierte gracias a la capacidad analítica y el ojo avizor para los detalles que aúnan entre los dos, en el inicio de una investigación para dar con el asesino.

Dos agentes con unas vidas que se sostienen a golpe de rutina y monotonía tanto en lo laboral como en lo personal, tragando, más que aceptando, la losa invisible que son la falta de medios policiales y la incomunicación con que se desenvuelven en sus hogares. Cuestiones que no necesitan de grandes momentos para hacérsenos evidentes, Rodrigo Sorogoyen nos las muestra como son, sigilosas y silentes: casas sin decoración, cenas de dos que apenas se dirigen la palabra, mesas con montañas de expedientes sin archivar, coches patrulla sin aire acondicionado,…, esa parte de España ignorada por los medios de comunicación y que en agosto de 2011 solo prestaban atención al espectáculo de masas que supuso en aquellos días la visita del Papa Benedicto XVI.

Así es como un asesino puede hacer de las suyas libremente y estos dos policías no tienen otro recurso más que su empeño para hacerle frente. Una decisión y auto convencimiento por conseguir lo propuesto que es tan convincente como el soberbio trabajo de Antonio de la Torre y Roberto Álamo. Dos interpretaciones sólidas, arrebatadoramente asertivas, sin fisura alguna, parcas en palabras pero llenas de un lenguaje no verbal que resulta, paradójicamente, de lo más expresivo. La brutal rotundidad de Álamo desborda la pantalla, mientras que de la Torre le da una contención igual de inquietante, una doble tensión que se une a la de saber que no saber quién es el criminal ni cómo llegar a él cuando se tiene la certeza de que actuará impunemente en cualquier momento.

En esa línea de impaciencia e intriga con un mar de fondo de desidia y abandono en el que se sienten tanto los servidores de lo público como los que son simples ciudadanos –fantástico elenco de secundarios encargados de ponerles caras, cuerpo, fuerza y alma- da como resultado una muy lograda atmósfera que resulta mucho más familiar y cercana de lo que podríamos esperar. Una sensación de que lo que nos han contado es algo más que una ficción, que tras esta historia hay una pátina de verdad que se pega a la piel para confundirse con la realidad al salir a la calle tras el fin de la proyección.