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Bárbara e Irene, “Hermanas”

Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

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Hay quien llena sus paredes de imágenes enmarcadas o habla sin dejar un segundo de silencio por miedo al vacío. Horror vacui. Los personajes de Pascal Rampert hacen esto último por un motivo bien diferente, porque les va la vida en ello. Porque o se expresan o mueren. Porque ha llegado el momento de la verdad, el aquí y el ahora en el que liberar lo estancado, lo emponzoñado muy dentro. Porque ahora sí, ahora ya no hay marcha atrás. Pero liberarse del dolor interno no será gratuito, probablemente conlleve causar daño al otro, a ese con el que no estás dialogando pero te está escuchando, ese al que van dirigidas tus palabras, tus golpes, tus cuchillos verbales.

Además de Lennie y Escolar, Bárbara e Irene son dos seres humanos unidas por lo biológico pero separadas por todo lo demás, por lo vivido, lo aprendido y lo compartido. Tienen los mismos padres y vivieron bajo el mismo techo muchos años, realizaron viajes familiares, trataron con chicos y con chicas,…, pero la experiencia vital, el recuerdo y la marca sobre el alma de cada una ellas de todo aquello está en polo opuesto de la otra. Tanto, que sus personalidades resultan ser por contraposición entre ellas. Sin embargo, no son tan individuales, tan distintas como se creen. Esa diferencia, esa distancia, esa falta absoluta de equidad es la que marca la neurótica reciprocidad que al tiempo que las une no solo no las permite entenderse, sino que las hace despreciarse y hasta odiarse.

La velocidad, la presión, la ira, la agresión verbal y la amenaza física que se transmiten continuamente, no decaen ni un solo segundo, ni en el texto ni en la dirección de Pascal Rambert, creando una atmósfera tan opresora como catártica. Lo que ocurre con la llegada de Irene al lugar de trabajo de Bárbara un rato antes de que esta pronuncie una conferencia, no es solo una lucha de barro en modo de violentos reproches, es también un salto al vacío. Un descenso a los infiernos sucio y árido que escuece, pero aunque no lo parezca es también profundamente liberador. Invoca a todos los que tienen algo que ver con lo que allí está sucediendo; da profundidad, contraste y volumen a los recuerdos; grita el dolor, llora la vergüenza, gruñe el desprecio y escupe la envidia como nunca antes se había mostrado.

Estas Hermanas no se desnudan, Lennie y Escolar las vacían, las deconstruyen para volver a levantarlas. Dos cuerpos maleados por un Rambert que sacude con cada uno de sus textos –recuerdo sus anteriores kamikazes, La clausura del amor y Ensayo– pero que al tiempo hace de ellas dos espíritus que vehiculan a la perfección lo que su creador desea transmitir.

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Hermanas, en El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid).

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A este tío le conozco (Diálogos en metro de Madrid II)

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Rubio: Mira, este es Luis, el tío del gimnasio del que te había hablado.

Moreno: ¿Ese? ¡Ah mira! Pues no me lo imaginaba así. Suponía que era más fuerte, como más imponente, con más presencia. Tal y como hablas de él creía casi que sería como un atleta olímpico.

Rubio: ¡Qué exagerado que eres! Hombre, hay días que le veo corriendo hasta más de una hora en la cinta, y a buena velocidad, que yo me pongo a su lado y ni por asomo llego a lo suyo. Y el tio por más que suda, con la mirada al frente en todo momento, escuchando su música y como si pudiera ir aun más rápido. En el fondo es por eso por lo que me llama tanto la atención. De niños estábamos juntos en la misma clase en el colegio y entonces él era siempre el último en clase de gimnasia, el que a duras penas completaba las carreras, el que se ahogaba,…, los demás se reían de él.

Moreno: ¿Los demás? ¿Y tú estabas entre esos “los demás”?

Rubio: Bueno, no siempre, aunque sí, alguna vez sí que lo estuve, no es que me sienta orgulloso de ello, pero bueno, cuando eres niño, ya sabes.

Moreno: Ya, ya sé, aunque yo nunca hice ese tipo de cosas. En casa me dejaron bien claro que no le hiciera a los demás lo que no quisiera que me hicieran a mí.

Rubio: ¡Anda! ¡Y a mí! En fin, no voy a justificarme ahora, no tendría ningún sentido. Pero eso, el último de la clase. Ahora mira, ¡nos daría mil vueltas a todos!

Moreno: ¿Y has hablado con él?

Rubio: No, un año al comenzar el curso él ya no estaba en la misma clase y debe hacer como casi veinte años que no le veía hasta que hace unos meses le vi entrenando justo enfrente de donde yo estaba haciendo abdominales. Bueno, haciendo haciendo, tú ya sabes (sonrisa y señalándose el estómago). A mí me sonaba su cara, pero no caía, y le miraba y le miraba, hasta que de repente me dije, ¡jóder, si es él! La verdad es que me dio corte acercarme, después de tanto tiempo, no sé,…, a lo mejor no se acuerda de mí, o si lo hace no tiene buen recuerdo de mí.

Moreno: Mmm, no sé, pero yo, si fuera tú, lo haría, quizás te cueste, pero si crees que en su día no lo hiciste bien, sería una manera de pedirle perdón, o de que él viera que tú sientes que no estuvo bien cómo te comportaste, aunque fuera en pocas ocasiones.

Rubio: Sí, puede que ser que tengas razón, pero, bufff, eso, me da un poco de… de vergüenza, la verdad. ¿Y si no se acuerda de mí? ¿O si pasa de mí?

Moreno: Eso nunca será ni la mitad de lo que entre todos le hicisteis a él. Dale una oportunidad a la situación, probablemente te sorprendas, ¿cómo actuaba cuando os reíais de él?

Rubio: Impertérrito, como si no fuera el tema con él. Al recordarlo desde ahora diría que con un saber estar y una madurez que ya hubiéramos querido para nosotros los demás. Visto desde ahora, era el comportamiento nuestro el que debía ser reído por patético, y no el suyo por aun no haciéndolo bien, esforzarse por conseguirlo y por cumplir lo que se le pedía.

Moreno: Acércate a él y a ver qué pasa. Si pasa de ti, así comprobarás una mínima parte de lo que por dentro le hacíais sentir. Y si te da conversación, pues… una buena lección de humildad que te da el destino.

Rubio: Lo sé, lo sé, igual que sé que lo haré, solo me falta terminar de atreverme a hacerlo. Ya te contaré…

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El: Pero si yo a este tío le conozco, ¡joder, si es el rubio de la clase del colegio! ¡Qué gracia, con la de tiempo que ha pasado desde entonces! Estaría bien volver a verle un día y saber qué ha sido de su vida…

(Fotografías tomadas en Madrid el 31 de agosto y el 26 de marzo de 2014).