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"1917", experiencia inmersiva

Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Sam Mendes ya ha demostrado que sabe contar una historia (American beauty, 1999), llevarla por sus zonas más oscuras (Camino a la perdición, 2002), o amplificar su tensión con la acción intrínseca a sus coordenadas (la secuencia mexicana inicial de Skyfall, 2012, es de lo mejor de la saga James Bond). 1917 no es solo un paso más allá en este muestrario, sino una clase magistral de cine clásico realizado con medios modernos.

Un argumento aparentemente sencillo -llevar una carta de un lugar a otro en el frente de batalla de la I Guerra Mundial- se convierte en un relato con múltiples episodios (las líneas de trincheras, los encuentros con tropas aliadas, la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo), aristas (el día y la noche, por tierra, aire y agua) y enfoques (la vida o la muerte, la población civil, la jerarquía militar), plenamente integrados en un resultado tan consolidado técnicamente como convincente narrativamente.

Mientras su guión resulta una síntesis de la experiencia bélica, su plasmación en un aparente único plano secuencia resulta lo más parecido a una vivencia real que la proyección en una sala convencional nos puede ofrecer hoy en día (se acabó la moda 3D hasta ver si se consolida la realidad virtual). Estoy seguro que el equipo de Mendes se ha empapado de cuanto los videojuegos han aportado a la creatividad audiovisual y a partir de ahí se ha puesto manos a la obra hasta hacer que todo lo que conforma la imagen (fotografía, decorados, extras, vestuario, efectos especiales) de su proyecto tomara vida (montaje, banda sonora) con total perfección.

Pero aun así, este no es el elemento principal de 1917, lo protagonista es cuanto le sucede a los dos soldados que reciben el mandato de jugarse la vida para llegar a tiempo de salvar la de los 1.600 compañeros en riesgo de perder la suya. El recorrido por las muchas facetas emocionales que se muestran es lo que prevalece en todo momento. La asunción del deber, el riesgo, el compromiso y el compañerismo, los quiebros para mantener la cordura y la conexión con el mundo real, el pragmatismo de lo racional y la valentía de la irracionalidad.

Ese es el motor que mueve a los personajes y el impulso que hace que vivamos sin aliento, con sobredosis de adrenalina, con sumo desasosiego, desesperación o miedo, incluso, las múltiples vicisitudes en forma de incertidumbres, imprevistos, enfrentamientos y situaciones límite a las que han de hacer frente. Y aunque en algún momento recuerda, entre otras, a Dunkerque de Christopher Nolan (2018), se diferencia de ella por este enfoque más humano y terrenal, de los pies que corren, del latido en frecuencia cardiaca máxima y de la mente enfocada única y exclusivamente en el objetivo a conseguir.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

“This was a man” de Noël Coward

En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.  

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Edward y Carol viven en el acomodado barrio de Knightsbridge de Londres. Él es un reputado retratista de los más adinerados, ella una bella y elegante mujer cuya personalidad –según la nota introductoria de Coward- tiene mucho de sexo y poco de intelecto. Estamos en los años posteriores a la Gran Guerra (aún no era conocida como la I Guerra Mundial), tiempo en el que muchos respondieron con diversión, hedonismo y levedad a la huella de barbarie y atrocidad que el horrible conflicto había dejado en su momento. Ahora bien, ¿qué ocurre en una pareja cuando cada uno materializa esta actitud de diferente manera?

Ella no solo no tiene ningún pudor en mantener relaciones extramatrimoniales con hombres casados, sino que lo muestra frente a su marido con absoluta naturalidad. Él, por su parte, se plantea si esto es algo que ha de respetar –siendo consecuente con su defensa de la libertad personal- o de lo que debe alejarse por el mal que le hace la constatación de que su matrimonio ya no es lo que era o lo que se supone debiera ser.

Esta es la cuestión que Noël Coward expone en This was a man confrontando los planteamientos morales, la crítica social, la supuesta inteligencia de la racionalidad y la sensación de bienestar interior. Un debate que contextualiza a través de los personajes secundarios que lo complementan, situándolo en un grupo social de sobrada posición económica, lo que trae consigo clasismo y superficialidad guiados por la frivolidad, el qué dirán y la imagen (eso que hoy llamamos postureo).

Con unos diálogos ágiles y directos, sin alardes literarios, pero con efectividad teatral, Coward nos hace ver la futilidad y el cortoplacismo vital de buena parte de aquellos que gozan de una posición desahogada en lo material. Lo que expone con suma ironía y algunos dardos socarrones va más allá de qué se entiende por compromiso o qué implica el matrimonio y el papel que en él deben tener, o no, pilares como la honestidad, la transparencia, la fidelidad o la lealtad. Su verdadera motivación es mostrar el vacío de principios y valores de esos que simplemente se dejan llevar y no son capaces de ver más allá de sí mismos y, por tanto, son incapaces para construir relaciones basadas en el compromiso, el respecto o la intimidad.

Desde un punto de vista formal hay que destacar el gran sentido escénico de las anotaciones con que Cöward da pautas para la representación de su obra. Disposición de los elementos escenográficos; entradas, salidas y gestualidad de los personajes; movimiento sobre el escenario o ritmos en que confluyen distintas acciones imprimiendo la calma que exige lo que está contando para que sus espectadores no solo se entretengan con lo que están viendo, sino que se planteen qué harían de encontrarse en una situación semejante.

This was a man, Noël Coward, 1926, Samuel French.

10 funciones teatrales de 2018

Monólogos y obras corales; textos originales y adaptaciones de novelas; títulos que se ven por primera vez, que continúan o que se estrenan en una nueva versión; autores nacionales y extranjeros; tramas de rabiosa actualidad y temas universales,…

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“Unamuno, venceréis pero no convenceréis”. José Luis Gómez se desdobla para demostrarnos porqué Don Miguel sigue presente y vigente. Sus palabras definieron la naturaleza de una nación, la nuestra, que en muchos de sus aspectos son hoy muy similares a como lo eran cuando él vivía. La perspectiva del tiempo nos permite también entender las contradicciones de un hombre que, tras apoyarlo inicialmente, pronunció una de las frases más críticas y definitorias del franquismo.

Unamuno

“Gloria”. La persona detrás del personaje adorado por los niños. La mujer que vivía más allá de lo que contaban sus versos. La adulta que mira hacia atrás recordando de dónde vino, qué hizo a lo largo de su vida –escribir y amar- y en quién se convirtió. Un monólogo vibrante que retrata a Gloria con sencillez y homenajea a Fuertes con la misma humildad que ella siempre transmitió.

Gloria

“El tratamiento”. Cada día de función es un día de estreno en el que convergen 40 años de biografía y la ilusión de dedicarse al cine. Un arte que para Martín constituye el lenguaje a través del cual expresa sus obsesiones y emociones y se relaciona con el mundo acelerado, salvaje y neurótico en que vivimos. Hora y media de humor y comedia, de drama e intimidad, de fluidez y ritmo, de diálogos ágiles y actores excelentes.

ElTratamiento

“Los días de la nieve”. Un monólogo en el que el ausente Miguel Hernández está presente en todo momento sin por ello restarle un ápice de protagonismo a la que fuera su mujer. Una Josefina Manresa escrita por Alberto Conejero, puesta en escena por Chema del Barco e interpretada por Rosario Pardo que atrae por su carácter sencillo, engancha por su transparencia emocional y enamora por la generosidad de su discurso.

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“Tiempo de silencio”. La genial novela de Luis Martín Santos convertida en un poderoso texto dramático. Una escueta y lograda ambientación –áspera escenografía y asertiva iluminación- que nos traslada al páramo social y emocional que fue aquella España franquista que se asfixiaba en su autarquía. Una puesta en escena que es teatro en estado puro con una soberbia dirección de actores cuyas interpretaciones resultan perfectas en todos y cada uno de sus registros.

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“Los mariachis”. Una perfecta exposición a golpe de carcajada y con un fino sentido del humor de cómo la corrupción y la incultura están interrelacionadas entre sí y de cómo nos lastran a todos. Cuatro intérpretes que con su exultante comicidad dan rienda suelta a todas las posibilidades de un texto excelente. Una obra que cala hondo y toca la conciencia de sus espectadores.

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“La ternura”. ¡Bravo! Todo el público en pie al acabar la función, aplaudiendo a rabiar y sonriendo llenos de felicidad, con la sensación de haber visto teatro clásico, pero con la frescura y el dinamismo de los autores más actuales. Una historia cómica que juega con los roles de género y parte de la eterna dicotomía entre hombres y mujeres para exponer con sumo acierto lo que supone el amor, lo que nos entrega y nos exige.

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“Lehman trilogy”. Triple salto mortal técnicamente perfecto y artísticamente excelente que nos narra la vida y obra de tres generaciones de la familia Lehman -así como el desarrollo de los EE.UU. y del capitalismo desde la década de 1840- gracias al ritmo frenético que marca la dirección de Sergio Peres-Mencheta y la extraordinaria versatilidad de sus seis actores en una miscelánea de comedia del teatro de varietés, exceso cabaretero, expresividad gestual y corporal de cine mudo aderezada con la energía y fuerza de la música en vivo.

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“El curioso incidente del perro a medianoche”. Comienza como una intriga con un tono ligero cercano casi a la comedia y poco a poco va derivando en una historia costumbrista en torno a un joven diferente que nos lleva finalmente al terreno del drama y la acción. Un montaje inteligente en el que el sofisticado despliegue técnico se complementa con absoluta precisión con el movimiento, el ritmo y la versatilidad de un elenco perfectamente compenetrado en el que Alex Villazán brilla de manera muy especial.

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“El castigo sin venganza”. Todavía sigo paralizado por la intensidad de esta tragedia, en la que no sé qué llega más hondo, si la crudeza del texto de Lope de Vega, la claridad con la que lo expone Helena Pimienta o la contagiosa emoción con que lo representa todo su elenco. Una historia en la que la comicidad de su costumbrismo y tranquilidad inicial deriva en una opresiva atmósfera en la que se combinan el amor imposible, la amenaza del poder y las jerarquías afectivas y sociales.

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“Bitch, she’s Madonna”

Marie Louise Veronica Ciccone es la reina del pop desde que lanzara su primer álbum en 1983. Un referente mundial no solo de este género musical, sino de una industria a la que ha hecho evolucionar con su empeño, trabajo y ambición y a la que ha utilizado como altavoz tanto para expresarse creativamente como para defender social y políticamente aquellas causas y principios en los que cree.

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Además de una cantante de gran éxito, Madonna es, o ha sido a lo largo de su ya larga carrera, actriz, bailarina, compositora, productora, empresaria,… y muchas cosas más en las que ha puesto siempre todo su empeño para conseguir el aplauso de su público a la par que ofrecer o transmitir algo de sí misma. Esto es lo que nos cuentan de manera perfectamente coordinada los distintos capítulos de este ensayo (bravo Dos Bigotes por vuestra primera incursión en este género) que analizan al personaje del que muchos somos fans, en todas aquellas facetas en las que ha sido protagonista.

La mujer que con 13 discos de estudio publicados, y un legado de decenas de canciones y videoclips excepcionales, más copias ha vendido en todo el mundo en la historia de la música; show woman con 10 exitosas giras realizadas por cantidad de países ante millones de personas; portavoz sin medias tintas de causas como la visibilidad de la diversidad sexual o la lucha contra el sida; referente para el feminismo; empresaria de éxito; productora, directora y actriz de cine. Logros indudables que muchas veces siguen quedando escondidos tras el ruido –en ocasiones interesadamente machista- de las etiquetas de escándalo y provocación con que su figura y carrera han sido criticadas, cuando no denostadas, sin descanso.

Pero como demuestra el múltiple enfoque de La reina del Pop en la cultura contemporánea, la brillante innovación que ha definido los éxitos artísticos de sus proyectos, el debate social generado en muchos momentos a lo largo de estas tres décadas y el buen efecto que la pátina del tiempo está dando a muchos de sus trabajos, deja claro que tras todo ello ha estado siempre una constante, exigente y perfeccionista profesional con una gran intuición y una excepcional visión creativa y comercial; una trabajadora que nunca descansa y que ha sabido acompañarse de otros creadores de talento excepcional para conseguir –o si no, quedarse cerca- los mejores resultados posibles; además de una persona siempre fiel a sí misma.

Si algo queda claro es que Madonna ha manejado con gran acierto desde que llegó a Nueva York en 1978 las claves del negocio en el que se propuso hacer carrera. Es por ello uno de los máximos exponentes e impulsora de la brutal transformación que el negocio de la música ha experimentado desde entonces.

Un sector que ha pasado de dedicarse a promocionar solistas o grupos para vender álbumes, a construir iconos que ofrecen espectáculos en vivo que beben de la ópera, el teatro, el cabaret o el circo, que se relacionan con su público convirtiéndose en protagonistas de un universo audiovisual que impacta tanto o más que el de las estrellas cinematográficas, obtienen ingresos por vías múltiples (merchandising, diseño de ropa, escribiendo libros, publicitando marcas,…) y utilizan su imagen pública para dar voz a aquellas causas con las que se identifican.

Con todo este bagaje, está claro que Madonna tiene mucho que decir sobre cómo será el futuro de la música y de la industria del espectáculo, así como del papel que ambas habrán de desempeñar en nuestra sociedad.

“La ternura”, comedia y amor

¡Bravo! Todo el público en pie al acabar la función, aplaudiendo a rabiar y sonriendo llenos de felicidad, con la sensación de haber visto teatro clásico, pero con la frescura y el dinamismo de los autores más actuales. Una historia cómica que juega con los roles de género y parte de la eterna dicotomía entre hombres y mujeres para exponer con sumo acierto lo que supone el amor, lo que nos entrega y nos exige.

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Los hombres vienen de Martes y las mujeres de Venus reza un dicho que se ha convertido en el título de un libro que seguro lleva ya muchas tiradas. El tema da supuestamente para mucho, aunque suele hacerse mediante topicos y clichés que cansan y agotan por su simpleza y banalidad. Algo que está a miles de kilómetros de la propuesta de Alfredo Sanzol. Él no convierte estas cuestiones en un enfrentamiento entre opuestos sino que los utiliza como recursos creativos para construir un discurso que tiene tanto de prosa recurrente como de lirismo en la expresión que adopta para ambientarlo en 1588.

La ternura es una carcajada sin fin. Su objetivo es que sus espectadores se rían con ella de la misma manera que su texto se ríe de sí mismo. Lo hace con tal claridad que no necesita recurrir a una elaboración argumental que conlleve la ironía o la sátira, su logro está en conseguirlo manejando única y exclusivamente con suma belleza las muchas variantes del lenguaje (vocabulario profuso, sintaxis de modos clásicos) y de la expresión oral (ritmo, entonación).

La sencillez de su planteamiento argumental –el encuentro en una isla desierta entre el hombre y sus dos hijos que la habitan con tres náufragos, una mujer y sus dos hijas vestidas como soldados para evitar mostrar su femineidad- podría ser un vacío minimalista en manos de otro elenco. Pero la extraordinaria elocuencia verbal, riqueza gestual y sobresaliente expresividad corporal de los seis intérpretes de este montaje lo convierten en un espacio mágico en el que no paran de suceder acontecimientos en toda clase de rincones (playas, cuevas, montañas, ¡hasta un volcán!).  Un lugar en el que las dos familias que inicialmente se excluyen por sus prevenciones ante lo desconocido comenzarán a comunicarse racionalmente, dando paso a medida que surjan la sensaciones personales, a relacionarse emocionalmente.

Una huida hacia adelante y un viaje sin posibilidad de marcha atrás en el que vemos cómo los prejuicios son disfraces de la inexperiencia y corazas defensivas de la inseguridad. Enredos de vodevil en los que se juega con la identidad sexual, confrontando los impulsos con la educación aprendida, planteándole al espectador actual el debate de si la orientación es algo genético o ambiental.  Pero de lo que se trata en todo momento es de lo que nos une. Por un lado, la lealtad a la familia, que nos dio la vida, nos protege y nos respalda. Por otro, el impulso, la atracción y el deseo de compromiso que puede nacer en cada uno de nosotros por alguien que aparezca de repente en nuestro presente. Y también, cómo no, como ambas dimensiones son capaces de convivir.

La ternura es una oda al amor y al teatro universal, a Shakespeare, a ese que siempre apela a nuestra identidad. Un texto fantástico de Alfredo Sanzol que dirigido por él resulta redondo. Ojalá haya más oportunidades de seguir viéndolo representado.

La ternura, en el Teatro de la Abadía (Madrid).

“Mientras escribo” de Stephen King

Podría haberlo titulado “cómo convertirte en un escritor superventas”, pero no hubiera sido honesto ni realista, que es lo que promulga el rey del terror literario a lo largo de todas sus páginas. Su receta tiene tres ingredientes, mucha dedicación, más paciencia y ganas de pasarlo bien. Un ensayo apto tanto para los fans del autor de “It” o “La torre oscura” como para los que sueñan con convertirse en escritores y más aún para los que cumplen ambos requisitos.

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Leer mucho y escribir otro tanto. Todo se reduce a esto. Sin práctica no hay manera de pulirse, mejorar y avanzar. Sin adentrarse en las creaciones de otros autores es imposible conocer otros puntos de vista, otras maneras de construir historias, personajes y tramas. La narrativa puede ser arte o entretenimiento, pero en cualquier caso es un oficio que según Stephen King exige un compromiso formado por un compendio de hábito –las musas no vienen a buscarte, solo aparecen tras esperarlas trabajando durante mucho tiempo-, método –cada escritor tiene el suyo, no hay fórmulas mágicas- y diálogo con aquello que estás trayendo al mundo real desde la oscuridad de tu imaginación para dejar que tome su propia forma.

Mientras escribo está dividido en tres bloques. En el primero King cuenta a modo de autobiografía cómo se inició en la escritura como diversión infantil en su humilde Maine natal en la década de los 50. Posteriormente convirtió este hábito en un hobby adolescente que con perseverancia y gracias al éxito de Carrie, su primera novela publicada en 1974, acabó convirtiéndose en su profesión y su manera de ganarse la vida. Un punto de inflexión en una biografía cuyos pilares han sido hasta el día de hoy –al menos hasta que este título vio la luz en el año 2000- un matrimonio sólido, la escritura de muchos best-sellers y un mundo interior en el que la creatividad convivió durante mucho tiempo con el consumo de alcohol y cocaína.

Sin alardes literarios, pero como sucede con sus ficciones, siendo efectivo y estimulante, enganchando, Stephen King explica a continuación cuáles son los pilares técnicos, las herramientas tal y como él las denomina, sobre los que fundamenta su manera de escribir. Conocer el lenguaje y la gramática es la base, después está el ser capaz de utilizarlos sobre el papel de la misma manera en que se hace en la realidad. Lo que se lee tiene que sonar como cuando dialogamos con otros o reflexionamos interiormente, a la par que creamos un estilo propio y le damos a la historia que estamos elaborando el ritmo que esta requiere.

Hasta aquí lo relativo a los elementos a manejar, pero no basta con ello, escribir es una labor ardua, de largo recorrido, que según el padre de Jack Torrance (El resplandor) y Paul Sheldon (Misery) exige constancia, autocrítica y visión a largo plazo para llegar a dar resultados positivos.

Él lo ha hecho fijando en su casa un sitio de trabajo en el que se sienta todos los días a la misma hora, cerrando la puerta y poniendo música heavy a todo volumen para dejar las distracciones del mundo exterior al otro lado y no levantarse hasta muchas horas después y habiendo escrito un mínimo de muchas palabras. Y tan importante como esto son los procesos de corrección que comienzan por uno mismo y continúan por confiar en el criterio de personas de confianza.

Un proceso que Stephen King comparte apuntando que cada aspirante a escritor debe modificar y adaptar estas guías genéricas, si las considera útiles, hasta hacerlas suyas. Pero sin olvidar que la ruta que quizás le haga llegar a conseguir resultados –concluir una novela, que después sea editada y posteriormente leída- sea la de la auto motivación, tal y como le sucedió a él con esta obra tras el fatídico atropello que sufrió durante su escritura.