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“La vida que soñamos” de Raúl Portero

Una novela mayúscula aunque esté redactada sin letras capitales. Un río literario que nace con sencillez para después coger ritmo sensorial, llenarse de caudal emocional y desembocar en el mar de la vida, de lo que deja poso y cala hondo. La alegría, el dolor, la amistad, los nervios y la abstracción del amor en un relato narrado con la precisión de quien percibe lo invisible y dialogado con la espontaneidad de la verdad que brota del corazón.

LaVidaQueSoñamos

Las relaciones son como los seres vivos. En su aspecto cronológico nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero también tienen un lado energético, espiritual, aparentemente imperceptible que incluye un antes de encontrarse y un después en el que ese vínculo ya es parte intrínseca e identitaria de las personas a las que unió. La vida que soñamos aúna ambas dimensiones. No es solo lo que nos cuenta, sino también lo que se intuye entre sus líneas, lo que nos podemos imaginar al finalizar cada una de sus partes, lo que con otros es intrascendente y que con el hombre o la mujer adecuada se convierte en un punto de inflexión, en una marca en la piel, en un recuerdo que perdurará para siempre.

El que fuera el primer título de Raúl Portero, publicado en 2008, comienza centrándose en los acontecimientos aparentemente fortuitos y en las atmósferas que surgen a partir de estos para después explorar el viaje de las sensaciones –el sexo, las miradas, el roce, las presencias- y los sentimientos –la alegría, la tristeza, el cariño, el dolor, el amor- que la evolución de estas van generando. Poco más de cien páginas en las que el también autor de La canción pop expone un completo cuadro relacional en el que Carlos y Josep se unen, compenetran, funden y proyectan hacia el futuro como individuos y como pareja. Dos hombres sin rumbo definido, dos almas disponibles en una historia que crece, haciéndose más profunda y amplia a medida que se suceden sus capítulos y cada uno va siendo más íntimo, sensible y hondo que el anterior.

Una narración madura que presenta con sencillez la complejidad que hace que una chispa pasional inicial no solo no se apague sino que se convierta en un fuego sostenido a lo largo del tiempo. Empapada de la esencia moderna, dispuesta y diversa que ha dado frescura, modernidad e identidad a Barcelona. Una urbe en la que como tantas otras, las personas están deseosas de entregarse, recibir y compartir, pero los espacios públicos, lúdicos y sociales están destinados al postureo escultórico, al consumo químico y al desempeño de un personaje tras el que refugiar lo que nos falta y aquello a lo que aspiramos.

Leer La vida que soñamos hace que lo que sucede en sus páginas se convierta en tu momentum interno, que lo que se dicen Carlos y Josep sean lo que tú escuchas y lo que ellos viven lo que tú sientes. Su realismo es tan auténtico que impacta por su transparencia, una desnudez que obliga a dar un salto interior. Un título solo apto para valientes emocionales.

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Las miradas de “La revolución silenciosa”

Ese pasado doloroso al que algunos no solo no quieren mirar, sino que incluso valoran positivamente, tiene mucho que enseñarnos si queremos evitar volver a él. La libertad de expresión y de conciencia que durante un minuto ejercieron 16 estudiantes de la extinta RDA en 1956 inspira esta película precisa en su narración y directa en su intención de mostrarnos que no debemos renunciar a unos derechos humanos que nunca están suficientemente consolidados.

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El levantamiento de los húngaros frente a las tropas de ocupación rusas en 1956 puso en jaque al sistema comunista que se instauró en la Europa del Este tras el final de la II Guerra Mundial. Los ciudadanos de Budapest reclamaban una libertad que habían perdido con la invasión nazi y que la supuesta paz posterior solo había transformado en una brutal dominación a todos los niveles (económica, ideológica, social,…). Su salida a las calles y sus muchas jornadas de lucha ocasionaron tal ruido que obligó a que la maquinaria de propaganda pro-soviética de sus países vecinos se pusiera en marcha para ocultar la realidad de lo que allí estaba ocurriendo y que desde Berlín Occidental se retransmitía con intención tanto informativa como propagandística contra el Pacto de Varsovia.

En esa frontera entre la libertad y la opresión, la verdad y la ocultación, la elección y la imposición se desarrolla la vida de 16 jóvenes y prometedores estudiantes que impulsados por la rebeldía de su edad, pero también por un innato sentido político, deciden guardar un minuto de silencio como demostración de su solidaridad y empatía con los que se han levantado en defensa de sus derechos. Un acto tan simple como ese desata la maquinaria opresiva de un régimen político que actuaba tal y como narra La revolución silenciosa, con asertiva sencillez y con paso decidido a la hora de tomar medidas sin ética alguna –chantaje, manipulación y mentira- para mantener el status quo dictado desde Moscú.

Tan implacable como aquel régimen dictatorial es la dirección de Lars Kaume, exponiendo sin exaltaciones la injusticia de sus motivaciones, dejando claras sus intenciones y mostrando la determinación de sus métodos para conseguirlo. El retrato individual y familiar que realiza de sus principales protagonistas, así como su relación y enfrentamiento con la maquinaria represora, expone sobre la pantalla un campo de batalla en el que los deseos y las expectativas personales han de hacer frente a la intimidación de las órdenes no escritas y las reglas de un sistema supuestamente legal.

Un enfoque que se ve reforzado por las muy correctas interpretaciones de todos sus actores, maestros en hacer de la contención de sus rostros y la expresividad de sus pupilas el medio a través del cual conocer la doble respuesta, la obligada y la verdadera, que en todo momento exigía y generaba la amenaza comunista. Esa decisión de centrarse en transmitir eficazmente su mensaje, más que en crear una película al uso –de hecho, la única licencia en este sentido, la relación entre el amor y la amistad entre algunos de sus personajes, es su único punto débil- es lo que hace de La revolución silenciosa un auténtico acierto cinematográfico y un título más que recomendable.

“Ilusiones” etéreas

La historia de dos parejas contada por cuatro actores que ejercen tan bien de intérpretes como de narradores. Más de medio siglo de matrimonio y amistad, de evolución del amor en todas sus formas y variantes, de la diferencia entre lo que sucedió y lo que pudo haber ocurrido. Una rica puesta en escena de aires cabareteros de un texto que engancha en el arranque de cada una de sus escenas, pero cuyo espíritu naif se apaga antes de que concluyan.

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El hecho de que Dani, Sandra, Margarita y Alberto sean interpretados por todos los actores, al tiempo que ellos mismos se alternan para complementarlos en tercera persona como narradores, le da a la representación de sus 50 años de amistad y matrimonios un gran dinamismo. Es innegable la fuerza que tienen los puntos de chanza, los insertos musicales y los instantes coreografiados, gags en los que estas Ilusiones se contagian de la vitalidad y plenitud que nos cuenta su argumento principal, cómo sentimos, percibimos y vivimos el amor –tanto en el plano de la realidad como en el de la imaginación y los castillos de naipes- según el momento de nuestra biografía en el que nos encontremos.

Muy buenas intenciones que este modesto espectador vivió como un continuo arrancar el coche y sentir que su motor se calaba antes de que consolide su velocidad. La sencillez de su mensaje y la transparencia con que es expuesto acaba convertida en cada escena en una propuesta minimalista, en algo etéreo que se disuelve, que no permanece y que, aunque no se esfume completamente, no se concreta en nada que nos permita saber qué se nos quiere contar exactamente o hacia dónde se nos lleva y para qué.

Quizás sea porque el papel da a las palabras una solidez que puede no verse materializada después cuando son verbalizadas. En el medio impreso no hay más elementos que la tinta y el lector, mientras que en el segundo están la voz del intérprete, la entonación que le ha dictado su director, la atmósfera recreada en que se proyectan,… En este sentido, es probable que mientras la pieza de Ivan Viripaev funciona per se por la intimidad que destila y sus buenas dosis de comedia y sus apuntes dramáticos, en el escenario, sobre las tablas del Pavón, la historia por él escrita se dispersa y no llega a calar en todas las butacas.

Por otro lado, en una obra coral como esta, lo que esperamos de los miembros de su elenco puede verse afectado por el conocimiento previo que tenemos de ellos. Así, y frente al mediatismo cinematográfico que evocan Marta Etura y Daniel Grao –a pesar de que este sea tan o más asiduo de la cartelera teatral, he ahí La piedra oscura con la que giró hasta hace algo más de un año y la reciente Los universos paralelos– y su correcto trabajo, Alejandro Jato y Verónica Ronda despliegan una excepcional versatilidad. Un alarde de minuciosidad con el que dejan claro que su capacidad interpretativa –tanto técnica como innata- va más allá de las posibilidades que les ofrecen este texto teatral y la propuesta que Miguel del Arco ha elaborado a partir de él.

Ilusiones, en El Pavón-Teatro Kamikaze (Madrid).

“Sobrevivir al ambiente” de Gabriel J. Martín y Sebas Martín

El humor es la herramienta más didáctica para aprender o recordar. Ese es el logro fundamental de los dos autores que suman texto e ilustraciones para hacer un completo repaso de ese entorno de las grandes ciudades donde hombres homosexuales acuden para socializar con otros hombres con la misma orientación sexoafectiva que ellos. Un título apto para todos aquellos que estén dispuestos a ser realistas, pero también a echarse unas risas.

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No se me olvidará. Era una noche de viernes a mediados de los 90, bajaba por la calle Fuencarral y a altura de un neón verde que decía Hostal Nuria uno de mis amigos me indicó, “cualquiera de esas calles a la izquierda te llevan a Chueca”. Aquella frase me sonó a momento álgido de una película que podría haberse titulado El mapa del tesoro. Con el tiempo, poco después ya que la curiosidad no entiende de barreras, me adentré por aquellas calles hasta llegar al mismísimo corazón del barrio. Y allí, una vez ya dentro y a golpe de ensayo y error, de indagar cual cotilla y de preguntar como si fuera Ana Pastor, fui descubriendo los distintos tipos de locales que existían, observé múltiples clases de individuos y estéticas, aprendí sobre todo tipo de prácticas sexuales y escuché infinidad de anécdotas y episodios (¿de ciencia ficción? ¿de realismo decimonónico? Ríete tú de las fake news y de la pos verdad) con los que aprendí a moverme, socializar y hacerme mi sitio en el ambiente.

Las nuevas generaciones lo tienen más ¿fácil? Nuestra sociedad, afortunadamente, ha evolucionado, Google ofrece respuestas a quien ni siquiera tiene interrogantes y ahora Gabriel y Sebas (ambos se apellidan Martín, ¿serán primas? ¿serán hermanas de leche?) publican Sobrevivir al ambiente. Un completo repaso a las coordenadas que definen barriadas como la mencionada de Madrid y de similares en ciudades como Barcelona, Ámsterdam o San Francisco. Áreas urbanas que los que vivimos en o cerca de ellas tenemos la suerte de poder casi hasta ignorarlas por lo habituales que son para nosotros, pero que son la aspiración de esa gran mayoría que aún vive en lugares donde poder ser tú mismo conlleva un alto precio tanto psicológico como físico.

Esta publicación no pretende salvarte la vida ni es la Biblia del mundo LGTB, pero sí que es un completo compendio -contado con ironía y sarcasmo, con un punto incluso de marica mala tanto en su redacción como en sus ilustraciones, ya tú sabes- de las coordenadas que conforman la socialización en lo que denominamos como “ambiente”. Un entorno en el que todo es posible –el amor, la amistad, el disfrute, lo duradero, lo efímero, lo sincero, el auto engaño- , pero que debes saber en qué consiste para modular y ajustar tus perspectivas a lo que, a priori, te ofrece cada una de sus posibilidades.

Para aquellos que se lleven las manos a la cabeza que sepan que estas son similares a las de cualquier otro entorno de socialización (heterosexual, lésbico,…) y que lo que allí te encuentres no es la universalidad, pero sí una formas de relacionarte que tú decides si practicas o no y en qué medida. Eso sí, como bien señalan sus autores, hazlo siempre de manera segura en lo referente a prácticas sexuales, consumo de sustancias o culto al cuerpo, y teniendo en cuenta que no conseguirás algo positivo y fructífero  –tal y como ya explicaba Gabriel en sus anteriores Quiérete mucho, maricón y El ciclo del amor marica– si no dejas los prejuicios (producto de la homofobia interiorizada) a un lado y partes de una auto aceptación plena y una correcta auto estima.

10 películas de 2017

Cintas españolas y estadounidenses, pero también de Reino Unido, Canadá, Irán y Suecia. Drama, terror y comedia. Aventuras originales y relatos que nacieron como novelas u obras de teatro. Ficciones o adaptaciones de realidades, unas grabadas en el corazón unas, otras recogidas por los libros de Historia. Ganadoras de Oscars, Césars o BAFTAs o nominadas a los próximos Premios Goya. Esta es mi selección de lo visto en la gran pantalla este año.

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Solo el fin del mundo“. Sin rodeos, sin adornos, sin piedad, sin límites, una experiencia brutal. Dolan va más allá del texto teatral del que parte para ahondar en la (in)consciencia de las emociones que tejen y entretejen las relaciones familiares. Las palabras cumplen su papel con eficacia, pero lo que realmente transmiten son los rostros, los cuerpos y las miradas de un reparto que se deja la piel y de una manera de narrar tan arriesgada y valiente como visualmente eficaz e impactante.

La ciudad de las estrellas (La La Land)“. El arranque es espectacular. Cinco minutos que dejan claro que lo que se va a proyectar está hecho con el corazón y que nos hará levitar sin límite alguno. La la land está lleno de música con la que vibrar, la magia de las coreografías y la frescura de las canciones consiguen que todo sea completo y felizmente intenso y la belleza, la fantástica presencia y la seducción que transmiten Ryan Gosling y Emma Stone que fluyamos, bailemos, soñemos y nos enamoremos de ellos ya para siempre.

Moonlight“. Un guión muy bien elaborado que se introduce en las emociones que nos construyen como personas, señalando el conflicto entre la vivencia interior y la recepción del entorno familiar y social en el que vivimos. Un acierto de casting, con tres actores –un niño, un adolescente y un adulto- que comparten una profunda mirada y una expresiva quietud con su lenguaje corporal. Una dirección que se acerca con respeto y sensibilidad, manteniendo realismo, credibilidad y veracidad al tiempo que construye un relato lleno de belleza y lirismo.

El viajante“. Con un ritmo preciso en el que se alternan la tensión con la acción transitando entre el costumbrismo, el drama y el thriller. Consiguiendo un perfecto equilibrio entre el muestrario de costumbres locales de Irán y los valores universales representados por el teatro de Arthur Miller. Un relato minucioso que expone el conflicto entre la necesidad de justicia y el deseo de venganza y por el que esta película se ha llevado merecidamente el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Verano 1993“. El mundo interior de los niños es tan rico como inexplorable para los adultos, todo en él es oportunidad y descubrimiento. El de sus mayores es contradictorio, lo mismo regala abrazos y atenciones que responde con silencios sin lógica alguna, conversaciones incomprensibles y comportamientos inexplicables.  Entre esas dos visiones se mueve de manera equilibrada esta ópera prima, delicada y sutil en la exposición de sus líneas argumentales, honesta y respetuosa con sus personajes y cómplice y guía de sus espectadores.

Dunkerque“. No es una película bélica al uso, no es una representación más de un episodio de la II Guerra Mundial. Christopher Nolan deja completamente de lado la Historia y se sumerge de lleno en el frente de batalla para trasladar fielmente al otro lado de la pantalla el pánico por la invisibilidad de la amenaza, la ansiedad por la incapacidad de poder salir de allí y la angustia de cada hombre por la incertidumbre de su destino. Un meticuloso y logrado ejercicio narrativo que sorprende por su arriesgada propuesta, abduce por su tensión sin descanso y arrastra al espectador en su lucha por el honor y la supervivencia.

Verónica“. Hora y media de tensión muy bien creada, contada y mantenida sin descanso. Genera tanto o más horror y angustia la espera y la sensación de amenaza que el mal en sí mismo en ese escenario kitsch que es 1991 visto desde ahora. Una historia muy bien dirigida por Paco Plaza y protagonizada brillantemente por una novel Sandra Escacena.

Detroit“. Kathryn Bigelow ahonda en los aspectos más sórdidos de la conciencia norteamericana por los que ya transitó en “La noche más oscura” y “En tierra hostil”. Esta vez la herida está en su propio país, lo que le permite construir un relato aún más preciso y dolorosamente humano al mostrar las dos caras del conflicto. Detroit no solo es el lado oscuro de la desigualdad racial del sueño americano, sino que es también una perfecta sinfonía cinematográfica en la que intérpretes, guión y montaje son la base de un gran resultado gracias a una minuciosa y precisa dirección.

The square“. Esta película no retrata el mundo del arte, sino el de aquel que nos dice y cuenta qué es el arte. Dos horas y media de ironía, sarcasmo y humor grotesco en las que se expone la falsedad de esas personas que se suponen sensibles y resultan ególatras narcisistas.  Una historia que muestra entre situaciones paradójicas y secuencias esperpénticas el lado más ruin de nuestro avanzado modelo de sociedad.

Tierra de Dios“. Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

“The Lisbon Traviata” de Terrence McNally

Una grabación no oficial de Maria Callas es la excusa que detona el ágil repaso que en el primer acto hacen Mendy y Stephen de su agridulce amistad, así como de la manera que tiene cada uno de ellos de posicionarse ante el amor. A continuación Terrence McNally nos introduce sin piedad alguna en la triste, desgarrada y dolorosa realidad de la relación de pareja de Stephen con Mike. Un texto brillante, excesivo en sus pasajes operísticos y sobrio en los emocionales, pero siempre equilibrado en su retrato de una parte de la realidad homosexual de finales de la década de 1980.  

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Mendy ha de tener siempre la última palabra. No hay ocasión en que no haya un detalle que solo él es capaz de ver y que hace que considere inferior a quien no se percate de él. Por su parte, Stephen disfruta sabiendo, saborea el instante consigo mismo, dialoga sobre aquello que recuerda del pasado, que vive en el presente o que imagina sobre el futuro. Quizás esto explica por qué el conato amoroso que tuvieron tiempo atrás nunca se materializó y por qué ahora son capaces de conversar y tenerse en cuenta, aunque no lo parezca al no ponerse nunca de acuerdo.

El diálogo entre ellos es rápido, veloz, aparentemente sutil por servirse de la ópera –obras, autores, intérpretes y, sobre todo, el personaje de María Callas- como base para su desarrollo y argumentación. Pero en realidad McNally es muy claro y directo en su objetivo que es mostrar en un rato entre amigos de una noche cualquiera, distintas maneras de concebir y vivir el amor entre la comunidad masculina homosexual de una gran ciudad occidental como es Nueva York. Primero expone la fachada, el deseo de enamorarse de un hombre de consolidada madurez y la satisfacción de vivir esa realidad por otro unos años más joven que él.

Pero el autor de Corpus Christi o Mothers and sons no se queda ahí y ahonda para dar respuesta a lo que ninguno está dispuesto a admitir, pero que escuchan en boca del otro, que el primero se sabotea –haciendo culpables a los demás- y que el segundo se engaña a sí mismo –abanderando y promulgando valores en los que no cree-.

Estamos en la isla de Manhattan, en 1988 o 1989 (año de estreno de The Lisbon Traviata), en un Nueva York siempre culturalmente efervescente –justo cuando se estrenaba entonces la última película de Pedro Almodóvar-, cuando todavía mueren muchos hombres homosexuales a causa del SIDA, otros tantos esconden su orientación sexual en matrimonios heterosexuales y se disfraza como pareja abierta y libertad sexual el miedo a la soledad.

Este amargo panorama exterior e interior es el que hace que Stephen busque el conflicto con Mike cuando rompe el acuerdo entre ambos y llega a casa antes de la hora establecida. Es entonces cuando lo ya sabido, la existencia de un tercero, pasa de ser algo conocido y tolerado a real e incompatible y todo el edificio de palabras, justificaciones y virtudes impostadas se cae dejando patente que el amor había llegado a su fin hace tiempo, desde el momento en que el afecto tornó en dolor y el cariño en ceguera y rechazo.

En ese momento queda también claro el papel protagonista que la música tiene en esta obra, ya sea comentada, expuesta –como el vinilo de George Michael que descubre incrédulo en su casa el melómano Stephen- o escuchada de manera continua –formando una potente banda sonora-. Su papel es el de hacernos evitar el silencio que revela la tristeza y el vacío existencial en que vivimos.