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Leyendo (diálogos en metro de Madrid VII)

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Hola, hoy voy escuchando música porque no había ningún libro en casa que me llamara la atención. Acabé anoche el último con el que estaba, y suelo necesitar un tiempo, unas horas, quizás un día o dos, a veces hasta varios, para coger uno nuevo, abrirlo y comenzar a caminar en él como el que inicia una ruta que no conoce. Al principio despacio, como si lo leyera en voz alta pasando el dedo bajo cada palabra para no perder el hilo. Después, a medida que te adentras en su atmósfera, en sus lugares, en su tiempo, en sus personajes, vas mucho más rápido. ¿No os pasa a vosotros también?

Aún no sé cuál será el siguiente. Me dejo llevar por el impulso, por lo que me diga el corazón en el momento. Lo que suelo hacer es reunir varios que estén por casa, como si fuera una ronda preliminar, y los pongo en mi mesa de estudio. Los hojeo, los toco, quizás lea la sinopsis, quizás no. Recuerdo cómo me llegó cada uno, si lo compré yo, si me lo regalaron o me lo han prestado, o si me lo he llevado yo temporalmente prestado… Sí, a veces hago eso, los cojo de sitios donde están para el que pasa por allí, como en las recepciones de los hoteles donde me alojo cuando viajo. ¿No lo habéis hecho nunca? Yo sí, de cuando en cuando. Tomo prestado uno y ya dejaré yo otro. Si no ahí, ya lo haré en otro sitio.

¡Los libros son seres vivos! ¡Están para ser leídos, para incitar a la imaginación, a viajar mentalmente! Leyendo aprendemos cosas nuevas, detalles, fechas, nombres que nos ayudan a entender qué pasó, quiénes somos, de dónde venimos. Hay historias que estimulan, que nos hacen soñar que podríamos ser otros, que incluyen dentro de sí esas señales que nos dicen por dónde debemos ir para llegar a convertirnos en quienes queremos ser. Y lo que decía, los libros son como las personas, que somos humanos porque nos relacionamos. Pues un libro es igual, su sentido es pasar de unas manos a otras para llenarse de la energía que le va a entregar cada lector.

Yo no concibo acabarlo y dejarlo muerto y olvidado en una estantería, convertido en un lomo decorativo entre otros muchos para formar una mancha multicolor en el armario del salón. Eso cuando tienes pocos, que cuando no, la cosa va creciendo y acaban en cajas en un armario o en un trastero. Me dirás que los tienes ahí de recuerdo, para rememorar lo que te hicieron sentir, que los guardas para volver a leerlos algún día. Pero confiesa, ¿cuántos libros has releído? ¿No acabas olvidándote de los títulos de los que mandaste al fondo del garaje?

Yo los doy. O los regalo. Llámalo como quieras. O como he dicho antes, también los dejo en los sitios donde me quedo cuando viajo. En ocasiones los intercambio. Con quien surja. El otro día, por ejemplo, con un compañero de clase nos pusimos a hablar de los últimos que habíamos tenido entre manos y nos los pasamos. Yo a él “La perla” de Yukio Mishima y él a mí “Tokio blues” de Haruki Murakami, japonés por japonés. Ese ha sido el último que he leído. Y me ha encantado. Por eso estoy así, que hoy soy incapaz de nada mentalmente, todavía estoy atrapado por él, cuesta salir de una novela de Murakami aunque se hayan acabado las páginas. Los que le hayáis leído alguna vez y disfrutado con él, sabéis de lo que hablo.

También me gusta que me recomienden títulos, que me sugieran autores que no conozco o que no haya leído. ¿Alguno que recomendarme? ¿Cuál fue la última novela que os sorprendió gratamente? ¿Esa que creéis que podría apasionarme tanto como a vosotros? Venga, decidme.

(Fotografía tomada en Madrid el 22 de Mayo de 2014).

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Pasen y vean

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Es ya casi la una de la tarde, ¿quieren entrar y probar algo? ¿Una sopa de cebolla bien caliente para entrar en calor?  El día se ha levantado muy frío, ¡esta humedad invisible cala hasta los huesos! No me digan que no, que se nota, que ustedes son del sur. En esta época del año se les reconoce porque son de los que cuando vienen a París aún lo hacen con una bufanda y un gorro por si acaso. Y la verdad es que razón no les falta, con lo bueno que estuvo ayer y anteayer con cielo sin una nube y el sol brillando, y hoy nada. Hoy se torció el día y se levantó bien nublado.

¿No se deciden ustedes? ¡Vamos hombre! Miren, les diré una cosa, cuando entren dentro el local les va a sonar, o lo mismo ya habían oído hablar de él. Hace casi veinte años, en 1996, Woody Allen rodó aquí una secuencia de “Todos dicen I love you”. No estaba mal la peli, seguro que visitarnos fue uno de los motivos por los que se enamoró aún más de esta ciudad y luego la retrató tan genialmente en 2011 en “Midnight in Paris”. Esperen, esperen, un minuto de paciencia, que no me enrollo sin más, que si les cuento esto por algo, ya verán, solo un minuto. Acabo lo que les quiero decir y luego ya ustedes deciden si entran o si se van sin más continuando su paseo.

¿Recuerdan cómo en  “Midnight in Paris” aparecían Picasso, Dalí o Toulouse-Lautrec cuando a media noche el protagonista subía hasta Montmartre? Pues bien, muchos ratos pasaron ellos en el interior de “Le consulat” debatiendo sobre lo divino y lo humano, lo carnal y lo espiritual, las líneas rectas y los espacios de color. Aquí vivieron mañanas de café con leche y croissant, almuerzos de menú del día, tardes de absenta y noches de foie regadas con vino, con mucho vino de la casa, que sigue siendo tan bueno hoy como excepcional entonces.

Porque no lo duden, la carta que tenemos es de lo más sabrosa: mejillones, tablas de quesos, omelettes para chuparse los dedos, asados de pato cuyo sabor recordarán toda la vida, ¡lo que les digo! ¿No se lo creen? Y si no tienen mucha hambre, pues elijan entre un crepe salado o uno dulce. Se lo aseguro, si entran, volver a “Le consulat” será uno de los motivos por los que algún día visitarán de nuevo París. ¿No me creen? Recuérdenmelo cuando llegue ese momento y me encuentren aquí parado a la puerta hablando con los viandantes o fumándome un pitillo en mis cinco minutos de descanso.

Yo mismo me enamoré de este restaurante hace muchos años. También llegué a Montmartre queriendo conocer las calles por los que pasaron el autor de las señoritas de Avignon o el que nos hizo creer que el Moulin Rouge era un sitio de bailes apasionantes –y no el burdel de sesión continua, que realmente era, créanme- y acabé viviendo donde ellos lo hacían, apenas a unas calles de aquí, y sirviendo comidas a gente entre los que quizás estén los que revolucionen el arte cualquier día de estos. Si entran, les aseguro que no se arrepentirán de haber vivido la experiencia de sentarse a nuestras mesas de manteles de cuadros rojos y blancos. Si no lo hacen, ¡quién sabe! Pero les aseguro que en ese caso, ¡llegará el día en que se arrepientan de no haber entrado!

¿Y bien?… ¡Adelante, están ustedes en su casa! ¡Marchando una mesa para cuatro!

(Fotografía tomada en París el 4 de abril de 2015).

No me lo puedo creer (diálogos en metro de Madrid VI)

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EL: ¡Tierra trágame! ¡Cristina! ¡Qué momento! Con la que me enrollé en las fiestas del barrio el año pasado. Luego me pegó un par de toques, pero nunca le devolví la llamada.

ELLA: Ya es mala suerte. Encima de ser lunes me toca sentarme en el metro al lado de este triste. Todavía estoy esperando a que conteste las llamadas que le hice. Si no quería nada conmigo podía haber disimulado un poco. Contestar sin más dejando ver que no. Pero no, él no pudo hacer ese esfuerzo. ¡O no haberse liado conmigo! Si llego a saber que lo que querías era solo pasar la noche, no te hubiera hecho ningún caso, eso lo tengo bien claro.

EL: Menos mal que me ha pillado ahora que voy camino del curro y no yendo a algún lado con Laura. Si se entera ella que mientras ella estaba en la playa con sus padres, yo acababa el día del Carmen con esta,…, no quiero ni pensarlo, sudores me dan. Pero bueno, pasó aquel día y ya está. Sucedió entonces y no volverá a ocurrir. De verdad, prometido.

ELLA: Menuda lengua que tienes, que me hiciste creer que te gustaba de verdad. Que si ya me mirabas cuando íbamos al instituto, que qué bien volver a encontrarme después de tanto tiempo, que si te invito a un mini,…, a dos,… a tres. Yo borracha, y tú un listo.

EL: Eso sí, con lo monjita que pareces, ¡lo que te gusta beber, tía! ¡Y cómo te desatas! Quién lo diría.

ELLA: Me dijiste que no tenías novia. Seguro que era mentira. Si no hubieras estado con nadie seguro que me hubieras dicho de volver a quedar, aunque solo fuera por echar otro polvo, los tíos sois así.

EL: No estuvo mal, tampoco es que fuera nada del otro mundo, yo también había bebido de más, así que seguro que fue bastante más desastre de lo que recuerdo.

ELLA: Pensándolo ahora, dijiste adiós porque me desperté cuando te estabas vistiendo. No hubiera estado mal que al abrir el ojo ya te hubieras largado, así habría pensado que todo había sido un sueño producto de la cogorza.

EL: O quizás sí estuvo bien. Supongo que fue por eso por lo que luego me llamaste,…, y varias veces.

ELLA: La próxima vez tengo que ser más fría. Nada de pedir yo el teléfono, o me lo dan o paso. Si hiciera más caso de las señales me evitaba luego tener que estar pendiente de un tipo como este.

EL: Cagaíto de miedo que estuve unos días, pensando en que iba a sonar el móvil cuando estuviera con Laura y a ver cómo le decía yo quién me estaba llamando, que no se le escapa ni una. Bueno, lo de aquel día sí, afortunadamente no se enteró. O bueno, no se ha enterado hasta ahora.

ELLA: ¡Si hasta pagué yo los minis! Un poco más y le doy las gracias por los servicios prestados. Me pongo mala solo de recordarlo.

EL: Me tenía que haber fijado al entrar en el vagón, he visto el asiento vacío, me he tirado a por él y… ahora a aguantar. Debe ser un castigo divino que yo trabaje justo al final de la línea. A ver si se baja ella ya.

ELLA: Estoy por seguirle allí donde vaya, por acojonarle un poco. Que se crea que soy una loca psicópata que se quedó pillada por él y que ahora se lo va a hacer pagar. A dos pasos de él, notando cómo acelera el ritmo, poniéndole nervioso. Que sude, que sude como cobarde lo que no afrontó como valiente. No es que quiera vengarme, pero así me divierto un poco. Ya iré luego a la Casa del Libro y a dar una vuelta por el centro. Así también tengo algo que contarle a mis amigas en el café de esta tarde.

EL: Como en dos paradas hay posibilidad de trasbordo, si ella no se baja, lo hago yo ahí y me paso a otro vagón.

ELLA: Porque me falta valor, que si no, me ponía a hablarle aquí ahora. Espera, que ya sé lo que voy a hacer. Voy a ver si todavía tengo su número en el móvil.

(….)

EL: Hola, ¿qué tal te va? No te asustes… Este número no lo tengo yo en la memoria, ¿quién será?… ¡Coño! ¿Cristina? ¿Tú? ¿Me has enviado este mensaje tú?

ELLA: Debe estar flipando. Y yo estoy empezando a divertirme. Pero solo un poquito, tampoco me voy a pasar.

EL: Ahora mismo me bajo. Espero que se abran las puertas y cuando parezca que se vayan a cerrar… tres, dos, uno, ¡saliendo!

ELLA: ¡Coño, que se va! ¡Y yo detrás de él! ¡Comienza el show!

(Fotografía tomada en Madrid el 9 de mayo de 2014)

Lucía (diálogos en metro de Madrid V)

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Hola, buenos días. Me llamo Lucía. Vivo en Vallecas, en el Puente de Vallecas exactamente, a dos minutos andando de esta parada de metro junto a la avenida de la Albufera. Llevo aquí toda la vida, en Madrid, en este barrio, desde que nací. Andrés y Lucía, mis padres, sí, me llamo como ella, se instalaron aquí cuando llegaron recién casados. Vinieron desde La Mancha, aún no nos habían tenido a ninguno de sus hijos, ni a mí ni a mis tres hermanos, dos chicos y una chica más que nacieron después. En el pueblo no había otra manera de ganarse la vida que trabajando en el campo, con heladas en invierno y sudor asfixiante en verano. Y ellos aspiraban a más y al igual que en las películas del oeste, ellos marcharon a la capital buscando la promesa de un mejor porvenir. Y lo encontraron, pero porque se lo trabajaron. Entre los humildes los resultados no llegan por golpes de suerte, tuvieron que pasar mucho frío y mucho calor, cansancio agotador y horas de sueño para conseguir cuanto con el paso del tiempo fueron construyendo. Una primera casa baja en una calle sin asfaltar, un barrizal los días de lluvia, en la que dormíamos todos entre el dormitorio de mis padres y el sofá-cama del comedor. Después un piso ya en propiedad, un segundo en un edificio de cuatro plantas con tres habitaciones, una de matrimonio, a continuación la mía y de mi hermana y al final del pasillo la de los chicos, esa que mi madre llamaba la cueva porque según ella allí no había manera de ver luz alguna entre tanto caos y desorden.

Para entonces el pueblo era un lugar al que íbamos solo en verano, en el mes de agosto. Los 31 días, desde el 1 hasta el 31. Supongo que era la manera en que mis padres compensaban con los suyos no hacerse cargo del legado de cultivar la tierra que sus padres les iban a dejar en herencia. Yo lo pasaba bien, me gustaba. Entraba y salía a mi aire, no había horarios, los únicos a cumplir eran los de la comida y la cena en casa de mis abuelos, hasta el día 14 en la de los maternos y desde esa noche hasta el final de mes en la de los paternos. Alternando cada año para dar gusto a todos y no dar sensación de favoritismo alguno sobre con quien pasar el día 15, el día de la Virgen, el día grande, ese en que nos poníamos nuestros mejores vestidos. Comenzaba entonces tres intensas jornadas de fiestas, comidas con familiares y amigos, vaquillas a las seis en punto y noches de baile al aire libre con orquesta. Un paréntesis en la rutina de mañanas de ayudar en casa, tardes de siesta y baños en el río y noches de paseo casi a oscuras con chicas y con chicos, unos del pueblo y otros como nosotros llegados de Madrid, de Barcelona, de Bilbao o Zaragoza, allá a donde quiera que nuestros mayores hubieran decidido ir a probar suerte.

Y hete ahí que entre estos últimos estaba Andrés, que no me lo pudo poner el destino más fácil. A dos calles de mí en el pueblo y a dos calles de mí en el barrio, que parecía que a todos nuestros progenitores les había dado a por emigrar al mismo lugar. Pero me van a perdonar, se ve entrar ya al tren en el andén y yo me tengo que ir a trabajar, otro día que coincidamos aquí si quieren les sigo contando sobre el marido que ya no está, los dos hijos que tengo, lo que hago en mi tiempo libre, el libro que estoy leyendo,… A eso de las ocho y cuarto que es cuando suelo pasar por aquí. Muchas gracias por estos cinco minutos de que han dedicado a escucharme. Que tengan ustedes un buen día.

(Fotografía tomada en Madrid el 3 de abril de 2014).

De la mano (diálogos en Metro de Madrid III)

Manos El uno: ¿Te acuerdas?

El otro: ¿De qué?

El uno: Del primer día que nos cogimos de la mano, fue así, en el metro como ahora.

El otro: Pues sí, claro que me acuerdo, hecho un manojo de nervios que estaba yo, las ganas que tenía de cogértela. Y cagado de miedo que estaba, cómo lo tomarías tú, si alguien diría algo, si a ti te importaría que lo hiciera en público.

El uno: Y entonces fui yo y te la cogí.

El otro: Siempre fuiste más directo, y yo más pavo. Si hasta tardé un rato en reaccionar. De repente me quedé ojiplático pensando que estábamos en el metro, que a lo mejor nos estaban mirando.

El uno: Sin embargo, no te soltaste.

El otro: No, no lo había pensado, pero lo tenía claro. Por encima de lo que cualquiera pudiera decir, lo que estaba claro para mí eras tú. Me costó, pero después de aquella tarde en la que había participado por primera vez en una marcha por la reivindicación de nuestros derechos pidiendo visibilidad e igualdad, no podía en ese momento retirar mi mano de la tuya. Entonces no lo pensaba así, pero esto ya lo hemos hablado mil veces, no hay mejor activismo que el predicar con el ejemplo.

El uno: Esta conversación la hemos tenido no mil, ¡dos mil veces! Nos estamos convirtiendo en unos viejos que repiten las mismas historias una y otra vez hasta la saciedad.

El otro: Sí, pero a mí me gusta. Me gusta recordarlo de cuando en cuando, igual que me sigue gustando cuando vamos de la mano.

El uno: Lo dicho, un viejo repetitivo, cansino y merengue a más no poder, ¡menos mal que no soy diabético!

El otro: Ya, pero eso te gusta, por eso eres tú el que suele coger mi mano.

El uno: ¿Yo hago eso?

El otro: Ya ves, va a ser que eres un viejo…, un viejo,… ¿cómo se dice? ¿cuál es el palabro ese? ¡Va a resultar que eres un viejo enamorado!

El uno: ¿De la luna?

El otro: No, de mí. Y si intentas hacer humor, antes aprende buenos chistes, que los que te salen son malos, ¡malísimos! Otros veinte años pasarán juntos y no conseguiré escucharte uno bueno. Y que aun así me hagas reír…

El uno: Ese es un comentario de viejo, de viejo quisquilloso, de señor mayor. Te estás haciendo mayor.

El otro: Como si los años no pasaran por ti. Bueno, por ti y por tu DNI. Cuando nos conocimos tenías pelo en la foto del carnet, y ahora…

El uno: Ahora me hablan de usted por la calle, pero eso es porque infundo respeto, ¿no?

El otro: Yo más bien diría que es por la cara de rancio que llevas a veces. Así, frunciendo el ceño como si fueras la bruja del oeste del mago de Oz. Los niños te temen, van a creer que les vas a echar una maldición.

El uno: A ti te la voy a echar borrando el camino de baldosas amarillas, a ver entonces cómo llegas a casa. Te recuerdo que el sentido de la orientación no es lo tuyo.

El otro: No, pero… ¿para qué necesito un GPS si ya voy de la mano contigo?

El uno: Qué tonto eres.

El otro: Ya, pero te gusto y te ríes conmigo.

(Fotografía tomada en Madrid el 30 de noviembre de 2014).

A este tío le conozco (Diálogos en metro de Madrid II)

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Rubio: Mira, este es Luis, el tío del gimnasio del que te había hablado.

Moreno: ¿Ese? ¡Ah mira! Pues no me lo imaginaba así. Suponía que era más fuerte, como más imponente, con más presencia. Tal y como hablas de él creía casi que sería como un atleta olímpico.

Rubio: ¡Qué exagerado que eres! Hombre, hay días que le veo corriendo hasta más de una hora en la cinta, y a buena velocidad, que yo me pongo a su lado y ni por asomo llego a lo suyo. Y el tio por más que suda, con la mirada al frente en todo momento, escuchando su música y como si pudiera ir aun más rápido. En el fondo es por eso por lo que me llama tanto la atención. De niños estábamos juntos en la misma clase en el colegio y entonces él era siempre el último en clase de gimnasia, el que a duras penas completaba las carreras, el que se ahogaba,…, los demás se reían de él.

Moreno: ¿Los demás? ¿Y tú estabas entre esos “los demás”?

Rubio: Bueno, no siempre, aunque sí, alguna vez sí que lo estuve, no es que me sienta orgulloso de ello, pero bueno, cuando eres niño, ya sabes.

Moreno: Ya, ya sé, aunque yo nunca hice ese tipo de cosas. En casa me dejaron bien claro que no le hiciera a los demás lo que no quisiera que me hicieran a mí.

Rubio: ¡Anda! ¡Y a mí! En fin, no voy a justificarme ahora, no tendría ningún sentido. Pero eso, el último de la clase. Ahora mira, ¡nos daría mil vueltas a todos!

Moreno: ¿Y has hablado con él?

Rubio: No, un año al comenzar el curso él ya no estaba en la misma clase y debe hacer como casi veinte años que no le veía hasta que hace unos meses le vi entrenando justo enfrente de donde yo estaba haciendo abdominales. Bueno, haciendo haciendo, tú ya sabes (sonrisa y señalándose el estómago). A mí me sonaba su cara, pero no caía, y le miraba y le miraba, hasta que de repente me dije, ¡jóder, si es él! La verdad es que me dio corte acercarme, después de tanto tiempo, no sé,…, a lo mejor no se acuerda de mí, o si lo hace no tiene buen recuerdo de mí.

Moreno: Mmm, no sé, pero yo, si fuera tú, lo haría, quizás te cueste, pero si crees que en su día no lo hiciste bien, sería una manera de pedirle perdón, o de que él viera que tú sientes que no estuvo bien cómo te comportaste, aunque fuera en pocas ocasiones.

Rubio: Sí, puede que ser que tengas razón, pero, bufff, eso, me da un poco de… de vergüenza, la verdad. ¿Y si no se acuerda de mí? ¿O si pasa de mí?

Moreno: Eso nunca será ni la mitad de lo que entre todos le hicisteis a él. Dale una oportunidad a la situación, probablemente te sorprendas, ¿cómo actuaba cuando os reíais de él?

Rubio: Impertérrito, como si no fuera el tema con él. Al recordarlo desde ahora diría que con un saber estar y una madurez que ya hubiéramos querido para nosotros los demás. Visto desde ahora, era el comportamiento nuestro el que debía ser reído por patético, y no el suyo por aun no haciéndolo bien, esforzarse por conseguirlo y por cumplir lo que se le pedía.

Moreno: Acércate a él y a ver qué pasa. Si pasa de ti, así comprobarás una mínima parte de lo que por dentro le hacíais sentir. Y si te da conversación, pues… una buena lección de humildad que te da el destino.

Rubio: Lo sé, lo sé, igual que sé que lo haré, solo me falta terminar de atreverme a hacerlo. Ya te contaré…

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El: Pero si yo a este tío le conozco, ¡joder, si es el rubio de la clase del colegio! ¡Qué gracia, con la de tiempo que ha pasado desde entonces! Estaría bien volver a verle un día y saber qué ha sido de su vida…

(Fotografías tomadas en Madrid el 31 de agosto y el 26 de marzo de 2014).