“Gloria” de Eduardo Mendoza

Comedia de enredo con toques de thriller y misterio en una historia de personajes que esconden y muestran a partes iguales hasta que todo sale a la luz. El resultado es un vodevil correctamente estructurado, pero con una hilaridad excesivamente liviana que hace que su desarrollo argumental resulte redundante y con una gracia limitada.

Cuenta Eduardo Mendoza en el prólogo de su Teatro reunido (2018) que, aunque se inició su producción, finalmente Gloria no se estrenó por cuestiones que no concreta. Me pregunto qué forma hubiera tomado este texto, su segundo trabajo teatral tras Restauración (1990), sobre un escenario. Puede ser que llevado por el lado del exceso, pero sin llegar al histrionismo, funcionara lo que en su formato impreso me ha resultado un intento de opereta bien planteado que, sin embargo, no termina de cuajar. Por momentos me he sentido asistiendo a un espectáculo cuyo objetivo, más que intrigar, era hacerme sonreír por las reacciones y respuestas de sus personajes en situaciones de lo más estrambóticas aunque presentadas como aparentemente normales.  

Una editorial, dos matrimonios como socios de la misma, una de ellas rompe y el marido deja el proyecto. Como él era quien aportaba el capital del proyecto conjunto, tienen que buscarse un nuevo inversor y parecen contar con alguien a quien están a punto de conocer en la casa de la pareja que aún se mantiene unida. Emplazamiento en el que conoceremos lo que oculta cada uno de los personajes, a veces a todos, a veces en complicidad con otro. Un proceso en el que parece conjugarse la comedia ligera, pero retóricamente recurrente, con el suspense. Algo así como Miguel Mihura y Jardiel Poncela con el cine negro y las mujeres fatales.

Valiéndose de las cinco puertas que tiene el escenario, una a la calle y cuatro a estancias interiores, entran y salen hombres y mujeres en una sucesión de encuentros, diálogos y descubrimientos que recuerdan positivamente al teatro de Ana Diosdado. Pero este proceder se truncan cuando llegan los gags evocadores de las producciones de José Luis Moreno y aquellas que tenían a Arturo Fernández como cabeza de cartel, construidas a base de chascarrillos, tópicos y alteraciones convenientes de la realidad.

El también autor de La ciudad de los prodigios (1986) parece querer esbozar un irónico retrato social de la clase empresarial y pretendidamente progre -menciones a Vázquez Montalbán, Tapiès y Carmen Bacells- media-alta catalana preolímpica (a la que describiría sin tapujo alguno años después en ¿Qué está pasando en Cataluña?, 2017), en un marco de corrupción del que presumían con orgullo y sorna los que la habitaban. Base sobre la que plantean una serie de ingenios detectivescos y un melodrama con aires de sainete sobre las diferencias y conflictos entre hombres y mujeres, asuntos en los que el paso del tiempo hace que este texto resulte trasnochado si se mira con los ojos y la mentalidad de hoy. Cuestiones ambas en las que, desafortunadamente, esta Gloria teatral no provoca el divertimento que sí siguen transmitiendo novelas de Eduardo Mendoza como La aventura del tocador de señoras (2001) o El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008).

Gloria, Eduardo Mendoza, 1991, Editorial Seix Barral.

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“Fragmentos de una mujer”

El memorable trabajo de Vanessa Kirby hace que estemos ante una película que engancha sin saber muy bien qué está ocurriendo. Aunque visualmente peque de simbolismos y silencios demasiado estéticos, la dirección de Kornél Mundruczó resuelve con rigor un asunto tan delicado, íntimo y sensible como debe ser el tránsito de la ilusión de la maternidad al infinito dolor por lo que se truncó apenas se materializó.

La primera media hora es excepcional. La cámara sigue a la pareja que se está preparando para la llegada de su ansiado bebé de manera casi documental. El espectáculo cinematográfico llega con el parto, un largo plano secuencia que sintetiza las emociones de los que están a punto de convertirse en padres, de los mimbres de su relación y de los valores por los que han decidido dar a luz en casa. Con la entrada en escena de la comadrona se materializa uno de los varios marcos relacionales que marcará el devenir de esta cinta. Intercambios de miradas y palabras que nos transmiten las personalidades y los puntos de unión y conflicto entre los implicados.

Junto al de la mujer que acabará denunciada por no haber hecho, supuestamente, todo lo posible para evitar el fallecimiento del bebé, está ese otro triángulo en el que el vértice de mayor fuerza lo encarna la madre de quien habiéndolo sido, no tiene hijo al que cuidar y proteger. Coordenadas en las que el ejercicio de la autoridad, la dificultad de expresarse y la desorientación vital enmarcan el doloroso tránsito que supone intentar seguir hacia adelante sin tener a dónde ni cómo ir. El guión de Kata Wéber muestra las muchas maneras en que se manifiesta esa indefinición que no termina nunca de concretarse, lastrando incluso hasta el intento de darle forma.

Ese es quizás el ángulo narrativo más complicado de trasladar a lo audiovisual de Fragmentos de una mujer. Piezas ásperas, duras y difíciles de asimilar, pero perfectas cuando es Vanessa Kirby quien está ante la cámara. Sin embargo, cuando ella no forma parte del encuadre, se quedan en un espacio suspendido. No sabemos si tiene como fin introducirnos en el entorno con el que ella ya no conecta. O si pretende simbolizar la desazón, la angustia y la ansiedad de un duelo que la tiene varada en lo más hondo de sí misma sin saber si será capaz de recomponerse, cual kintgusi, a partir de sus cicatrices. Quizás la dirección de Kornél Mundruczó intente ambas, pero algunos de sus fotogramas resultan más estéticos y meramente fotográficos que descriptivos de lo que les está sucediendo a Martha, a Sean y a los dos.

La clave está en que lo que se presentaba como un fresco familiar, aunque con una clara protagonista e hilo conductor, se convierte a partir del trágico suceso en un retrato individual en el que la función del resto de caracteres es revelar el puzle que conforma su universo personal. Un discurrir lógico, pero al que también le falta cierta fineza al provocar que el personaje de Shia LaBeouf parezca desdibujarse o que la matriarca que encarna Ellen Burstyn quede supeditada a generar la tensión con la que marcar puntos de inflexión. En cualquier caso, Vanessa Kirby está por encima de estas imperfecciones y hace que su minimalista emotividad se ancle en el corazón de quien asiste al espectáculo de su interpretación.

“Venus Bonaparte” de Terenci Moix

Una biografía que combina la magnanimidad de las múltiples facetas de la historia (política, arte, religión…) con lo más mundano (el poder, el amor, el sexo…) de los seres humanos. Un trabajo equilibrado entre los datos reales, basados en la documentación, y la libertad creativa de un escritor dotado de una extraordinaria capacidad expresiva. Una narrativa fluida que ahonda, analiza, describe y explica y unos diálogos ingeniosos y procaces, llenos de respuestas y sentencias brillantes.

Paulina Bonaparte es un personaje de lo más interesante. Hermana de Napoleón, nació en Córcega y vivió en Marsella, París, Haití y Roma, pasando de la simpleza, la escasez y la humildad al exceso, el capricho y el lujo. Casada primero con un general francés y después con el representante de una de las familias más poderosas de Italia, además de ser amante de muchos hombres. Posó para el maestro Antonio Canova, encarnando a la diosa del amor, la belleza y la fertilidad en la que es una de las piezas maestras que se puede ver actualmente en la Galería Borghese, la misma que da imagen a la portada de la primera edición de esta novela publicada en 1994. Una testigo de excepción de las decisiones geopolíticas de quien se creía heredero de Julio César y Alejandro, del resurgir de Roma como ciudad neoclásica, de las prácticas colonialistas de la metrópoli francesa y del esplendor de la ciudad de la luz en una de sus épocas de mayor grandiosidad.

Terenci Moix comienza introduciéndose de lleno en la peculiar personalidad de su protagonista en una de las etapas más voluptuosas de su vida. Cuando ejercía como princesa Borghese en la hoy capital italiana y a su alrededor todo era fiesta y exceso y sus actos estaban marcados por el impulso del deseo, la pasión y la sensualidad. Ya fuera mediante encuentros sexuales con otros hombres, ser el centro de atención en cuantos eventos sociales participara o verse ensalzada por cuanto subrayara su hermosura y juventud. Un marco en el que la desatada prosa de Moix construye, expone y se deja impregnar por la continua tormenta sensorial que suponen la arrolladora personalidad, la altiva actitud y el siempre desvergonzado comportamiento de su retratada.

De alguna manera, es como si la novela arrancara bajo la impresión de asombro y seducción que en cualquier espectador causa la referida escultura del maestro Canova en la que este, gracias a la perfección de su genio, unió de manera indisoluble la excelencia del Olimpo con la naturalidad de lo humano. Tanto la personalidad de Paulina como la escritura de Terenci son un torrente de opulencia, exquisitez y brillantez en el que lo excelso, lo elegante y lo deslumbrante están indisolublemente unidos a lo descarado sin llegar a ser vulgar, lo carnal sin resultar obsceno y lo provocador sin caer en lo chabacano.

El espejo que ofrecen lo artístico y la formalidad social romana cambia completamente de prisma cuanto la acción viaja hasta Haití, isla en la que Paulina residió como esposa de Leclerc, destinado allí como general en jefe y máxima autoridad en el entonces territorio francés. Sin dejar de lado la frivolidad, descaro y ligereza de su conducta, actitud y planteamientos vitales, el ambiente natural y salvaje, casi selvático lleva a que la otrora mujer expansiva y extrovertida se vea obligada también a la introspección y la reflexión. Una adaptación forzosa en su caso, pero en la que el también autor de Mundo macho (1971) o El sexo de los ángeles (1992) se desenvuelve hábilmente para, sin cambiar el propósito biográfico de su narración, darle otros enfoques y puntos de vista que enriquecen tanto a su personaje como a su literatura.

Y como si se tratara de una progresión, la Historia, aunque ya presente gracias al que parece un sesudo trabajo de documentación materializado en multitud de nombres, lugares y sucesos referenciados, eclosiona con su vuelta a Francia y su vivencia del Imperio. Etapa de máximo poder y liderazgo de Napoleón en la que, sin olvidar la informalidad y liviandad de su vida personal una vez que la madurez comienza a hacer mella en su pensamiento y pesar en su proceder, nos permite atestiguar su papel en la formulación, puesta en práctica y desarrollo de la imagen que tenemos de su hermano como militar, estadista y gobernante. Un desenlace en el que la confluencia entre la investigación académica y la ficción literaria hacen más evidente la simbiosis que Terenci Moix tomó como punto de partida y que mantiene hasta su conseguido cierre y punto final.

Venus Bonaparte, Terenci Moix, 1994, Editorial Planeta.

“La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han

¿Somos conscientes de lo que implica este principio de actuación tanto en la esfera pública como en la privada? ¿Estamos dispuestos a asumirlo? ¿Cuáles son sus beneficios y sus riesgos?  ¿Debe tener unos límites? ¿Hemos alcanzado ya ese estadio y no somos conscientes de ello? Este breve, claro y bien expuesto ensayo disecciona nuestro actual modelo de sociedad intentando dar respuesta a estas y a otras interrogantes que debiéramos plantearnos cada día.

No hay política de comunicación, sino de imagen. El sexo es hoy más fast-food que lenguaje. Los algoritmos de las redes sociales te muestran una falsa realidad, solo ves lo que quieres ver y te ocultan todo aquello que podría sorprenderte o abrirte los ojos y la mente a nuevas circunstancias. Estas son algunas de las reflexiones, mías o de otros, que he recordado al leer los nueve capítulos en que Han analiza hasta dónde hemos llevado nuestro modelo de organización social. Un presente al que hemos llegado retorciendo los valores democráticos, anestesiando el espíritu crítico inundándolo de información sin contenido y monetizando cuanto hacemos, vivimos, logramos y ofrecemos.

Asunto complejo con múltiples influencias cruzadas y retroalimentándose que hacen difícil establecer un principio o causa iniciadora. Pero entre las diferentes cuestiones que señala, destaco la exigencia de transparencia como muestra de falta de confianza en los principios, procedimientos y logros de los gestores del sistema político. Cuestión que pretendemos solventar pretendiendo que cuantos intervienen en su diseño, funcionamiento y auditaje estén sometidos continuamente al escrutinio público, olvidando que de esta manera negamos el retiro, la privacidad y la intimidad que exige todo proceso de creatividad, innovación y estrategia.

Súmese a este asunto otro más abstracto, pero tan o más importante. El desarrollo de internet y el alcance de las redes sociales han traído consigo la hipercomunicación y la hiperinformación. El resultado es que nos inunda lo cuantitativo y somos incapaces de valorar, priorizar y relacionar cualitativamente, de encontrar lo que verdaderamente necesitamos o queremos en ese maremágnum de datos, fuentes y versiones. La posibilidad de elegir qué ver, escuchar y leer, así como el convertirnos en autores y emisores de piezas que formen parte de ese ecosistema textual y/o audiovisual se ha vuelto en nuestra contra. Hemos creído que el mecanismo capitalista de la oferta y la demanda estaba de nuestro lado, cuando lo que realmente estaba sucediendo es que le facilitábamos cuanto requiere para convertirnos en clientes de una mercancía que somos también nosotros. He ahí la paradoja.

A su vez, la digitalización ha hecho que las imágenes construidas -el cine, la publicidad, las fotografías tomadas con nuestras cámaras- pasen de ser cotidianas a banales por la facilidad y bajo coste de su elaboración, registro y divulgación. Ya no las visualizamos, sino que las consumimos. Hemos reducido su existencia a esos escasos segundos en que tardan en recibir -o no- un “me gusta”, prostituyendo tanto su supuesto mensaje como su contenido. Con la derivada de que nosotros mismos nos hemos convertido en contenido bajo la modalidad de selfies, robados y posados con los que atestiguar el ego y el cortoplacismo del protagonismo de nuestra existencia, así como nuestro cumplimiento de los cánones de éxito del momento confiando en ser reconocidos socialmente y recompensados económicamente por ello.

¿Daremos marcha atrás en este proceso de sobreexposición y ruido en el que vivimos hoy en día? ¿Ayudaría que tuviéramos gobiernos y representantes públicos más eficaces y mejores comunicadores? ¿Volverán los medios de comunicación a practicar un periodismo con contenido crítico en lugar de estar pendientes de los seguidores, descargas y visitas de sus cuentas 2.0 y páginas web? ¿Tomaremos conciencia los ciudadanos de los pros y contras de nuestro actual modelo de sociedad y actuaremos en consecuencia? Que siga el debate y la reflexión.

La sociedad de la transparencia, Byung-Chul Han, 2012, Herder Editorial.

“The inheritance” de Matthew Lopez

Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

El futuro se diseña desde un presente resultado de un pasado construido con el trabajo, las ideas y el esfuerzo de todos aquellos que estuvieron o llegaron aquí antes que nosotros. Ese es el doble principio sobre el que está anclada esta obra estructurada en dos partes, de tres horas de duración cada una, estrenada en Londres en 2018 y en Broadway en 2019. También sobre la figura de E.M. Forster (1879-1970) en lo literario y los disturbios de Stonewall y el activismo que surgió en los 80 para hacer frente a la pandemia del VIH/SIDA.

El autor de Howards End y Maurice -protagonista que dirige la dimensión meta teatral de este texto- marca con sus afirmaciones e interrogantes la pauta sobre cómo se construye una ficción, qué información necesitamos saber sobre los personajes principales y qué han de mostrar para ser verosímiles. Respuestas que guía y materializa sobre el escenario con la ayuda de un grupo de hasta diez jóvenes aspirantes a escritores. Un coro que también encarna a los muchos secundarios de esta función que toma como marco temporal los meses antes y después de la sacudida que para el activismo social y el progresismo político supuso la llegada de Trump a la Casa Blanca.

Dos parejas, Eric y Toby y Henry y Walter, articulan unos acontecimientos en los que tienen mucho peso cuestiones como los abusos sufridos durante la infancia por ser gay -circunstancia de la que se toma conciencia por el insulto y la agresión del entorno antes de la propia auto percepción- o el haber sido testigo décadas atrás de la hecatombe que supuso ver morir a amigos, conocidos y vecinos por una enfermedad para la que no había tratamiento y a la que la sociedad respondía ignorándoles, despreciándoles y estigmatizándoles.

Claves vivenciales que determinan la base psicológica e histórica sobre la que se cimentan las relaciones de amistad y de pareja entre los hombres -y por extensión, entre la generalidad de los homosexuales de nuestro tiempo- de esta ambiciosa historia. Unas veces con ánimo de reciprocidad y complementariedad, y otras de total utilitarismo, cayendo en la cosificación sexual, la banalidad material, la soberbia del ego o todas ellas a la vez. La minuciosidad de Matthew Lopez -evocadora de Larry Kramer (Faggots, The normal heart) y Tony Kushner (Angels in America)- consigue que las situaciones que plantea aúnen el capricho del libre discurrir del tiempo con los efectos acumulativos de su sedimentación.

Lo que sus diálogos, monólogos y narraciones nos transmiten resulta tan casual como causal, llevándonos a la par por el camino del destino y por el sendero de las cuestiones no resueltas que nos perseguirán hasta que no las afrontemos y demos solución. En su propósito por ofrecer un relato humano y creíble con el que empatizar y hasta identificarnos, Lopez no se limita a la denuncia política y la crítica social, sino que apela también a la responsabilidad individual y al papel activo que cada uno de nosotros puede tener en un futuro más humano y respetuoso. Una catarsis necesaria que pasa por ejercer este deber desde ya y agradecer su lucha y sus logros a los que nos precedieron.  

The inheritance, Matthew Lopez, 2018, Faber & Faber.

10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

10 montajes teatrales de 2020

El teatro es como ese navegante que, cueste lo que cueste, siempre se mantiene a flote. Te hace reír, llorar y pensar. Te abstrae, te incomoda y te sacude. Te saca de tus coordenadas y te arroja a las vicisitudes de mundos que ignoras, esquivas o desconoces. Te aporta y te da vida, te engrandece.  

“Prostitución”. De la comedia cabaretera a la verdad del teatro documento y la exposición de la denuncia política. Un recorrido por historias, testimonios y situaciones que hemos escuchado, leído, comentado y banalizado muchas veces.

“Carmiña”. Tras «Emilia» (Pardo Bazán) y «Gloria» (Fuertes), la tercera entrega de la Mujeres que se atreven de Noelia Adánez en el Teatro del Barrio puso el foco en otra gran escritora, Carmen Martín Gaite. Un personaje tan solvente como los anteriores, respetando su carácter único y dándole una solvente entidad dramática.

“Los días felices”. Un texto que se esconde dentro de sí mismo. Una puesta en escena retadora tanto para los que trabajan sobre el escenario como para los que observan su labor desde el patio de butacas. Un director inteligente, que se adentra virtuosamente en la complejidad, y una actriz soberbia que se crece y encumbra en el audaz absurdo de Samuel Beckett.

“Curva España”. El muy peculiar humor gallego de Chévere. Un particular “si hay que ir se va” que les sirve para elucubrar, imaginar y ficcionar la Historia (con mayúsculas) para dar con las claves que explican y ejemplifican muchas de nuestras incompetencias y miserias.

“Traición”. Israel Elejalde convierte la construcción literaria y psicológica entre el silencio, los monosílabos, las interjecciones y las frases hechas de Harold Pinter en un sólido montaje con buenas dosis de amor y humor, pero también de corrosión y dolor.

“Con lo bien que estábamos”. Qué arte, qué lujo y despiporre el de la Ferretería Esteban. Un espectáculo que suma esperpento, absurdez y espíritu clown. La atemporalidad de la tradición, de los clichés, los recursos y los guiños que si se manejan bien siguen funcionando.

“El chico de la última fila”. Multitud de capas y prismas tan bien planteados como entrecruzados en una propuesta que juega a la literatura como argumento y como coordenadas de vida, como guía espiritual y como faro alumbrador de situaciones, personajes y aspiraciones.

“Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero”. La muerte es una etapa más, la última de la materialidad, sí, pero también la del paso a la definitiva espiritualidad, que en el caso del que se va no se sabe en qué consiste, pero para el que se queda adquiere denominaciones como legado, recuerdo, homenaje y honramiento.

“Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra”. Activismo feminista y ecologista, dramaturgia, plasticidad, danza, crítica social y notas de humor en un montaje que va del costumbrismo al existencialismo en una historia que recorre nuestras tres últimas décadas.

“Macbeth”. La obra maestra de William Shakespeare sintetizada en una versión que pone el foco en la personalidad y las motivaciones de sus personajes. Dos horas de función clavado en la butaca, sin aliento, ensimismado, seducido e hipnotizado por un elenco dotado para la palabra y la presencia.

10 ensayos de 2020

La autobiografía de una gran pintora y de un cineasta, un repaso a las maneras de relacionarse cuando la sociedad te impide ser libre, análisis de un tiempo histórico de lo más convulso, discursos de un Premio Nobel, reflexiones sobre la autenticidad, la dualidad urbanidad/ruralidad de nuestro país y la masculinidad…

“De puertas adentro” de Amalia Avia. La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza. Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt. Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk. El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf. Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor.

“A propósito de nada” de Woody Allen. Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado que repasa hilvanándolo con su propia versión de determinados episodios personales.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset. ¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos?

“La España vacía” de Sergio del Molino. No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee. Reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman. Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización.

10 novelas de 2020

Publicadas este año y en décadas anteriores, ganadoras de premios y seguro que candidatas a próximos galardones. Historias de búsquedas y sobre la memoria histórica. Diálogos familiares y continuaciones de sagas. Intimidades epistolares y miradas amables sobre la cotidianidad y el anonimato…

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón. Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith. Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

“Mis padres” de Hervé Guibert. Hay escritores a los imaginamos frente a la página en blanco como si estuvieran en el diván de un psicólogo. Algo así es lo que provoca esta sucesión de momentos de la vida de su autor, como si se tratara de una serie fotográfica que recoge acontecimientos, pensamientos y sensaciones teniendo a sus progenitores como hilo conductor, pero también como excusa y medio para mostrarse, interrogarse y dejarse llevar sin convenciones ni límites literarios ni sociales.

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina. Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta. Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria. Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

“La madre de Frankenstein” de Almudena Grandes. El quinto de los “Episodios de una guerra interminable” quizás sea el menos histórico de todos los publicados hasta ahora, pero no por eso es menos retrato de la España dibujada en sus páginas. Personajes sólidos y muy bien construidos en una narrativa profunda en su recorrido y rica en detalles y matices, en la que todo cuanto incluye y expone su autora constituye pieza fundamental de un universo literario tan excitante como estimulante.

“El otro barrio” de Elvira Lindo. Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

“pequeñas mujeres rojas” de Marta Sanz. Muchas voces y manos hablando y escribiendo a la par, concatenándose y superponiéndose en una historia que viene y va desde nuestro presente hasta 1936 deconstruyendo la realidad, desvelando la cara oculta de sus personajes y mostrando la corrupción que les une. Una redacción con un estilo único que amalgama referencias y guiños literarios y cinematográficos a través de menciones, paráfrasis y juegos tan inteligentes y ácidos como desconcertantes y manipuladores.

“Un amor” de Sara Mesa. Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff. Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead. El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica como medio para ser una sociedad verdaderamente democrática.

10 películas de 2020

El año comenzó con experiencias inmersivas y cintas que cuidaban al máximo todo detalle. De repente las salas se vieron obligadas a cerrar y a la vuelta la cartelera no ha contado con tantos estrenos como esperábamos. Aún así, ha habido muy buenos motivos para ir al cine.  

El oficial y el espía. Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

1917. Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Solo nos queda bailar. Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Little Joe. Con un extremado cuidado estético de cada uno de sus planos, esta película juega a acercarse a muchos géneros, pero a no ser ninguno de ellos. Su propósito es generar y mantener una tensión de la que hace asunto principal y leit motiv de su guión, más que el resultado de lo avatares de sus protagonistas y las historias que viven. Transmite cierta sensación de virtuosismo y artificiosidad, pero su contante serenidad y la contención de su pulso hacen que funcione.

Los lobos. Ser inmigrante ilegal en EE.UU. debe ser muy difícil, siendo niño más aún. Esta cinta se pone con rigor en el papel de dos hermanos de 8 y 5 años mostrando cómo perciben lo que sucede a su alrededor, como sienten el encierro al que se ven obligados por las jornadas laborales de su madre y cómo viven el tener que cuidar de sí mismos al no tener a nadie más.

La boda de Rosa. Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

Tenet. Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

Las niñas. Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

El juicio de los 7 de Chicago. El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Mank. David Fincher da una vuelta de tuerca a su carrera y nos ofrece la cinta que quizás soñaba dirigir en sus inicios. Homenaje al cine clásico. Tempo pausado y dirección artística medida al milímetro. Guión en el que cada secuencia es un acto teatral. Y un actor excelente, Gary Oldman, rodeado por un perfecto plantel de secundarios.