Lo ha vuelto a hacer

Nadie lo esperaba, pero a ninguno de los presentes este domingo en la calle Génova sorprendió la enésima salida de tono de Isabel Díaz Ayuso. Esta vez fue sobre el papel que habrá de desempeñar el Jefe del Estado en los indultos a los líderes del independentismo catalán, hoy en prisión, si finalmente se conceden. “¿Qué va a hacer el Rey, los va a firmar?”

Foto: David Fernández/EFE

Es de suponer que era su objetivo, que se hablara de ella tanto o más del motivo por el que muchos se manifestaron ayer en la madrileña Plaza de Colón. Y con el mismo saber hacer que en ocasiones anteriores, pareciendo que no sabe lo que dice. Pero sí, sí lo sabe. A estas alturas ya todos tenemos claro que nada en ella es producto de la espontaneidad. Todo está medido para generar escándalo, protagonismo y ruido con el que provocar maliciosamente a sus contrarios, alimentar la adhesión visceral de los suyos y, de paso, adelantar por la derecha tanto al líder de su partido como al discurso de los que están más allá.

Si no ella, es de suponer que alguno de sus asesores directos esté al tanto del papel simbólico, representativo y moderador que la Constitución Española le concede al Rey en su artículo 56, así como de las competencias que le otorga en el 62, incluyendo “ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley”. Isabel no es el primer político que señala la necesidad, desde su punto de vista, de que el monarca manifieste su parecer sobre asuntos de actualidad, pero sí quien alude públicamente a la posibilidad de que renuncie a sancionar un acto del Gobierno. Una línea roja que no habíamos escuchado en otras jaleosas diatribas partidistas como las habidas meses atrás por la aprobación de la llamada ley Celáa de educación o la declaración del estado de alarma exclusivo para la Comunidad de Madrid en octubre pasado.

Qué curioso que quien se erige en defensor de una figura que nos aúna a todos (al menos en el texto que da carta de identidad a nuestro país), sea quien después haga un uso totalmente interesado de la misma. Ella y los suyos ya lo hacían con la bandera, convirtiéndola en un símbolo del “o como yo diga o contra mí”, pero apropiarse de a quien se le presupone y exige neutralidad política no solo no respeta las coordenadas de la ética pública, sino que demuestra que no tiene límites ni pudor a la hora de conseguir su objetivo -consolidar y acrecentar su poder-, y denota estar dispuesto a viciar, ensuciar y enfangar cuanto haga falta para ello.

Y mientras titulares y tertulias le dedican tiempo a la deliberada y diabólica gratuidad de esta intervención de apenas un minuto, y a su posible interpretación constitucional, caerán en el silencio asuntos realmente importante como el cierre de decenas de centros de salud, las quejas de vecinos que no pueden dormir por las terrazas en las aceras de sus calles, la subida de ratios programada para el próximo curso escolar o la negativa a investigar cómo se gestionaron las residencias de ancianos en las mortíferas primeras semanas de la pandemia.

Esperemos que los partidos de la oposición hayan aprendido la lección y no caigan en el juego de alimentar la rueda de la polémica, sino que hagan una oposición parlamentaria argumentada y verdaderamente fiscalizadora, y una labor política propositiva en la que demuestren su respeto por las instituciones de nuestro país.

La España que no existe

Vigo, Salamanca y Alicante han sido las ciudades que he visitado por distintos motivos desde que hace un mes pudimos volver a viajar entre comunidades autónomas. Salir de Madrid te hace pensar cuán ignorados se han de sentir por el sistema los que residen a muchos kilómetros de los centros de decisión política y mediática.

600 kilómetros de carretera, una hora de avión o casi seis en tren, eso es lo que se tarda en llegar desde la capital hasta la principal ciudad industrial de Galicia. Son ya años visitando a amigos y cuando la hora de comer coincidió con el informativo televisivo, les pregunté qué opinaban de la actualidad. Su respuesta fue que en Madrid se les ignora. No que se les desprecie o no se les tenga en cuenta, sino que ni siquiera se repara en su existencia. Más allá de las generalidades de los datos estadísticos, la mayor parte de lo que se afirma, niega, repite, improvisa, barrunta, grita y arroja por estos lares poco tiene que ver con ellos. Los de aquí lo sentimos cercano porque sucede en el mismo término municipal en el que residimos, trabajamos o al que nos desplazamos con frecuencia. Localización perfecta de la mayor parte de las medidas apariciones estelares de políticos de uno y otro color que medios de comunicación repiten sin parar durante unas horas hasta que renuevan su catálogo de titulares, generando así esa extraña confusión y simbiosis entre la villa, su circunstancia capitalina y su extraordinaria concentración de poder.

Días después, varias horas de ferrocarril, las primeras por un trazado de hace décadas y el resto por otras más recientes para permitir que Madrid sea la ciudad mejor comunicada de nuestro país (lo que no redunda necesariamente en beneficio del conjunto de la nación) me llevaron desde el Océano hasta Zamora, para desde allí y en una hora de coche colocarme en Salamanca. Ciudad universitaria dicen, burbuja universitaria suelo replicar yo. Sería cum laude si los que se graduaran siguieran allí, pero ni hay empresas ni centros de investigación que les requieran. La suya es una estadía con fecha de caducidad, que sirve para que la bella Helmantica siga soñando con lo que supuestamente fue. Pero hoy es una ciudad envejecida que parece condenada a sobrevivir únicamente como centro administrativo de la provincia y a ver cómo su título de patrimonio de la humanidad es más utilizado como reclamo turístico que como exigencia de seguir desarrollando y poniendo en valor su legado y su potencial humanista.  

La etapa final de este tour se inició el pasado viernes por la tarde, cual turista de fin de semana. Uno de tantos que acaba su turno laboral y acude raudo y veloz a Atocha para en poco más de dos horas plantarse en Alicante. Como buena parte del Levante valenciano, la playa de Madrid para muchos y uno de esos lugares que tanto se mencionan a la hora de hablar de calidad de vida, soñar con las virtudes del teletrabajo o elucubrar hasta dónde llegar emprendiendo pensando en los márgenes de lo inmobiliario y en los muchos extranjeros que llegan hasta aquí para dejar enrojecer su piel. La síntesis de todo ello es cercanía, sol y playa, los elementos que la hacen protagonista una y otra vez. ¿Recordáis cuántas veces habéis oído hablar de esta ciudad sin hacer mención a su arena dorada, su radiante luz y su agradable oleaje? La respuesta es la medida de cuánto ocultan los tópicos simplificadores fijados por los que llegan (o llegamos) de lejos, en lugar de escuchar, observar y empatizar con los del lugar y descubrir su otra (y también verdadera) faz.

“Alicia en el país de las maravillas” y “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll

No es la obra infantil que la leyenda dice que es. Todo lo contrario. Su protagonista de siete años nos introduce en un mundo en el que no sirven las convenciones retóricas y conceptuales con que los adultos pensamos y nos expresamos. Una primera parte más lúdica y narrativa y una segunda más intelectual que pone a prueba nuestras habilidades para comprender las situaciones en las que la lógica hace de las suyas.  

La génesis de Alicia está en las historias que un día improvisó su autor para entretener a tres niñas que se aburrían. Carroll trabajó posteriormente de manera literaria esos bosquejos verbales hasta darles la forma en que desde 1865 podemos leer aquellas aventuras y desventuras. Lo que al principio parece una historia infantil por la edad de su protagonista deriva en un viaje sobre cómo cualquier persona es susceptible de actuar y de adaptarse cuando las circunstancias en las que se encuentra funcionan bajo parámetros no solo no conocidos, sino de manera totalmente contraria a lo que se podría suponer.    

Lo destacable no es que al otro lado de la madriguera en la que se adentra Alicia, persiguiendo al conejo blanco, los animales se comporten como humanos, sino que plantean cuestiones a las que no se puede responder de manera automática. Exigen reflexionar, pero no por la complejidad formal de su enunciación, sino porque su aplastante sencillez no permite eludir la verdad, autenticidad y sinceridad que demandan. Interrogantes que se encuadran en una narración que se construye con su sucesión, generando y haciendo crecer una atmósfera de inquietud, apertura mental y posibilismo a partes iguales que atrapa y seduce a nuestra guía y, por extensión, a nosotros, sus amigos, seguidores y lectores.

A pesar de la hipérbole de su relato y de la magnitud de su absurdo, su credibilidad no se ve en ningún momento puesta en entredicho. Más que trasladarnos al mundo por el que transita Alicia en el país de las maravillas, el propósito de Lewis Carroll parece ser que abandonemos los supuestos prodigios a los que estamos anclados por la costumbre, la rutina y la cortedad de miras. Es decir, que salgamos de nuestra zona de confort como humanos que somos, como protagonistas superiores y magnánimos que nos sentimos por encima del resto de seres con los que compartimos la vida terrenal y la abstracción de la universalidad.  Y también que nos olvidemos de nuestra mente, que dejemos a un lado la necesidad de control, de elaborar todo tipo de hipótesis y teorías para explicar aquello que no gobernamos y que apenas entendemos.

En Alicia a través del espejo la propuesta de Carroll es aún más arriesgada. El componente narrativo y la atmósfera de viaje y descubrimiento pesan menos, en pro del juego de comprensión al que nos somete. Más que a una ampliación del espectro de situaciones, lugares y personajes del mundo de ensoñaciones de Alicia, a lo que asistimos es a una espiral en la que ya no solo se juega a lo onírico y los sentidos paralelos o descontextualizados, sino a algo que desde ahí parece acercarse a mecanismos que eclosionarían con el surrealismo como el automatismo, el cadáver exquisito o el método paranoico crítico de Dalí.

Alicia en el país de las maravillas (1865) y Alicia a través del espejo (1871), Lewis Carroll, Alianza editorial.

“Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA” de Pepa Bueno

Lo que no se cuenta no existe y el dolor que no se exterioriza no desaparece. Ese ha sido el objetivo con el que José Mari y Víctor han compartido cuanto han sido capaces en este ensayo periodístico con grandes dosis de humanidad. Datos, nombres, hechos y contextos ordenados con precisión y expuestos con objetividad informativa, pero también con la empatía y escucha atenta que durante demasiado tiempo se les negó a sus protagonistas.

El terrorismo etarra parece una cosa del pasado. Pero no es así, sus consecuencias están presentes. En silencio, de manera invisible. Con el riesgo de que se le siga negando su sufrimiento a quienes se han visto obligados a convivir con él desde el día en que la barbarie irrumpió en sus vidas. Los más jóvenes ni siquiera son capaces de mencionar alguna de aquellas salvajadas que durante muchos años fueron ignoradas, pero que progresivamente llegaron a ocupar las portadas de todos los periódicos y que los que ya tenemos unos años hemos sido incapaces de olvidar. Como la explosión de un coche bomba que a primera hora del 11 de diciembre de 1987 destrozaba la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza en la que vivían los hermanos Pino Fernández.

En la que yo lo hacía, a muchos kilómetros de allí, apenas un par de horas después, cuando tocaba prepararse para ir al colegio había nervios y agitación, caras serias y recuerdo escuchar que alguien iba a la oficina de Correos a enviar un telegrama de solidaridad con las víctimas. Lo que para mí fue un instante más de mi niñez, para ellos fue el horror que les dejó sin padres y sin su hermana pequeña, y el ancla que desde entonces ha lastrado sus vidas, hasta el punto de hacerles casi naufragar más de una vez.

Soy oyente habitual de Pepa Bueno, con lo que no me ha sorprendido la manera ordenada y didáctica con que expone los acontecimientos, todo aquello que es resultado de la documentación, pero sobre todo he valorado el tacto con el que relata cómo han sido las tres décadas transcurridas desde aquel día para José Mari y Víctor. Dos niños de trece y once años entonces. Hoy dos hombres, dos guardias civiles retirados, con una incapacidad total para el trabajo como resultado del estrés postraumático que les causaron doscientos cincuenta kilos de amonal.

Unas Vidas arrebatadas y después abandonadas a su suerte por una familia, una sociedad y un sistema institucional en el que el cariño resultó ser una promesa que se disolvió enseguida, en que la dimensión emocional de las personas no se consideraba y en el que los responsables públicos eran incapaces de ver más allá de sí mismos. El hilo conductor seguido por la periodista es su propio relato -transcribiendo momentos de las conversaciones que han tenido o de los diarios íntimos que han compartido-, complementándoles con fuentes de distinto tipo (hemeroteca, judiciales) y personas que le han ayudado a ahondar en algunos de los episodios -su paso por el internado- o entender el acantilado psicológico y psiquiátrico a cuyo borde han estado en demasiadas ocasiones.

Un recorrido en el que lo personal queda hilvanado con la actualidad social y política de cada momento, permitiéndonos conocer cómo hemos evolucionado como país, pero también el daño extra que por ignorancia, insensibilidad o inconsciencia les hemos causado a muchas personas que bastante tenían ya con las heridas físicas provocadas por los cascotes y el vacío psicológico generado por el asesinato sin piedad de los suyos.

Reconozco que inicié la lectura pensando que me iba a encontrar una investigación periodística sin más, pero fui cambiando de idea a medida que ahondaba en la cuidada exposición de hechos y puntos de vista que Pepa Bueno ha construido y me calaba el tono amable, la intención reparadora y el reconocimiento moral con que lo ha hecho. Me ha emocionado, tanto interior como exteriormente, y creo que no puede haber un logro más grande para un escritor o un informador que ese, así como un bálsamo mejor para José Mari y Víctor.  

Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA, Pepa Bueno, 2021, Editorial Planeta.

El Cristo de Velázquez

La sala 014 del Museo del Prado alberga una de las experiencias más intensas del Barroco. El cuerpo del hijo de Dios, arrasado por las canalladas de la especie humana, en sus momentos previos a concluir su etapa terrenal para definitivamente transitar hacia el ser divino que es. El paso del dolor carnal, de lo que nos lastra y ancla, a la belleza absoluta que nos libera de toda carga, remordimiento y culpa.

Una vez que sabes dónde está, hay un imán que te dirige a él. Tras entrar a la pinacoteca por la puerta de los Jerónimos y subir las escaleras que te conducen a la primera planta lo suyo es girar a la izquierda para dirigirte a la galería central y ver a Carlos V a caballo, pero es inevitable, mis pasos me llevan siempre hacia la derecha para situarme ante esta imagen que me llama, me atrae, me absorbe y me eleva. Qué impresionante tenía que ser verlo allá por 1632 en su lugar original en el Convento de San Plácido, sin los focos que ahora nos lo revelan, solo con la vibrante llama de las velas o la tenuidad que se filtrara desde el exterior.

Comenzar a observarlo desde abajo, fijando los ojos en la sangre que resbala desde esos dos pies que, a pesar del daño infringido, parecen pisar con serenidad y sosiego la madera sobre la que están colocados. Continuar por sus piernas esbeltas hasta el abrazo delicado de la tela que le cubre previniendo el pudor de sus observadores y la proyección de sus pecados. Encontrarse nuevamente con el sufrimiento de la carne en su costado izquierdo, en un pecho que demuestra firmeza y templanza a pesar de no respirar ya. Y culminar en su rostro y a pesar de sus ojos cerrados, sentir que él está vivo y yo desnudo, débil y vulnerable, que él es más y mejor, que es fin y principio, que lo es todo. Y que por eso mismo es esencia, sencillez e infinitud.

Es fuente de luz, de una energía que transforma la barbarie en confianza y la pesadumbre en esperanza. El halo que emana y que reverbera siendo observado por cuantos le contemplamos con asombro, admiración y devoción es la muestra visible, la constatación que acalla nuestra desconfianza exigente de pruebas de que estamos ante la evidencia de Dios, de un más allá en el que reina la igualdad, la empatía y la paz. Un cariño que te acoge con sus brazos abiertos, obligados a sufrir por los clavos que los sostienen abiertos, pero a la par dispuestos a acoger y recoger, a rodear a quien esté dispuesto a entregarse con humildad, generosidad y reciprocidad.  

Hasta hace un momento eras creyente o no, y una vez que te des la vuelta seguirás siéndolo o no. Pero en este preciso instante no tienes duda alguna, estás ante Jesús el Nazareno, rey de los judíos, tal y como reza en hebreo, griego y latín la inscripción que preside su crucifixión. Y tras él, la oscuridad de una pared que si te fijas bien resulta ser una atmósfera que te envuelve junto a él, en un aquí y ahora en el que han desaparecido la noción y las coordenadas del tiempo y el espacio. Las sensaciones físicas trascendidas por la inmensidad de la espiritualidad. La comunión total, la simbiosis, de él conmigo y yo con él, sintiendo que lo que estoy viviendo ahora mismo es un summum solo superable por la tan ansiada, desconocida e inverosímil eternidad celestial que, supongo, viene a continuación.

Cristo crucificado, Diego Velázquez, hacia 1632, Museo del Prado (Madrid).

“Un hombre con suerte” de Arthur Miller

Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

Nacido en 1915 en Nueva York, Arthur Miller vivió los estragos que la Gran Depresión que siguió al crack del 29 causó en su país, acontecimiento que dejó en su pensamiento y sentir las huellas de la injusticia y la desigualdad. Coordenadas sobre las que investigó y en las que se implicó diseccionando cuanto podía haber en ellas de inevitable y destino, así como de intervención y decisión humana. Con el tiempo se centraría más en lo segundo, pero en esta obra de juventud ofrece una visión más descriptiva que analítica del asunto. Menos comprometida ética e ideológicamente, aunque sí se atreve a poner en duda la esencia del sueño americano, esa verdad en la si te ocurre algo bueno es porque te lo mereces.

Una máxima a la que David Beeves se enfrentará una y otra vez, viendo como su vida es una continua progresión de dificultades superadas y logros conseguidos mientras que la de los que le rodean es un siempre frágil equilibrio entre las pérdidas y las ganancias. Lo que comienza siendo azar y deriva en suerte, convertida en tónica y rutina, constituye para el protagonista de Miller un conflicto moral sobre la justicia y la igualdad. Asunto frente al que uno de sus interlocutores le plantea la cuestión del empoderamiento y la responsabilidad, el liderazgo de uno mismo y la ambición por ser cada día mejor, alcanzar cotas más altas y resolver retos aún más complejos.

Este le explicita, incluso, las diferencias que en este sentido ve entre lo que le ofrece la América a la que ha llegado y la Austria que dejó atrás. Teniendo en cuenta la fecha de estreno de esta obra -tiempos convulsos que quizás influyeran en que solo se representara cuatro días en Broadway-, es inevitable ver en ello, más que una crítica a los principios del cristianismo, una opinión del propio Miller sobre la II Guerra Mundial y la atmósfera social que en los años previos permitió, jaleó incluso, el auge del nacionalsocialismo.  Un tema político que combina con otros y que acabarían por convertirse en hilos conductores de su producción dramática.

Así, la diferente educación que han recibido David y Amos, y el comportamiento de su padre respecto a ellos, volverá a aparecer en obras como Todos eran mis hijos (1947) y El precio (1968). El ímpetu juvenil del protagonista y su deseo por proyectarse estable y firme en el futuro, más aún al casarse y desear tener hijos, contrasta con la vista atrás que sería Después de la caída (1964). Preocupaciones hondas que en esta obra -que primero fue una novela que nunca llegó a publicar- cumplen su función de generar un mapa de inquietudes y expectativas contrastadas con las historias e intervenciones de los secundarios.

El resultado es un trazado, con sus momentos cómicos y sus pasajes dramáticos, de costumbrismo –el deseo de formar una familia, triunfar como deportista o emprender un negocio- en el que las interrogantes existenciales se responden resuelta y convincentemente con afirmaciones mundanas. Tenía 25 años y Arthur Miller ya daba muestras de su buen hacer como dramaturgo.

Un hombre con suerte, Arthur Miller, 1940, Penguin Books.

“Drácula” de Bram Stoker

Novela de terror, romántica, de aventuras, acción e intriga sin descanso. Perfectamente estructurada a partir de entradas de diarios y cartas, redactadas por varios de sus personajes, con los que ofrece un relato de lo más imaginativo sobre la lucha del bien contra el mal. El inicio de un mito que sigue funcionando y a cuya novela creadora la pátina del tiempo la hace aún más extraordinaria.

Si a cada uno de nosotros nos preguntaran desde cuándo conocemos a Drácula, lo más probable es que coincidiéramos en la respuesta, desde siempre. El personaje ha tomado vida propia y forma parte del imaginario popular, pero todos sabemos que nace de las páginas de la novela publicada por Bram Stoker en 1897 en un trabajo literario con una imaginación desbordante por los múltiples niveles de relato y lectura que contiene.

Hay en ella algo de cuaderno de viajes con el recorrido inicial que el joven Jonathan Harker realiza por Europa Central hasta llegar al castillo de su cliente y anfitrión en Transilvania. También hay romanticismo con la exposición de sentimientos amorosos entre este profesional inmobiliario y su prometida, Mina, con confesiones y declaraciones de lo más entregado y devoto. Costumbrismo incluso, en el reflejo de la amistad de esta con su amiga Lucy Westenra. Hay, además, mucha intriga en la investigación que realiza el profesor Van Helsing -el único protagonista que no participa de la redacción de la novela- hasta dar con la forma de su enemigo, descubrir su manera de actuar y dilucidar la manera de combatirlo. Y, por supuesto, acción a raudales en Londres y en la vuelta al interior del viejo continente una vez que se desata el combate final en la guerra entre el bien y el mal.

Pero lo que le da sentido a todo ello es el terror, el horror, la encarnación tan fantástica que toma lo infernal con esa nueva clase de personas entre los vivos y los muertos que son los no-muertos, con sus peculiares características físicas, sus extraños procederes y sus macabros hábitos. Ahí es donde la imaginación de Bram Stoker dio de lleno -fuera original, fuera tomando ideas de relatos anteriores a él- creando unos seres que fascinan por lo que tienen de seductores (sensuales y sexuales) y que asombran (por su ejercicio del poder en el juego de la dominación/sumisión) y aterran a partes iguales (relacionarse con ellos implica poner en riesgo la vida).

Un material al que su autor dio una forma literaria extraordinaria, haciendo que sus personajes se presentaran, identificaran y mostraran su evolución a partir de sus propias palabras. Él no ejerce como narrador, sino que deja este papel en manos de la pareja protagonista, Jonathan y Mina Harker, y del doctor John Seward, aunque no sean los únicos a los que recurre (también hay noticias extraídas de periódicos locales). A través de sus testimonios, recogidos principalmente en sus diarios, aunque también en sus cartas, conocemos no solo lo que les sucede y cómo lo viven, sino las visiones complementarias que tienen de los acontecimientos tan extraordinarios en los que se ven involucrados.

Todo ello provoca desde la primera página una atmósfera de angustia que no cesa en ningún momento, haciendo que Drácula se convierta no solo en una lectura, sino en una experiencia que apela a partes iguales a la razón y a la fe, a la mente y al latido del corazón, así como a nuestra capacidad para ir más allá de los límites de lo conocido (algo muy en boga a finales del s. XIX) y entregarnos completamente a ello.

Drácula, Bram Stoker, 1897, Austral Ediciones.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt

Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

Este volumen no existió como tal en vida de Arendt, nunca llegó a completarlo, pero lo que dejó redactado nos sirve para reflexionar sobre el punto de vista que aplicó en su mirada hacia el pasado, chequear qué ha sucedido en las décadas transcurridas desde entonces y cuánto de su planteamiento sigue vigente hoy en día. Tarea nada sencilla, que exige de una mente clarividente y cultivada, con un acervo intelectual y académico tan ingente como el suyo, pero de la que se pueden extraer y destilar ideas, conceptos y planteamientos que, de ser trabajados y aplicados en el debate diario, seguro que harían mejorar el nivel, las propuestas y los logros de muchos de los políticos actuales.

En primer lugar, y como punto de partida, señalar su distinción entre filosofía y política. Hannah considera la primera como un ejercicio individual e introspectivo, resultado de la reflexión sobre la relación que tiene uno mismo con todo aquello con lo que convive. La segunda, en cambio, trata sobre lo que existe entre los hombres. Solo es posible cuando hay interacción, un movimiento que más que suma es, sobre todo, acción y confrontación de puntos de vista, opiniones y criterios diferentes. Una participación que requiere contar con unas normas -leyes- que marquen los límites y que hagan que dicho dinamismo sea enriquecedor y no germen de imposición, con todas las derivadas que esta conlleva.

Y como no podía ser de otra manera, interrogarse sobre la política exige retrotraernos hasta la cultura helenística y el concepto de la polis ateniense, en la que la dedicación a este asunto estaba restringido a los hombres libres -necesitados para ello de esclavos que se encargaran de sus otras tareas- y a los límites físicos de sus fronteras. Fuera de estas, la política no se basaba en el encuentro y el debate, sino en conflictos violentos con los que defender el status quo propio ante la amenaza de la imposición de los otros. Aunque también es cierto que la violencia podía tener lugar dentro de su territorio si alguien se hacía con el poder y el control de los suyos de forma tiránica.

Estas dos dimensiones, la de cuántos de los nacidos le dan forma a la política y hasta dónde llega su influencia, han determinado su devenir a lo largo de la historia y la geografía de nuestras civilizaciones, culturas y sociedades. En ese mirar hacia atrás, Arendt hace hincapié en la elaboración del relato utilizando ejemplos como la narración de la Guerra de Troya por Homero, pasa por el imperio romano, el cristianismo y las revoluciones americana y francesa del s.XVIII hasta llegar a la primera mitad del s. XX.

Aunque el uso de la violencia haya sido algo siempre cruel, la II Guerra Mundial supuso su abandono como medio extremo de la política para, valiéndose de los logros de la ciencia y el desarrollo industrial, convertirse en un fin en sí mismo con el que conseguir la aniquilación física y cultural del otro. Su exterminación tenía como fin destruir una parte del mundo y, por tanto, del conjunto y equilibrio de la humanidad. Esto supuso que la violencia dejara de ser una deriva de la política, para resultar anterior y base de esta, con el riesgo que esto conllevaba para el hipotético futuro orden mundial.

Una escalada que en el momento de la escritura de este proyecto seguía en punto álgido con la Guerra Fría en Europa, las guerras por la independencia de muchas de las grandes colonias europeas en África y Asía, así como el inicio del conflicto árabe-israelí tras la fundación de este Estado en 1948. Asuntos en el origen de la actual configuración global y que nos llevan a interrogarnos sobre el rol que la política y la violencia han jugado tanto en ellos como en otros muchos desde entonces, y a pensar qué propondría la después autora de Eichmann en Jerusalem (1963) para ser capaces de renunciar por siempre a la violencia y la destrucción y optar por resolver los conflictos por la vía de la diplomacia, el diálogo y la negociación.  

¿Qué es la política?, Hannah Arendt, 1956-1959 (editado en 1997), Editorial Paidós.

Teatro denuncia

Coinciden en la cartelera teatral madrileña dos obras que exponen cuestiones de las que somos tan elegidamente ignorantes como bravuconamente charlatanes. De un lado la deriva belicista del neoliberalismo en sus ansias por el poder, el dominio y la sumisión que retrata Shock 2 (La tormenta y la guerra). Del otro, la cotidianidad de las muchas expresiones de la violencia de género que disecciona Sucia.

Una de las posibles misiones del teatro es confrontarnos con nosotros mismos, situarnos frente al espejo de quiénes y cómo somos. Habrá quien rehúya del reto tomándoselo como un juego a la manera de Alicia, pero también quién por valentía, porque está dispuesto a asumir el riesgo de reconocerse, o porque cae cautivo del truco dramatúrgico, se vea involucrado en un tablero que hace evidente todo aquello que fuera de la sala está en un aparente segundo plano tras la urgencia y la necesidad de los múltiples compromisos y exigencias personales, sociales y laborales con que estructuramos, completamos y saturamos nuestras vidas.

Ya he escrito desde un punto de vista teatral sobre La tormenta y la guerra y Sucia, pero sigo pensando en su mensaje y en que, a pesar de sus muchas diferencias, ambos títulos conforman una superposición de coordenadas imposibles de ignorar. Podemos excusarnos de Shock 2 diciendo que lo que Andrés Lima cuenta en ella nos es ajeno, que las decisiones de la política están tomadas en niveles a los que no tenemos acceso. Falso, cada vez que votamos elegimos el nombre y apellidos de quienes después toman decisiones como invadir un país, recortar la inversión pública en sanidad o educación -fomentando el clasismo y la ignorancia (con todo lo que ambas conllevan: xenofobia, homofobia…)-, o convertir cárceles en centros de tortura.

Tras ello, una visión donde lo que prima es la economía, la ley de la oferta y la demanda, los futuribles y en la que ganar más hoy obliga a ganar aún más mañana. Está claro que las cuentas tienen que salir, que lo que valen son los números positivos, que las cifras en rojo son el desastre, pero si para lograrlo es a costa de la vida, la integridad y el bienestar de muchos y de nuestro entorno, del planeta en el que vivimos, la fórmula está mal diseñada. Quizás lo que falle sea su propia concepción, el dar primacía a lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Y cambiar el orden de prioridades no implica hacer un factor menos importante de lo que es, sino situarlo en el lugar complementario, y no superior, que le corresponde frente a otros.

Cuando introducimos la papeleta en la urna el día de las elecciones debemos tener en cuenta no sólo a quién queremos que nos gobierne o a qué partido o candidato castigamos, sino las consecuencias que esto tendrá. Precio que no exime a las posibles alternativas de ofrecer propuestas acordes al momento presente. No trabajar por ello, tenerse a sí mismos como prioridad bajo el camuflaje de estrategias de imagen y marketing políticos, te lleva a la tentación de pensar si de verdad son diferentes o si son la otra cara de la moneda indivisible, inseparable y bipolar que ambos conforman. Es señal de megalomanía y nos pone a los ciudadanos en la más triste y desesperada de las diatribas, elegir entre ser vilipendiados o ignorados y, por tanto, también agraviados, menospreciados y manipulados.

Ahora bien, la política no es algo que delegamos, entregamos o abandonamos en manos de los que democráticamente nos representan. Todos y cada uno de nosotros somos seres políticos, tenemos principios que determinan cómo actuamos y nos relacionamos, cómo tratamos a los demás y el modelo de sociedad en que vivimos o en la que podemos llegar a hacerlo. En el tan manoseado concepto de la responsabilidad individual está el que sepamos ejercer nuestra libertad, algo que pasa, sin duda alguna, por el diálogo, la empatía, la consideración y el respeto al otro. Sucia nos demuestra que hay terrenos en los que estamos muy alejados de esto.

¿Por qué una mujer que denuncia haber sido violada, agredida, abusada, tiene no solo que explicarse hasta la extenuación, sino que justificarse y hasta defenderse? ¿Por qué en multitud de ocasiones se la pone en tela de juicio sin más? ¿Qué extraños mecanismos antropológicos, sociológicos o culturales desatan esta tesitura? Lo interesante de la propuesta autobiográfica de Bàrbara Mestanza es que apela no solo a los principios de sus espectadores, sino a sus propias experiencias.

Las encuestas, los estudios y las investigaciones nos dicen que la teoría sobre lo que es justo y está bien en este asunto tan delicado está más o menos generalizado, pero la respuesta interior, la sentida y la que nace de las emociones que nos mueven, y en consecuencia, hacen girar al mundo, está en otras preguntas y ahí es donde Sucia da en el clavo. Interrogantes que responder en primera persona y mirando a los ojos, desde la sinceridad del estómago y la honestidad del corazón y menos desde la retaguardia de la razón cerebral. ¿Han abusado de ti alguna vez? ¿Por qué crees que actuaste de la manera en que lo hiciste? ¿Has abusado tú? ¿Qué te llevó a ello? ¿Conoces a alguien que fuera abusado/a? ¿Cómo respondiste? ¿Conoces a alguien que haya abusado? ¿Cuál fue tu reacción al enterarte?

Que la cultura es segura en términos pandémicos es una realidad que ha quedado demostrada en los últimos meses. Que es un arma influyente, crítica y revolucionaria, que incita a la reflexión, al movimiento y a la acción es algo que saben muchos. Que supone una amenaza para el status quo de muchos queda claro por su actitud -personal, política y partidista- ante un sector, actividad y demostración humana que tiene entre otros fines, el de señalar las contradicciones, incoherencias e injusticias que todos y cada uno de nosotros cometemos en todo, muchos o algún momento sobre los que nos rodean.

Shock 2 (La tormenta y la guerra), Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid) y Sucia, Teatro de la Abadía (Madrid).