“Mi dueño y mi señor” de François-Henri Désérable

Literatura que juega a la metaliteratura con sus personajes y tramas en una narración que se mira en el espejo de la historia de las letras francesas. Escritura moderna y hábil, continuadora y consecuencia de la tradición a la par que juega con acierto e ingenio con la libertad formal y la ligereza con que se considera a sí misma. Lectura sugerente con la que descubrir y conocer, y también dejarse atrapar y sorprender.

Hay muchas formas de amor: el maternofilial, el fraternal, el amistoso, el de pareja… Las señales para comprobar su existencia son múltiples, como la comunicación, la complicidad y la comprensión entre los afectados. Pero también es cierto que, cuando no está bien cimentado y vehiculado, cuando no se llega a él de una manera libre, autónoma y equilibrada, el amor perjudica seriamente la salud. Podemos encontrar múltiples ejemplos de ello a nuestro alrededor y a lo largo de la historia, como la relación que mantuvieron Verlaine y Rimbaud, poetas francesas, que devino en tragedia armada el nueve de julio de 1873. Suceso pasional, momento lírico y anécdota humana a partir de la cual Désérable construye un relato que aúna su conocimiento de los nombres y evolución de la literatura francesa y su dominio de las técnicas y métricas de la construcción poética, con su sagaz análisis de la conducta humana y su muy peculiar y ácido sentido del humor.

Mi dueño y mi señor está articulado en torno a dos planos, el temporal y el de la percepción. En el primero complementa el presente, en el que un juez toma declaración a un testigo de un tiroteo, con el pasado que va conociendo a medida que su interrogado le cuenta cómo derivó en semejante suceso la relación de dos de sus mejores amigos, Tina y Vasco. Y en el segundo aúna realidad, imaginación y versos. La versión de quien fuera confesor de ambos conformada por lo que vivió y escuchó de primera mano, lo que le confiaron y lo que supone de los instantes en que ni estuvo ni le contaron. Súmese a ello lo que se deduce de lo manuscrito por Vasco en el cuaderno que la autoridad judicial tiene en su mesa y que le sirve para articular la cronología relacional y emocional, psicológica y psiquiátrica, de su objeto de investigación.

El Gran Premio de la Academia Francesa de 2021 podía haber escrito una novela académica y erudita, revela estar más que de sobra habilitado para ello. Pero ha optado por algo más atrevido y es dar forma a una historia que, sin alejarse de lo supuestamente íntimo y mágico del amor, se toma a guasa su relato y vulgariza su materialización. Se sirve para ello del universo de las letras, amalgamando los interiores del funcionamiento de la Biblioteca Nacional de su país y lo expresado en sus poesías y narraciones por autores como Apollinaire y Stendhal, con hasta donde pueden llevar la obsesión, el misticismo y la identificación con ficciones en las que nunca está claro donde acaba la verdad, sigue la recreación y continúa la ilusión.  

François-Henri es, además, capaz de darle a su drama y comedia una dimensión de thriller con giros argumentales, angustias y excesos físicos y psicológicos, erotismo y existencialismo, pero sin caer nunca en el desborde de la gratuidad y la vacuidad. Y suena fresco y ágil, divertido y recurrente, por sus frases cortas evocadoras de la escritura teatral y la digital, así como los párrafos en que aúna prosa y diálogos de uno o varios personajes. Así, y de la misma manera que su título evoca y sintetiza lo que amalgaman sus páginas, Mi dueño y mi señor significa también lo que esta novela acaba suponiendo para su lector.

Mi dueño y mi señor, François-Henri Désérable, 2021 (2022 en español), Editorial Cabaret Voltaire.

Tan «Close» que duele

El gran premio del jurado de la última edición del Festival de Cannes se clava en el corazón de sus espectadores con la mirada limpia, el sentir inocente y la conciencia pura de sus protagonistas adolescentes. Una historia que expone con sinceridad, empatía y sensibilidad lo bonito y hermoso que es relacionarse y el poder e influencia que ejercemos sobre los demás, pero también los deberes y riesgos, las consecuencias y aprendizajes que esa vivencia conlleva.

Mientras el niño aprende en qué consiste el mundo sin tener herramientas ni conocimiento previo que le sitúe o ayude, el reto del adolescente es aún mayor, se ha de construir su propio sitio en ese mundo, en su evolución hacia la adultez, lidiando con influencias, compañías, referencias y comentarios no siempre positivos. Los juicios y las sentencias llegan en demasiadas ocasiones sin saber siquiera qué se está tratando y si tienen, siquiera, algo que ver con uno mismo. Eso es lo que les sucede a Leó y Remi cuando comienzan el bachillerato y sus compañeros comentan y les preguntan con curiosidad y sorna sin son pareja, de manera abrupta e invasiva si son homosexuales y, por tanto, acusados de ser más mujeres que hombres.

Surge así una pausa que interroga la génesis y el sentido de lo que hasta entonces había sido amistad espontánea y complicidad natural, vinculación sincera y cariño auténtico libre de injerencias. Sin embargo, tal y como expone Lukas Dhont, la influencia del círculo más inmediato, la invisible y atmosférica fuerza del grupo vence a quien simulaba más entereza y hace resiliente a quien parecía más débil. Mas nada es eterno ni absoluto, la fragilidad es condición intrínseca a la naturaleza humana y se puede revelar tan repentina como sorpresivamente.

Lo más hermoso y seductor de la mirada de Dhont es que se centra, como ya lo hiciera en Girl (2018), con verdadera honestidad, en las emociones de sus protagonistas. En cómo las manifiestan primero y cómo las procesan después. En cómo reaccionan como resultado de esa afectación, cómo les influye en su relación con los demás y cómo procesan posteriormente las consecuencias que conlleva ese complejo proceso. En definitiva, en cómo toman conciencia de sí mismos y de su poder, influencia y deber con los demás.

Un guión preciso, minucioso y conciso y una sostenida progresión narrativa que no pierden el foco en cuestiones secundarias como analizar la actuación del alrededor, en explicar su conducta ni el propósito de sus exigencias. Está ahí, ya lo sabemos y lo conocemos, somos parte de él y también lo hemos sufrido. Ese es un de los logros y claves de Close, hace que nos identifiquemos y proyectemos tanto con Léo y Remi, como con sus compañeros de clase.

A su vez, muestra a sus personajes tal y como reclama que merecen, sin etiquetarles ni extraer conclusiones simplificadoras que, aunque pudieran ser acertadas en primera instancia, nunca revelarían lo que éstas ocultarían. Mas aun cuando trata sobre dos muchachos de trece años. Le deja estar y ser. Les concede aquello que es suyo y a lo que tienen derecho, construirse y conocerse en lugar de ser determinados por la vaguedad moral, la irresponsabilidad social y el reduccionismo intelectual de quienes no son capaces de comprender qué supone la diversidad y la empatía, la convivencia y el respeto.

Pero la mirada de Close no es pesimista ni apesadumbrada, en su dolor hay un resquicio de esperanza en la manera delicada y sensible en que algunos adultos, desde la consolidación de su madurez y la aceptación de su debilidad, plantean preguntas y esperan pacientemente que lleguen las respuestas. Algo que sucede a través de la limpia mirada, la poderosa presencia, la brillante gestualidad y la expresividad tonal de los jóvenes Eden Dambrine y Gustav De Waele, apoyados en segundo plano por las sólidas y maternales Émilie Dequenne y Léa Drucke.

«El banquete»: menú copioso y bien servido

Volvemos a los clásicos una y otra vez buscando principios, respuestas y guías que nos conduzcan en la incertidumbre del presente y la oscuridad del futuro. A pesar del paso del tiempo, sus palabras no solo nos sirven y tranquilizan, sino que nos inspiran y motivan. La Ferviente es ejemplo de ambos efectos con su deconstrucción de esta obra de Platón sobre el amor, el recuerdo y la perdurabilidad.

Decía San Juan que en el principio de todo existía el verbo. Tenía razón, más aún si se materializa de alguna manera. Durante muchos siglos -recuerdo El infinito en un junco de Irene Vallejo- fue el único medio con que nuestros ancestros pudieron transmitir sus dudas y certezas a los que les continuaban en la labor de vivir sobre la faz de la tierra. De no ser por aquellas tablas, papiros e inscripciones no hubiéramos sabido de la existencia, andanzas y pensamientos de personalidades como Platón, helénico ilustre que vivió en el siglo IV a.C. y que entre sus escritos nos dejó El banquete, obra en la que los comensales disertan acerca del amor y sus múltiples formas y grados, así como sobre su vivencia y sus consecuencias.

Tony Galán ha recogido aquella narración dialogada y la ha convertido en algo que tiene mucho mérito. Conserva la esencia indagadora de la filosofía, plantear preguntas sin tener porqué ofrecer respuestas concretas, y le da un estilo acorde a lo que se espera de una dramaturgia actual. Entretiene y sorprende, inquieta y sugiere. Una propuesta sobre la que Adrián Pulido ha trabajado un montaje que busca y consigue la implicación y participación de su espectador, yendo más allá de la cuarta pared, hasta provocarle intelectual y emocionalmente. Primero le hace disfrutar. Después le descoloca y le interroga. Finalmente le hace proyectarse en lo que está ocurriendo para situarse y posicionarse dentro de sí.

Lo que comienza como una chanza festiva y un jolgorio desenfadado con trazos de performance, absurdo y bacanal, insinuando gula y lujuria, hedonismo y sensualidad, evoluciona progresivamente hacia una dialéctica sobre la presencia y las relaciones, los vínculos y sus motivaciones, las interacciones que nos fijan, reconocen y perpetúan. Un camino que se apoya en el envoltorio golpe de efecto que suponen la escenografía y el vestuario diseñado por Pablo Chaves y la iluminación de Álvaro Guisado y que continúa con el progresivo despliegue interpretativo de sus seis actores y sus continuas entradas y salidas del escenario que atrapan en su propósito a los que les observan desde la platea.

Platón y su banquete están siempre ahí, pero lo que sus personajes conversan y discuten, proponen y conjeturan en la pequeña sala de exlímite transmite atemporalidad y universalidad, no se ve afectado por los siglos y la distancia geográfica entre ellos y nosotros. Ahí es donde Carmen Adrados, Tony Galán, Reyes García, Eneko Larrazabal, Leyre Morlán y Carolina Neka se funden, unen y coreografían con la puesta en escena, convirtiendo esa mesa y a sus invitados en un micro mundo de símbolos, metáforas y alegorías en la que se referencia a Lorca y a Leonardo da Vinci, se juega a lo coqueto y a lo macarra, pero sin perder el foco de lo serio y lo trascendente, lo esencial y lo nuclear de lo que nos hace seres humanos y sociales. Conscientes de la enormidad de nuestro presente, a la par que del carácter anecdótico de nuestra muy particular y singular historia personal.  

El banquete, en exlímite (Madrid).

Mirada sensible y honesta sobre «La maternal»

Tras su buen hacer con “Las niñas”, Pilar Palomero suma ahora el de esta cinta en la que sigue fijándose en aquellos a quienes no escuchamos ni consideramos como debiéramos. Los que quedan fuera del sistema por su edad, su falta de recursos y su comportamiento. Personas que merecen la sensibilidad y la seriedad, la escucha y la guía con que ella les muestra en esta ficción en la que deslumbra la mirada, el gesto y el verbo de su protagonista, Carla Quílez.  

De aquellos barros… Carla muestra desinhibidamente su interés por el sexo. No respeta los límites. A excepción de su mejor amigo, socializar no es lo suyo. Su madre está más pendiente de sí misma que de ella… Estos lodos. Una revisión médica descubre que está embarazada. No queda otra que ingresar en un centro para adolescentes a las que la maternidad les da la vuelta. Otro revolcón más de la vida, pero esta vez sin posibilidad de rehuir las consecuencias y seguir escapando hacia delante, sin rumbo y sin mayor pretensión que la de sobrevivir. La metamorfosis temporal de su cuerpo y el tener que hacerse cargo de un recién nacido después cae sobre ellas como un manto que lo tapa todo. Coordenadas transformadoras que abren nuestras ventanas y oportunidades, pero que también tensionan y frustran.  

Un drama, mas también una situación muy humana en la que impera el asombro y la sorpresa, el desconocimiento y la incapacidad, la superación y el agotamiento. Pilar Palomero se sitúa de este lado, escribiendo una historia que sigue a sus protagonistas en su vivencia de situaciones y emociones nunca antes experimentadas o imaginadas. En ningún momento les impone circunstancias o realidades con las que facilitar la progresión de su guión o su materialización audiovisual. Su máxima es la de la credibilidad, y lo consigue sin caer nunca en lo testimonial o lo confesional, la recreación o lo documental.

La mirada de Palomero destila integridad y su narración sensibilidad, respeto y compromiso con la verdad, la hondura y la complejidad de lo que sienten ese grupo de chavalas que por circunstancias diversas -pero coincidentes en la falta de protección, cuidado y guía de sus mayores- han confluido en ese centro en el que los asistentes sociales les apoyan, a la par que les acotan el terreno. Cada una de esas chicas nació mucho antes de aparecer en la pantalla y siguen existiendo tras finalizar la proyección. Son auténticas en su construcción, espontáneas en su expresión y frescas en su comportamiento.

A su vez, la dirección de Pilar conforma un cuadro que no elude el difícil encaje de las muchas aristas de su situación. El papel de los padres, a los que no excusa, pero tampoco culpa. El de una sociedad en la que prima lo inmediato y lo rápido, el aquí y ahora sin considerar, evaluar o prever las derivadas. Y el perímetro de un sistema incompleto e imperfecto, aunque con profesionales comprometidos y capaces. Dos horas en las que ni siquiera nos planteamos si estamos dentro porque desde el primer fotograma quedamos atrapados por la versatilidad de Carla Quílez, intérprete novel hábil en su misión de aunar el torrente emocional de su personaje con la agresividad de sus exabruptos y la coraza de su debilidad. Súmese a ella la confrontación, el espejo y el paralelismo que muestra Ángela Cervantes como su madre.

La maternal es una película válida y buena por sí misma, gana puntos si se tiene en el recuerdo Las niñas, la anterior película de su directora y guionista porque demuestra su capacidad para entrar con cuidado, detallismo y objetividad en universos muy particulares sin necesidad de repetirse. El tiempo nos dirá si el díptico que ahora surge evoluciona en tríptico o si serán otros los temas y asuntos a los que dará forma con su creatividad.

“El gobierno de las emociones” de Victoria Camps

Llevar una vida equilibrada exige una correcta combinación de razón y emoción. Formula diferente para cada persona según su nivel de autoconocimiento, el contexto y el propósito de cada momento. Aun así, tiene que haber un marco común que favorezca la comunicación personal y la convivencia social. Un contexto de conciencia y correcto ejercicio emocional que fomentar y mantener desde la educación, la justicia y la política.

Victoria Camps, catedrática emérita de la Universidad de Barcelona y ex Consejera Permanente del Consejo de Estado, comienza su reflexión señalando uno de los males de nuestro tiempo, pasamos de un extremo a otro para cambiarlo todo, pero seguimos reproduciendo los mismos errores. Una vez hemos comprobado que la fijación por los números, la proliferación de procedimientos y la atomización de referentes que ha conllevado nuestra evolución social y política, pero sobre todo económica con la eclosión del neoliberalismo en la década de los 80 del siglo XX, no proporcionan los resultados que esperábamos, llevamos años reclamando que las emociones sean las protagonistas, ensalzando el valor de la escucha, la empatía y la necesidad de expresarnos con libertad.

Sin embargo, de la misma manera que antes se nos olvidaba cuánto influyen en nuestras motivaciones y actuaciones la singularidad de nuestra historia personal, los principios de nuestro carácter y los valores de nuestro pensamiento, ahora parecemos obviar la necesidad de unos marcos que sí, nos limitan, pero que también sirven para que seamos respetados por los demás, a la par que favorecen la creación y la existencia de un espacio de encuentro, intercambio y crecimiento común.

A lo largo de este título, Premio Nacional de Ensayo 2012, su autora se realiza preguntas y plantea hipótesis -según señala, ese es el deber y propósito de la filosofía- sobre el papel que desempeñan en nuestra percepción y comprensión del mundo -tanto del más cercano y concreto como del más general o abstracto- emociones como el miedo, la vergüenza, la confianza o la autoestima siguiendo lo que escribieron al respecto nombres como Platón, Aristóteles, Spinoza, Kant, Hume o Adam Smith. Su intención, llegar al fondo de cuestiones como la de cómo conjugar el bien individual y el progreso común, extraer una aportación positiva de las sensaciones desagradables o hacer coincidir el conocimiento de lo que está bien con una actuación consecuentemente justa.  

Un proceso al que no ayudan tendencias de tiempos recientes como la exaltación de la individualidad, el recurso a la farmacología y técnicas como el coaching, cuando de mar de fondo arrastramos un cambio de los paradigmas que sentíamos nos organizaban, guiaban y unían. Hemos dejado atrás o diluido la creencia en la religión, la práctica de los lazos familiares, el sentido de pertenencia a una nación y la esperanza que nos proporcionaba el estado de bienestar, y nos encontramos con que seguimos teniendo muchas incertidumbres y han surgido otras nuevas de las que desconocemos tanto su origen como su posible solución.

Tras ello, nuestro desconocimiento sobre las emociones y nuestra incapacidad para gestionarlas correctamente, para servirnos de ellas de una manera constructiva y no vernos atrapados o enfrentados por ellas. Algo que pasa por considerarlas tanto desde la dirección política de nuestros gobiernos como desde el funcionamiento administrativo de las administraciones públicas, así como empapar de las mismas a la misión y visión del sistema educativo y del judicial. Esto no ha de anular la razón, ni las leyes y estructuras que se basan en ella, sino que la hará más efectiva al revelarnos cuál es la situación que da pie a que la formulemos en la manera en que lo hacemos, y los objetivos -tanto racionales como emocionales- que nos proponemos.

Han pasado más de diez años desde la publicación de El gobierno de las emociones y lo que Victoria Camps expone en sus páginas sigue hoy tan vigente como entonces, lo que revela no solo la certeza de su diagnóstico, sino la necesidad de tomar conciencia de que necesitamos tomarnos mucho más en serio las emociones y la gestión, tanto colectiva como individual, que hacemos de las mismas.

El gobierno de las emociones, Victoria Camps, 2011, Herder Editorial.

“As bestas” o la vecindad de la amenaza  

Thriller en el que la coacción y la incertidumbre, la paz y la soledad, crean una atmósfera apabullante en la que conviven y se enfrentan lo mejor y lo peor del ser humano. Un guión en el que la tensión de sus silencios y la parquedad de sus personajes son multiplicados por una dirección que los funde con los ritmos, las posibilidades y las paradojas de la naturaleza.

A Sorogoyen se le da bien la adrenalina, pero a diferencia de en Que Dios nos perdone (2016) o El reino (2018), en As Bestas no opta por un ritmo trepidante en el que los buenos se enfrentan abiertamente a los malos. En esta aldea del interior gallego están intrínsecamente unidos, sus raíces se hunden en la misma tierra, hasta el punto de que el devenir de unos está condicionado por las decisiones de los otros. Antoine y Olga se trasladaron hasta allí desde Francia para vivir de la agricultura ecológica y se negaron a que en su término municipal se levantara un parque eólico, impidiendo así que Xan y Lorenzo recibieran el dinero con el que contaban para escapar del lugar en el que han permanecido desde que nacieron. La frustración lleva al enfado, este a la rabia y de ahí al odio y la venganza. Si se combina con la visceralidad y la sangre fría, la irracionalidad no tiene límites, cada vez es más empecinada, sagaz y arrojada.

Así es como el guion escrito por Rodrigo e Isabel Peña torna casi en una película de terror sobre los límites de la conducta humana, hasta donde puede llegar el tesón de la resistencia y la hostilidad del resentimiento. Un clima agorafóbico, que lo inunda todo, pero en el que aun así percibimos claramente cuáles son los fundamentos de la conexión de cada personaje con el lugar en el que residen, así como las claves de los vínculos que los unen con quienes sienten cercanos. Impresiones en las que juegan un papel clave la extraordinaria fotografía de Alejandro de Pablo, la percusión de la partitura de Olivier Arson y un reparto en el que no hay actor o actriz que no ofrezca una interpretación excepcional.

Súmese a eso la polifonía castellano, gallego y francés, un trilinguismo que hace aún más auténtico el muestrario costumbrista, la exposición antropológica, el análisis sociológico y el examen psicológico al que asistimos. La capacidad de las personas para gestionar sus frustraciones y el contar con un acervo interior para desarrollar un proyecto vital se dan la mano y de bruces contra la oscuridad y el abandono de la España vaciada y la manipulación pornográfica del capitalismo. Y cuando parecía que As Bestas ya había desplegado todas sus cartas, gira de tal manera que renace a partir de sí misma para ofrecernos un muy acertado, preciso y bien construido reverso de cuanto habíamos conocido e intuido.

Al vibrante clima de expresionismo naturalista y físico en el que se había movido hasta entonces, le suma una sobria confrontación anímica y emocional con que completa, cierra y sella su recorrido sobre las potencialidades y las posibilidades, los aciertos y los errores, los devenires y las consecuencias de las determinaciones y las cotidianidades de cualquier hombre o mujer. Tensión, intriga y ansiedad. Aun así, calma, paz y sosiego. Peliculón.

“Todos pájaros” de Wajdi Mouawad

La historia, la memoria, la tradición y los afectos imbricados de tal manera que describen tanto la realidad de los seres humanos como el callejón sin salida de sus incapacidades. Una trama compleja, llena de pliegues y capas, pero fácil de comprender y que sosiega y abruma por la verosimilitud de sus correspondencias y metáforas. Una escritura inteligente, bella y poética, pero también dura y árida.

Chico y chica se encuentran en Nueva York. Se conocen. Se enamoran. Podrían ser felices y comer perdices aun siendo ella de origen árabe y él judío. A ellos les da igual. Pero no así a la familia de él. Levantan la voz y abren la caja de Pandora. El pasado encuentra la brecha por la que hacerse presente y a partir de ahí la grieta se va abriendo más y más hasta que el tiempo deja de ser una línea cronológica para convertirse en un torrente arrasador conformado por lo siempre callado, ocultado y negado. Por lo nunca contado, preguntado o explicado.

La finura con que Wadji Mouawad escribe convierte a cada personaje en una versión de esto mismo, pero están tan bien trazados y anclados en los acontecimientos de las últimas décadas de la Historia de la humanidad que, más que particularidades, podemos ver en ellos arquetipos de nuestra globalidad. De un lado, el conflicto y el terrorismo entre palestinos e israelíes, el Holocausto, el comunismo de la guerra fría y el consumismo y el individualismo del neoliberalismo occidental.

Sin embargo, no hay que quedarse ahí. Tras esta lectura, hay que realizar otra más profunda y difícil de concretar, la de la contraposición entre lo racional y lo programático del ser humano y el carácter anímico y espiritual de su manera de ser, pensar versus sentir, mirar hacia atrás frente a proyectarse hacia el futuro. Y entre ambas, su contradicción espiritual, considerarse siervo humilde, fiel y devoto de su Dios al tiempo que superior, juez y castigador de quien profesa otra fe. Como curiosidad, el carácter histórico con que se inicia la trama y que subyace a toda ella, Al-Hassan ibn Muhammed al-Wazzan al-Fasi (1488-1554), es León el Africano, a quien Amin Maalouf le dedicara su primera novela en 1986.

Al igual que en otras obras suyas como Incendios (2003), Mouawad es ambicioso, no solo da saltos geográficos, temporales y situacionales, sino que también indaga en los distintos registros del comportamiento humano para acabar conformando una imagen múltiple y poliédrica de la realidad en la que conviven y se enfrentan los extremos. La belleza está unida al horror, la violencia a la vida y el amor al rechazo. Todo lleva dentro de sí la posibilidad de su opuesto y su reverso, y nadie está libre de que su perspectiva sobre la vida, las relaciones y la existencia de semejante vuelco.

Una complejidad que transmite con un lenguaje diáfano y unos diálogos siempre acertados en su forma y precisos en su expresividad. Atraen, agradan, atrapan y encandilan de la misma manera que alteran, enervan, agreden y hieren tanto a sus receptores directos como a quienes son testigos de ellos. Espectadores y lectores privilegiados a los que Mouawad nos implica en su propuesta, dándonos más información de la aparentemente necesaria, pero como pronto se revela, no con ánimo acomodaticio, sino para situarnos sin posibilidad de huida en la diatriba psicológica, ideológica y moral que realmente pretende.

Todos los pájaros es un tesoro como dramaturgia, una oportunidad de demostrar cuán bueno se es dirigiendo o actuando, pero también, por ello mismo, exigente con quien asuma la misión de materializarlo y representarlo sobre un escenario.  Ojalá estar pronto en un patio de butacas viéndolos volar.

Todos los pájaros, Wajdi Mouawad, 2018 (2020 en español), Ediciones La Uña Rota.

“Todo va a mejorar” de Almudena Grandes

Novela que nos permite conocer el proceso de creación de su autora al llegarnos una versión inconclusa de la misma. Narración con la que nos ofrece un registro diferente de sí misma, supone el futuro en lugar de reflejar el presente o descubrir el pasado. Argumento con el que expone su visión de los riesgos que corre nuestra sociedad y las consecuencias que esto supondría tanto para nuestros derechos como para nuestro modelo de convivencia.

Cuando en marzo de 2020 el presente tornó en distopía por causa del estallido de la pandemia de la COVID19, el futuro explotó. Si siempre está por concretar cuándo y cómo será, pero dentro de unos escenarios más o menos previsibles, estos quedaron superados por cuanto podíamos imaginar. Hubo quien recurrió a la literatura o al cine para elucubrar, pero Almudena Grandes (1960-2021) hizo algo más interesante y valioso, partir de la actualidad. Si a lo largo de toda su carrera, y tomando como base su vocación y formación como historiadora, había analizado el presente y el pasado en sus novelas (he ahí Los besos en el pan y los Episodios de una guerra interminable), cuentos (Estaciones de paso) y artículos (como los recopilados en La herida perpetua), en ese momento se fijó en el interlineado, los dobles sentidos y los enunciados que albergan más allá de los titulares determinados discursos políticos, económicos y sociales que dicen promover la libertad, la riqueza y el progreso mientras generan desigualdad, precariedad e injusticia.

A partir de lo que estaba sucediendo (estado de alarma, confinamiento e incertidumbre total sobre lo que ocurría y cómo resolverlo), y tomando como filtro su siempre claro posicionamiento ideológico, Almudena supuso qué deriva podía tomar la situación si esos actores, deseosos no de gobernar, sino de ostentar el poder única y exclusivamente en beneficio propio, se hacían con el control de las instituciones manipulando y mintiendo, apoyándose en el populismo y la corrupción.

Con esa premisa dibuja un escenario general, que implica a toda la sociedad española, y lo concreta en una serie de personajes con los que muestra cuál sería el resultado en términos de seguridad, censura mediática o falta de libertad de expresión y movimiento, y en ámbitos como la justicia, el comercio, el trabajo o el ocio. Un mapa narrativo tan amplio y completo, bien trazado y conectado, fundamentado y casi concluido como suele ser habitual en ella.

Y digo casi porque es sabido que el destino no le dejó escribir, pero sí bocetar en sus cuadernos, el último capítulo y haber revisado el conjunto resultante. Aun así, la lectura de Todo va a mejorar resulta consistente, entretenida y adictiva. Nos deja con la duda de si, de haber podido trabajarla tal y como esperaba hacerlo, hubiera permanecido como la buena novela que es o alcanzado la categoría de sobresaliente a la que nos tenía acostumbrados desde hace tanto tiempo. Duda que concreto en su construcción de la línea temporal, no siempre explicitada y que hace que las atmósferas emocionales oculten el ordenamiento cronológico que ella presuponía para el devenir de un país regido por los principios del Movimiento Ciudadano Soluciones Ya. La segunda interrogante es, y ya que el futuro no se puede documentar, si hubiera pulido todo lo referente a soluciones y elementos tecnológicos para ir más allá de una redacción, a este respecto, enfocada a solventar su funcionalidad argumental. 

Todo va a mejorar, Almudena Grandes, 2022, Tusquets Editores.

Cinco días en Lanzarote

Primera vez. Toma de contacto. Experiencia satisfactoria. Tranquilidad, paz y sosiego. Paisajes diferentes, lugares cuidados, entornos acogedores. Desconexión de todo y conexión con uno mismo. Naturaleza, César Manrique y Océano Atlántico. Vino blanco, queso y parrilladas de pescado. Motivos para volver.

Miércoles: El madrugón para coger un vuelo de madrugada recompensa viendo al sol levantarse sobre el agua salada. Veinte minutos de taxi hasta Costa Teguise. Check-in y desayunar nuevamente, esta vez en modo buffet entre ingleses, alemanes y gallegos. Las primeras tareas son las de intendencia, alquilar coche y comprar crema solar, y disfrutar de lo sencillo, pasear junto al Océano y tomar un café contemplando como los escultóricos quince metros de los Juguetes de Erjos, firmados por J. Abad en 1987, se alzan frente al Océano. Tarde de tumbona y piscina a veinticinco grados para recuperarse y vuelta al exterior de la burbuja hotelera. Llaman la atención los jardines, con su combinación de suelo negro y flora verde, grava y especies autóctonas; la geometría y los volúmenes, cual cubos, de las blancas viviendas unifamiliares, y su integración -vía cuidada iluminación y grandes ventanales- con el entorno.

Jueves: Despertar fresco. Da gusto salir a la terraza de la habitación y notar sobre la piel la brisa y los primeros rayos de un albor limpio y diáfano. Apenas unos kilómetros y nos colocamos en la casa del volcán que César Manrique se construyera en los años 60 en Tahíche, en el centro de la isla. Arquitectura y diseño, vivienda y museo, que incitan a la suposición y a la imaginación de cómo fue residir aquí, compartir espacio con su muy interesante propietario y ser testigo de su manera de ser, su creatividad y sus propuestas plásticas, escultóricas, arquitectónicas y activistas con las que promulgaba el respeto por el medio ambiente y la sostenibilidad de las intervenciones humanas en él. Rumbo hacia el norte, jardín de cactus en Guatiza. Hay turistas, pero en cantidad asumible, y aunque el lugar parece concebido para ellos, su diseño en varios niveles transmite su propuesta sensorial de convivencia armónica entre jardinería (más de 4.500 ejemplares de 500 especies de los cinco continentes) y paseantes. Nos volvemos a encontrar a muchos de ellos en los Jameos del Agua, capricho volcánico a partir del cual Manrique demostró su poderío visionando y materializando escenarios. Comida en La Casa de la Playa en Arrieta, a la vera del Atlántico, vino blanco local y una sabrosa parrillada de pescado. Cuarta y última visita del día, la Cueva de los Verdes, producto de la misma colada que los Jameos. Ruta de una hora por uno de sus siete kilómetros de galerías, en el que te sientes cual personaje de Julio Verne de camino al centro de la tierra. Después, llegada hasta el mirador de Guinate para contemplar el océano desde el lado oeste de la isla y, para acabar la jornada turística, Teguise. Si me dijeran que estoy en Sudamérica me lo creería. Interesante artesanía local a partir de cristal y vidrios reciclados. De vuelta al hotel observamos durante unos segundos el Monumento al Campesino, también firmado por Manrique. ¿La impresión? Quizás demasiado vanguardista.

Viernes: Esperaba algo sorprendente, pero no tanto. El Parque Nacional de Timanfaya, en el suroeste lanzaroteño, es ciencia ficción. El recorrido por parte del terreno que cubrió la lava durante seis años de erupciones (1730-1736) es en autobús. Aunque no bajas en ningún momento de él, la velocidad a la que avanza permite tomar conciencia de lo que allí ocurrió, las consecuencias que tuvo y el capricho natural en que derivó. Muy cerca de allí sí que se puede recorrer a pie el sendero que rodea el Volcán del Cuervo, su cráter y la elevación de piroclastos que acumuló tras él, para finalmente entrar en su interior, allí por donde surgió el magma. Veinte minutos de carretera y llegamos a El Golfo, más que un pueblo, una sucesión de restaurantes mirando al Atlántico. Paramos, por recomendación, en El Pescador. Zamburiñas, queso caliente con salsa de higos y aceite, parrillada de pescado (nos dicen que nunca es la misma, que varía en función de lo que haya en la lonja), bienmesabe como postre y vino local. Hambre resuelta y gula complacida, y en cinco minutos alcanzamos a pie el punto desde el que se ve el Charco Verde. Belleza total y recuerdo de la escena que Almodóvar rodara aquí de Los abrazos rotos. Para finalizar, panorámica de las salinas de Janubio, paisaje natural e industrial dominado por las líneas y las proporciones. El final del día es en el Vali, frente a la playa del Jabillo en Costa Teguise, degustando un cóctel sabroso, picante y refrescante a partes iguales.

Sábado: Toca relax combinado con la ley del mínimo esfuerzo, que nos lo den todo hecho. Ponemos rumbo al sur, a Playa Dorada en el término municipal de Playa Blanca, cuyas proximidades revelan que el boom y la crisis inmobiliaria también llegaron hasta aquí. Sol y arena, tumbona y sombrilla, horas mirando el perfil de las islas de Fuerteventura y Los Lobos en la lejanía y visitas al bar-chiringuito en busca de avituallamiento. En una de ellas conocemos el almogrote, paté de queso del que damos buena cuenta. Muy cerca, en el sureste de la isla, está la Punta del Papagayo, desde donde se ven varias playas (Mujeres, del Pozo, de la Cera) para volver en el futuro y sentir que la naturaleza -en su versión diáfana y árida, magnánima y silente- predomina sobre la humanidad. 

Domingo: Paseo matinal, viendo amanecer, hasta llegar a la ensenada de las Caletas y observar cómo confluyen la necesidad de la central térmica con las viviendas, prácticamente sobre el agua, de la punta de Lomo Gordo. Antiguas propiedades de pescadores y reconstrucciones de exterior pulcro y, supongo, interior antojadizo. Orzola es el municipio más septentrional de Lanzarote, nos acercamos a pasear por su reducido callejero y tomar nota de la frecuencia con que salen los ferris que cubren, en apenas quince minutos, el trayecto hasta la isla de La Graciosa. Pendiente queda, para la próxima visita, como la casa-museo de José Saramago en Tías o recorrer de arriba abajo los cinco kilómetros de la playa de Famara, con cuya vista casi nos extasiamos desde el mirador de El Bosquecillo. La última comida fue en Teguise, en el interior de la Casa Palacio del Marqués de Lanzarote, hoy convertida en el restaurante El Patio, construcción levantada originariamente en el siglo XV. Para el recuerdo queda una miscelánea de quesos y tapas locales ambientada con música en directo y decoración ecléctica con buen gusto. Antes de dirigirnos al aeropuerto, vagabundeo en sus cercanías desde la playa de Matagorda hasta la de la Concha, pasando por la de Honda, fantaseando con cómo tiene que ser vivir en un sitio tan, aparentemente, tranquilo, calmado y sosegado.

«Historias de mujeres» de Rosa Montero

Dieciséis semblanzas que aúnan datos biográficos y análisis del contexto combinando el reportaje periodístico y el ensayo breve. Vidas, personalidades y acontecimientos narrados de manera literaria, con intención de hacer cercanas y comprensibles a quienes fueron ninguneadas o simplificadas. Una inteligente reivindicación del derecho a la igualdad sin caer en mitificaciones ni dogmas.

Concebidos originalmente para ser publicados en el dominical de El País, Rosa Montero volvió a trabajar estos perfiles con el fin de editar este recopilatorio que llegó a las librerías por primera vez en 1995. Doce años después actualizaría nuevamente algunos de ellos para concluir la versión que he tenido la oportunidad de leer. Páginas con las que he descubierto a féminas que me eran desconocidas, ampliado conocimientos sobre otras y reflexionado sobre cómo se ha anulado a las mujeres a lo largo de la historia (complementando el recuerdo que tengo de Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ), o cómo se les permite formar parte de su discurso oficial solo si demuestran un exigente dechado de virtudes, entre las que está la sumisión al heteropatriarcado.

Frente a esto, Rosa reclama lo sensato y lo justo, el derecho a ser ellas mismas. Brillantes, inteligentes y cultivadas sin tener porqué ser necesariamente empáticas, amorosas o legales. Estas Historia de mujeres revelan a escritoras, como las hermanas Brontë, que tuvieron que hacerse pasar por hombres para ver publicadas sus obras. O peor aún, dejar que lo que ellas concebían fuera firmado por sus maridos, el caso de María Lejárraga, o abandonar incluso su impulso literario para ser sostén del de su esposo, tal y como hizo Zenobia Camprubí en favor de Juan Ramón Jiménez. Además de a escritoras, también dedica capítulos a pintoras (Frida Kahlo), escultoras (Camille Claudel), músicas (Alma Mahler), antropólogas (Margaret Mead) o políticas (Irene de Constantinopla).

Cuenta Montero en el prólogo que se documentó leyendo y contrastando, ampliando y complementando información a partir de autobiografías y biografías, ficciones y ensayos firmados por sus retratadas que revelan maneras de pensar y de ver el mundo, o creaciones de otros que las referencian. A partir de ello, hilvana narraciones en la que aúna episodios importantes, hitos significativos, anécdotas relevantes y detalles simbólicos que enmarca, en un corpus sólido y equilibrado, narrativo y explicativo a la par, en la cultura y la sociedad del tiempo y lugar en que vivieron. Desde el encorsetamiento del imperialismo victoriano a la cerrazón de la dictadura franquista, el experimentalismo emocional del romanticismo o las libertades y convulsiones del período de entreguerras.

El resultado son relatos amenos y entretenidos a la par que certeros en su intención de descubrirnos cómo esas mujeres albergaron mucho más de lo que creíamos y, sobre todo, como fueron autoras, creadoras, pensadoras o dirigentes con un acervo y un potencial mucho más profundo y rico del que suponíamos. Un ejercicio en el que se puede aventurar el germen que, en 2013, daría como resultado ese gran título que es La ridícula idea de no volver a verte, protagonizado tanto por la propia Rosa como por otra mujer, Marie Curie, que bien podría haber formado parte de este volumen.

Historias de mujeres, Rosa Montero, 2007, Editorial DeBolsillo.