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“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf

Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor. Un texto que destaca todo lo bueno que hemos conseguido a nivel global, pero advierte de las tendencias nacionalistas y totalitarias que nos lastran desde finales del pasado siglo.

El naufragio de las civilizaciones es un relato cronológico en el que Amin Maalouf relaciona fechas, lugares y personajes públicos, expone cómo sus intuiciones se transforman en hipótesis y estas en ideas que contrasta, confronta y complementa. Sin establecer causas fijas ni sentenciar consecuencias, pero dando forma a un argumentario sólido con el que explica cómo hemos pasado de un panorama geopolítico a principios de los 50 en el que parecíamos ir, sino hacia la cohesión colectiva, sí al menos hacia la convivencia tras la II Guerra Mundial, a un cúmulo de naciones y colectivos de toda índole -religiosa, social, política- enfrentados en una feroz y salvaje carrera por el control individual, el dominio ideológico y el poder económico.  

Su punto de partida es el origen egipcio de su familia materna y cómo lo perdieron todo con el cambio de monarquía a república en Egipto, como sistema de gobierno, en 1952. Un acontecimiento al que se sumaron las tensiones, luchas y presiones internas entre unos grupos y otros, tanto en cada uno de los nuevos estados árabes -antiguas colonias inglesas y francesas, hasta con un pasado otomano previo- como entre sí, y entre ellos con Israel (especialmente tras la Guerra de los Seis Días en 1967) que derivó en una exaltación identitaria ligada a la religión. Lo que habían sido territorios de creatividad, diálogo y convivencia entre distintas creencias y orígenes étnicos, mutaron en casos como su Líbano natal, en escenarios de combate que acabaron con toda posibilidad de desarrollar una vida plena.  

Un proceso al que se sumaron otros como la guerra fría entre EE.UU. y la URSS por la hegemonía mundial, ejecutado por ambos más a golpe de intervencionismo que de alianzas, pero en el caso de los soviéticos transformando los ideales del comunismo en una senda de decadencia moral, económica y social para los países en que ejercían su influencia. Pero si hay un año que Maalouf destaca especialmente en su análisis es el de 1979, denominándolo el de las revoluciones conservadoras, en el que las casualidades y las causalidades convergieron para hacer llegar al poder al Ayatolá Jomeini en Irán y a Margaret Thatcher en el Reino Unido, a quien seguiría meses después Ronald Reagan en EE.UU. La confrontación total con el mundo occidental y la exaltación radical del primero, y el desprestigio que hicieron los segundos del papel del Estado como garante de la igualdad de todos los ciudadanos en pro del individualismo y la competitividad económica, supuso el definitivo punto de inflexión que nos ha llevado hasta donde estamos hoy.

A partir de ahí, la historia de nuestras últimas décadas no va pasando de un capítulo a otro, sino que parece ir cuesta abajo, cogiendo velocidad y sin pulsar el pedal del freno, sirviéndose incluso de los espectaculares desarrollos tecnológicos, científicos y técnicos que hemos alcanzado. La caída del muro de Berlín, la desintegración de la URSS, el surgimiento del terrorismo islamista, los movimientos independentistas y populistas, el Brexit, el control de las redes de telecomunicaciones, el cambio climático, las aspiraciones de las nuevas grandes potencias (Rusia, China)… Amin no es pesimista, pero ve riesgos y advierte de que debemos hacer algo si no queremos que, aunque nuestro estilo de vida siga bajo coordenadas de modernidad y tecnificación, esté más ligado a sistemas en los que tengamos que protegernos de la represión institucional que en los que poder desarrollarnos libre y plenamente.

Amin Maalouf, El naufragio de las civilizaciones, 2019, Alianza Editorial.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

“Hasta siempre, hijo mío”

Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Desde las primeras secuencias Hasta siempre, hijo mío deja claro que su propuesta no es solo narrativa, sino también emocional. No solo te cuenta qué sucede, sino que te traslada la atmósfera en la que se producen los acontecimientos que relata y la que estos generan. Puede parecer que algunas secuencias se alargan en exceso, pero en el momento en que te percatas del objetivo de Wang Xiaoshuai, cuanto se proyecta te resulta tan lógico como hermoso e hipnótico.

Esto nos lleva a darnos cuenta de que su cinta no combina dos historias, una privada, qué sucede tras el ahogamiento del joven protagonista, y una pública, la evolución económica y social de China desde los años 80 hasta hoy. La segunda ejerce un papel fundamental en la primera, no solo marcando sus coordenadas temporales y geográficas, sino también el carácter, el comportamiento y hasta muchas de las posibilidades vitales de sus protagonistas, tal y como hacía -y sigue haciendo- con la vida de cientos de millones de personas.

Un ambicioso fresco, perfectamente mostrado, que va desde la organización comunitaria de la vida laboral y personal de los trabajadores en las grandes fábricas en la que está marcado hasta qué poder hacer en el tiempo libre, a la eclosión del urbanismo de rascacielos, avenidas transitadas por coches de última generación, grandes aeropuertos y viviendas construidas con materiales de primera calidad. Un cambio radical que, sin embargo, queda en segundo plano en la vida de Yaoyun y Liyun cuando muere su hijo. Desde ese momento el dolor y el silencio lo llena todo, no solo les aísla y les traslada a cientos de kilómetros, sino que, incluso, les abstrae melancólicamente del mundo real, de las relaciones, el contacto y el diálogo con los demás.

Pero la película no se queda ahí, en las primeras consecuencias, sino que profundiza en ello y expone con sumo respeto cómo se actúa y se vive, incluso pasados los años, cuando el vacío impuesto por el destino -y las normas totalitarias del régimen comunista- se instala de manera permanente en la cotidianidad exterior y en el ánimo interior de quienes han visto eliminados de un plumazo sus roles de padre y madre hacia un tercero, y de integrantes de una familia ahora incompleta. Un universo desconocido para quien no se haya visto obligado a recorrerlo y en cuya profundidad Xiaoshuai se sumerge con total valentía para traernos hasta la superficie un relato cuya delicada y acertada exposición hace que resulte sublime.

Un círculo completo en el que queda claramente expuesto el rol y evolución de cada uno de los personajes, las relaciones -grupales e individuales- que mantienen en la constelación perfectamente diseñada que conforman, así como las múltiples formas que adquiere la vida para, a pesar de todo y aunque muchas veces ellos no lo sepan, no se percaten de ello o no quieran aceptarlo, mantenerles unidos.

“Historias de Usera”, ayer y hoy de un barrio de Madrid

La vida de una ciudad es el día a día de sus vecinos, lo que les sucede cuando salen de fiesta y lo que les pasa cuando esperan su turno para hacer trámites burocráticos, lo que les ocurría ayer cuando las calles eran un lodazal de barro y hoy cuando transitan por ella ciudadanos llegados de China. Ese lugar es esta obra amena, divertida y entrañable, que no es perfecta, pero que tiene el don de envolver al público en la ilusión, las ganas y el disfrute con que está dirigida e interpretada.

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El teatro no son solo grandes escenarios con plateas de centenares de butacas en edificios con entradas de arquitectura solemne. El teatro son también pequeñas salas fuera de los lugares más transitados, visitadas mayormente por gente que reside cerca de ellas, dispuestos a dejarse sorprender por propuestas desconocidas o por nuevos puntos de vista sobre obras ya conocidas. Así es como nacieron estas historias en el barrio que les da nombre, en una sala ya cerrada, La Zona Kubik, desde donde han dado el salto a lo que para muchos implica el reconocimiento oficial del nivel más alto de la profesión, del negocio y de la crítica.

Sin embargo, no creo que haya tal paso ya que esta obra tiene lo que marca ese supuesto primer nivel, calidad. Calidad en el texto, en la puesta en escena y en las interpretaciones y con ello lo verdaderamente importante, emocionar, provocar sensaciones y despertar, agitar o tranquilizar (dando posibles respuestas) la conciencia de sus espectadores, haciendo de ellos miembros del reparto, habitantes del lugar ilusoriamente creado sobre el escenario. Y debió pasar antes porque sucede ahora en las naves del Teatro Español en el Matadero.

Produce una sonrisa pensar que lo que hace décadas fue una sala de fiesta ahora es una administración de Hacienda. Nos asombra descubrir que el primer concierto de Lou Reed en España fue aquí y que aquello acabó a los veinte minutos, lo que provocó el asalto del escenario y de los instrumentos de la banda por el público. Casi imposible imaginar que hubo un tiempo sin ciudadanos chinos en esta barriada, hoy engullida por el urbanismo madrileño y décadas atrás aislada al otro lado del Manzanares, cuando sus aceras eran de barro y eran paseadas durante la noche por serenos que ocultaban oscuras historias.

En su versión escenificada, Usera es habitada por once actores que encarnan eficazmente a los hombres y mujeres, niños y mayores, patrios y extranjeros, vecinos y visitantes cuyas andanzas y vivencias nos son contadas en los diferentes cuadros, actos y escenas que conforman esta función. Unos más convencionales, otros con un montaje más atrevido, algunos con su justa duración y otros que podrían ser más breves, con un humor efectivo cuando toca –un aplauso por el delirio de los vampiros chinos- y con dramatismo cuando corresponde, con diálogos fluidos la mayor de las veces y cuando no, un poco insulsos, quizás estirados, prolongados innecesariamente.

Pero en esta vida pocas cosas son perfectas, y cuando eso se asume con naturalidad, resultan más cercanas y humanas. Cuando uno no intenta aparentar más que lo que es y asume con humildad su sencillez, el efecto que causa es de autenticidad, de algo que quizás no sea nuevo y original, pero que es diferente y que tiene valor, que merece la pena, como lo merecen estas Historias de Usera.

Historias de Usera en las Naves del Teatro Español (Madrid).