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“Lo prohibido” de Benito Pérez Galdós

Las memorias de José María Bueno de Guzmán van de 1880 a 1884. Cuatro años de un fresco de la alta sociedad madrileña, de apariencias y despropósitos, dimes y diretes y tejemanejes sociales, políticos y económicos de los supuestamente adinerados y poderosos. Una superficie de lujo, buen gusto y saber estar que oculta una buena dosis de soberbia, corrupción, injusticia y perversión.

Podría tomarse Lo prohibido como una escritura en la que Galdós se esconde tras la primera persona y el carácter díscolo, fresco y nada reprimido de su protagonista. Un hombre soltero y adinerado, hijo de español e inglesa, elegante y con supuesto buen juicio. Educado entre Londres y Jerez de la Frontera y que llega a Madrid con ganas de iniciar una nueva etapa de su vida siendo vecino de sus tíos y primos. Tres mujeres (María Juana, Elisa y Camila) ya iniciadas en el matrimonio y un desnortado Raimundo que le sirven como proyección, a través de cómo les describe y dialoga, de su manera de pensar, sus valores y sus intenciones materiales y espirituales.

Pero como toda fachada, la suya también se resquebraja poco a poco contagiando progresivamente su discurso de sus incoherencias, desfachateces y hasta depravaciones. Catálogo conductual que comparte con casi todos los que aparecen por sus páginas. Ya sea en cenas con lo más granado de la sociedad. En el parqué y la trastienda de la Bolsa con agentes que además de gestionar títulos y acciones, trapichean con información interesada. Y en círculos gubernamentales en los que el único propósito es detectar las oportunidades de hacer caja.

Un mundo que Galdós sobrevuela colocando su narración en un cruce de caminos entre el naturalismo y el determinismo por un lado, y el absurdo y un progresivo patetismo por otra. Juega con todo ello con una intención más crítica que sentenciosa, absteniéndose de intervenir para dejar que los hechos y los personajes hablen por sí mismos. Sin entrar en cuestiones morales, aunque el dogmatismo de lo cristiano sobre las relaciones humanas forme parte de las coordenadas en las que se adentra, lo que le permite conseguir un retrato más humano y verosímil de todos ellos.

Un logro al que añade su capacidad para mostrar cómo se materializan y manifiestan los vínculos afectivos y amorosos en escenas con una precisión realista, seguidas de otras con una pulsión e intensidad evocadora de títulos cercanos en el tiempo como Ana Karenina (1877) o Madame Bovary (1857). Sin olvidar los elementos simbólicos que introduce con total naturalidad, transmitiendo a través de ellos la evidente sensualidad, y hasta carga sexual, de algunos comportamientos y encuentros.   

Formalmente, su buen saber consigue que la constante simultaneidad de liviandad y profundidad de su historia resulte en todo momento fluida, que queden perfectamente expuestas gracias a la riqueza de su vocabulario y enmarcadas con los elementos descriptivos sobre arquitectura, decoración o protocolo que maneja. Así como con los referentes que menciona, ya sean políticos (relativos a Cuba y supuestas actuaciones ministeriales), clásicos literarios (Don Quijote, Hamlet) o artistas contemporáneos y conocidos suyos (Enrique Mélida, Aureliano de Beruete o Agapito y Venancio Vallmitjana).

Lo prohibido, Benito Pérez Galdós, 1884, Alianza Editorial.

“Beckett”, thriller estival

La felicidad del amor y de unas vacaciones en lugares históricos se convierten para un americano en una huida desesperada con aires de corrupción y conspiración política. Los campos áridos de la Grecia rural y la Atenas de hormigón son el escenario de una intriga apta para sobrellevar las altas temperaturas de estos días con John David Washington emulando al Harrison Ford de “El fugitivo”.

En sus primeros minutos, John David Washington resulta el reverso de Malcolm, el personaje que interpretó en su anterior estreno, también una producción Netflix. Si allí discutía sin parar con Zendaya, aquí se demuestra amor eterno con Alicia Vikander. Escenas necesarias para introducirnos a los personajes, quiénes son, por qué están aquí y qué hacen. Pero su exceso de almíbar las hace largas, no aportan nada que nos haya transmitido el convencionalismo de su primer cruce de miradas. Defrauda, incluso, ver en un papel tan corto e insulso a la ganadora del Oscar como actriz de reparto en 2015 por La chica danesa.

Pasaje necesario para llegar al momento en que Beckett abre los ojos boca abajo tras las varias vueltas de campana que ha dado su coche. Por fin se desata la tensión que teníamos ganas de sentir y que no cesará hasta el final. Terreno bien trazado tanto por el guión como por la dirección, generando primer inquietud, malestar y desazón, y desatando después la acción, el movimiento y la velocidad.

Los escenarios elegidos son los correctos. La despoblada ruralidad y la escarpada orografía del interior helénico, la sencilla urbanidad de sus pequeñas ciudades y la brutalidad del urbanismo de su capital. Cada uno de ellos es el marco perfecto para cuanto el protagonista -y nosotros a través de él- vivencia y descubre. El no tener ni idea de lo que está pasando, el intuir las connotaciones políticas del asunto -tanto en clave nacional como internacional- en el que el destino le ha involucrado, y lo mucho y oculto que está en juego. La duración de cada etapa se ajusta lo que demandan los acontecimientos que relata, deviene en la siguiente con una narrativa lógica y cuanto ocurre es verosímil. Solo le falla un elemento. No genera adrenalina.

Ferdinando Cito Filomarino no parece haber querido construido un thriller al uso, concebido más en la mesa de montaje que en el diseño del story board y en el plan de rodaje. Se agradece que no emule a los videojuegos como parece ser la tónica recurrente desde hace tiempo, que opte por planos abiertos donde nos de tiempo a reconocer dónde estamos y que de tanto peso al sentir como al dinamismo de un hombre atrapado por la incertidumbre, la angustia y la desazón que nos transmite a la perfección la música de Ryūichi Sakamoto es excepcional. Pero su intento de arrastrarnos en una atmósfera tan psicológica como física, a la manera del cine clásico, no cuaja con la solidez que sería deseable.

Y tenía potencial para ello. Al contrario que sucede con Vikander, los secundarios en que se apoya la trama están perfectamente definidos -y encarnados por sus intérpretes- y John David Washington demuestra la solvencia necesaria en la omnipresencia ante la cámara que le exige su papel. Deja claro que no necesita una producción tan elaborada y detallista como la de Tenet ni los alardes estéticos de Malcom & Marie para atraer nuestra atención. Quedémonos con esto y esperemos a ver su siguiente película.

“Collective”, la corrupción mata

Doble candidata a los Oscar en las categorías de documental y mejor película en habla no inglesa, esta cinta rumana expone cómo los tentáculos de la podredumbre política inactivan los resortes y anulan los propósitos de un Estado de derecho. Una investigación periodística muy bien hilada y narrada que nos muestra el necesario papel del cuarto poder.

Hay diversas maneras de concebir un documental. Una puede ser combinando hemeroteca con entrevistas y recreación de los momentos más representativos a tiro pasado. Otra es seguir a los protagonistas cámara en mano a la manera de un Gran hermano y después editar. Los responsables de Collective optaron por la segunda al considerar desde el primer momento que tenían entre las manos una historia importante y merecedora de ser conocida. Así es como construyeron este ejemplo práctico de cómo se inicia y desarrolla de manera sólida y eficaz una investigación periodística al compás de la actualidad informativa y la evolución de los acontecimientos.

El 30 de octubre de 2015 murieron 27 personas en el incendio de Colective, una sala de conciertos de Bucarest. Un horror prolongado en las semanas siguientes por el fallecimiento de casi cuarenta más en distintos hospitales, aparentemente como resultado de las quemaduras sufridas. El instinto periodístico y su compromiso deontológico, así como su conocimiento de la realidad política, económica y social de su país hizo sentir a los redactores de Gazeta Sporturilor que tras las rotundas afirmaciones de las autoridades de máximos esfuerzos e inmejorable calidad de la asistencia sanitaria prestada por el sistema público rumano, se ocultaba una realidad tan atroz como la cruel mentira tras la que esta se parapetaba.

Su investigación nace con una hipótesis que surge por no ver respondidos sus interrogantes. ¿Qué hizo que muriera tanta gente? ¿Cómo eran tratados clínicamente? ¿Por qué no se les derivó a otros lugares? A partir de ahí la búsqueda de pruebas y, tras constatar las enormes diferencias entre lo que estas muestran y la versión oficial, chequear lo establecido por los procedimientos técnicos, las normativas legales y la opinión de los responsables políticos. Así es como se va desvelando un enjambre de mentiras, manipulaciones y engaños, irregularidades, sobornos y malversaciones que van más más allá de una situación o unas coordenadas, están completamente imbricados en las raíces del Estado rumano.  

La narración de Alexander Nanau va de hito en hito, exponiendo las informaciones conseguidas y el modo en que se obtienen, así como el eco y los movimientos a favor y en contra que provoca su difusión pública. Aunque centrado en la objetividad de las bases del periodismo (qué, quién, cuándo, dónde y por qué), Collective da también cabida a las emociones resultado del descubrimiento y el conocimiento de lo injusto, lo incoherente y lo inconcebible. De igual manera, tampoco se olvida de los afectados, pero les mantiene en un respetuoso segundo plano nada sensacionalista con lo que vivieron.

La buena factura del mejor documental europeo del año 2020 es que su propuesta no se acaba en su último fotograma, sino que incita a la reflexión y al debate. ¿ Cómo es posible que los seres humanos lleguemos a ser tan inhumanos? ¿Cómo se compaginan ética, moral y legalidad? ¿Resistirá el periodismo las presiones de los poderes ocultos? ¿Podría suceder algo así en nuestro país? ¿Cómo actuaríamos?

“Gloria” de Eduardo Mendoza

Comedia de enredo con toques de thriller y misterio en una historia de personajes que esconden y muestran a partes iguales hasta que todo sale a la luz. El resultado es un vodevil correctamente estructurado, pero con una hilaridad excesivamente liviana que hace que su desarrollo argumental resulte redundante y con una gracia limitada.

Cuenta Eduardo Mendoza en el prólogo de su Teatro reunido (2018) que, aunque se inició su producción, finalmente Gloria no se estrenó por cuestiones que no concreta. Me pregunto qué forma hubiera tomado este texto, su segundo trabajo teatral tras Restauración (1990), sobre un escenario. Puede ser que llevado por el lado del exceso, pero sin llegar al histrionismo, funcionara lo que en su formato impreso me ha resultado un intento de opereta bien planteado que, sin embargo, no termina de cuajar. Por momentos me he sentido asistiendo a un espectáculo cuyo objetivo, más que intrigar, era hacerme sonreír por las reacciones y respuestas de sus personajes en situaciones de lo más estrambóticas aunque presentadas como aparentemente normales.  

Una editorial, dos matrimonios como socios de la misma, una de ellas rompe y el marido deja el proyecto. Como él era quien aportaba el capital del proyecto conjunto, tienen que buscarse un nuevo inversor y parecen contar con alguien a quien están a punto de conocer en la casa de la pareja que aún se mantiene unida. Emplazamiento en el que conoceremos lo que oculta cada uno de los personajes, a veces a todos, a veces en complicidad con otro. Un proceso en el que parece conjugarse la comedia ligera, pero retóricamente recurrente, con el suspense. Algo así como Miguel Mihura y Jardiel Poncela con el cine negro y las mujeres fatales.

Valiéndose de las cinco puertas que tiene el escenario, una a la calle y cuatro a estancias interiores, entran y salen hombres y mujeres en una sucesión de encuentros, diálogos y descubrimientos que recuerdan positivamente al teatro de Ana Diosdado. Pero este proceder se truncan cuando llegan los gags evocadores de las producciones de José Luis Moreno y aquellas que tenían a Arturo Fernández como cabeza de cartel, construidas a base de chascarrillos, tópicos y alteraciones convenientes de la realidad.

El también autor de La ciudad de los prodigios (1986) parece querer esbozar un irónico retrato social de la clase empresarial y pretendidamente progre -menciones a Vázquez Montalbán, Tapiès y Carmen Bacells- media-alta catalana preolímpica (a la que describiría sin tapujo alguno años después en ¿Qué está pasando en Cataluña?, 2017), en un marco de corrupción del que presumían con orgullo y sorna los que la habitaban. Base sobre la que plantean una serie de ingenios detectivescos y un melodrama con aires de sainete sobre las diferencias y conflictos entre hombres y mujeres, asuntos en los que el paso del tiempo hace que este texto resulte trasnochado si se mira con los ojos y la mentalidad de hoy. Cuestiones ambas en las que, desafortunadamente, esta Gloria teatral no provoca el divertimento que sí siguen transmitiendo novelas de Eduardo Mendoza como La aventura del tocador de señoras (2001) o El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008).

Gloria, Eduardo Mendoza, 1991, Editorial Seix Barral.

10 películas de 2020

El año comenzó con experiencias inmersivas y cintas que cuidaban al máximo todo detalle. De repente las salas se vieron obligadas a cerrar y a la vuelta la cartelera no ha contado con tantos estrenos como esperábamos. Aún así, ha habido muy buenos motivos para ir al cine.  

El oficial y el espía. Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

1917. Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Solo nos queda bailar. Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Little Joe. Con un extremado cuidado estético de cada uno de sus planos, esta película juega a acercarse a muchos géneros, pero a no ser ninguno de ellos. Su propósito es generar y mantener una tensión de la que hace asunto principal y leit motiv de su guión, más que el resultado de lo avatares de sus protagonistas y las historias que viven. Transmite cierta sensación de virtuosismo y artificiosidad, pero su contante serenidad y la contención de su pulso hacen que funcione.

Los lobos. Ser inmigrante ilegal en EE.UU. debe ser muy difícil, siendo niño más aún. Esta cinta se pone con rigor en el papel de dos hermanos de 8 y 5 años mostrando cómo perciben lo que sucede a su alrededor, como sienten el encierro al que se ven obligados por las jornadas laborales de su madre y cómo viven el tener que cuidar de sí mismos al no tener a nadie más.

La boda de Rosa. Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

Tenet. Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

Las niñas. Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

El juicio de los 7 de Chicago. El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Mank. David Fincher da una vuelta de tuerca a su carrera y nos ofrece la cinta que quizás soñaba dirigir en sus inicios. Homenaje al cine clásico. Tempo pausado y dirección artística medida al milímetro. Guión en el que cada secuencia es un acto teatral. Y un actor excelente, Gary Oldman, rodeado por un perfecto plantel de secundarios.  

“Los pilares de la sociedad” de Henrik Ibsen

Cuidado con los principios que articulan el bienestar, el honor y la reputación de la colectividad de la que formamos parte, porque además de encorsetarnos y oprimirnos pueden estar ocultando corrupción económica, injusticia social y avaricia personal. Cuatro actos en los que su fluidez literaria y su logrado retrato social se combinan con altas dosis de denuncia y reivindicación política.

Toda apariencia de perfección acaba revelando las grietas por las que demuestra que no era tal. Lo que se escondía termina saliendo a la luz, no solo destruyendo sino convirtiéndose en la tacha por la que serán considerados a futuro los responsables de semejante artífice. Ese es el temor del Cónsul Bernick, uno de Los pilares de la sociedad en 1877 de una pequeña localidad portuaria de Noruega, cuando reaparecen Johan y Lorna. Dos antiguos vecinos sabedores y víctimas del artificio sobre el que construyó su imagen pública hace quince años. Bases sobre las que ha cimentado desde entonces su liderazgo económico y político, así como su encarnación de la ejemplaridad pública a través de la familia que creó al casarse con Betty.

Sin embargo, dicha rectitud y supuesta moralidad amenazan con derrumbarse, lo que le sitúa en la diatriba de reconocer sus errores y ver cómo se arruina, o seguir escondiendo lo que sucedió -cueste lo que cueste- para mantenerse como figura poderosa e influyente. Un conflicto que Ibsen expone con claridad tras habernos introducido en las claves que articulan y definen a esta comunidad. Mujeres dedicadas a la logística del hogar y la intimidad y a complementar con sus sonrisas y buenas formas la labor como agentes sociales que desarrollan sus maridos. Más que ser bueno, lo importante es parecerlo.

Un maniqueísmo que exige homogeneidad, cumplimiento y anulación de la necesidad de libertad, del impulso de expresividad y el deseo de creatividad. Pero, aunque sea en petit comité y de manera poco audible, hay quienes no están dispuestos a dejarse callar e inmovilizar, aun a riesgo de verse ignorados y negados. Una situación límite de la que Henrik se sirve para introducir en su texto unas notas de feminismo ya que serán dos mujeres las que pondrán en duda el status quo de este lugar. La más joven revelándose contra su hipocresía y la que tiene unas convicciones morales sólidas -verdad y justicia- plantándole cara a su falsedad.

Pero el también autor de Casa de muñecas (1879) o Un enemigo del pueblo (1883) no se limita a las coordenadas personales, sino que refleja también algunas dinámicas del poder como el papel influyente sobre la opinión pública de la prensa, la prevaricación a la hora de definir proyectos que afectan a todos y el uso fraudulento de información confidencial en beneficio propio. Todo ello en un marco en el que se lucha por mantener las esencias de la que se considera una identidad propia frente a los efectos perniciosos de lo que, visto desde hoy, podríamos considerar primeras consecuencias a gran escala del capitalismo.

No solo opresión laboral y desigualdad de clases, sino también compromisos empresariales sin ética alguna, cuyas posibles consecuencias, tal y como expone Ibsen con sus inteligentes y complementarias tramas secundarias, pueden afectar a todos por igual. Sin sentenciar dogmáticamente, Los pilares de la sociedad abre el debate de cómo evolucionar y aprovechar los beneficios del progreso, sin por ello perder la perspectiva humana.

Los pilares de la sociedad, Henrik Ibsen, 1877, Nórdica Libros.

“La noche es virgen”, pero tiene muchas ganas, de Jaime Baily

Más que las andanzas de Gabriel Barrios, cómo es su vida en Lima, su trabajo en la tele y sus peripecias nocturnas, lo apasionante de esta novela es cómo lo cuenta su autor. Combinando acertadamente el relato profuso de lo que ven sus ojos con el dictado acelerado de su cerebro alterado por el consumo de estupefacientes. Una prosa casi salvaje, manejada sin frenos y dando como resultado una novela tan arriesgada como valiente en su planteamiento y resolución.

Jaime Baily se incrusta en la piel, los ojos y la mente de su personaje y deja de ser autor para convertirse en transcriptor de lo que aquel ve, habla, escucha, piensa y siente. No aplica filtro, juicio ni prejuicio, y nos traslada con fidelidad absoluta sus vivencias de joven pudiente, hijo de buena familia y presentador de televisión de éxito, a caballo entre el ocio, la fiesta y el disfrute. Hasta que una noche conoce en el bar al que suele acudir, El Cielo, a un músico, un muchacho que se le sitúa entre ceja y ceja, en el pecho y entre las piernas, como una obsesión total. Un deseo físico, un pálpito genital y un latido en el corazón que le harán comportarse con menos vergüenza aún de la que nunca tuvo.

Sólo hay dos asuntos que impiden que sus correrías no se conviertan en un tobogán de caída libre, el peso de la fama y que su homosexualidad no es aún algo público y normalizado. Circunstancia que no vive como un gran pesar, más bien como un elemento más de su hartura por las limitaciones que supone el contexto de una sociedad tan pacata, pueril y poco formada como la peruana; residir en una capital sin atractivo urbano, artístico o social y ser ciudadano de un país sumido en la corrupción y el terrorismo (el Perú de mediados de la década de los 90).

Por eso es que en su día a día lo que prima son los impulsos, expresados como caprichos, vehiculados a golpe de visceralidad y materializados por sus posibilidades materiales y su procaz comportamiento. Una manera de sentir, pensar y actuar a la que Jaime Baily le pone una voz cargada de la sexualidad que exuda Gabrielito en todo momento, y de la sugerencia, sensualidad y entrega que le provoca cuanto le atrae (principalmente hombres, pero también mujeres). Una fabulación filtrada por los efectos físicos, psíquicos y psiquiátricos de cuanto consume de manera continua (lo mismo es alcohol que marihuana o cocaína) y con una forma literaria de lo más expresiva, sin letras mayúsculas, con tipografía cursiva para los diálogos y regular para lo que es narración.

Pero más allá de su protagonista, La noche es virgen ofrece también un retrato ácido y sarcástico de la clase alta de su país, obsesionada a la manera norteamericana por las marcas, anulada intelectualmente por la vacuidad de los contenidos y mensajes de sus medios de comunicación, anárquica en el cumplimiento de las normas que favorezcan la convivencia comunitaria, xenófoba con los pueblos indígenas, materialmente clasista, intolerante con todo aquello que no cumpla lo marcado por los principios del heteropatriarcado e hipócritamente católica.

La noche es virgen, Jaime Bayly, 1997, Editorial Anagrama.

"Un pueblo traicionado" de Paul Preston

Casi siglo y medio de historia de España siguiendo el hilo conductor de la corrupción, la incompetencia política y la división social causada por estas. Desde la Restauración borbónica de Alfonso XII hasta la llegada a la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez pasando por monarcas y dictadores, guerras civiles y coloniales. Un relato de los excesos, tejemanejes y aprovechamientos de gobernantes de uno y otro signo ideológico a costa de la estabilidad, el progreso y el desarrollo tanto de su nación como de sus compatriotas.

Si echamos la vista atrás parece que no ha habido una etapa tranquila en la historia de nuestro país. Hemos tenido períodos con un balance positivo y hasta muy notable incluso, pero siempre con episodios, tramas y personajes de lo más oscuro en la balanza. Y no solo de acólitos al poder o aprovechados de las circunstancias, sino desde los mismos puestos de representación estatal y gubernamental.

Reyes, presidentes, ministros, diputados y empresarios que se han valido de las coyunturas de cada instante (monarquía borbónica, república y dictaduras) para lograr un usufructo personal de su relación con las distintas fuerzas sociales (políticas, militares, empresariales, financieras, eclesiásticas…) de cada momento. Primando siempre sus objetivos, obsesiones y propósitos sobre los intereses y las necesidades de aquellos a los que se supone gobernaban, representaban o servían, o debían, al menos, respetar.

Hay mucho de tópico en este tema, pero también una realidad que no se puede negar, y es que el último siglo y medio español ha sido de lo más convulso. Un tiempo que comenzó con el fin de la tercera y última guerra carlista y al que le siguieron décadas de conflicto entre las fuerzas del orden y los incipientes, y posteriormente consolidados, movimientos obreros de distinto signo (socialistas, comunistas, anarquistas), tanto en las ciudades que se industrializaban (Madrid, Barcelona, Bilbao, Oviedo…) como en aquellas bastas áreas interiores que seguían dedicadas a la explotación de la tierra (Extremadura, Castilla, Andalucía…). Al tiempo, perdíamos las colonias de Cuba y Filipinas en 1898, y más tarde llegarían los desastres de Marruecos en los que perdieron la vida miles de soldados.

Mientras tanto, la titularidad del Gobierno se basaba en la continua alternancia de liberales y conservadores, cada uno con su correspondiente camarilla de puestos de confianza y financiadores -industriales y terratenientes- a los que se les devolvía el favor con normas e impuestos que favorecían sus negocios, u obviando su no cumplimiento de lo establecido por la legalidad vigente. Eso sin dejar de lado la continua simbiosis entre el estamento político y el militar, tanto en la formación de equipos de gobierno y designación de representantes como en la toma de decisiones, desembocando en períodos como la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) o la deriva total en este sentido que supusieron la Guerra Civil y el franquismo posterior, décadas en las que la corrupción no fue la trastienda del sistema sino su primera y máxima regla.

Egoísmos, intervencionismo e incompetencias que acabaron con esperanzas como la de la II República, enturbiaron los sacrificios y logros de la llamada Transición y han lastrado, hasta ahora, la reputación, las posibilidades y las potencialidades de nuestra actual democracia parlamentaria. Así es como finaliza (por ahora, veremos lo que nos depara el futuro) este ensayo que comienza como un muy buen ejercicio de síntesis, deriva posteriormente en un alarde de conocimiento y ordenación de datos, y concluye como un completo compendio de titulares, sumarios judiciales y sentencias conocidas a través de los medios de comunicación en los últimos decenios.

Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días: corrupción, incompetencia política y división social, Paul Preston, 2019, Editorial Debate.

“Luces de bohemia” de Ramón del Valle-Inclán

Texto maestro. Por el derroche de personajes que transitan por sus páginas, por la profundidad psicológica de sus protagonistas, por el agudo retrato que realiza de la situación política, cultural y social de la España de hace un siglo y por la ironía e inteligencia con que menciona e incluye en su trama a muchos de los nombres de entonces.

Esperpento. Vocablo genial. Recurso muy bien presentado y utilizado por Valle-Inclán en esta obra y que desde su primera publicación (por entregas en 1920, la definitiva y ampliada llegaría en 1924) forma parte del vocabulario recurrente con el que podemos definir las andanzas, desventuras, incoherencias y absurdos de la realidad que hemos vivido desde entonces (al menos en mi caso desde que leí Luces de bohemia por primera vez hace, por lo menos, 25 años).

Lo hábil de Don Ramón es que no fuerza las situaciones o las presenta desde esa óptica, sino que deja que se expongan tal cual son, demostrando que el equilibrio de nuestra sociedad tiene muchas veces poco de lógica y de razón, y sí mucho de visceralidad y bajas pasiones.

Unos buscan resolver lo rápido, lo urgente, el aquí y ahora, el ya, el picor de la entrepierna, el rugido del estómago, la sequedad de la garganta, el frío o el calor de su piel. Otros quieren satisfacer su vanidad en materializaciones efímeras como laudatorias verbales o con presunción de perpetuidad, viendo sus escritos (poesías y crónicas) fijados con tinta en las páginas de la prensa diaria o, incluso, editadas como un libro, manifestación del sumun literario. Motivaciones varias que lo mismo dan pie a crear camarillas entre compañeros de excesos y vicios, que a valerse los unos de los otros para satisfacer sus necesidades o, incluso, a servirse los unos de los otros cuando la falta de moral se encuentra con la debilidad de carácter.

Pero entre tanto personaje y personajismo, también hay personas que solo quieren disfrutar y ganarse la vida compartiendo aquello que saben hacer, como Max Estrella y su don para la escritura y la poesía. Virtud inutilizada por una vista perdida y una demanda de textos que no le llega y que le condena, junto a su mujer y a su hija, a la tristeza, al amargor y a la desesperanza de la penuria. La escasez le lleva al empeño y así comienza un paseo que le conduce a una taberna, de ahí a comisaria por mediación de una revuelta popular y de esta a un despacho ministerial para acabar, previa parada en un café, transitando por la nocturnidad de un Madrid canalla y proxeneta que acabará trágicamente en funeral y enterramiento.

Un universo humano no solo bien concebido, sino excepcionalmente expuesto, desarrollado y concluido. En Luces de bohemia Valle-Inclán pone a cada uno en su sitio mediante anotaciones escénicas tan o más calificativas que descriptivas. En sus diálogos lo ingenioso y lo recurrente se combina con lo inteligente y lo humanista (referencias al mundo clásico) y la denuncia de las injusticias y la corrupción con menciones, alusiones e interacciones incisivas, mordaces, con el mundo de la política (Antonio Maura, el conde de Romanones, el ministro de la Gobernación…) y la literatura (Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, Rubén Darío…).

Luces de bohemia, Ramón del Valle-Inclán, 1924, Alianza Editorial.

“El oficial y el espía”, la verdad y la injusticia

Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

Mientras los americanos convierten las adaptaciones cinematográficas de sus luchas contra el sistema en relatos llenos de épica, el cine europeo suele poner el foco en la dureza y desgaste que estas situaciones tienen para quienes las viven (valgan como ejemplo títulos recientes, también de producción francesa, como Los miserables o Gracias a Dios). Así, para el director de Chinatown (1974) o El pianista (2002) lo importante no son las actuaciones y las emociones de los que situamos en el banquillo de los buenos, sino la injusticia a la que tuvieron que enfrentarse. No son héroes, sino personas a las que no les queda otra que la resiliencia para no dejarse eliminar por la tortura física y psíquica (en el caso de Dreyfus) y la corrupción de la administración (en el del coronel Picquart). No hacen de la moral y el sentido de la justicia una cuestión elevada, sino un sentir humilde e irrenunciable en el que reside la esencia del civismo individual y la convivencia colectiva.

Esto hace que el ritmo de El oficial y el espía sea sosegado. Su narración se inicia con lentitud, haciéndonos conscientes de las eventualidades que permitieron descubrir tanto el atropello sufrido por un inocente por el mero hecho de ser judío, como las personas que lo provocaron y pretendieron silenciarlo. Una vez expuestas dichas casualidades y causalidades, la rueda comienza a girar y tras lo puntual y anecdótico, comienza a tomar forma el corazón del guión de Robert Harris y la dirección de Roman Polanski, un panorama de ocultación, manipulación y falsificación combinado con actitudes de soberbia, arbitrariedad y amenaza que desemboca en una tensión judicial y humana tan bien conseguida como mantenida a lo largo del resto de la proyección.  

De fondo, y generando un sordo eco que llega hasta nuestro hoy, cuestiones como la idoneidad de las personas que están al frente de las altas instancias del estado y las motivaciones de sus mentiras, el poder de influencia y el deber informativo de los medios de comunicación, los límites del derecho a la libertad de expresión o la actuación como una jauría de la ciudadanía cuando esta es manipulada.

Y aunque esto hace abrirse el abanico de situaciones, argumentarios y cruces y encuentros de personajes, la película mantiene su tempo contenido. Un tono que le debe mucho a la excelente interpretación protagonista de Jean Dujardin (expresiva contención la suya) y la complementaria de un transformado Louis Garrel, por obra y gracia del maquillaje y la peluquería, en el malogrado Dreyfus. Acompañados ambos por un excelente reparto y sustentados por un notable diseño de producción que entre lo digital y la recreación nos traslada fielmente a los interiores y exteriores del París y el Rennes de finales del s. XIX y principios del XX.