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11M, no olvidar

Todos recordamos cómo nos enteramos el 11 de marzo de 2004 de lo que había sucedido, pero los años pasan y son muchos los detalles que se han desdibujado o que nunca llegamos a conocer. Un digno homenaje a los que el terrorismo les arrebató la vida, un gesto de cariño con los que nunca volvieron a ser los mismos y un ejercicio de memoria para que no olvidemos quién y cómo pretendió manipularnos.  

El primer acierto de este documental es no utilizar la figura de un narrador y dejar que sean quienes estuvieron allí los que nos trasladen lo que ocurrió. Los primeros veinte minutos son espléndidos. Sosegados, tranquilos y respetuosos. Entrando directamente en el asunto por el que nos convoca ante la pantalla, pero sin dramatismo ni tenebrismo. Solo los hechos, pero no con la precisión y la frialdad de los datos, sino a través de la incapacidad de sus protagonistas para describir o relatar algo que nunca imaginaron tener que contar. De ahí que solo puedan hacerlo a través de detalles e instantes que sintetizan y esencian, según palabras de una de ellos, “imágenes que creo que no debería ver nadie”.

Lo frustrante es que por encima de ese dolor hubo algo más que también nos causó estupor y que, como señala Iñaki Gabilondo, se ha convertido en el motivo casi principal por el que recordamos el 11M. Las cicatrices de la historia nos hicieron pensar en un primer momento que los responsables de la barbarie habían sido los de siempre, pero que quien tenía que calmarnos, unirnos y guiarnos, institucionalizara esa sensación equivocada con interés partidista, resultó difícil de asimilar.

El nivel de los entrevistados (académicos, directores de periódicos, cargos institucionales de entonces, así como representantes del poder judicial y de las fuerzas y cuerpos de seguridad encargadas de la investigación) y la claridad con la que hablan, apoyados además en el paso del tiempo y en lo demostrado por la justicia, revelan la soberbia de aquella actitud y la alevosía del ruido mediático tras el que sus artífices se escudaron primero, y refugiaron después, incluso, durante años.

Este 11M audiovisual casi queda atrapado en este punto de su exposición por lo mismo que le sucedió a nuestra sociedad, por la necesidad moral de revelar la sucesión de manipulaciones, tergiversaciones y falsedades que idearon, en connivencia, quienes perdieron sus cargos ejecutivos y quienes pretendían liderar la opinión pública. Pero José Gómez consigue girar su dirección y entra en una trama argumental a la que quizás le tendría que haber dedicado más espacio o enfocar de manera más relevante. Aquella en la que -a partir de lo demostrado por Fernando Reinares, investigador del Real Instituto Elcano- desvela quiénes fueron los autores intelectuales (algo que no se consiguió concretar en el juicio celebrado en 2007) y la fecha en que tomaron la decisión de organizar la masacre en Madrid.

Para este espectador -que por cuestiones profesionales leyó mucho sobre el 11M en aquella época, incluyendo las ficciones conspirativas- es ahí donde radica lo más valioso de esta producción de Netflix. Una exposición de cómo la realidad no tuvo nada que ver ni con las suposiciones ni con las asunciones relativas a la guerra de Irak. Argumento que, absurdamente, se considera motivo por el que unos y otros ganaron y perdieron las elecciones generales de tres días después. Alegoría que refleja cómo actuó nuestra clase gobernante, haciendo de su obsesión por ocupar el poder político algo más importante que el cuidado, atención, respeto y cariño que debían recibir quienes más lo necesitaban.    

«Cuatro horas en el Capitolio»

Síntesis de la estupefacción, la anarquía y la amenaza que se vivió en Washington el 6 de enero de 2021. Contada desde dentro, con la voz de quienes estaban convencidos de lo que hacían, de los comprometidos con la defensa de la ley y el orden y de los que representaban al pueblo norteamericano. Un documental fiel al espíritu del género y un relato que tomar como una advertencia.

Lo vemos cada día, cargos públicos que no tienen principios ni pudor a la hora de provocar cuanto consideren necesario para consolidar su posición, mantener su estatus y prolongarse en el ejercicio del poder. Les da igual lo que tengan que llevarse por delante. Su falta de moral, el apoyo de parte del espectro mediático y su eficaz uso de los algoritmos de las redes sociales les convierte en un peligro para las democracias de las que se sirven -se dicen promotores de la libertad de información, expresión y mercado- para ejercer su narcisismo y nepotismo. El problema no es solo el mal que le causan a la esencia de sus modelos de Estado, sino, especialmente, la manera en que crispan y minan la convivencia ciudadana. Generan y alimentan una tensión y confrontación en las que la razón, los valores y el diálogo quedan diluidos por una implosión emocional cada vez más primaria y visceral.

Lo que muestra Cuatro horas en el Capitolio impacta y asusta por el lugar en el que sucedió y el simbolismo que le rodea. Pero no fue un hecho aislado, fue el paso siguiente a todos los que, previamente, había alentado, orquestado y azuzado Donald Trump. Una estrategia gruesa y tosca, efectiva para sus intereses, pero dañina y con consecuencias imprevisibles, y no única y exclusiva de él, la estamos viendo desde hace años en otros países, tal y como expone Anne Applebaum en El ocaso de la democracia. La materialización de un proceso evolutivo explicado en sus fases anteriores por ensayos como Identidad de Francis Fukuyama, sobre la tergiversación del concepto del patriotismo, o Guerra y paz en el siglo XXI de Eric Hobsbawn y Algo va mal de Tony Judt, ambos previsores de la desigualdades e injusticias generadas por el neoliberalismo.

El relato audiovisual de Jamie Roberts es frío y asertivo en su búsqueda de la objetividad. Está plasmado sobre la pantalla con la aridez y parquedad de un atestado. Sin embargo, está muy bien fundamentado y editado, partiendo de grabaciones originales realizadas por los manifestantes con sus teléfonos móviles o realizadores freelance que estaban allí en busca de la noticia, así como por lo recogido por las cámaras de los circuitos de seguridad del edificio bicameral y las incrustadas en los equipamientos de algunos policías que estuvieron ese día en primera línea. Entre estas, incluye testimonios de quienes lo vivieron desde dentro, formando un crisol de las distintas motivaciones, sensibilidades, impresiones y recuerdos que confluyeron en una situación tan inconcebible como agresiva.    

Noventa minutos, producidos por HBO, en los que los hechos hablan por sí mismos. Ordenados cronológicamente y relacionados entre sí para que visualicemos la multiplicidad de frentes en los que se desarrolló la acción sobre el terreno, pero no acude a lo exterior, a la política, para explicarlo o contextualizarlo. Y hace bien, desvirtuaría su narración y la esencia de su propósito, mostrar el resultado de exacerbar la conducta humana y fomentar la división y el enfrentamiento social a través de la mentira y la manipulación. No es la primera vez que vemos a la Historia avanzar en esa dirección, la película alemana La ola -y su posterior adaptación teatral- ya nos contó en 2008 cómo es posible convertir una democracia en una autocracia. Esperemos saber parar a tiempo.

«Léxico familiar» de Natalia Ginzburg

Echar la mirada atrás y comprobar a través de los recuerdos quién hemos sido, qué sucedió y cómo lo vivimos, así como quiénes nos acompañaron en cada momento. Un relato que abarca varias décadas en las que la protagonista pasa de ser una niña a una mujer madura y de una Italia entre guerras que cae en el foso del fascismo para levantarse tras la II Guerra Mundial. Un punto de vista dotado de un auténtico –pero también monótono- aquí y ahora, sin la edición de quien pretende recrear o reconstruir lo vivido.

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En muchas ocasiones el género literario de las memorias es solo interesante para aquellos que las escriben. Solo ellos sabes lo que realmente pretenden evocar sus palabras. Los buenos escritores, en cambio, consiguen que su redacción nos traslade hasta ese pasado que quieren acercarnos para que veamos, comprendamos y sintamos cuanto les ocurrió, vieron o escucharon. Con Natalia Ginzburg me he sentido a medio camino de ese proceso.

Sí que me ha hecho viajar hasta la Italia posterior a la I Guerra Mundial, pero no he llegado a verme como parte de su familia o de su entorno social más inmediato. Personajes como su padre me han resultado exasperantes y la linealidad narrativa, que no la cronológica, ha hecho que su lectura me despertara el símil de una persona que habla siempre con el mismo tono, sin pausas cuando pasa de un tema a otro, o dando a todos los asuntos la misma importancia.

Cierto es que esa es una manera natural de hacer memoria, que va en contra de como solemos afrontarla. Editar, priorizar, esconder bajo la forma de olvido y cubrir huecos a modo de inventar recuerdos que ofrezcan una mejor y más amable imagen de nosotros mismos. En este sentido, es encomiable el propósito de Natalia de no caer en ello, de acercarse lo más posible a la verdad, a la realidad de lo que fue y hacernos llegar lo que le marcó, da igual el motivo, y la impresión que esa huella le ha dejado.

Comienza siendo una niña –aunque nacida en Palermo, criada en Turín- que ve con ojos grandes la dinámica familiar en la que vive –sus padres, hermanos, el servicio, las costumbres, la convivencia-, lo que hace que su tono resulte casi naif. A partir de ahí entran y salen personajes y otros evolucionan o perviven tal cual, lo que hace de ellos algo similar a caricaturas, como la figura paterna a la que ya me he referido, y que provocan que Léxico familiar parezca una casa interesante, pero no lo suficiente como para desear volver a ella.

El aire político se cuela en la atmósfera a medida que pasan los años y la realidad social y política se hace patente. Primero como pequeños comentarios que se escuchan a los más mayores –el fascismo como algo incipiente-, después como situaciones que se presencian o son relatadas con total crudeza –los conflictos con la policía política de algunos de sus hermanos, o la cantidad de nombres mencionados que se explican en las notas a pie de página-, para llegar a los episodios que toca protagonizar –esconder su circunstancia judía durante la II Guerra Mundial-.

Y aunque a medida que pasa el tiempo la presencia de Natalia gana protagonismo (su primer matrimonio, sus hijos, su viudedad, su traslado a Roma), su familia y su círculo más íntimo sigue marcando las coordenadas de su relato, lo que hace que para este lector su propuesta resulte un tanto ardua.

Léxico familiar, Natalia Ginzburg, 1963, Lumen.

«La masa enfurecida» de Douglas Murray

“Cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura” analiza la manera en que el discurso público de los activismos homosexual, feminista, racial y transexual se ha ido supuestamente de madre, hasta el punto de que los colectivos que dicen defenderlos actúan con la misma intolerancia que aquellos a los que critican. ¿Es así? Un correcto punto de partida, pero un desarrollo el que su autor cae en las mismas simplificaciones que aquellos a los que acusa.

Habrá quien esté de acuerdo y quién no y ambas respuestas encontrarán mil y un ejemplos con los que argumentar su punto de vista. La cuestión doble, como en todo debate, es cuán representativo es el ruido que escuchamos de uno y otro lado, y dónde está el punto medio en el que reconocer lo que hemos progresado y al tiempo asumir lo que nos queda por recorrer para ser una sociedad verdaderamente igualitaria y respetuosa con su diversidad. Interrogantes a las que se podrían añadir otras como en qué medida este debate supone una evolución o una exacerbación del comportamiento de nuestra sociedad; cuáles son las coordenadas, el tono y los puntos de vista en torno a los cuales se ha de desarrollar y cómo se puede reconducir lo que se esté alejando peligrosamente de los lugares de encuentro.

A los que no seguimos la actualidad social, mediática y académica con la exhaustividad y minuciosidad que exige tener una opinión crítica formada, nos faltan estas propuestas en el análisis -entre sociológico y político- de Douglas Murray. Más que una hipótesis argumentada y contrastada hasta llegar a una tesis, su exposición resulta una teoría edificada a base de casos concretos -aunque no por ello despreciables- que no permiten saber cuán frecuentes y significativos son, haciendo de la suya una exposición cercana a la manera en que supuestamente lo hacen aquellos a los que señala.

Su planteamiento es acertado, quedan prejuicios, mitos y falsedades que eliminar y corregir para que la igualdad sea una realidad, y cuanto más cerca estamos de ella más nos damos cuenta de los detalles que aún quedan por reconducir, muchos de ellos subjetividades tan establecidas que se han hecho sistémicas. Cuestiones que antes, con una visión macro, resultaban secundarias, pero ahora, producto de ser las protagonistas, son convertidas por el primer plano con el que son tratadas en la máxima representación de asuntos que quizás debieran ser gestionados con una perspectiva, al contrario de como se hace, más pedagógica que política. Más aún cuando se combina este enfoque con el reduccionismo populista y el ánimo polarizador de nuestro tiempo, a lo que se suman métodos cercanos al totalitarismo como la censura, la práctica de la cancelación o el secretismo de los algoritmos, aprovechando el sobredimensionamiento y la visceralidad que fomentan y transmiten a una velocidad inusitada las redes sociales.

Sin embargo, Murray no va más allá de señalar estos excesos, lo que hace que su exposición caiga en la retórica de la sátira, la hipérbole y la repetición, si proponer cómo reconducirla. Se echa en falta que la contraste con la visión de agentes que sí actúen como él cree que debiera hacerse y al no hacerlo, surge la duda de si realmente tiene una propuesta -más allá de la generalidad liberal de dejar que las cosas encuentren por sí mismas su cauce o hacer de la debilidad, oportunidad, y no seña de identidad- con la que conseguir el propósito de que llegue el día en que nuestras diferencias externas (como el sexo, la orientación sexual, la identidad de género o el color de piel) dejen de ser algo que nos califique, separe y jerarquice.

La masa enfurecida, Douglas Murray, 2020, Ediciones Península.  

10 ensayos de 2021

Reflexión, análisis y testimonio. Sobre el modo en que vivimos hoy en día, los procesos creativos de algunos autores y la conformación del panorama político y social. Premios Nobel, autores consagrados e historiadores reconocidos por todos. Títulos recientes y clásicos del pensamiento.

“La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han. ¿Somos conscientes de lo que implica este principio de actuación tanto en la esfera pública como en la privada? ¿Estamos dispuestos a asumirlo? ¿Cuáles son sus beneficios y sus riesgos?  ¿Debe tener unos límites? ¿Hemos alcanzado ya ese estadio y no somos conscientes de ello? Este breve, claro y bien expuesto ensayo disecciona nuestro actual modelo de sociedad intentando dar respuesta a estas y a otras interrogantes que debiéramos plantearnos cada día.

“Cultura, culturas y Constitución” de Jesús Prieto de Pedro. Sea como nombre o como adjetivo, en singular o en plural, este término aparece hasta catorce veces en la redacción de nuestra Carta Magna. ¿Qué significado tiene y qué hay tras cada una de esas menciones? ¿Qué papel ocupa en la Ley Fundamental de nuestro Estado de Derecho? Este bien fundamentado ensayo jurídico ayuda a entenderlo gracias a la claridad expositiva y relacional de su análisis.

“Voces de Chernóbil” de Svetlana Alexévich. El previo, el durante y las terribles consecuencias de lo que sucedió aquella madrugada del 26 de abril de 1986 ha sido analizado desde múltiples puntos de vista. Pero la mayoría de esos informes no han considerado a los millares de personas anónimas que vivían en la zona afectada, a los que trabajaron sin descanso para mitigar los efectos de la explosión. Individuos, familias y vecinos engañados, manipulados y amenazados por un sistema ideológico, político y militar que decidió que no existían.

«De qué hablo cuando hablo de correr» de Haruki Murakami. “Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt. Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

“Identidad” de Francis Fukuyama. Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

“El ocaso de la democracia” de Anne Applebaum. La Historia no es una narración lineal como habíamos creído. Es más, puede incluso repetirse como parece que estamos viviendo. ¿Qué ha hecho que después del horror bélico de décadas atrás volvamos a escuchar discursos similares a los que precedieron a aquel desastre? Este ensayo acude a la psicología, a la constatación de la complacencia institucional y a las evidencias de manipulación orquestada para darnos respuesta.

“Guerra y paz en el siglo XXI” de Eric Hobsbawm. Nueve breves ensayos y transcripciones de conferencias datados entre los años 2000 y 2006 en los que este historiador explica cómo la transformación que el mundo inició en 1989 con la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS no estaba dando lugar a los resultados esperados. Una mirada atrás que demuestra -constatando lo sucedido desde entonces- que hay pensadores que son capaces de dilucidar, argumentar y exponer hacia dónde vamos.

“La muerte del artista” de William Deresiewicz. Los escritores, músicos, pintores y cineastas también tienen que llegar a final de mes. Pero las circunstancias actuales no se lo ponen nada fácil. La mayor parte de la sociedad da por hecho el casi todo gratis que han traído internet, las redes sociales y la piratería. Los estudios universitarios adolecen de estar coordinados con la realidad que se encontrarán los que decidan formarse en este sistema. Y qué decir del coste de la vida en las ciudades en que bulle la escena artística.

«Algo va mal» de Tony Judt. Han pasado diez años desde que leyéramos por primera vez este análisis de la realidad social, política y económica del mundo occidental. Un diagnóstico certero de la desigualdad generada por tres décadas de un imperante y arrollador neoliberalismo y una silente y desorientada socialdemocracia. Una redacción inteligente, profunda y argumentada que advirtió sobre lo que estaba ocurriendo y dio en el blanco con sus posibles consecuencias.

Ambición, divergencias y cortinas de humo

Liderar el partido a nivel regional y hacer de la cámara legislativa un lugar de mayor bronca aún. Dos frentes para un único objetivo, llegar a la cúspide de la pirámide. Y el ruido de cada uno de ellos concebido para tapar e impulsar el alboroto del otro. La política como un juego de estrategia sin principios ni límites.

Su ambición -y la de los que la apoyan, jalean y colaboran en su propósito-, y no el deber que conllevan sus responsabilidades públicas -servir al interés general- como motor de sus acciones. Sea como sea, seguir un día sí y otro también en el candelero. Y hacer de todo ello una sucesión de hitos mediáticos creando un personaje poliédrico que le da a cada segmento de la opinión pública lo que ésta espera de ella. Indigna y enerva a unos, asusta y tensa a los siguientes, alegra y exalta a otros. En el fondo, la determinación de expulsar de las coordenadas de la política a los que la conciben como foro de encuentro, debate, negociación y acuerdo.  

Es una experta en cómo ser noticia. Comienza la jornada a cara de perro, insultando a sus oponentes, saltándose cuanto indica el respeto, la educación y el pudor que se le presupone a cualquier ciudadano decente, y un rato después se presenta en un entorno totalmente diferente con ritmo pausado, sonrisa relajada y chascarrillos recurrentes como si fuera una estrella del pop o una celebridad cinematográfica. Una bipolaridad perfectamente recogida por todos los medios de comunicación. Con perspectiva crítica, presuntamente objetiva por parte de determinadas cabeceras, con descarada intención propagandística y clientelar por las demás. Cortinas de humo concebidas, diseñadas y ejecutadas para tapar el ruido que van a generar distintas votaciones en los próximos días y semanas en la Asamblea de Madrid.

La certificación de la ocupación sine die de Telemadrid con el nombramiento como indefinido de su administrador único. Accediendo a reducir su presupuesto para ganarse el voto cómplice del partido amigo, lo que es de suponer que supondrá la cancelación de contratos con productoras externas y cuantas medidas laborales sean necesarias para reducir la masa salarial (y crítica) del ente público. No es descabellado imaginar que esto sea un paso con el que facilitar una hipoteca privatización o el fin de sus emisiones. Aunque es previsible que no ocurra antes de las elecciones de 2023. Dudo mucho de que, por el momento, los titulares de los despachos de la Real Casa de Correos renuncien al tremendo potencial publicitario que les supone tener a su entera, exclusiva y plenipotenciaria disposición semejante equipo técnico y humano.

El colectivo LGTBI en el centro de la diana. Le renta más ir en su contra que estar a su favor. En la saca de los votos y apoyos parlamentarios cotizan al alza el egoísmo y el desprecio frente a los derechos y las libertades fundamentales. La Constitución Española reducida a las dos palabras que le dan título, a una portada sin contenido, una tapa dura con las páginas en blanco. No son buenos tiempos para la empatía. Las cuestiones que afectan a minorías no interesan o no permean en una parte importante de la mayoría –cierto es que muchos de ellos ya tienen bastante con llegar a final de mes-. Esto hace que, por tradición, sentido de la democracia o coherencia -o todo a la vez-, el arco iris, la femineidad o el haber nacido en otro país, sean cuestiones defendidas solo por una determinada parte del espectro ideológico. Excusa perfecta para combinar en un mismo argumentario dos mentiras, la vacuidad de la exigencia de igualdad de los afectados y el carácter inventivo, instrumentalizador y manipulador de sus valedores.

Movimiento con derivada, la previsión de que sus retrocesos en esta materia quedarán anulados con la supuesta futura Ley LGTBI estatal le servirán como munición con la que seguir azuzando en este frente. Asuntos en los que se valdrá de su poder ejecutivo para llevar a la organización pública que gestiona a la inacción administrativa, como ya está haciendo en campos como el de la eutanasia o la dependencia.      

La cultura no se libra de la tergiversación. Enarbola la bandera del español, envolviendo en paño rojigualda cuanto ya existía y estaba programado. Encarga la creación de un nuevo logotipo a plasmar en tamaño superlativo en el cartel de organizadores de cuanto evento sea necesario, ante cuya visión y verbalización llevarse la mano derecha extendida al pecho y destilar patriotismo excluyente. O conmigo o contra mí. Se conceden espacios públicos de manera irregular a amigos particulares con actitudes de palmero para la ejecución de proyectos de dudosa calidad artística -ya sean con forma de pirámide, ya sea para realizar proyecciones inmersivas-, mientras compañeros de partido afirman sin pudor que hay que “poner el acento en que la programación cultural sirva para la moderación de nuestro pensamiento crítico”. Es decir, convertir la cultura en entretenimiento, en ocio, en anestesia con la que desactivar la posibilidad de imaginar y reclamar, por ejemplo, un sistema social, educativo o sanitario más justo y equitativo.

De manera paralela, y mientras esperamos las sorpresas que seguro traerán los próximo presupuestos regionales, su jefe de gabinete y máximo asesor personal ya ha puesto en marcha la estrategia de comunicación pertinente para que dentro de su casa no solo la reconozcan, sino que le concedan de manera oficial los galones, pleitesía y poder de decisión que considera le corresponde. Amenaza con utilizar la influencia que ya tiene para poner en duda la valía y las posibilidades de quien la nombró en su día. Predecesoras afines -que seguro ven en ella una manera de reivindicarse y seguir estando presentes- ya se han puesto manos a la obra haciendo lo que más les gusta, practicar el ego, desplegar retórica y jugar a la fotogenia. Tanto fuera como dentro, sea como sea, se trata de ganar.

Vorágine de ruido con la que demostrar hasta donde es capaz de llegar para construir su personaje y llegar a esa meta que está dos pasos más allá -o seis plantas más arriba y cinco kilómetros hacia el noroeste- de aquella a la que dice aspirar. Da igual cuanto tenga que hacer y decir para ser la número uno, la primera, la única, quien decide y manda.

(imagen tomada de infolibre.com, EFE)

Propósitos del nuevo curso

Septiembre es como enero. Entonces comienza el año y ahora volvemos al colegio. El parón estival del mes de agosto y los días de Navidad previos nos obligan a reflexionar, a tomar nota de lo que nos falta y nos sobra, de lo que echamos de menos y de lo que nos gustaría y no tenemos o somos. Y sea por él ánimo de ser mejores que ayer, sea por la presión de un entorno que se repite y excusa sus miserias iluminando las de los demás, la cuestión es que estos días soñamos con un futuro diferente de nuestro presente.

Buscamos o nos tropezamos con nuestro cuerpo en el espejo y automáticamente aplicamos un par de filtros. O el de la conformidad seguida de insatisfacción, me veo bien, pero no suficiente. O el de la tragedia continuada del de la culpabilidad, estoy fatal y voy camino de calificarme como horrendo. El hay que mejorar y el ponerle fin a esto convergen en el doble propósito de comer mejor y hacer más ejercicio. Nos proponemos ser más fieles a la dieta por la que optemos, o nos prescriban, que a cualquier fe religiosa que hayamos practicado, así como ir al gimnasio y no dejar de hacer ni una de las tablas, series y repeticiones que el monitor nos sugerirá tras haber pagado una cuota anual o retomado aquella que aparcamos apenas suscrita por culpa de Filomena.  

Los políticos dicen que vuelven con los ánimos renovados, llenos de propuestas con las que resolver todos y cada uno de los males que nos asolan. Lo más probable es que lo que hayan trabajado sean sus estrategias de marketing y comunicación, planificando actos aquí y declaraciones allá, argumentarios de una manera y de otra, con uno y otro sentido para seguir en el candelero sea como sea. Estando al tanto de lo que dice el contrario para darle el zasca oportuno y recurrente en las redes sociales. Esa banalidad con la que sacian al que ya les vota y encrespan al que no coincide con sus propuestas. Yo soy vuestro salvador y estoy aquí para iluminaros. Ruido. Quítate tú que ya me pongo yo. Más ruido. Yo sé y tú no sabes. Aún más ruido. A ver cómo prendo fuego a esto para ser el único que sobreviva al incendio. Cuanto peor, mejor.

El retorno a la jornada laboral acentúa nuestra neurosis. Decimos querer conciliar, tener tiempo para lo personal, para dejarnos fluir y ser y practicar aquella faceta aún ocultar en la que reside la esencia de nuestro ser, pero a lo que no sabemos cómo darle salida. Al tiempo, secretamente damos rienda suelta a nuestra ambición y nos proyectamos en un futuro en el que se nos valora, reconoce y da la oportunidad de demostrar lo que somos capaces de hacer y de lograr. Puede que en unos días hayamos dejado atrás tanto una opción como otra y nos volvamos a asentar en la rutina, la monotonía y la zona de confort. Quizás no y entraremos en coordenadas de enfado y frustración por las negativas recibidas, o de orgullo y satisfacción por los resultados conseguidos. A ver con qué gesto volvemos a casa al final del día.

Las librerías se llenan de novedades. Y los lectores nos volvemos locos. Queremos leer todos los títulos, tanto los de los autores a los que somos fieles como a esos otros por los que sentimos una extraña atracción desde fechas difíciles de precisar, pero recordamos lo que nos esperan en casa. Esos montones, más o menos agrupados y ordenados, que se han convertido en paisaje. Esa columna de pendientes a la que progresivamente hemos dado forma sobre el suelo, agrupados como isletas sobre una mesa o aprovechando huecos en una estantería. Sea como sea, nos haremos con alguno y compartiremos otros para embaucarnos en sus propuestas de sumergirnos en mundos diferentes al nuestro y en visiones necesarias para nuestra imaginación.

El noveno mes del año suelen ser en el que más rupturas matrimoniales se formalizan en los juzgados. Sumémosles a estas las de todos esos que no habían firmado un papel oficial para sellar, confirmar o dar carta de entidad a su relación. Aunque también están esos que han vuelto de la playa, la casa rural o la ruta de una semana a una, dos o varias horas de avión encantados, ilusionados y emocionados con ese o esa con el que han compartido la experiencia gran hermano. No solo sin tirarse los trastos, sino sintiendo ese extraño revoloteo de mariposas en el estómago y han decidido dar el paso de domiciliarse en la misma dirección. Entre unos y otros, los que seguirán tan acompañados o en soledad -ya sea con alguien al lado, ya sea consigo mismos- como antes.

Los medios de comunicación se lanzan a la carrera promocional. Nos cuentan que van a estar más cerca de nosotros, de los personajes y de los hechos, de la verdad que estamos deseosos de conocer. Suenan repetidos, como si pretendieran cambiar el envoltorio, pero no la esencia de aquello a lo que se dedican. A ver cómo conjugan los objetivos y métodos del periodismo en el tratamiento de los protagonistas de la noticia, los datos que reflejan la realidad de los hechos que marcan la actualidad y los referentes con que darán contexto a unos y otros para que los que estamos de este lado nos hagamos una imagen lo más objetiva y contrastada posible de la realidad. Al tiempo, estemos alertas para no dejarnos embaucar por los posibles artificios a lo que puedan recurrir en su lucha por las cifras de audiencia y el consiguiente reparto de la tarta publicitaria.

Retomar el inglés u olvidarse definitivamente de él. Irse a la cama ocho horas antes de que suene el despertador para no lucir ojeras y bostezar cual mapache a la mañana siguiente. No volver a calentarse con lo visto o leído aquí y allá. Llamar más frecuentemente a la familia y a los amigos, o borrar el número de algunos de ellos de la agenda de contactos. Hacer planes con los niños, aunque eso implique lumbago, comer hamburguesas y ver películas infumables. Y seguir así hasta el infinito, actualizando la lista de propósitos escrita en papel, tecleada o redactada con humo mental el pasado enero, o adelantando el borrador de la que probablemente intentaremos concretar en unas semanas entre cenas, uvas y champán.  

Lo que esconde el NO

Los niños ensayan su individualidad diciendo que no a las indicaciones de sus padres. Los adolescentes se parapetan tras él para reivindicar su sitio en el mundo y los adultos para marcar distancia con aquello que consideramos que no nos conviene. Pero hay un cuarto grupo, la oposición política, que lo utiliza como rodillo con intenciones nada amables.

No a todo. Por norma. Sin argumentar el porqué ni proponer una alternativa que podamos contrastar y valorar si es mejor que lo que nos ofrecen los que nos gobiernan y, por tanto, merecedora de ser implementada. No. Parte del espectro político de nuestro país no parece tener mayor propósito que el de limitar e imposibilitar -obviando el daño que eso nos puede causar a casi todos- con el único y exclusivo fin del quítate tú que ya me pongo yo. La erótica del poder. Nada evidencia que su objetivo sea liderar y gestionar para conseguir el bien común. Todo apunta a que su intención es únicamente ser quienes toman las decisiones para designar quiénes se sientan en los despachos y a quiénes se adjudican los presupuestos.

Conocen bien cómo funciona la dinámica de la opinión pública. La necesidad de alimentar continuamente la conjunción entre medios de comunicación y redes sociales con mensajes muy medidos, tanto desde el punto de vista técnico -no más de 280 caracteres si es por escrito, pocas y bien encuadradas fotografías o no más de 2 minutos de vídeo- y argumental –la épica, la hipérbole o la salida de tono- sin atender a criterios democráticos -la verdad y el respeto al otro-. Confunden ser locuaz y recurrente con dominar el arte de la retórica, pero se olvidan de que ésta ha de estar dotada de contenido. Si no exponen ideas con claridad, si no elaboran mensajes certeros y adecuados al momento y lugar que corresponda, y si no transmiten visión de futuro en lo que verbalizan, no hay nada en lo que ofrecen.

Se han convertido en expertos en agitar, provocar, manipular y polarizar. Su particular arte de la guerra -presentado como marketing político- incluye tácticas como el miente que algo queda y el divide y vencerás, así como retorcer lo legal -la protección y los límites de las libertades y derechos fundamentales que recoge nuestra Constitución- para obviar su total falta de ética. Son conscientes del caldo de cultivo que están alimentando con sus desprecios y falsedades, pero nunca asumirán sus consecuencias. Es curioso, quieren liderarnos, pero no se responsabilizan de nada, el culpable -hasta de problemas inexistentes- es siempre el otro. Su autocrítica se salda siempre con resultado sobresaliente, ni rastro de humildad ni de modestia en sus palabras.

Se otorgan el papel de garantes y defensores del sistema constitucional pero no aceptan ni el papel que les otorga ni las reglas del juego definidas en este. Entienden por negociar censurar tanto quién representa en esta labor al otro como sus propuestas. Hoy se excusas en unos motivos, mañana en otros. Niegan sin pudor lo que evidencian las sentencias judiciales y la hemeroteca. Pretenden conseguir en los tribunales lo que no lograron en las Cortes Generales. Cuentan con una red clientelar -nadie se apunta altruistamente a un asedio, cuantos participan de él esperan obtener su parte del botín- con la que extienden su discurso. Simplificaciones sintácticas con las que difaman el presente y pretenden cambiar la historia, tergiversando los hechos y pisoteando los consensos. Retorciendo lo que ocurrió, afirmando desvergonzadamente que lo que fue no fue, y estableciendo peros con los que validan lo injustificable.  

Necesitamos una oposición política que examine, controle y fiscalice de verdad; que demuestre su trabajo con hechos tangibles y propuestas fundamentadas; que se entienda como alternativa que ha de ganarse nuestra confianza y nuestro apoyo. Merecemos una oposición política mejor.

“Identidad” de Francis Fukuyama

Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

Donald Trump, Vladimir Putin, Jair Bolsonaro, Viktor Orban,… mandatarios internacionales recientes y actuales que apelan una y otra vez a la cultura e identidad de su nación. Pero no solo ellos. He ahí el movimiento independentista catalán, el Brexit o la imagen tras la que se escudan los mecanismos del partido único chino. ¿Qué hay tras todo ello? ¿Cuánto es natural y cuánto artificio? ¿Y qué hace que tantas personas se identifiquen con esos supuestos valores y narrativas? Fukuyama ofrece una doble respuesta, una más psicológica, ego y resentimiento. Y otra más económica, la gran crisis que para mucha población ha supuesto verse sobrepasada por alguna o varias de las consecuencias del espectacular desarrollo de la globalización.

Una visión a la que une el análisis histórico desde una perspectiva filosófica para entender a qué nos referimos con el término identidad. En su génesis está el hecho de tomar conciencia de uno mismo, de ser alguien diferente a los demás y que busca ser valorado y apreciado tanto por los que considera semejantes como especialmente por aquellos que están más arriba en la escala jerárquica. En esta línea señala que Lutero ya indicó en el s. XVI que los fieles no necesitan la institución católica para estar en contacto con Dios, como la Revolución Francesa tomó como estandarte en 1789 la igualdad de todos los individuos frente a los desmanes de las élites y la manera en que la revolución industrial del s. XIX fijó lo material -y todo a lo que esto da acceso- como prisma que articula el prestigio y la reputación en la sociedad a la que dio pie.

Ya más cerca de nuestro presente pone el foco en cómo el neoliberalismo ha traído consigo desde 1980 la progresiva delgadez del estado del bienestar, a la par que la globalización ha venido acompañada de una progresión tecnológica inimaginable poco tiempo atrás. Ambas tendencias han hecho que muchos países se hayan sentido nuevamente colonizados y las desigualdades entre los que más y los que menos tienen en casi todo el mundo se hayan hecho más patentes aún. En el lado positivo hay que señalar los grandes logros sociales que se han conseguido, sobre todo en el reconocimiento de la diversidad. Primero fue la integración de la mujer, después las reivindicaciones hicieron que el racismo y la lgtbifobia dejaran de ser legales o alegales en muchos países, la inmigración trajo consigo la vecindad con personas de otras razas, culturas y lenguas…

Pero todo esto ha generado una combinación explosiva. Muchos de los que alcanzaron y consolidaron el estatus de clase media en la segunda parte del siglo XX ven que lo están perdiendo y que los políticos socialdemócratas que antes le apoyaban abiertamente ahora centran su atención en otros colectivos más específicos. A los que a miles de kilómetros de nosotros confiaban en iniciar su propio proyecto personal por sí mismos, sin metrópoli de la que estar pendientes, no solo les fue imposible allí donde nacieron, sino también donde fueron a buscarlo al ser tolerados, pero no integrados. Valga como muestra el no haber dado oportunidades laborales a sus hijos, lo que les hace sentir doblemente fuera de lugar.

Una insatisfacción de la que se han nutrido grupos y dirigentes extremistas para hacerse con el poder o instalarse en posiciones de influencia. Ya sean terroristas bajo excusa religiosa, ya partidos y responsables políticos que exaltan unos presuntos valores nacionales y articuladores de la convivencia en supuesto riesgo de desaparición por elementos amenazantes que hasta hace nada eran bien vistos como el proyecto de la Unión Europea o que suponían una bocanada de esperanza como lo fue la primavera árabe para sirios, libios o egipcios.

Frente a este diagnóstico, ¿qué y cómo hacer? Entre otras opciones, Fukuyama propone en La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento ir a la esencia de la democracia liberal en la que vivimos y darla a conocer una y otra vez, tanto por la vía de la palabra como de los hechos. No solo desmintiendo los discursos mentirosos y manipuladores, sino poniendo en práctica políticas que demuestren abiertamente las virtudes, ventajas y posibilidades del sistema teórico de gobierno que se inició hace más de dos siglos, que se consolidó en Occidente tras la II Guerra Mundial y que desde entonces fue poco a poco extendiéndose a otras regiones. Esto requiere diálogo y cambios normativos, organizativos y económicos, estadistas capaces de modular las aspiraciones de los grupos de presión de sus propios países y de coordinarse con otros líderes internacionales a nivel supranacional para hacer un frente común. ¿Será posible? ¿Lo llegaremos a ver?

Identidad, Francis Fukuyama, 2019, Editorial Deusto.