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“Identidad” de Francis Fukuyama

Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

Donald Trump, Vladimir Putin, Jair Bolsonaro, Viktor Orban,… mandatarios internacionales recientes y actuales que apelan una y otra vez a la cultura e identidad de su nación. Pero no solo ellos. He ahí el movimiento independentista catalán, el Brexit o la imagen tras la que se escudan los mecanismos del partido único chino. ¿Qué hay tras todo ello? ¿Cuánto es natural y cuánto artificio? ¿Y qué hace que tantas personas se identifiquen con esos supuestos valores y narrativas? Fukuyama ofrece una doble respuesta, una más psicológica, ego y resentimiento. Y otra más económica, la gran crisis que para mucha población ha supuesto verse sobrepasada por alguna o varias de las consecuencias del espectacular desarrollo de la globalización.

Una visión a la que une el análisis histórico desde una perspectiva filosófica para entender a qué nos referimos con el término identidad. En su génesis está el hecho de tomar conciencia de uno mismo, de ser alguien diferente a los demás y que busca ser valorado y apreciado tanto por los que considera semejantes como especialmente por aquellos que están más arriba en la escala jerárquica. En esta línea señala que Lutero ya indicó en el s. XVI que los fieles no necesitan la institución católica para estar en contacto con Dios, como la Revolución Francesa tomó como estandarte en 1789 la igualdad de todos los individuos frente a los desmanes de las élites y la manera en que la revolución industrial del s. XIX fijó lo material -y todo a lo que esto da acceso- como prisma que articula el prestigio y la reputación en la sociedad a la que dio pie.

Ya más cerca de nuestro presente pone el foco en cómo el neoliberalismo ha traído consigo desde 1980 la progresiva delgadez del estado del bienestar, a la par que la globalización ha venido acompañada de una progresión tecnológica inimaginable poco tiempo atrás. Ambas tendencias han hecho que muchos países se hayan sentido nuevamente colonizados y las desigualdades entre los que más y los que menos tienen en casi todo el mundo se hayan hecho más patentes aún. En el lado positivo hay que señalar los grandes logros sociales que se han conseguido, sobre todo en el reconocimiento de la diversidad. Primero fue la integración de la mujer, después las reivindicaciones hicieron que el racismo y la lgtbifobia dejaran de ser legales o alegales en muchos países, la inmigración trajo consigo la vecindad con personas de otras razas, culturas y lenguas…

Pero todo esto ha generado una combinación explosiva. Muchos de los que alcanzaron y consolidaron el estatus de clase media en la segunda parte del siglo XX ven que lo están perdiendo y que los políticos socialdemócratas que antes le apoyaban abiertamente ahora centran su atención en otros colectivos más específicos. A los que a miles de kilómetros de nosotros confiaban en iniciar su propio proyecto personal por sí mismos, sin metrópoli de la que estar pendientes, no solo les fue imposible allí donde nacieron, sino también donde fueron a buscarlo al ser tolerados, pero no integrados. Valga como muestra el no haber dado oportunidades laborales a sus hijos, lo que les hace sentir doblemente fuera de lugar.

Una insatisfacción de la que se han nutrido grupos y dirigentes extremistas para hacerse con el poder o instalarse en posiciones de influencia. Ya sean terroristas bajo excusa religiosa, ya partidos y responsables políticos que exaltan unos presuntos valores nacionales y articuladores de la convivencia en supuesto riesgo de desaparición por elementos amenazantes que hasta hace nada eran bien vistos como el proyecto de la Unión Europea o que suponían una bocanada de esperanza como lo fue la primavera árabe para sirios, libios o egipcios.

Frente a este diagnóstico, ¿qué y cómo hacer? Entre otras opciones, Fukuyama propone en La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento ir a la esencia de la democracia liberal en la que vivimos y darla a conocer una y otra vez, tanto por la vía de la palabra como de los hechos. No solo desmintiendo los discursos mentirosos y manipuladores, sino poniendo en práctica políticas que demuestren abiertamente las virtudes, ventajas y posibilidades del sistema teórico de gobierno que se inició hace más de dos siglos, que se consolidó en Occidente tras la II Guerra Mundial y que desde entonces fue poco a poco extendiéndose a otras regiones. Esto requiere diálogo y cambios normativos, organizativos y económicos, estadistas capaces de modular las aspiraciones de los grupos de presión de sus propios países y de coordinarse con otros líderes internacionales a nivel supranacional para hacer un frente común. ¿Será posible? ¿Lo llegaremos a ver?

Identidad, Francis Fukuyama, 2019, Editorial Deusto.

Lo ha vuelto a hacer

Nadie lo esperaba, pero a ninguno de los presentes este domingo en la calle Génova sorprendió la enésima salida de tono de Isabel Díaz Ayuso. Esta vez fue sobre el papel que habrá de desempeñar el Jefe del Estado en los indultos a los líderes del independentismo catalán, hoy en prisión, si finalmente se conceden. “¿Qué va a hacer el Rey, los va a firmar?”

Foto: David Fernández/EFE

Es de suponer que era su objetivo, que se hablara de ella tanto o más del motivo por el que muchos se manifestaron ayer en la madrileña Plaza de Colón. Y con el mismo saber hacer que en ocasiones anteriores, pareciendo que no sabe lo que dice. Pero sí, sí lo sabe. A estas alturas ya todos tenemos claro que nada en ella es producto de la espontaneidad. Todo está medido para generar escándalo, protagonismo y ruido con el que provocar maliciosamente a sus contrarios, alimentar la adhesión visceral de los suyos y, de paso, adelantar por la derecha tanto al líder de su partido como al discurso de los que están más allá.

Si no ella, es de suponer que alguno de sus asesores directos esté al tanto del papel simbólico, representativo y moderador que la Constitución Española le concede al Rey en su artículo 56, así como de las competencias que le otorga en el 62, incluyendo “ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley”. Isabel no es el primer político que señala la necesidad, desde su punto de vista, de que el monarca manifieste su parecer sobre asuntos de actualidad, pero sí quien alude públicamente a la posibilidad de que renuncie a sancionar un acto del Gobierno. Una línea roja que no habíamos escuchado en otras jaleosas diatribas partidistas como las habidas meses atrás por la aprobación de la llamada ley Celáa de educación o la declaración del estado de alarma exclusivo para la Comunidad de Madrid en octubre pasado.

Qué curioso que quien se erige en defensor de una figura que nos aúna a todos (al menos en el texto que da carta de identidad a nuestro país), sea quien después haga un uso totalmente interesado de la misma. Ella y los suyos ya lo hacían con la bandera, convirtiéndola en un símbolo del “o como yo diga o contra mí”, pero apropiarse de a quien se le presupone y exige neutralidad política no solo no respeta las coordenadas de la ética pública, sino que demuestra que no tiene límites ni pudor a la hora de conseguir su objetivo -consolidar y acrecentar su poder-, y denota estar dispuesto a viciar, ensuciar y enfangar cuanto haga falta para ello.

Y mientras titulares y tertulias le dedican tiempo a la deliberada y diabólica gratuidad de esta intervención de apenas un minuto, y a su posible interpretación constitucional, caerán en el silencio asuntos realmente importante como el cierre de decenas de centros de salud, las quejas de vecinos que no pueden dormir por las terrazas en las aceras de sus calles, la subida de ratios programada para el próximo curso escolar o la negativa a investigar cómo se gestionaron las residencias de ancianos en las mortíferas primeras semanas de la pandemia.

Esperemos que los partidos de la oposición hayan aprendido la lección y no caigan en el juego de alimentar la rueda de la polémica, sino que hagan una oposición parlamentaria argumentada y verdaderamente fiscalizadora, y una labor política propositiva en la que demuestren su respeto por las instituciones de nuestro país.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt

Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

Este volumen no existió como tal en vida de Arendt, nunca llegó a completarlo, pero lo que dejó redactado nos sirve para reflexionar sobre el punto de vista que aplicó en su mirada hacia el pasado, chequear qué ha sucedido en las décadas transcurridas desde entonces y cuánto de su planteamiento sigue vigente hoy en día. Tarea nada sencilla, que exige de una mente clarividente y cultivada, con un acervo intelectual y académico tan ingente como el suyo, pero de la que se pueden extraer y destilar ideas, conceptos y planteamientos que, de ser trabajados y aplicados en el debate diario, seguro que harían mejorar el nivel, las propuestas y los logros de muchos de los políticos actuales.

En primer lugar, y como punto de partida, señalar su distinción entre filosofía y política. Hannah considera la primera como un ejercicio individual e introspectivo, resultado de la reflexión sobre la relación que tiene uno mismo con todo aquello con lo que convive. La segunda, en cambio, trata sobre lo que existe entre los hombres. Solo es posible cuando hay interacción, un movimiento que más que suma es, sobre todo, acción y confrontación de puntos de vista, opiniones y criterios diferentes. Una participación que requiere contar con unas normas -leyes- que marquen los límites y que hagan que dicho dinamismo sea enriquecedor y no germen de imposición, con todas las derivadas que esta conlleva.

Y como no podía ser de otra manera, interrogarse sobre la política exige retrotraernos hasta la cultura helenística y el concepto de la polis ateniense, en la que la dedicación a este asunto estaba restringido a los hombres libres -necesitados para ello de esclavos que se encargaran de sus otras tareas- y a los límites físicos de sus fronteras. Fuera de estas, la política no se basaba en el encuentro y el debate, sino en conflictos violentos con los que defender el status quo propio ante la amenaza de la imposición de los otros. Aunque también es cierto que la violencia podía tener lugar dentro de su territorio si alguien se hacía con el poder y el control de los suyos de forma tiránica.

Estas dos dimensiones, la de cuántos de los nacidos le dan forma a la política y hasta dónde llega su influencia, han determinado su devenir a lo largo de la historia y la geografía de nuestras civilizaciones, culturas y sociedades. En ese mirar hacia atrás, Arendt hace hincapié en la elaboración del relato utilizando ejemplos como la narración de la Guerra de Troya por Homero, pasa por el imperio romano, el cristianismo y las revoluciones americana y francesa del s.XVIII hasta llegar a la primera mitad del s. XX.

Aunque el uso de la violencia haya sido algo siempre cruel, la II Guerra Mundial supuso su abandono como medio extremo de la política para, valiéndose de los logros de la ciencia y el desarrollo industrial, convertirse en un fin en sí mismo con el que conseguir la aniquilación física y cultural del otro. Su exterminación tenía como fin destruir una parte del mundo y, por tanto, del conjunto y equilibrio de la humanidad. Esto supuso que la violencia dejara de ser una deriva de la política, para resultar anterior y base de esta, con el riesgo que esto conllevaba para el hipotético futuro orden mundial.

Una escalada que en el momento de la escritura de este proyecto seguía en punto álgido con la Guerra Fría en Europa, las guerras por la independencia de muchas de las grandes colonias europeas en África y Asía, así como el inicio del conflicto árabe-israelí tras la fundación de este Estado en 1948. Asuntos en el origen de la actual configuración global y que nos llevan a interrogarnos sobre el rol que la política y la violencia han jugado tanto en ellos como en otros muchos desde entonces, y a pensar qué propondría la después autora de Eichmann en Jerusalem (1963) para ser capaces de renunciar por siempre a la violencia y la destrucción y optar por resolver los conflictos por la vía de la diplomacia, el diálogo y la negociación.  

¿Qué es la política?, Hannah Arendt, 1956-1959 (editado en 1997), Editorial Paidós.

Teatro denuncia

Coinciden en la cartelera teatral madrileña dos obras que exponen cuestiones de las que somos tan elegidamente ignorantes como bravuconamente charlatanes. De un lado la deriva belicista del neoliberalismo en sus ansias por el poder, el dominio y la sumisión que retrata Shock 2 (La tormenta y la guerra). Del otro, la cotidianidad de las muchas expresiones de la violencia de género que disecciona Sucia.

Una de las posibles misiones del teatro es confrontarnos con nosotros mismos, situarnos frente al espejo de quiénes y cómo somos. Habrá quien rehúya del reto tomándoselo como un juego a la manera de Alicia, pero también quién por valentía, porque está dispuesto a asumir el riesgo de reconocerse, o porque cae cautivo del truco dramatúrgico, se vea involucrado en un tablero que hace evidente todo aquello que fuera de la sala está en un aparente segundo plano tras la urgencia y la necesidad de los múltiples compromisos y exigencias personales, sociales y laborales con que estructuramos, completamos y saturamos nuestras vidas.

Ya he escrito desde un punto de vista teatral sobre La tormenta y la guerra y Sucia, pero sigo pensando en su mensaje y en que, a pesar de sus muchas diferencias, ambos títulos conforman una superposición de coordenadas imposibles de ignorar. Podemos excusarnos de Shock 2 diciendo que lo que Andrés Lima cuenta en ella nos es ajeno, que las decisiones de la política están tomadas en niveles a los que no tenemos acceso. Falso, cada vez que votamos elegimos el nombre y apellidos de quienes después toman decisiones como invadir un país, recortar la inversión pública en sanidad o educación -fomentando el clasismo y la ignorancia (con todo lo que ambas conllevan: xenofobia, homofobia…)-, o convertir cárceles en centros de tortura.

Tras ello, una visión donde lo que prima es la economía, la ley de la oferta y la demanda, los futuribles y en la que ganar más hoy obliga a ganar aún más mañana. Está claro que las cuentas tienen que salir, que lo que valen son los números positivos, que las cifras en rojo son el desastre, pero si para lograrlo es a costa de la vida, la integridad y el bienestar de muchos y de nuestro entorno, del planeta en el que vivimos, la fórmula está mal diseñada. Quizás lo que falle sea su propia concepción, el dar primacía a lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Y cambiar el orden de prioridades no implica hacer un factor menos importante de lo que es, sino situarlo en el lugar complementario, y no superior, que le corresponde frente a otros.

Cuando introducimos la papeleta en la urna el día de las elecciones debemos tener en cuenta no sólo a quién queremos que nos gobierne o a qué partido o candidato castigamos, sino las consecuencias que esto tendrá. Precio que no exime a las posibles alternativas de ofrecer propuestas acordes al momento presente. No trabajar por ello, tenerse a sí mismos como prioridad bajo el camuflaje de estrategias de imagen y marketing políticos, te lleva a la tentación de pensar si de verdad son diferentes o si son la otra cara de la moneda indivisible, inseparable y bipolar que ambos conforman. Es señal de megalomanía y nos pone a los ciudadanos en la más triste y desesperada de las diatribas, elegir entre ser vilipendiados o ignorados y, por tanto, también agraviados, menospreciados y manipulados.

Ahora bien, la política no es algo que delegamos, entregamos o abandonamos en manos de los que democráticamente nos representan. Todos y cada uno de nosotros somos seres políticos, tenemos principios que determinan cómo actuamos y nos relacionamos, cómo tratamos a los demás y el modelo de sociedad en que vivimos o en la que podemos llegar a hacerlo. En el tan manoseado concepto de la responsabilidad individual está el que sepamos ejercer nuestra libertad, algo que pasa, sin duda alguna, por el diálogo, la empatía, la consideración y el respeto al otro. Sucia nos demuestra que hay terrenos en los que estamos muy alejados de esto.

¿Por qué una mujer que denuncia haber sido violada, agredida, abusada, tiene no solo que explicarse hasta la extenuación, sino que justificarse y hasta defenderse? ¿Por qué en multitud de ocasiones se la pone en tela de juicio sin más? ¿Qué extraños mecanismos antropológicos, sociológicos o culturales desatan esta tesitura? Lo interesante de la propuesta autobiográfica de Bàrbara Mestanza es que apela no solo a los principios de sus espectadores, sino a sus propias experiencias.

Las encuestas, los estudios y las investigaciones nos dicen que la teoría sobre lo que es justo y está bien en este asunto tan delicado está más o menos generalizado, pero la respuesta interior, la sentida y la que nace de las emociones que nos mueven, y en consecuencia, hacen girar al mundo, está en otras preguntas y ahí es donde Sucia da en el clavo. Interrogantes que responder en primera persona y mirando a los ojos, desde la sinceridad del estómago y la honestidad del corazón y menos desde la retaguardia de la razón cerebral. ¿Han abusado de ti alguna vez? ¿Por qué crees que actuaste de la manera en que lo hiciste? ¿Has abusado tú? ¿Qué te llevó a ello? ¿Conoces a alguien que fuera abusado/a? ¿Cómo respondiste? ¿Conoces a alguien que haya abusado? ¿Cuál fue tu reacción al enterarte?

Que la cultura es segura en términos pandémicos es una realidad que ha quedado demostrada en los últimos meses. Que es un arma influyente, crítica y revolucionaria, que incita a la reflexión, al movimiento y a la acción es algo que saben muchos. Que supone una amenaza para el status quo de muchos queda claro por su actitud -personal, política y partidista- ante un sector, actividad y demostración humana que tiene entre otros fines, el de señalar las contradicciones, incoherencias e injusticias que todos y cada uno de nosotros cometemos en todo, muchos o algún momento sobre los que nos rodean.

Shock 2 (La tormenta y la guerra), Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid) y Sucia, Teatro de la Abadía (Madrid).

“El mundo no es como crees”

Afirmaciones desmontadas con argumentos expuestos con precisión, fundamentados en datos y redactados con sencillez. Más de cincuenta creencias liberadas de los prejuicios y mitos asociados para hacernos conscientes de cómo construimos irrealidades que, en mayor o medida, lastran nuestra visión del mundo y nuestra manera de relacionarnos con él.

Conocí el blog de El Órden Mundial hace algo más de un año vía twitter. Un titular, Cuando el patrimonio cultural es víctima de la guerra, me llamó la atención. La lectura posterior, además de entretenida, me resultó muy ilustrativa. Tono correcto, artículo bien documentado e hilado y sin dogmatismo alguno, dejando claros los hechos, así como las cuestiones a las que no podía ni pretendía dar respuesta. Con esa misma impresión acabo ahora El mundo no es como crees.

Secciones y contenidos sobre economía, historia, geografía, política o religión. Desmontando conceptos tan escuchados que ni recuerdo si alguna vez puse en duda su supuesto significado, como el de huelga a la japonesa, o cuestiones que se dan por hecho una y otra vez en los medios de comunicación, como las presuntas injerencias de Rusia en muchas de las crisis occidentales. Con un enfoque mezcla de academicismo y didáctica que consigue un doble efecto de cercanía y pedagogía, y que no solo hace la lectura amena, sino también instructiva.

El punto de partida de todos ellos está en la interrogante del por qué, en qué se basa y cuánto hay de cierto en lo que asumimos. Hipótesis a partir de la cual busca las fuentes que le ofrezcan los datos con que rebatir o consolidar estas afirmaciones que hemos tomado como verdades universales. A continuación contextualiza ambas aproximaciones a la realidad, teniendo en cuenta la falsedad y la veracidad de una y otra, y propone los vínculos con otras cuestiones que influyeron para que lo erróneo o lo inexacto se estableciera en nuestro imaginario colectivo.   

Se le podría acusar de un acercamiento liviano, más centrado en relatar que en analizar, lo que siempre implica el riesgo de tener que posicionarse y argumentar el porqué de ese enfoque. Pero los redactores de El Órden Mundial sí que se mojan en temas tan candentes como el supuesto origen de laboratorio o la afectación a la globalización de la COVID-19, y en otros en los que nos queda mucho por (des)aprender como en todo lo relacionado con el mundo árabe, la religión del islam o las presunciones sobre la democracia.

Se agradecen libros así, libres de pretenciosidad y sin las injerencias ruidosas de los montajes editoriales, audiovisuales o radiofónicos de muchas cabeceras informativas que, supuestamente, pretenden informar. Medios de comunicación que se olvidan de la derivada deontológica que implica informar, formar a todo aquel que vea, escuche o lea su trabajo. Elaborar la información y exponerla de manera clara y ordenada, explicando los términos que no resulten familiares, señalando los factores que generan causalidades y ofreciendo indicadores o argumentos que permitan relativizar y ponderar la importancia y trascendencia de lo transmitido.

El Órden Mundial es un título al que volver, que (re)leer con modestia y humildad, dispuestos a enmendar y corregir cuanto sea necesario para tener una visión más correcta y menos tendenciosa del mundo en el que vivimos y de muchas de las personas con las que lo compartimos.      

El mundo no es como crees, VV.AA. (El Órden Mundial), 2020, Editorial Ariel.

Segunda ola

Hace ya semanas, meses incluso, que tenemos claro en qué consiste el coronavirus y cómo podemos minimizar vernos afectados por él. Aun así, los políticos no han podido evitarlo y se han erigido una vez más en protagonistas, estrellas, divos y centros de la polémica, la noticia, la situación y la actualidad.

18/09. Gavilán o paloma. Virus o vacuna. El ying o el yang. Ayuso o Aguado.

19/09. Ciudad segregada y manipulada. A los residentes de 37 zonas de salud de Madrid se nos niega el derecho a la cultura, a visitar teatros, museos o cines a los que sí pueden acudir nuestros vecinos de una, dos o tres calles más allá. La pandemia como excusa para minar la creatividad, la reflexión y el espíritu crítico. Goebbels en el ambiente.

20/09. ¿Qué debo hacer al salir del trabajo? ¿Volver directo a mi barrio y encerrarme en sus coordenadas de asfalto o me puedo permitir paradas intermedias que me hagan sentir persona? Opto por lo segundo y el remanso de paz que transmite la exposición que la Biblioteca Nacional le dedica a Miguel Delibes por su centenario. Que el sosiego, el temple, la cordura y la sensatez del de Valladolid sean con nosotros.

21/09. Horror vacui de banderas. Patriotismo fotocopiado. España en serie. Escudos constitucionales, siete estrellas de cinco puntas, rojo, amarillo y notas de blanco. España, Madrid, simbiosis, todo junto, pegao, apelmazao, amontonao. Que no se sepa dónde acaba la España que no es Madrid y comienza la Madrid que también es España ni donde termina Madrid y continúa España.

22/09. Tanto tiempo observando y criticando qué decían, hacían y amagaban los del otro extremo nacionalista para acabar convirtiéndose en sus sucedáneos.

23/09. Políticos psicópatas, aquellos cuya supuesta candidez y media sonrisa no oculta las consecuencias de su encarnación del rodillo del neoliberalismo. Gobernantes pasivo-agresivos, esos cuyo tacticismo tiene como objetivo hacerles aparecer triunfantes, no por sus logros sino por el descalabro de su contrincante. Nerón vs. Maquiavelo.

24/09. Administraciones públicas que prometen planes de acción, ayudas, estudiar las demandas, pero no ofrecen compromisos reales (fechas, cantidades, número de personas implicadas, objetivos tangibles a conseguir…).

25/09. Se erigen como adalides de la libertad mientras nos niegan la igualdad de oportunidades.

26/09. Lo llaman gestión descentralizada, estado de las autonomías y delegación de competencias cuando la realidad es esto es mío, tú fuera de aquí, aquí mando yo

27/09. Se han declarado la guerra y les da igual que seamos sus víctimas colaterales yéndonos al paro o a la ruina, dejando sin formación a los más pequeños, haciéndonos enfermar o hasta morir.

28/09. El covid, las inhabilitaciones, la retórica de perogrullo, el partidismo, la deslealtad institucional, el desgobierno como forma de oposición política, la mentira sin pudor y la manipulación descarada… en menuda tormenta perfecta nos estamos metiendo.

29/09. Expertos, comentaristas y analistas prediciendo, suponiendo y previendo lo que va a ocurrir. Sentencias que en unos días reelaborarán o utilizarán para ensalzarse como visionarios y proponerse como asesores, opinadores y tertulianos necesarios.

30/09. Ignacio, Isabel no te escucha. No habláis. ¿Qué os pasa?

01/10. Como cada día alcanzamos una cota más alta de absurdo, paranoia e histrionismo político, ¿con qué nos sorprenderán hoy?

02/10. Trump, positivo por coronavirus. El karma o la inevitabilidad del destino y la especulación sobre si se ha convertido en la máxima encarnación de las fake news.  

03/10. Polarización, eufemismo periodístico para blanquear un escenario político que engloba mala educación, falta de respeto, empatía y autocrítica, espíritu de revancha y un ego desmedido de sus protagonistas con altas dosis de soberbia y engreimiento.

04/10. Empresas que se autocalifican como medios de comunicación pero que no son tales. Cabeceras que actúan como voceros, intermediarios y altavoces. Que no interrogan, informan y analizan, sino que vindican, manipulan y malmeten a conciencia.

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero“, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.

"Un pueblo traicionado" de Paul Preston

Casi siglo y medio de historia de España siguiendo el hilo conductor de la corrupción, la incompetencia política y la división social causada por estas. Desde la Restauración borbónica de Alfonso XII hasta la llegada a la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez pasando por monarcas y dictadores, guerras civiles y coloniales. Un relato de los excesos, tejemanejes y aprovechamientos de gobernantes de uno y otro signo ideológico a costa de la estabilidad, el progreso y el desarrollo tanto de su nación como de sus compatriotas.

Si echamos la vista atrás parece que no ha habido una etapa tranquila en la historia de nuestro país. Hemos tenido períodos con un balance positivo y hasta muy notable incluso, pero siempre con episodios, tramas y personajes de lo más oscuro en la balanza. Y no solo de acólitos al poder o aprovechados de las circunstancias, sino desde los mismos puestos de representación estatal y gubernamental.

Reyes, presidentes, ministros, diputados y empresarios que se han valido de las coyunturas de cada instante (monarquía borbónica, república y dictaduras) para lograr un usufructo personal de su relación con las distintas fuerzas sociales (políticas, militares, empresariales, financieras, eclesiásticas…) de cada momento. Primando siempre sus objetivos, obsesiones y propósitos sobre los intereses y las necesidades de aquellos a los que se supone gobernaban, representaban o servían, o debían, al menos, respetar.

Hay mucho de tópico en este tema, pero también una realidad que no se puede negar, y es que el último siglo y medio español ha sido de lo más convulso. Un tiempo que comenzó con el fin de la tercera y última guerra carlista y al que le siguieron décadas de conflicto entre las fuerzas del orden y los incipientes, y posteriormente consolidados, movimientos obreros de distinto signo (socialistas, comunistas, anarquistas), tanto en las ciudades que se industrializaban (Madrid, Barcelona, Bilbao, Oviedo…) como en aquellas bastas áreas interiores que seguían dedicadas a la explotación de la tierra (Extremadura, Castilla, Andalucía…). Al tiempo, perdíamos las colonias de Cuba y Filipinas en 1898, y más tarde llegarían los desastres de Marruecos en los que perdieron la vida miles de soldados.

Mientras tanto, la titularidad del Gobierno se basaba en la continua alternancia de liberales y conservadores, cada uno con su correspondiente camarilla de puestos de confianza y financiadores -industriales y terratenientes- a los que se les devolvía el favor con normas e impuestos que favorecían sus negocios, u obviando su no cumplimiento de lo establecido por la legalidad vigente. Eso sin dejar de lado la continua simbiosis entre el estamento político y el militar, tanto en la formación de equipos de gobierno y designación de representantes como en la toma de decisiones, desembocando en períodos como la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) o la deriva total en este sentido que supusieron la Guerra Civil y el franquismo posterior, décadas en las que la corrupción no fue la trastienda del sistema sino su primera y máxima regla.

Egoísmos, intervencionismo e incompetencias que acabaron con esperanzas como la de la II República, enturbiaron los sacrificios y logros de la llamada Transición y han lastrado, hasta ahora, la reputación, las posibilidades y las potencialidades de nuestra actual democracia parlamentaria. Así es como finaliza (por ahora, veremos lo que nos depara el futuro) este ensayo que comienza como un muy buen ejercicio de síntesis, deriva posteriormente en un alarde de conocimiento y ordenación de datos, y concluye como un completo compendio de titulares, sumarios judiciales y sentencias conocidas a través de los medios de comunicación en los últimos decenios.

Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días: corrupción, incompetencia política y división social, Paul Preston, 2019, Editorial Debate.

“Luces de bohemia” de Ramón del Valle-Inclán

Texto maestro. Por el derroche de personajes que transitan por sus páginas, por la profundidad psicológica de sus protagonistas, por el agudo retrato que realiza de la situación política, cultural y social de la España de hace un siglo y por la ironía e inteligencia con que menciona e incluye en su trama a muchos de los nombres de entonces.

Esperpento. Vocablo genial. Recurso muy bien presentado y utilizado por Valle-Inclán en esta obra y que desde su primera publicación (por entregas en 1920, la definitiva y ampliada llegaría en 1924) forma parte del vocabulario recurrente con el que podemos definir las andanzas, desventuras, incoherencias y absurdos de la realidad que hemos vivido desde entonces (al menos en mi caso desde que leí Luces de bohemia por primera vez hace, por lo menos, 25 años).

Lo hábil de Don Ramón es que no fuerza las situaciones o las presenta desde esa óptica, sino que deja que se expongan tal cual son, demostrando que el equilibrio de nuestra sociedad tiene muchas veces poco de lógica y de razón, y sí mucho de visceralidad y bajas pasiones.

Unos buscan resolver lo rápido, lo urgente, el aquí y ahora, el ya, el picor de la entrepierna, el rugido del estómago, la sequedad de la garganta, el frío o el calor de su piel. Otros quieren satisfacer su vanidad en materializaciones efímeras como laudatorias verbales o con presunción de perpetuidad, viendo sus escritos (poesías y crónicas) fijados con tinta en las páginas de la prensa diaria o, incluso, editadas como un libro, manifestación del sumun literario. Motivaciones varias que lo mismo dan pie a crear camarillas entre compañeros de excesos y vicios, que a valerse los unos de los otros para satisfacer sus necesidades o, incluso, a servirse los unos de los otros cuando la falta de moral se encuentra con la debilidad de carácter.

Pero entre tanto personaje y personajismo, también hay personas que solo quieren disfrutar y ganarse la vida compartiendo aquello que saben hacer, como Max Estrella y su don para la escritura y la poesía. Virtud inutilizada por una vista perdida y una demanda de textos que no le llega y que le condena, junto a su mujer y a su hija, a la tristeza, al amargor y a la desesperanza de la penuria. La escasez le lleva al empeño y así comienza un paseo que le conduce a una taberna, de ahí a comisaria por mediación de una revuelta popular y de esta a un despacho ministerial para acabar, previa parada en un café, transitando por la nocturnidad de un Madrid canalla y proxeneta que acabará trágicamente en funeral y enterramiento.

Un universo humano no solo bien concebido, sino excepcionalmente expuesto, desarrollado y concluido. En Luces de bohemia Valle-Inclán pone a cada uno en su sitio mediante anotaciones escénicas tan o más calificativas que descriptivas. En sus diálogos lo ingenioso y lo recurrente se combina con lo inteligente y lo humanista (referencias al mundo clásico) y la denuncia de las injusticias y la corrupción con menciones, alusiones e interacciones incisivas, mordaces, con el mundo de la política (Antonio Maura, el conde de Romanones, el ministro de la Gobernación…) y la literatura (Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, Rubén Darío…).

Luces de bohemia, Ramón del Valle-Inclán, 1924, Alianza Editorial.

“Ricardo III”, procaz, gamberro, actual

Para casi todo lo que nos pasa y vivimos hay un título de Shakespeare al que acudir y comprobar la certeza y atemporalidad de su análisis sobre el comportamiento. Miguel del Arco y Antonio Rojano desmenuzan su texto para llenarlo de referencias de nuestros días, pero sin dejar de lado esa realidad nefasta que resulta de la unión de una ambición desmedida, la erótica del poder y la falta total y absoluta de escrúpulos.

Llegar a la cumbre dejando en el camino un reguero de sangre y de cadáveres. Argumento que hemos visto muchas veces en la Historia y que Shakespeare plasmó en esta tragedia escrita a finales del s. XVI. Una propuesta narrativa que de manera más o menos figurada sigue articulando muchos relatos, basta con abrir las páginas de cualquier periódico y leer el camino seguido por muchos de nuestros líderes políticos hasta llegar a la cúspide de las pirámides de los partidos, administraciones o instituciones que dirigen. Del Arco y Rojano no apuntan a ninguno en concreto, pero sí que nos lanzan guiños sobre la actualidad -Franco, la Monarquía o los medios de comunicación- que ejercen de puente entre la ficción representada en el escenario y la mochila de realidad que cada espectador lleva consigo en el patio de butacas.

Apuntes aparentemente espontáneos -pero con una coherente profundidad cuando se van sumando y uniendo- manejados con una agilidad y frescura que convierte su falta de pudor en una desvergonzada diversión con una inteligente procacidad. Porque, ¿dónde está el límite? ¿En el escándalo de los abusos físicos y psicológicos que se explicitan? ¿En la provocación que eso supone para nuestro sistema de valores? ¿O en el atentado al status quo de nuestra sociedad que suponen los medios sin escrúpulos -extorsión, asesinato- de los que se sirven en ocasiones quienes dicen o pretenden gobernarnos?

Preguntas que ni Shakespeare ni Del Arco ni Rojano explicitan, pero que el segundo nos lanza levantando un montaje en el que lo despiadado, lo grotesco y lo mordaz se suceden sin mayor orden y concierto que el de los impulsos de un aspirante al trono sin moral ni principios. Un Ricardo III encarnado por un Israel Elejalde histriónico e irritante, a diferencia de aquel zorro lleno de astucia que interpretó Juan Diego años atrás en el Teatro Español, al que dota de su característica presencia y capacidad corporal manifestada tanto en trabajos clásicos (valga recordar el Hamlet en el Teatro de la Comedia en el que también estuvo dirigido por Del Arco) como contemporáneos (La clausura del amor, Ensayo…).

Junto a él, una serie de secundarios entre los que destacan a Alejandro Jato (qué brío el suyo), Manuela Velasco (buena actriz camino de ser una grande) y Verónica Ronda (haciendo suyas las tablas cada vez que las pisa). Todos ellos envueltos por una iluminación que transmite a la perfección esa atmósfera en la que el objetivo es más sentir y percibir que ver y notar. Un ambiente en el que Miguel Del Arco se sirve tanto de la caracterización de algunos de sus intérpretes como de ciertos elementos escenográficos para alcanzar ese punto de irreverencia gamberra que completa el círculo de su propuesta.

Ricardo III, en el Teatro Kamikaze (Madrid).