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Segunda ola

Hace ya semanas, meses incluso, que tenemos claro en qué consiste el coronavirus y cómo podemos minimizar vernos afectados por él. Aun así, los políticos no han podido evitarlo y se han erigido una vez más en protagonistas, estrellas, divos y centros de la polémica, la noticia, la situación y la actualidad.

18/09. Gavilán o paloma. Virus o vacuna. El ying o el yang. Ayuso o Aguado.

19/09. Ciudad segregada y manipulada. A los residentes de 37 zonas de salud de Madrid se nos niega el derecho a la cultura, a visitar teatros, museos o cines a los que sí pueden acudir nuestros vecinos de una, dos o tres calles más allá. La pandemia como excusa para minar la creatividad, la reflexión y el espíritu crítico. Goebbels en el ambiente.

20/09. ¿Qué debo hacer al salir del trabajo? ¿Volver directo a mi barrio y encerrarme en sus coordenadas de asfalto o me puedo permitir paradas intermedias que me hagan sentir persona? Opto por lo segundo y el remanso de paz que transmite la exposición que la Biblioteca Nacional le dedica a Miguel Delibes por su centenario. Que el sosiego, el temple, la cordura y la sensatez del de Valladolid sean con nosotros.

21/09. Horror vacui de banderas. Patriotismo fotocopiado. España en serie. Escudos constitucionales, siete estrellas de cinco puntas, rojo, amarillo y notas de blanco. España, Madrid, simbiosis, todo junto, pegao, apelmazao, amontonao. Que no se sepa dónde acaba la España que no es Madrid y comienza la Madrid que también es España ni donde termina Madrid y continúa España.

22/09. Tanto tiempo observando y criticando qué decían, hacían y amagaban los del otro extremo nacionalista para acabar convirtiéndose en sus sucedáneos.

23/09. Políticos psicópatas, aquellos cuya supuesta candidez y media sonrisa no oculta las consecuencias de su encarnación del rodillo del neoliberalismo. Gobernantes pasivo-agresivos, esos cuyo tacticismo tiene como objetivo hacerles aparecer triunfantes, no por sus logros sino por el descalabro de su contrincante. Nerón vs. Maquiavelo.

24/09. Administraciones públicas que prometen planes de acción, ayudas, estudiar las demandas, pero no ofrecen compromisos reales (fechas, cantidades, número de personas implicadas, objetivos tangibles a conseguir…).

25/09. Se erigen como adalides de la libertad mientras nos niegan la igualdad de oportunidades.

26/09. Lo llaman gestión descentralizada, estado de las autonomías y delegación de competencias cuando la realidad es esto es mío, tú fuera de aquí, aquí mando yo

27/09. Se han declarado la guerra y les da igual que seamos sus víctimas colaterales yéndonos al paro o a la ruina, dejando sin formación a los más pequeños, haciéndonos enfermar o hasta morir.

28/09. El covid, las inhabilitaciones, la retórica de perogrullo, el partidismo, la deslealtad institucional, el desgobierno como forma de oposición política, la mentira sin pudor y la manipulación descarada… en menuda tormenta perfecta nos estamos metiendo.

29/09. Expertos, comentaristas y analistas prediciendo, suponiendo y previendo lo que va a ocurrir. Sentencias que en unos días reelaborarán o utilizarán para ensalzarse como visionarios y proponerse como asesores, opinadores y tertulianos necesarios.

30/09. Ignacio, Isabel no te escucha. No habláis. ¿Qué os pasa?

01/10. Como cada día alcanzamos una cota más alta de absurdo, paranoia e histrionismo político, ¿con qué nos sorprenderán hoy?

02/10. Trump, positivo por coronavirus. El karma o la inevitabilidad del destino y la especulación sobre si se ha convertido en la máxima encarnación de las fake news.  

03/10. Polarización, eufemismo periodístico para blanquear un escenario político que engloba mala educación, falta de respeto, empatía y autocrítica, espíritu de revancha y un ego desmedido de sus protagonistas con altas dosis de soberbia y engreimiento.

04/10. Empresas que se autocalifican como medios de comunicación pero que no son tales. Cabeceras que actúan como voceros, intermediarios y altavoces. Que no interrogan, informan y analizan, sino que vindican, manipulan y malmeten a conciencia.

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero“, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.

"Un pueblo traicionado" de Paul Preston

Casi siglo y medio de historia de España siguiendo el hilo conductor de la corrupción, la incompetencia política y la división social causada por estas. Desde la Restauración borbónica de Alfonso XII hasta la llegada a la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez pasando por monarcas y dictadores, guerras civiles y coloniales. Un relato de los excesos, tejemanejes y aprovechamientos de gobernantes de uno y otro signo ideológico a costa de la estabilidad, el progreso y el desarrollo tanto de su nación como de sus compatriotas.

Si echamos la vista atrás parece que no ha habido una etapa tranquila en la historia de nuestro país. Hemos tenido períodos con un balance positivo y hasta muy notable incluso, pero siempre con episodios, tramas y personajes de lo más oscuro en la balanza. Y no solo de acólitos al poder o aprovechados de las circunstancias, sino desde los mismos puestos de representación estatal y gubernamental.

Reyes, presidentes, ministros, diputados y empresarios que se han valido de las coyunturas de cada instante (monarquía borbónica, república y dictaduras) para lograr un usufructo personal de su relación con las distintas fuerzas sociales (políticas, militares, empresariales, financieras, eclesiásticas…) de cada momento. Primando siempre sus objetivos, obsesiones y propósitos sobre los intereses y las necesidades de aquellos a los que se supone gobernaban, representaban o servían, o debían, al menos, respetar.

Hay mucho de tópico en este tema, pero también una realidad que no se puede negar, y es que el último siglo y medio español ha sido de lo más convulso. Un tiempo que comenzó con el fin de la tercera y última guerra carlista y al que le siguieron décadas de conflicto entre las fuerzas del orden y los incipientes, y posteriormente consolidados, movimientos obreros de distinto signo (socialistas, comunistas, anarquistas), tanto en las ciudades que se industrializaban (Madrid, Barcelona, Bilbao, Oviedo…) como en aquellas bastas áreas interiores que seguían dedicadas a la explotación de la tierra (Extremadura, Castilla, Andalucía…). Al tiempo, perdíamos las colonias de Cuba y Filipinas en 1898, y más tarde llegarían los desastres de Marruecos en los que perdieron la vida miles de soldados.

Mientras tanto, la titularidad del Gobierno se basaba en la continua alternancia de liberales y conservadores, cada uno con su correspondiente camarilla de puestos de confianza y financiadores -industriales y terratenientes- a los que se les devolvía el favor con normas e impuestos que favorecían sus negocios, u obviando su no cumplimiento de lo establecido por la legalidad vigente. Eso sin dejar de lado la continua simbiosis entre el estamento político y el militar, tanto en la formación de equipos de gobierno y designación de representantes como en la toma de decisiones, desembocando en períodos como la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) o la deriva total en este sentido que supusieron la Guerra Civil y el franquismo posterior, décadas en las que la corrupción no fue la trastienda del sistema sino su primera y máxima regla.

Egoísmos, intervencionismo e incompetencias que acabaron con esperanzas como la de la II República, enturbiaron los sacrificios y logros de la llamada Transición y han lastrado, hasta ahora, la reputación, las posibilidades y las potencialidades de nuestra actual democracia parlamentaria. Así es como finaliza (por ahora, veremos lo que nos depara el futuro) este ensayo que comienza como un muy buen ejercicio de síntesis, deriva posteriormente en un alarde de conocimiento y ordenación de datos, y concluye como un completo compendio de titulares, sumarios judiciales y sentencias conocidas a través de los medios de comunicación en los últimos decenios.

Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días: corrupción, incompetencia política y división social, Paul Preston, 2019, Editorial Debate.

“Luces de bohemia” de Ramón del Valle-Inclán

Texto maestro. Por el derroche de personajes que transitan por sus páginas, por la profundidad psicológica de sus protagonistas, por el agudo retrato que realiza de la situación política, cultural y social de la España de hace un siglo y por la ironía e inteligencia con que menciona e incluye en su trama a muchos de los nombres de entonces.

Esperpento. Vocablo genial. Recurso muy bien presentado y utilizado por Valle-Inclán en esta obra y que desde su primera publicación (por entregas en 1920, la definitiva y ampliada llegaría en 1924) forma parte del vocabulario recurrente con el que podemos definir las andanzas, desventuras, incoherencias y absurdos de la realidad que hemos vivido desde entonces (al menos en mi caso desde que leí Luces de bohemia por primera vez hace, por lo menos, 25 años).

Lo hábil de Don Ramón es que no fuerza las situaciones o las presenta desde esa óptica, sino que deja que se expongan tal cual son, demostrando que el equilibrio de nuestra sociedad tiene muchas veces poco de lógica y de razón, y sí mucho de visceralidad y bajas pasiones.

Unos buscan resolver lo rápido, lo urgente, el aquí y ahora, el ya, el picor de la entrepierna, el rugido del estómago, la sequedad de la garganta, el frío o el calor de su piel. Otros quieren satisfacer su vanidad en materializaciones efímeras como laudatorias verbales o con presunción de perpetuidad, viendo sus escritos (poesías y crónicas) fijados con tinta en las páginas de la prensa diaria o, incluso, editadas como un libro, manifestación del sumun literario. Motivaciones varias que lo mismo dan pie a crear camarillas entre compañeros de excesos y vicios, que a valerse los unos de los otros para satisfacer sus necesidades o, incluso, a servirse los unos de los otros cuando la falta de moral se encuentra con la debilidad de carácter.

Pero entre tanto personaje y personajismo, también hay personas que solo quieren disfrutar y ganarse la vida compartiendo aquello que saben hacer, como Max Estrella y su don para la escritura y la poesía. Virtud inutilizada por una vista perdida y una demanda de textos que no le llega y que le condena, junto a su mujer y a su hija, a la tristeza, al amargor y a la desesperanza de la penuria. La escasez le lleva al empeño y así comienza un paseo que le conduce a una taberna, de ahí a comisaria por mediación de una revuelta popular y de esta a un despacho ministerial para acabar, previa parada en un café, transitando por la nocturnidad de un Madrid canalla y proxeneta que acabará trágicamente en funeral y enterramiento.

Un universo humano no solo bien concebido, sino excepcionalmente expuesto, desarrollado y concluido. En Luces de bohemia Valle-Inclán pone a cada uno en su sitio mediante anotaciones escénicas tan o más calificativas que descriptivas. En sus diálogos lo ingenioso y lo recurrente se combina con lo inteligente y lo humanista (referencias al mundo clásico) y la denuncia de las injusticias y la corrupción con menciones, alusiones e interacciones incisivas, mordaces, con el mundo de la política (Antonio Maura, el conde de Romanones, el ministro de la Gobernación…) y la literatura (Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, Rubén Darío…).

Luces de bohemia, Ramón del Valle-Inclán, 1924, Alianza Editorial.

“Ricardo III”, procaz, gamberro, actual

Para casi todo lo que nos pasa y vivimos hay un título de Shakespeare al que acudir y comprobar la certeza y atemporalidad de su análisis sobre el comportamiento. Miguel del Arco y Antonio Rojano desmenuzan su texto para llenarlo de referencias de nuestros días, pero sin dejar de lado esa realidad nefasta que resulta de la unión de una ambición desmedida, la erótica del poder y la falta total y absoluta de escrúpulos.

Llegar a la cumbre dejando en el camino un reguero de sangre y de cadáveres. Argumento que hemos visto muchas veces en la Historia y que Shakespeare plasmó en esta tragedia escrita a finales del s. XVI. Una propuesta narrativa que de manera más o menos figurada sigue articulando muchos relatos, basta con abrir las páginas de cualquier periódico y leer el camino seguido por muchos de nuestros líderes políticos hasta llegar a la cúspide de las pirámides de los partidos, administraciones o instituciones que dirigen. Del Arco y Rojano no apuntan a ninguno en concreto, pero sí que nos lanzan guiños sobre la actualidad -Franco, la Monarquía o los medios de comunicación- que ejercen de puente entre la ficción representada en el escenario y la mochila de realidad que cada espectador lleva consigo en el patio de butacas.

Apuntes aparentemente espontáneos -pero con una coherente profundidad cuando se van sumando y uniendo- manejados con una agilidad y frescura que convierte su falta de pudor en una desvergonzada diversión con una inteligente procacidad. Porque, ¿dónde está el límite? ¿En el escándalo de los abusos físicos y psicológicos que se explicitan? ¿En la provocación que eso supone para nuestro sistema de valores? ¿O en el atentado al status quo de nuestra sociedad que suponen los medios sin escrúpulos -extorsión, asesinato- de los que se sirven en ocasiones quienes dicen o pretenden gobernarnos?

Preguntas que ni Shakespeare ni Del Arco ni Rojano explicitan, pero que el segundo nos lanza levantando un montaje en el que lo despiadado, lo grotesco y lo mordaz se suceden sin mayor orden y concierto que el de los impulsos de un aspirante al trono sin moral ni principios. Un Ricardo III encarnado por un Israel Elejalde histriónico e irritante, a diferencia de aquel zorro lleno de astucia que interpretó Juan Diego años atrás en el Teatro Español, al que dota de su característica presencia y capacidad corporal manifestada tanto en trabajos clásicos (valga recordar el Hamlet en el Teatro de la Comedia en el que también estuvo dirigido por Del Arco) como contemporáneos (La clausura del amor, Ensayo…).

Junto a él, una serie de secundarios entre los que destacan a Alejandro Jato (qué brío el suyo), Manuela Velasco (buena actriz camino de ser una grande) y Verónica Ronda (haciendo suyas las tablas cada vez que las pisa). Todos ellos envueltos por una iluminación que transmite a la perfección esa atmósfera en la que el objetivo es más sentir y percibir que ver y notar. Un ambiente en el que Miguel Del Arco se sirve tanto de la caracterización de algunos de sus intérpretes como de ciertos elementos escenográficos para alcanzar ese punto de irreverencia gamberra que completa el círculo de su propuesta.

Ricardo III, en el Teatro Kamikaze (Madrid).

“El director” de David Jiménez

No cuenta nada que no hubiéramos imaginado ya, pero dar el paso de poner en negro sobre blanco en primera persona las oscuras relaciones entre el poder político y económico con una de las principales cabeceras de nuestro país, revela que el asunto no es tan liviano como podría parecer. Una lectura entretenida plagada de anécdotas que muestran las arenas movedizas formadas por el triángulo ética, libertad de información e intereses propios.

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El 30 de abril de 2015 David Jiménez era nombrado director de El Mundo. Apenas un año después, el 25 de mayo de 2016, fue destituido. ¿Qué pasó en esos casi trece meses? La respuesta de la empresa editora es que la gestión de su cabecera más preciada necesitaba un golpe de timón. La réplica de Jiménez es El director. Una combinación entre ensayo y diario en el que en distintos episodios cuenta el propósito con el que entró en su despacho el primer día, lo que vivió y conoció en las idas y venidas entre el suyo y los muchos -tanto externos como internos- que visitó posteriormente, y cómo se fraguó su salida del periódico en el que había trabajado desde 1994 al no cumplir el papel oculto que, a su juicio, se esperaba de él.

En estas memorias que van de la ilusión casi naif por el periodismo a la incompatibilidad con las maquinaciones junto a la máquina del café, queda claro un mensaje que la mayoría de las empresas editoras parecen no haber aprendido aún. La digitalización ha llegado para quedarse y aunque el papel seguirá existiendo, éste ya no será el único formato de aquellos diarios que quieran, además de continuar existiendo, ser influyentes. La información ha de trabajarse y ofrecerse de otra forma, y la manera de monetizarla no puede ser únicamente vendiendo ejemplares impresos en los que columnas, artículos y reportajes se alternan con inserciones publicitarias. Quien no lo entienda así desaparecerá, de manera estrepitosa o en una lenta agonía dejándose por el camino -mediante EREs, refinanciaciones y reestructuraciones- su prestigio, la dignidad de sus directivos y el talento de muchos de sus trabajadores.

Cuando le ofrecieron el cargo, David se propuso no solo evitar que le sucediera eso a El Mundo, sino convertirlo en un líder digital en términos de audiencia, repercusión y rentabilidad. A priori contaba con el apoyo de la empresa editora, nadie le dijo que no a sus ideas y propuestas. Pero poco a poco la realidad -tanto sus superiores como buena parte de los integrantes de la redacción a cuyo frente había sido colocado- fue mostrándose nada dispuesta a la innovación tecnológica, los cambios organizativos, el reciclaje profesional y la convivencia con nuevos perfiles de periodistas.

Súmese a esto las malas prácticas en lo relativo a la objetividad y el ejercicio de la independencia que se le supone al cuarto poder. El deseo de formar parte de la élite del poder ha hecho que muchos periodistas se vean más motivados por el culto a su vanidad que por la búsqueda de la verdad. Y como gota que colma el vaso, desde 2007, la mala situación económica de la empresa, haciéndola dependiente de las inyecciones financieras de empresas y administraciones públicas en forma de patrocinios y campañas de publicidad. Una tormenta perfecta que ha traído consigo una espiral de menos ventas, reducción de ingresos, repercusión puesta en duda e influencia a la baja que amenaza tanto la viabilidad presente como futura del sector.

Un relato más cercano en su forma al reportaje periodístico que al ejercicio literario. Una narración animada gracias a los nombres de todos los ámbitos (político y económico especialmente), seudónimos de colegas fáciles de identificar, encuentros, situaciones y referencias que ejemplifican las situaciones con las que El Director comparte con sus lectores su experiencia y vivencia de las cocinas del periodismo de nuestro país.

El Director, David Jiménez, 2019, Libros del K.O.

“El vicio del poder”

Adam McKay vuelve a carga con el mismo tono sarcástico entre el documental y la ficción con que ya nos sorprendió en “La gran apuesta”. Y con similar intención, contarnos las causas de aquello cuyas consecuencias seguimos sufriendo hoy en día. Si entonces expuso cómo se generó la crisis financiera de 2007, esta vez el foco de atención es el poder casi absoluto que Dick Cheney ejerció como vicepresidente de EE.UU. entre 2001 y 2009.

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Comienza siendo un biopic, algo que no deja de ser nunca para acabar convirtiéndose en su última parte en un thriller político sobre cómo se gestó la designación de Cheney como segundo de George W. Bush en las elecciones estadounidenses del año 2000 y la guerra norteamericana contra el terrorismo en territorio iraquí tras los atentados del 11S. Sobre el personaje protagonista sabremos más o menos, pero en cuanto a lo segundo está claro que a poco que nos refresquen la memoria, todo lo que nos cuenten nos resultará familiar. El estrecho margen por el que Bush derrotó a Gore en Florida, los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y el Pentágono, las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein,…

Entonces, ¿cuál es el interés cinematográfico de El vicio del poder? Si se hubiera quedado en el retrato biográfico, escaso, poco más allá de una correcta factura técnica y unas excelentes caracterizaciones e interpretaciones de Christian Bale y Amy Adams para relatar su relación y el ascenso político de Cheney –con ella siempre a la sombra, pero tan ambiciosa y justa de escrúpulos como su marido- desde la década de los 60.

Si apuramos, McKay podría haber sintetizado esta parte sin riesgo de que perdiéramos información. Pero hace de ella una trama correcta, evocativa del estilo de vida del sueño americano –pero sin llegar a retratarlo-, que liga con su segunda línea narrativa -la trastienda de la política- a través de un montaje ágil, dinámico y vibrante con el que le da a esta otra parte de la película un tono documental deliberadamente sarcástico.

Así, desde un punto cercano al humor y con un ritmo que evoca al de los videoclips, al lenguaje televisivo y a la contundencia del periodismo más amarillista nos cuenta la seriedad de lo que hasta ahora probablemente no conocíamos. Hechos en los que si la legalidad es más que dudosa, la ética nunca fue considerada, como la figura del poder ejecutivo unitario, los estudios de marketing para conseguir el apoyo del pueblo americano a la invasión de Irak que ya se estaba preparando o la reinterpretación de la Convención de Ginebra sobre el trato a prisioneros de guerra para emplear técnicas de tortura como sabemos que ocurrió en Guantánamo o Abu Ghraib.

Y mucho más en un marco de crítica sin límites en el que la característica principal de cada personaje es llevada al extremo, ya sea la socarronería con que se retrata a Donald Rumsfeld, el casi infantilismo de George W. Bush o la soberbia que define a Dick Cheney. Un derroche de imperialismo neoliberal que vive al margen de una sociedad a la que, tal y como expone El vicio del poder, manipula y utiliza de manera absolutista, sufre sus consecuencias y a la que quizás no le queda otra que plantearse cómo hacer para que gobiernos y situaciones así no se vuelvan a repetir.

 

“He venido a reclutaros”, textos y discursos de Harvey Milk

Fue el primer cargo público en EE.UU. que hizo de su homosexualidad uno de los elementos en los que basó su lucha y propuesta política, convirtiéndose no solo en un referente de la comunidad LGTB, sino también de la defensa de los derechos civiles de cualquier minoría presionada por el capitalista heteropatriarcado blanco. Los 50 años pasados desde estos textos pueden hacerlos pasar por banales, pero demuestran las obviedades que fue necesario defender en el inicio de una lucha de la que algunos objetivos reales aún están por conseguirse.

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Los autores de este recopilatorio se quejan en su introducción de que buena parte de las nuevas generaciones no saben quién fue, qué consiguió y qué supuso Harvey Milk (1930-1978) para la comunidad LGTB de su tiempo –el San Francisco y el EE.UU. de los años 70- y, por tanto, el legado que nos dejó y sobre el que se han cimentado muchos de los logros legales y sociales conseguidos desde entonces. Una reclamación similar a la que Milk le hacía a los miembros de la comunidad homosexual  en sus intervenciones públicas y escritos (notas de prensa, cartas a autoridades, programas electorales,…), que debían ser ellos los primeros en defender y reclamar abiertamente lo que les correspondía, y no esperar que lo hicieran otros por ellos o conformarse simplemente con tener una vida materialmente resuelta.

En apenas cinco años Harvey se presentó cuatro veces a las elecciones a la Junta de Supervisores de San Francisco hasta que logró ser elegido en 1977, cargo que solo pudo ejercer durante diez meses al ser asesinado. Con una retórica locuaz, un estilo directo y apelaciones muy concretas tanto a sus contrincantes como a lo que él denominaba “la máquina” (grandes corporaciones empresariales y partidos políticos que burocratizaban las administraciones públicas), expuso una visión de la realidad que iba más allá de los bandos ideológicos para centrarse en las necesidades concretas del día a día de los vecinos de su ciudad (seguridad, educación, sanidad, transporte, oportunidades laborales,…) y de la relación directa que estas tenían con las bases constitucionales de su nación.

Así fue como su discurso y sus propuestas apelaban a cuestiones entonces rompedoras que hoy nos parecen fines obvios de la democracia como la igualdad y la visibilidad de todas las personas independientemente de su edad, raza, sexo, orientación sexual, religión,… Unas coordenadas de diversidad que siempre tuvo en cuenta en su lucha prioritaria por desmontar la visceral e institucionalizada homofobia que entonces era una norma casi universal. Un monstruo que amenazaba e impedía una vida plena a nivel personal, social y profesional de las personas homosexuales y al que propuso hacerle frente haciendo que todo el colectivo se uniera para ejercer presión con el poder político y económico resultante de la suma de todos ellos.

Su inteligencia a la hora de desmontar el discurso absurdo y prejuicioso de la homofobia imperante, su claridad expositiva en la elaboración y comunicación de su argumentario y su valentía ejerciendo la visibilidad que promulgaba le permitieron alcanzar un liderazgo y un protagonismo mediático que supo ejercer muy bien. No solo consiguió el puesto público al que aspiraba sino que introdujo la cuestión de los derechos de las personales homosexuales –y por extensión los de cualquier minoría- en el debate público local, estatal y nacional.

Junto con los disturbios del 28 de junio de 1969 de Stonewall, Harvey Milk marcó un punto de inflexión en la historia de los derechos civiles (y por extensión, en la defensa de los derechos humanos) y que debemos señalar como el inicio de lo mucho que se ha logrado desde entonces y de lo que queda por conseguir. Un tema en el que podemos ahondar leyendo The mayor of Castro Street, la biografía de Milk que en 1982 publicó el periodista Randy Shilts, o ya desde una óptica más patria, recurriendo a Lo nuestro sí que es mundial (Editorial Egales, 2017) de Ramón Martínez.

He venido a reclutaros, textos y discursos de Harvey Milk, 2018. Editorial Egales.

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.