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Ambición, divergencias y cortinas de humo

Liderar el partido a nivel regional y hacer de la cámara legislativa un lugar de mayor bronca aún. Dos frentes para un único objetivo, llegar a la cúspide de la pirámide. Y el ruido de cada uno de ellos concebido para tapar e impulsar el alboroto del otro. La política como un juego de estrategia sin principios ni límites.

Su ambición -y la de los que la apoyan, jalean y colaboran en su propósito-, y no el deber que conllevan sus responsabilidades públicas -servir al interés general- como motor de sus acciones. Sea como sea, seguir un día sí y otro también en el candelero. Y hacer de todo ello una sucesión de hitos mediáticos creando un personaje poliédrico que le da a cada segmento de la opinión pública lo que ésta espera de ella. Indigna y enerva a unos, asusta y tensa a los siguientes, alegra y exalta a otros. En el fondo, la determinación de expulsar de las coordenadas de la política a los que la conciben como foro de encuentro, debate, negociación y acuerdo.  

Es una experta en cómo ser noticia. Comienza la jornada a cara de perro, insultando a sus oponentes, saltándose cuanto indica el respeto, la educación y el pudor que se le presupone a cualquier ciudadano decente, y un rato después se presenta en un entorno totalmente diferente con ritmo pausado, sonrisa relajada y chascarrillos recurrentes como si fuera una estrella del pop o una celebridad cinematográfica. Una bipolaridad perfectamente recogida por todos los medios de comunicación. Con perspectiva crítica, presuntamente objetiva por parte de determinadas cabeceras, con descarada intención propagandística y clientelar por las demás. Cortinas de humo concebidas, diseñadas y ejecutadas para tapar el ruido que van a generar distintas votaciones en los próximos días y semanas en la Asamblea de Madrid.

La certificación de la ocupación sine die de Telemadrid con el nombramiento como indefinido de su administrador único. Accediendo a reducir su presupuesto para ganarse el voto cómplice del partido amigo, lo que es de suponer que supondrá la cancelación de contratos con productoras externas y cuantas medidas laborales sean necesarias para reducir la masa salarial (y crítica) del ente público. No es descabellado imaginar que esto sea un paso con el que facilitar una hipoteca privatización o el fin de sus emisiones. Aunque es previsible que no ocurra antes de las elecciones de 2023. Dudo mucho de que, por el momento, los titulares de los despachos de la Real Casa de Correos renuncien al tremendo potencial publicitario que les supone tener a su entera, exclusiva y plenipotenciaria disposición semejante equipo técnico y humano.

El colectivo LGTBI en el centro de la diana. Le renta más ir en su contra que estar a su favor. En la saca de los votos y apoyos parlamentarios cotizan al alza el egoísmo y el desprecio frente a los derechos y las libertades fundamentales. La Constitución Española reducida a las dos palabras que le dan título, a una portada sin contenido, una tapa dura con las páginas en blanco. No son buenos tiempos para la empatía. Las cuestiones que afectan a minorías no interesan o no permean en una parte importante de la mayoría –cierto es que muchos de ellos ya tienen bastante con llegar a final de mes-. Esto hace que, por tradición, sentido de la democracia o coherencia -o todo a la vez-, el arco iris, la femineidad o el haber nacido en otro país, sean cuestiones defendidas solo por una determinada parte del espectro ideológico. Excusa perfecta para combinar en un mismo argumentario dos mentiras, la vacuidad de la exigencia de igualdad de los afectados y el carácter inventivo, instrumentalizador y manipulador de sus valedores.

Movimiento con derivada, la previsión de que sus retrocesos en esta materia quedarán anulados con la supuesta futura Ley LGTBI estatal le servirán como munición con la que seguir azuzando en este frente. Asuntos en los que se valdrá de su poder ejecutivo para llevar a la organización pública que gestiona a la inacción administrativa, como ya está haciendo en campos como el de la eutanasia o la dependencia.      

La cultura no se libra de la tergiversación. Enarbola la bandera del español, envolviendo en paño rojigualda cuanto ya existía y estaba programado. Encarga la creación de un nuevo logotipo a plasmar en tamaño superlativo en el cartel de organizadores de cuanto evento sea necesario, ante cuya visión y verbalización llevarse la mano derecha extendida al pecho y destilar patriotismo excluyente. O conmigo o contra mí. Se conceden espacios públicos de manera irregular a amigos particulares con actitudes de palmero para la ejecución de proyectos de dudosa calidad artística -ya sean con forma de pirámide, ya sea para realizar proyecciones inmersivas-, mientras compañeros de partido afirman sin pudor que hay que “poner el acento en que la programación cultural sirva para la moderación de nuestro pensamiento crítico”. Es decir, convertir la cultura en entretenimiento, en ocio, en anestesia con la que desactivar la posibilidad de imaginar y reclamar, por ejemplo, un sistema social, educativo o sanitario más justo y equitativo.

De manera paralela, y mientras esperamos las sorpresas que seguro traerán los próximo presupuestos regionales, su jefe de gabinete y máximo asesor personal ya ha puesto en marcha la estrategia de comunicación pertinente para que dentro de su casa no solo la reconozcan, sino que le concedan de manera oficial los galones, pleitesía y poder de decisión que considera le corresponde. Amenaza con utilizar la influencia que ya tiene para poner en duda la valía y las posibilidades de quien la nombró en su día. Predecesoras afines -que seguro ven en ella una manera de reivindicarse y seguir estando presentes- ya se han puesto manos a la obra haciendo lo que más les gusta, practicar el ego, desplegar retórica y jugar a la fotogenia. Tanto fuera como dentro, sea como sea, se trata de ganar.

Vorágine de ruido con la que demostrar hasta donde es capaz de llegar para construir su personaje y llegar a esa meta que está dos pasos más allá -o seis plantas más arriba y cinco kilómetros hacia el noroeste- de aquella a la que dice aspirar. Da igual cuanto tenga que hacer y decir para ser la número uno, la primera, la única, quien decide y manda.

(imagen tomada de infolibre.com, EFE)

Propósitos del nuevo curso

Septiembre es como enero. Entonces comienza el año y ahora volvemos al colegio. El parón estival del mes de agosto y los días de Navidad previos nos obligan a reflexionar, a tomar nota de lo que nos falta y nos sobra, de lo que echamos de menos y de lo que nos gustaría y no tenemos o somos. Y sea por él ánimo de ser mejores que ayer, sea por la presión de un entorno que se repite y excusa sus miserias iluminando las de los demás, la cuestión es que estos días soñamos con un futuro diferente de nuestro presente.

Buscamos o nos tropezamos con nuestro cuerpo en el espejo y automáticamente aplicamos un par de filtros. O el de la conformidad seguida de insatisfacción, me veo bien, pero no suficiente. O el de la tragedia continuada del de la culpabilidad, estoy fatal y voy camino de calificarme como horrendo. El hay que mejorar y el ponerle fin a esto convergen en el doble propósito de comer mejor y hacer más ejercicio. Nos proponemos ser más fieles a la dieta por la que optemos, o nos prescriban, que a cualquier fe religiosa que hayamos practicado, así como ir al gimnasio y no dejar de hacer ni una de las tablas, series y repeticiones que el monitor nos sugerirá tras haber pagado una cuota anual o retomado aquella que aparcamos apenas suscrita por culpa de Filomena.  

Los políticos dicen que vuelven con los ánimos renovados, llenos de propuestas con las que resolver todos y cada uno de los males que nos asolan. Lo más probable es que lo que hayan trabajado sean sus estrategias de marketing y comunicación, planificando actos aquí y declaraciones allá, argumentarios de una manera y de otra, con uno y otro sentido para seguir en el candelero sea como sea. Estando al tanto de lo que dice el contrario para darle el zasca oportuno y recurrente en las redes sociales. Esa banalidad con la que sacian al que ya les vota y encrespan al que no coincide con sus propuestas. Yo soy vuestro salvador y estoy aquí para iluminaros. Ruido. Quítate tú que ya me pongo yo. Más ruido. Yo sé y tú no sabes. Aún más ruido. A ver cómo prendo fuego a esto para ser el único que sobreviva al incendio. Cuanto peor, mejor.

El retorno a la jornada laboral acentúa nuestra neurosis. Decimos querer conciliar, tener tiempo para lo personal, para dejarnos fluir y ser y practicar aquella faceta aún ocultar en la que reside la esencia de nuestro ser, pero a lo que no sabemos cómo darle salida. Al tiempo, secretamente damos rienda suelta a nuestra ambición y nos proyectamos en un futuro en el que se nos valora, reconoce y da la oportunidad de demostrar lo que somos capaces de hacer y de lograr. Puede que en unos días hayamos dejado atrás tanto una opción como otra y nos volvamos a asentar en la rutina, la monotonía y la zona de confort. Quizás no y entraremos en coordenadas de enfado y frustración por las negativas recibidas, o de orgullo y satisfacción por los resultados conseguidos. A ver con qué gesto volvemos a casa al final del día.

Las librerías se llenan de novedades. Y los lectores nos volvemos locos. Queremos leer todos los títulos, tanto los de los autores a los que somos fieles como a esos otros por los que sentimos una extraña atracción desde fechas difíciles de precisar, pero recordamos lo que nos esperan en casa. Esos montones, más o menos agrupados y ordenados, que se han convertido en paisaje. Esa columna de pendientes a la que progresivamente hemos dado forma sobre el suelo, agrupados como isletas sobre una mesa o aprovechando huecos en una estantería. Sea como sea, nos haremos con alguno y compartiremos otros para embaucarnos en sus propuestas de sumergirnos en mundos diferentes al nuestro y en visiones necesarias para nuestra imaginación.

El noveno mes del año suelen ser en el que más rupturas matrimoniales se formalizan en los juzgados. Sumémosles a estas las de todos esos que no habían firmado un papel oficial para sellar, confirmar o dar carta de entidad a su relación. Aunque también están esos que han vuelto de la playa, la casa rural o la ruta de una semana a una, dos o varias horas de avión encantados, ilusionados y emocionados con ese o esa con el que han compartido la experiencia gran hermano. No solo sin tirarse los trastos, sino sintiendo ese extraño revoloteo de mariposas en el estómago y han decidido dar el paso de domiciliarse en la misma dirección. Entre unos y otros, los que seguirán tan acompañados o en soledad -ya sea con alguien al lado, ya sea consigo mismos- como antes.

Los medios de comunicación se lanzan a la carrera promocional. Nos cuentan que van a estar más cerca de nosotros, de los personajes y de los hechos, de la verdad que estamos deseosos de conocer. Suenan repetidos, como si pretendieran cambiar el envoltorio, pero no la esencia de aquello a lo que se dedican. A ver cómo conjugan los objetivos y métodos del periodismo en el tratamiento de los protagonistas de la noticia, los datos que reflejan la realidad de los hechos que marcan la actualidad y los referentes con que darán contexto a unos y otros para que los que estamos de este lado nos hagamos una imagen lo más objetiva y contrastada posible de la realidad. Al tiempo, estemos alertas para no dejarnos embaucar por los posibles artificios a lo que puedan recurrir en su lucha por las cifras de audiencia y el consiguiente reparto de la tarta publicitaria.

Retomar el inglés u olvidarse definitivamente de él. Irse a la cama ocho horas antes de que suene el despertador para no lucir ojeras y bostezar cual mapache a la mañana siguiente. No volver a calentarse con lo visto o leído aquí y allá. Llamar más frecuentemente a la familia y a los amigos, o borrar el número de algunos de ellos de la agenda de contactos. Hacer planes con los niños, aunque eso implique lumbago, comer hamburguesas y ver películas infumables. Y seguir así hasta el infinito, actualizando la lista de propósitos escrita en papel, tecleada o redactada con humo mental el pasado enero, o adelantando el borrador de la que probablemente intentaremos concretar en unas semanas entre cenas, uvas y champán.  

Lo que esconde el NO

Los niños ensayan su individualidad diciendo que no a las indicaciones de sus padres. Los adolescentes se parapetan tras él para reivindicar su sitio en el mundo y los adultos para marcar distancia con aquello que consideramos que no nos conviene. Pero hay un cuarto grupo, la oposición política, que lo utiliza como rodillo con intenciones nada amables.

No a todo. Por norma. Sin argumentar el porqué ni proponer una alternativa que podamos contrastar y valorar si es mejor que lo que nos ofrecen los que nos gobiernan y, por tanto, merecedora de ser implementada. No. Parte del espectro político de nuestro país no parece tener mayor propósito que el de limitar e imposibilitar -obviando el daño que eso nos puede causar a casi todos- con el único y exclusivo fin del quítate tú que ya me pongo yo. La erótica del poder. Nada evidencia que su objetivo sea liderar y gestionar para conseguir el bien común. Todo apunta a que su intención es únicamente ser quienes toman las decisiones para designar quiénes se sientan en los despachos y a quiénes se adjudican los presupuestos.

Conocen bien cómo funciona la dinámica de la opinión pública. La necesidad de alimentar continuamente la conjunción entre medios de comunicación y redes sociales con mensajes muy medidos, tanto desde el punto de vista técnico -no más de 280 caracteres si es por escrito, pocas y bien encuadradas fotografías o no más de 2 minutos de vídeo- y argumental –la épica, la hipérbole o la salida de tono- sin atender a criterios democráticos -la verdad y el respeto al otro-. Confunden ser locuaz y recurrente con dominar el arte de la retórica, pero se olvidan de que ésta ha de estar dotada de contenido. Si no exponen ideas con claridad, si no elaboran mensajes certeros y adecuados al momento y lugar que corresponda, y si no transmiten visión de futuro en lo que verbalizan, no hay nada en lo que ofrecen.

Se han convertido en expertos en agitar, provocar, manipular y polarizar. Su particular arte de la guerra -presentado como marketing político- incluye tácticas como el miente que algo queda y el divide y vencerás, así como retorcer lo legal -la protección y los límites de las libertades y derechos fundamentales que recoge nuestra Constitución- para obviar su total falta de ética. Son conscientes del caldo de cultivo que están alimentando con sus desprecios y falsedades, pero nunca asumirán sus consecuencias. Es curioso, quieren liderarnos, pero no se responsabilizan de nada, el culpable -hasta de problemas inexistentes- es siempre el otro. Su autocrítica se salda siempre con resultado sobresaliente, ni rastro de humildad ni de modestia en sus palabras.

Se otorgan el papel de garantes y defensores del sistema constitucional pero no aceptan ni el papel que les otorga ni las reglas del juego definidas en este. Entienden por negociar censurar tanto quién representa en esta labor al otro como sus propuestas. Hoy se excusas en unos motivos, mañana en otros. Niegan sin pudor lo que evidencian las sentencias judiciales y la hemeroteca. Pretenden conseguir en los tribunales lo que no lograron en las Cortes Generales. Cuentan con una red clientelar -nadie se apunta altruistamente a un asedio, cuantos participan de él esperan obtener su parte del botín- con la que extienden su discurso. Simplificaciones sintácticas con las que difaman el presente y pretenden cambiar la historia, tergiversando los hechos y pisoteando los consensos. Retorciendo lo que ocurrió, afirmando desvergonzadamente que lo que fue no fue, y estableciendo peros con los que validan lo injustificable.  

Necesitamos una oposición política que examine, controle y fiscalice de verdad; que demuestre su trabajo con hechos tangibles y propuestas fundamentadas; que se entienda como alternativa que ha de ganarse nuestra confianza y nuestro apoyo. Merecemos una oposición política mejor.

“Identidad” de Francis Fukuyama

Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

Donald Trump, Vladimir Putin, Jair Bolsonaro, Viktor Orban,… mandatarios internacionales recientes y actuales que apelan una y otra vez a la cultura e identidad de su nación. Pero no solo ellos. He ahí el movimiento independentista catalán, el Brexit o la imagen tras la que se escudan los mecanismos del partido único chino. ¿Qué hay tras todo ello? ¿Cuánto es natural y cuánto artificio? ¿Y qué hace que tantas personas se identifiquen con esos supuestos valores y narrativas? Fukuyama ofrece una doble respuesta, una más psicológica, ego y resentimiento. Y otra más económica, la gran crisis que para mucha población ha supuesto verse sobrepasada por alguna o varias de las consecuencias del espectacular desarrollo de la globalización.

Una visión a la que une el análisis histórico desde una perspectiva filosófica para entender a qué nos referimos con el término identidad. En su génesis está el hecho de tomar conciencia de uno mismo, de ser alguien diferente a los demás y que busca ser valorado y apreciado tanto por los que considera semejantes como especialmente por aquellos que están más arriba en la escala jerárquica. En esta línea señala que Lutero ya indicó en el s. XVI que los fieles no necesitan la institución católica para estar en contacto con Dios, como la Revolución Francesa tomó como estandarte en 1789 la igualdad de todos los individuos frente a los desmanes de las élites y la manera en que la revolución industrial del s. XIX fijó lo material -y todo a lo que esto da acceso- como prisma que articula el prestigio y la reputación en la sociedad a la que dio pie.

Ya más cerca de nuestro presente pone el foco en cómo el neoliberalismo ha traído consigo desde 1980 la progresiva delgadez del estado del bienestar, a la par que la globalización ha venido acompañada de una progresión tecnológica inimaginable poco tiempo atrás. Ambas tendencias han hecho que muchos países se hayan sentido nuevamente colonizados y las desigualdades entre los que más y los que menos tienen en casi todo el mundo se hayan hecho más patentes aún. En el lado positivo hay que señalar los grandes logros sociales que se han conseguido, sobre todo en el reconocimiento de la diversidad. Primero fue la integración de la mujer, después las reivindicaciones hicieron que el racismo y la lgtbifobia dejaran de ser legales o alegales en muchos países, la inmigración trajo consigo la vecindad con personas de otras razas, culturas y lenguas…

Pero todo esto ha generado una combinación explosiva. Muchos de los que alcanzaron y consolidaron el estatus de clase media en la segunda parte del siglo XX ven que lo están perdiendo y que los políticos socialdemócratas que antes le apoyaban abiertamente ahora centran su atención en otros colectivos más específicos. A los que a miles de kilómetros de nosotros confiaban en iniciar su propio proyecto personal por sí mismos, sin metrópoli de la que estar pendientes, no solo les fue imposible allí donde nacieron, sino también donde fueron a buscarlo al ser tolerados, pero no integrados. Valga como muestra el no haber dado oportunidades laborales a sus hijos, lo que les hace sentir doblemente fuera de lugar.

Una insatisfacción de la que se han nutrido grupos y dirigentes extremistas para hacerse con el poder o instalarse en posiciones de influencia. Ya sean terroristas bajo excusa religiosa, ya partidos y responsables políticos que exaltan unos presuntos valores nacionales y articuladores de la convivencia en supuesto riesgo de desaparición por elementos amenazantes que hasta hace nada eran bien vistos como el proyecto de la Unión Europea o que suponían una bocanada de esperanza como lo fue la primavera árabe para sirios, libios o egipcios.

Frente a este diagnóstico, ¿qué y cómo hacer? Entre otras opciones, Fukuyama propone en La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento ir a la esencia de la democracia liberal en la que vivimos y darla a conocer una y otra vez, tanto por la vía de la palabra como de los hechos. No solo desmintiendo los discursos mentirosos y manipuladores, sino poniendo en práctica políticas que demuestren abiertamente las virtudes, ventajas y posibilidades del sistema teórico de gobierno que se inició hace más de dos siglos, que se consolidó en Occidente tras la II Guerra Mundial y que desde entonces fue poco a poco extendiéndose a otras regiones. Esto requiere diálogo y cambios normativos, organizativos y económicos, estadistas capaces de modular las aspiraciones de los grupos de presión de sus propios países y de coordinarse con otros líderes internacionales a nivel supranacional para hacer un frente común. ¿Será posible? ¿Lo llegaremos a ver?

Identidad, Francis Fukuyama, 2019, Editorial Deusto.

Lo ha vuelto a hacer

Nadie lo esperaba, pero a ninguno de los presentes este domingo en la calle Génova sorprendió la enésima salida de tono de Isabel Díaz Ayuso. Esta vez fue sobre el papel que habrá de desempeñar el Jefe del Estado en los indultos a los líderes del independentismo catalán, hoy en prisión, si finalmente se conceden. “¿Qué va a hacer el Rey, los va a firmar?”

Foto: David Fernández/EFE

Es de suponer que era su objetivo, que se hablara de ella tanto o más del motivo por el que muchos se manifestaron ayer en la madrileña Plaza de Colón. Y con el mismo saber hacer que en ocasiones anteriores, pareciendo que no sabe lo que dice. Pero sí, sí lo sabe. A estas alturas ya todos tenemos claro que nada en ella es producto de la espontaneidad. Todo está medido para generar escándalo, protagonismo y ruido con el que provocar maliciosamente a sus contrarios, alimentar la adhesión visceral de los suyos y, de paso, adelantar por la derecha tanto al líder de su partido como al discurso de los que están más allá.

Si no ella, es de suponer que alguno de sus asesores directos esté al tanto del papel simbólico, representativo y moderador que la Constitución Española le concede al Rey en su artículo 56, así como de las competencias que le otorga en el 62, incluyendo “ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley”. Isabel no es el primer político que señala la necesidad, desde su punto de vista, de que el monarca manifieste su parecer sobre asuntos de actualidad, pero sí quien alude públicamente a la posibilidad de que renuncie a sancionar un acto del Gobierno. Una línea roja que no habíamos escuchado en otras jaleosas diatribas partidistas como las habidas meses atrás por la aprobación de la llamada ley Celáa de educación o la declaración del estado de alarma exclusivo para la Comunidad de Madrid en octubre pasado.

Qué curioso que quien se erige en defensor de una figura que nos aúna a todos (al menos en el texto que da carta de identidad a nuestro país), sea quien después haga un uso totalmente interesado de la misma. Ella y los suyos ya lo hacían con la bandera, convirtiéndola en un símbolo del “o como yo diga o contra mí”, pero apropiarse de a quien se le presupone y exige neutralidad política no solo no respeta las coordenadas de la ética pública, sino que demuestra que no tiene límites ni pudor a la hora de conseguir su objetivo -consolidar y acrecentar su poder-, y denota estar dispuesto a viciar, ensuciar y enfangar cuanto haga falta para ello.

Y mientras titulares y tertulias le dedican tiempo a la deliberada y diabólica gratuidad de esta intervención de apenas un minuto, y a su posible interpretación constitucional, caerán en el silencio asuntos realmente importante como el cierre de decenas de centros de salud, las quejas de vecinos que no pueden dormir por las terrazas en las aceras de sus calles, la subida de ratios programada para el próximo curso escolar o la negativa a investigar cómo se gestionaron las residencias de ancianos en las mortíferas primeras semanas de la pandemia.

Esperemos que los partidos de la oposición hayan aprendido la lección y no caigan en el juego de alimentar la rueda de la polémica, sino que hagan una oposición parlamentaria argumentada y verdaderamente fiscalizadora, y una labor política propositiva en la que demuestren su respeto por las instituciones de nuestro país.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt

Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

Este volumen no existió como tal en vida de Arendt, nunca llegó a completarlo, pero lo que dejó redactado nos sirve para reflexionar sobre el punto de vista que aplicó en su mirada hacia el pasado, chequear qué ha sucedido en las décadas transcurridas desde entonces y cuánto de su planteamiento sigue vigente hoy en día. Tarea nada sencilla, que exige de una mente clarividente y cultivada, con un acervo intelectual y académico tan ingente como el suyo, pero de la que se pueden extraer y destilar ideas, conceptos y planteamientos que, de ser trabajados y aplicados en el debate diario, seguro que harían mejorar el nivel, las propuestas y los logros de muchos de los políticos actuales.

En primer lugar, y como punto de partida, señalar su distinción entre filosofía y política. Hannah considera la primera como un ejercicio individual e introspectivo, resultado de la reflexión sobre la relación que tiene uno mismo con todo aquello con lo que convive. La segunda, en cambio, trata sobre lo que existe entre los hombres. Solo es posible cuando hay interacción, un movimiento que más que suma es, sobre todo, acción y confrontación de puntos de vista, opiniones y criterios diferentes. Una participación que requiere contar con unas normas -leyes- que marquen los límites y que hagan que dicho dinamismo sea enriquecedor y no germen de imposición, con todas las derivadas que esta conlleva.

Y como no podía ser de otra manera, interrogarse sobre la política exige retrotraernos hasta la cultura helenística y el concepto de la polis ateniense, en la que la dedicación a este asunto estaba restringido a los hombres libres -necesitados para ello de esclavos que se encargaran de sus otras tareas- y a los límites físicos de sus fronteras. Fuera de estas, la política no se basaba en el encuentro y el debate, sino en conflictos violentos con los que defender el status quo propio ante la amenaza de la imposición de los otros. Aunque también es cierto que la violencia podía tener lugar dentro de su territorio si alguien se hacía con el poder y el control de los suyos de forma tiránica.

Estas dos dimensiones, la de cuántos de los nacidos le dan forma a la política y hasta dónde llega su influencia, han determinado su devenir a lo largo de la historia y la geografía de nuestras civilizaciones, culturas y sociedades. En ese mirar hacia atrás, Arendt hace hincapié en la elaboración del relato utilizando ejemplos como la narración de la Guerra de Troya por Homero, pasa por el imperio romano, el cristianismo y las revoluciones americana y francesa del s.XVIII hasta llegar a la primera mitad del s. XX.

Aunque el uso de la violencia haya sido algo siempre cruel, la II Guerra Mundial supuso su abandono como medio extremo de la política para, valiéndose de los logros de la ciencia y el desarrollo industrial, convertirse en un fin en sí mismo con el que conseguir la aniquilación física y cultural del otro. Su exterminación tenía como fin destruir una parte del mundo y, por tanto, del conjunto y equilibrio de la humanidad. Esto supuso que la violencia dejara de ser una deriva de la política, para resultar anterior y base de esta, con el riesgo que esto conllevaba para el hipotético futuro orden mundial.

Una escalada que en el momento de la escritura de este proyecto seguía en punto álgido con la Guerra Fría en Europa, las guerras por la independencia de muchas de las grandes colonias europeas en África y Asía, así como el inicio del conflicto árabe-israelí tras la fundación de este Estado en 1948. Asuntos en el origen de la actual configuración global y que nos llevan a interrogarnos sobre el rol que la política y la violencia han jugado tanto en ellos como en otros muchos desde entonces, y a pensar qué propondría la después autora de Eichmann en Jerusalem (1963) para ser capaces de renunciar por siempre a la violencia y la destrucción y optar por resolver los conflictos por la vía de la diplomacia, el diálogo y la negociación.  

¿Qué es la política?, Hannah Arendt, 1956-1959 (editado en 1997), Editorial Paidós.

Teatro denuncia

Coinciden en la cartelera teatral madrileña dos obras que exponen cuestiones de las que somos tan elegidamente ignorantes como bravuconamente charlatanes. De un lado la deriva belicista del neoliberalismo en sus ansias por el poder, el dominio y la sumisión que retrata Shock 2 (La tormenta y la guerra). Del otro, la cotidianidad de las muchas expresiones de la violencia de género que disecciona Sucia.

Una de las posibles misiones del teatro es confrontarnos con nosotros mismos, situarnos frente al espejo de quiénes y cómo somos. Habrá quien rehúya del reto tomándoselo como un juego a la manera de Alicia, pero también quién por valentía, porque está dispuesto a asumir el riesgo de reconocerse, o porque cae cautivo del truco dramatúrgico, se vea involucrado en un tablero que hace evidente todo aquello que fuera de la sala está en un aparente segundo plano tras la urgencia y la necesidad de los múltiples compromisos y exigencias personales, sociales y laborales con que estructuramos, completamos y saturamos nuestras vidas.

Ya he escrito desde un punto de vista teatral sobre La tormenta y la guerra y Sucia, pero sigo pensando en su mensaje y en que, a pesar de sus muchas diferencias, ambos títulos conforman una superposición de coordenadas imposibles de ignorar. Podemos excusarnos de Shock 2 diciendo que lo que Andrés Lima cuenta en ella nos es ajeno, que las decisiones de la política están tomadas en niveles a los que no tenemos acceso. Falso, cada vez que votamos elegimos el nombre y apellidos de quienes después toman decisiones como invadir un país, recortar la inversión pública en sanidad o educación -fomentando el clasismo y la ignorancia (con todo lo que ambas conllevan: xenofobia, homofobia…)-, o convertir cárceles en centros de tortura.

Tras ello, una visión donde lo que prima es la economía, la ley de la oferta y la demanda, los futuribles y en la que ganar más hoy obliga a ganar aún más mañana. Está claro que las cuentas tienen que salir, que lo que valen son los números positivos, que las cifras en rojo son el desastre, pero si para lograrlo es a costa de la vida, la integridad y el bienestar de muchos y de nuestro entorno, del planeta en el que vivimos, la fórmula está mal diseñada. Quizás lo que falle sea su propia concepción, el dar primacía a lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Y cambiar el orden de prioridades no implica hacer un factor menos importante de lo que es, sino situarlo en el lugar complementario, y no superior, que le corresponde frente a otros.

Cuando introducimos la papeleta en la urna el día de las elecciones debemos tener en cuenta no sólo a quién queremos que nos gobierne o a qué partido o candidato castigamos, sino las consecuencias que esto tendrá. Precio que no exime a las posibles alternativas de ofrecer propuestas acordes al momento presente. No trabajar por ello, tenerse a sí mismos como prioridad bajo el camuflaje de estrategias de imagen y marketing políticos, te lleva a la tentación de pensar si de verdad son diferentes o si son la otra cara de la moneda indivisible, inseparable y bipolar que ambos conforman. Es señal de megalomanía y nos pone a los ciudadanos en la más triste y desesperada de las diatribas, elegir entre ser vilipendiados o ignorados y, por tanto, también agraviados, menospreciados y manipulados.

Ahora bien, la política no es algo que delegamos, entregamos o abandonamos en manos de los que democráticamente nos representan. Todos y cada uno de nosotros somos seres políticos, tenemos principios que determinan cómo actuamos y nos relacionamos, cómo tratamos a los demás y el modelo de sociedad en que vivimos o en la que podemos llegar a hacerlo. En el tan manoseado concepto de la responsabilidad individual está el que sepamos ejercer nuestra libertad, algo que pasa, sin duda alguna, por el diálogo, la empatía, la consideración y el respeto al otro. Sucia nos demuestra que hay terrenos en los que estamos muy alejados de esto.

¿Por qué una mujer que denuncia haber sido violada, agredida, abusada, tiene no solo que explicarse hasta la extenuación, sino que justificarse y hasta defenderse? ¿Por qué en multitud de ocasiones se la pone en tela de juicio sin más? ¿Qué extraños mecanismos antropológicos, sociológicos o culturales desatan esta tesitura? Lo interesante de la propuesta autobiográfica de Bàrbara Mestanza es que apela no solo a los principios de sus espectadores, sino a sus propias experiencias.

Las encuestas, los estudios y las investigaciones nos dicen que la teoría sobre lo que es justo y está bien en este asunto tan delicado está más o menos generalizado, pero la respuesta interior, la sentida y la que nace de las emociones que nos mueven, y en consecuencia, hacen girar al mundo, está en otras preguntas y ahí es donde Sucia da en el clavo. Interrogantes que responder en primera persona y mirando a los ojos, desde la sinceridad del estómago y la honestidad del corazón y menos desde la retaguardia de la razón cerebral. ¿Han abusado de ti alguna vez? ¿Por qué crees que actuaste de la manera en que lo hiciste? ¿Has abusado tú? ¿Qué te llevó a ello? ¿Conoces a alguien que fuera abusado/a? ¿Cómo respondiste? ¿Conoces a alguien que haya abusado? ¿Cuál fue tu reacción al enterarte?

Que la cultura es segura en términos pandémicos es una realidad que ha quedado demostrada en los últimos meses. Que es un arma influyente, crítica y revolucionaria, que incita a la reflexión, al movimiento y a la acción es algo que saben muchos. Que supone una amenaza para el status quo de muchos queda claro por su actitud -personal, política y partidista- ante un sector, actividad y demostración humana que tiene entre otros fines, el de señalar las contradicciones, incoherencias e injusticias que todos y cada uno de nosotros cometemos en todo, muchos o algún momento sobre los que nos rodean.

Shock 2 (La tormenta y la guerra), Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid) y Sucia, Teatro de la Abadía (Madrid).

“El mundo no es como crees”

Afirmaciones desmontadas con argumentos expuestos con precisión, fundamentados en datos y redactados con sencillez. Más de cincuenta creencias liberadas de los prejuicios y mitos asociados para hacernos conscientes de cómo construimos irrealidades que, en mayor o medida, lastran nuestra visión del mundo y nuestra manera de relacionarnos con él.

Conocí el blog de El Órden Mundial hace algo más de un año vía twitter. Un titular, Cuando el patrimonio cultural es víctima de la guerra, me llamó la atención. La lectura posterior, además de entretenida, me resultó muy ilustrativa. Tono correcto, artículo bien documentado e hilado y sin dogmatismo alguno, dejando claros los hechos, así como las cuestiones a las que no podía ni pretendía dar respuesta. Con esa misma impresión acabo ahora El mundo no es como crees.

Secciones y contenidos sobre economía, historia, geografía, política o religión. Desmontando conceptos tan escuchados que ni recuerdo si alguna vez puse en duda su supuesto significado, como el de huelga a la japonesa, o cuestiones que se dan por hecho una y otra vez en los medios de comunicación, como las presuntas injerencias de Rusia en muchas de las crisis occidentales. Con un enfoque mezcla de academicismo y didáctica que consigue un doble efecto de cercanía y pedagogía, y que no solo hace la lectura amena, sino también instructiva.

El punto de partida de todos ellos está en la interrogante del por qué, en qué se basa y cuánto hay de cierto en lo que asumimos. Hipótesis a partir de la cual busca las fuentes que le ofrezcan los datos con que rebatir o consolidar estas afirmaciones que hemos tomado como verdades universales. A continuación contextualiza ambas aproximaciones a la realidad, teniendo en cuenta la falsedad y la veracidad de una y otra, y propone los vínculos con otras cuestiones que influyeron para que lo erróneo o lo inexacto se estableciera en nuestro imaginario colectivo.   

Se le podría acusar de un acercamiento liviano, más centrado en relatar que en analizar, lo que siempre implica el riesgo de tener que posicionarse y argumentar el porqué de ese enfoque. Pero los redactores de El Órden Mundial sí que se mojan en temas tan candentes como el supuesto origen de laboratorio o la afectación a la globalización de la COVID-19, y en otros en los que nos queda mucho por (des)aprender como en todo lo relacionado con el mundo árabe, la religión del islam o las presunciones sobre la democracia.

Se agradecen libros así, libres de pretenciosidad y sin las injerencias ruidosas de los montajes editoriales, audiovisuales o radiofónicos de muchas cabeceras informativas que, supuestamente, pretenden informar. Medios de comunicación que se olvidan de la derivada deontológica que implica informar, formar a todo aquel que vea, escuche o lea su trabajo. Elaborar la información y exponerla de manera clara y ordenada, explicando los términos que no resulten familiares, señalando los factores que generan causalidades y ofreciendo indicadores o argumentos que permitan relativizar y ponderar la importancia y trascendencia de lo transmitido.

El Órden Mundial es un título al que volver, que (re)leer con modestia y humildad, dispuestos a enmendar y corregir cuanto sea necesario para tener una visión más correcta y menos tendenciosa del mundo en el que vivimos y de muchas de las personas con las que lo compartimos.      

El mundo no es como crees, VV.AA. (El Órden Mundial), 2020, Editorial Ariel.

Segunda ola

Hace ya semanas, meses incluso, que tenemos claro en qué consiste el coronavirus y cómo podemos minimizar vernos afectados por él. Aun así, los políticos no han podido evitarlo y se han erigido una vez más en protagonistas, estrellas, divos y centros de la polémica, la noticia, la situación y la actualidad.

18/09. Gavilán o paloma. Virus o vacuna. El ying o el yang. Ayuso o Aguado.

19/09. Ciudad segregada y manipulada. A los residentes de 37 zonas de salud de Madrid se nos niega el derecho a la cultura, a visitar teatros, museos o cines a los que sí pueden acudir nuestros vecinos de una, dos o tres calles más allá. La pandemia como excusa para minar la creatividad, la reflexión y el espíritu crítico. Goebbels en el ambiente.

20/09. ¿Qué debo hacer al salir del trabajo? ¿Volver directo a mi barrio y encerrarme en sus coordenadas de asfalto o me puedo permitir paradas intermedias que me hagan sentir persona? Opto por lo segundo y el remanso de paz que transmite la exposición que la Biblioteca Nacional le dedica a Miguel Delibes por su centenario. Que el sosiego, el temple, la cordura y la sensatez del de Valladolid sean con nosotros.

21/09. Horror vacui de banderas. Patriotismo fotocopiado. España en serie. Escudos constitucionales, siete estrellas de cinco puntas, rojo, amarillo y notas de blanco. España, Madrid, simbiosis, todo junto, pegao, apelmazao, amontonao. Que no se sepa dónde acaba la España que no es Madrid y comienza la Madrid que también es España ni donde termina Madrid y continúa España.

22/09. Tanto tiempo observando y criticando qué decían, hacían y amagaban los del otro extremo nacionalista para acabar convirtiéndose en sus sucedáneos.

23/09. Políticos psicópatas, aquellos cuya supuesta candidez y media sonrisa no oculta las consecuencias de su encarnación del rodillo del neoliberalismo. Gobernantes pasivo-agresivos, esos cuyo tacticismo tiene como objetivo hacerles aparecer triunfantes, no por sus logros sino por el descalabro de su contrincante. Nerón vs. Maquiavelo.

24/09. Administraciones públicas que prometen planes de acción, ayudas, estudiar las demandas, pero no ofrecen compromisos reales (fechas, cantidades, número de personas implicadas, objetivos tangibles a conseguir…).

25/09. Se erigen como adalides de la libertad mientras nos niegan la igualdad de oportunidades.

26/09. Lo llaman gestión descentralizada, estado de las autonomías y delegación de competencias cuando la realidad es esto es mío, tú fuera de aquí, aquí mando yo

27/09. Se han declarado la guerra y les da igual que seamos sus víctimas colaterales yéndonos al paro o a la ruina, dejando sin formación a los más pequeños, haciéndonos enfermar o hasta morir.

28/09. El covid, las inhabilitaciones, la retórica de perogrullo, el partidismo, la deslealtad institucional, el desgobierno como forma de oposición política, la mentira sin pudor y la manipulación descarada… en menuda tormenta perfecta nos estamos metiendo.

29/09. Expertos, comentaristas y analistas prediciendo, suponiendo y previendo lo que va a ocurrir. Sentencias que en unos días reelaborarán o utilizarán para ensalzarse como visionarios y proponerse como asesores, opinadores y tertulianos necesarios.

30/09. Ignacio, Isabel no te escucha. No habláis. ¿Qué os pasa?

01/10. Como cada día alcanzamos una cota más alta de absurdo, paranoia e histrionismo político, ¿con qué nos sorprenderán hoy?

02/10. Trump, positivo por coronavirus. El karma o la inevitabilidad del destino y la especulación sobre si se ha convertido en la máxima encarnación de las fake news.  

03/10. Polarización, eufemismo periodístico para blanquear un escenario político que engloba mala educación, falta de respeto, empatía y autocrítica, espíritu de revancha y un ego desmedido de sus protagonistas con altas dosis de soberbia y engreimiento.

04/10. Empresas que se autocalifican como medios de comunicación pero que no son tales. Cabeceras que actúan como voceros, intermediarios y altavoces. Que no interrogan, informan y analizan, sino que vindican, manipulan y malmeten a conciencia.

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero“, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.