Archivo de la etiqueta: Moscú

Amarillo, rojo, azul (Kandinsky, 1925)

AzulRojoAmarillo

El rostro de un hombre, San Jorge luchando contra el dragón, el mundo gira, gira que gira. El amarillo del verano, el de los campos de trigo que Van Gogh pintó en el sur de Francia. El rojo de la sangre, de la fuerza del barroco. El azul del cielo saturado, de las noches al óleo de Chagall. Luz a raudales, colores primarios en equilibrio, formas geométricas en perfecta sintonía, líneas diagonales que nos guían desde la izquierda hasta un centro desde el que nos vamos hacia la derecha con curvas y planos que se superponen agolpándose en una alegre convivencia generadora de combinaciones de tonos, brillos y saturaciones que enriquecen el lienzo, multiplican su efecto físico sobre la retina y generan una interpretación dinámica en la persona que lo observa.

Moscú en 1866 (nacimiento), Munich en 1896 (traslado), Moscú de nuevo en 1914 (regreso) y Alemania en 1921 (vuelta). Tras haberse iniciado en la pintura con 30 años, cofundar el grupo “El jinete azul” en 1912, volver a su Rusia natal obligado por la I Guerra Mundial y continuar como gestor cultural solicitado por el régimen revolucionario, iniciada la década de 1920, Vasili se establece nuevamente en tierras germánicas. La Bauhaus le abre sus puertas y él hace de sus principios, de la geometría, de la forma y del diseño, el elemento a partir del cual su genio eclosiona.

Con el ritmo de la novena sinfonía de Beethoven, en uno de esos momentos en que todos los músicos de la orquesta tocan al unísono, los colores, las líneas y las formas son como la percusión, la cuerda y el viento que materializan las notas del pentagrama impulsando el latido del corazón, erizando la piel y despertando la sonrisa. Una multitud de sensaciones, un acopio de emociones, un sinfín de imágenes sin forma definida surgen en nuestro cerebro, sin relación exacta ni lógica aparente, pero en completa armonía. Nos lleva hacia un sitio que no existe, al que no se llega, pero del que se tiene recuerdo una vez que se ha pasado por él, se quiere volver a él.

En 1933 a París, considerado “arte degenerado” por los nazis. En la capital francesa hasta 1944, viviendo tranquilo entre la vorágine de la II Guerra Mundial, el legado de los surrealistas y el protagonismo de Picasso. Allí pintó este “Amarillo, rojo, azul” en 1925, allí se quedó por decisión de su viuda, expuesto en el Centro Pompidou.

Miro de izquierda a derecha y siento que hago un viaje. De derecha a izquierda que retrocedo, que retorno al punto de inicio. El amarillo me llena de luz, el rojo de energía y el azul de paz y serenidad.  Aunque también hay espacio para el verde, “el color más sosegado” según Kandinsky, quizás por eso lo utilizó para esa zona a la izquierda que evoca las formas biológicas hacia las que derivarían años después sus imágenes en la ciudad de la luz. Las líneas –curvas, rectas, paralelas, diagonales, más horizontales que verticales- nos llevan desde el aquí hasta el allá, combinadas generan ilusión de perspectiva y profundidad, crean redes que atrapan colores. Pero si un elemento destaca como el pilar de toda la composición, sosteniendo invisiblemente lo que vemos, son los círculos. Discretos, pero protagonistas, tranquilos, pero directivos. El punto de origen de la energía que hace funcionar a los demás elementos, que les coordina y les dirige, que les da sentido y razón de ser. Son el principio y el fin. Son el todo.

Kandinsky. Una retrospectiva”, en CentroCentro (Madrid) hasta el 28 de febrero de 2016.

… A Kazajistán

Viajar es de las experiencias sensoriales más enriquecedoras que hay, lo más parecido a un cambio temporal (o incluso un renacer) de vida. La oportunidad de manejarte en nuevos escenarios, y aprender de dichas situaciones o a través de las mismas. También de valorar correctamente las coordenadas de tu vida (hace poco leí algo así de Antonio Muñoz Molina: “… cuanto más viajo al extranjero, más conozco mi país…”).

Karaganda, 17 de noviembre de 2013.

mapa

Todo comienza en el momento en que has de prepararte para el destino al que vas. Kazajistán es el caso. ¿Qué conozco de allí? Nada ¿Qué se dice de tal país? Ni idea ¿Cuáles son los tópicos a los que recurrir? Pues la verdad es que tampoco lo sé. Perdido en el vacío de información. Opciones, empaparme de literatura o esperar al tratamiento de choque, llegar y que sea lo que Dios quiera (expresión vocativa, no se me malinterprete, que no va esto sobre cuestiones religiosas).

Finalmente uno opta por un punto de partida, leer algo para tener unas coordenadas, y dejar el resto al momento de la experiencia. También porque leer mucho sin vivir aquello de lo que te estás documentando se te queda en nada, es obligar a la cabeza a almacenar datos que no sabrá procesar por faltarle la fuerza que le imprimirán las emociones de las vivencias a dicho conocimientos.

Tomada esta decisión comienza el espectáculo. Obtener el visado para lo que tienes que justificar porque vas, hacer el pago del mismo (no, no puede ser por transferencia, quizás tenga que ser en mano en oficina del banco que te dicen y no olvides llevar el justificante del mismo si quieres obtenerlo) y esperar dos, tres días, o quizás solo veinte minutos.  Primera experiencia kazaja: reglas rígidas. Pero también hay que decir lo bueno, si las cumples todo es expeditivo (bajo sus cánones).

Si estás buscando experiencias autóctonas lo propio es que viajes con una aerolínea del país o de un estado vecino como manera de seguir introduciéndote en sus modos y maneras. En mi caso, la combinación conseguida para llegar a Karaganda (mi lugar de destino) fue con Transaero Airlines, ¿el motivo de ser la elegida? Ese, el de ser la que me ofrecía poder llegar hasta aquí.

Días después, tarjeta de embarque en mano te preparas para subir al avión y llegar hasta tu asiento 24A. El avión no es un parque temático experiencia non-stop, pero ya te avecina algunas cosas: la corpulencia física–ellos- y la presencia elegante –ellas- de los auxiliares de vuelo; la estrechez de los asientos (bueno, esto es norma general en la mayoría de las compañías aéreas); ni una cara sonriente entre el resto del pasaje; no entender nada de la prensa que te dan (todo en caracteres cirílicos); los sabores de la comida (en esto, al igual que en la mayoría de las compañías aéreas, no hace falta más descripción).

Dicho esto, a esperar, a esperar a que pasen varias horas hasta que llegas a destino (previa escala en Moscú, pero no hagamos más largo este viaje-lectura). Ese instante en que sales del avión y entras en la terminal del aeropuerto internacional de Karaganda (aunque a ti te recuerde –bajo tus experiencia como europeo, comencé el viaje en la T4 de Madrid-Barajas- a una estación de autobuses –véase su página web, tiene dos únicas puertas de embarque) es el de la inmersión total. Tu mente pasa de trabajar en automático para activar el modo alerta, todos los sentidos al cien por cien. A la cabeza la vista que todo lo registra, y tras ella el oído pendiente de saber si es capaz de descifrar algo de lo que se escucha a tu alrededor, y no, no es capaz.

Así que como dicen en algún sitio que recuerdo, “allí donde fueres haz lo que vieres”, y por lo tanto a seguir a la gente. Es fácil, un pasillo, unas escaleras de bajada, de repente no puedes seguir por la cola de gente que tienes por delante, levantas los ojos y 15 metros más allá ves un cartel que dice “Passport Control”. Afortunadamente el inglés lo entiendo, así que a esperar.

La fila como tal no existe, es una amalgama de gente que parece respetarse, pero si te fijas bien ves que hay quien se cuela. Lo notas sobre todo al final, cuando por fin te llega el turno y te colocas frente al funcionario que a ti te mira con extrema seriedad y hojea y hojea tu pasaporte porque no encuentra el visado. Mientras se pone a teclear miras hacia la fila y ¡ya no hay casi nadie! ¡Me han pasado todos!

Momento recogida de equipajes, llegas a la cinta y ¡la maleta no está! Como voy a saltos, esto ya lo conté, así que no me voy a repetir (la recuperé dos días después). A la salida de la sala hay un señor que lleva un cartel con mi nombre (estaba organizado) y me mira, nos hemos encontrado, yo a él por mi nombre y él a mí por mi cara de europeo y mirada de buscar quién me está esperando. Amabilidad al reconocernos, sonrisa y apretón de manos, además de ofrecerse a cogerme el equipaje de mano. Yo dije “hello!”, él me replicó, sería algo en ruso o en kazajo, pero… ni idea del qué.

Le sigo hasta el taxi y le sigo a apenas un metro de distancia, no hay luz eléctrica en el exterior de la terminal. Por detrás de nosotros el eco lumínico que llega del edificio y por delante no veo más que al fondo una pequeña luz en un sitio muy concreto, es la señal de taxi sobre el vehículo. Coincide con el dato que me habían dado, hay un 515 que corresponde a la licencia. Hace frío, seguro que estamos en torno a los 0 grados, con lo que se agradece entrar. Son las 06:30 hora local, estoy cansado, hace 16 horas que salí de casa, ganas de sentarme. Lo que no imaginaba es que lo iba a hacer sobre tapicería con diseño de leopardo.

¿Me gusta? Sí. ¿En serio? Noooo, no me gusta estéticamente hombre –que para gustos, colores-, pero sí la vivencia, ¡estoy viviendo la experiencia kazaja!

Carretera a oscuras y rumbo a la ciudad. A 100 km/hora el taxista va llaneando por la llanura, hasta que en un determinado momento baja la velocidad, miro y veo a un par de centenares de metros una garita, una valle y un coche pintado de azul y blanco, es un control policial. No pasa nada, ni paramos del todo, ni de la garita ni del coche sale oficial alguno. Volvemos a la velocidad y en 20 minutos hemos llegado al hotel (él sabía dónde debía llevarme). Ya está hemos llegado, ¡ya estoy en destino!

Ahora ya lo puedo decir, ¡ya estoy en Karaganda! Ya estoy en Kazajistán…

¿Continuará? (El viaje continuó, ¿lo hará el relato en este blog? ¿….?)

(imagen tomada de Google Maps)

¿Dónde está mi maleta?

(basado en hechos reales sucedidos hoy mismo)

PULLMANTUR_AIR

Karaganda, 16 de Noviembre de 2013

Viaje por motivos laborales, 12 horas de vuelo en tres tramos, 5 horas de diferencia horaria, al llegar a Kazajstán los locales se te cuelan en el control de pasaportes –y te dejas no sea que la vayas a liar-, unos cuantos grados menos de temperatura –por debajo de cero-, no entiendes los  idiomas locales (ni el ruso ni el kazajo), y cuando el periplo parece casi acabado… ¡Desolación! ¡La maleta que no aparece en la cinta de recogida de equipajes! ¡Me han perdido la maleta! Y ahora, ¿¿¿qué???

Miras a tu alrededor y ves lo que en el fondo es cualquier aeropuerto, 0 glamour y 100% un hangar a base de módulos prefabricados. Además… Además, la cinta ya ni se mueve, ¿se la habrá llevado alguien? No creo, no soy de pensar mal. ¡Ay, mi maleta! ¿Dónde estará? “… Seguro que en Moscú, que en la hora de escala no les ha dado tiempo a cargarla en el segundo avión…”, pienso para mí.

La labor deductiva está muy bien para creer entender lo que ha pasado, pero no resuelve nada. A mi alrededor ni un cartel con un icono interpretable como “equipajes extraviados aquí”. Junto a la puerta de salida –que está aquí mismo, a ni diez metros de la cinta de recogida- un muchacho le pide a los últimos viajeros que le dejen comprobar el recibo de equipaje de su tarjeta de embarque con el que va pegado a la maleta. ¡Vaya manera de comprobar que cada uno se lleva solo lo que es suyo! Quizás rústico, pero juraría que es la primera vez que veo un sistema de comprobación para este tema en algún aeropuerto del mundo de los que he conocido hasta ahora..

No sólo lo sentía, sino que ahora puedo constatar que nadie se ha llevado mi equipaje. Hay que reclamar. Así que le digo al muchacho “Lost luggage” y coge su walkie-talkie. Habla en ruso, no le entiendo. Me dice “Come with me”, me fío de él y le sigo. Me caía de sueño, pero ahora… ¡despierto y firme como una raspa!

Subimos en un ascensor un piso y aparecemos en la entrada principal del aeropuerto, la terminal vacía. Al fondo una ventanilla iluminada y una persona. Está claro, allá que vamos. Voy empujando el carrito en el que he colocado la maleta de mano –brillante idea esa de llevarla con un poco de ropa “por si te pierden el equipaje”-y el maletín del ordenador. “Ten minutes”, segunda vez que me habla, pues eso, a esperar mientras él entra a no sé dónde.

Ni en dos minutos está de vuelta, me abre y entro en una sala destartalada. En la calle están bajo cero y aquí calefacción a toda máquina. En el suelo una alfombra gigante que todo lo cubre y que tiene toda la pinta de ser un vivero de ácaros, a uno y otro lado de la sala dos mesas que parecen hacer equilibrios para aguantar en pie y llenas de papeles en modo desorden desordenado. Una chica joven aparece por detrás de mí, se quita el abrigo, se queda en manga corta –lo dicho, calefacción a todo gas- y me mira con cara amable (es la tercera vez que vengo al país y en general la gente, de entrada, suele recibirte con gesto empático).

Saca un formulario y una cartulina gigante, comienza el trámite, rellena el primero a mano con los datos de mi billete y los que le doy la maleta. Seguimos en modo inglés básico, me pregunto para mí mismo si al igual que el chico habla algo de inglés o estas son las frases que se sabe y que le ayudan a resolver estas situaciones.

Toda mi atención en el dato clave, que la maleta llegue al hotel en el que estoy, aliviado porque no me lo sé de memoria y a la blackberry aún le queda un vestigio de batería para poder enseñarle el correo en el que tengo su nombre y los datos de contacto de mi empresa aquí.

¿Cuándo la voy a recibir? Sólo voy a estar dos días en Karaganda. El martes me voy a Astana, comienzan entonces mis preguntas y la cara de la joven chica se queda en modo atónito, desaparece la empatía que había visto hasta entonces.

Bueno, si quiere se la llevamos directamente a Astana, me responde ella, pero más que una respuesta me parece una salida por la tangente y mi caldera interior y el mecanismo de la paciencia a la par se activan.

– No, mire, voy a estar 48 horas aquí y necesito mi ropa (menos mal que llevo algo en la de mano pienso para mí.

Rápidamente me hago una composición de lugar: el formulario lo ha rellenado a mano (deduzco que después tendrá que telefonear o sabe Dios qué); ni yo hablo ruso ni ella habla más inglés del que parece manejar; y mi muy limitada experiencia kazaja –dos viajes anteriores- me dice que aquí las preguntas no ayudan a solucionar los imprevistos –estos se resolverán con el devenir del paso del tiempo, cuestión aparte es cuán largo o breve sea este trascurrir-, así que papeles en mano y con número de contacto apuntado no queda más remedio que marchar.

Las personas somos animales grupales y como individuos no somos omnipotentes. Dicho de otra manera, que no conozco los modos y maneras locales a la hora de tratar los asuntos burocráticos –aparte del ya importante detalle ya mencionado de que no hablo ruso-, así que confío en que mañana mis compañeros de trabajo en el país llamen en mi lugar al número que tengo y a esperar –a la manera kazaja, o sea, con paciencia- a recibir mi maleta.

Digo esto, pero no lo hago. Llego al hotel (momento Lost in Translation con la recepcionista que ahora no viene al caso), entro en la habitación (casi una hora después de llegar debido al momento Lost in Translation), enciendo pc, introduzco la contraseña del wifi, me conecto a internet y allá que voy a la página web de Transaero Airlines. Y mi corazón sube hasta la altura de la garganta, no hay más vuelos Moscú-Karaganda hasta el miércoles (si es que he de esperar a que traigan en avión mi maleta desde supongo se ha quedado) y para entonces yo ya no estoy aquí, y ese día necesito vestirme de traje, y el traje ¡está en la maleta!

Mi mente vuelve al momento colectivo, esperaré a que me ayuden mañana mis colegas laborales. No hay más opciones que esta por el momento.

¿Y mientras tanto? Pues a ser resolutivo y a hacer como antiguo, combinar por el momento los dos pantalones y el jersey con las dos mudas que llevo, la puesta y la que va en la maleta de mano.  Qué sabio  aquello que le oí en su día a alguien –supongo que a una señora mayor, o quizás no lo oí y me lo estoy imaginando o justificando para colocarlo aquí- “cuando viajes, lleva siempre en la maleta una muda nueva de repuesto por si acaso”.

Salvado por el dicho popular, me pongo la nueva, lavo a mano la que me quito, me encomiendo al destino y… a dormir un poco y a esperar a que llegue mi maleta desde donde quiera que esté.

(Imagen tomada de pullmantair.com)