Archivo de la etiqueta: Metaliteratura

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright

Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

En 1992 el Gobierno Alemán otorgó la Cruz Federal al Mérito a una figura pública de lo más peculiar. Un hombre, Lothar Belfede, nacido en 1928 que, sintiéndose mujer, se vistió y se comportó como tal desde su adolescencia, sobreviviendo tanto a los oficiales de las SS que patrullaban su ciudad como a los bombardeos soviéticos durante la II Guerra Mundial y desarrollando su vida con aparente normalidad durante el régimen posterior. Época en la que dio forma en su casa a un museo sobre objetos cotidianos de finales del siglo XIX y reconstruyó en su sótano la taberna Mulackritze, un local de ambiente gay sito en un edificio que la administración comunista demolió a principios de los 60.

Una biografía con tintes casi heroicos hasta que, ya en democracia, salieron a la luz los archivos de los antiguos servicios secretos de la RDA y en ellos aparecía su nombre como el de uno de sus miles de confidentes. ¿Se había visto obligada a ejercer como tal al igual que otros muchos de sus conciudadanos? ¿Fue su salvoconducto para poder vivir siendo fiel a sí misma? ¿Era la suya una personalidad fingida? ¿Reveló en algún momento información que pusiera a alguien en peligro?

Si todo lo anterior ya hacía de ella alguien de lo más interesante, estos interrogantes a los que nunca respondió hicieron que escribir sobre su personalidad y biografía, con el fin de convertirla en un personaje teatral, se convirtiera en todo un reto para Doug Wright. Tal y como cuenta el dramaturgo en el prólogo de esta edición, cambió su planteamiento inicial de realizar un retrato tradicional por el de mostrar su proceso de conocimiento del personaje a través de las conversaciones que mantuvieron y la lectura de la mucha documentación a que tuvo acceso. Tanto lo publicado por la prensa, como el mencionado informe administrativo o la literatura firmada a principios del s. XX por Magnus Hirschfeld sobre la cuestión del tercer sexo y el travestismo y sugerida por la propia Charlotte.   

De esta manera, Wright estructura su texto como si se tratara de una combinación de realidad y metaliteratura. Cuanto ocurre es auténtico, sucedió, la vida de von Mahlsdorf por un lado y por otro, el proceso de elaboración creativa en torno a su personalidad, su manera de relacionarse y las personas con las que lo hacía. Todo ello converge en una apasionante sucesión de capítulos convenientemente seleccionados y editados como escenas hilvanadas sin descanso para, sin faltar a las luces y las sombras de la verdad, las aristas de la moral y la duda sobre cómo ser capaz de ser fiel a la identidad sexual auto percibida en un entorno hostil, formar un relato dramático tan convincente en su mensaje como efectivo en su forma.  

Una propuesta teatral de más de treinta personajes concebidos para ser encarnados por un único intérprete, y tal y como indica su autor, sin cambios de vestuario y con el apoyo de una escenografía mínima. Todo un reto para el actor al que le sea encomendada esta misión, como debió serlo para Jefferson Mays en su estreno en el off-Broadway neoyorquino en 2003 o para Joel Joan en Barcelona en 2008. Una muestra más de la genialidad que esconde Yo soy mi propia mujer y que le valió a Doug Wright el Premio Pulitzer de Teatro en 2004.

I am my own wife, Doug Wright, 2004, Farrar, Straus and Giroux Books.

“Las madres no” de Katixa Agirre

La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

Que una mujer acabe con sus propias manos con sus dos hijos es algo tan aparentemente inexplicable que cuando un hecho así salta a la luz pública, rápidamente se convierte en la noticia de portada de la prensa escrita y online y a la que se dedican los minutos de más audiencia televisiva y radiofónica. Además de la brutalidad inherente a todo crimen en que el ejecutor se sirve de su fuerza y superioridad para acabar con quien no solo está indefenso, sino que es dependiente de él, lo que realmente nos abruma y horroriza es cómo salta por los aires todo aquello que entendemos que supone la maternidad.

Una vivencia única, un punto de inicio para el que llega al mundo y uno de inflexión para quien da a luz. O no. Porque la sociedad en la que vivimos ejerce tal presión sobre la mujer que se convierte en madre que, en buena medida, no le permite hacer de ello un proceso, experiencia y vivencia propia, sino que le marca y exige una serie de acciones, expresiones y manifestaciones con las que demostrar que cumple el rol desde el que en ese momento pasa a estar considerada socialmente. Un papel que ha de compaginar con todos los demás (esposa, hija, amiga, trabajadora, creadora…) a sabiendas de que el equilibrio imperfecto al que está destinada hará que sea mal vista y peor juzgada en aquella faceta en que su presencia o productividad se vea afectada por su maternidad. O al revés, si en algo destaca, se le echará en cara que no es una buena madre.

¿Esto hace de Las madres no una novela feminista? Lo es porque su mensaje en pro de la igualdad, la consideración y el respeto a la libertad, la decisión y el espacio del otro está latente en ella de principio a fin. Bajo ese marco, su personaje protagonista sí que reflexiona sobre qué supone la maternidad y cómo ha sido valorada y considerada a lo largo de la humanidad por diferentes culturas. Pero Katixa Agirre no la deja acomodarse en esas coordenadas que podrían considerarse reivindicativas, sino que hace de ellas el subtexto del cruce de caminos en el que se encuentra su vida. Acaba de ser madre, desea seguir siendo escritora (premiada incluso por ello) y se da de bruces con una historia en la que no solo conoce a la acusada, sino que lo que en su proceso se trata y comenta socialmente y se analiza y valora judicialmente tiene muchos puntos en común con el proceso personal que ella está viviendo.

Al tener como personaje principal una escritora en proceso de preparación e investigación del que espera sea su siguiente título, Las madres no es también una metanovela sobre cómo ha de cimentarse el relato que posteriormente llegará a sus lectores. Y lo hace siendo ejemplo de ello. Con un inicio tan brutal como impactante y unos personajes llenos de aristas y recovecos en los que no siempre es posible entrar. Con una trama en la que no hay nada plano y en la que todo cuanto interactúa con ella es susceptible de llevarte por caminos inesperados e imposibles de prever. Con un desarrollo en el que no hay una única atmósfera o sensación que te guíe, sino un construirse en el momento que hace que su lectura reproduzca la continua percepción de estar en el aquí y ahora, en el presente de su relato. En definitiva, tanto por lo que cuenta por cómo lo cuenta, Las madres no sí.

Las madres no, Katixa Agirre, 2019, Editorial Tránsito.