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“Bitch, she’s Madonna”

Marie Louise Veronica Ciccone es la reina del pop desde que lanzara su primer álbum en 1983. Un referente mundial no solo de este género musical, sino de una industria a la que ha hecho evolucionar con su empeño, trabajo y ambición y a la que ha utilizado como altavoz tanto para expresarse creativamente como para defender social y políticamente aquellas causas y principios en los que cree.

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Además de una cantante de gran éxito, Madonna es, o ha sido a lo largo de su ya larga carrera, actriz, bailarina, compositora, productora, empresaria,… y muchas cosas más en las que ha puesto siempre todo su empeño para conseguir el aplauso de su público a la par que ofrecer o transmitir algo de sí misma. Esto es lo que nos cuentan de manera perfectamente coordinada los distintos capítulos de este ensayo (bravo Dos Bigotes por vuestra primera incursión en este género) que analizan al personaje del que muchos somos fans, en todas aquellas facetas en las que ha sido protagonista.

La mujer que con 13 discos de estudio publicados, y un legado de decenas de canciones y videoclips excepcionales, más copias ha vendido en todo el mundo en la historia de la música; show woman con 10 exitosas giras realizadas por cantidad de países ante millones de personas; portavoz sin medias tintas de causas como la visibilidad de la diversidad sexual o la lucha contra el sida; referente para el feminismo; empresaria de éxito; productora, directora y actriz de cine. Logros indudables que muchas veces siguen quedando escondidos tras el ruido –en ocasiones interesadamente machista- de las etiquetas de escándalo y provocación con que su figura y carrera han sido criticadas, cuando no denostadas, sin descanso.

Pero como demuestra el múltiple enfoque de La reina del Pop en la cultura contemporánea, la brillante innovación que ha definido los éxitos artísticos de sus proyectos, el debate social generado en muchos momentos a lo largo de estas tres décadas y el buen efecto que la pátina del tiempo está dando a muchos de sus trabajos, deja claro que tras todo ello ha estado siempre una constante, exigente y perfeccionista profesional con una gran intuición y una excepcional visión creativa y comercial; una trabajadora que nunca descansa y que ha sabido acompañarse de otros creadores de talento excepcional para conseguir –o si no, quedarse cerca- los mejores resultados posibles; además de una persona siempre fiel a sí misma.

Si algo queda claro es que Madonna ha manejado con gran acierto desde que llegó a Nueva York en 1978 las claves del negocio en el que se propuso hacer carrera. Es por ello uno de los máximos exponentes e impulsora de la brutal transformación que el negocio de la música ha experimentado desde entonces.

Un sector que ha pasado de dedicarse a promocionar solistas o grupos para vender álbumes, a construir iconos que ofrecen espectáculos en vivo que beben de la ópera, el teatro, el cabaret o el circo, que se relacionan con su público convirtiéndose en protagonistas de un universo audiovisual que impacta tanto o más que el de las estrellas cinematográficas, obtienen ingresos por vías múltiples (merchandising, diseño de ropa, escribiendo libros, publicitando marcas,…) y utilizan su imagen pública para dar voz a aquellas causas con las que se identifican.

Con todo este bagaje, está claro que Madonna tiene mucho que decir sobre cómo será el futuro de la música y de la industria del espectáculo, así como del papel que ambas habrán de desempeñar en nuestra sociedad.

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“Autorretrato de un macho disidente” de Octavio Salazar Benítez

Parar y valorar donde se está. Ponerse frente al teclado o ante el cuaderno de notas y hacer balance del recorrido vital transitado para disponerse con serenidad ante el futuro. Aprender de lo experimentado para sacarle aún más y mejor jugo a lo que esté por llegar. Una autobiografía formada por un conjunto de pasajes relatados con una prosa de tintes poéticos en la que lo trascendente se combina con lo efímero y las arrugas y las cicatrices, tanto físicas como espirituales, con las sonrisas y las satisfacciones.   

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Ayer hijo y en la actualidad padre a mitad de camino de dejar de ser un cuidador diario para convertirse en un referente de su hoy vástago adolescente. Tiempo atrás un marido heterosexual que cumplía con el canon androcentrista exigido por nuestro modelo de sociedad y hoy la mitad de una pareja homosexual que vive su afecto creando sus propias reglas. De ejercer como profesor con americana y corbata que sigue el curriculum formativo que marca la Facultad de Derecho en la que investiga y ejerce como docente a ser un hombre académico que viste vaqueros y comparte impresiones, reflexiones y vivencias personales con sus alumnos. Hasta aquí el presente de un hombre que afirma que le gustan muy poco o nada las etiquetas y que afronta el futuro como una hoja en blanco, dispuesto a dejarse trasladar a donde quiera que éste le quiera llevar.

Este autorretrato es el de un niño que se crió en un pueblo de la provincia de Córdoba, pasando su infancia entre mujeres llenas de vitalidad, pero que al tiempo fueron enclaustradas por un tiempo que solo las dejaba ser hijas entregadas, madres silenciosas y esposas calladas. Un joven curioso, deseoso de conocer y de entender, estudiante aplicado que se construyó su camino vital siguiendo un guión estructurado en sus primeros capítulos por su entorno, pero que poco a poco fue siendo escrito y conducido por él mismo a golpe de impulso e intuición ante los estímulos que su alrededor –el cine, los viajes, la literatura, el mar, las personas que se encontraba,…- le ofrecía.

Un individuo que ha reflexionado e indagado dentro de sí mismo, que como nos deja ver en el relato de momentos de mucha intimidad (amorosa, afectiva, amistosa, sexual,…) ha hecho un profundo ejercicio de conciencia hasta liberarse de la máscara tras las que se escondía como resultado de su educación formal –la reglada, la de la escuela y el instituto- e informal –la que transmiten los padres, la familia, los vecinos, el barrio-. Una barrera para las relaciones plenas y sinceras y un filtro para la segregación entre hombres y mujeres, para la castración emocional de los primeros y la discriminación machista de las segundas. Octavio ha llegado a un estadio de consciencia en el que es capaz de ver muchos de los registros, comportamientos y actitudes que nos parecen inocuos, libres o espontáneos, pero que son en realidad resultado del artificio conductual en el que llevamos sumidos desde el principio de nuestra especie.

Ante esta desigualdad generadora de frustraciones y sufrimiento, su respuesta y plan de acción, personal y político, es el del feminismo. Una actitud, unos valores y una manera de vivir que van más allá de la igualdad real entre hombres y mujeres y que constituye un cambio radical en la forma de reconocernos, contemplarnos y relacionarnos entre todas las personas, independientemente de nuestro género u orientación sexual.

Una propuesta que Octavio expone tanto teórica –con una narrativa clara, casi contundente- como prácticamente –a través de su propio ejemplo, relatándolo con una prosa que adquiere entonces tintes poéticos- con un resultado tan directo y expresivo como su propio título, Autorretrato de un macho disidente.

“V y V. Violación y Venganza” de Pilar Bellver

Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo  –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo la eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.   

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Pilar Bellver no mira a la tradición como algo lejano, no se refiere al pasado con nostalgia ni con el desdén de la superación, sino que construye a partir de aquel entonces y lo integra como capas de su relato. Ya lo avisa en el prólogo de estas fantásticas ochocientas páginas, que parte de los arquetipos de los caracteres del mito griego de Procne y Filomeles, síntesis creativa que sigue siendo efectiva para transmitir realidades que ocurren hoy igual que un par de milenios atrás. A su vez, sus personajes unen a esta fuente –al igual que la autora con su estilo- la literatura del XIX (rusa, española o francesa), mencionándola por su afinidad a la hora ahondar de manera minuciosa y precisa en la construcción psicológica y en las motivaciones de quienes transitan por sus páginas.

Desde un punto de vista estrictamente literario estas son las dos premisas sobre las que Pilar cimenta con muy alto nivel su V y V. Pero a partir de ellas la escritora de A Virginia le gustaba Vita elabora un relato actual en el que el punto de vista femenino nos hace ver que nuestro mundo actual es heredero y continuador de una serie de construcciones conceptuales en las que el hombre blanco occidental se cree superior a cualquier otro ser humano, incluyendo, por supuesto, al conjunto de las féminas. Tal y como le sucede a las hermanas Bardazoso, que por el hecho de ser mujeres, han de hacer frente a un entorno y un sistema de valores –el rural de su Jaén natal, el internado monjil de su adolescencia, el urbano de su madurez en Madrid y el de la globalidad en que se mueven- en el que la desigualdad de género ha empapado tanto el suelo que pisan que parece que este es su estado natural, cuando no es más que una intervención artificiosa sobre el mismo.

Podría parecer que Violación y Venganza es una novela con intención feminista, pero va más allá de esta cuestión y nos ofrece una panorámica de nuestro mundo en el que los discursos oficiales de progreso y crecimiento se dan de bruces contra una realidad de enfrentamiento y desigualdades (hombre vs. mujer, norte vs. sur, Occidente vs. resto del mundo, cristianismo vs. islam,…) en la que la manipulación, la tortura y el abuso no solo están a la orden del día, sino que en buena medida están admitidos, normalizados y hasta legalizados.

Un escenario de desequilibrios e injusticias del que elige como muestra el medio ambiente y el capitalismo que desde Londres, Frankfurt o Nueva York provoca, con sus decisiones basadas en el libre mercado, la deforestación de reservas naturales como la del Amazonas. Una hecatombe a la que pretende ponerle freno un peculiar grupo terrorista que amenaza con quemar los parques nacionales de EE.UU., sin causar víctima humana alguna, si este país no lidera una conferencia internacional que cese inmediatamente la tala de todos los bosques.

Múltiples planos -drama, thriller, intriga, ácida comedia incluso- que Pilar Bellver expone manejando con suma eficacia múltiples registros en su escritura, desde la transcripción de una tertulia televisiva o una conexión informativa en directo, a la narración tanto en tercera persona como en primera. Un punto de vista singular al que dedica amplio espacio en forma de parlamentos de toda clase de personas y condición, desde adolescentes a adultos, individuos con formación a ilustrados por la vida, de actitudes transparentes y de búsqueda de encuentro a deudoras del maniqueísmo. Un mecanismo formal con el revela una asombrosa capacidad para dar vida al complejo mapa -de emociones y razones en unos casos, imposturas e intereses en otros- que es el interior de cada uno de sus personajes, el atlas en el que todos ellos se interrelacionan y el mundo actual en el que habitan junto a sus lectores.

“Elogio de la homosexualidad” de Luis Alegre

Cada vez que un colectivo social alcanza el reconocimiento legal que merece y por el que tanto tiempo ha estado luchando, se abre una brecha en el statu quo de la opción mayoritaria de nuestra organización colectiva, ese que como un rodillo impidió hasta hace bien poco la diversidad y las diferencias y que sigue sometiendo a los que desarrollan su vida bajo sus directrices. A través de esas fisuras toman el lugar que les corresponden realidades, como en su día lo fue el feminismo y hoy lo es el movimiento LGTBI, que hacen avanzar a nuestra sociedad -aunque aún le quede mucho por hacer y recorrer- hacia un sistema universal más justo y equitativo.

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¿Es niño o niña? Esta es una de las primeras preguntas que se produce tras cada nacimiento. La respuesta determina mucho más de lo que parece para quien acaba de llegar al mundo. Si es hombre se le adjudicarán características como liderazgo, poder y decisión, si es mujer, servicio, sumisión y cumplimiento. Etiquetas transversales que estarán en todas las facetas de su vida, desde las colectivas como la social y la familiar, a las más individuales e íntimas como la afectiva y la sexual. Actitudes que no solo se le supondrán, sino que se le exigirán por parte de los demás, solicitándole pruebas en modo de comportamientos, hábitos y costumbres que confirmen su cumplimiento y fidelidad al modelo. Así es como se constituyen y materializan muchos de los modos y maneras de nuestro modelo de sociedad, haciéndonos creer que son naturales, cuando en realidad son convenciones totalmente construidas y transmitidas por las generaciones anteriores y mantenidas y prorrogadas hacia el futuro por la presente.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando tu verdadera naturaleza, cuando la visión innata que hay dentro de ti no coincide con el discurso al que eres sometido por el ambiente una y otra vez? ¿Qué sucede cuando sientes deseo por personas de tu mismo sexo y no por las del contrario? Comienza entonces una lucha interior que en la mayoría de los casos conlleva mucha dificultad y soledad, de la que se suele tomar conciencia a través del insulto y el desprecio de los demás, que se sirven del tono con que usan las palabras para darles significados de acusación, juicio y condena. Este es uno de los mecanismos que el llamado heteropatriarcado ha utilizado desde tiempos inmemoriales para crear, imponer y mantener su sistema, determinando qué existe y qué no -qué está bien y qué mal, qué es legítimo y qué inmoral- y el modo calificativo, en lugar de descriptivo, con el que se utiliza el lenguaje en multitud de ocasiones.

Sin embargo, igual que antes el feminismo consiguió iniciar el fin de la dictadura que segrega socialmente a las mujeres, el movimiento LGTBI ha conseguido en las últimas décadas hitos que consolidan que la orientación sexual y la identidad de género son más amplias que lo que nos habían contado hasta ahora. Logros que van más allá del reconocimiento de derechos, como el del matrimonio o la adopción, que ponen a este colectivo en iguales condiciones que el resto de ciudadanos. Esto ha permitido visibilizar otras maneras de vivir y de vivirse –el sexo como algo imaginativo y lúdico y no solo como medio de procreación; la pareja como una relación consensuada libremente entre dos iguales y no como un contrato ya predefinido- de las que el resto de la sociedad no solo ha comenzado a ser testigo, sino que también se está enriqueciendo con ellas si no se siente realizado con la opción única y sin alternativas con que fue educada y sigue siendo adoctrinada a diario desde los sectores más conservadores como la Iglesia o la derecha política.

Ahí es donde está el elogio con el que Luis Alegre titula su ensayo, no como un ensalzamiento de la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad o la intersexualidad, sino todo lo contrario, lo enriquecedor que es para todos –independientemente de nuestra orientación, identidad o género sexual- conocerlas y convivir con ellas. Hasta llegar a su completa integración y normalización y conseguir hablar de ellas en los mismos términos y frecuencia con que lo hacemos actualmente de la heterosexualidad en sí misma, es decir,  prácticamente nunca. Una realidad que -en diferente grado según de cuál de estas opciones estemos hablando- comienza a tomar forma en sitios muy concretos como son los grandes centros urbanos del mundo occidental, pero que aún es una quimera en otros muchos, como los casi 80 países donde ser como se es te puede llevar a prisión o, incluso, ser condenado a muerte.

“Una habitación propia” de Virginia Woolf

La literatura como un coto reducido para los hombres, las mujeres como un instrumento, seres que ni sienten ni padecen al servicio de la masculinidad. Pero ni lo uno ni lo otro son cierto, el arte no entiende del género de quien lo crea y las capacidades humanas no guardan correspondencia con el sexo del cuerpo que las practica. Esto es lo que deja claro la Virginia Woolf que tan bien encarna Clara Sanchís y a la que no le limita ni que el texto sea originalmente un ensayo ni una puesta en escena con algunos elementos con un punto artificioso.

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Un día, estando sentada en el césped del campus de la Universidad de Oxford, un bedel se le acercó a Virginia para decirle que no podía estar sentada allí, que el suelo mullido solo podía ser pisado por profesores y alumnos, curiosamente todos ellos hombres. Esta es la anécdota que le sirve como punto de referencia a partir de la cual contarnos no solo como se encuentra con mil límites para ejercitar su intelecto, sino la consideración que la sociedad de su tiempo tenía de las mujeres. Seres invisibles, sin identidad, inexistentes, tal y como ejemplifica con la historia de su país. ¿Acaso recogen los libros alguna fémina antes que la Reina Isabel? ¿Qué habría ocurrido de haber existido una mujer con el don de Shakespeare? ¿Hubiera llegado a nosotros? ¿O hubiera fallecido frustrada por no tener siquiera la posibilidad de haber sido enseñada a leer y escribir?

Cuestiones cercanas para una mujer, con más posibilidades materiales pero también con mayor espíritu reivindicativo que las demás, en un tiempo en que las de su sexo habían de casarse para ser consideradas socialmente y que, en cualquier caso, tenían negado el acceso a todo lo que supusiera su consideración intelectual, como el formar parte de los círculos de discusión y decisión. O qué decir de aspectos tan mundanos de auto gestión como el disponer de su propio dinero en una cuenta corriente. Esto es lo que pone de manifiesto Virginia, siendo ella muestra de lo primero y poniendo como ejemplo de lo segundo a todas esas que no tuvieron otra opción más que la de ser madres de una larga prole, trabajadoras en el campo de sol a sol o limpiadoras sin horario por un sueldo que les daba escasamente para comer.

Un monólogo que tiene mucho de reivindicación, pero también de exposición sin más, los hechos hablan por sí mismos de cómo era la situación de las mujeres en la metrópoli del Imperio Británico a finales de la década de los veinte del pasado siglo. No hace falta decir que lo que Woolf planteaba entonces sigue estando presente no solo en algunos ámbitos de nuestra sociedad occidental, sino que sigue siendo tal cual o, incluso, aun peor, en muchos lugares del mundo.

Durante algo más de una hora Clara Sanchís se entrega completamente a este monólogo para hacernos ver las múltiples dimensiones que tiene todo cuanto Virginia explicaba con absoluta claridad hace casi noventa años. La falsedad de los argumentos masculinos, lo tergiversado de sus razonamientos para ejercer y mantenerse en el poder, la sumisión femenina ante lo impuesto y aceptado cuando no es capaz siquiera de dudar, la impotencia que le genera la injusticia sufrida por ella misma. Palabras que tienen mucha fuerza y que no necesitan de recursos con los que marcar puntos de inflexión en la acción como papeles arrojados al aire o de un piano en la acción. El buen hacer de Sanchís demuestra que lo suyo es que la expresividad de su piel y el tono de su voz vayan tras el texto y no que este se adapte al sentir que la dirección le ordena en los momentos en que intenta alterar su fluir.

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Una habitación propia, en Teatro Pavón (Madrid).